Sentía un extraño vacío en el pecho pero no encontraba la causa. Bajaba las escaleras lentamente, como si lo hiciera a cámara lenta. Escuchaba amortiguados llantos, desesperados, que se podían confundir con los gemidos de dolor causados por una maldición.

Jade llegó hasta la puerta de madera oscura que dejaba más en penumbra la entrada. La empujó lentamente, pero con fuerza, hasta que la luz llegó a sus ojos como si tuviera una varita encendida en la cara. Pero no, era un foco de luz que salía de una figura en el centro de la sala.

La chica caminó hasta quedarse a pocos metros de Narcisa que se arrodillaba ante la luz. De ella provenían los sollozos desesperados, pero dos personas más completaban el coro. Lucius estaba unos pasos alejado de su esposa y maldecía con cara de asco mirando hacia la luz.

—Me avergüenzas. No merecías llevar mi sangre. Débil, cobarde, traidor…

No entendía a qué venían esas palabras, pero no pudo entretenerse mucho más pensando en ello porque Voldemort estaba justo al otro lado de la luz, hablando también y riendo.

—Ningún hombre que entre en la vida de Deyanira sale bien parado.

Soltó varias carcajadas, fuertes y atronadoras.

Entonces, Narcisa se puso en pie y desapareció. Seguidamente, Lucius también se esfumó. Jade se acercó a la luz que poco a poco se iba apagando, hasta que dejó de deslumbrarla y lo vio todo más claro.

—El pobre no supo defenderse de unos adolescentes que se atrevieron a enfrentarse a nosotros.

Draco estaba en el suelo, inerte, más pálido que nunca y con los ojos cerrados. Ella se arrodilló junto a su cabeza y pasó una mano por su cabello, el cual había perdido su brillo. Lloraba, pero se dio cuenta cuando vio unas lágrimas en el cuello blanco del chico.

Miró sus párpados y su pecho subió y bajó más deprisa. Ya no volvería a ver sus ojos grises. Había muerto. Había muerto por su culpa.

Despertó con lágrimas en los ojos, sudando y con el corazón acelerado. Rápidamente se metió en la ducha, se arregló y bajó a desayunar.

Hacía un par de semanas que Severus se había marchado al colegio y por eso no lo encontró desayunando. Sólo encontró a Narcisa. Se sentó frente a la mujer y empezó a comer.

—¿Y Draco? —preguntó Jade cuando le dio un sorbo al café.

—Vaya, ya no es Malfoy. —Narcisa la miró sin cambiar de expresión—. Ha salido con mi marido —continuó tras ver cómo la chica esquivaba su mirada.

—¿Ha salido? —preguntó con cierto temor al recordar su sueño— ¿A dónde ha ido?

La señora Malfoy la miró impasible como siempre.

—¿Estás preocupada? —preguntó sin tono alguno.

—¿Yo? N… no —contestó nerviosa Jade—. Sólo es curiosidad.

La mujer alzó la vista tras mirar un segundo su plato y se recostó en la silla.

—El señor Oscuro se ha ido hace un par de horas a una misión que no ha querido explicar en mi presencia. Ha venido aquí para llevarse con él a mi marido y a Draco, pero no ha añadido nada más que una orden.

La sala quedó en silencio. Jade recordó el sueño, a Draco y a Narcisa en el suelo. Unos ojos azules buscaron otros verdes y la mujer volvió a estirarse en la silla.

—No me importa lo que tú y mi hijo os traéis entre manos pero deberías pensar en las consecuencias que puede traeros, sobre todo a Draco. —Narcisa miró con más intensidad a la chica, pero no se detuvo pese a ver su expresión—. Te has visto arrastrada hasta aquí porque tu padre te amenazó con matar a Draco. Por eso no debes dejarte guiar por tus sentimientos si no quieres acabar bajo las órdenes de otro.

