Era la primera vez que la chica subía al autobús noctámbulo, y como era de esperar, fue una experiencia que no se olvida fácilmente. Pero al fin y al cabo, su único objetivo era llegar a su destino y no le importaba cómo.
No sabía porqué había decidido ir allí, pensaba que en ese lugar, ahora vacío, podría servir para alejarse de todo y de todos. Una de esas personas a las que no quería ver era a Severus, al que en esos momentos odiaba por haberle ocultado algo tan serio; también estaba Dumbledore por la misma razón que el anterior, ya que estaba segura de que el director también lo sabía. Y además estaba Harry, ¿cómo iba a estar cerca de él, incluso hablarle, teniendo en cuenta de dónde procedía? Su padre había matado a los suyos. Simplemente no tendría el valor de mirar a su amigo a la cara. Y todo esto sumando el hecho de que todo, cada rincón, cada pasillo, todo Hogwarts le recordaba… a él.
Entre un pensamiento y otro el autobús se detuvo, de repente y sin avisar. Jade bajó de éste y, tras ver como desaparecía a toda velocidad, se giró para mirar la fila de casas que tenía delante. No había nadie por esa zona ya que era bastante tarde, lo que hacía que pareciera un lugar sombrío y una brisa fresca hacía tiritar a la chica. Jade recorrió la mirada buscando el portal, pero se sorprendió al ver que del número once pasaban al trece. Ella sacó el papel con la dirección para cerciorarse de que lo había visto bien y lo leyó: nº 12 de Grimmauld Place.
Volvió a mirar, pero seguía sin haber número. Tras estar cerca de un minuto desviando la mirada entre el papel y los portales, se sentó derrotada en la acera. Estaba cansada, tenía frío y encima se sentía perdida, eran demasiadas emociones las que había vivido y el hecho de no tener ni siquiera un lugar donde poder desahogarse no lo hacía más llevadero.
Un ruido la sacó de sus divagaciones e hizo que la chica se quedara quieta mirando fijamente hacia el lugar del que procedía el sonido. De uno de los portales salía una especie de perro negro que se acercaba lentamente hacia ella. Jade reconoció casi al instante al animal y tras recuperarse de la sorpresa, siguió al perro que ahora se dirigía hacia el interior de la casa.
¿Qué hace el padrino de Harry aquí? Creía que el cuartel de la Orden del Fénix estaría vacío. Traspasaron la puerta, pero antes de que Jade diese un paso más la varita de Sirius la apuntaba, haciendo que la chica se quedara inmóvil.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Sirius mirándola seriamente.
—Yo… yo… —las palabras no lograban salir de la boca de la chica— Creía que el cuartel estaría vacío.
—¿Cómo sabes que…? —pero calló al recordar que Snape la había criado—. ¿Por qué has venido?
La chica no sabía que decir, no quería regresar a Hogwarts y tendría que convencerlo de que no dijese nada.
—Por favor no le digas a nadie que estoy aquí —le miró suplicante mientras veía como Sirius bajaba la varita que aún la apuntaba.
—No puedes estar aquí y menos ahora. —Ella lo miró sorprendida, ¿acaso era posible que él ya supiera lo sucedido en Hogwarts? Sirius percibió la sorpresa de la chica— Harry me informó de inmediato, por eso decidí salir de Hogsmeade y resguardarme en el cuartel.
La morena bajó la mirada al recordar de nuevo lo sucedido, las imágenes pasaban una tras otra bombardeando la mente de la chica. Tenía que conseguir quedarse, así que por el momento intentaría permanecer esa noche allí.
—Sólo te pido que me dejes dormir —lo miró seriamente—, sólo esta noche.
Sirius recapacitó por un momento y decidió dejar que se quedara, de todas maneras sólo era una noche.
Tras enseñarle la habitación que ocuparía, Jade se encerró en ella. Nada más cerrar la puerta, apoyó la espalda sobre ésta y se dejó caer. Aferró sus rodillas con sus brazos y sin más empezó a sollozar. No podía evitarlo, aunque evitaba llorar (y la mayoría de veces lo conseguía), la situación actual era superior a ella. No sólo era el hecho de no saber qué iba a pasar con ella ahora, con Harry, con todo Hogwarts, sino que también estaba la pérdida de un amigo, de su novio, de su primer amor.
