Caminaban pegados a la pared, intentando pasar desapercibidos, pero de vez en cuando Draco debía lanzar algún hechizo para protegerlos o para defenderlos. Se habían encontrado con varios duelistas por el camino, pero por ahora ninguna baja.

Draco quería salir de allí, alejarse de la batalla, al menos hasta saber qué hacer. Jade, en cambio, sabía que debía ir junto a Voldemort, el problema es que no sabía dónde estaba.

—Habéis luchado con valor, pero también habéis sufrido muchas bajas. —La voz fría retumbó en las paredes, dejando los duelos en suspenso. —Lord Voldemort sabe apreciar el esfuerzo. Daré orden a mis fuerzas para que se retiren y así tendréis tiempo de enterrar a vuestros muertos como es debido.

El silencio siguió reinando en todo el castillo, a la espera de algún movimiento por parte de algún sitio.

—Ahora me dirijo a ti, Harry Potter. Has dejado que mueran por ti para nada; seres queridos, amigos, compañeros. Te daré una hora para que vengas a mí. Me encuentro en el bosque prohibido y si no vienes en una hora, se reanudará la pelea y, esta vez, estaré presente, buscándote.

Se volvió a hacer el silencio. Esa última palabra resonó en los oídos de todos. En el bosque, pensó la morena. Era la información que había estado esperando.

Jade miró la nuca del rubio y, sin pensarlo dos veces, salió corriendo por delante de él. Draco se sobresaltó al verla moverse a su lado y reaccionó un poco tarde, pues la chica ya había girado la esquina. Corrió tras ella mientras la llamaba, pero Jade no tenía intenciones de parar. Debía darse prisa y salir del castillo; Draco era rápido, pero ella era más menuda y ligera.

Consiguió bajar las escaleras que llevaban a la entrada del colegio. No se daba cuenta de quiénes eran las personas con las que se cruzaba, tan solo escuchaba los pasos de Draco tras ella y miraba la puerta de salida.

Entonces se quedó sola; el chico había desaparecido. Se paró en seco y miró tras ella. Vio cómo una puerta se cerraba y supuso que se había escondido allí junto con los mortífagos.

Siguió caminando y se dio de bruces con alguien. Lo miró y distinguió en la poca luz que venía del Gran Comedor a Ron y, a su lado, a Hermione.

—¡Jade! ¿Qué haces aquí? —preguntó la castaña.

La otra chica desvió un momento la mirada hacia el exterior, hacia los jardines y el bosque. Ron giró la cabeza hacia donde había mirado la chica y lo comprendió.

—No, tú no te vas de aquí.

Dicho esto, la cogió por el brazo y la arrastró dentro del Gran Comedor. Jade se resistió al principio pero, al ver que no podía liberarse, se dejó llevar.

Todo era más caótico allí que lo que había visto en los pasillos. Estaba lleno de heridos, de compañeros llorando, de amigos abrazados y de… cadáveres. Ron se detuvo a un par de pasos de su familia y se acercó a su hermano Bill. Hermione fue junto a Molly, la cual se arrodillaba delante de un cuerpo. Era Fred, vio Jade con un gran nudo en la garganta.

Se acercó más, deteniéndose al lado de Fleur y miró hacia abajo. La respiración se le cortó y el corazón se congeló; aquella escena era la peor de las que hasta ahora había visto. Remus Lupin y Nymphadora Tonks yacían inertes junto a Fred, tranquilos, serenos, felices.

Ron derramaba algunas lágrimas abrazado a Bill. Molly sollozaba ante el cuerpo de su hijo. Otros Weasley miraban sin expresión los cuerpos. Algunos profesores se reunían junto a Lupin y Tonks. Pero pasados unos segundos, eternos para Jade, todos se movieron en diversas direcciones para prestar su ayuda a los heridos y los dolientes como ellos.

Todo era demasiado, peor que cuando vio muerto a Fred por primera vez en el pasillo. Retrocedió sin percatarse de ello, como si su mente actuara sin preguntarle antes. Se dirigía muy despacio hacia la puerta de salida, huyendo y a la vez siendo valiente, porque cada paso la acercaba más a Voldemort. Debía estar allí y, pese a tener mucho miedo por no saber qué iba a pasar, allí se dirigía.

Al descubrirse en la oscuridad de los jardines, fue como si unos hilos se rompieran, sacándola de su momentáneo bloqueo mental. Y corrió. Fue hacia el bosque prohibido sin dudar, sin pensar en los dementores que podría haber merodeando por la zona y tampoco en que el bosque era muy grande.

No tuvo problemas con los dementores, pues se concentraban en una sola zona, por la cual no había entrado. Pero lo grave vino después; se había perdido. Al adentrarse en la oscuridad del bosque, sin varita y sin indicaciones de dónde podría estar Voldemort, se había desorientado por completo. Lo único que le quedaba era caminar y caminar hasta encontrar señales de él y sus mortífagos.

Había acabado sentada a los pies de uno de los enormes árboles de aquel bosque, abatida, casi sin esperanza de encontrar a alguien. Había sido estúpida por pensar que podría salvar a Draco, que podría poner la profecía de parte de Harry, que por ella podrían vencer a Voldemort. Idiota. Si se lo hubiera explicado a Draco, tal vez él mismo se habría puesto del bando de Harry. Por ella, al menos. No, no haría eso, pensó con un suspiro. Podría quererla, o eso creía Jade, pero no arriesgaría su vida y la de su familia por ella.

Una luz verde iluminó el bosque por un momento. Jade se levantó de pronto; podía quedar lejos de allí, pero era su única esperanza de hacer algo. Y se puso a correr hacia el punto de luz verde que todavía tenía grabado en la retina.

