Intentaba no hacer ruido con su respiración, a pesar de tener el corazón en el cuello. Sentía que podían pillarla en cualquier momento, por eso estaba quieta pegada a la fría pared. No se había atrevido a comprobar si alguien la estaba esperando al doblar la esquina, si un mortífago rondaba al final del pasillo; tenía miedo.

Las sombras se dibujaban en su cara ahora colorada por el sudor. Sólo una ventana dejaba entrar algo de luz por un resquicio, lo suficiente como para que Jade pudiera distinguir una pared de otra.

Asomó la nariz por la esquina y volvió a esconderse cuando vio que algo se movía cerca de una puerta. Tragó saliva y contuvo la respiración para mirar de nuevo. Se había equivocado, no era alguien, había sido ella al interponerse entre la ventana y la puerta que había dibujado su figura. Al parecer, Colagusano había decidido subir a comer algo.

—¿Luna? —preguntó entre susurros mientras se aproximaba a la puerta de madera.

Se arrodilló ante ella y pegó la cara en ésta para poder mirar entre los huecos. Todo estaba más oscuro allí, así que pegó un salto hacia atrás al ver de repente un ojo azul pegado al suyo al otro lado de la puerta.

—¿Jade? ¿Eres tú de verdad? —se oyó la voz suave y suplicante de la chica.

La morena se puso en pie y se limpió la parte trasera del pantalón. Sacó la varita de Draco de su bolsillo y apuntó hacia la esquina donde había estado escondida.

Accio —murmuró Jade, haciendo aparecer una bandeja con un plato y un vaso.

Lo dejó al pie de la puerta y después apuntó con la varita hacia ésta.

Alohomora —pronunció ahora y la puerta se abrió, dejando ver la imagen de la rubia.

Era horrible verla ahí sentada en el suelo, con la ropa ajada, el pelo sucio y fuera del sitio y la cara llena de heridas. No se había fijado muy bien en ella cuando la trajeron hace un par de días.

La chica se puso en pie y dio un paso hacia la morena, abrazándola para no caer. Los brazos alrededor de su cuello se apretaron y hundió la cabeza en uno de sus hombros.

—Jade, tienes que sacarme de aquí. Ayúdame —le suplicó entre sollozos, pero sin alzar la voz.

La chica apretó los labios y cerró los ojos para contener los sollozos que veía venir. Nunca se habría imaginado a Luna en ese estado, tan triste, llorando, ella que siempre veía la parte buena de las cosas. Pero es que tenía razón, allí no había parte buena, todo era injusto, todo era horrible.

—Lo siento, Luna, pero debes quedarte aquí. —Su voz sonó dura y forzada. La chica no se apartó. —Si te dejo marchar, correrás más peligro, al igual que yo.

Lloró más intensamente, ahogando los sonidos en la camiseta de la morena. Ella la apartó lentamente y se agachó para recoger la bandeja y dársela.

—Ten, en cuanto te la acabes escóndela. Y compártela con Ollivander.

Después, cerró la puerta con un hechizo y se quedó mirando la puerta, teniendo grabada la última mirada de la chica; achicaba los ojos para soportar la poca luz que había visto en dos días pero el azul seguía coronando el negro de su gran pupila.

Esa mirada de entendimiento, pero a la vez de tristeza, se le quedó grabada en la retina durante varias semanas.

—Que te la dejara una vez, no significa que tengas libertad para cogerla cada semana.

Jade se detuvo con un pie en la escalera y con el corazón de repente acelerado. Poco a poco se giró y volvió al pasillo, mirando hacia su habitación. El chico extendió el brazo derecho en su dirección y abrió la mano.

—Dámela —dijo seriamente mirándola con intensidad.

Se mantuvo apoyado en la pared con una mano y la otra extendida a pocos centímetros de Jade. Ella, por su parte, dio un paso para acercarse más, quedando su brazo alargado a la altura de su hombro izquierdo.

—La necesito —le contestó suplicante, sin desviar la mirada de sus ojos.

—Y yo, para defenderme del futuro castigo por ayudarte —la acusó con una ceja alzada.

Ella sonrió de lado y bajó la vista al suelo.

—Si al menos recibiera algo a cambio —añadió mirando hacia otro lado.

Jade alzó lentamente la cabeza y la inclinó a un lado con una sonrisa en la cara.

—A menos que te refieras a un masaje o un ramo de flores creo que no puedo darte nada —dijo en tono irónico sin borrar la sonrisa.

Draco llevó ahora su mano derecha a la barbilla de la chica e inclinó su cuerpo para poder besarla. Ella dejó que lo hiciera, incluso agarró su blusa con la mano libre de la varita. El rubio quitó la mano de la pared y la acercó a su cuerpo.

Tras unos largos segundos de parálisis mental por ambos lados, se separaron y volvieron a su posición, como si no hubiera pasado nada. Jade sonrió, pero entonces se dio cuenta de que le faltaba algo. La varita. Miró las manos de Draco y después la sonrisa que tenía en la cara.

—Me has engañado —le dijo frunciendo el ceño y cambiando definitivamente su humor a uno no muy bueno.

El chico se pasó la mano libre por el pelo, revolviéndolo, y suspiró.

—Nunca he dicho que te la dejaba ahora —respondió mirándola a los ojos—. Sólo quería que me recompensaras todas las veces que la has cogido —añadió con una ceja alzada y terminando con una sonrisa inclinada a la izquierda.

Sin más, giró sobre sus talones y entró en su habitación, dejando a la joven en medio del pasillo con una expresión de rabia contenida, pero a la vez con un hormigueo en el estómago.

Esa semana parecía no acabar nunca. Primero, hubo tres reuniones en cinco días, lo que conllevaba tener visita durante todo el día. Aunque por otra parte, sólo tuvieron que ver a Voldemort una vez, lo necesario como para poder dar órdenes y marcharse a saber a qué lugar.

