31 de agosto de 1992

—Levántate Jade, debes ir al Callejón Diagón —le ordenó su padre adoptivo a la chica dormida.

—Vaaale —contestó mientras bostezaba. Se sentó en la cama y esperó a que su padre le dijera algo más.

—Por cierto —dijo antes de salir por la puerta—, feliz cumpleaños. —Y se fue.

Cuando se cerró la puerta suspiró y se levantó para vestirse. Cuando ya iba a salir de la habitación se percató de una bolsa en la silla de su escritorio. Se acercó y después de observarlo con una sonrisa lo desenvolvió rápidamente. Ante ella tenía un frasquito de lo que parecía una poción. La destapó y leyó la etiqueta: Poción Reveladora, los lugares ocultos se descubrirán a tu paso. Guardó el frasco en un calcetín y lo metió en su baúl.

Ya en el callejón, se disponía a buscar a sus amigos cuando se topó con un par de pelirrojos y un moreno que estaban contemplando un escaparate de artículos de vuelo.

—¡Hola chicos! ¿Qué miráis? —Seguidamente se giraron para verla—. ¿Harry, qué te ha pasado? —preguntó al ver que su amigo estaba todo cubierto de ceniza.

—Nada, es mi primer viaje con polvos flu. —Los tres chicos empezaron a reír.

Caminaban hacia Flourish y Blotts para encontrarse con los demás Weasley y comprar los libros.

—Mira, ahí están, adorando al gran Gilderoy Lockhart —se burló Fred al ver a su madre y a las chicas mirarlo embobadas.

—No sé que le ven —susurró Jade cerca de los chicos—. Que sea rubio con ojos azules no quiere decir que sea atractivo. —Éste comentario desató varias carcajadas entre los cuatro.

—¿De qué os reís? —Aparecieron Ron y Hermione y saludaron a los que tanto se divertían. Seguidamente una niña pelirroja y pecosa se acercó con timidez.

—Hola —saludó casi en un susurro. Todos le respondieron el saludo.

—Ginny, esta es Jade Prince —dijo Ron señalando a la chica que tenía al lado.

—Tú eres una Weasley, ¿verdad? —preguntó al ver su parecido con estos.

En ese momento se escuchó la voz de Gilderoy Lockhart llamando la atención de Harry. Llevó al muchacho a la fuerza para hacerse fotos mientras que los demás se quedaban esperando.

Cuando se dispusieron a salir de la tienda se vieron interrumpidos por un arrogante Malfoy.

—Harry Potter, ni en una librería evita ser el protagonista —escupió con cara de asco.

—Déjalo en paz, Malfoy —contestó una enfadada Ginny enfrentándose al rubio.

—¿Qué pasa, Draco? —Jade se adelantó para quedar frente a él—. ¿Querías serlo tú? —dijo mientras se cruzaba de brazos, se apoyaba en una pierna y levantaba la ceja.

—Pues… —empezó a responder, pero en ese momento apareció Lucius Malfoy interrumpiendo a su hijo.

—Draco, ¿por qué no me presentas a tus amigos? —Los miró a todos deteniéndose en Jade.

—No somos amigos suyos —saltó uno de los gemelos.

—Ya veo… Vosotros debéis de ser los Weasley —dijo mientras cogía y miraba el libro que Ginny llevaba en un caldero—. Sí… tu padre amigo de muggles… —decía mientras miraba al señor Weasley hablando con los padres de Hermione. Devolvió los libros y miró a Draco—. Vámonos, despídete de tus "amigos".

—Nos vemos en la escuela —dijo levantando las cejas para después marcharse.

Los chicos compraron todo lo que necesitaban, se despidieron hasta que se vieran en el expreso de Hogwarts.

De camino al colegio, Hermione y Jade se sentaron juntas en uno de los compartimentos. Ginny Weasley se les unió, así que estaban ellas tres solas, pues ni Harry ni Ron habían aparecido.

—Hola, Ginny. —Hermione se hizo a un lado para dejarle sitio y quedó frente a Jade. Weasley miraba fulminante de arriba abajo a la morena y eso a ella no le gustó, pero lo dejó pasar.

Hablaban del verano de cada una, aunque Jade no tenía veranos muy especiales, Hermione se entusiasmaba redactándole cada día pasado con sus padres en las vacaciones. Ginny no hablaba, era tímida a diferencia de sus hermanos mayores, los gemelos. La castaña le contaba la fiesta que acababan de celebrarle a su madre por su cumpleaños cuando se calló en seco.

