—¿El hijo del señor Crouch? —Hermione había abierto los ojos desmesuradamente, al igual que Ron y Jade.
—Sí y es el mismo hombre de mi sueño. —Los chicos no podían estar más sorprendidos aún—. El que habló de Deyanira.
Ahora vino el silencio.
—Entonces, Crouch mandó a su hijo a Azkaban —susurró Hermione pensando—. Y Karkarov era un mortífago.
Todos se quedaron cavilando en lo que Harry les había contado sobre lo visto en el pensadero cuando fue a hablar con Dumbledore.
Harry, Ron, Hermione y Jade se dirigían hacia Hogsmeade, pero no con la intención de tomarse algo en Cabeza de Puerco, sino que pasaron de largo y caminaron hacia las montañas.
Sirius Black los esperaba encantado, ya que eso significaba comer y recibir noticias.
—Así que quedaste en primer lugar —decía Sirius orgulloso de su ahijado—. Parece que el que quiere hacerte daño no lo está consiguiendo.
—Casi le hace más daño lo que publica Skeeter —dijo Jade mientras leía El Profeta que había cogido para pasar el rato.
Todos se giraron para mirarla, ella levantó la vista del periódico e hizo una mueca indicando que no les iba a gustar.
—Vuelve a decir que Harry y Hermione tienen un romance, pero que Hermione le puede estar engañando con Viktor Krum. —La castaña frunció los labios, realmente estaba hartándose de esas ridículas publicaciones.
No dijo nada pues ya llevaban incontables noticias sobre ella. Parece que Rita le había cogido manía a Hermione y no la dejaría en paz hasta desquitarse.
Ron le quitó el periódico a Jade para cerciorarse y seguir leyendo.
—Jade —la llamó Ron—, aquí también pone algo sobre ti.
—A ver que dice de mí esa asquerosa gusarajo. —La chica se acercó para leer por encima del hombro del pelirrojo.
Su cara pasó de divertida a seria y luego a enfado y rabia. Hiperventiló unos segundos intentando relajarse.
—¡¿Cómo se atreve?! —exclamó la chica irritada. Entonces suspiró y leyó.
... no nos olvidemos de la mejor amiga de Granger; que no es, nada más y nada menos, que la hija adoptiva del profesor Severus Snape. Y no sólo eso, porque sobre esta chica puedo hablar mucho. Resulta que en su tercer año se transformó en veela, atacando así a su propio padre. Esto demuestra una actitud un tanto distante por parte de Dumbledore, pues representa, claramente, una gran amenaza para los habitantes del colegio.
Pues esta chica será muy "amiga" de Granger, pero en el baile de Navidad, que se celebró por el Torneo de los tres magos, no tuvo reparos en acompañar a Harry Potter, aún a sabiendas de los sentimientos de su amiga hacia éste. Por otro lado, nos encontramos con su novio: Cedric Diggory, que como ya se sabe, es uno de los cuatro campeones del Torneo.
Parece ser que ambas "amigas" sienten debilidad por magos famosos…
Jade dejó de leer arrebatándole el periódico a Ron y lanzándolo a la hoguera.
—Skeeter siempre fue una mentirosa —empezó a decir Sirius—, pero que diga que Quejicus es padre… —no pudo seguir ya que empezó a reírse.
Todos se quedaron mirándolo sin saber que decir.
—Pues resulta —decía Jade muy enfadada—, que Quejicus, como tú lo llamas, sí es mi padre.
Hermione intervino al escuchar el tono que utilizó su amiga.
—Nos tenemos que ir, ya es tarde y podrían sospechar.
Todos asintieron y Jade miró con rabia a Sirius antes de marcharse.
Poco a poco se iba quedando atrás el frío, dejando ver el sol entre las montañas. La escarcha que cada mañana se encontraban los alumnos al salir a dar un paseo por los terrenos del colegio, había desaparecido, pudiendo ahora disfrutar de las vacaciones bajo el sol primaveral.
Un chico estaba sentado a la sombra de un árbol, apoyado en su tronco, mientras acariciaba una cabellera negra. Jade tenía la cabeza apoyada en las piernas de Cedric y con los ojos cerrados escuchaba todo lo que el chico le contaba.
—Y después de eso tuve que lanzarle un hechizo de desarme —seguía diciendo el chico—. Creo que podré conseguir un extraordinario en Defensa Contra las Artes Oscuras. —Se hizo un largo silencio y después le preguntó a Jade—: ¿Te aburro?
—No —contestó la chica con una sonrisa de felicidad—. Me gusta escucharte.
A esto, Cedric sonrió y continuó hablando mientras seguía acariciándole el pelo.
A unos cuantos árboles de distancia, junto a la orilla del lago, tres amigos seguían disfrutando de los pocos días que quedaban de vacaciones de Pascua. Ron estaba sentado mirando hacia el lugar donde se encontraba Jade. Harry, en cambio, observaba al calamar gigante que habitaba en el lago y Hermione leía, como siempre, un libro.
—Ese niño pijo, no sé cómo puede gustarle a Jade. —Harry frunció el ceño y miró donde lo hacía su amigo. Ron continuó—. Seguro que de tanto hablar y hablar, ella se cansará y lo dejará plantado, y él se preguntará el por qué si es tan guapo —dijo alargando la a de la palabra tan.
—Lo que yo no sé es por qué te sigue cayendo mal Cedric. ¿No será que te gusta Jade? —ironizó Hermione. Sabía de sobra que seguía con su idea de que era el "enemigo", al igual que Viktor.
Llevaban allí mucho tiempo, pues el sol casi había desaparecido tras las montañas. Por eso se levantaron de camino al castillo; pero en ese momento Viktor Krum apareció y se acercó a Harry, no sin antes saludar a Hermione.