—¡Greyback! Deberías estar buscando sangres sucias en vez de esperar a que vengan por sí solos —se escuchó la voz de Bellatrix proveniente del salón.

Jade acababa de entrar desde el jardín y se dirigía hacia allí. Distinguió una sombra reflejarse en el suelo antes de ver al dueño de tal, disminuyó su paso y lo contempló con arrogancia.

El hombre lobo la miraba con una sonrisa igual o más arrogante que ella, pero no se atrevió a acortar los dos metros que los distanciaba. Eso hizo que la chica sonriera abiertamente.

Llegó al frente de la sala y observó cómo la hermana de Narcisa iba de un lado para otro, sin ocultar su nerviosismo. Hasta que no vio a Jade en la puerta, no se detuvo e intentó conservar la calma. Se pasó una mano por el pelo y alisó su vestido mientras suspiraba.

—No deberíamos confiar en estos hombres lobo —soltó de pronto mirando a su hermana—. Son incontrolables, sucios, sádicos y no paran hasta conseguir lo que quieren.

—Por eso el Señor Tenebroso cuenta con Greyback entre sus filas, porque no se detiene ante nada —la interrumpió Lucius con su característico arrastrar de palabras.

—Sólo me faltaba que el estúpido hombre lobo que está casado con la hija de Andrómeda intente avanzar su especie dejando su maldición en ella —rugió la bruja sin mirar a nadie en concreto—. Ahora no sólo tenemos que acabar con la parejita, sino que también con el engendro que salga a partir de ahí.

Parecía no escuchar a nadie más, sólo quería desahogarse maldiciendo a Remus Lupin por dejar embarazada a Nymphadora Tonks. Pero claro, Jade no lo miraba desde ese punto de vista, ella sentía una gran alegría por dentro, ignorando los estúpidos comentarios de la bruja.

—¿No vais a dormir hoy tampoco? —le preguntó la morena a Draco, intentando que no se notase que hablaba con él.

El chico alzó los hombros sin apartar la vista de sus padres, que también conversaban en voz baja, ignorando a Bellatrix.

—¿Me perdí mucho anoche? —insistió la chica. Él suspiró.

—Otras dos personas pronunciaron su nombre y las trajeron aquí para cobrar su botín. Lo de siempre, los carroñeros sólo buscan el dinero.

Su tono era monótono y sus expresiones no variaban de una frase a otra; eso era lo que más le extrañaba a Jade. Draco presentaba unas grandes ojeras por no haber conciliado el sueño durante casi toda la semana, pero su aspecto también se debía a los constantes nervios que le provocaban las misiones.

—Deberíamos salir a buscar nosotros mismos a Potter, seguro que los inútiles de los carroñeros han pasado por delante de sus narices y ni siquiera los han visto —seguía la bruja protestando.

—Bella, ya escuchaste al Señor Tenebroso, debemos mantenernos en la Mansión. Somos el punto de referencia.

Los minutos pasaban y las horas también, y allí parecía que nada iba a cambiar. Por eso, Jade no tardó en cansarse y salir al jardín para quitarse de encima esa atmósfera de tensión que reinaba dentro.

Se sentó en un banco pegado a la pared delantera del exterior de la casa, pudiendo respirar tranquila.

—Deberías entrar.

La chica siguió como si no hubiera escuchado su voz. Unos pasos se acercaban a ella, hasta que se detuvo de pie junto al banco. Su cabello parecía más plateado a la luz de la luna.

—Se acerca una guerra, ¿verdad? —le preguntó mirando las estrellas.

Draco tardó en contestar, pero antes se sentó a su lado y dirigió su mirada también al cielo oscuro.

—El Señor Tenebroso está llevando a cabo un plan que todos desconocemos, pero que sí, nos llevará a una guerra —dijo bajando la voz. Sus ojos se achicaron durante unos segundos.

Jade lo observaba contemplar las estrellas. Se fijó en su estado mejor que antes, porque lo tenía al lado y por eso le dio más lástima.

—Draco, deberías dormir —le sugirió con sinceridad—. Tienes un aspecto espantoso.

El chico soltó un suspiro a modo de risa y bajó la mirada a los ojos verdes que lo miraban preocupados.

—Yo siempre estoy guapo —intentó que sonara más irónico de lo que le salió.

Jade apretó los labios y negó con la cabeza.

Un ruido los alertó de que no estaban solos, pero sólo cuando escucharon voces fuera del terreno de la casa reaccionaron.

Se pusieron en pie para poder ver al extraño pero Draco no quiso demorarse más. Agarró la mano de Jade y caminaron deprisa hacia el interior de la casa. Pasaron la entrada y llegaron al salón, donde el ambiente parecía más relajado, hasta cierto punto.

—Padre, hay alguien fuera.

Lucius se separó de su mujer y pasó por el lado de Jade para salir a la entrada.

El rubio condujo a la chica cerca de su madre y se mantuvieron juntos, aunque Jade un poco sobreprotegida por la espalda de él.

Malfoy entró poco después acompañado por dos hombres lobo, uno de ellos Greyback, los cuales arrastraban tras de sí a tres jóvenes, que no se distinguían porque se mantenían en la penumbra.

—Lucius, ¿qué hacen estos aquí? ¿Por qué los has dejado entrar? —Bellatrix se había vuelto a poner histérica.

—Greyback, o me explicas de una vez a qué se debe tu visita o inmediat…

—Han pronunciado su nombre y hemos ido a ver qué ocurría —empezó a explicar el hombre lobo interrumpiéndolo—. Les preguntamos sus nombres, pero entonces nos dimos cuenta de que éste —dijo señalando al chico de la cara deforme— tiene una cicatriz como la de Potter.

—¿Cicatriz? ¿Qué cicatriz? Yo no veo…

—Si te fijas bien verás que tiene una en la frente, pero estirada —cortó a Bellatrix el otro hombre.