Sirius dejó a la chica en su habitación y bajó a la cocina. De cierta forma entendía la situación de la joven; Harry le había contado que tras ver como Voldemort regresaba, éste había dicho que Jade era su hija. Debió ser una situación peligrosa ya que le comentó que un alumno había muerto a manos de Colagusano. Al recordar ese nombre sintió la rabia arder dentro de él, ese traidor había conseguido que el mago más peligroso de todos los tiempos regresara.
Snape se apresuraba hacia la entrada del despacho del director, pues había recibido una nota convocándole a una reunión. En cuanto llegó dijo la contraseña y subió las escaleras sin detenerse. Entró tocando a la puerta y se quedó tras de ésta. Dumbledore estaba acompañado de la profesora McGonagall, Sprout y Flitwick, los jefes de cada casa.
—Severus, la señorita Prince no está.
—Lo sé. Se ha marchado a través de mi chimenea. Ha ido a mi casa pero después no sé a dónde ha ido —dijo Snape sin expresar emoción alguna. El director tenía las manos unidas sobre la mesa y le miraba seriamente.
—Yo sí sé dónde está. —Snape dio un paso involuntario queriendo saber la respuesta— Está a salvo.
Se despertó en cuanto sintió los rayos del sol entrar por la ventana y golpearle en los párpados. Abrió los ojos y los notó resecos; había estado llorando hasta bien entrada la noche. Se puso en pie lentamente notando la madera crujir bajo sus pies cuando se acercó a la puerta. Salió sigilosamente y se asomó por las escaleras. No había movimiento en los pisos de abajo.
Llegó a la cocina y se dispuso a comer algo cuando escuchó un sonoro chasquido junto a ella. Jade pegó un saltito asustada y se llevó una mano al pecho.
—Me han ordenado que la obedezca como si fuera mi ama —dijo un elfo arrugado con una reverencia excesiva.
Enseguida le preparó un pequeño desayuno, lo dejó encima de la mesa y, acto seguido, desapareció. La chica comió lentamente pero intentando no saborear mucho aquello. Sirius entró al comedor haciendo gran estruendo al cerrar la puerta y se sentó delante de la morena. Casi al mismo tiempo, Jade se levantó y caminó hacia la puerta para volver a su habitación.
—He informado a Dumbledore de que estás aquí —dijo sin expresión en la voz y sin mirarla. Jade apretó los puños y los dientes; seguramente Severus ya sabría que estaba allí— Me ha ordenado que no te deje marchar.
La chica odió a Sirius como lo había odiado la primera vez que lo vio. Se lo había pedido y de todas maneras hizo como si no la escuchara. Era un miembro de la Orden del Fénix y era su "deber". Idiota. Aunque tampoco tenía otro lugar al que ir y allí tenía comida -dentro de lo que se pueda denominar comida- y una cama. Sirius ya esperaba que empezara a gritarle, pero salió sin decir nada.
Subió hasta su habitación y fue directa a sentarse al rincón, donde todavía estaba el cojín que utilizó como asiento por la noche. Hundió la cabeza en las rodillas y enlazó sus manos por debajo de las piernas, apretando con fuerza para controlar el llanto y la rabia. Entre todos querían hacerla sufrir.
Pasó un día y otro y ella seguía sin hablar con Sirius. Sólo la veía cuando iba a comer algo, incluso a veces pedía a Kreacher que fuera a su habitación y le llevara algún plato que había preparado. Sirius se pasaba el día asomándose por el hueco de la escalera para mirar hacia arriba, pero su puerta no se abría. Tampoco es que tuviera muchas cosas que hacer, pues se pasaba el día encerrado en aquella estúpida casa que tan malos recuerdos le traían.
Estaba sentado en el sofá mirando la pared que ya se sabía de memoria, leyendo los nombres de su familia de sangre: su prima Bellatrix, su hermano Regulus, su madre Walburga… Escuchó unos pasos poco definidos bajar por las escaleras hacia la cocina. Salió apresuradamente y se plantó al final de las escaleras, sin bajar. En cuanto Jade lo vio allí arriba quiso quedarse bajo, pero su orgullo era más fuerte y decidió subir sin mirarle. Pero Sirius no la dejó salir del todo de las escaleras.
