Había empezado el tercer mes del año; marzo entraba con el mismo frío de los anteriores meses. Jade desayunaba en la mesa de las serpientes, junto a Draco, y levantaba la vista hacia las otras mesas sólo por hacer algo y no mirar los ojos grises del chico. Miró, por costumbre, hacia un extremo de la mesa de los leones y se extrañó al comprobar que ni Harry ni Ron estaban allí, sólo se encontraba Hermione y parecía tan confusa como ella.
—¡Hermione! Tienes que venir. Mi hermano está en la enfermería.
Jade intentó prestar atención a lo que la pelirroja decía pero sólo escuchó esa frase antes de que las dos chicas salieran corriendo escaleras arriba. De inmediato siguió a Draco hacia las mazmorras para que no se diera cuenta.
Llegaron a la sala común y cada uno entró en su habitación. Era sábado, pero habían cancelado la excursión a Hogsmeade, así que pasarían el día allí. Jade se encontró a Pansy en la habitación, pero sólo cruzaron una mirada y salió de nuevo a la sala común. Allí estaba Theo.
—Hola, que raro no verte con Malfoy. —La chica sonrió pero al mismo tiempo frunció el ceño—. No hace falta ser adivino para saber lo que pasa.
—No sé a qué te refieres —eludió la chica sintiendo un poco de vergüenza al saber que se le notaba tanto—. ¿Dónde vas? —preguntó al ver que el chico esperaba a alguien, pues estaba de pie junto a la puerta e iba más arreglado de lo normal.
Theo no dijo nada, pero sí señaló con la mirada algo o a alguien que se encontraba detrás de Jade. La chica se giró y quedó sorprendida.
—Adiós Jade. Nos vemos después —se despidió el chico mientras le abría la puerta a Pansy Parkinson y la seguía al pasillo.
Después de convencerse de que había visto lo que había visto, cayó en la cuenta de que era cierto: Draco no estaba allí. Tampoco estaba en su cuarto porque la puerta estaba entreabierta y no se veía a nadie allí. Ya le había pasado lo mismo varias veces desde hacía unas semanas.
Durante los días siguientes le llegó la noticia de que Ron había sido envenenado y que Harry lo había salvado con un bezoar, como el que utilizó en una clase de Pociones. Y allí se encontraba, frente a la puerta de la enfermería debatiéndose entre entrar o no. Por una parte deseaba saber si Ron estaba bien, al fin y al cabo, aunque ahora estuvieran enfadados, ella se preocupaba por ellos. Pero por otra parte no podía entrar sin más; todavía le dolía recordar aquel día en que le dijo eso a Hermione y no quería echar por tierra el sacrificio. Sabía que no faltaba mucho para encontrarse con Voldemort y darle una respuesta.
Se paseaba de un lado a otro frente a la puerta esperando al menos que Madame Pomfrey saliera y le informara. En ese momento alguien salió, pero no era la enfermera.
Una pelirroja miraba fijamente a Jade, la cual se había quedado estática frente a ella. Tras unos segundos incómodos, Ginny dio un paso hacia la morena.
—Se encuentra bien —dijo la pequeña de los Weasley que, sin decir nada más, se marchó.
Ginny supo, en el momento en que vio a Jade, que sus sospechas eran ciertas. La conversación que escuchó en los pasillos entre Jade y Malfoy daba explicación al comportamiento de la morena con sus amigos y su hermano. Y al verla preocupada por Ron todo encajó como un rompecabezas.
Acababan de salir de otra clase de Aparición, pero sin tener resultados satisfactorios. Alguno había conseguido llegar al aro, aunque se había dejado la mitad de su pierna atrás. Jade ni siquiera había visto moverse un pelo de su cabeza, mientras Hermione, unas cuantas filas por delante, casi parecía haber desaparecido. Draco tampoco parecía muy convencido de su progreso, pero últimamente no podía decirse que estuviera preocupado por eso, sino que siempre tenía un aspecto enfermizo y no prestaba atención a nada ni a nadie.
Draco y Jade caminaron hacia las mazmorras sin cruzar palabra; a decir verdad, hacía tiempo que no hablaban. Pero en uno de los pasillos vieron cómo Harry, Ron y Hermione caminaban hacia ellos. Jade sonrió por un momento al ver que Ron ya estaba del todo bien al igual que Harry, al cual McLaggen había malherido en el anterior partido de quidditch, pero pronto borró la sonrisa y su cuerpo se tensó al ver la fría mirada de Hermione.
—¿Qué pasó con ellos? —preguntó Draco una vez que pisaron la sala común.
Jade se giró para mirarlo, pero desvió sus ojos de los de él al recordar aquella noche en que se besaron.
—Nada —contestó sentándose en el sofá.
Al poco, sintió cómo Malfoy se sentaba a su lado.
—No creo que lloraras por nada.
Jade no contestó, con la mirada fija en las llamas de la chimenea.
