Lo siguiente que se escuchó fue una carcajada por parte de Remus Lupin que miraba la cara de su viejo amigo.
—Siento haberos despertado —dijo el licántropo con una sonrisa—. Pero me sorprendió verte aquí, Jade.
—No tiene importancia, nos quedamos despiertos hasta tarde y… Pero, ¿qué haces aquí tan pronto? —preguntó Sirius comprobando que la luz apenas entraba por las ventanas.
—Bueno, quería saludar a mi amigo —dijo aparentando estar molesto. Acto seguido los dos magos se abrazaron para saludarse, en lo que Jade se incorporaba del suelo.
—Hola profesor Lupin —lo saludó la chica tímidamente.
El profesor la miró y sonrió. Hacía bastante tiempo que no la veía y había cambiado mucho. Ahora era más alta, su pelo era más largo, sus rasgos pasaban a ser los de una mujer. Recordó a la niña que lo miraba sonriente en sus clases, pero no pudo evitar sentir la culpa al ver la cicatriz que surcaba su cuello.
—Bueno, yo voy a cambiarme. No quiero que me vean así —dijo Jade con una sonrisa para Remus sacándolo de sus recuerdos.
Salió, después de cruzar la mirada con Sirius, cerrando la puerta tras de sí.
Remus se cruzó de brazos mientras miraba a su amigo, aquella última mirada no le había gustado mucho. Sirius quitó los ojos de la puerta y se encontró con la mirada del hombre lobo.
—¿Qué? —preguntó divertido por su expresión.
—Me preocupa lo que pudo haber pasado aquí —dijo todavía serio, evaluando a su amigo.
—¿Con Jade? No la veo de esa forma, Lunático —dijo mofándose de las suposiciones de Remus—. Es como… como mi hermana pequeña.
—Eso, acuérdate de esa última palabra. Es pequeña, porque aunque puedas confundirla con una mujer, va a empezar su quinto año —añadió haciendo énfasis en la penúltima palabra.
Sirius sólo pudo que soltar varias carcajadas y darle unas palmadas en la espalda a su amigo. Salieron de allí para ir a la cocina, llamando por el camino a Kreacher para que preparara el desayuno.
Estaban sentados y hablando cuando Jade bajó. Se sentó al otro lado de Sirius, frente a Remus. Los dos miraban un periódico inclinados sobre éste y la chica frunció el ceño.
—¿Qué es tan importante? —preguntó al ver las caras preocupadas de los dos magos.
—Acusan a Harry y a Dumbledore de mentirosos. —Ante la mirada sorprendida de la chica, lo explicó— Dumbledore le ha dicho a Fudge que Voldemort ha regresado y éste no le quiere creer. Por eso —dijo mientras miraba de nuevo el periódico—, acusan a Dumbledore de conspirador.
Sirius soltó una risita socarrona y negó con la cabeza mientras suspiraba. Remus miraba a Jade preocupado, ella no sabía porqué.
—En cuanto aparezcas por Hogwarts te interrogarán, incluso podrán decir cosas no muy agradables sobre ti. —Remus cortó a Sirius que no paraba de gesticular— Pero tienes que ser fuerte. Sé que no lo estás pasando nada bien estas semanas…
—Remus, no hace falta que le des más ánimos para que no quiera volver al colegio, ya es suficiente con los que tiene. —Sirius había decidido intervenir antes de que a Jade se le pudieran ocurrir más razones para no regresar.
El licántropo parpadeó varias veces, mirando alternativamente a Jade y a Sirius. Entonces se quedó observando a la chica.
—No estarás pensando en no ir este curso a Hogwarts, ¿verdad? —Remus se había inclinado más sobre la mesa.
—No voy a cambiar de idea y no es por lo que has dicho, porque ya lo había decidido —dijo eso último mirando a Sirius que rodó los ojos.
Escucharon un traqueteo proveniente de la entrada y después un constante golpe que se acercaba a la escalera que llevaba a la cocina, donde se encontraban ellos. También se escuchó como algo caía al suelo; después más pasos.
Jade no quiso mirar hacia la puerta y se quedó mirando las caras de Remus y Sirius, porque estos sí miraban hacia allí. En cuanto aquellas personas entraron en la sala, los dos magos que estaban con ella sonrieron y se levantaron para saludar. La chica se relajó, pues si fuera Severus, Sirius no habría sonreído.
—¡Sirius! —gritó una voz femenina muy entusiasmada.
