Tiró de su baúl para subirlo al tren y aunque pesaba mucho no le importó e intentó por todos los medios conseguirlo, pues el perro negro la miraba desde lejos. Se introdujo en el pasillo en busca de sus amigos, que seguramente ya habrían encontrado un compartimento. Jade se encontró con varios compañeros de otras casas de su misma edad, pero no se comportaban como siempre. También habían amigos, como Seamus o Dean, y en vez de preguntarle por las vacaciones (como siempre hacían), se limitaron a mirarla seriamente y, cuando la chica ya los hubo sobrepasado, escuchó como cuchicheaban.

El trayecto hasta llegar a donde estaban sus amigos fue muy similar; los alumnos se quedaban mirándola como si fuera una criatura peligrosa que se escondía en un cuerpo normal. Y tenían razón, pensaba Jade alicaída, pues ella era un monstruo que aparentaba ser una adolescente de quince años, la cual se enfrentó a un hombre lobo hacía dos años y había salido ilesa. Eso era ser un monstruo.

La chica se sentó abatida al lado de Ginny y cerró los ojos intentando tranquilizarse; aquel curso iba a ser muy largo. Principalmente porque el mundo mágico ya sabría que ella era descendiente de Voldemort, a pesar de creer la versión del Ministerio y pensar que no había regresado. El punto era que, a partir de esa información y la que ya tenían sobre que era una veela, ¿qué podría pensar el Ministerio de ella en todo el asunto del supuesto regreso de Voldemort?

—¿Estás bien, Jade?

La chica abrió los ojos de repente y miró los verdes que tenía delante; Harry estaba inclinado hacia ella en el asiento paralelo al suyo. Jade suspiró negando con la cabeza y al hacerlo se dio cuenta de que había más gente en ese compartimento a parte de Harry y Ginny. Un chico alto, moreno y con los mofletes redondos tenía una planta entre los brazos y miraba por la ventana. Neville Longbottom había crecido ese verano, y aunque seguía apreciando la Herbología, se le veía cambiado. Jade giró la cabeza y vio a una chica rubia al lado de Ginny. Tenía unos grandes ojos azules que se escondían tras una revista que estaba al revés. Le sonaba haberla visto antes, pero no sabía ni dónde ni cuándo.

La morena volvió a sentarse cómodamente y miró a Harry. El chico también estaba distinto; parecía más serio de lo normal. En él no había notado a penas un cambio de estatura, su pelo seguía igual de desordenado y las mismas gafas apoyadas en el puente de la nariz. Harry dejó de mirar la ventana y miró a la chica que tenía delante. Leyeron sensaciones similares en los ojos del otro; había cansancio, temor, angustia, aunque todas esas emociones eran más visibles en la chica.

Después de estar un rato hablando, en silencio o pensando, en el cual Jade había descubierto que la chica rubia era Luna Lovegood. Neville dijo que su planta era una mimbulus mimbletonia, regalo de su cumpleaños, además Harry le dijo a la morena que Ron y Hermione estaban en la reunión de los Prefectos, no sin antes vacilar ante la cara de Jade.

Un poco después, los dos que faltaban llegaron y se sentaron junto a la puerta. Hermione miró a Jade un segundo antes de decirle:

—Malfoy y Parkinson son los Prefectos de Slytherin.

—Sí —se oyó murmurar a Ron quejándose.

Jade ya se lo había imaginado, pero tenía la esperanza de equivocarse. Seguramente Ron se sentía así porque Draco no obedecería las normas y se aprovecharía de la situación.

Como cada curso que empezaba, el Sombrero Seleccionador cantaba para darles ánimo a los alumnos, pero esa vez deseaba suerte. Y muchos ya sabían por qué: debían protegerse de Voldemort. Varios alumnos de cada mesa ponían caras de irritabilidad, pues en El Profeta desmentían lo que Dumbledore y Harry decían. Menos en la mesa de las serpientes, que se miraban unos a otros y alguno sacaba una pequeña sonrisa.

Harry observaba su plato en silencio, bajo las miradas preocupantes de sus amigos. Pero no decía nada. Por otro lado, Jade dirigía su mirada hacia la mesa de los leones, intentando apartar de su mente las intensas miradas de los alumnos de Hufflepuff, Ravenclaw y Gryffindor, y las curiosas de Slytherin. Sí, iba a ser un curso muy largo, porque también estaban los recuerdos. El Gran Comedor le recordaba a él, los jardines, los pasillos, Hogsmeade… y seguía siendo muy doloroso pensar en que no estaría de nuevo con ella.

Los prefectos conducían a los de primero hacia las casas correspondientes. Se podía ver a Draco y a Pansy caminar tranquilamente presidiendo a los de su casa; a Hermione a la cabeza del grupo y a Ron delimitando el final de la cola. Había más grupos, pero Jade no les prestó atención, ya había llegado junto a Harry.

—¿Has visto a la nueva profesora de Defensa Contra las Artes Oscuras? Como se nota que el Ministerio quiere controlarnos —añadió sin esperar respuesta por parte del chico.

—Estuvo en mi vista —comentó Harry.

—¿Dónde crees que esté Hagrid? ¿Estará bien? ¿Y si le ha pasado algo?

—No lo sé —contestó el chico levantando los hombros.

Se separaron al llegar a las escaleras que se movían y cada uno se fue a su sala común.