—¿Por qué no me lo cuentas? ¿No te despegas de mí en todo el día y no eres capaz de contarme lo que te pasa?
—¿Y desde cuándo te importa? Y yo no voy pegada a ti, eres tú el que…
—Vamos Prince, no digas mentiras. Vale que te dijese que quería ser tu amigo, pero parece que estemos saliendo juntos, no me dejas ni un momento. —Draco pretendía hacerla rabiar y que se olvidara de los problemas que pudiera tener, como le pasaba a él. A mi no me importa que esté triste pero así no me deprime a mí. Eso, todo lo hago por mí, pensaba el rubio que últimamente se preocupaba demasiado por el estado de la chica.
—¡¿Cómo te atreves?! Yo… yo no… —la chica bufó exasperada.
—Admite que en el fondo te gusta estar conmigo —bromeó Malfoy acercándose a la chica.
—Claro —ironizó Jade mirando esta vez al rubio—. Prefiero estar con Theo, gracias.
—¿Ah, si? —dijo Draco acercándose peligrosamente a la cara de la chica.
Jade se quedó quieta mirando esos ojos grises que cada vez veía más cerca. Su cuerpo reaccionaba involuntariamente, sintiendo el deseo de recorrer la distancia que había entre sus bocas y saciar esas ganas de besarlo que tenía desde aquel día.
Draco sólo lo había hecho para retarla, pero tenerla tan cerca le nublaba la razón y en lo único que podía pensar era en tenerla sólo para él y poder repetir el último beso que compartieron.
Sin decir nada sus rostros estaban cada vez más cerca, ambos sabían que volvería a pasar y no iban a hacer nada para impedirlo. Salvo que los interrumpieran…
—No sé cómo lo has hecho, yo no me he movido del sitio —decía Parkinson mientras entraba a la sala común.
—No es tan difícil. Sólo tienes que… —Theo se calló cuando miró cómo Pansy fruncía el ceño. Siguió la mirada de la chica y descubrió lo que Pansy miraba: Draco y Jade muy cerca el uno del otro mirando a los recién llegados.
—Hola —saludó Nott al ver que nadie decía nada.
Pansy cruzó la sala como un rayo y se metió en la habitación con un portazo.
—Hola Theo —dijo Jade separándose de Draco todo lo que pudo y haciendo como que no pasaba nada.
El chico decidió no interrumpir más y se metió por la puerta de su habitación. Draco se levantó del sofá y, tras mirar a la chica, se encaminó hacia la misma puerta por la que había desaparecido el castaño. Jade pensó que Pansy no querría verla, así que se quedó un rato más, prefería estar sola.
Las clases pasaban rápidamente al igual que los días y sin darse cuenta habían dejado marzo atrás y la mitad de abril también. Las vacaciones de pascua no fueron gran cosa; Jade las pasó en el castillo junto a muchos otros alumnos, como Draco. Los exámenes se sucedían sin mucho interés para la chica, pues todavía tenía presente que debía encontrarse con Voldemort y cada vez quedaba menos.
A lo largo del mes pasado y de éste, los alumnos que ya tenían diecisiete años o los cumplían dentro de poco, podían ir cada sábado a Hogsmeade a las clases particulares de Aparición. Pero ya había llegado la hora porque estaban a veintiuno de abril y las clases de sexto curso estaban casi vacías.
Jade había deseado suerte a Theo antes de verlo seguir a los demás alumnos junto a Pansy.
—¿Sois demasiado jóvenes para examinaros? —preguntó el profesor Slughorn mientras guardaba unos libros en el armario.
No se había percatado de quiénes eran los cuatro alumnos que hoy compartían su clase y al hacerlo se le borró un poco la sonrisa. Detrás de dos mesas se repartían cuatro jóvenes: Harry y Ernie en una y Draco y Jade en otra.
—Bueno, señor, y ¿qué haremos hoy? —alzó la voz el alumno de Hufflepuff, Ernie.
—Eh, sí, hoy quiero que me sorprendáis —concluyó un poco más confiado y con una sonrisa más grande.
Y, tras protestar un poco sobre en qué consistía eso de "sorprenderlo", se pusieron manos a la obra. Jade pasaba las hojas de su libro lentamente mientras miraba de reojo a Draco que parecía pasarlas más lentamente. Observó también que Harry estaba despistado, pues lo pilló mirando a Draco. Entonces sus miradas se encontraron; hacía tiempo que no se miraban a los ojos. Jade sintió un súbito sentimiento de anhelo, deseaba ir hacia su amigo y abrazarlo. Pero sabía que no debía.
El rubio notó ese cambio en la chica e intentó detenerlo.
—¿Qué poción vas a hacer? —la sobresaltó mientras intentaba interponerse entre los dos jóvenes.
Ella entendió enseguida lo que pretendía y no quiso protestarle. Suspiró y miró un segundo los ojos grises del chico antes de seguir buscando una receta de poción.