Lucius y Bellatrix se acercaron mientras Greyback ponía de rodillas al supuesto Harry. Jade se movió detrás de Draco para verlo mejor, aunque desde esa distancia no distinguía nada. El chico deforme se encontraba frente a la chimenea y se reflejaba en el gran espejo que había sobre ésta.

—Puede que tenga razón, Bella —dijo emocionado Lucius.

—Puede que Deyanira lo sepa mejor que nosotros. Ella era su amiga, ¿no? —sugirió la bruja mirando a la chica.

Jade apretó el brazo de Draco instintivamente. Tendría que comprobar si era Harry, pero si lo era... ¿qué podría hacer?

—Jade, ven. Míralo —le ordenó Lucius llamándola por su nombre para que la chica no se molestara.

Ella respiró hondo para parecer serena y se alejó del rubio camino a la chimenea. Llegó hasta ellos y se detuvo detrás del supuesto Harry. Al verlo desde esa posición se convenció de que no podía ser él; estaba muy deformado.

—¿Es él? ¿Es Potter? —Lucius estaba más emocionado que nunca.

Jade tragó saliva y se movió un par de pasos para quedar frente a él. Entonces se inclinó para mirar sus ojos, los cuales eran verdes, de un verde que reconoció en tan solo un segundo. Los llevaba viendo desde que tenía once años.

—No parece él —afirmó con toda la serenidad que fue capaz. Su corazón parecía a punto de desbocarse de su pecho, pero su rostro no decía nada.

—¿Pero no es Potter? ¿Estás segura? ¿Te has fijado bien? —el hombre parecía palidecer por momentos.

—Puede que nos esté mintiendo. —Bellatrix miró a Lucius y después a la chica— Te recuerdo que debes estar del lado de mi amo, sino ya puedes decirle adiós a tu miserable vida.

—Si fuera así, Bella, ya estaría muerta. Así que no nos miente —aseguró Lucius.

Jade miró un momento a la bruja y después volvió junto a Draco y Narcisa. Sabía perfectamente que no le sucedería nada, porque en realidad no había mentido.

—Pero sí lo es. Es Potter. Encontramos unas gafas donde estaban ellos.

Greyback las sacó de su bolsillo y se las colocó al chico en la cara, haciendo que las caras de los otros se iluminaran.

—¡Es Potter! —exclamó entonces Malfoy.

Su cuñada desvió la mirada hacia los otros dos jóvenes y ordenó que los acercaran hasta allí.

—¡Y ésta es la sangre sucia!

—¡Entonces él es un Weasley!

Era cierto, eran ellos. Hermione tenía la cara sucia y el pelo más enmarañado que antes. Ron sólo tenía un rasguño en la mejilla. Pero Jade no se fijó en eso, tenía bastante sabiendo que eran sus amigos los que tenía enfrente. Y la estaban mirando.

—¡¿Cómo consientes mentirme?! —gritó de pronto Bellatrix corriendo hacia la morena.

Alzaba una mano que iba directa a su cara. Ya le iba a dar cuando otra mano igual de blanca se interpuso en su camino, deteniéndola.

—Bella, es la hija del Señor Tenebroso, no te conviene tocarla —dijo Narcisa mirando seriamente a su hermana.

El hombre lobo soltó un bufido al escucharla decir aquello. Él lo sabía muy bien.

—Tienes suerte de que el Señor Tenebroso te quiera viva —escupió la bruja bajando el brazo.

—Sí, parece que mi padre me quiere —contraatacó Jade con ironía.

Lucius dejó de observarlas discutir y se dirigió al centro de la sala, recobrando la compostura.

—Llamaré al Señor Tenebroso de inmediato —dijo levantándose la manga izquierda y dejando ver la marca.

Pero Bellatrix fue más rápida y enseguida corrió hasta donde se encontraba el mago para sujetarlo firmemente por la muñeca.

—No se te ocurra tocarla —lo amenazó con los ojos desorbitados.

Miraba fijamente hacia algo que tenía el otro hombre lobo en las manos, pero que por la penumbra no se veía muy bien.

—¿Qué es eso? —preguntó desquiciada.

—Una espada, ¿qué va a ser si no?

La bruja soltó la muñeca de su cuñado y corrió hasta el Carroñero de la espada en mano, con los brazos por delante. Intentó quitársela pero el hombre era más fuerte.

—¡Es mía! ¡Yo la encontré! —gritaba mientras se echaba hacia atrás.

—¡Bella! ¿Qué haces? —se alarmó su hermana dando unos pasos en su dirección.

—¡Desmaius! —dijo de pronto la bruja y el Carroñero cayó de espaldas al suelo.

Bellatrix agarró la espada y se acercó a Lucius.

—Esta espada debería estar en mi cámara de Gringotts. —Se giró de repente para mirar a Ron y Hermione— ¿De dónde la habéis sacado? ¡Hablad!

—¡Nos la encontramos! —sollozó la castaña viéndose obligada a hablar por el Carroñero que los custodiaba.

—¡Mientes! —gritó Bellatrix apretando los puños—. Si no queréis hablar, os obligaremos. Tú, llévalos al sótano con los demás prisioneros. —El custodio fue a por Harry y lo arrastró hasta donde estaban los otros, para llevarlos juntos abajo. —Pero deja a la sangre sucia, quiero empezar con ella.

—¡No! ¡Cójame a mí! ¡A ella no! —ahogó Ron las órdenes de la bruja mientras se zarandeaba.

A todo esto, y mientras los gritos lo acallaban todo, Jade cerraba con fuerza los puños, intentando retener la rabia que quería salir a gritos de su boca. No podría consentir aquello, y mucho menos estar presente, pero sabía que no podía detener a la bruja. Sin varita y con el riesgo de morir en un intento de salvar a su amiga de un sufrimiento. Tendría que quedarse ahí, escondida tras la espalda de Draco, con los ojos cerrados con fuerza y reteniendo las lágrimas.