—¿Cuándo es tú cumpleaños? Es que el año pasado celebramos el de todos pero no el tuyo. —Se quedó pensativa. Realmente no habían hecho ninguna fiesta sólo se felicitaron, pero a Jade no.

—Em… fue ayer.

—¿Ah, si? ¡Pues felicidades atrasadas! —Hermione se acercó a ella y le dio un beso en cada mejilla y después un abrazo. Su amistad crecía indudablemente por momentos, prácticamente sin darse cuenta. Jade nunca había tenido una amiga.

—Felicidades. —Ginny seguía sin atreverse a hablar mucho.

—Gracias —les agradeció a las dos.

Ya llegaban, así que se pusieron las túnicas del colegio y cogieron sus cosas para salir detrás de los demás alumnos.

Miró a su alrededor a la mesa de sus amigos, y no los vio, sólo se encontró con la mirada confusa de Hermione que al igual que ella seguía buscando a Harry y a Ron. Lo dejó pasar cuando la selección comenzó y distinguió a una pelirroja, Ginny Weasley. Llegó su turno y Jade observó a Hermione, que también la miraba y sonreía esperando una decisión del Sombrero, pero todo el mundo sabía a dónde iba a ir, junto a sus hermanos.

—¡Gryffindor! —Ginny pegó un salto para bajar de la banqueta y corrió a sentarse junto a sus hermanos y a Hermione.

La ceremonia ya había acabado y Jade se llenaba el estómago con todo lo que veía. Draco estaba a su lado, era uno de los pocos Slytherin que lo podía considerar algo así como un amigo. Comía lentamente, aburrido, como si no tuviera hambre. Ella sí que necesitaba comer, pues casi no había desayunado, pero al parecer Draco sí había comido antes, y bastante. Se dio cuenta de que lo miraba y tras tragar preguntó:

—¿Qué te pasa? ¿Tengo grindylows en la cara o qué?

Jade frunció el ceño ante las preguntas de Draco y siguió comiendo. ¿Qué le pasa? No le he hecho nada… pensaba la morena. Se acababan de ver después de todo el verano y ya se comportaba así. Al fin y al cabo era un Slytherin, aunque ella también lo era.

Harry y Ron habían llegado en el coche del señor Weasley y como consecuencia estaban castigados y Gryffindor ya contaba con cincuenta puntos menos.

—No es nuestra culpa, sólo queríamos llegar a tiempo —Ron continuaba quejándose y Harry solo asentía. Entonces se toparon con Hermione y Jade.

—Chicos, ¿dónde estabais? Os habéis perdido la selección. —Hermione pasó su mirada de los chicos hacia la varita rota de Ron—. ¿Qué ha pasado?

—No pudimos pasar por el muro de la estación y decidimos… coger prestado el coche del señor Weasley. —Las chicas abrieron la boca—. Después caímos sobre el Sauce Boxeador. —Ellas abrieron ahora los ojos como platos y sus pensamientos de culpa hacia ellos pasó a preocupación.

—Lo peor parado ha sido mi varita, y que… ya nos han quitado puntos —Ron miró a Hermione y esta puso los brazos como jarras—. No sé por qué… sufrimos más que ese sauce.

—El Sauce Boxeador es uno de los árboles más antiguos de este castillo a si que…

—Hermione —la cortó la morena—, el caso es que están a salvo. Y por cierto —dijo mirando a los chicos—, Ginny está en vuestra casa, como todos tus hermanos.

—Se veía venir. —Harry miró a Ron, éste estaba un poco más feliz y sonrió con él.

Llegaron a las escaleras que cambiaban a placer y se tuvieron que despedir. Jade bajó esos tres pisos hasta el Gran Comedor y bajó otros dos hasta las mazmorras. Ese lugar la intimidaba y al mismo tiempo le era acogedor. Por las ventanas se veía el fondo del Lago Negro, lo que hacía que la luz que entraba fuera verde, un color que le agradaba mucho. Fue hasta su cuarto, sus compañeras de habitación eran las más cotillas y malvadas de su edad, no había tenido suerte al estar con ellas. Fue hasta su cama, la más cercana a la puerta, y se puso el pijama. Cogió un libro y metida en su cama empezó a leerlo. Tras unos minutos ignorando a las chicas, que no dejaban de mirarla, bajó el libro.

—Si tenéis algo que decirme, adelante, pero no cuchicheéis delante de mí. —Las chicas se quedaron mudas y tras un intercambio de miradas, Pansy Parkinson habló.