—Hola, Harry, podemos hablarr. —Harry asintió y se despidió de sus amigos.
Ron y Hermione cruzaron la puerta de la entrada mirando hacia atrás, dudando de las razones por las que el búlgaro se había llevado a Harry.
Los tres estaban sentados en la mesa de Gryffindor cenando entorno al periódico de El Profeta que había recibido Hermione aquella mañana. En eso que una morena llegó junto a ellos y frunció el ceño al ver la atmósfera que allí se respiraba.
—¿Quién se ha muerto? —preguntó Jade con una sonrisa para romper la tensión.
Los tres se giraron para mirarla con los ojos como platos. Ella se asustó un poco al ver sus caras.
—¿Qué?
—Jade, sí ha muerto alguien. —Hermione cogió el periódico de la mesa y se lo entregó a la morena.
Jade lo abrió y leyó la página.
En cuanto acabó de leerla miró a sus amigos mientras bajaba lentamente el periódico.
—Bueno, no sabía que el señor Crouch había desaparecido. Y que ahora está muerto. —La chica se calló, repentinamente avergonzada.
—Harry lo vio anoche, en el bosque, cuando hablaba con Krum. —Jade miró a Hermione con el ceño fruncido. Después miró a Harry.
—Cuando llegué con el profesor Dumbledore y Snape, Crouch ya se había ido. Después Moody encontró el cuerpo entre los árboles. No encontraron al culpable.
Silencio.
La morena decidió sentarse junto a ellos y al ver que ninguno hablaba, dijo lo primero que le pasó por la cabeza.
—He hablado con Hagrid y se le ha escapado que los escregutos de cola explosiva estarán en el laberinto de la tercera prueba, también porque lo vi caminar con algunos de ellos hacia el campo de quidditch y desaparecer en el laberinto. —Al ver que sólo asintieron dejó de intentarlo y siguió cenando. Pero se dio cuenta del gesto de dolor que hizo Harry cuando se frotó la frente, o la cicatriz.
Los meses habían pasado a una velocidad de vértigo y sin darse cuenta habían amanecido en el día más oscuro del curso, más oscuro de lo que pensaban.
Harry había estado practicando diversos hechizos a diario durante los últimos meses, ayudado por sus amigos, y parecía más preparado que en cualquier otra de las pruebas. Sirius también había ayudado a su manera, pues no podía ir a verle, pero con sus cartas de ánimo a Harry le eran suficientes.
Los exámenes también los habían pasado ya, y aunque fueron un inconveniente por el hecho de que Harry tenía que practicar él solo los hechizos, enseguida se volvieron a poner en marcha.
Ahora estaban desayunando en el Gran Comedor. Harry había recibido comentarios de ánimo y confianza, pero también de burla que le hacían ponerse más nervioso. En la última clase de comentarios había colaborado, como no, Malfoy y sus secuaces, pero realmente eran los últimos que le importaban.
—Señor Potter, debe ir ahora a la sala de los Trofeos para saludar a sus familiares. Debe ir junto a los demás campeones —dijo la profesora McGonagall mirando al chico por encima de las gafas. Se marchó cuando éste asintió.
Harry miró a sus amigos frunciendo el ceño y la única que no le prestó atención fue Hermione, que seguía leyendo El Profeta.
—Sigo sin explicarme cómo Skeeter sabe lo que sabe. Tiene prohibida la entrada a Hogwarts. —La castaña se quedó pensando una respuesta a cómo la periodista había sabido del desmayo de Harry en clase de adivinación -sucedido hacía un par de semanas y publicado ahora en el periódico- sin percatarse de que la profesora le había hablado al muchacho.
—¿Qué cree, que van a venir los Dursley a verte? —preguntó Ron divertido.
—La verdad es que no sé para qué tengo que ir si no tengo familia.
Los chicos se miraron entre sí y sólo esperaron a que Harry fuera a la sala.
Ya en ésta, vio a Cedric con sus padres, a Viktor hablando búlgaro con una mujer robusta como él, y a Fleur con su hermana hablando con una mujer rubia y alta como ella y un hombre bajito y rechoncho.
Pero no fue hasta que caminó hasta llegar al fondo de la sala que vio a la señora Weasley con una sonrisa de oreja a oreja esperándole.
—¡Harry! —exclamó Molly y le abrazó.
—Harry —ahora fue una voz de hombre, un poco menos familiar.
El chico se separó de la mujer y vio sorprendido a Bill Weasley, con el mismo pelo largo recogido en una coleta. Se alegró mucho de verle allí.
—Pero, ¿qué hacéis aquí? —preguntó Harry con una sonrisa—. No esperaba veros.
—Mi padre quería venir, pero el trabajo… Y Charlie, y también tenía trabajo —dijo Bill.
Entonces la puerta se abrió y entró por ella una persona que fue directa a donde estaba Harry.
—Hola mamá, Bill, ¿qué hacéis aquí? —preguntó Ron sonriente.
Pero su madre estaba hablando con Amos Diggory y Bill miraba hacia otro lado, sin percatarse de Ron, pues había divisado una cabellera rubia casi plateada.
—¡Bill! —chilló el pelirrojo provocando que su hermano se alterara y se volviera abruptamente.
—¿Qué?
—¿Que qué hacéis aquí?
—Pues apoyar a Harry, ¿qué sino? —intentó no parecer sobresaltado, pero el tono en su voz decía que le habían pillado en una situación vergonzosa.
Pero Ron no pudo protestar pues Jade y Hermione acababan de acercarse a ellos, al mismo tiempo que la señora Weasley.
—Hola —dijeron al unísono.