Jade entró mirando sus pies, inmersa en sus pensamientos, y cruzó la sala alzando la cabeza poco a poco, notando las miradas de los allí presentes. Fue pasando su mirada de unos ojos a otros hasta detenerse en unos grises. Alzó la cabeza con altanería y entró en su habitación.

No le dio tiempo ni ha ducharse pues, antes de entrar al baño, Pansy abrió la puerta de la habitación y la llamó por su nombre.

—¿Qué? —preguntó un tanto molesta por el hecho de ver a Parkinson.

—Como prefecta que soy —empezó regodeándose de Jade—, tengo que encargarme de algunos recados y me han ordenado que te lleve al despacho del director.

—Vale. Y después de este discurso, ¿me dejas en paz?

—No. Si no te lleva ella, te llevaré yo —la voz de Draco se escuchó por detrás de Pansy y hasta que ésta no se apartó Jade no pudo verle la cara.

El chico estaba apoyado en el marco de la puerta, mostrando su insignia de prefecto. Pansy se había echado a un lado y parecía que hubiera desaparecido. Jade frunció los labios y caminó rápidamente hacia la puerta donde estaba el rubio, no se detuvo y cuando iba por la mitad de la sala dijo:

—Puedo ir yo sola —quiso que sonara en un murmullo, pero la escuchó perfectamente.

Salió y empezó a subir las escaleras y antes de haber alcanzado el quinto escalón escuchó otros pasos además del suyo. Se detuvo y al mismo tiempo éstos fueron más lentos, la chica giró un poco la cabeza y suspiró al ver a Draco.

—Quieras o no, soy el prefecto de Slytherin.

Llegaron por fin al final de las escaleras de caracol que llevaban al despacho del director y Draco se adelantó para abrir la puerta y dejar paso a la chica. Jade entró un poco sorprendida pues allí estaban Dumbledore, el ministro, la nueva profesora Dolores Umbridge, McGonagall y Snape.

—Ah, señorita Prince, ya ha llegado. —El director miró tras de Jade inclinándose a un lado— Muchas gracias señor Malfoy, puede irse.

Draco obedeció y cerró la puerta al salir. Jade se acercó al director mientras miraba a los demás magos.

—¿Sabe por qué está aquí? —preguntó el director mirando a Jade. La chica no hizo movimiento alguno.

—Su desaparición ha causado cierta inquietud en el Ministerio —continuó Fudge—. Un muchacho murió en este castillo y usted apareció junto a su cuerpo sin motivo alguno. Y no se le ocurre otra cosa que desaparecer —el ministro había alzado la voz con nerviosismo.

—¿Eso es una acusación señor ministro? —preguntó Minerva seriamente, pues no concebía tal cosa.

—Profesora McGonagall —saltó Umbridge con un tono en la voz que irritó a Jade—, tiene que entender que es un asunto delicado que tiene que ser resuelto y si se debe investigar a una alumna, así se hará.

—Yo no he hecho nada —habló por primera vez Jade.

—Tal vez no fue a propósito señorita Prince —volvió a hablar Umbridge—, pero tengo entendido que usted no es una bruja normal. Los híbridos como usted pueden no controlar su parte monstruosa y por lo tanto atacar…

—Hay cosas más peligrosas que una alumna, profesora Umbridge —replicó educadamente Dumbledore.

—Ese asunto ya está zanjado, Albus —habló Fudge adelantándose a las teorías del director—. La profesora Umbridge vigilará a la señorita Prince durante el curso. Si en algún momento me informa de algún comportamiento inusual, será juzgada por el Wizengamot.

Las clases habían empezado y ahora, los de quinto curso, tenían la primera clase de Defensa Contra las Artes Oscuras, donde los alumnos de Gryffindor y Slytherin compartían aula. Hermione y Ron se sentaron juntos delante de Harry y Jade, que también se sentaron uno al lado del otro.

La profesora Umbridge entró decidida hasta llegar a la pizarra donde comenzó a escribir la palabra TIMO. Ese año tendrían que presentarse a los exámenes para conseguir el Título Indispensable de Magia Ordinaria, lo que serviría para la elección de su futuro. Con un movimiento de varita, los libros que permanecían sobre su mesa se colocaron delante de los estudiantes.

—Soy la profesora Dolores Umbridge y me encargaré de esta asignatura, que el Ministerio considera que no estaba siendo impartida debidamente. —Hizo una pausa para mirar a sus alumnos. —Os enseñaré la teoría indispensable para que superéis los TIMOs.

—¿No vamos a hacer magia? ¿No nos va a enseñar hechizos defensivos? —preguntó Ron mirando el libro que les había repartido.

—¿De qué tendríais que defenderos unos niños como vosotros? —contestó Umbridge con una sonrisita en la cara.

—Tal vez de Lord Voldemort —dijo Harry mirando a la profesora.

Umbridge se puso seria de repente y alzó la vista mirando un punto indefinido, antes de volver a fijarla en los alumnos. Caminó unos pasos y se detuvo.

—Se os ha dicho que un tal mago oscuro anda suelto de nuevo —cambió su expresión y miró a Harry—. Eso es mentira.

—No es mentira, nosotros lo vimos. Luché contra él —Harry había alzado la voz y miraba a Jade, la cual agachaba la cabeza en su mesa.

—Por lo que veo, sólo usted lo afirma. —Umbridge se acercó a la mesa de los chicos e intercambiaba miradas de Harry a Jade.

—Pero es cierto —siguió insistiendo buscando apoyo en la morena, pero no se movía.

