Las semanas pasaban y los exámenes también. Jade no se preocupaba mucho por ello; la única asignatura que le importaba de verdad era Pociones y, encima, se le daba bien. Harry y Ron, por el contrario, no la llevaban nada bien, decían que Snape les había cogido manía.

—Yo creo que exageras Harry, a lo mejor sólo quiere que te superes y por eso te aprieta más —le decía una inocente Jade a su amigo.

—Eso no te lo crees ni tú. —Empezaron a reírse hasta que llegaron junto a sus amigos que los esperaban en el jardín para ir a ver al guardabosque. Hagrid era muy bueno con ellos, les había cogido especial cariño a los cuatro y siempre que podían iban a verlo.

Llegó la esperada Navidad y con ella los regalos. Jade se levantó y fue a la sala común de Slytherin. Había muchos niños abriendo sus regalos y uno de ellos era Draco Malfoy. Jade se acercó a él y pudo ver un montón de regalos, muy caros. Ella también había tenido un regalo de su padre: un colgante hecho de jade. Venía con una tarjeta donde decía que daba suerte, así que lo guardó para no perderlo.

—Buenos días, ¿y tus regalos? —le preguntó el rubio viendo que no estaba abriendo ninguno.

—Ya lo guardé, es un colgante y no quiero perderlo —le dijo con una sonrisa.

El niño de ojos grisáceos, tal vez por ser navidad o porque le dio pena que sólo tuviera un regalo, o por un impulso simplemente, cogió una caja de chocolates que le habían regalado y extendió el brazo hacia ella.

—Toma, Feliz Navidad —le dijo mientras le daba la caja y sin mirarla salió de la sala con sus dos amigos Crabbe y Goyle.

—Gracias. —No supo qué más decir. La pilló por sorpresa.

Hermione y Jade se encontraban en la biblioteca. La Gryffindor le había estado relatando lo que les había pasado en el tercer piso, cuando entraron en una sala con un perro de tres cabezas. Hermione le explicó cómo había llegado a la conclusión de que la piedra filosofal se escondía bajo las patas del animal. Así pues, ahora buscaban alguna información sobre la piedra y poder descubrir por qué la guardaban allí. Jade no se había enterado mucho sobre esa piedra que Harry creía haber visto coger a Hagrid en una cámara del banco mágico, pero la curiosidad hacía que Jade estuviera atenta a las explicaciones de la castaña.

Entonces oyeron voces conocidas fuera de la sala. Las chicas se miraron y sin decir nada se levantaron para ver qué pasaba. Una vez fuera, se encontraron a Harry y a Draco apuntándose con la varita uno frente al otro.

—Harry, ¿qué pasa? —preguntó Hermione preocupada.

—¡Draco, baja tu varita! —le dijo una furiosa Jade. Éste la miró y, tras dudar, la bajó.

—No sé cómo te puedes juntar con esta clase de personas —dijo Malfoy mientras hacía una mueca de asco y se iba.

—Harry, ¿qué...? —volvió a preguntar Hermione.

—Ese idiota —empezó diciendo—, sin venir a cuento le lanzó un hechizo a Ron, por lo visto se había cruzado en su camino —dijo Harry con tono de burla—. Tranquilas, Ron está bien —las tranquilizó al ver las caras de sus amigas.

Faltaba poco para las vacaciones de Pascua y eso se notaba en el ambiente. Estaban todos los alumnos cenando en el Gran Comedor, pero Jade llegaba un poco más tarde porque se había quedado estudiando en la biblioteca. Se había aburrido muy pronto y por eso se decidió a buscar algo sobre la piedra de la que hablaban los chicos.

Acababa de entrar en el Gran Comedor y, después de mirar hacia la primera mesa, la de las serpientes, miró hacia sus amigos y empezó a caminar hacia ellos. Tenía que contarles algo y tenía que ser ahora. Al principio, se acercó muy despacio, temerosa de que le dijeran algo por sentarse en una mesa que no era la suya, pero poco a poco dejó a los demás atrás y se detuvo para sentarse entre Hermione y otro chico.

Harry y Ron no sabían si sonreír o preocuparse.

—Vaya, creo que eres la primera Slytherin en toda la historia que se sienta en esta mesa —dijo Ron sonriendo.

—Ahora no importa —quiso zanjar el tema la morena—. Tengo que deciros algo sobre…

—Jovencita, me parece que has deshonrado a tu casa —dijo Fred Weasley, el chico que se sentaba a su lado.