Debía haber puesto unos límites entre ellos dos después del juramento pero, al contrario, había acabado más enamorada que antes. Narcisa tenía razón, pero no estaba segura de poder alejarse de Draco cuando era él el que entraba en su habitación sin permiso.

La morena se levantó para irse y pensar en lo próximo que haría, pero percibió la mirada de Narcisa.

—Voy a dar un paseo —se explicó sin mirarla a los ojos.

Caminó abriendo y cerrando puertas hasta que llegó al jardín. Fue a sentarse alrededor de una fuente que estaba rodeada de extraños árboles cuyas hojas empezaban a volverse marrón. Se recostó a lo largo de uno de los bancos de mármol y cerró los ojos para no ver la luz del sol que la cegaba, aunque algunas nubes cubrían el cielo. Respiró hondo y, sin querer, empezó a rememorar los momentos más destacables de su vida. Cuando hizo su primera poción y la cara alegre de su padre (la que nunca había vuelto a ver), cuando pensó que Harry había muerto en segundo…

Una semana después, se encontraban dentro de la sala de reuniones de los Malfoy, todavía en silencio. Se debía a que durante la semana habían pasado muchas cosas, las cuales ponían en peligro los planes de Voldemort. Él se encontraba a la cabeza de la mesa, como siempre, pero ahora Jade estaba justo al lado derecho del mago. Severus no podía abandonar Hogwarts cada vez que se reunían, por eso, después de cada reunión, Voldemort se pasaba por el colegio y le informaba.

La mayor noticia, aunque no había aparecido en El Profeta, era que Harry, Ron y Hermione habían entrado en el Ministerio y no los habían capturado pese a haber estado ante sus narices. Jade se alegró internamente cuando se enteró, pero al pasar los días esa alegría desapareció. Porque en el colegio también había pasado algo; Ginny, Neville y Luna habían entrado en el despacho del director para robar la espada de Gryffindor, pero los descubrieron. Al parecer los alumnos estaban obligados a lanzar maldiciones a otros alumnos y varios de ellos estaban totalmente dispuestos a obedecer. La morena no averiguó cómo habían castigado a sus amigos, pero sí se enfadó con Severus al saber de estos castigos.

A parte, un periódico no cesaba de publicar números donde apoyaba a Harry e incitaba a que el mundo mágico no lo dejara de lado pese a no aparecer por ningún sitio.

—Greyback, doblaré el precio de la captura del chico. Así que informa a los demás carroñeros —ordenó el Señor Tenebroso sin cambiar el tono de su voz.

El hombre lobo asintió pero sin mirarlo a los ojos; aún tenía presente el castigo de su amo, donde sólo veía niños pequeños y bonitas mujeres desprotegidas, pero todo eso a lo lejos, fuera de su alcance, y la voz de su amo restregándoselo.

Con esa última orden había concluido la reunión, así que dejó que todos se levantaran y se marcharan, menos Bellatrix.

—Bella, quiero hablar contigo. En tu cámara de Gringotts…

Jade no escuchó nada más porque ya había salido de la habitación. Observó a los mortífagos que quedaban y conversaban antes de irse con amigos. Draco estaba callado junto a su padre, con las manos en los bolsillos. La chica lo había estado evitando durante esos días, creando gran confusión en Draco, pero no había intentado acercarse.

En ese momento él desvió la mirada y se encontró con los ojos verdes de Jade, pero no entendió su expresión. Era ella la que se había alejado de él y no entendía porqué ahora reconocía el anhelo en sus ojos. Definitivamente, la culpa no era suya, era toda de ella.

Esa misma noche, acostado en su cama mirando al techo, pensaba en el día que llegó de la misión con su padre y Voldemort, el día que Jade desvió su mirada de la de él mientras el labio le temblaba durante una milésima de segundo. No lo entendía y eso le carcomía por dentro. Decidió levantarse de la cama y salir al pasillo en busca de la habitación de la chica. Llegó junto a la puerta de Jade y puso la mano en la empuñadura pero no llegó a girarla, pues un carraspeo lo alertó.