—Prince, no son cosas que hemos dicho nosotras, lo hemos escuchado. —Mas bien espiado—. Dicen que te gusta Potter y eso ya es un duro golpe siendo una Slytherin, y además tu grupo de amigos son Gryffindor.

—Para empezar, a mí me puede gustar quien quiera. —Entonces Jade recordó la reacción de Draco en la cena y suspiró—. Y respecto a mis amigos… yo los elijo. Pero me da igual lo que digan. Me voy a dormir. —Dicho eso dejó el libro, se acurrucó y cerró los ojos. Las chicas alzaron una ceja e hicieron lo mismo.

A primera hora tenía Herbología con Gryffindor. Jade llegó y se puso al lado de Harry.

—Buenos días —saludó la chica mientras sonreía por lo que estarían pensando sus compañeras de habitación por ponerse a su lado—. Quería preguntarte…

No pudo terminar porque la profesora empezó con la clase.

—¿Alguien me puede decir para qué sirven estas plantas? —preguntó la profesora señalando las raíces con forma de bebé que tenían cada uno delante.

—La mandrágora o mandrágula sirve para revivir a los petrificados —describió una aplicada Hermione.

—Muy bien, 10 puntos para Gryffindor —dijo la profesora. Ésta les explicó cómo tenían que trasplantarlas y así lo hicieron todos.

Mientras caminaban hacia Defensa Contra las Artes Oscuras, Harry alcanzó a Jade.

—¿Qué me ibas a preguntar antes?

—¿Umm?... ¡ah, si! Quería saber si me podrías enseñar a jugar al quidditch —contestó ilusionada.

—Claro, cuando quieras —le dijo con una sonrisa.

Llegaron al aula, Jade y Hermione se sentaron juntas en primera fila, detrás tenían a Harry y a Ron.

Gilderoy Lockhart entró con ese aspecto de que iba a comerse el mundo y todas las brujas lo miraban embobadas. Casi todas.

—¿Qué os ha dado a todas con él? —susurró mientras miraba a Hermione que tenía una sonrisa.

—¿Qué? —contestó somnolienta.

—Nada. —Se giró para mirar a los chicos y rodó los ojos; era un caso perdido.

—Os presento a vuestro nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras… yo… Gilderoy Lockhart. —Sonrió exageradamente mientras apoyaba un pie en una mesa baja—. Vamos a ver cómo os defendéis de estas criaturas, ¡cuidado podrían enfurecerse! —exclamó mientras dejaba ver una jaula con una especie de animales alados.

—¿Duendecillos de cornualles? —rió Seamus Finnigan.

El profesor abrió la jaula y salieron disparados hacia los alumnos. Todos empezaron a correr porque los duendecillos no paraban de ir tras ellos y destrozar las cosas a su paso. Jade se había alejado mientras intentaba quitarse uno de los duendecillos de la pierna.

—Vosotros tres, meted el resto en la jaula. —El profesor se fue corriendo de la clase.

—¿El resto? Será cobarde —protestó Jade.

—Hermione, ¿qué hacemos?

—Pues… —Sacó su varita— ¡Inmobilus!

—Muy bueno —dijo la morena cuando vio que había conseguido controlarlos.

Los días pasaban y Harry enseñaba a Jade a jugar al quidditch en sus horas libres.

Una tarde después de comer, antes de su siguiente clase, se encontraban ellos dos en el campo de Quidditch enfrente de una caja abierta que no dejaba de moverse. Jade volaba sobre su escoba a un metro como mucho de Harry para poder escucharlo.

—Bien, una vez distingas cada una —dijo señalando el quaffle, la snitch y las bludgers—, sólo tienes que subirte a la escoba y dependiendo de en qué posición estés jugando tendrás una misión u otra. Coge esto. —Le dio una especie de palo.

—Esto es para lanzar las bludgers, ¿no?

—Exacto, ¿a ver qué tal lo haces? —La chica lanzó lo más fuerte que pudo mientras intentaba no caerse de la escoba. En uno de los lanzamientos se tambaleó y casi se cae.

—Cuidado —le advirtió Harry mientras la cogía del brazo para ayudarla a subir—. Lo has hecho bien.

—Es porque tengo el mejor profesor —le sonrió.

—Gracias —contestó ruborizándose.

Así septiembre llegaba a su fin, sin ningún incidente notable. La última semana de este mes, Slytherin, en una hora libre de entre semana, preparaba la selección del nuevo equipo de quidditch para ese año. Había muchos alumnos de cursos mayores para hacer las pruebas.

Draco Malfoy y Pansy Parkinson, que estaban un poco apartados por la diferencia de estatura, también se presentaban.