Cedric escuchó a Jade y se acercó por detrás para tocarle el hombro. Cuando se giró, una sonrisa se dibujó en su rostro.
—Ven, te presentaré a alguien. —Jade siguió al chico hasta una pareja, donde reconoció a Amos, su padre.
—Papá, tú ya la conoces. Mamá, ella es Jade. —La mujer se acercó a la chica y tras contemplarla le dio dos besos. Jade le sonrió.
Por otro lado, apartado del grupo de pelirrojos, Bill se había acercado a hurtadillas a la chica rubia que antes le había llamado la atención. Menos mal que los familiares de ésta se acababan de dar la vuelta para observar a Harry Potter y así pudo tocarle el hombro sin vergüenza de ser observado.
—Hola, me llamo Bill, Bill Weasley. —El chico le extendió la mano.
—Yo soy Fleur Delacour, encantada —dijo la chica entregando su mano y esperó a que Bill se la besara.
Pero eso no ocurrió. Bill se la estrechó suavemente, como si fuera una pluma. Fleur se quedó estupefacta mirando las dos manos unidas, nunca le había estrechado la mano a un varón. Bill miraba a la chica esperando una respuesta o que dijera algo, pero la chica se había quedado con la boca abierta mirando hacia abajo. Entonces se dio cuenta del error, pues ella era una dama.
—Discúlpame —se apresuró a decir mientras acercaba sus labios al suave dorso de su mano.
Cuando alzó la cabeza, para su sorpresa, Fleur sonreía. Ella soltó su mano de la de Bill y antes de darse la vuelta para reunirse con sus padres y su hermana le dedicó una sonrisa radiante.
Él no acostumbraba a ser descortés y sabía que quedarse mirando a una chica todo el tiempo era algo muy grosero, pero no conseguía apartar la mirada de ella en general. No era sólo su belleza, era porque estaba a su alrededor y todo lo que estaba dentro de un círculo indeterminado quedaba enganchado a su encanto.
No tardó mucho en romperse la burbuja, pues su hermano y Harry acababan de llegar junto con su madre, a su lado y vislumbró por el rabillo del ojo que Jade y Hermione se acercaban a Fleur, bueno, más bien Jade porque la castaña estaba de segundo plano en la conversación.
—No, mamá, el traje de Harry sí gustaba. El mío parecía un trapo viejo con moho. —Ron recibió una mirada fulminante de su madre.
—Pues al próximo baile irás con el pijama —concluyó la mujer y cuando se giró para mirar a su hijo mayor puso peor cara. Bill sabía que era por su larga coleta.
Bajaban en tropel por los terrenos de Hogwarts de camino al estadio de quidditch, donde se procedía a la tercera y última prueba. Ron y Hermione iban por delante, la castaña discutiendo con Molly sobre las publicaciones de Skeeter y que Hermione intentaba que la mujer entrara en razón. Harry y Jade iban más rezagados, el chico con las manos en los bolsillos y ella jugando con un mechón de pelo.
—Harry —empezó a decir la chica—, sé que Hermione ya te lo habrá dicho mil veces, pero cuando estés en el laberinto no tienes que dejar que el miedo te invada. Recuerda lo que Moody siempre dice: "Alerta…
—"…permanente. Alerta permanente". Lo sé Jade, tranquila. Me habéis ayudado mucho y creo que estoy mejor preparado.
Se habían detenido y se miraban a los ojos como si entendieran el pensamiento del otro. El profesor Moody acababa de aparecer por un lado y los sobresaltó con un golpe del bastón.
—Hola, Potter. Hola, Prince. ¿Nervioso? —preguntó mirando al chico—. Ven, vamos a dar una vuelta por los hervideros.
A los chicos les pareció extraño eso de dar una vuelta por los hervideros, pues se desviaban del camino al campo de quidditch, pero Harry fue tras él. Moody se detuvo, para girarse y mirar a la morena. Con un gesto de cabeza incitó a la chica a acompañarlos. Jade, indecisa y confusa, corrió junto a Harry y cuando llegó hasta él, también se extrañó.
Caminaron, en efecto, hasta los hervideros. Por el camino el profesor hacía comentarios sobre las magníficas estrategias que Harry había utilizado en cada prueba, consejos sobre utilizar los hechizos de sus clases, etc. Una vez allí, Moody sacó una botellita con un líquido ambarino, la destapó y levantó la mirada por encima del frasco. Extrajo dos pequeñas copas curvadas de un bolsillo interior de su chaqueta y volvió a mirar a los jóvenes.
—He traído sólo dos copas porque no había contado con la señorita Prince —dijo mirando a Jade—, pero no pasa nada. Tomad —fue llenando las copas— vosotros primero y después ya lo celebro por mi cuenta.
Les dio las copas a cada uno y aún con el frasco abierto esperó a que bebieran y así poder beber él. El olor era muy dulce y el sabor mejor. Le devolvieron las copas y tras unos segundos de deleite observaron como el profesor se tragaba toda su copa entera y se relamía los labios como habían hecho los chicos.
—Es un jugo que te llena por dentro y así no pasas hambre durante unas cuantas horas. Creo que te servirá, Potter, así no tendrás que preocuparte por otra cosa que no sean criaturas y enigmas —dijo sonriendo—. Y ahora, volvamos.
Los gritos sobrepasaban la música y los nombres de los campeones se confundían unos con otros. Desde las gradas parecía que el campo se hubiera extendido para dar cabida a tan enorme laberinto, y en efecto, el campo se había alargado.