—¡Dime de dónde sacasteis la espada! —seguía gritando Bellatrix.

—¡La encontramos! ¡Lo juro, no la robamos! —Hermione gritaba de dolor pero aún así seguía insistiendo en lo mismo.

—¡Mientes! ¡Asquerosa sangre sucia! ¡Cruc…

—¡Basta! —la interrumpió Jade gritando con todas sus fuerzas.

Bellatrix no le prestó atención y volvió a mirar a Hermione. Acercó su varita al cuello de la chica y achicó los ojos.

—¿Qué más os llevasteis? ¡Habla! —preguntó ahora la bruja.

—¡No sé de qué me habla! ¡Nos la encontramos! ¡Es una copia! ¡Una copia! —la chica se retorcía mientras gritaba.

—Eso es fácil de comprobar —dijo Lucius antes de dejar hablar a Bellatrix—. Draco, trae al duende.

El rubio se movió al segundo de recibir la orden y caminó con la cabeza alta. Jade abrió los ojos cuando sintió frío al no estar en contacto con el chico y lo observó salir de la habitación.

Unos minutos después, apareció arrastrando a una pequeña criatura sucia y con harapos. La dejó cerca de Hermione y volvió al lado de su madre y Jade. La morena ya no cerraba los ojos, pues ya no torturaban a la castaña. Se sentía más cobarde que nunca.

—¿Es ésta la verdadera espada? —se adelantó Lucius de nuevo. Parecía que no consentiría más que Bellatrix mandase en su propia casa.

El duende no cambió su expresión, pero cogió entre sus manos la espada y la inspeccionó de cerca.

—Mmm… es falsa —respondió al fin. Bajó la espada, pero no la soltó.

—¿Estás seguro? —insistió la bruja para estar totalmente segura.

—Sí, lo estoy.

—¡Muy bien! Ya puedo llamar al Señor Tenebroso.

Antes de que la varita tocara su piel, se escuchó un sonido proveniente del sótano. Lucius se quedó inmóvil y miró a Petigrew.

—Colagusano, mira a ver qué pasa —le ordenó.

Obedeció y desapareció por la puerta de la sala.

Bellatrix se retiró la manga y clavó su varita en la Marca Tenebrosa. Se tornó más negra y empezó a moverse, oscilando como una serpiente. Tanto Lucius como Draco llevaron sus ojos a sus propias marcas, las cuales también estaban como la de la bruja. Jade observó asustada la de Draco y sintió que el corazón se le encogía.

Si venía, todo se acabaría. Y ya estaba en camino. Se encontraría con Harry, lo mataría y sería el fin.

—Podemos prescindir de la sangre sucia —dijo entonces Bellatrix—. Greyback, puedes llevártela si quieres.

—¡Noooooo! —exclamó alguien que acababa de entrar en la sala.

Jade y Draco se giraron a la vez para ver quien era, pero los lanzamientos de hechizos ocultaron el grito de la morena. Ron y Harry estaban en la puerta y los apuntaban con las varitas; la de Bellatrix estaba en la mano de Harry. Gracias a un pequeño titubeo de Colagusano, el cual por un momento pensó que le debía la vida a Potter, haciendo que su propia mano lo estrangulara, habían podido escapar.

De un momento a otro Narcisa, Lucius y Draco habían sacado sus varitas y apuntaban a los chicos. Los hechizos inundaron la sala, haciendo que Jade se escondiera tras el rubio.

Un fuerte golpe sonó detrás de la morena y cuando levantó la cabeza vio a Lucius en el suelo, bajo la chimenea, e inconsciente.

—¡Deteneos o la mato! —exclamó Bellatrix con un puñal cerca del cuello de Hermione.

Jade volvió a mirar hacia la sala y no encontró a Harry en la puerta. Siguió la mirada de la bruja y lo vio detrás del sofá.

—¡Soltad las varitas!

Su puñal había sacado varias gotas del cuello de la castaña. Jade no lo podría soportar más.

Entonces, Harry y Ron se dejaron ver con las manos en alto y vacías. De un momento a otro, Draco recibió una orden de su tía y se separó de Jade para acercarse a los desarmados. Volvió junto a sus padres con varias varitas en las manos.

—Cissy, deberíamos atarlos a todos. Menos a la sangre sucia, que se la quede Greyback —dijo Bellatrix con una sonrisa inclinada.

Lo que vino pasó muy deprisa.

La lámpara de araña que pendía del techo se soltó e iba directamente a donde estaba Bellatrix, Hermione y el duende. La primera saltó a un lado para ponerse a cubierto, Hermione no se movió porque parecía estar inconsciente y el duende se agachó, pero le dio en la cabeza. Seguidamente apareció un elfo doméstico en la puerta, pero que Jade dejó de lado cuando vio de reojo cómo Draco se tapaba la cara con las manos. Al retirarlas las vio manchadas de sangre, al igual que su cara. Se puso recto de nuevo pero no pudo prever lo que Harry hizo a continuación.

Las tres varitas que había tenido Draco en sus manos ahora estaban en posesión del moreno. Harry debía darse prisa; Voldemort estaría llegando y debía irse.

De repente, el hombre lobo cayó al suelo vencido por tres hechizos y Narcisa escondió a su hijo tras de sí cuando se hizo unos pasos hacia atrás. La habían dejado sola en medio de la sala, desprotegida y siendo considerada del enemigo por parte de Harry que la miraba detenidamente.

Narcisa se adelanto, apuntó con la varita a Dobby, el elfo que liberó Harry hacía muchos años y que ahora se acercaba al chico, y empezaron a gritarse cosas. Pero no prestó atención porque alguien la había cogido por la muñeca y tiraba de ella hacia abajo.