El aludido fue a su encuentro y Jade lo siguió con la mirada. Ahora estaba abrazado a una chica más bajita que él, con el pelo rosa chicle y una amplia sonrisa. Sirius la había levantado del suelo, mientras un hombre negro y el profesor Moody saludaban a Remus. Después la miraron a ella.
—Me llamo Kingsley Shacklebolt, encantado —se presentó el hombre negro extendiendo una mano.
—Jade Prince, lo mismo digo —dijo mientras agarraba la mano del mago.
—Dora, te presento a Jade. Jade, ella es Dora —ahora fue Sirius el que se acercó a la morena, con Tonks a su lado.
Todos los miembros se acomodaron en el comedor, Tonks se sentó junto a Jade y ésta le contaba cosas sobre ella, entre otras cosas, que era metamorfomaga. Los magos seguían hablando mientras se sentaban, pero no estaban todos, faltaban Dumbledore y Snape además de los Weasley, y sin el primero no podían empezar. Jade había escuchado decir a Remus, varias veces a Sirius, que Quejicus (como el animago lo llamaba) estaba en la Orden porque Dumbledore confiaba en él. Y Jade sabía muy bien porqué tenían motivos para desconfiar, pues había visto muchas veces aquella marca en su brazo y sabía que había sido un mortífago.
Se volvieron a escuchar pasos en la entrada, acompañados de risas y conversaciones, al parecer graciosas. No era una persona ni dos, parecía una familia entera. Jade sintió un cosquilleo nuevo en el estómago al descubrir quienes eran pero de inmediato todo se vino abajo. No sabía como reaccionarían al verla y tenía miedo de que se hubieran enfadado con ella, pues era como su familia.
Arthur y Molly Weasley entraron por la puerta con sus acostumbradas sonrisas, saludando a cada uno de los presentes. Jade se levantó junto a Dora, sintiendo las manos sudadas. Arthur saludó a Sirius, que se había acercado hasta Jade, y seguidamente se paró delante de la chica. No parecía muy contento, cosa que hizo ponerse más nerviosa a Jade. Pero no tuvo tiempo de decirle nada a la morena, pues su mujer había corrido hacia ellos nada más ver a la chica. Molly cogió por sorpresa a Jade abrazándola muy fuerte y cuando se separó de ella le cogió la cara entre las dos manos.
—No vuelvas a desaparecer sin avisar. Estuvimos muy preocupados cuando Ron nos dijo que te habías escapado de Hogwarts. —Le dio un beso en la frente, aunque cada vez le costaba más llegar ahí, pues Jade había crecido bastante.
La morena se alegró mucho por ser recibida de esa forma y le sonrió a la mujer. Vio como Arthur también sonreía, lo que hizo que la chica se relajara un poco. Se volvían a escuchar las risas provenientes del pasillo y las reconoció enseguida. Acababan de entrar dos chicos pelirrojos, más altos de lo que Jade recordaba, que al verla sonrieron más y corrieron hacia ella esquivando a su madre.
George la agarró por la cintura y la levantó del suelo, mientras la chica reía y también lo abrazaba; hacía tiempo que no se comportaban de esa forma con ella, desde que empezó a salir con Cedric. Evitó ese pensamiento cuando pasó a los brazos de Fred, pero éste no la alzó, sólo la abrazó con fuerza teniendo que agacharse un poco por la diferencia de estatura.
—¿Creías que te ibas a librar de nosotros tan fácilmente? —preguntó George mirando a Jade por encima del hombro de su hermano. Soltó una carcajada al ver la cara de Jade y después él le revolvió el pelo.
Tampoco les dio tiempo a comentar nada más, pues Ron y Ginny entraron a la sala y se quedaron mirando a Jade no muy convencidos de lo que debían hacer. Ginny fue la primera en reaccionar y le sonrió para después acercarse a ella y darle un pequeño abrazo.
—Te he echado de menos —le susurró Ginny al oído.
—Y yo. Lo siento —contestó Jade aún sin soltar a la pelirroja.
En cuanto se separaron, Ginny fue junto a sus padres para saludar al resto de personas. Jade vio a Ron parado muy cerca de ella pero serio. Se miraron un rato, evaluando la reacción del otro, hasta que Ron levantó una de las comisuras de su boca. A Jade no le preocupó nada más en ese momento, porque se sentía aceptada por su familia.