—Castigado señor Potter. Le enseñaré a no decir mentiras.

—Entonces, según usted, Cedric Diggory murió porque le dio la gana.

Silencio. Nadie habló, ni siquiera Jade quiso decirle que se callase. Tenía ganas de llorar, de golpear algo, de gritar. Al escuchar aquellas palabras provenientes de Harry hizo que se sintiera más culpable por no apoyarle con este asunto. Pero o seguía así o no volvería a ver a sus amigos.

—A las nueve en mi despacho —dijo dando por concluida la discusión.

Estaban comiendo en la mesa de Gryffindor, en silencio, a excepción de los constantes comentarios de Hermione sobre no hacer hechizos en Defensa Contra las Artes Oscuras. Jade miraba de vez en cuando a Harry, pues sabía que le había molestado que no lo apoyase. En una de esas miradas, Harry alzó la cabeza y no apartó la vista de ella.

—Es que no lo entiendo —gruñó por fin el chico dejando su tenedor en la mesa—. Sé que es difícil de asumir esta responsabilidad pero el mundo debe saber la verdad. Y tú estás dejando que el Ministerio mienta a todos.

—Que tú consigas aceptar que todo el mundo va contra ti no significa que yo pueda. Es mejor para todos que dejemos las cosas como están —añadió la chica tras una pequeña pausa.

—Eso es rendirse y darle el mundo en bandeja a Voldemort.

Después de esa última palabra siguieron comiendo, aunque parecía que no hubieran arreglado nada.

Aquella misma tarde, después de cenar, estaban en la sala común de Gryffindor comentando las clases del primer día. Jade estaba allí, pues los gemelos la habían arrastrado con ellos. Estos dos cursaban el último año, pero conforme habían pasado el verano -encerrados en una habitación con sus productos mágicos- ese curso no estarían muy pendientes de las notas, y menos con la nueva profesora.

—Yo le pondría uno de esos caramelos sobre la mesa de su despacho y esperaría a ver los efectos sobre su cara —seguía diciendo Fred maquinando una broma pesada mientras miraba a su hermano.

—Ya ha empezado hoy a demostrar las ideas del Ministerio sobre el regreso de quien-vosotros-sabéis —dijo Ron apoyando a sus hermanos.

—Harry no debía haberse enfrentado a la profesora. Está bien, Harry tenía razón —continuó Hermione tras ver la cara de Ron—, pero de esa forma no conseguirá nada. Sólo ha logrado que lo castiguen.

En ese momento, el aludido entró por el resquicio de la puerta con las manos unidas y la cabeza gacha. Los chicos se dieron cuenta de que algo le pasaba y se quedaron en silencio hasta que él se sentó junto a Hermione y Ron que estaban en el sofá frente a la chimenea. Los gemelos se despidieron para que ellos pudieran hablar tranquilamente. Jade estaba sentada en el suelo y miraba a Harry con la culpabilidad reflejada en su cara.

—Harry, ¿estás bien? —preguntó Hermione rompiendo el incómodo silencio que se había formado.

—Claro —respondió algo frío el moreno, mientras intentaba ocultar con disimulo una de las manos. Jade se percató del movimiento.

—¿Qué te ha pasado en la mano? —preguntó la morena arrodillándose junto al chico y cogiéndolo por la muñeca.

Harry la retiró rápidamente pero sus amigos ya habían visto la herida que reflejaba el castigo impuesto por Umbridge.

—Harry, esa mujer te está torturando —empezó diciendo Ron con preocupación—. Si los padres se enteraran…

—Pero yo no los tengo, ¿recuerdas? —dijo Harry algo molesto.

Jade no podía sentirse peor. Se sentía culpable y avergonzada por dejar a Harry solo ante el problema, y encima le recordó que, aunque no era su padre biológico, ella sí tenía uno.

—Soñé con una puerta —murmuró como si en realidad no quisiera decirlo.

—¿Una puerta? —preguntó Ron un poco confuso por el comentario de su amigo.

—Hace un par de noches. Ya he visto esa puerta antes, pero no recuerdo donde. —Se quedó en silencio.

Los otros tres se miraron preocupados, pues los sueños de Harry nunca eran buena señal.

La morena se despidió de sus amigos, pues ya era bastante tarde y todavía debía regresar a las mazmorras.

Cuando estaba por llegar, vio luz en el despacho de Severus y decidió entrar; como siempre sin llamar antes.

—¿Es que no sabes tocar? —preguntó molesto Snape que la miraba desde detrás de su mesa—. ¿Y qué haces aquí a estas horas?

—Quería hablar contigo —respondió sin miramientos.

Tras una mirada frívola le hizo señas para que se sentara. Ésta lo hizo y pasados unos segundos se decidió a preguntar.

—¿Por qué me adoptaste? Y quiero la verdad. —Snape la miró durante varios segundos que se hicieron eternos para la chica.

—Porque Dumbledore me lo pidió —contestó sin cambiar la expresión de su cara.

—Entiendo —dijo Jade agachando la cabeza, pues había conservado la esperanza de que al menos, a su extraña manera, la quisiera.

—¿Qué entiendes? —Jade alzó la cabeza para mirarlo. —¿Que te cuidé como si fueras mi hija durante toda tu vida? ¿Que te di un hogar? ¿Que te enseñé muchas de las cosas que sabes ahora?

Jade no dijo nada, no sabía que decir. Severus tenía razón, por una cosa o por otra, él la había protegido durante todos esos años.