—Uno por uno demostraréis de lo que sois capaces —anunció el capitán del equipo.

—¡Esperad! Yo también juego —chilló interrumpiéndolo la voz de una niña.

—No te lo tomes como un juego si quieres entrar, niñita —dijo el capitán después de volver a la realidad.

—Quiero ser golpeadora —contestó Jade ignorándolo.

—Pues ponte en ese grupo. —Señaló hacia donde se encontraba un grupo de chicos. Parkinson se acercó a Draco y le susurró:

—Sólo Prince podía querer ser golpeadora. Eso es cosa de chicos —aclaró al no encontrar respuesta del rubio.

Draco la observó acercarse muy sonriente, ignorando a Pansy, le hizo gracia la cara que le dedicó a Parkinson, pero no dijo nada. Mientras fuera con Potter no podía considerarla una amiga.

Todos volaron para poder formar parte del equipo. Jade logró golpear todas las bludgers y Parkinson fue descalificada como posible cazadora. Antes de salir del campo fulminó con la mirada a Jade y ésta le sonrió provocadora.

—Ya avisaré del próximo entrenamiento —anunció el capitán al nuevo equipo—. Podéis marcharos.

Varios días después se dirigían a la clase de Pociones y Jade esperaba a sus amigos en la puerta ya que ellos venían desde la torre de Gryffindor y ella de ahí al lado. Entraron al aula cuando Snape ya abría el libro e indicaba el tema de hoy.

—¿Alguien me podría decir qué efectos tiene esta poción? —El profesor vio dos brazos alzados, pero hizo como si sólo viera uno—. Diga, señorita Prince.

—El veritaserum —Jade no pudo evitar sonreír un poco ante la cara de Hermione al no poder contestar ella—, obliga al que lo beba a decir toda la verdad sin poder objetar nada.

—Bien, 5 puntos para Slytherin.

El profesor mandó hacer una poción y mientras los alumnos trabajaban, él paseaba por la clase observando los calderos. A los de su casa no les objetó casi nada, pero a Gryffindor…

—Señor Potter —arrastró las palabras, como siempre—, ¿qué se supone que es esto? —Miró el caldero de Harry y cuando olió el humo que desprendía encogió la nariz y negó con la cabeza. Harry miró furiosamente su espalda mientras seguía paseando.

También le llegó el turno a Ron, por supuesto. Su caldero contenía un líquido verde espeso cuando debía ser rojo y totalmente líquido. Snape lo vació y le ordenó volver a hacerlo ya que lo que había inventado podría ser mortal. A todo esto Ron estaba del color del que se suponía que debía ser la poción y agachó la cabeza. Observó también la poción de Hermione y pasó de largo, sin decir nada. Mientras tanto los Slytherin no dejaban de soltar risitas no controladas, pero Jade sólo estaba pendiente de su trabajo.

Al finalizar la clase dejaron los frascos con una muestra de las pociones sobre la mesa del profesor para así poner nota. Cuando ya quedaban unos cuantos para entregarlo, Hermione tropezó con un Slytherin, su frasco cayó al suelo y se esparció su contenido por el suelo. El caso es que ya habían vaciado sus calderos y no podía coger otra muestra.

—Profesor, déjeme hacerla otra vez y… —Pero Snape negaba con la cabeza—. Pero, si ya la ha visto.

—No, yo quiero las muestras, señorita Granger. Hasta luego.

Los tres salían de las mazmorras para dejar sus cosas en la sala común e ir a cenar. Jade los vería allí.

Cuando ésta llegó al Gran Comedor se sentó de nuevo junto a sus amigos de Gryffindor, frente a Harry. Le pareció que estaban enfadados pero no preguntó. Comían tranquilamente, o eso parecía.

—Le odio, no sé cómo puede tratarnos así. —Jade se sobresaltó al escuchar a Harry.

—¿De quién hablas?

—De quién va a ser, de Snape. —El moreno estaba realmente enfadado y al parecer los otros dos también.

—No tenía por qué ponerme en ridículo delante de todos. —Ron también habló pero más bajito.

—Ya había visto mi poción pero aún así… Es porque no somos de Slytherin o mejor dicho... somos de Gryffindor. —La morena soltó una risita al escuchar las teorías de Hermione—. No es por ti Jade.

—Pero no es para tanto, es su trabajo. —Todos se le quedaron mirando.

—No debería trabajar de profesor. —Ron negaba con la cabeza mientras lo decía.

—Sólo porque no os guste su forma de dar la clase no significa que no sea buen profesor. —Ya no sonreía tanto ante los comentarios contra el profesor de pociones.