La clase no tuvo nada de especial, a menos que se cuente escuchar los constantes halagos que Ernie le hacía al profesor.
Draco y Jade salieron de la clase al darle un frasquito con la poción al profesor pero se fijaron en que Harry se retrasaba un poco para hablar con él. Los Slytherin intercambiaron una mirada y siguieron su camino.
Más tarde, disfrutando de los despejados jardines, Jade no se daba cuenta de la presencia del rubio a su lado mientras caminaba. Iba mirando el suelo, recordando esa mirada de la clase de Pociones. Hacía tanto tiempo que no estaba con ellos que era como si no lo hubiera estado nunca. Se había apoyado tanto en Draco, como amigo, como algo más de lo que habían sido nunca, que se había olvidado de lo que habían sido esos tres Gryffindor para ella durante tanto tiempo. No sabía cómo ni por qué había aguantado tanto tiempo lejos de Harry, de Ron, de… Hermione.
—Mañana tenemos entrenamiento de quidditch, pero necesito que me des una clase particular de Transformaciones.
Jade supo que eso había sido un comentario para romper el silencio o para sacarla de sus pensamientos. Él se había dado cuenta de esa mirada entre Harry y Jade en la clase y gracias a él no había echado el plan a perder.
Habían llegado a la sala común y vieron que estaba más llena de lo que lo había estado hacía unas horas. No había conversaciones agitadas ni caras totalmente alegres; eran de Slytherin y sabían que si se lo proponían lo conseguirían. Jade buscaba a Theo y lo encontró con Pansy.
—Hola Theo —saludó Jade acercándose a él—. ¿Qué tal el examen?
—Superado —contestó orgulloso—. Ha sido fácil.
—Será para ti porque a mi me cuesta mu… cho —terminó diciendo la morena mirando cómo Pansy se levantaba sin decir nada y se marchaba de la sala común junto a Daphne y Millecent. —Ahora que lo recuerdo, ¿Parkinson y tú…?
Theo sonrió, pero antes de contestarle, ambos se giraron para mirar cómo Malfoy, junto con Crabbe y Goyle, desaparecían tras la puerta.
—¿Se puede saber dónde va ahora? —susurró Jade para sí misma, pero Theo la escuchó perfectamente.
—¿Y a ti qué te pasa con Draco? —preguntó el chico con media sonrisa.
—¿Qué? ¿A qué te refieres? —preguntó sin saber qué otra cosa decir.
—La verdad es que está bastante claro. —Jade lo miró expectante. —Te gusta Draco pero no sabes lo que siente él por ti. ¿He acertado?
—Yo no… —desvió la mirada de Theo y tras una pausa confesó—: Nos besamos.
—Pero eso es algo normal en vosotros, ¿no? —Jade lo fulminó con la mirada y Nott empezó a reír. —Vale. Deberías hablar con él y decirle lo que sientes.
—¿Cómo hiciste tú con Parkinson? —dijo con una sonrisita.
—Será mejor que me vaya —contestó Theo levantándose.
—No es justo, yo también quiero saber de ti.
El chico se giró, le guiñó un ojo y salió de la sala común.
En el campo de Quidditch se congregaban los alumnos en las salidas después de haber presenciado el partido de Slytherin contra Hufflepuff. Había sido intenso, pero al final las serpientes habían logrado sacarle ventaja a las demás casas. Por eso, en el vestuario de Slytherin, los jugadores cantaban y reían, algunos burlándose de los otros equipos.
—¿Viste la cara del guardián?
—Ese golpe se le quedará grabado para siempre.
Y reían todavía más.
Jade tenía una gran sonrisa en la cara, dando y recibiendo estrechamientos de mano y palmadas en la espalda. Pero no encontraba a Draco, el buscador, el cual se merecía casi toda la gloria del partido. Después de recorrer la sala repetidas veces, lo encontró en un rincón sentado en una silla con aspecto cansado y nada feliz.
—¿Qué haces aquí? Deberías estar contento. ¡Hemos ganado! Sólo queda ver el resultado del próximo partido. —Pero al ver que sólo suspiraba, se acercó más—. ¿Qué te ocurre?
Entonces el chico se puso en pie y antes de marcharse dijo en un murmullo:
—Esto es una pérdida de tiempo. No debería haberme metido en el equipo.
Jade se sorprendió por esa reacción, pero no le dio tiempo a reaccionar porque los jugadores empezaron a salir a los jardines de camino a la sala común, como si Draco los estuviera guiando. Pero el chico ya no estaba allí.
Era la hora de cenar y, aunque el ambiente que había reinado en el vestuario había desaparecido, todavía se escuchaban algunas burlas hacia las otras casas.
Jade estaba en la puerta de roble, mirando hacia el interior del Gran Comedor, esperando de una forma u otra a que el rubio llegara. Se había fijado en que ni Harry ni Ron ni Hermione estaban sentados en la mesa de Gryffindor, lo que le extrañó. Enseguida tuvo un mal presentimiento y decidió no entrar; cambió de sentido y subió las escaleras que cambiaban de dirección.