—Deberías regresar a tu habitación.

La morena asintió y sin decir una sola palabra salió en dirección a su casa. Traspasó la puerta hasta su sala común y sin mirar a los pocos alumnos que todavía estaban despiertos, fue a su habitación y se acostó. Tenía muchas cosas en las que pensar y reflexionar.

Las semanas fueron pasando lentamente, al igual que muchas clases. Umbridge no enseñaba hechizos prácticos y ese año cursarían los TIMOs, así que no estarían preparados. Umbridge se había entretenido haciendo normas absurdas y este hecho aumentaba el desagrado de los alumnos hacia la profesora. Los gemelos estaban muy enfadados, pues había prohibido los productos Weasley, al igual que otras tantas prohibiciones más. El ministro de magia la había nombrado Suma Inquisidora y, aparte de seguir aumentando las prohibiciones, empezó a evaluar a los profesores.

—Llevo trabajando aquí… dieciséis años. No puede despedirme —seguía diciendo la profesora Trelawney rodeada de sus maletas.

Umbridge le dirigió una sonrisa, para nada cariñosa, y se acercó un paso a ella.

—En realidad sí. Como Suma Inquisidora, tengo el derecho de censurar a los profesores de esta escuela.

En ese momento apareció la profesora McGonagall por la puerta de la entrada, seguida del director que, al contrario que ella, se quedó cerca de ésta.

—Puede que tenga el derecho de cesar a los profesores —empezó a decir Dumbledore con un tono autoritario—. No obstante no tiene la potestad de expulsarlos del colegio.

Acto seguido la profesora McGonagall acompañó a Trelawney hacia el interior del castillo.

—Por ahora —susurró Umbridge para sí misma.

Harry, Ron y Hermione se encontraban escuchando la radio en la sala común, donde Fudge notificaba varias desapariciones ocurridas en los últimos días. Achacaba esas desapariciones a Sirius Black, el cual acababa de aparecer entre las brasas de la chimenea.

—Sirius. —Los tres amigos se acercaron al fuego que ahora adoptaba la cara del animago.

—Harry, ¿cómo van las cosas en Hogwarts? ¿Umbridge no os ha obligado aún a combatir híbridos? —preguntó con un tono irónico. Entonces cambió de expresión al ver que los chicos no sonreían.

—Sirius, está desapareciendo gente.

—Lo mismo ocurrió la última vez. —Ahora tenía una mueca de enfado— Y el Ministerio… piensan que Dumbledore está reclutando fuerzas para hacerse con el Ministerio —dijo elevando un poco la voz.

—¿Reclutando fuerzas? ¿Piensan que está haciendo un ejército? —Harry suspiró cuando su padrino asintió— ¿Qué debemos hacer? —El chico no obtuvo respuesta pues Sirius se había sobresaltado y desapareció.

Antes de que la llama se apagara, una mano sobresalió del fuego y volvió a desaparecer. Era rechoncha y con feos anillos en los dedos; era la mano de Umbridge. Como si hubiera sabido que allí estaba Sirius. Harry quería irse a la cama ya, pero Hermione se había levantado, cavilando.

—Debemos aprender a defendernos solos. —Hermione con los brazos cruzados caminaba por la sala. —Y si Umbridge no nos enseña cómo, necesitamos a alguien que lo haga. —La castaña miró a Harry, que percibió la petición en la cara de la chica.

Los tres amigos habían decidido actuar rápido y se dirigían a Cabeza de Puerco para reclutar alumnos. Habían llevado a Jade con ellos sin decirle para qué, pues necesitaban que ella se les uniera. Una vez allí, entraron y fueron a una sala donde, para sorpresa de todos, estaba llena de alumnos.

—¿Qué hace toda esta gente aquí? —preguntó Jade mirando a todos los presentes, entre ellos los gemelos, Ginny incluso Luna y Neville, que se habían acomodado en esa pequeña habitación.

—Será mejor que te sientes —le contestó Hermione mientras ella y Harry se dirigían al frente de todos.

Jade se sentó junto a Ron y, desconfiada, esperó para escuchar a sus amigos.

—Bien, ya sabéis porqué estáis aquí —empezó diciendo Hermione—. Necesitamos un profesor para que nos enseñe a defendernos de… de Voldemort.

Se escucharon varios murmullos que fueron acallándose al ver a Jade levantarse y dirigirse a Harry.

—¿Podemos hablar fuera? —preguntó la morena en susurros a sus tres amigos. Los cuatro salieron de la habitación dejando confusos a los estudiantes.

Jade se paró en seco y miró con enfado a cada uno. Realmente estaba muy enojada con ellos por no haberle explicado sus intenciones y haberla arrastrado hasta allí.

—¿Por qué no me habéis dicho que pensabais reclutar un nuevo ejército?

—No quer… —intervino Harry, pero fue cortado por la chica.

—Harry, no puedo apoyarte en esto —dijo la morena bajando la vista.

Harry no pudo evitar irritarse al escuchar de nuevo la negativa de la chica. No entendía porqué no lo apoyaba, porqué no luchaba como lo hacía él. Tampoco le gustaba ser el centro de los cuchicheos pero sabía que tenía que defender la verdad y no dejar que Voldemort ganara fuerzas mientras el mundo mágico no hacía nada para impedirlo.

—Cobarde —soltó Harry descargando su frustración en esa palabra. Jade alzó la cabeza y miró con rabia al chico.

