Aquella semana fue peor que la anterior. Varios mortífagos se instalaron en la mansión por orden de Voldemort. Incluso él pasaba el día allí, escondiéndose del Ministerio. Bellatrix dormía un par de habitaciones alejada de Jade, junto a la de su hermana. Yaxley y Dolohov también tenían habitaciones allí, aunque por suerte casi ni se les veía por la casa. Pero eso no era lo peor; Fenrir Greyback, el hombre lobo que había mordido a Remus Lupin, también rondaba por allí, teniendo el cuarto cercano al de los otros mortífagos.
El segundo día que pasaron allí, en la cena salió un tema un poco incómodo para varias personas.
—Podríais visitarlos para darles la enhorabuena —seguía diciendo Voldemort con una sonrisa.
—Si voy a visitarlos sería para lanzarles una maldición, mi señor —respondió Bellatrix muy convencida, apretando los puños.
Voldemort se reclinó en la silla, pensando. Después miró a cada uno de los mortífagos que allí había fijamente.
—Al cabo de unos años, las familias de sangre pura se ven infectadas por algún traidor. Por eso hay que acabar con esos virus y evitar que suceda de nuevo. —Se quedó mirando a las hermanas Black—. Debéis acabar con vuestra sobrina y con su marido, el hombre lobo.
—A la primera oportunidad —sentenció Bellatrix con los ojos vidriosos mirando a su amo.
A Jade, en un primer momento, se le comprimió el estómago ante las palabras de Voldemort, pero observó a Bellatrix con una ceja alzada (por su reacción de servidora leal) mientras se acordaba de la conversación que tuvo con ella en el Ministerio.
—No puedo matarte. —Hizo una pausa para dar unos cuantos pasos hacia su izquierda, respondidos por Jade para mantener la distancia— Pero, sin embargo, sí lo deseo. ¿Sabes que yo te crié durante tus primeros meses, antes de que Severus se viera obligado a cuidarte? —Jade no cambió su expresión, pero sí sintió un nudo en el estómago— Realmente tienes un cierto parecido a mi señor, pero dudo que tengas su valentía y su poder.
Jade sabía que quería hacerla enfurecer, pero no lo lograría; lucharía. La chica estaba preparada para lanzar un hechizo, pero Bellatrix sólo hablaba.
—Conocí a tu madre, ¿sabes Deyanira? Era realmente hermosa y la más malvada de todas las de su especie. Por eso se le permitió el honor de tener un descendiente con sangre del Señor Tenebroso. —Su voz era siniestra y cada vez que pronunciaba a su amo, lo hacía con adoración.
—¿Sigues enamorada de mi padre? —le preguntó Jade con malicia, pese a sentir un temor enorme.
La cara de la bruja se oscureció por momentos y el plan le salió al revés. Alzó la varita y de ella salió un rayo azul que cruzó la habitación en un momento.
—¡Protego!
Eso la hizo reír por lo bajo, ocultando la sonrisa. Pero en aquel silencio que se había formado, no pudo ocultar nada.
—¿De qué te ríes, Deyanira?
Todas las miradas estaban puestas en ella cuando alzó la vista. Unos con reproche, otros con miedo al ver la reacción de Voldemort y dos personas con cautela, rogándole que parara.
—¿No estás de acuerdo conmigo? —preguntó aún más serio.
La verdad era que no, pero no dijo nada. Volvió a mirar a las dos personas que le pedían cautela; Snape negaba muy lentamente con la cabeza, esperando a que la chica desobedeciera, como siempre. Draco tenía miedo por lo que ella pudiera llegar a decir. Jade suspiró y ellos se relajaron.
—No —Todos se tensaron. —No es eso. Estaba recordando… algo.
Tal vez si hubiera añadido un lo siento el ambiente se habría vuelto a relajar. Pero no lo hizo y, pese a que Voldemort no estaba tan serio, la cena acabó de manera brusca.
—Pero, ¿tú en qué estás pensando? —la retuvo el rubio en la puerta de su habitación después de cenar.
—Suéltame —le dijo dando un tirón del brazo y así separarse de él.