—Draco, deberías estar en tu habitación, y esa no lo es.

El chico se alejó de la puerta rápidamente y sintió que el corazón le iba a mil por hora. Miraba a su padre intentando mantener una expresión seria, que no delatase sus nervios.

—He escuchado un ruido y creí que provenía de esta habitación —intentó convencerlo pero no funcionó.

—Draco, no me tomes por tonto. —El chico quiso negarlo, pero su padre no lo dejó—. Escúchame —le dijo dando un paso hacia él y apretando la mandíbula—, es la hija del Señor Tenebroso y ya sabes que impuso unas normas para los mortífagos respecto a ella. No debemos tocarla y menos matarla. Ya sabes lo que le pasó a Greyback, no quieras correr la misma suerte.

El hombre se serenó un poco y miró a su hijo de arriba a bajo con una mueca de repugnancia.

—No es humana, es semi-veela y por eso la deseas. No lo confundas con amor —remarcó la última palabra con asco e ironía, como si no tuviera sentido utilizarla—. Vuelve a tu habitación y procura no acercarte a ella de nuevo.

Draco no dudó ni un momento y caminó de espaldas a su padre para entrar por su puerta.

—Patético —escuchó que escupía su padre.

Sintió odio hacia él, pero no entendía exactamente por qué. Podía tener razón respecto a desear a Jade, pero no sabía por qué se había reído de él por pensar que la amaba. ¡Qué sabrá él!, pensó el chico con rabia.

Sí entendía por qué lo odiaba en ese momento y era muy sencillo. Él no había estado en la misma clase que Jade desde los once años, él no se había sentido atraído por ella y después se había alejado por miedo a parecer débil. Tampoco había sentido celos al verla besando a otro delante de sus narices ni había pasado un año entero junto a ella aguantando sus cambios emocionales y sintiendo miedo por su vida si caía en manos de Voldemort. Y mucho menos había reconocido el olor a jazmín en su propia amortentia.

Un par de días después, Lucius volvió a llevarse a Draco y cuando volvieron la cara del chico estaba blanca como el mármol. Jade se sobresaltó al verlo, pero no se atrevió a acercarse. Narcisa se lo intentó llevar para calmarlo pero no pudo porque su marido la retuvo y le explicó algo en voz baja. El rubio tenía la mirada desenfocada y Jade tuvo el impulso de acariciarlo, aunque no se movió.

Los días pasaron y cada vez se volvía más normal el que padre e hijo desaparecieran por la mañana y volvieran después de comer, sin explicación para Jade, y con un Draco más demacrado.

Un día de esos, Jade se sorprendió al ver entrar a Narcisa a su habitación con varias cosas en las manos y dejarlas cerca de un montón que parecían telas negras y verdes.

—Levántate y vístete, nos vamos al Callejón Diagon —dijo secamente y salió de allí.

La chica se restregó las manos por los ojos y, tras bostezar, se metió en el baño para ducharse. Al salir, se acercó al sillón e inspeccionó lo que la bruja le había traído. Había maquillaje y complementos como collares, pendientes y bolsos. Pero le llamó más la atención el vestido negro con toques de color verde oscuro en las mangas, la cintura, el bordado de la falda y el del escote. No se parecía en nada a las faldas cortas que ella se ponía ni a las camisas blancas, y menos a los pantalones vaqueros. Eso debía suponer que tenía que ir "camuflada".

Se vistió, se arregló el pelo con algunos pasadores de Narcisa y se maquilló. Se acercó al espejo y tragó saliva compulsivamente al no reconocerse. Se había recogido el pelo en un moño y lo atrapó con un pasador de color verde, dejando algunos mechones tapar su cuello. Su cara seguía pálida pese al maquillaje que la cubría. Sus ojos estaban oscurecidos con las sombras verdes y sus labios brillaban.

Por último, se fijó en el vestido que resaltaba sus curvas y sus pechos que, aunque no tenía muchos, ahora se sorprendía de lo que un vestido podía hacerle.