—Claro, al fin y al cabo soy Slytherin, ¿no? —Hermione intentó decir algo pero la morena la acalló. —No Hermione. Está todo claro —dicho eso se giró y se marchó.

Harry, Ron y Hermione decidieron seguir adelante con la reunión, debían posponer aquello para más tarde.

Jade caminaba deprisa hacia el castillo. No se podía creer que le hubieran hecho eso. Tal vez ya sabían que se iba a negar a ir y por eso no se lo habían dicho. Por Merlín, estoy delirando, pensó la chica. Ella sabía que sus amigos no eran así y entendía el enfado de Harry; era cobarde cuando tenía que ser más valiente que nunca. Pero con una buena razón, sino ella sería la primera en hechizar a la Inquisidora. Si la descubrían yendo en contra del Ministerio estaría perdida, pues la alejarían de sus amigos, de su familia, de Sirius… Por eso no valía la pena arriesgarse.

Necesitaba hablar con alguien ajeno a todo eso y sólo le venía a la cabeza un nombre: Sirius Black. Él era al que acudió el año pasado en Navidad, fue él el que le hizo entrar en razón respecto a hablar con Harry y el primero que le insistió en volver a Hogwarts. Él la entendía.

No podía salir del castillo pero sí usar una chimenea. Por eso corría hacia las mazmorras, al despacho de Snape.

Llegó y, tras asegurarse de que su padre no aparecería, introdujo su cabeza en la chimenea e hizo que apareciera en el Cuartel de la Orden.

Sirius estaba sentado frente a su chimenea mientras leía El Quisquilloso, cuando sin previo aviso apareció la cabeza de Jade entre las brasas.

—¿Jade? —El animago se acercó a la "cabeza" mientras dejaba el periódico sobre el sofá y se arrodillaba en el suelo— ¿Qué haces aquí?

—Necesito tu ayuda —la voz de la chica sonó triste, pese a haber intentado lo contrario.

Le contó la conversación que tuvo con el ministro, la profesora Umbridge y Dumbledore, y que sería juzgada ante el Wizengamot si daba indicios de ir en contra del Ministerio.

Sirius suspiró cuando Jade acabó de contarle todo y se sentó delante de ella en el suelo. La chica lo miraba expectante, esperando sus palabras, su opinión respecto a todo.

—Debes decírselo a tus amigos. —Vio el rodamiento de ojos de la chica y añadió: —Pensarán que eres una cobarde.

—Pero es que me da igual que crean eso. Lo que pase entre el Ministerio y yo es mi problema, a ellos no les incumbe —protestó la chica sacando un poco más la cabeza de la chimenea.

—¿Y por qué a mí sí me incumbe? —Jade abrió la boca pero volvió a cerrarla, sin saber qué responder— Cuéntaselo, te entenderán.

La chica suspiró, dándole la razón; siempre la tenía. Tras unos segundos asintió y se dispuso a marcharse.

—Jade, ¿Harry está bien? —preguntó el mago preocupado.

—Claro. Al menos lo lleva mejor que yo —añadió un poco más bajito.

—Está bien. Sólo una cosa más: no dejes que Umbridge te manipule.

Sirius se levantó apoyando las manos en sus rodillas y se encaminó hacia la puerta. Jade suspiró una vez más y retrocedió sentándose en el suelo. "Cuéntaselo, te entenderán", esas palabras se repetían en su cabeza. Debía hacerlo.

Era domingo por la mañana y Jade acababa de despertarse, aunque fuera muy temprano, a causa de los nervios. Sus compañeras de dormitorio todavía dormían, pero como no le importaba que se despertasen se metió en el baño para ducharse. Se relajó en la ducha, dejando de pensar en el próximo encuentro con sus amigos.

Cuando salió, encendió la luz de la habitación haciendo que Pansy, Daphne y Millecent se removieran en sus camas, tapándose la cabeza con las sábanas. Después de vestirse, salió a dar una vuelta por los terrenos del colegio hasta la hora del desayuno.

De camino al Gran Comedor prestó atención a un nuevo cartel colgado en la pared que daba a la entrada. Estaba junto al de la prohibición de los productos Weasley y citaba: "Toda organización estudiantil queda proscrita". Jade suspiró al recordar que sus amigos estaban organizándose para practicar los hechizos defensivos y ahora les costaría más. La chica volvió a suspirar al sentir de nuevo las ganas de poder participar en lo que sus amigos estaban organizando.

Entró mirando en dirección a la mesa de los leones, donde pudo distinguir a tres personas hablando muy cerca. Se acercó lentamente a ellos y, en cuanto se percataron de ello, se giraron para verla. Jade se detuvo, intentando tener seguridad en su mirada.

—Tengo que deciros algo importante. —Esperó a que sus amigos le prestaran toda la atención. Después se sentó junto a Ron, teniendo a Harry y a Hermione delante. —Siento haberme ido de aquella manera —añadió antes de contarles lo más importante—. No puedo formar parte en lo que estáis organizando porque… el ministro me ha amenazado con llevarme a Azkaban.

Jade suspiró y esperó la reacción de los chicos. Pero estos sólo tenían cara de confusión.

—El ministro me amenazó con juzgarme ante el Wizengamot si tenían pruebas de que iba en contra del Ministerio —aclaró la chica.

—¿Qué? No pueden… ¿Por qué no nos lo dijiste antes? —Harry empezaba a comprender el comportamiento de Jade, pero no entendía el silencio de ella hasta ahora.