—¿No sabes lo peligroso que ha sido eso? Deberías respetarlo o…
—¿O qué? ¿Me matará? ¿Me torturará? —Draco suspiró. —Ya viste que me quiere viva y si me tortura no será peor que esto.
Ella no dejaba de mirarlo, pero el rubio contemplaba el suelo. Tenía los brazos en jarras y apretaba los labios.
Algo se movió a la altura de las escaleras y los jóvenes miraron hacia allí. Un hombre grande se había detenido y los observaba con una sonrisa donde se veían muy bien los mugrientos dientes.
La chica entró a su habitación y cerró la puerta. Draco seguía en la misma postura al igual que el hombre lobo. Tras unos segundos, Greyback se dio la vuelta y se dirigió a su habitación, todavía con la sonrisa en la cara. Cuando la puerta se cerró, el rubio entró en su habitación.
El sábado no tardó en llegar y, por lo tanto, en vaciarse la mansión. En la última reunión, la de esa misma mañana, habían planeado cómo atrapar a Potter y ahora se encaminaban hacia Privet Drive.
Tanto Lucius como Bellatrix parecían nerviosos por lo que iba a pasar, al igual que muchos otros.
Draco no estaba invitado y parecía enfadado. Se encontraba en el jardín, pateando una piedra que se había cruzado por su camino.
—Idiota.
El rubio se giró para mirar con rabia a la chica.
—¿Qué? —preguntó molesto.
—Que eres idiota —contestó impasible—. ¿Cómo puedes estar así porque no hayas ido a…? —se quedó callada al recordar que habían salido para matar a Harry.
Había intentado convencerse de que Severus intentaría ayudar a su amigo, pero todavía dudaba de él después de matar a Dumbledore. No había tenido oportunidad de hablar con él sobre ello, pero necesitaba creer que no formaba parte de los mortífagos.
—No estoy de humor para discutir contigo, Prince.
—Bien, porque quería preguntarte algo, ¿qué se supone que pas…?
No pudo terminar la pregunta porque una mujer rubia se acercaba hasta ellos para hacerlos entrar a la mansión. Quería preguntarle qué significó aquel casi beso, pero parecía que nunca encontraba el momento oportuno, y él tampoco parecía dispuesto a hablar sobre el tema.
Un par de días después, a media tarde había mucho movimiento en la mansión, más de lo normal. Había más mortífagos rondando por todas partes y a todas horas, así que nadie podía relajarse y olvidarlo todo por un momento. Y eso era lo que más quería Jade. Pero todos sabían que Voldemort lo hacía a propósito, sobre todo los Malfoy. Desde que Lucius había regresado, la casa parecía menos casa. Los elfos domésticos correteaban a todas horas, por todas partes, como los mortífagos. Aunque había uno en especial que se hacía notar más su presencia, a pesar de no ser mortífago del todo pues era como los dementores que sólo trabajaban para Voldemort a un precio. Fenrir Greyback recibía sumas de dinero a cambio de prisioneros, ya sean sangre sucia, traidores o rebeldes, como los de la Orden del Fénix.
Pero Jade casi ignoraba todo eso. A ella le preocupaba más encontrárselo en rincones y no haberlo percibido o simplemente que se pasee por el pasillo de las habitaciones.
En una de sus inspecciones por la casa, mejor dicho de la gran casa porque cada vez encontraba un lugar nuevo, se cruzó con un grupo de tres personas que hablaban entre ellos.
—Ojoloco Moody cayó de la escoba como si fuera un muñeco —se mofaba uno de los tres hombres. Jade recordaba vagamente que se trataba de Dolohov.
—Tantos problemas que nos dio ese vejestorio. No pareció tan valiente cuando la maldición del Señor Tenebroso le dio —éste soltó una carcajada.
Greyback, que no había dicho nada, desvió su miraba hacia la chica que se había parado a mitad del pasillo. Dolohov y el otro hombre se percataron del cambio en el hombre lobo y giraron sus cuerpos hacia la chica, pues habían estado de espaldas a ella.
El profesor Moody estaba muerto; eso fue lo único que pensó Jade. No se percató de que Greyback había caminado hacia ella y de que los otros dos habían desaparecido hasta que tuvo al hombre lobo a un par de pasos. Le llegó el olor a sudor proveniente del hombre y casi se marea.