—Mira, sé que no tengo ningún derecho a controlarte ni a preocuparme por ti. Pero eres la única compañía que tengo en la casa y te pasas todo el día encerrada. —Sirius esperó a ver la reacción de la chica, pero seguía mirándolo sin expresión— Podrías fingir que existo… —continuó con una sonrisa, pero no acabó de decir la frase pues Jade se había puesto a llorar con las manos sobre la cara.
Sirius se puso nervioso y sus manos iban y venían de sus costados al aire alrededor de la morena. Ella inclinó su cabeza hacia delante y no pudo más que pasarle un brazo por los hombros y dejar que se apoyara en su pecho.
Todavía se sentía cohibido cuando Jade se separó de él, dejando de llorar y fregándose el dorso de las manos para limpiar las lágrimas. Jade levantó la cabeza y le miró a los ojos. Sintió una punzada de dolor cuando le vino a la cabeza Cedric, pues Sirius también tenía los ojos grises. Se sentía estúpida, ella no acostumbraba a llorar delante de nadie, no quería que sintieran lástima por ella y Sirius demostraba ese sentimiento ahora mismo. Jade se apartó de sus brazos casi bruscamente y siguió subiendo las escaleras.
No duró mucho el desespero de Sirius cuando la chica volvió a esconderse en la habitación. Estaba sentado en el comedor cuando unos pasos bajaban lentamente por las escaleras. Jade intentó no mirarle y se sentó frente a él. Sirius no se movió y siguió leyendo el periódico El Profeta.
—Sirius… lo siento —dijo con la voz apagada, no como él la recordaba de cuando iba a visitarle a Hogsmeade.
—No sé porqué te disculpas, pero disculpas aceptadas. —La miró con una sonrisa que no fue devuelta.
—Lo siento, he sido egoísta. Tú me has dejado quedarme, quitándote espacio, comida, intimidad… —La chica casi ignoró el comentario.
—En realidad no he comprado la comida, como no puedo salir de aquí, la Orden me la da —dijo Sirius sonriendo más, entonces la chica bufó con una ceja alzada— Ya, sé lo que quieres decir. Pero no pasa nada, lo único que quiero es hablar con alguien. Sé que parezco penoso pero…
Se calló cuando vio que la chica se inclinaba sobre la mesa y le miraba con un gesto pensativo.
—Vale. ¿De qué quieres hablar? —preguntó la chica sin cambiar el tono de su voz. Sirius dejó el periódico sobre la mesa y apoyó sus codos en él.
—Mmm… ¿Qué me dices de Hogwarts? ¿Sigue dando clase el profesor Binns?
—Sí. —Su voz seguía sonando inexpresiva a pesar de que Sirius la incitaba a hablar como él de animado.
—Seguro que todavía piensa que está vivo —continuaba diciendo.
Rió un rato en voz baja pero al ver que la chica no se animaba se recostó en su silla dejando de reír.
Jade ya no se pasaba todo el día en su habitación; se quedaba escuchando hablar a Sirius. Comían juntos en el comedor, jugaban a juegos muggles que Hermione le había enseñado a la chica. De vez en cuando escuchaba los constantes insultos de Sirius dirigidos al elfo doméstico. Jade salía de la casa para comprar el periódico o algún capricho de Sirius en alguna ocasión. En realidad sentía pena por él, siempre encerrado allí, era como estar en Azkaban pero sin dementores; seguía sin ser libre.
Al pasar dos semanas de su estancia allí, Jade había conseguido animarse un poco más, sonreír de vez en cuando, hablar en las conversaciones que Sirius empezaba, etc. Estaban sentados en el comedor, como siempre, y bebían un jugo que Jade había comprado en una de sus salidas. Estaban en silencio, leyendo o inmersos en sus pensamientos.
—Jade —dijo Sirius mirando por encima del papel, comprobando que era buen momento—, ayer hablaron en el periódico del chico que… murió en Hogwarts. El Torneo de los tres magos… —añadió para que se entendiera.