Una de las puertas de los vestuarios para los equipos se abrió, dejando paso a los campeones que salían de uno en uno. Primero apareció Viktor Krum, ataviado con una camisa de manga corta y unos pantalones ceñidos que acababan por dentro de unas grandes botas. Le siguió Fleur Delacour, con un traje de cuerpo entero de color plateado que resaltaba su hermosura. Cedric Diggory fue el siguiente en entrar al campo con un sencillo chándal de color amarillo. El último fue Harry, que como Cedric, llevaba un chándal, pero rojo y negro. En cuanto pisaban el césped se podían distinguir cada uno de sus nombres entre el griterío. Harry siguió a Cedric hasta donde se encontraban los otros dos campeones, junto a Ludo Bagman y cerca de ellos estaban los directores de las escuelas, el profesor Moody, Hagrid y Madame Pomfrey. Moody estaba allí porque era él el que había metido los obstáculos en el laberinto y había dejado la copa de los tres magos al final de éste. Hagrid había transportado los animales hasta el campo y Madame Pomfrey se encargaría de los heridos.
Bagman se llevó la varita a la garganta.
—¡Por fin ha llegado el tan esperado momento: la tercera prueba! —empezó a decir cuando el estruendo que formaba la música y la gente cesó—. ¡Primero de todo, debo decir algunas cosas sobre las puntuaciones de esta prueba! —Bajó la mirada hacia los campeones y volvió a mirar a las gradas— ¡El campeón que más puntos tenga, se introducirá en el laberinto el primero, y después el siguiente y el siguiente! —Bajó su varita y después se inclinó sobre el círculo que formaban los campeones—. Debéis saber que si en algún momento decidís abandonar el torneo sólo tendréis que lanzar chispas rojas al cielo, ¿entendido? —Su cara se puso más seria cuando volvió a hablar—. Ahí dentro no podréis confiar en nadie, la locura puede invadir vuestra mente y dejar de ser quienes sois.
No había más que decir, sólo levantó la varita de nuevo para dar a conocer la puntuación y así colocarse en las entradas. Harry y Cedric eran los primeros, seguidos de Viktor y después Fleur. En cuanto cruzaron las entradas todo se quedó oscuro, sin un reflejo de la luz que había inundado la parte donde estaban los directores. Harry enseguida encendió la varita y empezó a correr en dirección a la nada.
Esta vez no había tiempo límite y las horas se echaban encima, sin poder contarlas y desesperándose por no saber cuánto le quedaba hasta llegar a la copa. Durante el tiempo que llevaba allí había recibido arañazos de las ramas de la planta que componía el laberinto, quemaduras por haberse enfrentado a escregutos de cola explosiva que habían explotado delante de él, innumerables golpes de acromántulas, etc. Hacía rato que no corría, por el cansancio y porque en realidad no sabía muy bien a donde dirigirse, exceptuando que se dirigía hacia el norte como indicaba su varita a causa del hechizo de orientación.
A la otra punta del campo se encontraban los alumnos, observando el laberinto e intentando captar alguna que otra luz que indicara que allí se encontraba uno de los campeones. Jade, junto a Hermione y Ron, se ponía de puntillas para intentar ver alguna figura en movimiento, pero sólo veía movimiento cuando las paredes del laberinto se unían para cambiar el camino. En dos ocasiones aspiró con fuerza el aire al ver chispas rojas salir de entre la oscuridad, pero después descubría que no era de ninguno de los dos campeones que esperaba. Fleur y Viktor habían abandonado, es decir, Harry y Cedric competían solos.
Después de varias horas, Jade empezó a sentir un retortijón en el estómago y con el paso de los minutos se hacía más insoportable. Decidió retirarse unos minutos, mientras no pasaba nada y así se relajaría.
—Vuelvo enseguida —le dijo a Hermione y ésta asintió.
Bajó por las escaleras, pasando por al lado de su padre que estaba cruzado de brazos y serio. La miró extrañado y Jade le indicó que se encontraba mal. No le dijo nada pero la observó cuando se dirigía a la puerta de salida del campo. Una vez fuera, el aire nocturno le impactó en la cara pudiendo así respirar más tranquila. Pero cuando creía que ya se encontraba mejor se vio impulsada hacia arriba y sintió como si un gancho la cogiera por el ombligo arrastrada hacia un remolino dorado.
Cuando Jade abrió los ojos, pestañeó varias veces antes de convencerse de que estaba despierta. Estaba tumbada boca abajo sobre césped húmedo y se preguntó si se había desmayado, pero en cuanto levantó la mirada hacia el horizonte supo que no estaba en los terrenos de Hogwarts. Se levantó lentamente al mismo tiempo que veía dos bultos alzarse también, no muy lejos de donde se encontraba. Sacó su varita rápidamente y apuntando hacia esos dos bultos intentó serenar su voz.
—¿Quiénes sois? —la voz no sonó exactamente como quiso que sonara, pero hizo que las dos personas se girasen para mirarla.
—¿Jade? —preguntaron al unísono. Esas voces eran totalmente familiares y no cabía duda de quiénes eran.
—¿Harry? ¿Cedric? Pero ¿qué… —no pudo continuar pues había trastabillado hasta ellos y había caído. Cedric la ayudó a levantarse mientras Harry caminaba lejos de ellos, hacia las piedras que sobresalían de la tierra.
—Yo conozco este sitio, he estado antes aquí.
—Pero Harry ¿qué hacemos aquí? ¿Y qué hago yo aquí? —La chica se giró para mirar a Cedric que aún la estaba abrazando.
—No entiendo nada, pero me da mala espina. La copa era un traslador, pero no sé qué haces tú aquí.