—Greyback, mi padre quiere que te reúnas con él —dijo una voz que arrastraba las palabras.
Jade se giró para encontrarse con el rubio, el cual miraba sólo al hombre lobo. Éste hizo desaparecer su sonrisa y caminó para pasar junto a Jade, pero antes aspiró profundamente. Siguió su camino después de intercambiar una mirada de suficiencia con Draco. Entonces el chico se acercó a ella y estando a un palmo de distancia le dijo:
—No te acerques a él.
Después pasó por su lado, rozándole el brazo, y desapareció al girar la esquina.
Durante los días siguientes había intentado seguir el consejo de Draco, aunque conforme lo había dicho parecía más una orden. Pero al estar indefensa, sin varita (ya que se había roto en el encuentro entre Voldemort y Harry) y sin poder atacarle de ningún modo por culpa del juramento, cada vez le tenía más miedo. Otro suceso fue que Voldemort se había marchado sin hacer reunión alguna antes y no sabían a dónde, al menos ella. Aunque antes de su marcha había estado escuchando gritos de sufrimiento desde el suelo, desde el sótano. No quiso averiguar de quién se trataba.
También sucedían cosas en el exterior, pero no se enteró hasta que las conversaciones entre los mortífagos se volvieron más relajadas a falta de la presencia de su amo. Pius Thicknesse, jefe del Departamento de Control de la Ley Mágica, estaba bajo la maldición imperius y precisamente era Yaxley el que lo dominaba. Todavía nadie lo sospechaba, pero parecía que los mortífagos estaban preparando dar un golpe fuerte en el Ministerio.
Un par de días después lo descubrió todo. El ministro había sido asesinado y Thicknesse ocupaba ahora su puesto. Por eso, el caos en el mundo mágico se había desatado. Impondrían un nuevo régimen: todos los hijos de muggles pasarían un juicio "justo" para corroborar que eran magos. Jade también se enteró de que estaban buscando a Harry y que daban una recompensa por su captura. Según Lucius y algunos mortífagos más, el Ministerio había repartido carteles de búsqueda porque lo culpaban de la muerte del profesor Dumbledore. Un engaño.
Una noche, en la que el cielo estaba totalmente oscuro, como cuando llegó allí, acababa de ponerse el pijama. Constaba de dos simples prendas: unos pantalones largos color morado y una camisa de tirantes del mismo color. Recogió su pelo en una coleta, porque ya le llegaba para hacérsela aunque se le escurriera algún mechón. Tenía sed, así que se dispuso a bajar a la cocina a por un vaso de agua. Abrió la puerta, se apagó la luz de la habitación al salir y la cerró. El pasillo se iluminó un poco y pudo caminar hacia las escaleras. Entonces una puerta se abrió al otro lado de su habitación que la hizo detenerse. Se giró para ver quién era y sintió cómo la sangre subía hasta su cabeza a toda velocidad. Draco estaba en el umbral de su puerta, con tan sólo un pantalón como pijama, el pelo revuelto y observándola con una sonrisa de suficiencia.
—¿A dónde vas Prince? —soltó de repente el chico. Jade tranquilizó su respiración.
—No te importa. —Él se movió—. ¿Me vas a seguir?
Mientras, Draco cerró la puerta de su habitación y el pasillo volvió a quedar poco iluminado. Se acercó a ella y se detuvo cuando estuvo muy cerca. Jade notaba su respiración en la cara y él la de ella en el cuello.
—¿Me estabas espiando? —le preguntó al darse cuenta de que no había hecho ruido al salir.
—Es mi casa, puedo hacer lo que quiera.
—Tu definición de "hacer lo que quiera" es muy amplia. Porque creo recordar que conmigo hiciste lo que quisiste —le respondió en tono seco y acusador.
Se miraban a los ojos, sin cambiar de dirección, insultándose sin palabras. Pero Jade vio algo en su expresión que la hizo fruncir levemente el ceño. El chico había sido el primero en desviar la mirada, pero no a cualquier sitio, había mirado hacia abajo… a sus labios. Lo volvería a hacer. La volvería a engañar, pero lo peor de todo es que no quería oponerse ni preguntarle lo que significaban de verdad esos besos.