Bajó las escaleras hasta la entrada haciendo sonar los tacones de sus zapatos negros que la hacían parecer mucho más alta. Narcisa la estaba esperando junto a la puerta y no dejó ver ninguna emoción al verla aparecer.

En realidad, la bruja había esperado tener que arreglarla ella porque la chica era muy tozuda, pero le sorprendió descubrir que las ganas por salir de aquella casa eran más fuertes que su cabezonería.

Se aparecieron cerca de El Caldero Chorreante y Narcisa entró por la puerta tras soltarse de la mano de la chica. Jade la siguió y contempló las miradas de curiosidad de la gente del bar, pero no iban dedicadas a ella, sino a Narcisa. Parecía que nadie la había reconocido.

Cruzaron la estancia y pasaron al patio trasero donde la bruja abrió el muro con un toque de varita. Caminaron por la calle observando los locales cerrados y Jade detuvo la mirada en uno en especial. La tienda de los gemelos Weasley seguía abierta y, tras los cristales, pudo divisar a uno de ellos. Llevaba tanto tiempo sin verlos y antes estaban tan unidos. Echaba de menos sus bromas y sus frases ocurrentes, y se entristeció al no saber cuándo podrían volver a estar como antes. Tal vez nunca.

Siguieron andando hasta llegar a un tienda cuyo cartel citaba: "Twilfitt y Tatting". Ahí entraron y Narcisa le indicó a la morena que eligiera la ropa que quisiera. Se acercaba el frío y la ropa de invierno le venía un poco justa demás. Jade escogió varias prendas de la ropa que utilizaba ella y seleccionó un par de prendas más elegantes.

—Vamos, no quiero retrasarme más —ordenó la mujer tras salir de la tienda un par de horas después.

La joven la siguió sin rechistar y caminó a su lado cargando con algunas bolsas. Quería hacerle una pregunta desde hacía un rato y eligió como mejor momento éste.

—¿A dónde van cada mañana? —le soltó sin preámbulos.

Narcisa se mantuvo callada unos segundos más y pese a no haber dado nombres supo a quiénes se refería.

—El Señor Tenebroso tiene misiones para ellos.

Eso Jade ya lo sabía, pero esperaba obtener un poco más de información.

—Pero, ¿qué?

—Draco es un mortífago y como tal debe tener sus obligaciones —la cortó, pero la chica siguió sin enterarse del todo. Narcisa suspiró, algo sorprendente pensó Jade, pero que le recordó a Draco cuando se exasperaba—. Su amo lo obliga a lanzar ciertas maldiciones.

La morena lo entendió. Por eso volvía siempre más pálido de lo normal, como si hubiera presenciado un hecho terrorífico. Pero no, no lo presenciaba, lo provocaba él. Seguramente ahora estaría torturando a alguien… o matando.

Poco después de comer, Jade todavía estaba pensando en el rubio. No tardarían mucho más en volver, así que comprobó que Narcisa no se encontraba cerca y entró a la habitación contigua a la suya.

No había mucha diferencia entre su habitación y la de Draco, sólo las mantas de la cama y las cortinas eran distintas. Eran plateadas, lo que a Jade le recordó a su habitación en las mazmorras, pero también a los ojos grises del chico. Recorrió cada rincón con los ojos durante los minutos que esperó, o tal vez horas, pero no se marchó de allí. Sentía que debía estar con él; no podía dejarlo sólo en esos momentos porque sabía que lo estaba pasando realmente mal.

Acabó sentándose en un sillón negro que había junto a la ventana, la cual quedaba frente a la puerta de la habitación. Ya era de noche y la morena seguía esperando a Draco. Los ojos se le iban cerrando y de un momento a otro la puerta se abrió, sobresaltándola.