En cuanto acabó de hablar escucharon el crujir de una puerta al abrirse y después al cerrarse. Harry estaba al lado de una de las rocas grandes, muy cerca del sonido. Los otros dos se acercaron a él y entonces comprendieron qué era aquel lugar: un cementerio. Jade recordó entonces que Harry les había hablado sobre una pesadilla en la que aparecía un cementerio y recordó el comentario anterior del chico.
—Harry, ¿no será éste el cementerio que soñaste, verdad? —Harry se giró para mirarla y asintió. La chica se estremeció.
Los tres se giraron a la vez cuando vieron una sombra acercarse a ellos y enseguida Cedric se puso delante de Jade con la varita alzada.
—¿Quién eres?
Al mismo tiempo, Harry empezó a chillar de dolor y a sujetarse la frente con la mano. Sin duda le dolía la cicatriz.
—Mata al otro.
Fue una voz sibilante la que habló e hizo que se le pusieran los pelos de punta a la morena. De pronto comprendió a quién se refería e instintivamente corrió para empujar a Cedric o ponerse entre él y el hombre con capucha.
Esperaba recibir ya el Avada Kedavra con los ojos cerrados pero no llegó. Sintió cómo la empujaban y cayó de golpe al suelo, manchándose las manos y la ropa de tierra. Miró hacia arriba y vio a Cedric lanzando hechizos al hombre encapuchado, pero éste último tenía más experiencia. Jade se levantó rápidamente cuando un hechizo le dio a Cedric haciendo que cayera de espaldas.
—¡Desmaius! —gritó la chica, pero de inmediato el hombre lo repelió.
Antes de que pudiera alzar la varita de nuevo o correr hacia Cedric, unas raíces salieron del suelo y le envolvieron las muñecas, aprisionándola al suelo. Mientras tanto, escuchaba a Harry seguir chillando en el suelo, pero ella no podía moverse del sitio pues las ramas se habían quedado petrificadas, duras como una piedra bajo sus manos.
Cedric se levantó y en cuanto recuperó la varita del suelo apuntó con ella al hombre. Jade quiso gritarle que corriera, que no podría enfrentarse a aquel hombre de nuevo sin salir peor parado, pero no llegó a decirlo. Sólo salió una palabra de su boca.
—¡No!
El chico cayó de nuevo al suelo envuelto en una luz verde y en los oídos de la chica sonó repetidas veces el golpe que dio el cuerpo inerte en el suelo. Estaba detrás de ella, pero no quería mirarlo, no podía mirarlo. Al final lo hizo y miró. Tenía los ojos abiertos, pero ya no brillaban. Verlo fue como si el aire se volviera frío y recorriera cada célula de su cuerpo. Pero inmediatamente sintió un fuego arder en su interior y ya sabía lo iba a pasar, pero no quiso frenarlo. Entonces se convirtió.
Las alas salieron de su espalda y su piel se tornó oscura, una mezcla entre negra y azul. Estaba en el aire, volando, pero las raíces no la dejaban ser libre por eso tiró con todas sus fuerzas hacia arriba. No se movió del sitio. Sus ataduras eran más fuertes que ella, así que se dio por vencida y cayó sentada.
En ese momento, el hombre encapuchado cogía a Harry y lo levantaba hasta depositarlo encima de una de las lápidas, al lado de un matojo de trapos que se movía. Jade volvió a ser normal de inmediato, pues ya no sentía rabia, ahora estaba preocupada por lo que le pudiera pasar a Harry.
El hombre hizo aparecer unas cuerdas que envolvieron a Harry y lo inmovilizó contra la lápida. El chico estaba atado desde el cuello hasta los pies.
—¡Tú! —dijo Harry mirando al hombre. Jade no supo quien era hasta que se quitó la capucha.
Peter Pettigrew cogió lo que había a los pies de Harry, los trapos, y se encaminó a una especie de caldero gigante. Con su varita encendió la hoguera donde estaba posado el caldero. Se acercó demasiado al fuego, en dirección a los dos jóvenes, y alzando los brazos tiró al interior del recipiente algo que estaba dentro de los trapos.
Colagusano caminó hasta pararse delante de Harry, éste aún sintiendo dolor en la cicatriz y con un movimiento de varita hizo que algo saliera de un agujero al lado de la tumba.
—¡Hueso del padre, otorgado sin saberlo, renovarás a tu hijo!
Llevó levitando el hueso hasta dejarlo caer en el caldero. Salió humo. Lo que allí se estaba formando estaba hirviendo. Sin moverse del sitio alzó su brazo derecho y se cortó la mano repentinamente.
—¡Carne… del vasallo… voluntariamente ofrecida… revivirás a tu señor!
Después con la misma hoja afilada volvió a caminar hasta el chico, lo alzó y cortó un trozo de cuerda para dejar al descubierto el brazo desnudo de Harry. Colagusano hundió la hoja en la carne del chico empapando así el cuchillo con sangre. Volvió a ir junto al caldero haciendo como si no escuchara los gritos de dolor de Harry. Gotas de sangre cayeron en el interior del caldero.
—¡Sa… sangre del enemigo… tomada por la fuerza… resucitarás al que odias!
Sin moverse del sitio levantó la cabeza para mirar por encima del recipiente y su expresión se volvió más seria, si eso era posible. Caminó lentamente hacia ella y vaciló un poco antes de agacharse, porque sabía que se resistiría, así que sacando la varita hizo que más raíces salieran de la tierra y envolvieran los tobillos de la chica. Ahora sí pudo agacharse con más seguridad e hizo el mismo procedimiento que a Harry. Después se alejó de retorno al caldero y vertió unas cuantas gotas de sangre en su interior.
—¡Sangre de la sangre… resurgirás al Señor Tenebroso!