Draco empezó a acercar sus labios a los de ella, sintiendo más caliente la respiración del otro y erizando la piel allí donde el aire la tocaba. Sus cuerpos se acomodaron a ese acercamiento, haciendo que sus pechos se tocaran y pudieran sentir la subida y bajada de estos. Percibían el olor del otro como si nunca antes hubieran podido olerse, pero ahora era distinto. De una forma u otra sabían que tanto el uno como el otro deseaban ese beso.
Jade se alejó unos centímetros del rostro del chico, cerró los ojos y contuvo la respiración.
—¿Por qué me haces esto? —susurró aún con los ojos cerrados. Sabía que ese momento no iba a significar nada para él; siempre "hacía lo que quería".
No contestó ni dejó de mirarla con la misma expresión. Recorrió la distancia que los separaba en un segundo y tocó sus labios. La chica giró la cara una milésima de segundo después del movimiento de él y quedó Draco con la nariz y la frente pegada a la mejilla derecha de la morena.
Se apartó de él y casi corrió hacia su habitación. Cerró la puerta y se apoyó en ella cerrando los ojos de nuevo; ahora tenía más sed. Se metió en la cama e intentó dormir aún notando su respiración agitada.
Daba miedo lo rápido que pasaban las semanas y los meses. Su cumpleaños se acercaba y eso le daba mucha rabia. A los diecisiete años era cuando los magos podían hacer magia fuera de la escuela, aunque en su condición le daba igual. No tenía varita y, bien pensado, el Ministerio no la encerraría si hacía magia antes de la edad: estaba controlado por mortífagos y ella era la hija de lord Voldemort.
De vez en cuando, el Señor Oscuro llegaba a la Mansión y hacía nuevas reuniones; al parecer tenía nuevos planes.
En una de esas reuniones sólo habló de Hogwarts.
—Tengo nuevos planes para ti —empezó diciendo mirando a Snape—. Visto la incompetencia de algunos y tu buena obediencia, he decidido nombrarte director de Hogwarts.
Se alzó un murmullo a lo largo de la mesa, acallados rápidamente por la mirada del mago.
—Hermanos Carrow, vosotros impartiréis Artes Oscuras y Estudios Muggles. —Los aludidos asintieron un tanto confusos—. Greyback, quiero que tú y los carroñeros os encarguéis de encontrar a aquellos que no quieran ir al colegio.
Voldemort desvió la mirada hacia todos sus seguidores, estrechando los ojos rojos de serpiente y recostado en el sillón.
—Yaxley y Dolohov seguiréis vigilando Grimmauld Place.
No dijo mucho más antes de salir el primero de la sala, dejando tras de sí un ambiente de incredulidad por sus recientes planes sobre Hogwarts.
Al día siguiente, habiendo asumido ya que Snape iba a ser director de Hogwarts, los nervios ya iban desapareciendo, al igual que algunos mortífagos. Bellatrix seguía viviendo allí, pero a su marido casi nunca se lo veía. Yaxley y algunos más pasaban mucho tiempo vigilando a Harry Potter en Grimmauld Place, una calle de Londres. El único que seguía por allí era el hombre lobo, que como el colegio no había comenzado, no debía empezar a buscar a adolescentes fugitivos, aunque sí a sangre-sucias. Pero el caso era que seguía estando mucho tiempo rondando por la casa.
Aquella noche, libre para rondar por la casa después de haber cenado, Jade paseaba por el primer piso, más allá del comedor y la sala de reuniones. Había estado veinte minutos leyendo un libro, por puro aburrimiento, hasta que decidió bajar a inspeccionar. Greyback no había estado en la cena, así que no corría peligro.
Era muy tarde, por eso, cuando escuchó un ruido del pasillo que acababa de dejar atrás, caminó más deprisa metiéndose por una puerta que daba a unas escaleras. No las había visto otras veces, pero de esa forma podría esconderse. Las bajó corriendo y, al llegar a una pequeña habitación sin ventanas y con muchas mesas de madera, se pegó al muro asomando la cabeza por donde había venido para ver si la habían seguido.
