Parecía que las estrellas habían decidido huir y la luna tras ellas; la noche se había vuelto negra y dominante, o esa era la sensación que tenía Jade. Intentaba ocultar su miedo y angustia, y parecía que lo estaba consiguiendo.

Bellatrix no cesaba de mirar con cierto temor, pero con una sonrisa maléfica, a su amo. Narcisa, por otro lado, se había acercado más a su hijo, que se puso en pie al ver a Voldemort, y no demostraba emoción alguna. La joven se encontraba de pie junto a Severus, mirando fijamente al mago que acababa de aparecer en medio de la habitación.

Voldemort dio un paso hacia donde se encontraba Severus y apareció una mueca en su cara que pretendía ser de alegría, pero que sólo provocó que un estremecimiento recorriera el cuerpo de los dos jóvenes. Draco se había tensado y no miraba al Señor Tenebroso a los ojos, ni siquiera a su cara.

—Nos volvemos a encontrar, Deyanira —dijo mirando ahora a la morena—. Ya tenía ganas de que habláramos.

Jade no tenía intención de decirle nada, pero la rabia que sentía, mezclada con el miedo, la obligó a dar un paso hasta quedar a la altura de Severus.

—Me mentiste. Sabias muy bien que no podrías cumplir tu promesa —lo recriminó apretando los dientes—. Ahora sé lo de la profecía y no aceptaré estar de tu parte. No ha salido bien tu plan. —Él sólo siguió sonriendo.

—Lo admito, te mentí. Pero no estoy de acuerdo con eso de que mi plan no ha funcionado, es más, ha salido a la perfección —concluyó mirando detrás de Jade. La chica sintió más miedo del que había sentido nunca—. Te voy a aclarar las cosas, Deyanira —empezó de nuevo remarcando su nombre; sabía que no le gustaba nada que la llamara así—. Yo quería que te alejases de Harry y, como puedo ver, así ha sido. —Había vuelto a mirar detrás de la chica.

—Entonces, ¿qué me vas a ofrecer para que me una a ti? —preguntó Jade con menos confianza de la que había tenido al hablar la vez anterior.

Voldemort sonrió aún más dando un paso hacia la derecha de la chica, obligándolos, a ella y a Severus, a girar sus cuerpos para quedar de frente. Jade se acordó entonces de que Draco y su madre estaban allí, junto a ellos.

—No te ofreceré nada, sino a alguien. —Jade tragó compulsivamente. Eso sonaba peor de lo que creía—. Si no me eres fiel, tendré que acabar con la vida de alguien a quien… valoras mucho —dijo Voldemort dudando en la penúltima palabra.

A Jade el corazón le empezó a latir muy deprisa; Severus se encontraba ahora detrás de ella y le pareció que podría protegerlo.

—Tu lealtad a cambio de la vida de Draco.

Todo se quedó frío, su corazón pareció detenerse, sus pulmones parecían no responder. Estaba callada, pero no por no saber responder, sino porque no se lo había esperado. No tenía elección.

—¿Eso es un no? —preguntó Voldemort al contemplar su silencio—. Muy bien, si lo quieres así. —El mago alzó su varita y apuntó al joven Malfoy.

—¡No! ¡Por favor, mi hijo no! —gritó Narcisa poniendo un brazo protector en el pecho de Draco.

—No, tranquila —dijo Severus corriendo y cogiendo a la mujer para alejarla del camino del Señor Oscuro.

—Acepto —dijo Jade con la voz apagada y mirando hacia el suelo.

Voldemort giró lentamente la cabeza para mirar a la chica seriamente.

—¿Qué has dicho? Quiero estar seguro de que he escu…

—Que acepto —lo cortó alzando la cabeza y mirándolo a los ojos. Él sonrió.

—Bien —dijo el mago bajando la varita—. Entonces, no tendrás inconveniente alguno para que hagamos un juramento inquebrantable.

Jade abrió los ojos por la sorpresa. Tragó saliva con fuerza de nuevo antes de contestar.

—Está bien.

—Severus, tú serás el testigo. Deyanira, aproxímate —añadió haciéndole un gesto a la chica.

Los dos aludidos caminaron hacia el mago pero Snape se acercó más a su amo. Voldemort alzó la mano y se la ofreció a su hija, mientras el testigo sacaba su varita. Los dos miraron a Jade, esperando una respuesta; la chica estrechó la mano que le ofrecía.