La chica dejó de mirar hacia la chimenea y tras morderse un labio, asintió. Sirius se decidió a preguntar, pues parecía que no era tan peligroso.
—Eh… Jade, ¿te puedo preguntar algo? —empezó dubitativo.
—Eso ya es una pregunta —contestó la morena. Sirius se relajó un poco ante el pequeño chiste de la chica.
—Me he estado preguntando, ¿qué pasó en realidad en el cementerio? Dumbledore me lo explicó un poco, pero no sé, quería saber más. —Esperó a ver la reacción de Jade. Ésta miró la mesa durante unos segundos, recordando.
Se lo fue explicando poco a poco desde que ella se apareció en el cementerio por culpa de una poción que les hizo beber el falso Moody a Harry y a ella, hasta la magia que hicieron las varitas de Voldemort y Harry al chocar sus hechizos. Le dijo todo lo que ella había escuchado que Voldemort decía y los mortífagos que allí se reunieron, entre ellos Colagusano que fue el que organizó todo.
—Ese maldito traidor —murmuró Sirius apretando los dientes. Jade recordó una pregunta que quería formular desde hacía un tiempo.
—Quería preguntarte algo. Es que ahora que lo pienso, el mapa del merodeador nombra a Colagusano, pero no sé quienes son los demás nombres. Pensé que uno era el padre de Harry, pero no sé los demás. —Sirius sonrió y la chica lo miró extrañada.
—Sí, James es… era Cornamenta. Lunático es Remus y…
—¿El profesor Lupin? —la chica alzó las cejas sorprendida y Sirius sonrió aún más.
—Sí. Y Canuto soy yo. —Jade sonrió sin creérselo del todo— Nos llamábamos los Merodeadores —concluyó orgulloso. Jade soltó una risita mientras levantaba una ceja.
Escucharon otro ruido proveniente de la cocina, seguro que Kreacher había vuelto a tirar algún plato. Le había pasado hacía escasos minutos pero no le habían prestado atención.
—¡Elfo estúpido, prepara la cena! —gritó Sirius sin moverse del sitio mientras volvía a coger el periódico. Necesita controlar su genio, pensó la chica mirándolo.
Volvió a sumirse en sus pensamientos, pero ahora tenían un rumbo distinto. Dejó de pensar en Hogwarts y se centró en Sirius. Cuando le conoció pensó que era arrogante, egocéntrico, presumido, entre otras cosas, y vio normal que a su padre… que a Severus le cayese mal. Pero ahora podía ver cómo era en realidad y lo estaba conociendo más. Ahora podía asegurar que sí era así.
Los primeros días no se había fijado mucho en él, pues no lo veía casi. Pero hacía unos días, cuando lo vio al final de las escaleras, se dio cuenta de que ya no tenía barba ni estaba sucio, vestía con ropa elegante, su pelo negro azulado estaba limpio y arreglado, es decir, parecía más joven.
Kreacher llegó junto a Sirius y le sirvió la comida y casi le salpica todo el caldo. Corrió hasta llegar a Jade y lentamente le llenó el plato, se separó un poco de la mesa e hizo una gran reverencia en dirección a la chica. Después se retiró rápidamente. Jade y Sirius se miraron confusos por aquel último gesto y sin darle mucha más importancia empezaron a comer. Era increíble, pero la comida estaba deliciosa. Incluso a Sirius se le notó la sorpresa en la cara.
Como era de esperar las siguientes semanas fueron una copia de la primera. Jade seguía saliendo de vez en cuando de la casa y Sirius cada vez se quejaba de la mala suerte que tenía por no poder salir a la calle como ella.
Sus conversaciones no eran muy significativas, únicamente se reían por algún tema, se ponían serios ante alguna noticia del periódico o reían mientras jugaban.
Jade acababa de bajar por las escaleras de la cocina y Kreacher estaba allí preparando la cena, y en cuanto la vio parada en la puerta dejó lo que estaba haciendo.
—¿Qué se le ofrece, señorita Deyanira? —preguntó el elfo haciendo la acostumbrada reverencia. Jade suspiró ante la última palabra.