Una figura se dibujó en el pasillo, dejando entrar la luz a su alrededor. La habitación estaba a oscuras, ya que Jade no se había molestado en iluminarla cuando el sol se escondió. La chica dejó los pies en el suelo y observó cómo el rubio cerraba la puerta a su espalda. Tenía los ojos cerrados y estaba cabizbajo, parado enfrente de la puerta.

Jade se levantó lentamente y dio un paso hacia él, parándose en seco al escuchar un gemido. Draco cerró las manos en puños y dejó que varias lágrimas se deslizaran por sus mejillas y cayeran directamente al suelo. Estaba llorando y Jade sintió que el sufrimiento era también suyo. Dio otro paso y entonces llamó su atención.

Alzó la cabeza y no pudo evitar abrir los ojos de la sorpresa, pero de inmediato se giró hacia la puerta y se llevó las manos a la cara. Secó las lágrimas de sus mejillas y cerró los ojos agachando la cabeza. La chica se acercó más a él y extendió el brazo para tocar su hombro.

—Draco…

—¿Qué haces aquí? —la cortó secamente. Sus brazos colgaban a sus costados y miraba fijamente la puerta frente a él.

—Yo… ¿estás bien? —preguntó suavemente acercándose a su lado izquierdo.

—No deberías estar aquí. No quiero que estés aquí —siguió diciendo sin cambiar el tono y se giró hacia la derecha, esquivando a la chica.

Jade lo siguió con la mirada y suspiró. Dio un paso en su dirección y se detuvo.

—Sé lo que te obligan a hacer. —Intentaba hacerlo reaccionar, pero no funcionó—. Tu madre me lo ha contado y por eso he decidido esperarte aquí.

El rubio caminó cerca de la ventana sin encontrar un sentido a sus movimientos y después decidió quitarse la chaqueta, para no mostrar el temblor de sus manos. La dejó en el respaldo de la silla que había ocupado Jade anteriormente y por fin volvió los ojos hacia la morena. Ya estaba más sereno, pero Jade pudo ver una diferencia en sus ojos.

—Draco, puedes confiar en mí. Sé que te sientes muy mal, pero no es tu culpa. Te han obligado. No es culpa tuya —terminó murmurando. Quería preguntarle si sólo había hecho sufrir a algunas personas, pero tenía miedo de descubrir que también las había matado. —Draco…

—Ha muerto. —Jade calló abruptamente. Miró al chico apretando los labios y suspiró. Draco cambió su posición y los hombros se le hundieron, como si su cuerpo pesara más de repente—. Lo he matado y estaba indefenso.

—Draco, no pienses más…

—¡No he tenido piedad! —la cortó diciéndolo entre dientes y caminó apresuradamente hasta llegar a ella. La sujetó por los hombros y sus rostros quedaron a un palmo de distancia—. Me habría matado, a mí y a mis padres. ¿Lo entiendes?

Se hizo el silencio repentinamente. Jade observaba sus ojos grises, los cuales estaban más asustados que nunca. Subió sus manos hasta su cara y dejó que sus palmas se amoldaran a sus mejillas. Draco cerró los ojos y suspiró entrecortadamente. Entonces, como si de una señal se tratase, el chico bajó sus brazos y los dejó colgando a sus costados.

La morena depositó un beso en su frente después de ponerse de puntillas e inclinar la cabeza del rubio hacia ella. Soltó su cara y bajó las manos hasta tocar las de él. Draco abrió los ojos y contempló las manos de Jade rodear las suyas.

—Draco, tranquilízate y olvídalo todo. Sólo estamos tú y yo, en esta habitación. Solos —su tono fue suave y pausado, pero sus palabras no tenían ninguna otra intención más que tranquilizarlo.

El chico actuó sin pensar y acercó su rostro al de Jade, llevando sus labios entreabiertos hasta los de ella. No respondió al principio, pero enseguida dejó que el labio inferior de Draco entrara en su boca y cerró los ojos. El chico soltó las manos de ella y las llevó a su cadera, atrayéndola hacia él. La chica, por su parte, agarró su cuello y profundizó el beso.