—¿Juras estar de mi lado hasta el fin de la guerra? —preguntó Voldemort sin esmerarse.

—Sí, juro —dijo la morena mirando las manos entrelazadas.

De la varita salió un hilo rojo que se balanceó hasta rodear la mano de padre e hija. Jade sintió un dolor en el pecho, que la oprimía y le dejaba sin respiración.

—¿Juras no atacar a ninguno de mis seguidores? —Ella miró a Severus antes de responder; eso no se lo esperaba. Pero no tenía elección.

—Sí, juro. —Sintió que la voz le iba a fallar. Otro hilo rojo se pegó a su piel.

—Y, ¿lo juras a cambio de perdonarle la vida a Draco Malfoy?

La chica no podía suspirar aunque lo necesitase. Se percató de que los que los observaban se habían tensado, exceptuando a Bellatrix que parecía excitada.

—Sí, juro —contestó después de unos segundos.

El último trazo rojo salió de la varita y se entrelazó con las otras marcas de la piel de los dos. Ya estaba atada a él.

Voldemort soltó de inmediato la mano de la chica y se movió con ligereza hacia la chimenea. Los allí presentes parecían confusos pero decidieron no decir ni hacer nada.

—Me siento orgulloso de ti —expresó al tiempo que se volteaba para mirar a Draco.

Caminó hacia él y le cogió el brazo izquierdo para poder acariciar la marca que había escondida bajo la manga. Jade acababa de descubrir que era mortífago.

—Has obedecido mis órdenes sin cometer fallo alguno. Aunque, no sé si tengo toda la razón, ¿o sí, Draco? —dijo al tiempo que soltaba el brazo del chico.

El rubio alzó la cabeza y miró la figura de su amo, pero no sus ojos.

—¿Por qué lo pregunta? —dijo temeroso mientras su pecho subía y bajaba con rapidez.

Voldemort inclinó la cabeza y lo miró con fingido cariño.

—Draco, Draco. Has logrado traerla hasta aquí, como yo te pedí. —Jade abrió los ojos mirando al chico y el estómago se le encogió—. Pero —continuó—, algo me dice que casi echas todo a perder. —Draco no cambió su expresión—. De todas formas, también has cumplido con el otro plan ¿no? —El chico desvió la mirada para recorrer toda la sala—. Un momento… no lo has hecho.

Voldemort achicó los ojos y los labios se afinaron; no estaba nada contento.

—Él no, pero yo sí.

El Señor Tenebroso abrió la boca y los ojos al tiempo que miraba a Severus Snape. Dio un par de pasos en dirección al mago, todavía sin creerse la noticia.

—Severus Snape, uno de mis más fieles seguidores. Con que has conseguido acabar con el anciano director.

Narcisa y Bellatrix ahogaron una exclamación, pero Jade miró con miedo a su padre. Dio un paso involuntario hacia atrás; no se creía que Severus hubiera sido capaz de matar a Dumbledore, debía haber entendido mal.

—Son las mejores noticias que he recibido desde hace tiempo. El gran Albus Dumbledore muerto a manos de uno de mis mortífagos.

Daba más miedo cuando estaba contento que cuando parecía que iba a lanzarte una maldición. Pero Jade no le prestaba atención; miraba todavía a Severus, pero éste, pese a saber que lo observaban, miraba a su amo.

Voldemort ya se había ido, al igual que los hermanos Carrow. Bellatrix había desaparecido y tan sólo quedaban cuatro personas.

—Me voy a casa —dijo Jade tras echar varias miradas de furia; necesitaba estar sola y pensar.

—No, Jade. Nos quedamos aquí. El Señor Tenebroso me ordenó que nos mantuviéramos cerca —le aclaró su padre seriamente.

—¿De qué tiene miedo si ya no puedo hacer nada? Moriré si hago algo —dijo queriendo remarcar que era por culpa de ellos. Relajándose, miró a Narcisa—. ¿Dónde voy a dormir?

—Que te acompañe Draco —le contestó mirando a su hijo.

Los dos jóvenes se miraron y el chico se dirigió hacia la puerta sin rechistar. Jade suspiró y lo siguió después de susurrar un "genial".

Pasaron por el gran vestíbulo y subieron las escaleras de mármol que daban a un largo pasillo con muchas puertas. Entraron a ese pasillo, dejando las escaleras, que seguían subiendo, detrás. Pasaron por delante de varias puertas antes de llegar a la que sería la de Jade. Draco la abrió y se echó a un lado para dejar entrar a la chica.