El humo se incrementó y el vapor invadió el lugar alrededor del caldero. Sólo se escuchaba el constante gemido de dolor de Colagusano. Jade podía ver a Harry con una expresión de dolor contenido, pues como ella no quería ver cómo había salido el experimento de Colagusano.
No tardaron mucho en escuchar una voz aguda y áspera que surgía de entre el vapor.
—Vísteme.
Colagusano de inmediato cubrió el cuerpo blanco que salía del caldero. Al salir de allí caminó lentamente hasta Colagusano y éste le dio una varita blanca con formas talladas en un extremo. Entonces se dio la vuelta y quedó de frente a Harry y Jade. Voldemort tenía los ojos rojos, su piel era pálida, casi blanca como su varita y en lugar de nariz tenía dos rendijas como las de una serpiente.
—Colagusano —susurró Lord Voldemort y esperó a que se acercara.
Jade, a pesar de que el vapor ya se había ido, veía como si una bruma la estuviera cegando, sólo conseguía ver a Harry sobre la lápida, la que parecía ser del padre de Voldemort. Éste se había acercado y hablaba con Harry sobre algo de su familia.
—Vengué a mi madre. ¿Ves esa casa? —preguntó señalando una mansión en lo alto de la ladera—, allí los maté, a mi padre muggle y a sus padres.
Paseó la mirada por los terrenos, como recordando, entonces se detuvo mirando a Jade. Estaba sentada sobre la tierra mojada por la humedad y sus cabellos casi le ocultaban el rostro entero.
—Oh, pero que maleducado soy. —Voldemort caminó unos pasos hacia la chica y se detuvo entre los dos jóvenes— Harry, se me había olvidado presentarte a Deyanira. Aunque creo que ya os conocéis, me han informado de que sois muy amigos. —Giró la cabeza para mirar a Jade— Estoy muy orgulloso de que estés en la casa de nuestro antepasado.
—No entiendo —susurró la morena sin mirarle.
—Claro, supongo que no te lo habrán explicado. Verás…
No se dio cuenta hasta que los vio: Voldemort había llamado a los mortífagos. Formaban un círculo detrás de su amo y vestían como en los mundiales de quidditch: capas negras y una máscara que les ocultaba el rostro. Voldemort se giró lentamente y sonrió a los recién llegados.
—Bienvenidos, mortífagos. —Caminó para situarse en el centro del círculo— Trece años han pasado desde la última vez que nos reunimos. Y seguimos unidos a la marca como si fuera ayer.
Continuaba hablando pero Jade casi ni lo escuchaba. La cabeza le daba vueltas, todo parecía un sueño. No, una pesadilla. Escuchaba gritos de dolor provenientes de los mortífagos, pero no le dio importancia.
Pasados unos minutos, Voldemort se volvió a acercar a Harry y Jade intentó escucharlos.
—Gracias a la sangre de Harry, he conseguido tener la protección que su madre le proporcionó —seguía explicándoles a los mortífagos—, y ahora podré tocarle.
Avanzó más y acercó su mano hasta tocar la cara de Harry. Éste gritó con todas sus fuerzas, le dolía la cicatriz más que nunca. Pero antes de que Jade pudiera chillar Voldemort se alejó.
—El niño que sobrevivió, mi caída. —Miró de nuevo a Harry y alzó su varita— Crucio.
La cara de Harry se contorsionó en una mueca de infinito dolor, pero no chillaba, no podía chillar.
—¡Para! —la que chilló fue Jade. Se había apartado el pelo del rostro y ahora sí miró a los ojos a Voldemort cuando se giró hacia ella. Lo bueno es que había dejado de hacerle daño a Harry.
—Casi me había olvidado de ti, Deyanira. —Jade no quiso hacer ningún comentario sobre que la llamase así— Creo que nos habían interrumpido antes, ¿no es cierto? —Voldemort se acercó a ella y se inclinó para mirarla a los ojos— Te pareces mucho a mí. —Ella recordó el Voldemort del diario en segundo año— ¿Todavía no sabes qué nos une?
Los mortífagos se miraron unos a otros sorprendidos, con una exclamación muda en el rostro. Jade sintió miedo, no sabía porque era ahora, pero no le gustaba sentirse así.
—Severus te ha estado criando ¿verdad? —No era una pregunta— Aunque —miró un segundo a Harry que colgaba de las cuerdas—, veo que no lo ha hecho muy bien.
—Yo no soy tu hija —dijo Jade después de estar dándole vueltas a lo que Voldemort había dicho sobre ellos.
Él rió. Su risa era más espeluznante que su voz, sonaba como el silbido de una serpiente.
—Nagini —dijo después de estar unos segundos mirando a la chica en silencio.
La serpiente apareció por detrás de la tumba donde Harry estaba atado -ahora escuchando- y se deslizó hasta llegar a los pies de su amo.
—Nagini, quiero que le digas a Deyanira quién es. —La serpiente levantó un poco la cabeza para mirar a su amo y después a la chica.
—Eres la heredera de Salazar Slytherin, hija de Lord Voldemort.
Jade tragó saliva y siguió contemplando a la serpiente. Escuchó de fondo los comentarios de los mortífagos preguntándose qué había dicho su amo y la serpiente. La morena alzó la cabeza y volvió a mirar los ojos rojos de Voldemort.
—Lo ves, entiendes y hablas pársel, sólo los herederos de Slytherin pueden hacerlo.
—Harry lo habla —dijo cortantemente, intentando demostrar que aquello no era cierto.
—Harry —dijo Voldemort mirando al chico—, fue un error. El día en que maté a sus padres le conferí ése poder.
Se puso en pie y con un movimiento de varita hizo que las cuerdas se aflojaran, soltando así a Harry que al caer recogió su varita.