Pasó por delante del retrato de la Señora Gorda que custodiaba la torre de los leones, pero no se detuvo. Hacía tiempo que se estaba preguntando dónde pasaba Draco tantas horas fuera de las mazmorras y sin saber por qué se encontró en el pasillo del séptimo piso.
—¿En la Sala de los Menesteres? —se preguntó en voz alta sonando incrédula.
La morena se acercó a la pared donde el año pasado había estado una gran puerta secreta, pero escuchó algo que la distrajo de su destino. El ruido venía del final del pasillo que daba a un baño casi sin utilizar. Decidió acercarse a paso ligero y abrir la puerta.
—¡Cruci…!
—¡Sectumsempra!
A continuación, lo único que se distinguía allí era el color rojo de la sangre. Draco había caído de espaldas al suelo y en su pecho se veían dibujados varios cortes profundos. Parecía como si todo se hubiera paralizado.
—No… Yo no…
Harry había soltado su varita y caminaba hacia el chico. Se arrodilló junto a él y se quedó parado sin saber qué hacer. En ese momento, Jade despertó de su letargo y corrió para casi caer encima de Draco. Sangraba mucho, pero podría hacer algo. Acercó su varita a las heridas y empezó a recitar aquellas palabras que hacía tanto tiempo le había enseñado su padre. Funcionaba, pero seguía perdiendo mucha sangre.
—No… Draco, no… —susurró cuando vio que el hechizo no servía. Las lágrimas le nublaban la vista y no podía tragar.
Harry parecía no estar allí, pero Jade no quiso pedirle ayuda porque si le decía algo desataría su furia.
Severus entró al baño mirando sólo al chico que seguía sangrando; estaba muy pálido. Apartó a los dos jóvenes y recitó las mismas palabras que había utilizado Jade. Poco a poco las heridas empezaron a cerrarse y la sangre dejó de salir. Una vez terminó de pronunciar el hechizo, Snape levantó a Draco con la ayuda de Jade.
—Llévalo a la enfermería. Si se dan prisa puede que no le queden cicatrices —indicó el ex-profesor de pociones mirando a su hija—. Y tú, Potter…
Jade no pudo escuchar lo que decía su padre porque sin perder el tiempo había salido rumbo a la enfermería, no sin antes mirar con odio a Harry.
Draco se apoyaba en ella rodeando sus hombros mientras que la morena lo sujetaba por la cintura. No hablaron durante el camino y pronto se encontraba tumbado en una de las camillas bebiendo el díctamo que le dio Pomfrey.
Jade estaba frente a él, todo su cuerpo temblaba. Severus ha dicho que se pondrá bien. No le va a pasar nada. No se va a… Sus pensamientos hicieron que una lágrima se escapara y rodara por su mejilla.
—Tranquila, esta poción lo dejará como nuevo —apuntó la enfermera al ver el estado de la chica—. Ahora descanse y duerma un poco —dijo mirando al rubio que no le prestaba atención—. Y usted —se giró para ver a la morena—, puede quedarse hasta la hora permitida. Pero cámbiese primero.
Jade se miró y vio que estaba mojada y tenía restos de sangre.
Sin decir nada más, Pomfrey salió de la enfermería dejando a los dos en absoluto silencio y mirándose fijamente.
—Vete —ordenó Malfoy en un tono más débil del que quería.
Jade se sorprendió al escucharlo, pero, sin cambiar la expresión de su cara, salió de la enfermería. Malfoy no se esperaba que fuera a hacerle caso, pero prefería que no lo compadeciera.
Unos minutos después la puerta de la enfermería volvía a abrirse; por ella entraba una persona que, sin decir nada, se sentó en la silla que había al lado de la camilla y sacando un libro empezaba a leerlo.
—¿Se puede saber qué haces? —preguntó Draco.
—Lo que quiero hacer —contestó Jade sin levantar la vista del libro—. Deberías dormir, así la poción tendrá más efecto.
Malfoy la miró y bufó sabiendo que no podría convencerla. Minutos después, los ojos del rubio se cerraron sin poder evitarlo.
La chica apartó los ojos del libro para mirar a Draco mientras dormía. Sonrió al saber que ya estaba fuera de peligro y, cuando alargó la mano para apartarle un mechón de pelo, Severus entró a la enfermería.
—Vamos Jade, ya deberías estar en tu habitación —dijo el profesor.
—Quiero quedarme con él —contestó la chica levantándose de la silla.
—No. Además quiero hablar contigo en mi despacho antes.
Miró a la morena una vez más y, tras asegurarse de que lo seguía, caminaron hasta las mazmorras.
Snape cerró la puerta una vez hubo pasado su hija y la hizo sentarse. Él hizo lo mismo y apoyó sus codos en la mesa para después mirarla fijamente a los ojos.