—A parte de eso me odia, no sé por qué, pero me odia. —Harry destilaba rabia por los ojos, eso enfurecía más a Jade.

—No, no es eso. Eso te lo parece a ti, sólo quiere que aprendas y por eso te corrige.

—¡Eso no te lo crees ni tú! —rió Harry irónicamente.

—¡¿Crees que todo gira alrededor de ti? —gritó muy enfadada mirando fijamente a Harry.

—¡Yo no he dicho eso, sólo te digo lo que pasa! Además, ¿por qué lo defiendes tanto? Sólo es el jefe de tu casa. ¡Ni a McGonagall la defendería yo tanto!

A Jade le pilló desprevenida esa pregunta pero estaba tan enfada que no pudo ocultarlo más, o lo decía o podía explotar. Se levantó del sitio y miró a Harry con los ojos humedecidos para gritarle:

—¡Porque Snape es mi padre! —Salió corriendo del Gran Comedor para bajar por las escaleras hasta las mazmorras.

Todo el colegio la había escuchado, palabra por palabra. El silencio reinaba en el Comedor. La sorpresa se olía en el aire, en las caras, en el sonido de los cubiertos pegando en el suelo. ¿Habían escuchado bien? Todos alternaban miradas desde la puerta del comedor por donde ya no se veía a Jade hasta la mesa de los profesores. Severus Snape decidió salir tras ella sin atender las distintas miradas y la alcanzó en los últimos peldaños de las escaleras. La detuvo y la sujetó por los hombros mientras ella no dejaba de mirar hacia el suelo.

—Lo… lamento… no quería… —sollozó disculpándose.

—No ha sido culpa tuya.

—Pero como… me dijiste… que no dijera… nada.

—Ahora ya da igual.

Snape la acompañó hasta su cuarto y la dejó allí, porque ella le había pedido que se fuera, que quería pensar.

Jade estuvo en su habitación hasta que entraron sus compañeras mirándola con curiosidad y criticándola interiormente, de una forma que es como si lo dijeran en voz alta. No soportó mucho esa situación, la hacían sentir peor, así que bajó a la sala común que estaba desierta y se sentó enfrente de la chimenea. Encogió las piernas y se las abrazó. Ahora parecía totalmente indefensa, cualquiera podría atacarla de cualquier forma y acabaría llorando de nuevo. No le gustaba sentirse así, ella intentaba demostrar que se podía defender sola y que podía con todo, de esa forma aparentaba ser mayor, más fuerte, más preparada que los de su edad... pero no siempre salía como se lo esperaba.

Recordó cuando cogió la escoba por primera vez y su padre le advertía que todavía era muy pequeña para ir sola pero ella, cabezota, no le hizo caso. Pues antes de cruzar el jardín ya se había caído de rodillas y su pierna sangraba. No quería llorar, ni pedirle ayuda a su padre porque ella era mayor y no debía ser débil. Así la habían educado, pero sólo tenía cinco años y como todo niño de esa edad necesitaba de sus padres. Su padre la curó y sin decir palabra Jade se metió en su cuarto.

El calor del fuego la hacía sentir bien ahora que el frío empezaba a ganar al calor. Sonrió ante el recuerdo y sus lágrimas pasaron a ser por causa de los buenos momentos. Escuchó unos pasos que se acercaban por la escalera. Sin comprobar quien era se secó las lágrimas rápidamente. No quería volver a parecer débil delante de nadie.

—Si vienes para que te cuente…

—No quiero molestarte, sólo quería saber… si estabas bien —soltó Draco indiferente. Se miraron a los ojos, esos grises que la miraban desde el otro lado de la chimenea. Jade bajó las piernas del sillón.

—Estoy bien —dijo ella cortante.

—Parece que has discutido con Potter.

—Así que es por eso. Como ya no soy amiga de los Gryffindor —contestó molesta— ahora sí me hablas.

—Yo no he dicho eso. —Se puso tenso. No le gustaba que nadie lo enfrentara de ninguna manera.

Ella estaba de pie frente a él y ahora lo miraba enfadada.

—¿Y entonces por qué me hablas ahora? ¿Por qué te importa lo que me pase? ¿Por qué…?

Con un rápido movimiento, Draco se había acercado a ella y le había tapado la boca con la mano.

—Preguntas demasiado y no me apetece escucharte —le dijo el chico.

Jade no había intentado soltarse, pues la había tomado por sorpresa. Draco la soltó al comprobar que ella no diría nada más y se marchó, dejando a la chica en medio de la sala.