Ron y Jade se sentaron en las sillas de un extremo de la mesa, pues todos lo estaban haciendo. Ginny se sentó al otro lado de ella y seguidos estaban los gemelos. Ron le estaba comentando a Jade que Bill no podía venir porque estaba trabajando en Gringotts, cuando escuchó:
—No podéis estar aquí. —Molly miraba a los jóvenes esperando una respuesta o reacción— Ésta es una reunión de la Orden y no podéis presenciarla. Id a vuestras habitaciones a acomodaros.
Acto seguido, Ron y Ginny se levantaron, antes de que Molly se enfadara, seguidos de George y Fred. Jade se puso en pie y empezó a seguirles, pero se detuvo en la puerta mirando a los magos sentados; en aquella reunión hablarían sobre ella y quería estar presente.
—Jade, tu también cuentas. Te tienes que ir. —Sirius la miraba fijamente; sabía que se opondría.
—Yo tengo que estar aquí —se defendió remarcando las palabras.
—No formas parte de la Orden, entiéndelo —ahora había sido Remus el que había hablado, pero más suave, no como Sirius.
—Pero hablaréis de mí, por eso tengo que estar presente —seguía quejándose la chica.
—No. Hablaremos de cosas que no podemos contarte —siguió con voz dura Sirius.
—Sé que hablaréis de… de quien vosotros sabéis, lo que me incluye a mí —lo último que dijo le dolió pero era cierto. Los demás también habían sentido el peso que esas palabras llevaban y por eso ahora había silencio.
—Está bien —dijo Sirius con un suspiro. Jade abrió los ojos sin poder creérselo. Sirius no se dejaba ganar tan fácilmente.
El animago se levantó y caminó lentamente hacia ella. Ron y los demás estaban fuera de la habitación y se asomaban por la puerta. Jade estaba muy cerca de ellos y aunque le pareció extraña la forma en que Sirius se acercaba a ella, no se movió ni un centímetro. Entonces se detuvo mirándola desde arriba y, con un rápido movimiento, Sirius se agachó y pasó sus brazos por la cintura de la chica. Casi sin poder oponer resistencia, pues no se esperaba aquello, se encontraba sobre un hombro del mago. El estómago de Jade se aplastaba contra el hombro y, ahora que sabía lo que estaba pasando, empezó a patalear.
Sirius salió al pasillo de la entrada sin hacer comentario alguno sobre los movimientos inoportunos de la chica, pues le costaba mantener el equilibrio. Los jóvenes se apartaron caminando hacia las escaleras de la cocina y algunos riendo al ver aquella escena. Pero entonces escucharon un carraspeo proveniente del pasillo en penumbras que tenían delante. Una figura negra que se distinguía en la sombra caminaba lentamente hacia ellos, hasta quedar a unos cuantos pasos de distancia. Era Severus, advirtió Jade.
Sirius la puso en el suelo lentamente, al tiempo que ella dejaba de patalear. Hubo silencio y miradas intensas por parte de Jade a Severus y de éste a Sirius y a Jade. Ella no pudo seguir mirando a aquél que había sido su padre y que durante tanto tiempo le había mentido. Giró su cara aún con furia en la mirada y subió las escaleras pisando fuerte.
—Venga, entremos. Tenemos una reunión pendiente —dijo sonriendo Dumbledore que apareció por detrás de Snape.
Dos días después, Molly ya los había puesto a limpiar la cocina en profundidad, pues se quejaba de cómo Jade y Sirius habían conseguido vivir allí tanto tiempo. La vedad es que tampoco les molestó mucho, a ninguno de los dos, vivir en ese estado de suciedad. Lo único que estaba medianamente limpio era la habitación de Jade -la que ahora compartía con Ginny-, pues Kreacher había decidido, unas semanas antes, que "Deyanira" no podía vivir entre tanta mugre.
Estaban todos metidos en la cocina, mientras se celebraba otra reunión, aunque menos importante porque no estaban todos lo miembros de la Orden. Los gemelos sólo hacían que quejarse a pesar de que estaban utilizando la magia, prohibida por Molly. Ron movía la escoba lentamente de un lado a otro entre sus pies; Ginny frotaba el suelo con ímpetu; y Jade limpiaba los muebles, dejando en el trapo un rastro negro de suciedad. Era cierto, aquello necesitaba una limpieza en profundidad, pero no era justo que ellos estuvieran allí mientras los adultos estaban cómodamente sentados conversando.