—Yo… bueno… no quería preocuparos.

—Eres tonta —Ron miraba a la chica mientras negaba con la cabeza.

—Tendrías que habérnoslo dicho Jade —dijo ahora Hermione.

—Lo sé. Pero espero que ahora me entendáis.

Ya llevaban unos cuantos días practicando el hechizo expelliarmus en el ED -nombre impuesto para darle título al grupo de estudiantes que aprenden a defenderse- y, aunque podía ser uno de los hechizos más fáciles, a Neville no le salía. Jade escuchaba cómo hablaban sus amigos en la sala común de Gryffindor sobre las prácticas de aquel día e intentaba concentrarse en el libro que tenía sobre el regazo.

—No te preocupes Harry, estás haciéndolo muy bien. Los hechizos no se aprenden de un día para otro.

Hermione seguía animando al chico, pues muchos integrantes del ED no avanzaban, aunque tan sólo llevaran una semana de reuniones. El lugar, le dijeron a Jade, lo había sugerido Dobby, el elfo doméstico que liberó Harry que ahora trabajaba en las cocinas, y era un lugar conocido por pocas personas. La llamaban la Sala de los Menesteres, la cual le ofrecía sus servicios a cualquiera que quisiera utilizarla.

Jade hablaba menos que nunca; primero, por estar siempre inmersa en sus pensamientos y, segundo, porque no podía opinar sobre las actividades a las cuales no asistía y que sus amigos comentaban siempre en voz baja cuando estaban solos. Por eso, lo único que se le ocurrió fue poder ayudar de manera externa.

Ahora estaba en un aula del cuarto piso que parecía abandonada, observando a Neville prepararse delante de ella. El chico estaba nervioso y la varita en su mano daba vueltas por el incesante movimiento de sus dedos sudorosos.

—Neville, no te preocupes. Si no te sale bien, podemos intentarlo una y otra vez. No me iré hasta que no quieras tú —lo animó Jade bajando su varita—. Ahora —continuó alzándola de nuevo tras un intercambio de miradas—, inténtalo de nuevo.

Neville suspiró y se relajó un poco para dejar de temblar. Podía confiar en ella, no se reiría de él, era su amiga y no le haría daño si le salía mal el hechizo. Volvió a suspirar y, concentrándose, apuntó a Jade con su varita.

Expelliarmus —exclamó sin convencimiento. Jade suspiró al comprobar que todo seguía en su sitio.

—Tienes que confiar en ti. Tienes que sentir que puedes hacerlo, porque puedes hacerlo. Tu poder no es inferior al mío, es más, tú tienes más poder que yo y que cualquier otro mago. Sólo tienes que pensarlo y no seré más que un estorbo.

No pudo seguir diciéndole más palabras de apoyo, pues unos pasos se habían detenido ante la puerta. Jade reaccionó de inmediato: corrió sin hacer ruido hasta llegar a Neville y se abrazó a él. Le susurró que hiciera lo mismo y el chico obedeció un poco confuso. Jade estaba asustada, pues podía ser Umbridge y si descubría que estaba ayudando a Harry de alguna manera… No quería ni pensarlo.

La puerta se abrió, iluminando la habitación, porque Jade había querido tomar todas las precauciones y no encender la luz para no llamar la atención del que pasara por el pasillo.

—Salid. Seáis quienes seáis, no podéis estar aquí.

Jade sintió una punzada de rabia al percatarse de que era Draco que estaba esperando a que salieran. La chica cogió de la mano a Neville y lo arrastró tras ella para salir de allí. El rubio se sorprendió al ver quienes eran, pero después cambió su expresión a una malévola.

—Sé que no estabais haciendo lo que quieres que crea que estabais haciendo —dijo Draco inclinándose hacia el cuello de Jade cuando Neville estaba más alejado—. Así que lleva cuidado con lo que haces porque te estaré vigilando.

La morena siguió su camino sin siquiera mirar al Slytherin y alcanzó a su amigo. Éste vio la expresión seria de la chica y no quiso preguntar nada.

Harry seguía avanzando las prácticas del ED y Neville parecía más agobiado por momentos. Ahora debían saber utilizar el hechizo desmaius y algunos todavía no controlaban el primero.

Un tiempo después de empezar con el Ejército de Dumbledore, decidieron organizarse de distinta manera, pues Filch los vigilaba a toda hora por orden de Umbridge. Por eso, Hermione había inventado un método para poder contactar con los miembros de ED sin tener que hablar con ellos.

—La idea surgió de la forma en que los mortífagos acuden a la llamada de Voldemort. —Metió la mano en su mochila y extrajo una bolsita con muchos galeones, sacó una y se la mostró a los chicos. —En la cara hay grabados unos números, los cuales cambiarán cada vez que programemos la hora de las reuniones. Cada vez que esto ocurra, los galeones quemarán para que así podamos saber que han cambiado.

Hermione sonrió más al ver la alegría de Harry y Ron. Le repartió una moneda a cada uno y después miró a Jade, borrándosele la sonrisa. Metió la mano en la bolsita y extendió la mano hacia la morena.

—Aunque no puedas venir, me parece injusto que te tengamos excluida de todo este asunto —dijo la castaña un poco más seria.

Jade no se lo esperaba y, aunque habría querido levantarse y abrazarla, asintió y sonrió, pues no le parecía oportuno dar a conocer sus emociones en ese momento, en medio de la sala común de Gryffindor.