No tardaron en caminar hacia la cama, olvidando donde estaban y quiénes podían descubrirlos. Jade quiso olvidar la conversación con Narcisa y su aviso, al igual que Draco la amenaza de su padre. Podrían pensar que la carne es débil, pero ellos sabían que no sólo era por eso que habían acabado besándose de nuevo.

—Esto es como una despedida —susurró Draco tumbado boca arriba con los brazos bajo la cabeza.

Jade abrió los ojos y suspiró. Estaba tumbada boca abajo a la izquierda del chico y dejaba al descubierto su espalda. Ella también lo había estado pensando, pero no lo tenía tan claro como para decirlo en voz alta.

—¿A qué te refieres? —preguntó también en voz baja, intentando ocultar que en realidad lo sabía.

—Vamos, Jade, lo sabes tan bien como yo. Seguro que alguno de mis padres ya te ha dado la charla —dijo muy seguro, pero la chica notó rabia en su tono.

Se apoyó sobre los codos y giró la cabeza hacia él.

—Tu madre —respondió con una mueca, haciendo que Draco soltara un suspiro—. Y tenía razón.

El rubio desvió la mirada del techo y clavó sus ojos en ella. No había expresión en su rostro, pero Jade lo interpretó como si le diera la razón también.

Se deslizó por la cama hasta llegar al pecho del chico y apoyó la cabeza allí. Notó que Draco se movía bajo su cuerpo y después su brazo izquierdo la rodeaba por la espalda, dejando la mano en sus costillas. Ella volvió a cerrar los ojos.

—Es mejor así. De otra manera nos ponemos en peligro a los dos. Además —añadió como para sí mismo—, tampoco es que sea tan grave. Sólo me quedaré sin sexo mientras esté en casa —terminó diciendo alzando levemente los hombros.

La chica cogió aire repentinamente y, al ver que no añadía nada más ni retiraba lo dicho, soltó todo el aire provocando que su pelo se expandiera por el abdomen de Draco, viendo esta parte del chico más pálida por el contraste con el negro de su cabello.

Se levantó bruscamente de la cama, dándole un pequeño empujón a Draco antes de alejarse, y se vistió rápidamente bajo la mirada del chico. Recogió sus zapatos y se dirigió hacia la puerta, pero antes de abrirla se giró para mirarlo con una sonrisa inclinada hacia la derecha.

—Ha estado bien mientras ha durado, pero con Theo fue mejor.

Salió y al cerrar la puerta se quedó quieta con una sonrisa en la cara. Entonces, escuchó una gran carcajada proveniente de la habitación que acababa de dejar atrás. Ella sonrió aún más, pero con un deje de pena. Los dos sabían que habían dicho tonterías, sólo para aliviar la separación, y también sabían que la nostalgia estaba presente en sus últimas risas juntos.

Cada vez estaban más cerca las Navidades y Jade notaba más tensión en la casa. Voldemort se paseaba más a menudo, haciendo que la presencia del prisionero se notase más gracias a sus gritos y súplicas. Además, había ordenado con más urgencia que le trajeran a Harry. También había lanzado amenazas al director de El Quisquilloso por sus constantes comentarios a favor de Harry, pero sin mucho cambio.

Por eso, tanto los Malfoy como Jade intentaban ocultar su descontento a las constantes visitas de mortífagos y de su amo.

Acababa de arreglarse, poniéndose un par de prendas de invierno que compró con Narcisa, y bajaba por las escaleras. Le resultó extraño no escuchar tanto ruido como en días anteriores, por eso estaba más contenta.

Al llegar a la entrada se fijó en que Narcisa y Lucius estaban hablando con un hombre entrado en años y que le resultó familiar. Pero su mirada pasó rápidamente a la puerta de entrada donde dos chicos caminaban hacia ella sin darse cuenta porque miraban al suelo. A Jade se le dibujó una enorme sonrisa al reconocer a Theo junto a Draco y corrió hasta él, abrazándolo de improviso. El chico dio un paso hacia atrás por la inesperada reacción de la chica, pero pronto correspondió al abrazo. Draco, por su parte, rodó los ojos ante la muestra de afecto que demostró la chica.