—Esto es aburridísimo. No sé como los elfos aguantan. Yo propongo llamar a Kreacher y que lo haga él. —Ron miró a Jade esperando que ella ordenara eso al elfo, pues ya sabían el respeto que le tenía a la chica.
—Si te escucha Hermione… —dijo la morena sonriendo.
—Creo que viene hoy, a la hora de cenar —comentó el chico no muy convencido, pero fue suficiente para que Jade se alegrara y siguiera limpiando.
—Nosotros vamos a ver de qué hablan —informaron de pronto los gemelos.
Los demás se apuntaron de inmediato y los siguieron hasta las escaleras, intentando no hacer ruido. Se pararon, mientras los chicos ponían algo color carne pegado a la puerta del comedor y después bajaron de nuevo hasta la cocina. Jade, Ron y Ginny se acercaron a ellos y vieron que se metían un hilo, también de color carne, por la oreja. George le pasó un hilo a cada uno y los imitaron. Ahora podían escuchar las débiles voces de los miembros y saber de qué hablaban.
Los tres últimos tenían la boca abierta por la sorpresa; aquélla era una idea estupenda.
—Son orejas extensibles y cuestan diez galeones —dijo Fred sonriendo, mirando a los chicos.
—¿Cómo las habéis conseguido? —preguntó Jade en un susurró.
—Nos ofendes. Nosotros no vendemos nada que no hayamos creado —dijo altanero George.
Jade se sorprendió aún más, pero no comentó nada, sólo prestó más atención a la conversación que se desarrollaba arriba. Ésta no era tan interesante como fue la de ayer. Jade recordó el momento en que los gritos de Severus se escucharon hasta en su habitación…
—¡No tenía derecho a ocultármelo! —se escuchaba la voz de Snape.
—Severus, sabía que te opondrías y debes entender que éste era el lugar más seguro —se oyó débilmente la voz de Dumbledore.
—¡Pero es mi… Yo la he cuidado desde que era un bebé y tengo derecho a saber dónde está en todo momento! —Jade no se conmovió ante aquellas palabras; a ella le sonaron frías, palabras falsas. Todo en él era falso.
—Yo le entiendo Albus…
Ya no consiguió escuchar más de lo que decía Molly ni los gritos de Severus.
Quitó la mirada del suelo y miró hacia las escaleras, concentrándose en la conversación. Pero otro ruido llamó su atención que al igual que los demás, provocó que dejaran las orejas extensibles de lado y subieran a la entrada.
Los mayores también dejaron sus cosas de lado y Molly fue quien salió al pasillo a comprobar quién era. Parecía que ya lo sabía porque tenía una sonrisa en la cara cuando pasó por delante de sus hijos y Jade.
Molly abrió la puerta y se asomó, después salió de la casa dejando la puerta abierta. Unos segundos después volvía a dentro acompañada de alguien, y hasta que no llegaron junto a los demás no pudieron confirmar quién era. Hermione dejó sus cosas al lado de las que Molly había llevado hasta allí y se lanzó contra Jade. A ésta no le sorprendió y la abrazó también, dejando que la castaña enterrara la cabeza en su hombro.
La presencia de Hermione no aminoró las ganas de limpiar de Molly, es más, estaba más contenta porque ahora había más gente para ayudar a hacerlo. También se encontraron con varias reuniones más de la Orden, aunque no asistieran todos los miembros en cada reunión. Pero cuando era muy importante sí iban y, en esos momentos, los más jóvenes pudieron conocer la existencia de varios miembros más. Bill fue un par de veces porque, entre el trabajo y las clases de inglés que daba a Fleur, no tenía tiempo. Ginny les contó a las chicas lo del intento de Fleur en hablar su lengua y cuando Bill aceptó encantado su petición de ser su profesor particular.
Por otro lado, a parte de las charlas y las risas de Ginny, Hermione y Jade, Ron parecía un tanto aburrido. En más de una ocasión las chicas intentaron animarle, pero sólo se iba a otro lugar a pensar.
—Me preocupa Harry —contestó por fin después de tener que aguantar a una pesada Hermione y una insistente Jade—. Eso es todo. Estoy esperando a que mi madre me deje en paz y así pueda tener tiempo para escribirle una carta. —Miró a sus amigas que también habían agachado la cabeza— Quiero que esté aquí con nosotros.