—Antes de un duelo, debemos inclinarnos —dijo Voldemort, pero al ver que Harry no se movía decidió obligarlo— ¡Inclínate!
El cuerpo del chico se dobló a modo de reverencia. Voldemort caminó a un lado y a otro esperando a que Harry atacara, pero él seguía en el sitio.
—¡Crucio!
Harry volvió a sentir el dolor, pero esta vez duró menos.
Jade miraba asustada el duelo, esperando que en cualquier momento Harry cayera como lo había hecho Cedric. Voldemort tenía una expresión de lo más amable, pero su voz era mortífera. Seguía lanzándole maldiciones a Harry y éste no conseguía decir nada.
—¡No lo haré! —se escuchó gritar a Harry, liberándose de la maldición imperio. Después corrió a esconderse tras la piedra de mármol que representaba la tumba de Tom Ryddle padre para esquivar la maldición mortal.
—Vamos Harry, no estamos jugando al escondite. ¡Sal y da la cara como un hombre!
Jade llegaba a ver las piernas de su amigo sobresaliendo de su escondite, sabía que Harry estaba en peligro, sabía que debía hacer algo pero las fuerzas que necesitaba estaban enterradas en su interior.
Harry era diferente, él era valiente y constante, no se rendía. Se puso en pie y salió lentamente al encuentro con la muerte. Apretaba con fuerza la varita y miraba a Voldemort con furia en los ojos. El momento llegaba y Jade cerró los ojos para no tener que volver a ver el resplandor verde.
—¡Avada Kedavra!
—¡Expelliarmus!
Gritaron Voldemort y Harry, respectivamente, al unísono. Jade alzó de golpe la cabeza y vio algo increíble. Se había formado una especie de burbuja a partir de la unión de las dos varitas y, no mucho después, empezaron a salir espíritus de la conexión.
Primero fue Cedric que se acercó a Harry y se quedó mirándolo. Después un hombre mayor que se quedó más apartado. A continuación salieron un hombre y una mujer muy jóvenes y ellos también se acercaron a Harry.
—Harry, suéltalo ya. —La mujer tenía una expresión cariñosa aunque la ansiedad se escuchaba en su voz.
—Nosotros lo retendremos por unos instantes, el tiempo necesario para que puedas huir. —El hombre era tan parecido a Harry que supo de inmediato que era su padre.
Harry miró ahora a Jade, que seguía atada a las raíces y en el suelo. Ella negó con la cabeza, rendida, no quería que se arriesgara en vano por ella.
—Harry, lleva mi cuerpo a mis padres, por favor. —Era Cedric. Miró a Jade y le sonrió como la primera vez que se conocieron, en la estación de King Cross cuando tropezó. No le dijo nada, pero tampoco hacía falta; sus ojos estaban alegres.
Jade sintió algo a su alrededor, pero no consiguió ver qué era. Harry no quería moverse aún, intercambiaba miradas entre Jade, Voldemort y sus padres. No iba a dejarla allí sola, abandonarla.
—Ella estará bien, no te preocupes. Suéltalo ya, Harry.
Él miró a su madre y después de unos segundos, asintió. Con las dos manos soltó la conexión, al mismo tiempo que los espíritus se lanzaban contra Voldemort y los mortífagos. Harry salió corriendo hacia Cedric y antes de que Voldemort llegara a él, convocó la copa y desapareció. Se escuchó un grito aterrador por parte de Voldemort, pero eso sólo lo pudo escuchar Jade antes de desaparecer.
Tocaron de nuevo el césped, pero esta vez los gritos y la música les advirtieron que estaban en el campo de quidditch. Jade había caído tumbada en el suelo y cuando alzó la cabeza vio de nuevo el cuerpo sin vida de Cedric. Harry estaba sobre él, llorando. La música cesó, al igual que los gritos de victoria, pero éstos fueron reemplazados por otros más estremecedores y agonizantes. Ya se habían dado cuenta de que Cedric estaba muerto.
Los profesores se acercaron a Harry y al cadáver asustados; Snape se acercó a ella para ayudarla a levantarse. Jade se quitó las greñas que le tapaban la cara y descubrió que estaba llorando. Tenía la cara empapada en lágrimas, pero los sollozos no salían. Era un llanto interno.
—Vamos Jade, te llevaré a la enfermería. —Snape hacía mucha fuerza, pero no conseguía moverse. Ella no quería irse, quería quedarse con Cedric.
Se desasió de él y se arrojó al suelo, cubriéndose la cara con los brazos. Estaba a pocos metros de él y es cuando se dio cuenta de que ella también tenía a más personas alrededor, pero sólo se había fijado en su padre.
—Debemos llevarlos ante el ministro, esto no es normal. Ella no debería estar aquí.
Dumbledore, Moody y Bagman la observaban tendida en el suelo; ella sólo podía mirar a Harry sobre el bulto inmóvil. Cedric. Se ha ido, pensó, no volverá a besarme, no volverá a tocarme, no… no podía ser cierto. Pero lo era. Ahora se lo creía, por eso podía llorar. Antes era una especie de pesadilla muy real.
Moody se apartó de ellos y cogiendo del brazo a Harry se lo llevó fuera del campo. Amos lloraba sobre el cuerpo de su hijo. Todo era un caos, con gritos, llantos, discusiones. Entonces Jade vio que Hermione y Ron se acercaban a ella corriendo y gritaban su nombre bajando las escaleras. La pusieron en pie y al tener las extremidades entumecidas tuvo que agarrarse al brazo de Ron.
—Jade, ¿estás bien? No sabíamos dónde estabas. ¿Has estado donde Harry y Cedric? —Jade sólo pudo que asentir—. No sé cómo has podido llegar junto a Harry.