Una figura grande se acercaba lentamente a donde estaba ella. Jade frunció el ceño al descubrir que no podía tratarse de Lucius ni de Draco. La chica caminó pegada a la pared hasta una esquina de la habitación, pero no sirvió de mucho.
Greyback había seguido su rastro hasta allí y se había detenido justo enfrente de Jade, con una enorme sonrisa amarilla.
—Mmm… jazmín —dijo con voz ronca.
La chica respiraba con dificultad, sintiéndose de nuevo indefensa. Quería fundirse con la pared, desaparecer para que no pudiera tocarla, pero lo veía algo imposible. No tenía varita, no tenía valor para arriesgarse a atacarlo por si le sucedía algo a ella. Pese a eso, no cerró los ojos.
El hombre lobo se acercó mucho más a la chica, tanto que la nariz de él rozaba la piel de ella ahí dónde la pasaba, impregnándose de su olor. Jade estaba aterrada y en un ataque repentino intentó empujarlo. Pero él era demasiado corpulento y sólo consiguió que la aprisionara más contra la pared y que le tapara la boca cuando intentó gritar.
Una sonrisa se dibujó en la cara del hombre, haciendo que la morena se estremeciera aún más y esta vez sí cerró los ojos, temiendo la siguiente reacción de Greyback. Pronto sintió cómo la húmeda lengua de él recorría su cuello, sintiéndola subir hasta su cara. Le dieron arcadas y los ojos se le humedecieron de la misma impotencia y rabia que sentía por no poder hacer nada. Una lágrima se deslizó por su mejilla haciendo que Greyback parara momentáneamente.
—No llores —susurró con una sonrisa de lado—. Aún no ha empezado lo mejor.
Abrió los ojos sin poder parar de llorar y vio cómo levantaba lentamente la mano que le quedaba libre, terminada en unas largas y duras uñas con mugre, las cuales no serían muy distintas de las que tendría en su otro estado, y desgarraba la camisa de la chica. Ella intentó separarse de él y consiguió escabullirse, quedando alejada de pared alguna. Jade tenía un desgarrón en la ropa con la marca de cuatro zarpazos. Se había sentido liberada un momento, pero al verlo venir de nuevo le entró el pánico.
—Fenrir, sal de aquí. Ahora —le ordenó la mujer que estaba parada en el último escalón.
Había seguido al hombre lobo cuando vio sospechoso su comportamiento al pasar por un pasillo en concreto. Lo perdió en otro y después encontró la puerta que daba a la habitación de los elfos domésticos abierta.
Tanto el hombre como Jade miraban sorprendidos a Narcisa, pero él con furia y ella aliviada. Greyback fue directo a las escaleras y desapareció tras un portazo. La bruja entró por fin en la pequeña sala y contempló a Jade.
—Ten más cuidado —dijo secamente y añadió:— Sube a tu habitación.
No le replicó y subió enseguida.
Ya arriba, después de haber mirado bien por los pasillos por si veía a alguien, se detuvo al pie de su cama. Llevaba el pelo suelto y el flequillo sudado. Se quitó los zapatos y siguió parada de pie sin hacer nada. Había pasado tanto miedo que parecía estar en estado de shock. Cerró los ojos y esperó a que su respiración se calmase. Una vez se hubo relajado un poco, corrió a la ducha que había en la habitación, y dejó que el agua cayera sobre su cuerpo para después enjabonarse cada parte de su cuerpo donde la había tocado.
Estaba frente a su cama, con el pijama ya puesto y el pelo aún mojado, mirando la camisa desgarrada que estaba en el suelo.
—¿Qué te pasa, Prince?
Jade casi ni escuchó que Draco había entrado en la habitación, ni notó el tono burlón de sus palabras. El chico no recibió contestación.
—¿Sigues pensando que un cruciatus sería mejor que esto? —siguió preguntando arrastrando las palabras—. No, prefieres ir con Potter y lloriquearle. —Draco intentaba hacerla reaccionar, pero ni con eso la hacía rabiar—. Si lo miras bien, aquí estás más protegida que en cualquier otro lugar…
—¡Cállate! —exclamó a la vez que se giraba hacia el chico.