Cayó de rodillas al suelo y notó como si se la llevaran lejos, muy lejos. Miró asustada a Draco que se había movido de su sitio y corrió hacia ella, pero algo lo hizo volar por los aires cuando casi tocaba la mano de Jade. Por el rabillo del ojo percibió a Bellatrix y la vio correr hacia ella, pero entonces desapareció en la oscuridad.

Poco a poco empezó a vislumbrar algo blanco a sus pies y el olor a sal la mareó un poco más. Estaba tumbada en el suelo blanco, el cual era arena, bajo el cielo estrellado que había contemplado en el jardín de la Mansión Malfoy.

Se sentó apoyándose con las manos y observó a su alrededor intentando abrir más los ojos. Vio a Harry arrodillado junto a un pequeño cuerpo, repitiendo el mismo nombre constantemente.

—¡Dobby! ¡No, Dobby!

Jade se arrastró hasta él y miró el cuerpo del elfo desde sus pies. Tenía un puñal clavado en el pecho, de donde salía un chorro de sangre que empañaba la ropa y el cuerpo del elfo. Harry lo había arropado con su abrigo y lo había dejado en el suelo.

La morena sintió arcadas al ver el cuerpo y la sangre, por eso se apartó un poco y se tapó la boca con la mano. Justo en ese momento notó la presencia de otras personas que contemplaban conmovidos la escena.

Ella se levantó y empezó a caminar hacia la casa, todavía desorientada y mareada. No sabía qué hacía allí ni por qué se encontraba con Harry y no con Draco. Debería estar en la Mansión, esperando la visita de Voldemort, recibiendo el castigo con todos ellos, y no allí, viendo cómo enterraban a un elfo y esperando caerse en algún lugar desconocido para detenerse a pensar.

Llegó a la puerta de la casa y entró sin llamar. La luz la cegó y entró con los ojos entornados, sin saber quiénes eran los que la observaban. De pronto, unos brazos la rodearon en un abrazo, haciendo que casi cayera. Llevó sus brazos hacia la espalda de aquella persona, dejándose llevar sin saber si quiera quién era.

—Te debo mucho, Jade. Muchísimas gracias —dijo una suave voz de chica que reconoció como la de Luna.

—Luna, deberías alejarte de ella —se escuchó otra voz al fondo de la habitación, pero ahora de chico.

La chica se soltó de Jade y miró a Ron con cara de enfado. Después le sonrió de nuevo a la morena y salió fuera de la casa.

—¿Dónde estoy? —preguntó la chica con rudeza. No le había gustado la actitud del pelirrojo.

—En El Refugio, la casa de Bill y Fleur —le contestó con el mismo tono el chico.

Ya había abierto los ojos del todo y miró a su alrededor. Después se detuvo en Ron y vio unas escaleras detrás de él. Supuso que había bajado después de visitar a alguien en las habitaciones de arriba.

—¿Quién está…?

—Hermione dudo que te quiera ver —respondió Ron sin dejarla terminar.

Eso le dolió más de lo que pretendía. Se esperaba una reacción así por parte de los amigos a los que había dejado plantados por Draco. A sus ojos, ella era del bando enemigo y no se merecía su confianza.

La castaña no tardó en aparecer por allí, pero con un aspecto que le dolió a Jade en lo más hondo. Estaba pálida, con rasguños a lo largo de la cara y los ojos abiertos por la mitad. Ron se giró rápidamente.

—Hermione, deberías volver a la cama —dijo el chico corriendo a ayudarla para que caminase.

—Quiero estar con Harry. Lo estará pasando muy mal.

Su voz daba escalofríos y Jade sintió que le dolía el pecho de nuevo. Si ella hubiera hecho algo para detener a Bellatrix, ahora Hermione no tendría ese aspecto.

Pasaron por delante de la morena, pero sólo recibió una mirada de soslayo por parte de la chica y una de odio de Ron.

Pasó largos minutos sentada en el sofá, pensando en todo lo que había pasado y en lo que tenía que pasar cuando se enfrentara a sus amigos. Recordó lo que le había pasado a Draco, su cara ensangrentada y cuando salió despedido hacia atrás por un hechizo.

La puerta se abrió y vio entrar una melena rubia. Fleur se acercó a ella con una sonrisa y se sentó a su lado. Seguidamente, la abrazó. Abrió los ojos con sorpresa pues no se esperaba ese trato. Tal vez todavía conservaban la poca amistad que hicieron en el Torneo.

—Cuanto tiempo sin vegte, Jade —dijo con alegría cuando la soltó. Ella no sabía qué decir.

—Veo que vives aquí, con Bill —se le ocurrió decir.

—Sí, nos casamos hace casi un año y nos vinimos —seguía diciendo con una sonrisa.

Entró Luna ahora a la casa seguida de Dean Thomas, el cual no había visto antes, y después Ron y Hermione. Se fueron acomodando a lo largo de la estancia, sin decir palabra. Jade sintió la mirada de Ron y le entraron ganas de gritarle que le dijera lo que tenía que decirle. Pero se calló.

—Envié a todos a la casa de tía Muriel —comentó Bill mirando a su hermano. Ron alzó la mirada—. Ginny también está allí. Conseguimos sacarla de Hogwarts antes de que se enteraran.

Harry entró y se quedó de pie en el umbral. Estaba cabizbajo, con los ojos fijos en la nada.

—Harry, estaba diciéndoles que Ginny esta con toda mi familia en la casa de tía Muriel. La sacamos del colegio antes de que supieran que Ron va contigo.

El chico quiso decirle algo, pero Bill se lo agradeció. Jade observaba al moreno de ojos verdes que de un momento a otro se lanzaría sobre ella para decirle todo lo que pensaba, según Jade. Pero en vez de eso, pidió hablar con Ollivander y Griphook, el duende. Tanto él, como Ron y Hermione desaparecieron escaleras arriba.