—Prince… —empezó a decir mientras ella entraba en la habitación.

Jade cerró la puerta haciendo mucho ruido y cortando al rubio. Se descalzó y corrió hacia la cama con doseles para desahogarse.

No sabía si lloraba por el hecho de estar atrapada, de saber que su padre era un asesino o que Dumbledore había muerto, o de descubrir que lo que había pasado con Draco era una mentira. Cuánto deseaba volver a estar junto a sus amigos, los únicos que no le mentían y que la querían de verdad. Ojalá pudiera explicarles todo y así poder ver de nuevo una sonrisa de Hermione y no el último recuerdo que tenía de la castaña: una fría mirada dirigida a ella.

Un golpe la hizo abrir los ojos y con otro se sentó en la cama. Miró a su alrededor y entonces se acordó de dónde estaba. Apartó las sábanas y caminó hacia la puerta para abrir a aquél que la había despertado. Era Narcisa Malfoy y llevaba entre sus manos una prenda verde. La extendió en dirección a Jade y ella, dudando, la cogió. Se miraron un momento, en el cual la mujer le dedicó un gesto de agradecimiento. Jade se sorprendió; la bruja había dejado de lado su máscara de frialdad para demostrarle sus sentimientos a la chica. Ella, sin dejar pasar los segundos, asintió, dándole a entender que la había entendido. Después, se dio la vuelta para marcharse.

Jade cerró la puerta y extendió el vestido. Sólo se lo había puesto una vez y fue la última vez que vio a los gemelos.

Se cambió rápidamente, pero antes de bajar a desayunar se asomó a la ventana. Al llegar anoche no pudo distinguir muy bien lo que tenía alrededor, por eso ahora le sorprendía lo grande que era el jardín. Todo parecía de color gris, exceptuando algunas plantas que rodeaban la casa.

Llegó a la entrada y caminó hacia la izquierda hasta una gran puerta de roble, adornada con líneas doradas. La empujó y consiguió abrirla pese a ser muy pesada. Dentro se encontraban tres personas: Narcisa, que estaba sentada en la primera silla de uno de los laterales de la mesa; Severus, que se sentaba justo enfrente, en el otro lateral, y que quedaba de espaldas a la puerta, y Draco, que estaba junto a su madre y de cara a Jade.

La morena se acercó a ellos y, sin cambiar la expresión, se sentó junto a su padre y frente al rubio. Empezó a desayunar sin decir nada y sabiendo que los dos magos la observaban.

—Mandé a Khelina para que te trajera algo de ropa.

La chica hizo como si no hubiera escuchado a su padre, pero por dentro tenía muchas ganas de volver a ver a la elfina doméstica.

—De todas maneras, yo te puedo dejar. Tengo varias prendas que te vendrían —sugirió la mujer. Jade la miró y alzó los hombros.

Otro silencio. Severus había entendido esa conversación: no le hablaba a él, pero sí a Narcisa. Draco seguía sin decir nada.

Ninguno había podido dormir mucho, por eso habían bajado a la sala común antes de que sirvieran el desayuno en el Gran Comedor. Ron se sentaba en uno de los sillones, Hermione en el sofá, cerca del pelirrojo, y Harry y Ginny se acurrucaban al otro lado del sofá.

—Todavía me parece un sueño —murmuró Ron mirando un punto indefinido del suelo.

Nadie comentó nada, hasta que Hermione formuló la pregunta que llevaba haciéndose toda la noche.

—Y dices que, ¿Jade parecía no saber lo que hacía? —Harry no contestó—. Supongo que debía saber que esto pasaría. Como siempre estaba con Malfoy y Snape es su padre.

—Sí, pero al principio se opuso a correr. —El moreno parecía frustrado y Ginny lo miró preocupada.

—Sé una cosa que no debería decir, pero… —dijo lentamente, sentándose bien en el sofá. La miraron—. Veréis, hace unos meses escuché una discusión que tuvieron Jade y Malfoy. Él le recordó que iban juntos para que Jade pudiera separarse de… nosotros.

Los tres amigos fruncieron el ceño, pero dejaron que la chica continuara.

—También escuché cómo ella defendía a Hermione cuando él la insultó. Por eso me extrañó que te llamara… eso —dijo mirando a su amiga.

—¿Estás diciendo que todo era una farsa? ¿Qué Jade no ha cambiado? —preguntó Ron intercambiando miradas con sus amigos.