A Draco le sorprendió que ella reaccionara después de esa última frase; era lo único que había dicho enserio. La miró a los ojos y vio tristeza en ellos, pero al desviar la mirada hacia el suelo, vio la camiseta desgarrada; se acercó y la levantó viendo la marca en ésta. Se giró para mirarla de nuevo mientras ella miraba el suelo.
—¿Quién…? —se calló y siguió observándola.
—Greyback —contestó tras unos segundos, y sin quererlo una lágrima resbaló por su mejilla.
Draco abrió desmesuradamente los ojos un momento y después se giró bruscamente, de vuelta al pasillo, en busca del culpable. Jade no se lo pensó y corrió para cerrar la puerta, quedando de espaldas a ésta. Agachó la cabeza mientras más lágrimas se unían a la primera. No había esperado que Draco reaccionara así, tan protector.
—No te vayas —susurró como una súplica—. No quiero estar sola.
Porque lo había estado allí abajo. Se había sentido totalmente sola, más que nunca antes.
Se miraron a los ojos unos segundos y sin saber por qué, Jade se acercó al chico y lentamente se apoyó en su pecho mientras cerraba los ojos. Las lágrimas caían por sus mejillas mientras aspiraba su camisa. Deseaba sentir su calor, sus brazos presionándola contra él, creer que todo iba bien. Pero por mucho tiempo que estuviera pegada a él, Draco no la rodeaba como había hecho las veces anteriores. Comenzó a depositar pequeños besos sobre su ropa, pasando las manos por su pecho, acariciándolo, sin esperar una reacción, sólo por disfrutar de ese momento.
Sintió algo caliente a ambos lados de la barbilla que la hacían levantar la cabeza hacia la cara de Draco. Abrió los ojos y se encontró con los grises del chico; eran realmente hermosos. Un hormigueo en el estómago le obligó a tragar saliva, hizo que su respiración se entrecortara y el corazón latiera tres veces más rápido.
El rubio cerró los ojos mientras juntaba los labios de los dos, sólo un segundo en llegar y otro en volver al sitio. Claro y conciso. Abrió los ojos y volvieron a mirarse. La sangre se concentraba en sus labios, sentía un martilleo en los oídos, embotándole los sentidos y olvidando dónde estaba, pero no con quién.
Jade se puso de puntillas y lo besó, rodeándole el cuello con los brazos y pegándose más a él. Las manos de él habían pasado directamente a tocar la espalda desnuda de la chica, subiéndole la camisa del pijama. Ella acariciaba su cuello, su cara, hasta que pasó a su pecho y tuvo que desabrocharle los botones de la camisa. El chico alejó sus manos de ella para que la prenda cayera al suelo.
De un momento a otro, ella rodeaba la cintura de Draco con las piernas, él iba descalzo y caminaba hacia la cama. El beso se tornaba cada vez más pasional y fogoso. Las manos de la chica recorrían la espalda de él en un intento de sentirlo todo, tener total consciencia de que estaba allí, por fin, junto a ella. Draco la sostenía por la cadera y de vez en cuando llevaba sus labios al cuello de la chica, a sus hombros, volvía a su barbilla, al lóbulo de la oreja…
La depositó en la cama y acabaron de desprenderse de toda la ropa. Se besaban de nuevo, se acariciaban, descubrían nuevos lugares y nuevas sensaciones. El hormigueo que había sentido cuando las manos de Draco tocaron su cara, se había expandido fuera de sus entrañas cuando él le había quitado la camisa y había llegado a todos sus nervios cuando se había recostado sobre ella en la cama.
Había ascendido por su cuerpo lentamente desde el vientre desnudo de la chica, acariciándolo y paseando sus labios por doquier; hasta llegar a las costillas, donde se había tumbado entre las piernas entreabiertas de Jade, pudiendo dejar pequeños besos bajo sus pechos. Llegó por fin allí, deslizó los brazos por debajo de ella, por su espalda, y dejó las manos en los hombros pálidos de la morena. Ella depositó sus manos en la cabeza de Draco cuando la piel se le erizó al contacto de sus labios calientes sobre sus pechos, sintiendo un calor diferente al del sol bajar por su cuerpo.