—Sí, mira la cara de esos Slytherin —continuó su hermano gemelo, George Weasley, señalando la mesa donde se veían a unos chicos muy enfadados—. Pero no te culpo por querer estar aquí, somos mucho más guapos —dijo echándose el pelo hacia atrás, lo que provocó que todos soltaran algunas risas.

Cuando los dos chicos se giraron para seguir hablando con sus amigos, Jade se acercó a los suyos para susurrarles lo que había descubierto.

—Sé qué es la piedra filosofal y quien es Nicolas Flamel. —A Hagrid, el semi-gigante, se le había escapado ese nombre en una de sus visitas.

Todos la miraron impacientes. Ella les contó todo lo que ponía en el libro.

—Claro, por eso Snape intentó cogerla. ¿Quiere la inmortalidad? —preguntó Harry sin esperar contestación.

—Snape no tiene nada que ver, ya oíste a Hagrid, él es uno de los que protegen la piedra —dijo una perseverante Jade.

—Pero él intentó tirarme de mi escoba mientras jugaba al quidditch —respondió Harry.

—Eso no lo puedes probar, así que no lo juzgues sólo porque sea el jefe de mi casa —contestó la chica con enfado.

No hablaron más del tema pero planearon cómo iban a entrar para asegurar la piedra. Primero tenían que averiguar cómo librarse del perro de tres cabezas.

Tenían todo preparado, varitas en mano, la capa de invisibilidad que le habían regalado a Harry por Navidad y mucho valor.

—¿Qué es eso? —preguntó Hermione señalando el colgante de Jade.

—Me lo regaló mi padre por Navidad, dice que da suerte —le explicó.

Los cuatro se dirigieron al tercer piso y abrieron la primera puerta. Una vez dentro, se quitaron la capa y se dirigieron a la puerta donde estaba el perro. Al abrirla se lo encontraron dormido por la música de un arpa.

—Snape ya ha pasado por aquí —aseguró Harry, haciendo que Jade rodara los ojos ante el comentario.

Cuando apartaron la zarpa del animal y abrieron la trampilla, casi son devorados por el perro que se despertó en ese momento. Cayeron encima de una planta que enseguida empezó a estrangularlos.

—¡Relajaos! Sino, os estrangulará más deprisa —dijo Hermione mientras desaparecía.

—¡Hermione! —gritaron al unísono los tres que quedaban atrapados.

—¡Relajaos! —volvió a chillar la chica ahora desde un lugar por debajo de ellos.

Harry también se libró, pero Ron y Jade no podían. Una Hermione inteligente descubrió otra manera de librarse de la planta.

¡Lumus Solem! —Una potente luz salió de la punta de su varita e hizo que la planta los soltara y cayeran junto a ellos.

Llegaron ante otra puerta donde había una escoba y muchas llaves volando. Harry, siendo muy habilidoso con la escoba, consiguió la llave y los cuatro entraron a una sala. Se dirigieron al centro de ella y en seguida vieron que era un tablero de ajedrez. Ron era el que más sabía jugar, así que se dejaron guiar por él.

Tras una partida ingeniosa, Ron tuvo que sacrificarse para ganar, así que el chico se quedó tendido en el suelo, mientras Harry acababa con el rey y ganaban el juego.

—Harry, Jade, yo me quedo con él, seguid vosotros —dijo Hermione que cogía la mano de su amigo. Ambos asintieron y se dirigieron a la siguiente prueba.

Harry iba delante mientras cogía la mano de la chica y sin darse cuenta cayeron por unas escaleras que habían aparecido de la nada. Rodaron por ellas hasta que cayeron al suelo, Jade encima de Harry, ambos boca arriba.

—¿E… estás bien? —preguntó el chico intentando levantarse.

—Creo que sí —contestó la chica con una sonrisa—. Sobre todo porque tú te has llevado la peor parte.

Enseguida Harry se apartó de su amiga, se puso en pie y le tendió una mano para ayudarla a levantarse, con cierto rubor en las mejillas. Estaba muy oscuro y cuando dieron un paso se vieron rodeados por un anillo de fuego.

¡Aquamenti! —lanzó Jade el hechizo sin que el fuego se apagara. Suspiró y paseó la mirada por la sala.

Lograron ver una mesa en medio de donde estaban, se acercaron y comprendieron qué tenían que hacer. En la mesa había siete pociones distintas y una nota grabada en la madera de la mesa: Solo una beberás para el fuego apagar mientras con las otras sólo dolor encontrarás.

