Cualquier persona se hubiera visto fácilmente perdida entre tantas casa idénticas, pero Sirius no. Podía incluso ver con claridad las diferencias que habían surgido en esos tres años. El recuerdo de caminar por esas calles, alejándose de Harry había sido de los pocos que competían contra la de aquella noche. Ellos le hubieran perdonado el error de juicio que cometió con Peter, que todos cometieron. Ellos, en especial ella, nunca hubieran perdonado el abandono de lo más preciado que tenían. Suspiró bajo el hechizo de camuflaje y entro al número 4 en forma animal por la puerta trasera, seguro de que de esa manera escaparía identificación de las barreras. Cuidadosamente camino por el pequeño pasillo hacia donde escuchaba ruido. Curioso, vio como un niño obeso parecía esperar arriba de las escaleras, ¿Qué estaba haciendo?
-¡Niño, sal de tu alacena de vez por todas! ¡Ahora!-escuchó la voz chillante de quien reconoció como Petunia llamar desde la habitación con ruido y olores; seguramente la cocina.
-Si Tía Petunia- escucho una vos infantil responderle, se quedó aturdido; todo indicaba que la voz venía de esa pequeña alacena bajo las escaleras.
Pero pronto salió de su aturdimiento, pues enano desgraciado ese se apresuró a saltar justo sobre la alacena, soltando grandes risotadas. Sin embargo su indignación fue olvidada cuando un pequeño niño de apariencia descuidada salió de la alacena y se dirigió a la cocina apresurado, ignorando al desagradable enano.
Ausentemente noto como dicho enano seguía a Harry, su Harry, a la cocina, mientras torpemente y en una especia de trance se dirigía hacia allí.
Lo que vio cuando entró lo hizo arder por dentro. Su precioso, perfecto ahijado se encontraba sobre un pequeño banco, lavando los trastes, mirando con hambre los restos que había en ellos, luego mirando ansiosamente a su tía para continuar lavando.
Dicha inmunda sucia muggle se encontraba sirviéndole algún tipo de postre a su hijo mientras le enviaba miradas de advertencia al pequeño azabache.
Solo tenía cuatro años, pero aparentemente era encerrado en alacenas, era obligado a lavar trastes, hecho pasar hambre y descuidado. Desde donde estaba podía oler perfectamente que Harry no se había bañado en unos pocos días, y tenía algo de sangre seca. También podía ver que nadie lo había peinado, le había planchado la ropa ni le había dicho que limpiara su rostro, el cual tenía una mancha de lodo en la mejilla izquierda…que cubría un moretón…
Los últimos retazos de racionalidad lo obligaron a correr de la casa y alejarse, a activar el portkey que tenía escondido entre sus ropas. Pero ahí terminó dicha racionalidad.
Gritó con furia, odio e indignación mientras lanzaba magia en estado puro por su varita, provocando explosiones por toda la habitación.
Él había dejado que pasara eso, era su culpa.
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Sirius no había ido a Cabeza de Puerco, sino que le había mandado una carta donde decía que debido a varios asuntos sin atender no podría ir, pero era consciente de que habían cosas que resolver entre ambos y en cuanto pudiera le enviaría una lechuza.
Las palabra estaban escritas con cuidadosa caligrafía, las palabras parecían intentar forzar informalidad, y al final la firma era de "Sirius" con un punto al lado, como si hubiera empezado a escribir un Black, pero al final se hubiera dado cuenta de sus acciones.
Remus se preguntó si "Sirius" (ya no Padfoot) sabía toda la información que le había dado a Dumbledore y los aurores cuando estos lo buscaban. Si no era así deseaba que nunca lo supiera.
Incluso sin la conciencia de esa traición ya lo estaba perdiendo.
Tal vez ya lo había perdido.
Remus suspiró cansado.
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Eran las 7 de la noche. Había dejado un sándwich hecho por él mismo en la alacena de Harry y se moría por abrazarlo.
Pero primero había asuntos que atender.
Había llamado a los Dursley y fingiendo ser un socio de Grunning (había hecho investigación a fondo) había invitado a su familia a cenar en un restaurant elegante y conocido de Londres. A las 7 de la noche.
Vio como la familia era llevada hacia la mesa donde estaba sentado con una abogada muggle en un vestido negro de noche, sonrió cordialmente mientras se paraba y caballeroso retiraba la silla de la cosa más alejada a una dama en el último siglo.
Su mano era firme mientras estrechaba la mano de Vernon.
Hora de empezar la función.
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Harry no se consideraba un niño normal, algo que en vez de pavonear, más bien aceptaba con resignación. Sus maestros le observaban con atención cuando hacia algún trabajo, o le sonreían discretos al entregar sus exámenes sin dejar ver la perfecta nota (algo que él les había pedido, alegando que no le gustaba llamar la atención). Los maestros estaban maravillados del nivel intelectual del pequeño, y solían mantener entretenidas platicas con el a la hora del receso, salvándolo sin saberlo del acoso de su primo y su pandilla, y las miradas curiosas de los demás niños.
A veces pasaba el descanso en la enfermería, conocía a la enfermera pues pasaba mucho tiempo en la enfermería, por los golpes de su primo y la poca comida que le daban solía enfermase con frecuencia. Sospechaba que la buena señora no se cría sus escusas ("Mi tía dice que tengo anemia hereditaria, madame") y sospechaba la verdad. De cualquier manera se alegraba de que no dijera nada. Ya lo habían intentado algunas personas, y el siempre terminaba sufriendo el castigo de los Dursley.
Si era sincero, la verdad no entendía porque a los otros niños les costaba tanto aprender a hablar bien y a contar. Además las actividades no eran difíciles. Lo que menos entendía es porque ninguno intentaba realmente aprender a leer; la mayoría solo fingía leer algo, y eso era a veces.
Alguien había llamado a tío Vernon en la tarde, y le habían dicho que lo encerrarían en su alacena cuando salieran y que no intentara escapar o destruir algo. Como se supone que él pudiera escapar de su alacena no tenía ni idea, pero aun así se encontró contando el número de galletas sobre la mesa. Dudley no notaría la diferencia, porque el no sabía contar, y tía Petunia pensaría que había sido Dudley y no diría nada. Pensando eso se apresuró a tomar dos galletas, esconderlas en su bolsillo e ir a su alacena, todo el tiempo temiendo ser atrapado.
Cuando la puerta se hubo cerrado tras él sonrió. Se sentó sobre su colchón y comenzó a comer. Distraído, no notó inmediatamente el sándwich que había a su lado.
Cuando lo hizo lo quedó viendo asustado ¿Y si Dudley lo había puesto ahí para meterlo en problemas? Pero no, razono el pequeño, Dudley no es tan inteligente. Pero…¿Entonces era para él?
Dudando ligeramente si debía o no hacerlo, tomó el sándwich y lo desenvolvió cuidadosamente. Se veía rico, y aún después de las galletas tenía algo de hambre. A lo mejor Dudley no había querido comérselo y por eso se lo habían dado. Si era así entonces tenía permitido comérselo. Animado tomó una gran mordida y comenzó a comer. Ese día no había sido tan malo después de todo.