Draco los dejó atrás y siguió el camino hacia su boca pasando por su cuello, recorriendo la cicatriz que lo surcaba. Volvieron a encontrarse, sus labios ya rojos y calientes y los rosados de ella. Pero no tardaron en volverse blandos y sedientos de más. Y él lo sabía. Por eso, se apegó más al siguiente beso, haciéndolo más violento, y así sofocar los gemidos de la chica, sintiéndolos entonces dentro de él.
Abrió los ojos al empezar a tener más calor y alzó la cabeza hacia un lado, pues dormía boca abajo. A un lado de la cama, nada; al otro, un joven rubio. Sonrió, pero una parte de ella estaba enfadada porque todavía no le había dado explicaciones sobre lo de la orden hacia ella. Estaba pegada a su espalda, por eso se había despertado. Se movió para quedar de costado y apoyada sobre el codo.
Draco se removió al sentir el movimiento de las sábanas y acabó alzando la cabeza también. Se tumbó boca arriba y giró la cabeza hacia la izquierda para mirar somnoliento a la chica.
—Explícame porqué me engañaste —dijo Jade sin más.
—¿Ni siquiera un "buenos días" o un "me encantó lo de anoche"? —se quejó falsamente.
La chica lo fulminó con la mirada un momento, después se sentó en la cama y guió sus pies hacia el extremo de ésta para ponerse en pie. Draco alargó su brazo hacia ella y le agarró el suyo.
—Espera —suspiró.
Se volvió a recostar mirando al chico y con una mueca lo incitó a continuar.
—Al principio no tenía problemas en cumplir con mi misión respecto a ti. Encima tú querías alejarte de Potter, la comadreja y la sangre… Bueno, de tus amigos —se corrigió cuando Jade apretó los labios—. El caso es que se acercaba el verano y tú seguías a mi lado, pero entonces…
Cerró la boca y se quedó mirando el techo de la cama. La morena observó su rostro, siguiendo la línea que hacía la mandíbula y sus ojos aclararse por la luz que entraba por la ventana.
Draco volvió a mirarla sin cambiar la expresión, fijando sus ojos en los de ella.
—Intenté alejarte de mí pero ya era tarde.
La chica se sintió flotar y dejó asomar una pequeña sonrisa de felicidad. Draco frunció el ceño y también se le escapó una sonrisa, una que Jade nunca había visto.
—¿Qué? —preguntó mientras se ponía en la misma posición que la chica, pero quedando frente a ella.
Jade meneó la cabeza y cerró los ojos suspirando. Se sentía muy cansada y hambrienta, pese a eso, no quería moverse de allí, alejarse de aquel momento ni de él. De pronto, sus labios se calentaron y abrió los ojos de golpe mientras el chico volvía a su posición. Seguía sonriendo, libremente como había hecho hacía unos segundos.
No se lo pensó y se lanzó sobre él, quedando encima y dejando caer su pelo ocultando sus rostros. Lo besó totalmente convencida, sin ningún miedo. No se parecía a ninguna de las otras veces, porque ahora estaba feliz, sin ocultarlo, demostrándolo en cada movimiento de sus labios. Y, aunque sólo durara unos segundos, fue realmente emocionante.
—Tengo hambre —dijo por fin la chica mirándolo a los ojos desde arriba.
—¿Eso qué significa? —preguntó Draco alzando una ceja y sacando de nuevo la sonrisa.
Jade se sonrojó un momento y después se bajó de él y de la cama. Entró en el baño y sacó una toalla. Volvió a la habitación y se quedó mirando al rubio desde el marco de la puerta. Se lo había pensado mejor; no se ducharía sola.
—Bueno, si te apetece… —le insinuó todavía con un poco de vergüenza que ocultaba muy bien.
Draco se sentó en la cama mirando hacia la puerta del baño. Apoyó los pies en el suelo y dejando la sábana atrás se bajó de la cama. Se desperezó y volvió a mirar a Jade. Caminó con paso lento rodeando el lecho y la chica lo vio acercarse mientras se pasaba una mano entre el cabello. Ella estaba medio oculta detrás de la puerta cuando él llegó, la abrió del todo y la cerró a su espalda al entrar. Dio un par de pasos hacia la morena y le puso las manos en la nuca mientras la besaba.