A Jade se le quitaron las ganas de seguir hablando; bien era por sentirse culpable por no querer que él viniera sabiendo que Ron tenía razón, o bien porque cuando llegara no tendría el valor de decirle nada.
Estaban sentados en las sillas de la cocina, tomando un té que Kreacher había preparado para ellos -más bien para Jade-, mientras los mayores estaban reunidos otra vez. Esta vez debía ser importante porque el profesor Dumbledore había ido.
En ese momento se escucharon pasos bajar por las escaleras. Aparecieron por allí el señor y la señora Weasley, Bill, Sirius, Remus, Dora, Moody y, sorprendentemente, Dumbledore. Normalmente, el profesor se marchaba de inmediato nada más concluir la reunión, pero ese día había bajado a la cocina.
—Profesor, no tenemos mucho tiempo. Por favor, dese prisa. —Moody subió las escaleras rápidamente hasta la entrada.
Dumbledore se aproximó a donde estaban Ron, Hermione, Jade y Ginny, haciendo que Fred y George también llegaran junto a él. No se sentó, se mantuvo de pie, mirándolos uno por uno, a los ojos. En más de una ocasión se detuvo para mirar a Jade más tiempo, pero no hizo referencia a nada sobre ella.
—Debo pediros una cosa —dijo mientras los evaluaba—. Es por el bien de Harry. Quiero —siguió diciendo sin detenerse por las extrañadas caras de los chicos— que no le digáis absolutamente nada a Harry sobre esta casa ni sobre la Orden del Fénix. Lo tenéis prohibido —concluyó dejando claro que ya no era una petición y si Dumbledore lo consideraba tan importante, no dirían nada.
Acto seguido, subió las escaleras, seguido de Arthur y de Sirius. Molly los miró a todos un tanto enfadada, aunque no sabían porqué; pero en realidad estaba preocupada por el aislamiento de Harry en aquella casa muggle, a pesar de que sabía que aurores y miembros de la Orden lo vigilaban día y noche. Ron fruncía los labios y miraba un punto indefinido con furia.
—No estoy de acuerdo —protestó de pronto Hermione—. Harry tiene todo el derecho a saberlo. El profesor Dumbledore debía habérnoslo explicado mejor, porque no entiendo porqué no puede saberlo.
—No tenéis porqué saber el porqué. Lo ha dicho Dumbledore y se acabó la discusión. —Molly había dejado de fregar los platos y se había girado para mirarlos mientras se secaba las manos bruscamente.
Hermione agachó los hombros en señal de derrota. Ron miró a su madre temeroso, para después preguntarle:
—¿No podremos enviarle una lechuza para felicitarle en su cumpleaños?
—No. Ya lo felicitaremos más adelante. —Molly siguió fregando.
Dicho esto, Ron se levantó y fue a subir las escaleras, seguido de Hermione y Jade que no andaban muy deprisa, y de los gemelos y Ginny que miraron a su madre de reojo antes de desaparecer por las escaleras.
Esa semana pasó lentamente, sin noticias de Harry ni de Voldemort. Los chicos cada vez se impacientaban más, los días eran más aburridos y Molly los hacía limpiar a diario. No cesaban las reuniones, casi eran diarias: un día sí otro no. Dumbledore no había vuelto a aparecer por allí, hasta que una mañana empezó a venir gente y más gente, todos miembros de la Orden.
Ginny había dejado solos a Ron, Hermione y Jade en la habitación para ir a por un vaso de agua cuando, al pasar por delante del comedor, escuchó claramente las voces de los miembros.
—Mundungus debía estar vigilando al chico, eso lo sabemos. Pero la pregunta es: ¿quién los envió? Está claro que los dementores están bajo control del Ministerio.
—Alastor, ¿quieres decir que alguien del Ministerio echó esos dementores contra Harry? Vale, sabemos que no están muy contentos con él, pero de ahí a enviarle dos dementores… —Remus no parecía muy convencido por la suposición de Moody.
Ginny había abierto los ojos desmesuradamente y no vio ni donde pisaba. Tropezó con un escalón y cayó sentada sobre la escalera, provocando que éstas crujieran. Unas cortinas se abrieron bruscamente dejando ver una ventana que parecía real y detrás a una mujer que, al ver a la pelirroja, comenzó a decir una sarta de palabrotas seguida de:
—¡Traidores a la sangre! ¡Mancillando la noble y ancestral casa de los Black!