—Sí y puedo asegurarte que ha estado preocupada por nosotros todo este tiempo.

—Eso no es cierto. Habría ido a visitarnos a Harry y a mí a la enfermería cuando…

—Y fue, pero recuerda que estaba…

—…fingiendo —concluyó Hermione cortando a la chica.

—Yo le aseguré que te pondrías bien —dijo la pelirroja mirando a su hermano.

Volvieron a callarse, procesando la nueva información. Entonces Harry llegó a una conclusión.

—Ya la tiene. Ahora está con él —murmuró el moreno.

—¿Quién? —quiso saber Ron.

—Voldemort —respondió Hermione.

Ya habían pasado dos semanas y no había podido salir al exterior, siempre encerrada en aquella mansión. Jade había intentado mantenerse alejada de cualquiera, porque Narcisa no había vuelto a tratarla de aquella forma, su padre casi no aparecía por la casa y Draco… le había mentido.

Pero este día era distinto; varios magos habían llegado y se dirigían a una habitación al final del vestíbulo. Jade se había cruzado con los Carrow cuando bajaba las escaleras y los había seguido, pero alguien la detuvo.

—No puedes entrar ahí; no eres mortífaga —le dijo una voz que arrastraba las palabras.

La chica se giró, asustada por ser pillada in fraganti.

—Ya, por eso tú sí vas a entrar —lo recriminó y después caminó hacia las escaleras, pero no llegó.

Se detuvo cuando la puerta de la entrada se volvió a abrir y dejó paso a varios magos más. Entre ellos había un hombre alto, con el pelo plateado, pálido y con surcos bajo los ojos. Dio un par de pasos y entró dentro del vestíbulo. Se detuvo y dejó que las otras personas siguieran su camino hasta la habitación del final.

—¿Padre? —susurró el chico a las espaldas de Jade.

Lucius miraba a su hijo parado frente a él; no decía nada, sólo lo miraba. Varios segundos después, se percató de la presencia de la chica y decidió seguir caminando hasta la habitación.

—Vamos Draco, tenemos una reunión —sin añadir nada más, ambos traspasaron la puerta dejando a Jade fuera.

La morena subió las escaleras hacia su habitación. Cuando llegó, empezó a andar de un lado a otro, inquieta por no saber qué hacer. En esa misma casa estaban reunidos los mortífagos y no podía hacer nada por ayudar a Harry. Desde que había llegado, siempre intentaba convencerse de que lo que estaba haciendo era para ayudar a su amigo, pero el hecho de que fuera de forma tan pasiva la exasperaba.

Esas dos semanas había tenido mucho tiempo para pensar, sobretodo en lo referente a Severus y la muerte del director. Él le había dicho que era espía de Dumbledore, pero no le cuadraba que lo hubiera matado. Y luego estaba Malfoy, que no había hablado con él sobre ese tema; ella tampoco estaba dispuesta a ello.

La noche fue cayendo, dejando una luna llena en lo alto del cielo. Jade estaba tumbada en la cama mirando hacia la ventana de la habitación, observando la luna, cuando llamaron a la puerta. Se levantó lentamente, caminó hasta la puerta y la abrió; un elfo se encontraba detrás.

—Me han ordenado que la avise de que baje a cenar —dijo el elfo mirando a la chica.

—Pues diles que no tengo ganas y que no voy a bajar —tras decir eso, esperó a que desapareciera tras un chasquido y cerró la puerta.

Unos minutos después, volvieron a llamar. Jade se acercó de nuevo y con un movimiento brusco abrió para explicarle al elfo que la dejara en paz. Pero cuando abrió se encontró con otra persona.

—Te estamos esperando.

—Ya le he dicho a tu elfo que no quiero bajar —contestó Jade mirando a Draco.

—Y por eso me han hecho subir a por ti. Así que vamos —dijo agarrando a la chica por el brazo y sacándola de la habitación.

—Suéltame, no quiero ir —protestó intentando soltarse.

—Deja de comportarte como una niña pequeña y baja a cenar. No compliques más las cosas.