—¿Estás bien? ¿Cómo va todo por el colegio? ¿Va todo bien? ¿Qué haces…?

—Jade —la cortó el chico sonriendo—, ¿alguna vez te han dicho que preguntas demasiado?

La chica sonrió abiertamente y le dio un último abrazo antes de quedarse frente a él esperando a que hablase.

—Sí, estoy muy bien. Y sobre Hogwarts… bueno, me imagino que sabrás los cambios de este curso. —La chica asintió haciendo una mueca—. ¡Ah! Me dijo Pansy que te dijera que ella está cuidando a tu micropuff. No te importa, ¿verdad?

—Creo que Draquito estará muy bien con ella, mejor que solo —dijo casi sin pensar y acto seguido miró a Draco.

Recordó cuando le puso el nombre a su mascota, cuando aún no se había separado de sus amigos. El micropuff le había recordado a Draco en aquel entonces pero ahora todo era muy lejano y distinto.

—Bueno, veo que vosotros estáis muy bien —comentó Theo tras ver sus miradas—. Al menos, dejando de lado los problemas en casa —dijo señalando a los padres de Draco, haciendo referencia a que la mansión de los Malfoy era el cuartel del Señor Tenebroso.

—Eh… no te confundas. Sólo que…

—Sólo que hemos pasado muchos meses viviendo bajo el mismo techo y debíamos llevarnos bien, por el bien de mis padres —la cortó Draco con una sonrisa dirigida a Theo. Pero éste miraba a Jade con una ceja alzada, lo que al rubio le recordó a la última frase de la chica antes de salir de su habitación. Borró ese pensamiento rápidamente.

—Ya —casi susurró esa palabra después de ver cómo Jade bajaba la cabeza apesadumbrada.

—¿Por qué has venido? —preguntó la morena tras un momento de silencio—. ¿No irás a…?

—No —le contestó con una sonrisa—, sólo acompaño a mi padre.

—Pero, ¿el Señor Tenebroso no te ha obligado a formar parte de su grupo? —La chica iba mirando de vez en cuando a Draco, el cual miraba con detenimiento una de las paredes de la entrada.

—No, ya hablé con él en su momento.

Jade se sorprendió, no porque Theo llegara a tener una conversación con Voldemort, sino por haber conseguido seguir con vida pese a no haberse hecho mortífago. ¿Significaba ello que Draco también tuvo elección? Desvió la mirada hacia el rubio y entonces recordó que no, que había estado obligado para poder salvar la vida de sus padres y la suya propia.

El castaño los miró unos segundos y decidió cambiar de tema.

—Te veo cambiada —dijo el chico con una sonrisa mirando a la morena de arriba a bajo—. Parece que estos meses sin vernos te han hecho madurar.

Un carraspeo se escuchó proveniente del rubio que parecía haber quedado fuera de la conversación. Miró a Theo con una sonrisa que disimulaba muy mal sus repentinos celos hacia él y alzó las cejas haciendo que el castaño sonriera y diera un paso atrás.

Los tres adultos se acercaron a los jóvenes y el grupo se separó en dos: Theo y su padre, y los Malfoy y Jade. Ya se marchaban.

—Hasta la próxima, Jade —se despidió el chico. Miró después a Draco que seguía serio—. Adiós, Draco. —El chico asintió levemente. —Un placer visitaros.

—Nos veremos pronto, Lucius. Hasta otra, Narcisa.

Los dos, padre e hijo, caminaron hasta sobrepasar la verja y desaparecieron.

Según las cuentas de Jade, ese mismo día los estudiantes de Hogwarts volverían a sus casas a pasar las vacaciones de Navidad. Pero ya lo había preguntado y le habían dicho que Severus tampoco estaría con ellos esos días. Pero pese a eso, presentía que algo iba a suceder, sin contar que varios mortífagos iban llegando, instalándose en el salón.