—¿De qué quieres hablar? —preguntó Jade para romper el silencio que se había formado.
—He visto que has conseguido alejarte de tus amigos tal y como te sugerí.
La morena asintió.
—Bien. Pues es hora de que sepas algunas cosas. —Severus hizo una pausa para poder ordenar las ideas en su cabeza y prosiguió:— El día que fuisteis al Ministerio, Potter escuchó una profecía; una profecía creada para el Señor Tenebroso. En ella nombraba que alguien nacido en el séptimo mes será el elegido que acabará con el Señor Oscuro. Él mismo le dio ese lugar a Potter.
—¿Harry? —Jade tenía los ojos muy abiertos intentando analizar cada palabra del profesor.
—Sí, Harry Potter. La profecía decía que uno no podrá vivir mientras el otro siga con vida.
Severus hizo una pausa para darle tiempo a la chica antes de seguir.
—Pero… pero eso significa que… que lo que me prometió el Señor Tenebroso no puede cumplirlo —Jade miró a su padre para ver cómo asentía—. ¿Entonces? No entiendo nada. Si sabías todo esto, ¿por qué dejaste que me separara de Harry? ¿Por qué no me lo contaste antes?
—Porque soy espía.
Jade abrió la boca sin poder creer lo que oía.
—En realidad soy doble espía. El Señor Oscuro cree que estoy de su parte y que le proporciono información sobre Dumbledore. Pero en verdad soy espía de Albus y cumplo sus órdenes.
—¿Qué? ¿Cómo? Tú no… ¿Espía de Vold…?
—Sabes que fui mortífago. Él todavía cree que lo soy.
Jade se había levantado de la silla y caminaba de un lado para otro frente a Severus.
—Esto no puede ser —susurró abatida.
—Pues eso no es todo —continuó Snape—. La profecía nombra a alguien más. Dice que una tercera persona será crucial en la victoria; una persona nacida a un mes de diferencia del elegido.
La chica lo miró y se llevó la mano a la boca, mientras negaba con la cabeza.
—Yo… yo nací… —Cerró los ojos durante unos segundos—. ¿Hay algo más que deba saber?
—Sí. —Severus esperó a que ella lo mirara—. Verás…
Jade estaba tumbada boca bajo sobre su cama. Su cabeza no dejaba de dar vueltas pensando en todo lo que le había dicho su padre. Toda la información se agolpaba en su cabeza sin dejar que cayera en el sueño. Se levantó al ver que ya podía bajar a desayunar; si terminaba pronto podría ir a ver a Draco antes de las clases.
Era viernes y los alumnos hacían planes para ese fin de semana, pero Jade sólo deseaba terminar las clases para poder ir a la enfermería. En el fondo siempre supo que sentía algo por Malfoy, pero ese año lo que sentía por él había aumentado y, aunque sabía que seguía siendo el mismo mimado, arrogante y narcisista de Malfoy, también lo había conocido como amigo y, para qué negarlo, le gustaba tal y como era.
La última clase finalizó con un par de redacciones como deberes. Jade salió corriendo rumbo a la enfermería. Cuando llegó, Draco estaba dormido, así que se sentó en la silla que había ocupado la noche anterior y volvió a abrir el libro para pasar el tiempo. Media hora después, llegó alguien más a la enfermería. Parkinson y Theo entraron y se acercaron a la camilla del rubio.
—Hola Jade —saludó el chico acercándose a ella—. ¿Qué tal está?
—Mejor, apenas tiene alguna cicatriz.
Jade miraba a Pansy que se había acercado a Draco y lo contemplaba como si fuera una obra de arte. La chica levantó la mirada del rubio para ponerla en Prince.
—¿Estás con él, verdad?
Jade la miró sin decir nada.
—Me voy, tengo que… —tras decir eso, Pansy abandonó la sala.
Theo acercó otra silla y la colocó al lado de la morena. Ambos se miraron pensando cada uno en sus cosas.
—Siempre estará enamorada de Malfoy —afirmó Jade mirando al chico tumbado en la camilla.
—Lo sé, pero algún día se dará cuenta de que él no es para ella y que yo estoy aquí —dijo Nott con media sonrisa.
—Seguro que sí.
—Por cierto, ¿has hablado con él? —preguntó el castaño.
—No he podido. Además, sólo somos amigos y casi… casi se… —Jade agachó la cabeza—. Todos se mueren. Estoy maldita —dijo con tristeza.
—No digas tonterías. Tú no estás maldita. —El chico alargó sus brazos y abrazó a la chica, que le correspondió hundiendo su rostro en el pecho de Nott.
Draco despertó al escuchar los susurros de alguien y abrió los ojos lentamente. Cuando logró enfocar a las personas que estaban con él, lo que vio le sentó como una bofetada: Theo abrazaba a Jade cariñosamente. Carraspeó para hacerse notar.