Jade era la experta en la materia así que se acercó a las pociones. Las observó detenidamente, las olió, miró su textura… todo lo que había aprendido todos estos años en casa para reconocer la que los sacaría de allí. Entonces cogió dos tarros y se giró hacia Harry.

—Es una de éstas —dijo ella—. No puedo distinguir cual es. Tomaré una y si me pasa algo sabes que es ésta otra.

—No, la tomaré yo. —Harry hizo ademán de quitársela.

—¡No Harry! Tú tienes que seguir, yo no podría —dijo la chica mirándole a los ojos.

—Per… —Antes de que el chico terminara la frase, ella ya se estaba bebiendo la poción.

Pasaron apenas unos segundos que les parecieron eternos. Jade sujetaba su colgante mientras esperaba el efecto de la poción.

—¿Estás bien? —preguntó Harry con miedo por lo que le podría pasar a su amiga.

—Mmm… ¡Aquamenti! —De su varita salió un chorro de agua que pudo apagar el fuego que les estaba quemando cada vez más—. Sí, estoy bien —sonrió al chico.

—Vamos, tenemos que seguir. —Harry cogió de nuevo la mano de la chica y continuaron.

Caminaron hasta llegar a otra sala. Harry se detuvo al reconocer el espejo de Oesed y vio que junto a éste estaba su profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras. Se acercó lentamente mientras tiraba de Jade.

—¿Profesor Quirrell? —dijo la chica desconcertada.

—No puede ser, usted… —habló Harry igual de sorprendido.

—Sí, quien iba a dudar del pobre tar-tartamudo profesor Quirrel —dijo el mago con malicia.

—Pero yo creía… Snape intentó matarme —decía Harry.

—¡No! ¡Yo intenté matarte! Aun con Snape lanzando su ridículo contrahechizo.

—Él sólo intentaba salvarme. —Se dio cuenta Harry de su error mientras miraba a su amiga que estaba como en estado de shock.

Jade volvió a la realidad y tras darse cuenta de que él era el enemigo, le lanzó un hechizo.

¡Desmaius! —Pero el profesor estaba preparado y desvió el hechizo, pues Jade apenas sabía conjurarlo. Fue cuando Quirrell se lo devolvió haciendo que Jade quedara tumbada sin moverse en el suelo.

Jade despertó en la enfermería unas horas después.

—Usted termina el curso igual que lo empezó —dijo Madame Pomfrey sonriendo a la chica—. ¿Se encuentra mejor? —Pero esa pregunta no iba dirigida a ella.

Jade se sentó y miró a su alrededor en busca de la persona a la que se dirigía. Harry también estaba tumbado en una de las camas.

—¡Harry! —dijo la chica mientras se levantaba e iba a abrazar a su amigo—. ¿Qué pasó? ¿Estás bien? ¿Has visto a Ron? ¿Y Hermione?

—Vale, vale, una por una —rió por lo parecido a otra situación ya vivida.

Ambos amigos se dirigían al Gran Comedor tras haberse recuperado del todo y en el camino se encontraron con Hermione y Ron.

—¿Estáis los dos bien? —preguntó Jade.

—Ahora sí. —Hermione se acercó a la morena con una sonrisa mientras se dirigían al comedor.

—Jade, ¿y tú colgante de la suerte? —preguntó Hermione a la chica. Ella se palpó el cuello, buscándolo.

—¡Oh no! Lo he perdido. Sólo me lo pongo una vez y lo pierdo —dijo la chica con pena.

En ese momento apareció Snape ante los cuatro alumnos que se habían detenido en las escaleras.

—¿No tenéis que ir a comer? —interrumpió fríamente.

—Ya íbamos —contestó Harry y se dieron la vuelta para irse.

—Espere, señorita Prince. —La chica se giró con miedo—. Me parece que esto es suyo —dijo Snape mientras sujetaba el colgante de jade. Ella se acercó y, mirándolo con ojos de quien no ha roto un plato, cogió el colgante y se fue.

Ya en el comedor, Jade se sentó junto a Draco, el cual la miró con cierto rencor, para escuchar el discurso final del director. Otorgó los puntos a cada casa y añadió unos cuantos de última hora. Gryffindor superaba diez puntos sobre Slytherin, pero los cincuenta puntos que le dieron a Jade hicieron que ese año ganara Slytherin la copa de la casa.