Fleur había preparado té y le había dado una taza a Jade. La chica había encogido las piernas en el sofá y estaba tapada con una manta. Miró por la ventana y vio que el sol había dejado el horizonte atrás y daba de lleno en la cara de Jade.

Luna estaba en una silla junto a Dean, y Bill había desaparecido por una puerta que parecía dar a la cocina. Fleur estaba sentada a su lado con otra taza de té.

—Jade —la llamó el hermano de Ron—, ¿puedo hacerte una pregunta?

La chica hizo una pequeña mueca; a esas alturas guardaba más secretos que en toda su vida y corría peligro si alguien se enteraba de lo que no debía. Bill continuó pese a haber visto ese gesto.

—¿Qué tienes que ver tú en todo esto? —Con todo esto se refería a lo que Harry, Ron y Hermione ocultaban porque ella había regresado con ellos. Ella desvió un momento la vista de él. —Según lo que sabía, tú estabas secuestrada por el profesor Snape, pero entonces te encuentro en mi casa acompañando a Harry. ¿Has estado todo el tiempo viajando con ellos?

—No, ella ha vivido en la casa de los Malfoy —le contestó Luna—. Me ha estado ayudando mientras estaba encerrada con el Señor Ollivander.

La chica le dedicó una gran sonrisa que, por no poder, no fue devuelta. Jade no se sentía con ánimos para sonreír.

—¿Y por qué no te han dicho nada si hacía tiempo que no os veíais? —se interesó Bill al no comprender.

—Porque fue ella quien nos dejó —respondió alguien desde la escalera.

Harry, Ron y Hermione ya habían terminado de hablar con los dos de arriba y ahora Ron miraba a Jade, con la misma rabia.

La morena había suspirado por la nariz y dejado la taza en la mesita que había junto al sofá.

—Ron —le advirtió la castaña pero con una expresión parecida a la de él, aunque más suave.

—No, aquí todo va a quedar claro —le contestó a Hermione. Después miró a la morena—. ¿No estás de acuerdo con que estemos enfadados contigo después de dejarnos e irte con Malfoy el curso pasado?

El silencio reinó entre ellos. A Jade le sorprendió que Ron tuviera ese poder de convicción y liderazgo como estaba demostrando ahora. No contestó y bajó un poco la mirada.

—¿Y qué tal te parece si te recuerdo lo que le dijiste a Hermione? —Jade tragó saliva y miró un momento a la castaña, desviando los ojos de inmediato—. La llamaste sangre s…

—Lo sé —dijo para sorpresa de todos. No quería escucharlo acabar la frase. —Pero nunca quise decírselo.

—Explícanos entonces por qué se lo dijiste. ¿Acaso Malfoy te obligó? —preguntó con burla el pelirrojo. Hermione le puso una mano en el hombro para frenarlo.

Jade dejó la manta de lado y se puso de pie, mirando ferozmente al chico.

—Explícame tú antes porque me trajisteis con vosotros —le soltó sin pensar con rabia contenida.

Los tres chicos se sorprendieron. Pero ahora fue Harry quien habló.

—¿Acaso querías quedarte? Pensé que hacía algo bueno por ti cuando te traía aquí —dijo como dolido el moreno.

—¡Habría sido mejor que me dejaseis en la Mansión, al menos no tendría que estar escuchando cómo mis amigos me dicen lo estúpida que he sido y lo mal que me he comportado con ellos! —exclamó ofendida, aunque sabía que no tenía nada de razón.

—¡¿Todavía intentas excusar tu comportamiento del curso pasado?! —saltó ahora Ron dando un paso hacia ella.

—¡Sí! ¡Porque no sabéis nada!

—¡Entonces dínoslo! —le espetó el pelirrojo alzando las cejas.

—No… puedo —dijo más suavemente la morena.

—Ya, claro, pero llamarla…

—Lo siento, Hermione. De verdad, nunca quise decirte eso. Sabes que yo misma le pegué a Parkinson por decírtelo. —Vio una pequeña sonrisa en el rostro de la chica, pero enseguida se entristeció.

—Me dolió mucho y hasta ahora había pensado que me odiabas de verdad —le confesó con ojos tristes y llorosos. A Jade, el corazón se le encogió.

—Perdóname —le dijo finalmente dando una paso hacia ella.

Hermione la miró con ojos húmedos y corrió hasta ella para abrazarla con toda la fuerza que pudo. La morena no pudo evitar derramar algunas lágrimas, pero no se las secó.

—Y tampoco podrás decirnos por qué quieres estar en la casa de los Malfoy, ¿no? —preguntó Harry caminando hasta la altura de Ron. Jade lo miró apretando los labios y llevándose una mano a la cara para quitarse algunas lágrimas.

—Es que… no sé si puedo —confesó apretando los puños. Quería contarles todo, pero no sabía cuál era el límite. No estaba segura de lo que entraba dentro de estar de lado de Voldemort. Tal vez decirles todo sería como una traición. —Estoy… atada a él.

Varios ceños fruncidos la hicieron suspirar. No se atrevía a arriesgarse a decir más.

—¿Te refieres a un juramento inquebrantable?

Jade buscó con la mirada los ojos castaños de Hermione y asintió, pero aún con miedo.

—¿Con el-que-no-debe-ser-nombrado? —preguntó Bill metiéndose en la conversación. Ella volvió a asentir.

Todos cogieron aire de golpe; no se lo esperaban.

—Pero, ¿qué condiciones te puso? Bueno, una ya me imagino cuál es. —Miró la expresión de su hermano y decidió explicarla— No puede traicionarlo. Pero, ¿no puedes decirnos ninguna otra pista? —le preguntó volviendo a mirarla.

—Bueno, habrá algo por lo que aceptaste hacer el juramento, ¿no? —habló ahora Hermione mirándola con la cabeza inclinada. Su brazo todavía estaba posado en la espalda de la morena.