—Si queréis me marcho y os dejo solos —dijo sin querer parecer molesto.
La chica se separó de Theo y lo miró con una sonrisa.
—No hace falta —bromeó el castaño—, yo me voy que tengo que hacer unas… tareas.
Se quedaron en silencio en cuanto se cerró la puerta, uno muy incómodo, pero ninguno daba la impresión de querer hablar.
—¿No te vas con él? Se os veía muy a gusto —dijo entonces el rubio.
—¿Estás celoso? —le preguntó Jade con una pequeña sonrisa.
—¿Yo? ¿Celoso de alguien? Venga Prince, no me hagas reír. —Draco soltó unas cuantas carcajadas, pero pronto paró porque el dolor del pecho había vuelto.
Jade no dejó de mirarlo mientras él fruncía el ceño y se acomodaba en la camilla.
—No deberías estarlo —murmuró la morena.
Draco dejó de moverse y, apoyado sobre un codo, la miró un poco sorprendido.
Desde la ventana de la enfermería se veía el campo de Quidditch lleno de alumnos, entremezclando los colores de los dos equipos: rojo y azul. Hacía un día estupendo, dejando ver que estaban en primavera y cerca del final del curso. Gryffindor acababa de conseguir diez puntos más, dando más desventaja a los otros equipos. Jade suspiró.
—¿Qué pasa?
La chica dejó de mirar por la ventana y se acercó a la camilla.
—Gryffindor está marcando más de lo que pensaba.
En realidad había suspirado porque Harry no estaba jugando, estaba castigado por haber atacado a Draco.
—¿Por qué lo atacaste? —le preguntó de repente.
—¿Qué? ¿A qué viene eso ahora? —intentó esquivar la pregunta. La chica lo miraba a los ojos—. Me estaba espiando.
—¿Y esa es razón para lanzarle una maldición?
—¡Yo hago lo que me da la gana! —exclamó mientras se levantaba de la cama.
Los dos jóvenes se quedaron en silencio y mirándose. Draco era mucho más alto que Jade y lo hacía más el hecho de que estuviera más delgado de lo normal. El chico empezó a tambalearse por el repentino cambio de altura, al punto de caerse hacia delante, pero se encontró con los brazos de la chica. Jade los había puesto en su pecho, quedando así en contacto con su cuerpo. Su respiración empezó a acelerarse, pero intentó disimularlo. Aunque el hecho de que Draco estuviera levantando las manos hacia la cadera de la chica no la ayudaba. Ahora era su corazón el que estaba desbocado.
Sin saber cómo, Jade había llevado sus manos al cuello del chico y cada vez se acercaban más sus rostros. La chica notaba ahora mejor los brazos del rubio alrededor de su cuerpo, cada vez con más presión. Draco se inclinó levemente para poder alcanzar los labios de la morena, a lo que ella se puso de puntillas, chocó su pecho con el del chico y sus labios se juntaron.
Fue como si una corriente eléctrica recorriera sus bocas, algo extraño porque esto ya había ocurrido antes y no lo habían notado tan fuerte. No lo hacían con desesperación, ni siquiera el abrazo en el que estaban era de furia, sino acompasado, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Eso creía Jade, que eso había empezado y no podría acabar nunca porque de una manera u otra siempre había sabido que aquello iba a suceder.
Draco cortó el beso, lentamente, y de igual manera fue separando sus cuerpos. Se sentó en la camilla y su expresión cambió de repente.
—Quiero que te vayas —dijo seriamente y sin mirarla.
—¿Por qué? —la chica sonó extrañada.
—Que te marches y no te vuelvas a acercar a mí. —Draco se metió entre las sábanas y se quedó observando la ventana. Se escuchaban vítores y cantos en los jardines.
—¿Por qué dices eso? ¿Es por lo que acaba de pasar? —Ante el silencio del chico prosiguió—. ¿Por qué no lo aceptas de una vez?
—¡Que te vayas! Ya no me necesitas para alejarte de tus amigos. Tú solita te las has ingeniado para que te odien.
Justo cuando decía la última palabra, la chica salió corriendo fuera de la enfermería.
La noticia de que Harry Potter y Ginny Weasley eran novios ya había llegado a todos los rincones del colegio al día siguiente. Jade se habría alegrado en otro momento, pero esos días tenía la cabeza en otro sitio. Aún no se creía que el rubio fuera tan cobarde y frío, después de todo lo que había pasado. Y todavía era peor que le "pidiera" que se alejara de él. Estaba sola.
—¿Preparada para el examen de Aparición?
Se sobresaltó al escuchar la voz de Theo a sus espaldas. Estaba apoyada en el tronco de un árbol cercano al lago, observando las montañas mientras pensaba.
Alzó los hombros restándole importancia.
—Es pasado mañana —insistió el moreno.
—No sé si estoy preparada. No he conseguido moverme del sitio en ninguna clase.