Pocos días después, Umbridge había ordenado colgar otro cartel en la entrada donde se pedía que todos los alumnos fueran a su despacho para ser interrogados. Unas horas después se podía ver una fila de alumnos que llegaba hasta el despacho de la Suma Inquisidora.

Jade intentó evitar el encuentro con Umbridge pero a la profesora no la paraba nadie. Tanta era su obsesión que decidió llevarse a la chica en una de sus clases para interrogarla. Pero no fue tan dura como Jade había esperado; simplemente le repetía una y otra vez la amenaza del ministro. No volvió a molestarla hasta que un nuevo cartel apareció junto a los muchos otros.

—No me lo puedo creer, ¿en serio te dijo eso? —Hermione no podía creérselo todavía.

—¿Qué te dijo quién? —preguntó Ron que acababa de llegar junto a Harry a la mesa de Gryffindor.

—Umbridge me ha sugerido que me presente a la nueva Brigada Inquisitorial. —Vio las caras sorprendidas de sus amigos— Le he dicho que no.

—¿Por qué? De esa manera podrías confundirlos y así no nos encontrarían —sugirió Ron sentándose junto a Ginny que las había acompañado todo el rato.

—Ron, sería muy obvio. Ella es nuestra amiga y aunque no actúe contra Umbridge —miró a Jade—, me refiero con el Ejército, —volvió a mirar al pelirrojo— sería muy extraño que colaborara en delatarnos.

El chico asintió y empezó a comer, mientras Harry se sentaba junto a Jade. En ese momento pasó Angelina por detrás de ellos para ir a sentarse junto a Fred y George, lo que le recordó a Jade el partido de quidditch.

—Oye, ¿qué tal vais con los entrenamientos de quidditch? Veo que Angelina está muy seria. —Se percató de que Ron había dejado de comer.

—Pues está un poco nerviosa por el próximo partido. Es buena capitana, pero con Ron como nuevo guardián no sabe como pueda salir. —Miró ahora a su amigo— Pero sé que lo va a hacer muy bien. Por cierto —dijo Harry mirando de nuevo a la morena—, ¿por qué este curso no te has presentado a las pruebas de quidditch de Slytherin?

—Pues… no creo que estuviera en condiciones para jugar —contestó agachando la cabeza mirando su plato. Harry entendió lo que quería decir y dejó el tema.

Sus amigos hablaron también de cómo iban las clases cuando Neville se les unió y le sonrió a Jade tímidamente. Pero de inmediato volvió la seriedad a su expresión. A Jade le extrañó eso, pero luego recordó que llevaba unos días así, serio.

Ahora contaban los días por los que quedaban para el partido entre Gryffindor y Slytherin. Cada vez tenían menos tiempo para las reuniones del ED y, aunque había sucesos notorios en estas reuniones, sólo estaban pendientes de los entrenamientos de quidditch. Ginny había demostrado tener un gran poder cuando lanzó en hechizo reducto y se sorprendieron hasta sus hermanos. Este hecho hizo despertar la envidia de Jade, pues ella también podía hacer buenos hechizos; ella los había practicado desde que había estado en la escuela, en clases particulares con su padre.

También comentaban los nuevos hechizos, que Neville no conseguía lanzar bien, y lo bien que funcionaban los galeones de Hermione. Aparte de eso, también habían hablado de una amiga de Cho, que al parecer no tenía muchas ganas de participar en las reuniones. Según Harry, Cho le había dicho que Marietta Edgecombe, su amiga, estaba allí porque ella la había obligado a ir. Pero no confiaban en ella.

Neville seguía serio y a Jade ya le empezaba a preocupar. Por eso, antes de marcharse a su sala común se acercó a él y lo retuvo dejando que los demás subieran sin él a la torre de Gryffindor.

—Neville, últimamente te veo muy serio, ¿te pasa algo? ¿Te molestó algo que hice el otro día? ¿O…?

—¿Qué? No, no. Es que… He estado pensando en tus palabras de aquel día. Las de que tenía que creerme que puedo hacer bien las cosas. —Jade asintió, dándole a entender que sabía de qué hablaba— Mañana lo voy a volver a intentar en la reunión —dijo bajando la voz— y creo que lo voy a conseguir.

Jade sonrió por ese cambio de actitud del chico y ahora sentía que había ayudado a Harry y a sus amigos en algo.

Y en efecto, al día siguiente, en la sala común de Gryffindor, le contaron a la morena que Neville había conseguido lanzar el expelliarmus correctamente y que casi logra lanzar bien otro. Neville, que estaba allí, añadió que había sido gracias a Jade que se había esforzado en ayudarle y a esto Jade quiso darle los méritos al chico.

Fueron unas cuantas horas después que los miembros del equipo de quidditch de Gryffindor desayunaban todos juntos, escuchando los consejos de Angelina y las quejas de Ron. Ginny, a pesar de ser su primer partido, no parecía tan nerviosa como su hermano. También Hermione parecía nerviosa, pues como Jade, se había dado cuenta de las insignias de burla a Ron que los Slytherin llevaban en las túnicas. Draco había estado muy concentrado con Pansy en la sala común riendo durante varios días.

El partido fue un poco brusco, pues el equipo de Slytherin contaba con dos nuevos miembros: Crabbe y Goyle. No tenían mucha idea de jugar pero al ser tan grandes resultaban peligrosos. Ron no conseguía parar ninguna lanzada y cada vez se escuchaba más alta la canción dirigida a Ron por las serpientes.