La chica bajó las escaleras hacia la cocina rápidamente para evitar ser descubierta, en ese momento Jade bajó de la habitación para ver qué pasaba y enseguida cerró las cortinas para acallar el retrato de Walburga Black. Antes de volver a la habitación, la puerta del salón se abrió dejando ver a varios miembros de la Orden. Jade no pudo decir nada porque Dumbledore la llamaba desde el interior de la habitación. La chica entró algo temerosa por lo que podrían pensar al verla ahí, pero se sentó frente al director.
—Yo no estaba espiando —se justificó la morena al ver la expresión seria del director.
—Nadie la ha acusado —le contestó Dumbledore—. La he llamado porque necesito que conozca cuál es su situación. —Jade lo miró extrañada, pues no sabía a qué se refería. —Como sabrá, el ministro de magia no quiere creer los verdaderos sucesos que se acontecieron en la tercera prueba del Torneo y, por consiguiente, su repentina aparición en ella. —Dumbledore hizo una pausa que a Jade le pareció una eternidad. —La acusan de tener algo que ver con la muerte del señor Diggory.
Jade se estremeció al escuchar su nombre, pero al asimilar las palabras del director sintió rabia.
—¿Cómo pueden pensar que yo tengo algo que ver con la muerte de…? —Jade no pudo reprimir una lágrima que rápidamente limpió.
—Al haberte marchado de Hogwarts repentinamente, piensan que huiste —esta vez había hablado Sirius que la miraba con tristeza.
—Debe regresar a Hogwarts para demostrar que usted no tuvo nada que ver —Dumbledore dijo esto en un tono de voz firme que no daba lugar a réplicas.
La chica se sentía turbada por la información, así que no hizo más que asentir, pues debía regresar.
Los días pasaron igual de lentos que los anteriores, a diferencia de que éstos fueron mucho más tristes y angustiosos, ya que Ginny les había contado lo escuchado sobre Harry y los dementores y Jade les dijo lo que Dumbledore habló con ella. Jade había vuelto a sentirse decaída tras aquel día, aunque de vez en cuando los gemelos la hacían sonreír con alguna de sus bromas.
Ron, Hermione y Jade hablaban en la habitación donde dormía el chico, cuando escucharon como alguien subía las escaleras y entraba a la habitación. En cuanto Harry cruzó la puerta, Hermione se abalanzó sobre él y lo abrazó haciendo que el chico casi perdiera el equilibrio.
—¡Harry! —exclamó Ron que se había levantado de la cama donde estaba sentado.
El chico saludó a su amigo tras soltarse del abrazo de la castaña y se quedó mirando a la morena que lo observaba desde el otro lado de la habitación.
—Hola Harry —había decidido enfrentarse a la verdad, ella era quien era y no podía hacer nada por cambiarlo: o la aceptaba o no.
—¿Has estado aquí, viviendo tan tranquila? —preguntó Harry no queriendo sonar muy brusco.
Ya está, me odia y no acepta quien soy, pensó Jade angustiada. La chica había albergado cierta esperanza de que a Harry no le importase su procedencia después de hablar con Sirius.
—Sí —contestó cortante—, pero…
—¿Y no podíais haberme informado? —dijo elevando la voz mientras se giraba para mirar a los otros dos.
—No podíamos hacerlo —contestó Hermione suplicante.
—¡Pero yo he estado…! —empezó a protestar Harry alzando más la voz.
—Dumbledore nos prohibió hablarte de este lugar —susurró Ron cortando al moreno.
—Déjalo Ron, ¿no ves que a él sólo le importa él mismo? —dijo Jade dirigiéndose hacia la puerta.
—¿Pero no ves que he estado todo el verano preocupado? No sabía dónde estabas, si me hubieras escri…
—¿Qué estás diciendo? —La chica se había girado y lo miraba confusa. —¿Pero cómo te voy a importar si mi padre es…?
—¿Y a mí que me importa quien sea tu padre? Estoy enfadado porque me habéis dejado abandonado en Privet Dri… —Harry no pudo continuar porque Jade había corrido hasta él y lo abrazaba con todas sus fuerzas.
—Creía que me odiabas —decía la morena con la cabeza enterrada en el hombro del chico que, sorprendido y confuso, le devolvía el abrazo.
En ese momento, aparecieron de la nada Fred y George, tras haber escuchado la pelea desde su habitación.
—¿Se reparten abrazos? —preguntó Fred con una sonrisa.