Theo se sentó a su lado y se quedó mirándola.
—¿Qué?
—Te ha pasado algo con Malfoy. Se os nota.
Jade se puso en pie y se sacudió la ropa.
—Lo siento, pero ahora quiero estar sola. Adiós, Theo.
Acto seguido caminó hacia el castillo sin mirar atrás.
Era una sala pequeña, sin muchos adornos, situada en la planta de arriba de una de las casas de Hogsmeade. Casi no cabían tantos alumnos en ese espacio, pues, a parte de los que no pudieron hacer el primer examen, los que habían suspendido también se presentaban.
—Concentraos y esperad a que todos vuestros compañeros tengan un aro.
Las charlas no cesaban mientras el instructor indicaba a los recién llegados la disposición de la prueba. Jade miraba un punto fijo, totalmente distraída como hacía unos días estaba, y ni siquiera se molestó en buscar a Draco como había hecho a lo largo del día.
El mago dio la señal para empezar y así lo hicieron.
Unos minutos después, varios magos desfilaban entre los jóvenes para anotar la perfección o imperfección de la prueba. Muchos tenían un aspecto muy gracioso: sin media ceja, sin un trozo de pelo o con menos pestañas de las normales. Después los llamaron individualmente para decirles la nota final.
—Señorita Prince, no ha aprobado. Puede presentarse al próximo examen el diez de julio. Siguiente.
La chica salió sin hacer comentario alguno, pues en realidad había aparecido en la habitación de abajo.
Los exámenes habían llegado a su fin y, con ello, las vacaciones estaban a una semana. Pero a Jade le importaba más lo que podría suceder al volver a casa, con Voldemort y con Draco. Todo era un caos.
Había visto varias veces a Ginny con una enorme sonrisa junto a Harry, y éste también estaba muy contento. Hermione y Ron parecían más unidos, aunque la tal Lavender seguía poniéndole malas caras a Hermione y también a Ron. Por otro lado estaban Theo y Pansy, los cuales nunca se los podría imaginar de novios, pero que como parecía que a Theo sí le gustaba de verdad debería darle una oportunidad a Pansy. Aunque todavía ésta no daba señales de querer salir con el castaño.
Ese día no había sido muy emocionante; lo único que la distraía era el volver a intentar acercarse a Draco, pero, siempre que estaba cerca, él corría en otra dirección. Al menos se contentaba con que pronto estaría en casa, hasta que Voldemort decidiera ir a por ella.
Se acostó pronto, no sin antes haber cruzado una mirada con Draco, pero le costó conciliar el sueño. Y cuando lo consiguió, un ruido la sobresaltó. Se volvió a tumbar para continuar durmiendo, pero el ruido siguió. Se levantó de la cama y se puso una bata verde sobre el pijama de verano. Caminó hasta salir a la sala común y se encontró con varios compañeros dando vueltas por allí. Pero nadie salía al pasillo.
—¿Qué pasa Theo? Me han despertado los ruidos.
—No lo sabemos —dijo en un suspiro el chico.
—¿Y por qué no salís? Aquí dentro poco podremos descubrir.
La chica frunció el ceño al ver la expresión de su amigo. Parecía que tuviera miedo.
—Suena a pelea y no quiero verme involucrado —dijo por fin y la chica lo entendió.
—Iré yo.
Acto seguido fue hasta la puerta de la sala común y la abrió. Se detuvo para observar a Theo y ahora a Pansy, pero no a Draco porque ya se había dado cuenta de que no estaba allí.
Subió las escaleras de camino al Gran Comedor, viendo horrorizada los escombros que dejaba tras de sí. Parecía como si el castillo se estuviera derrumbando, pero lo peor vino al llegar al primer piso. Se veían cuerpos tirados en el suelo, aunque no parecían de alumnos precisamente.
—¡Reducto! —se escuchó en el pasillo contiguo. Era una voz femenina y conocida.
Jade se escondió tras la esquina con la varita en la mano, preparada para atacar o ser atacada. Entonces distinguió la figura de una chica pelirroja plantada delante de un hombre que estaba de espaldas a Jade y que acababa de derrumbarse chocando contra una pila de escombros.
—¡Pequeña estúpida! ¡Avada…! —empezó a decir pero no pudo acabar la frase.
La morena había salido de su escondite y apuntó al hombre con la varita. Al mismo tiempo decía:
—¡Desmaius!
El mago cayó con brutalidad en dirección a la joven pelirroja. Jade vio también a un grupo de personas correr hacia Ginny al tiempo que ésta se pegaba a la pared para no recibir el impacto del cuerpo del hombre. Intercambiaron una mirada antes de ver con claridad quiénes eran los magos que corrían hacia Jade. Ésta se sorprendió. Su padre guiaba a un grupo de personas entre las cuales estaba Draco, pero no pudo preguntarles nada porque Severus la agarró por el brazo y la arrastró a su lado mientras seguía corriendo.