Draco la había sujetado más fuerte y se había acercado más a ella, haciendo que la chica se alejara chocando con la pared que tenia a su espalda. Ella sólo lo miraba fríamente a los ojos, aunque el tenerlo tan cerca había hecho que la piel se le erizara, mientras que él observaba los labios que tenía a centímetros de los suyos. Cómo deseaba besarla, pero sabía que no era el momento ni el lugar. Jade recordó que él no sentía lo mismo que ella, pero no podía reaccionar. El chico se separó y alargó su brazo hacia el pasillo en señal de que empezara a caminar. Ella no dijo nada más y empezó a andar por delante del rubio.

Cuando llegaron, Draco se adelantó para abrir la puerta y hacerla pasar. Jade ni siquiera lo miró y entró; cuando lo hizo se quedó parada mirando a los presentes. Ella esperaba que Lucius estuviera, al fin y al cabo era su casa, pero no contaba con que Bellatrix, junto con Rodolphus y Rabastan Lestrange también estuviesen, además de Peter Petigrew.

—Entonces es verdad, Deyanira está aquí —dijo Rodolphus mirando de arriba a bajo a la chica—. Y veo que ya no es una niña.

—¿Por qué no nos sentamos como una familia? —satirizó Bellatrix.

—No pienso compartir la misma mesa que tú —soltó Jade con rabia mirando a la bruja.

Se dio la vuelta para irse mientras Bella reía a carcajadas, pero Draco se interponía en su camino.

—Siéntate, Jade. Ahora —ordenó Severus elevando la voz por encima de la risa de la bruja.

La morena giró para mirar a su padre y obedeció tras insultar a todos mentalmente.

Lucius presidía la mesa y a su izquierda se sentó Narcisa y su hijo. Rodolphus y Bellatrix se sentaron enfrente de los Malfoy seguidos de Rabastan y Colagusano. Quedaban dos sillas al lado de Draco donde Snape le señaló a su hija que se sentara, ocupando él la última silla.

Dentro de lo malo prefería estar al lado de Draco y Severus que de cualquier otro que ocupaba la mesa.

—Así que el viejo Albus ha muerto —dijo Rabastan sin mirar a nadie en particular—. Lástima habérmelo perdido, pero no pude estar en esa batalla.

—No te quejes, al menos estuviste en el Ministerio —lo consoló su hermano.

—Si, yo lo pasé muy bien ese día —apuntó Bellatrix mirando con una sonrisa a Jade—. Además, ¿no te gustó ver cómo maté a mi primito?

Colagusano se estremeció al oírla y recordar al que una vez fue su amigo. Jade, por su parte, apretó los puños bajo la mesa mirando con todo su odio a la bruja. Por un momento pensó en lanzarle una imperdonable y acabar con ella de una vez, pero no podía. Su rabia aumentaba por momentos y eso no era nada bueno. Snape percibió el estado de su hija y supo que era mejor calmarla si no querían tener allí a una veela enfurecida.

—Creo recordar que casi no podéis con unos cuantos adolescentes —dijo Severus mirando a Bella.

—Draco —interrumpió la conversación Narcisa—, no hemos podido hablar de cuando estuviste en la enfermería.

El chico observó un momento a su tía, la cual miraba con furia a Severus, y luego miró a su madre.

—No fue nada —contestó el chico sin tono alguno.

—Un sectumsempra no es nada, claro —replicó la mujer mirando a su hijo.

—¿Quién te lo lanzó? —preguntó Bella para entrar en la conversación.

—Nadie —dijo el rubio molesto por la conversación.

—Fue Harry —añadió Jade con una sonrisa.

Draco la miró con rabia por haber revelado ese dato que lo ridiculizaba por no haberse podido defender.

—¿Potter? ¿Un Gryffindor pudo contigo? —habló por primera vez Lucius sorprendido, dejándolo más en ridículo.

—Me pilló… desprevenido —quiso excusarse el chico.

—Yo… yo soy Gryffindor —una vocecilla se escuchó al final de la mesa.

Todos se giraron para mirar a Colagusano que parecía más bajito aún. Lucius empezó a reír al igual que los Lestrange.

—Hacía tiempo que no reía —dijo el ex-preso soltando la última carcajada.

La cena terminó y los Lestrange se marcharon de la mansión. Peter se quedó, así que ahora sólo permanecían los Malfoy, Severus, Colagusano y Jade.

—¿Puedo ir a mi habitación ya o debo estar aquí contra mi voluntad, aún? —hablo la chica sin mirar a nadie en especial.

—Agradece que tengas una habitación porque podrías estar con los elfos domésticos —le contestó Lucius con seriedad.

La chica debería aprender a obedecer si quería estar bajo el techo de los Malfoy.