—Eso, porque yo quiero uno —dijo ahora George mientras abría los brazos en dirección a ellos.
Jade tras separarse de Harry, sonrió y fue a abrazar a George, pero éste esquivó a la chica y caminó hasta Harry para agarrarlo y abrazarlo. Hermione y Ron reían mientras Jade ponía los brazos sobre su cintura y simulaba estar enfadada.
—Tranquila yo te abrazo —dijo Fred acercándose a la morena a la que rodeó con sus brazos.
Los chicos pensaban que la llegada de Harry haría que Molly los dejara descansar y parar de limpiar, pero esa casa era enorme y todavía quedaban rincones sucios que la señora Weasley no permitiría dejar así. Ya habían informado a Harry de todo lo referente a él, al menos todo lo que la señora Weasley dejó que le contara Sirius. Pues todos habían escuchado decir al animago que Voldemort iba detrás de algo, pero antes de que pudiera continuar, Molly lo detuvo. Intentaron escuchar más de una reunión, esta vez junto a Harry, pero no lograban saber mucho más de lo que ya sabían.
Cuando llegó el día de la vista, en la cual Harry tendría que contestar a unas preguntas delante del Wizengamot, Molly los dejó descansar. El chico no había hablado durante el desayuno, aunque tampoco había un tema del que hablar. Arthur era el único que le acompañaría, pero Sirius y Molly querían desearle suerte al chico y por eso estaban los cuatro solos en la cocina.
Agosto había sido el mejor mes del verano, aunque el más duro, pues no habían parado de limpiar. A parte de eso, por la noche, Harry, Ron, Hermione y Jade hablaban de la actual situación en el mundo mágico, de Hogwarts... Harry también les comentó lo extraño que vio al profesor Dumbledore en la vista, pues sólo fue para decir unas cuantas cosas al ministro y después se marchó, sin siquiera decirle algo a Harry.
Kreacher empezó de nuevo a hacer las cosas mal porque había escuchado que Jade volvía a Hogwarts y se quedaría con su amo, solos. Cuando sólo faltaba un par de días para empezar el colegio, Molly se fue al Callejón Diagon, acompañada por Bill, para comprar los libros sin exponer al peligro a los más jóvenes. Bill quiso aprovechar para pasarse por el banco mágico, en el cual se encontraba su alumna francesa, cuando su madre estaba en la librería.
El día anterior al comienzo del curso, celebraron el cumpleaños de Jade, además de hacerle algunos regalos a Harry, pues él no había estado con ellos cuando cumplió los quince. No fue una gran fiesta, aunque también celebraran que Ron y Hermione habían recibido una insignia de Prefectos de su casa. Cuando las cartas con la información del nuevo curso llegaron, viendo así que ni Harry ni Jade eran Prefectos, la chica se indignó y estando en la cocina expuso su opinión a los chicos.
—No lo entiendo. Yo debería haber sido la Prefecta de Slytherin —continuaba quejándose la morena—. Porque dime —siguió mirando ahora a Harry—, ¿quién puede ser mejor que yo? Soy la mejor de mi casa —repitió aún molesta porque sus palabras eran obvias.
Sirius tosió cuando Jade acabó de hablar, pudiéndose escuchar un pequeño "Slytherin" entremezclado. A eso, la chica giró la cabeza bruscamente para mirarle y fulminarle con la mirada mientras fruncía los labios. Sirius miró a Harry y le guiñó un ojo, que el chico respondió con una sonrisa. Jade los ignoró.
Ya se habían despedido de los Weasley en el andén, pero todavía quedaba más gente por despedir. Nymphadora, Remus, Alastor y Sirius los habían acompañado como guardaespaldas, aunque el último estaba en su forma de animago. Cuando Jade se acercó para despedirse del perro vio a éste a dos patas y apoyado en Harry. Molly le reñía y su amigo reía. La morena se detuvo junto a Harry y antes de que éste se marchara acarició a su padrino. El perro miró a Jade y ésta pudo ver una sonrisa a través de sus ojos. Ella se agachó un poco para pasarle la palma de la mano por la cabeza, pero el animago había pegado un pequeño saltito y le lamió la cara. Jade se alejó rápidamente y mientras se pasaba la manga de la camisa por la cara decía:
—Que asco Canuto. Podrías ser más educado. —Pero en su cara había una sonrisa.
Le revolvió el pelo del lomo antes de correr hacia el tren riendo.