Hacía unas semanas habían descubierto el porqué de aquel trato tan especial hacia la chica y era que les había escuchado hablar sobre el Torneo y ahora sabía quién era ella.
—Iré a avisar a Sirius —dijo en voz baja.
Subió las escaleras hasta el tercer piso y se plantó delante de la puerta de la habitación -que en todo ese tiempo no había visto- y entró sin llamar. Sirius se sobresaltó cuando vio a la chica entrar pero enseguida levantó una ceja al ver cómo ésta no reprimía una carcajada.
—¿Se puede saber qué te hace tanta gracia?
—¿No… eres muy… mayorcito como para tener la habitación… así? —contestó la chica entre risas y carcajadas— ¿Qué son esas fotos de chicas muggles?
—No soy tan mayor —repuso fingiendo estar molesto.
—¿Cómo que no? Debes tener… ¿cuarenta y…? —dijo intentando contener la risa.
—Oye que casi acabo de pasar los treinta —y añadió—, nenita.
En pocos segundos un cojín volaba hacia Sirius que logró parar antes de que impactara en su cara. A lo que él corrió tras la chica mientras ella escapaba escaleras abajo. Ambos se quedaron quietos cuando al llegar a la cocina un animal rodeado de luz plateada los avisaba de que al día siguiente se celebraría una reunión de la Orden del Fénix en ese mismo lugar. Ambos se miraron y se sentaron para empezar a comer.
—Hace tanto tiempo que no he presenciado una reunión —decía Sirius recordando tiempos lejanos.
—Y, ¿quién va a venir? —preguntó Jade temiendo la respuesta.
—Pues supongo que todos: Remus, Moody, los Weasley, Dumbledore…
—¿Y Snape? —preguntó la chica sabiendo la respuesta.
—Me temo que sí. —Jade bajó la mirada y frunció el ceño. —Tarde o temprano tendrás que regresar a Hogwarts y…
—No pienso regresar —dijo cortantemente levantando la cabeza de golpe.
—¿Y que pasa con tus amigos, con Harry? —preguntó Sirius intentando hacerla entrar en razón.
—Harry… —la chica volvió a bajar la mirada—, él no querrá saber nada de mi. No tengo derecho a hablarle siquiera.
—¿Por qué dices eso? —preguntó extrañado.
—Pues… es evidente —miró a Sirius que seguía con la misma expresión—. Soy… soy la hija de Vol… de quien tú sabes, ¿cómo crees que…?
—Pero, ¿qué clase de gilipolleces estás diciendo? —Jade lo fulminó con la mirada. —Se supone que tú conoces a Harry más que yo, pero me parece que no es así. Deberías hablar con él —concluyó el mago.
Terminaron de comer en silencio mientras Jade recapacitaba sobre lo que Sirius había dicho.
—Bueno —empezó Sirius—, me aburro. ¿Jugamos a algo? —Jade lo miró y asintió mientras se levantaba para coger una bolsa que trajo de una de sus salidas. —¿Qué es eso?
—Es un juego que compré el otro día —empezó a sacar la caja—. La verdad es que no sé cómo se juega pero me dijeron que era divertido.
La morena sacó las instrucciones y empezó a leerlas. Era un juego de preguntas, donde si no respondías correctamente debías apretar una especie de pulsador mágico que te proporcionaba el castigo.
—El castigo —leyó en voz alta Sirius mirando por encima del hombro de Jade—. El nombre incita a jugarlo —dijo irónicamente. La chica se volteó para mirar hacia arriba sonriendo y después se arrodilló en el suelo.
—Siéntate y empezamos a jugar.
Él la siguió y se puso enfrente, esperando a que colocara las cosas. Una vez estuvo todo dispuesto, Jade cogió la primera tarjeta y se la leyó:
—¿Quién comandó la primera revuelta de los duendes en Europa?
—… —Sirius no sabía qué decir, pero no por la respuesta, sino por la clase de pregunta— ¿Has comprado un juego sobre la historia de la magia? —dijo lentamente remarcando cada palabra.
—Yo no sabía de qué trataban las preguntas. Me dijeron que era divertido.