La chica se ruborizó un poco y tras mirar a su amiga miró a los demás. Después bajó la cabeza.

—Sí, realmente es por eso por lo que tendría que estar en la Mansión.

Hermione achicó los ojos, buscando la respuesta antes de tenerla. Harry y Ron fruncieron el ceño.

—Espero no morir en el intento —murmuró antes de responder, pero su amiga la escuchó y sonrió—. Todo se debe a —se detuvo y comprobó que seguía viva—…a Draco —dijo al fin con las mejillas levemente coloradas.

Algunos se movieron en su sitio, otros hicieron una mueca y otros sonrieron levemente.

—¿Contentos? —cortó el silencio todavía ruborizada.

—Bueno, sólo espego que lo hayáis ageglado entge vosotgos —dijo Fleur acercándose a ellos con una sonrisa.

Jade miró a sus dos amigos esperando una respuesta. Ron rodó los ojos y Harry movió afirmativamente la cabeza con una sonrisa.

Cuanto más tiempo pasaba en aquella casa, más nerviosa se ponía. Parecía que nadie se daba cuenta de que corrían peligro mientras ella permaneciera allí. Seguramente la estarían buscando, incluso el propio Voldemort, y si la encontraban allí todos ellos morirían por su culpa.

Harry, Ron y Hermione parecía que estaban planeando algo con el duende, y ya llevaban una semana así. En parte les agradecía que no le contaran nada, por si sucedía algo con Voldemort, pero la curiosidad cada vez la superaba más.

—¡Sabía a rayos! —la despertó una voz amortiguada.

Jade se levantó alertada y se asomó por la ventana. Veía a Harry, a Ron, al duende y una cabellera negra, pero no sabía de quién era porque estaba de espaldas a ella.

Se vistió rápidamente y bajó las escaleras con parsimonia, sin despertar a nadie. Llegó a la puerta de entrada y la abrió lentamente, asomando la cabeza por el resquicio. Parecían relajados, aunque no se explicaba el porqué de estar allí a esas horas. La morena abrió del todo la puerta y la cerró tras de sí.

—Chicos, ¿qué hacéis aquí?

La miraron con los ojos abiertos y entonces pudo saber quién era la persona de la melena negra.

—¡Tú! —exclamó Jade mirando directamente a los ojos de Bellatrix—. ¿Qué… qué haces aquí?

—No, Jade, no es ella. Es Hermione —dijo rápidamente Harry.

La Bellatrix falsa le sonrió y, aunque le pareció lo más extraño que había visto, le valió.

—Pero… pero… ¿qué estáis haciendo?

Ninguno le contestó y se lanzaron varias miradas. Jade seguía esperando una respuesta.

—Mmm… nos vamos —le dijo Hermione a través del cuerpo de Bellatrix.

—¿A dónde? Se supone que nos iríamos todos con la familia de Ron.

La chica había aceptado ir con ellos sólo porque sus amigos estarían allí, pero siempre pensaba en alguna forma de escapar y así no ponerlos en un riesgo innecesario. Pero ahora, viéndolos con la intención de irse sin ella, la rabia se instaló en su cabeza.

—Jade, ya sabes que tenemos una misión y debemos irnos —le dijo dudando la castaña.

—Pero no me habéis dicho nada, ni siquiera que os ibais. Sabéis que me he quedado porque me lo habéis pedido, sino ya estaría con ellos otra vez —los acusó dejando ver en sus palabras que aquello le había sentado mal.

—No puedes acompañarnos, si es eso lo que quieres decir —saltó Harry mirándola a los ojos. Todavía había un deje de rencor en los de él.

—No pienso quedarme, si es eso a lo que te refieres. Y sí, me iré con vosotros, aunque no me digáis lo que pensáis hacer —espetó muy convencida.

Hermione suspiró; sabía que no valía la pena discutir, así que deberían dejarla acompañarlos. Se giró para mirar al moreno y le dijo:

—Harry, podemos mantenerla al margen. Le lanzaré un hechizo desilusionador y se quedará fuera.

La ceja de Jade se alzó, demostrando lo poco que había entendido de aquel plan. Pero el caso es que parecía que sí se iría con ellos porque Harry se encontró con sus ojos y después asintió.

—Después de arreglar a Ron voy contigo —le dijo Hermione levantando la varita hasta la cara de Ron.

Unos minutos después, Jade había desaparecido de la vista de sus amigos y Ron parecía otra persona, aunque se podía entrever que seguía siendo él.

La castaña llamó a Jade para que se cogiera de su brazo y los demás se unieron alrededor. Desaparecieron.

Aparecieron en una calle con algunos muggles con cara somnolienta. Empezaron a caminar por la calle y Jade los siguió, hasta que se detuvieron ante una puerta de madera y entraron. Estaban en el Caldero Chorreante, sus paredes recubiertas de suciedad y su camarero eran los signos que corroboraron que estaban allí.

—Señora Lestrange —la saludó Tom con una inclinación de cabeza.

—Buenos días —respondió Hermione, y Jade arrugó el entrecejo.

El hombre también notó el cambio, pero siguieron caminando como si nada. Salieron al pequeño patio trasero y la chica abrió el muro hacia el callejón Diagon. Entraron en la calle y no se detuvieron ni un segundo. La morena seguía sin saber a dónde se dirigían, pero caminaba a unos cuantos pasos por detrás de ellos.

Una mujer mugrienta se lanzó contra la falsa Bellatrix agarrándola por el cuello y culpándola por algo que le había pasado a sus hijos. Ron le lanzó un hechizo que hizo que saltara por los aires hasta llegar unos metros lejos de ellos.

Varias personas que caminaban por allí aceleraron el paso, intentando huir de lo que se podía avecinar.

—¡Qué sorpresa, señora Lestrange!

Era un hombre alto y delgado y con el pelo canoso. Se acercaba a Hermione con una sonrisa.