Ella estaba cerca de la puerta, como en un segundo plano, observando a los cuatro o cinco mortífagos que se habían acercado a Lucius para contarle algo. Narcisa y Draco estaban cerca del sofá, también ocultos como Jade, pero al menos se enteraban de lo que pasaba. Veía sus expresiones, con el ceño fruncido, pero de inmediato sus rostros quedaron serios, tanto el de la madre como el del hijo.

Pero, para cuando quiso enterarse de lo que sucedía, un ruido que venía de la entrada los alertó a todos, haciendo que los nervios se disparasen. Un par de hombres se adelantaron a todos los demás, entre ellos Lucius, y corrieron en dirección al ruido. Seguidamente, los demás salieron tras ellos.

Jade iba delante porque al estar junto a la puerta pudo salir antes. Vio a Bellatrix y también que su marido, uno de los cuales habían estado hablando con Lucius, se reunía con ella. Distinguió a Dolohov caminando en cabeza y pararse junto al padre de Draco y entonces lo pudo escuchar.

—El amo nos ha mandado que traigamos a la cría a tu casa y que la encerre…

El mortífago no pudo terminar de hablar porque Bellatrix había gritado algo y Dolohov rodó los ojos al saber por qué lo hacía. Lucius parecía confuso, como muchos otros.

—¡Te dije que no te inmiscuyeras en las órdenes que el amo me da! —gritó la bruja acercándose presurosa a ellos. Jade estaba a un lado de los dos hombres y se asustó al ver la cara de Bellatrix—. ¡No tenías derecho a entrometerte!

El mago siguió sin prestarle mucha atención, por eso miró hacia atrás donde otro mortífago cargaba a alguien y se acercaba al centro del vestíbulo. Ignorando la discusión intentó abrirse paso entre los gritos.

—¡Malfoy! ¿Dónde la dejo? —preguntó Yaxley al captar la atención del hombre.

La morena se fijó mejor en la persona que llevaba colgando del hombro derecho, justo en el lado donde se encontraba ella. Era pequeña, con la piel pálida y tenía una larga cabellera rubia que colgaba por la espalda del mago.

La discusión entre Bellatrix y Dolohov no cesaba, pero Lucius ya conducía a Yaxley hacia una puerta al final de la entrada, a la derecha. Justo cuando el último mago sobrepasaba a Bellatrix, pudieron ver quién era la persona inconsciente. Jade sintió que el corazón se le paraba y después volvía a la carga con mucha más velocidad. No controló el impulso que llegó después, el cual la lanzó hacia el mago que cargaba a Luna y tampoco quiso detenerse.

—¡Luna! —fue lo que salió de su boca antes de empujar a Bellatrix para llegar antes hasta su amiga, pero alguien la detuvo pasándole un brazo por la barriga—. ¡Suéltame! ¡Luna!

Los gritos de la hermana de Narcisa se intensificaron, destinados sobre todo a Jade, pero su marido había llegado junto a ella y la detenía. Aunque Jade no se quedaba atrás; no había parado de repetir el nombre de la chica e incluso forcejeaba con el brazo del mago.

—¡Vamos! ¿A qué esperáis? ¡Encerradla! —los apremió Yaxley al ver que todos se habían parado por los gritos de las dos brujas.

Lucius reaccionó y desapareció por la puerta seguido de Dolohov. Jade notó que otros brazos la sujetaban con más seguridad por la cintura, dejando que el mago siguiera hablando con Bellatrix y justificándose al haber hecho él la misión que le tocaba a ella.

Se fue rindiendo poco a poco al ver que no podría con la persona que la sostenía.

—Ahora no —le susurró al oído.

Los ojos se le anegaban en lágrimas y por fin dejó de presionar el brazo que la sujetaba. Draco la soltó cuando pensó que podía, pero entonces ella se separó rápidamente y se fue escaleras arriba.