—Bueno, aún así no sé la respuesta —dijo resignado.
—Pues debes pulsar el botón —decía la chica asomando una pequeña sonrisa.
Sirius acercó la mano al botón y sin más lo pulsó. De repente una lágrima salió de los ojos del mago seguida de muchas otras. Jade se asustó al principio pero al comprobar que ése era el castigo empezó a reír. La imagen era digna de ver, el orgulloso y gran Sirius Black llorando como una niña pequeña. El castigo duró pocos minutos, tiempo en el cual Jade no había parado de reír hasta la saciedad.
—Tu ríe pero ahora te toca a ti —dijo el mago algo molesto por ver que ella era la única que se divertía. Él sacó otra tarjeta y leyó:— ¿Cuándo fue creado el Código de Conducta de los hombres lobo?
—Vaya, seguro que en el trabajo que nos pusieron en tercero saldría. Mmm…
—Pulsa, que no te lo sabes —decía el animago acercándole el pulsador con una sonrisa.
Ahora fue Jade la que aproximó su mano al pulsador, pero dudó unos segundos, a lo que Sirius cogió la mano de la chica haciendo que presionara el dichoso aparato. Entonces una sonrisa se dibujó en la cara de Jade seguida de estruendosas carcajadas que no la dejaban ni respirar y las lágrimas se escapaban.
—No puede ser, ¿por qué tu castigo es reír? Este juego no es justo, debe estar defectuoso —decía mientras cogía el pulsador y lo examinaba. A todo esto, Jade estaba partiéndose de risa en el suelo.
—Va… vale —empezó a decir la chica recuperándose—, te toca.
—No sé si quiero seguir con este juego.
—Pero si es muy divertido. —Sirius la miró aparentando seriedad— Siguiente pregunta, ¿por qué fue encarcelado Cornelius Agrippa?
—Seguro que no lo sabe ni él. —Y tras unos segundos aparentando pensar extendió el brazo— Dame el pulsador.
Esta vez el castigo le hizo ponerse en pie y en el silencio de la habitación empezó a bailar. Jade no dudó ni un segundo en hacerle una foto, tras llamar a Kreacher y pedirle que le trajera una cámara fotográfica.
Después de varios castigos más, Jade se retiró a su habitación, pues ya era bien entrada la noche. Mientras, Sirius, que no tenía sueño aún, se tumbó en el diván.
Sirius despertó sobresaltado; se había quedado dormido. Miró a su alrededor y vio una pequeña figura que se estremecía encogida en el suelo junto a él.
—Jade —susurró el mago aproximándose a ella y sentándola en el sofá—, ¿estás bien?
—Sirius… —tartamudeó la chica mientras apoyaba la cabeza en su hombro—. He tenido una pesadilla. Una horrible pesadilla.
Él la rodeó con sus brazos e intentó calmarla pasándole una mano sobre la espalda. Al notar que su respiración se calmaba, la recostó en los cojines y él se dispuso a levantarse.
—No me dejes sola —susurró Jade—. Me lo prometiste.
La chica ya se había dormido, pero Sirius interpretó aquella petición como dirigida a él y se quedó.
Jade no volvió a soñar con Cedric en lo que quedaba de noche, únicamente recordaba aquellas palabras que escuchó a principios de curso y en las que tanto confió: Te prometo que no me va a pasar nada.
Un hombre se encontraba delante de la calle de Grimmauld Place dispuesto a entrar al portal número doce, pues en unas horas se celebraría la reunión de la Orden. Cruzó el umbral, y se quedó en silencio esperando oír algún tipo de sonido que indicara que allí había alguien. Pero no se escuchaba nada.
Decidió inspeccionar la casa, hasta que llegó a la puerta que daba al salón. La abrió lentamente pero eso no hizo que el impacto fuera menor. Frente a él se encontraba Sirius Black durmiendo junto a Jade Prince.
—Pero ¿qué…?
Al escuchar la voz de alguien, Jade y Sirius se despertaron y de la impresión, Jade cayó del sofá y miraba al mago desde el suelo. Sirius se levantó rápidamente y se quedó de pie al lado del sillón.