Caminaron junto a él, camino a Gringotts, y entonces Travers, el hombre que los acompañaba, entró antes que ellos. Jade vio un hechizo salir de la nada y darle a uno de los guardias, después al otro.

—Jade, quédate fuera —escuchó la chica que Harry le decía en voz baja, pero sin saber dónde estaba. Él y Griphook se escondían bajo la capa de invisibilidad.

Obedeció, por miedo a complicar las cosas y que volvieran a descubrirlos. Ellos entraron mientras los guardias estaban confundidos y desaparecieron a lo largo del pasillo.

Había pasado como mínimo una hora desde que habían entrado y no daban señal de que los hubieran descubiertos. Hasta ahora.

Fue como si hubieran escuchado sus pensamientos, porque los duendes del banco empezaron a levantar la voz y se escucharon ruidos de metal. Jade se levantó del suelo rápidamente y se asomó para ver qué pasaba al final del pasillo.

Todo temblaba y parecía que de un momento a otro las columnas del pasillo de mármol caerían al suelo. Pero no sólo eso, el techo también temblaba.

De pronto, una puerta que había junto al mostrador, donde magos y duendes esperaban a que algo sucediese, salió disparada hacia la otra pared con un gran estruendo. Del agujero salió una enorme criatura pálida que tenía los ojos rosados, pero de escozor. Dirigió la cabeza hacia el gran pasillo que salía directo hasta Jade y sus patas tocaron el suelo sólo para guiarse hacia la salida.

El dragón tenía las alas dobladas y pegadas a su cuerpo, sin espacio para desplegarlas hasta que salió del edificio. La morena se había hecho a un lado, pero entonces se dio cuenta de que sus amigos estaban en el lomo del animal.

No se lo pensó dos veces y, en cuanto el dragón posó sus patas en la calle para desplegar sus alas, la chica saltó para engancharse a la cola con púas que se había parado un momento en el suelo.

Echó a volar, dejando Londres a sus pies y alejándose.

Llevaban mucho tiempo enganchados del dragón y sus cuerpos empezaban a debilitarse por el frío y por el cansancio. Las montañas, los bosques y las ciudades se sucedían debajo de ellos, pero a una gran distancia.

Jade miró hacia el lomo del animal y comprobó que sus amigos parecían estar en su misma situación. Entonces empezaron a perder altura, acercándose a un bosque y a un lago.

Harry saltó y sus amigos lo siguieron. Jade se asustó por un momento antes de seguirlos al agua, pues no la habían avisado. Se sumergió en el agua y cuando salió nadó hacia la orilla donde se dirigían sus amigos. Cuando salió se sentó detrás de Hermione en el suelo, apoyando las manos detrás de su espalda.

—Lo bueno es que tenemos un horrocrux más. Y la mala… —dijo Ron entrecortadamente.—… que no tenemos la espada.

—¿Qué es un horrocrux? ¿Y para qué queríais la espada? ¿Qué ha pasado? —empezó a preguntar, pero ninguno la miró.

—¿Jade? ¿Dónde estás? —Hermione parecía asustada cuando giró la cabeza hacia donde escuchó la voz. La morena seguía siendo invisible.

—Detrás de ti.

La castaña apuntó con su varita hacia donde creía que estaba la chica y Jade volvió a ser visible. Estaba esperando una explicación.

—Pues… —Hermione suspiró y miró un momento a Harry—, el-que-no-debe…

—Mi padre —atajó la morena para que se diera prisa.

—Bueno, sí, tu padre. Él dividió su alma en partes para meterlas en objetos y así no morir aunque su cuerpo muera. —Era una explicación muy breve y la mitad de lo que en realidad era, pero a Jade le sirvió.

—Y la espada los destruye —añadió Ron.

—Tenemos un gran problema —dijo de pronto Harry, el cual había estado callado—. Lo sabe. Sabe que hemos descubierto los horrocruxes y piensa ir a comprobar que todos están bien.

Hermione ahogó un grito llevándose una mano a la boca.

—El que falta está en Hogwarts. —Eso era una afirmación. —Debemos ir antes que él y encontrarlo.

—Pero Harry, no sabemos lo que nos podemos encontrar —dijo Hermione poniéndose de pie—. Habrán mortífagos por todos lados y si nos capturan…

—Va a haber una guerra de todas formas —murmuró Ron mirando a su amigo.

Jade llevó sus pensamientos hacia una conversación que ya le parecía muy lejana. Severus le reveló algo el curso pasado sobre la profecía, algo que debía ocultarle a Voldemort. Pero ahora que se acercaba una guerra, donde no sabría en qué bando estaba, porque no podía atacar a los mortífagos por el juramento, pero tampoco a sus amigos porque eran sus amigos, la verdad podría quedarse con ella y con Severus.

—Las posibilidades de ganar son pocas. Porque aunque Jade esté ahora con nosotros debe estar junto al-que-no-debe-ser-nombrado —dijo una afligida Hermione, bajando la cabeza.

Ron se puso de pie y pasó un brazo por los hombros de la chica.

—Chicos, debo deciros algo sobre la tercera persona de la profecía —empezó diciendo la morena. Los tres la miraron.

—Por eso lo digo, sabemos que eres tú, y según la profecía esa persona era importante en la resolución de la batalla entre Harry y el-que-no-debe-ser-nombrado —le explicó la castaña.

—No, Hermione, de eso quería hablar. —Miró un momento a Harry y después volvió a la chica. —Resulta que yo no soy la tercera persona que nombra la profecía.

—¿Cómo que no? —Ron la miró intrigado y confuso, pero la cara de la chica lo confirmaba—. Entonces, ¿quién es?

La morena miró a Harry que había centrado toda su atención en ella y volvió a levantar la vista hacia Ron y Hermione. Entonces Harry se puso en pie sin poder aguantar la espera y se acercó a la chica. Jade suspiró y los miró.