Estaba desorientada. Sólo veía a su padre con el rostro pálido y serio, y sintiendo la presión de una mano en la parte superior del brazo. Giró la cabeza un momento para poder ver a Draco y, aunque sólo lo vio dos segundos, le sobró para saber su estado. Estaba incluso más pálido que Severus, con el pelo totalmente desordenado y una expresión de martirio. Sintió un vacío en todo su cuerpo.
Salieron por fin a los terrenos de Hogwarts, con el cielo oscuro sobre sus cabezas.
—¡Desmaius!
Alguien los estaba persiguiendo y ahora los atacaba. Su padre consiguió repeler el hechizo y después agarró con más fuerza a la chica.
—¡Corre, Draco! ¡Llévatela de aquí! —le ordenó entre gritos el profesor.
Ahora Jade sostenía la mano de Draco que la empujaba hacia el interior del bosque para traspasar la verja. Pero Jade se resistió al ver que algo ardía cerca de allí.
—¡Hagrid! —exclamó cuando descubrió que la cabaña estaba en llamas.
—¡Llévatela! —insistió Severus pese a estar defendiéndose del atacante.
Harry, es Harry, se sorprendió Jade. Pero de repente el chico cayó al suelo y empezó a retorcerse. Alguien lo estaba torturando.
—¡No! ¡Para! —chilló a la vez que se desasía de Draco y corría en dirección a Harry.
El rubio reaccionó rápidamente y la atrapó antes de que pudiera alejarse de él. La rodeó con los brazos por la espalda, con fuerza, y empezó a arrastrarla lejos de la batalla.
—¡No! ¡Potter es del Señor Tenebroso! ¡Vamos! —le ordenó Snape al hombre que había incendiado la casa de Hagrid.
Pero Harry no quería detenerse y siguió atacando al profesor, sin mucho éxito porque él conseguía protegerse. Cuando el chico volvió a caer al suelo, Severus se acercó más a él y le dijo algo, pero no se escuchó porque los gritos del gigante llamando a su perro y los del otro hombre lanzando hechizos a diestro y siniestro lo acallaban todo.
El profesor se puso en marcha en dirección a los dos jóvenes que seguían quietos y abrazados. Draco soltó a la chica de inmediato y siguió a Snape cuando éste cogió a Jade de nuevo. Los hermanos Carrow los seguían de cerca cuando sobrepasaron la verja que delimitaba los terrenos del colegio.
—Dirigíos a la Mansión Malfoy —ordenó secamente el profesor sin mirar a nadie en concreto.
Y desaparecieron en la noche.
Cuando dejaron de sentir la opresión en el estómago, aparecieron en una calle sin iluminación y solitaria.
—Vamos, hay que darse prisa.
Caminaron hacia una verja de metal que chirrió al abrirse y pisaron un suelo duro que guiaba hasta una puerta enorme que guardaba la entrada a la enorme casa. Draco se adelantó y tocó la puerta. Poco después, un hombre bajito y gordo abrió la puerta dejando que la luz del interior iluminara a los visitantes.
—¿Quién es, Peter? —sonó una voz de mujer, dura y elegante.
Narcisa Malfoy apareció detrás del pequeño hombre y pudieron ver el cambio de su expresión al ver a su hijo. Corrió arrastrando el largo vestido oscuro y bajó las escaleras para llegar junto a Draco. Puso sus manos en las mejillas del chico, acariciándolo, y después se pegó a él. La abrazó por los hombros al ser más alto que ella, pero la alejó de él al ver que ese momento se alargaba demasiado.
—Madre, es mejor que entremos.
La mujer asintió y volvió a la casa guiando a los magos hacia el salón.
Severus ya no sostenía a Jade, iba caminando unos pasos por delante. Los Carrow sobrepasaron a la joven y se instalaron en unas sillas cercanas a la chimenea apagada. Narcisa los miró con mala cara, pues no les había cedido asiento.
—Sentaos —dijo seriamente.
La morena se sentó en el único sofá de la sala junto a Draco, pero tanto Narcisa como Severus se quedaron en pie cerca de ellos. Mientras tanto, Bellatrix Lestrange aparecía por la gran puerta dorada con una enorme sonrisa.
—Hola, Severus. ¿Has decidido abandonar a ese vejestorio de Dumbledore? —dijo la bruja con tono jocoso.
—Bella, si quieres saber por qué estoy aquí, ¿me harías el favor de llamar al Señor Tenebroso? —le preguntó el hombre con fingida amabilidad.
La mujer borró la sonrisa de su cara y tras unos segundos apareció una mueca que la hizo parecer más malvada.
—Ya veo. Su hijita ha vuelto. —Jade le dirigió una mirada fulminante—. Está bien.
Bellatrix sacó su varita y con ella rozó la marca tenebrosa que había grabada en su antebrazo. Ésta se tornó de un color más oscuro; Voldemort ya estaba en camino.