Se marchó de la sala, subió las escaleras y se dirigió a su habitación, pero antes de poder entrar, una voz la detuvo.

—Prince.

Jade se giró para mirar a Draco que se había acercado hasta ella.

—¿Qué quieres? —preguntó la chica apoyada contra la puerta.

—¿Por qué has tenido que decir que Potter me atacó? —dijo furioso muy cerca de ella—. ¿No ves que me has dejado en ridículo? Casi haces enfurecer a mi padre delante de todos.

Jade lo miró con cierta sorpresa pero sustituyó la expresión por una sonrisa. Se incorporó separándose de la puerta, hecho que provocó que ambos quedaran más cerca.

—Es lo que pretendía —contestó muy seria.

—¿Por qué? ¿Qué te he hec…?

—¿Que qué me has hecho? —Jade soltó una carcajada—. ¿No te parece suficiente con haberme mentido todo este curso? ¿Con haberte hecho pasar por mi amigo sólo por una orden? ¿Con hacer que me enam…?

Se calló, había hablado demasiado para nada. Se miraban a los ojos, como si se probaran a sí mismos, para ver quién soportaba más la mirada del otro. Draco la apartó primero, apoyando una mano en el marco de la puerta y agachando la cabeza. Tenía una lucha interna.

—Me basta con que me digas que tengo razón, así no tendré que seguir preguntándome si soy estúpida o no. —En realidad no le bastaría, pero de esa forma se aclararían muchas cosas.

—Por Merlín…

En ese momento, Jade abrió la puerta sin darle la espalda al chico, pero no consiguió entrar. Draco, sin dejar de apoyar la mano derecha en el marco, condujo la otra hacia el mango de la puerta, tocando con el brazo el cuerpo de la chica. Atrajo la puerta hacia él y, por consiguiente, a Jade también. Rozó sus labios, haciendo que se le erizara la piel. La chica cerró los ojos esperando que Draco la besara, pero él se separó con brusquedad y se marchó a su habitación sin mirar atrás.

Jade no estaba confusa, estaba más que eso. Casi la besa. Eso significaba que… ¿qué significaba? ¿Que sentía algo por ella? Aunque antes ya la había hecho creer eso, siendo todo mentira después. Pero entonces, ¿ese casi beso era de verdad o había sido otra mentira para mantenerla junto a él? Pero eso no tenía sentido, Draco ya no la necesitaba, ya había conseguido atraerla hasta allí.

Entró por fin a su habitación, sin saber todavía qué pensar.

Durante la semana siguiente se sucedieron varias reuniones, en las cuales Jade pudo estar presente. Fue porque Voldemort había empezado a ir a ellas y sin ninguna explicación había invitado a la chica. No hay razón por la cual no pueda estar, fue lo único que dijo. Pero al principio tuvo miedo porque veía cómo salía Draco de las reuniones. Era como si lo hubieran torturado.

En esos días no había vuelto a hablar con Draco, en parte porque cada día tenía peor humor y aspecto, al igual que sus padres.

Voldemort encabezaba la gran mesa. A su izquierda estaba Lucius en un lateral y junto a él Narcisa. Draco a continuación, al lado de su tía. Jade estaba justo enfrente de Narcisa, con el asiento de su izquierda vacío y el otro ocupado por Colagusano que acababa de llegar. Cada poco tiempo la puerta se volvía a abrir para dejar paso a los mortífagos, pero Jade no se percataba de ello.

Una persona estaba colgada por los tobillos justo enfrente de Draco. Estaba inconsciente y la sangre de algunas heridas se escurría por su pelo.

—¿Has guardado bien al prisionero? —preguntó Voldemort al mago que ocupaba el asiento contiguo al de Jade.

—Sí… sí, mi señor —le contestó el otro.

La chica se preguntó de quién podía tratarse y cuándo lo habían traído, pues ella no se había enterado. Evitó mirar a los lados, por eso ahora miraba a Draco y, por consiguiente, la figura de la mujer colgando. La chica empezó a sudar y a hiperventilar, pero no sabía si era por el calor del fuego recién encendido de la chimenea o por haber descubierto quién era aquella mujer. Pero la sala estaba en silencio, así que dedujo que ya estaban todos.

Unos minutos después la puerta se abrió de nuevo, dejando ver a dos magos más, también vestidos de negro.