Cuando por fin terminó, ganando Gryffindor por haber conseguido Harry la snitch, Draco se acercó a Ron y comenzó a decirle cosas horribles de sus padres. Hermione, Jade, Neville y Luna bajaron rápidamente junto a ellos y vieron cómo Angelina retenía a Fred y Harry a George. Pero antes de que pudieran ayudar, George y Harry corrían en dirección al Slytherin y se tiraban sobre él. Acto seguido, la profesora Hooch les lanzó un hechizo para detenerlos y los condujo hacia el castillo.

Draco tenía sangre en el labio y aún así tenía una sonrisa traviesa en la cara. Se levantó con la ayuda de Pansy, Crabbe y Goyle, y después se acercó un paso al equipo de Gryffindor.

—Deberíais controlar a esos animales. Aunque lo entiendo; Potter tuvo una madre sangre sucia y los Weasley —dijo mirando a Fred— os habéis criado como animales enjaulados.

Intentaban no escucharle, pero su voz sonaba con tanta repugnancia que era imposible no saber lo que decía. Jade quiso ir tras él y hechizarle, porque no tenía derecho a insultar a la que consideraba su familia y menos llamarle sangre sucia a alguien. Lo dejó pasar, también porque Hermione la agarraba por el brazo y la arrastraba hacia los terrenos del colegio.

Las semanas pasaron y Hagrid había regresado, ya que los chicos tenían su primera clase con él. Los alumnos de Gryffindor y Slytherin se agrupaban en el bosque para ver las criaturas que el guarda bosques les enseñaba. Pero la mayoría de los alumnos no veían nada, únicamente a Hagrid señalando la nada.

—¿Qué se supone que tenemos que ver? —preguntó Draco con cierta altanería.

—Thestrals. Son criaturas que sólo pueden ver aquellos que han visto la muerte —contestó Hermione mirando directamente a Malfoy.

—Asquerosa sangr… —empezó a decir el rubio.

—¿Herms tú los ves? —preguntó Jade para acallar al chico—. Son muy extraños.

Harry, Neville y Jade eran unos de los pocos alumnos que veían a esas criaturas aladas, con cierto parecido a unos caballos alados y esqueléticos.

Mientras que Hagrid intentaba describir el aspecto de los thestrals, apareció Umbridge con un bloc de notas y se dispuso a anotar cada palabra y movimiento, que según ella, le pareciera fuera de lo común. Hermione empezó a preocuparse, ya que las intenciones de la profesora no eran precisamente buenas.

Después de la clase, los cuatro amigos hablaron sobre la ausencia de Hagrid, pues éste les había contado que había ido a hablar con los gigantes para obtener su apoyo en la guerra.

Tan sólo quedaba una semana para las vacaciones de Navidad y cada vez había menos exámenes, aunque podían aprovechar para los entrenamientos del ED, tenían menos oportunidades para programar las reuniones porque la Brigada Inquisitorial estaba más pendiente. También había más peligro de que Harry se encontrara con Malfoy en alguno de esos momentos en los que debían disimular para no ser pillados y empezara otra pelea. Porque por la culpa del rubio, Umbridge había dejado sin quidditch para siempre a Harry, a George y a Fred (el cual Umbridge juzgó que también podía haber atacado a Malfoy).

Sólo habían podido hacer una reunión más antes de empezar las vacaciones y al parecer la habían sabido aprovechar mucho, sobretodo Harry.

—Estaba… llorando —seguía contándoles a sus amigos.

Harry, Ron, Hermione y Jade estaban sentados en la sala común de los leones, escuchando lo que le acababa de pasar a Harry.

—¿Llorando? ¿Tan malo eres? —dijo Ron mostrando una pequeña sonrisa mientras se imaginaba el beso entre su amigo y Cho .

—¿Es que no entiendes lo que debe estar sintiendo? —empezó diciendo Hermione— Triste por la pérdida de un amigo, agobiada por los exámenes que se acercan y no está estudiando nada, preocupada por el peligro de que la descubran y despidan a su madre del Ministerio…

—Puff, ¿y se queja de eso? —dijo Jade con una sonrisa irónica—. Yo también lo perdí, si me descubren haciendo algo que no debería puedo ir a Azkaban, y encima… —Jade se detuvo al sorprenderse de su propio pensamiento—. Bueno… eso, que no es como para llorar.

—¿Estás insinuando entonces que beso mal? —preguntó con una sonrisa Harry. A lo que los cuatro amigos empezaron a reír como hacía tiempo que no hacían.

Esa noche Harry Potter despertó sobresaltado, pues ese sueño había sido demasiado real…

Se deslizaba por el suelo sobre una superficie lisa y negra, dirigiéndose al final del pasillo donde se encontraba una puerta también negra con el pomo y el arco dorados. Siseaba y distinguió un olor a metal muy cerca. Logró cruzar el umbral de la puerta, ingresando en una sala con el suelo metalizado y áspero. Siguió el olor a carne, sudor y tela hasta un largo pasillo rodeado de esferas azuladas que desprendían una luz blanca casi cegadora.

El hombre estaba parado delante de una estantería observando una de las esferas, cuando con un seco movimiento atacó a Arthur Weasley dejándolo herido sobre el suelo. El animal siguió abalanzándose sobre el sangriento cuerpo del mago.