Dumbledore salió corriendo del campo con Snape y McGonagall tras de sí. Parecían alarmados, había más peligro. Al parecer Harry ya les había contado a los profesores que Voldemort había regresado, porque muchos susurraban, y más que eso, sobre el peligro que corrían.
Jade tenía tantas cosas en la cabeza y se sentía tan débil que los párpados empezaron a cerrárseles, desplomándose por completo sobre Ron.
Abrió los ojos lentamente y se sentó sobre la cama respirando profundamente. Había descansado mucho tiempo. No estaba en la enfermería, al final no fue necesario enviarla allí, sólo estaba agotada por tanta pérdida de sangre -pues Colagusano le había hecho un corte muy profundo- y por todo lo que había vivido en unas cuantas horas.
Se levantó, se duchó y se arregló, sin querer correr mucho. Dejó su pelo suelto e intentó ponerse ropa cómoda y sencilla, nada de complicadas prendas. Bajó a la sala común sin saber lo que le esperaba allí. Iba mirando el suelo y cuando alzó la cabeza, vio sorprendida todos los ojos puestos en ella. La miraban curiosos y… temerosos. Cruzó la sala sin detenerse, pero mirando cada par de ojos puestos en ella. Hasta que se cruzó con unos grises, que, con una punzada de dolor, le recordaban a Cedric. Aunque éstos eran más fríos, pero miraban de forma similar. Draco. No tenía una expresión definida en el rostro. Recordó al padre de Draco en el cementerio, apartó la mirada y salió por fin al pasillo.
Suspiró y se dio cuenta al instante del porqué de esas miradas. Todos se habían enterado de lo ocurrido en el cementerio y, a consecuencia, de su parentesco con Voldemort. Tenía ganas de llorar, pero no lo hizo y empezó a caminar.
En el Gran Comedor se fue a sentar en su mesa, pues no tenía ganas de más miradas de temor u odio y al menos los de Slytherin ya no la miraban tanto. También era por vergüenza. Vergüenza de sentarse junto a Harry sabiendo que su verdadero padre había matado a los de su amigo. Ella misma se odiaba por ser quien era. Al principio no se lo había creído, pero no podía negarlo, había muchas pruebas de ello. Tanto lo de hablar con las serpientes, su parecido con el Tom Ryddle en segundo curso y que haya utilizado su sangre para volver.
Por los pasillos había escuchado hablar de que Moody era un impostor, que en realidad era el hijo del señor Crouch. Él les había dado a Harry y a ella una bebida que posiblemente fuera eso lo que la arrastró junto a Harry, tanto al ir como al volver.
—Jade. —Era Snape. Ella le miró apretando los labios.
—No quiero hablar contigo —dijo casi en un susurro para no llamar demasiado la atención.
—Jade.
—¡No! —dijo un poco más alto, pero de inmediato la bajó—. Me volviste a mentir. Tú sabías quién era mi padre y fingiste no saberlo. —Se levantó de la mesa y antes de marcharse lo miró con furia.
Salió de allí apresurando el paso y aunque se dio cuenta de las miradas de Harry, Hermione y Ron, hizo como si no las viera.
Snape no quiso seguirla, caminó hasta su silla en la mesa de los profesores y suspiró recordando…
Estaba sentado en la silla al otro lado de la mesa del director y Dumbledore le miraba como analizándolo con rayos X.
—Severus —empezó a decir el director—, antes de poder darte las órdenes necesarias debes contarme qué le dijiste a Voldemort sobre la profecía y qué hizo él al respecto.
Dudó un momento, pero después recordó porqué estaba allí.
—Le conté lo del hijo de los que lo enfrentaron tres veces y lo de que sólo una persona perteneciente a él será decisiva en su destino. —Snape agachó la cabeza sintiendo el peso de sus ojos en él.
—Bien, ahora dime qué hizo él.
—Después nos hizo llamar a un grupo de veelas, pues esa tercera persona sería un descendiente suyo. Él quería conservar su magia y no mezclarla con la de otro mago, por eso decidió escoger una veela y así la magia sería sólo la suya. Una de ellas se ofreció —continuó tras una pausa—, pero la mató nada más dar a luz. Durante unos meses la niña fue criada por los Lestrange, pues ellos eran los más fieles a él y sabrían criarla.
Dumbledore no se movió y cuando lo hizo sobresaltó a Snape. Caminó rodeando la mesa y esperó a que Snape se levantara. El anciano miró hacia la puerta justo cuando ésta se abrió. Por ella entró la profesora McGonagall con un bebé en brazos.
—Severus, quiero que cuides del bebé, que la trates como a una hija. —El aludido pestañeó varias veces sin creerse lo que estaba escuchando— Me prometiste obediencia.
Tras recapacitar, Snape extendió los brazos y la profesora depositó allí al bebé.
Caminaba rápidamente por los pasillos, su destino era el despacho de Snape. Cuando llegó tenía el pulso acelerado y cerró la puerta con un hechizo por si entraba alguien. Jade fue directa a la chimenea y cogiendo un puñado de polvos flu se metió en su interior. Dijo en voz alta el lugar donde se encontraba su casa y apareció allí al instante.
Salió corriendo de allí entrando en el salón de su casa y cruzándolo sin pararse un momento. Entró en su habitación, metió en una bolsa un par de prendas de ropa y se encaminó al despacho de Snape. Buscó entre los papeles del escritorio intentando hallar una dirección, hasta que por fin la encontró. Se guardó en un bolsillo el papel con la dirección y se dirigió a la puerta de la entrada.
Una vez fuera se sentó en el bordillo y esperó. Unos minutos después, el autobús noctámbulo llegaba a la calle de la Hilandera.