—Yaxley, Snape, casi llegáis tarde —dijo Voldemort alzando la voz. Los más cercanos a él sintieron un escalofrío—. Aquí Severus —añadió señalando el asiento libre junto a Jade—. Yaxley, al lado de Dolohov.

Los dos magos obedecieron y, nada más tomar asiento, Voldemort le dio la palabra a Snape.

Explicó el plan que la Orden del Fénix tenía para sacar a Harry de su casa y argumentó en contra de algo que dijo Yaxley. Pero todo aquello tenía que ver con la vida de Harry y ella no podía hacer nada, así que prefirió no escuchar.

Los dos jóvenes miraban hacia el mismo sitio, hundidos en las sillas, intentando pasar desapercibidos.

—Debo ser yo quien mate a Harry Potter, y lo haré.

Voldemort había concluido con esa frase escalofriante, pero un ruido precedente del suelo lo fue más. Ordenó a Colagusano que fuera a callar al prisionero y a continuación siguió hablando. Pero esta vez miró a Jade y le pidió la varita.

—¿M… mi varita? —preguntó la chica incrédula.

—Sí, quiero tu varita. No sé para qué vas a utilizarla ahora que no tienes que defenderte de nadie —añadió.

Jade titubeó un momento ya que sabía que utilizaría su varita para atacar a Harry. Pero no tenía opción, así que la depositó en la mesa y después se la pasó al mago. La observó un momento y después volvió a mirar a su hija.

—¿De qué es?

—De avellano. Y su núcleo central es de pelo de unicornio.

El mago se quedó pensativo y sacó su varita para compararlas. Después las guardó en la túnica.

—¿Te han causado problemas, los Malfoy? Espero que ninguno de ellos te haya hecho sentir… infeliz —terminó diciendo mirando a la chica.

Ella, sin darse cuenta, miró de reojo a Bellatrix, la cual le había restregado una noche que Sirius estaba muerto. De repente sintió que su mente pensaba por sí misma y los recuerdos se sucedían muy deprisa. La cerró rápidamente sabiendo que si Voldemort seguía adelante descubriría mucho más.

—Ya veo. Bellatrix —dijo dirigiéndose a la bruja—, no debes jugar así con los sentimientos de los demás. Deberías haber sabido que a alguien podría entristecer la muerte de Sirius Black.

Varias carcajadas llenaron la habitación. Jade apretó los labios y empezó a respirar forzadamente.

—Ahora que recuerdo, me enteré de que aquel joven, el que mató Colagusano en el cementerio, tenía una estrecha relación contigo. —El corazón de la chica se encogió más, pero él continuó—. ¿Sabes qué significa tu nombre? Deyanira, vencedora de hombres. Al parecer acerté al ponértelo.

Los murmullos recorrieron la sala, entre risas, y se escuchó alguna frase como pobre de aquel que se enamore de ella. Voldemort los acalló a todos y se quedó mirando a la mujer que colgaba en el aire. No había dejado de dar vueltas.

—¿La conoces, Draco? —le preguntó mirando la figura. El chico no contestó y se escondió más en su silla—. ¿Y tú, Deyanira?

Ella tampoco contestó, pero sí sabía quién era. Sus amigos le habían hablado muchas veces de ella y también se la había encontrado por los pasillos del colegio. Pero siguió callada.

—Es Charity Burbage, la que hasta hacía unos meses daba clases en Hogwarts.

Con un movimiento de varita hizo que abriera los ojos, haciendo la escena más terrorífica. Miraba a todos en la sala con profundo miedo, nombrando a Severus cada vez que lo veía. Lloraba y sangraba, dejando su pelo enmarañado.

Tras unos segundos más de estar presenciando aquella imagen escalofriante, una luz verde salió de la varita de Voldemort y el cuerpo de la mujer calló inerte sobre la superficie de la mesa. Todos se asustaron por el repentino asesinato y muchos se movieron de su sitio. Draco calló de la silla y Jade se agarró al brazo de Severus. Pero éste ni se inmutó; la chica lo miraba con temor y a la vez con compasión porque sabía que estaba sufriendo.

Algo se deslizaba ahora por debajo de la mesa, rozando sus pies.

¿Me ha llamado, amo? —Jade escuchó una voz sibilante que se acercaba a dónde ella estaba.

—Cómetela —ordenó Voldemort a la serpiente.

Ésta no demoró y se deslizó por la mesa hasta quedar a la vista de todos. Entonces abrió su gran mandíbula y se aproximó a la cabeza de la bruja.