Jade bajaba por las escaleras vestida con una falda por las rodillas de color negro y una camisa de manga corta. Su pelo seguía húmedo y fresco, recordándole el rato con Draco en la ducha. Llegó ante la puerta del comedor y cruzó el umbral, pudiendo ver que todavía estaban desayunando. No sabía qué hora era, pero tampoco le dio mucha importancia.
Se sentó junto a su padre y comenzó a comer algo después de echarle una mirada al rubio. No se percató de las miradas de los otros adultos.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Severus sin cambiar su tono de voz.
La chica se asustó porque no sabía la razón de esa pregunta, ya que era imposible que supiera lo que había pasado entre ella y Draco.
—S… sí —le respondió con el corazón martilleándole en el pecho.
Severus no le quitó la vista de encima y al parecer se dio cuenta de su confusión.
—Me lo ha contado Narcisa esta mañana —le aclaró. Jade recordó lo que Greyback estuvo a punto de hacerle—. Y tranquila, no volverá.
Los dos jóvenes alzaron las cabezas a la vez y miraron al mago.
—¿Lo habéis echado? —dijo Jade desviando a la vez la mirada hacia Lucius, pues él era el que mandaba allí.
—Nosotros no —contestó Severus mirando a un lado de Draco.
Narcisa Malfoy era la única que no había dejado de comer y miraba su plato, aparentemente ajena a la conversación. Pero entonces, sorprendiendo a Jade, la bruja la miró directamente a los ojos. Volvió a ver una expresión distinta en el rostro de la mujer; le pareció distinguir complicidad, como si estuvieran pasando por lo mismo, pero no lo entendió del todo. Ella le dedicó una pequeña sonrisa de gratitud.
—¿No habéis escuchado la pelea? —intervino Lucius por primera vez—. No ha pasado hace mucho, por eso hemos tenido que desayunar más tarde. No sé porqué os habéis despertado tan tarde, pero a partir de ahora os levantaréis a la misma hora que todos. No quiero que seáis como esos muggles tan vagos.
—Te recuerdo que no soy tu hija.
Lucius dejó con fuerza los cubiertos en la mesa y miró a la chica fijamente. El tono que había utilizado no le había gustado.
—¿Te recuerdo que ésta es mi casa? —contestó el mago apretando la mandíbula.
—Yo… —quería decir que ella no quería quedarse allí, pero eso ya no era cierto.
—Jade —la avisó Severus por lo bajo.
—Lo siento —se disculpó entonces la chica.
El ambiente se fue calmando y los cubiertos volvieron a sonar contra el plato. Jade no levantó la vista del suyo y no le importó que su padre la mirara de vez en cuando; la notaba rara.
Era treinta y uno de agosto, un par de semanas más tarde de aquella noche tan marcada para Jade. Esos días habían estado más concurridos de reuniones y, por lo tanto, de volver a ver al hombre lobo. Cada vez que la miraba enseñaba los dientes y enseguida miraba hacia otro lado. Según lo que le había dicho Draco, Voldemort se había enterado de que Greyback la había tocado y lo había castigado. El chico le aclaró que el Señor Tenebroso les había ordenado a todos sus seguidores, y carroñeros, que no la tocaran ni la mataran bajo ningún concepto.
—Pero tú sí me has tocado —le dijo Jade con una sonrisa.
—No creo que le importe que al menos te diviertas mientras estás aquí, ¿no?
La chica se rió y siguieron con lo que estaban haciendo.
No había recibido ningún regalo especial, ni lo esperaba, pero a ella le sobraba con esas noches que pasaba junto al rubio. A pesar de todo, se daba cuenta de que el curso en Hogwarts se acercaba y que Severus debería irse durante un largo periodo. Ahora era uno de esos momentos en los que recordaba a sus amigos, si podía llamarlos así, porque el curso pasado le habían regalado un micropuff, el cual seguía en el colegio. Y por otro lado estaba Lucius, que parecía cómo si supiera lo que pasaba los días en los que la mansión casi estaba vacía.