Tropezó, se levantó, volvió a tropezar, se arrastró, se puso en pie. Así anduvo hasta que vio otro tipo de luz proveniente de un pequeño claro. Era una hoguera, pero a parte de eso escuchaba voces. Se acercó más, sin hacer ruido, y se paró detrás de un árbol durante unos segundos antes de comprobar que había llegado al sitio que buscaba.

—He matado a Harry Potter —dijo Voldemort con voz sibilante.

El mago sonrió y soltó varias carcajadas, que fueron coreadas por sus seguidores.

Jade salió de su escondite y se acercó lentamente a otro árbol más ancho que los otros y que estaba detrás de Voldemort. Pero la chica no se fijó en el hombre que sollozaba atado en el tronco, ella se fijó en el cuerpo de Harry, tirado en el suelo después de haber recibido la maldición.

El cuerpo empezó a retorcerse de una manera horrible, después se dio cuenta de que Voldemort le lanzaba maldiciones de tortura para humillarlo. Todo lo que la chica podía ver y oír era a Harry y su corazón, respectivamente. El pecho le volvía a doler, o tal vez no había dejado de dolerle, pero ahora, además de la pérdida de un amigo, había perdido toda esperanza.

—Que lo coja Hagrid, así se verá mejor.

Se detuvo cuando se disponía a caminar delante del semi-gigante. Voldemort clavó sus ojos rojos en la chica y su sonrisa se amplió.

—Deyanira, ya pensé que tendría que entrar a buscarte. Ven, camina cerca de mí.

Siguieron entre los árboles hasta llegar a los terrenos de Hogwarts. Caminaron desplegándose a lo largo de los jardines, llenando todo de capas negras. Al llegar frente al castillo se detuvieron; delante tenían a todos los luchadores del otro bando.

—Aquí tenéis a vuestro héroe —dijo mientras obligaba a Hagrid a dejar el cuerpo en el suelo y después retroceder—. Ahora todo ha acabado; rendíos.

Todo pasaba lento y pesado, como si el tiempo no avanzase o fuera hacia atrás. Todo le pesaba, los músculos eran débiles y no se podría sostener mucho más tiempo en pie. Jade no prestaba atención a las barbaridades que decía Voldemort para convencer a los defensores de Hogwarts, ni tampoco a las contestaciones de estos. Siguen luchando pese a haber perdido, pensaba la chica con indolencia.

En ese momento el Sombrero Seleccionador empezó a arder en la cabeza del que le pareció Neville. Se oyeron gritos de entre el gentío y del propio Neville que empezaba a quemarse la cabeza.

—¡No! —rugió Voldemort al ver cómo la cabeza de su serpiente, Nagini, rodaba por el suelo.

El chico le había rebanado el cuello al animal y ahora corría hacia el interior del castillo como todos los demás. Voldemort también se introdujo en el colegio, pero antes asió con fuerza a Jade detrás de él.

Todo a su alrededor se movía, personas que lanzaban más hechizos, pero ninguna cara en concreto, todo era borroso y nublado. Llegó con Voldemort a donde siempre había estado la mesa de los profesores en el Gran Comedor y se ocultó detrás de él para no recibir ningún hechizo.

Entonces divisó a Draco entre la multitud. No cesaba de mirarla, y parecía estar pensando en algo. No debía pensar, debía irse de una vez, huir, alejarse de Voldemort. Pero no, se quedó parado en medio de la gente, a tan solo un par de pasos de la plataforma donde estaban situados Voldemort, Kingsley, Arthur y McGonagall.

Draco estaba escondido detrás de una esquina, cerca de la escalera que daba al vestíbulo, y miraba cómo la gente iba entrando desenfundando de nuevo sus varitas. Buscaba a alguien que no tardó en localizar: a Jade. Iba pegada a Voldemort, escondiéndose, pero casi parecía ajena a toda la batalla.

El chico había visto desde una ventana el cuerpo de Potter y había decidido salir a buscar a sus padres y a Jade, pero se encontró con que no se habían rendido.

Bajó las escaleras intentando pasar desapercibido, avanzando solo y despacio para entrar en el Gran Comedor, donde se libraba realmente la batalla. Pero alguien le tocó el hombro y sin saber quién era o dónde estaba, le habló.

—Malfoy, escúchame, no me delates. Tengo que decirte algo muy importante y no hay tiempo. —Al ver que el rubio le prestaba atención continuó. —Puedo vencerlo, puedo ganar esta guerra, pero necesito tu ayuda. Existe una profecía que dice que entre tú y yo podemos acabar con él. Sé que parece extraño pero es así. Sólo tienes que hacer una cosa. Para matarlo del todo hay que romper todas las conexiones que tiene con el mundo de los vivos. Y eso implica a Jade. Tienes que matar a Jade.

Harry, bajo la capa, sujetaba al chico por los hombros. Draco sabía que era Potter el que había hablado, por eso no podía creerse las palabras. Era una real tontería lo que acababa de decir, aunque no entendía por qué Harry, amigo de siempre de Jade, quería que matase a la chica. Era absurdamente irreal.

—Ella morirá de todas formas. Sabes que él no la dejará con vida. No hay tiempo, es la única forma —insistió Harry bajo la capa.

Draco se alejó de él, aún sin saber dónde estaba exactamente, y entró en la gran sala. Buscó con la mirada a la morena y la encontró enseguida. Estaba detrás del Señor Tenebroso, mirándolo también. Draco quería preguntarle si sabía lo que Potter le había dicho mientras avanzaba hasta quedarse a unos pasos de la tarima. ¿Tiene sentido?, se preguntó el rubio. ¿Acaso Potter no le diría aquello si fuera de vital importancia? Sí, sí tenía sentido. Pero el solo hecho de unir dos palabras como matar y Jade era suficiente como para lanzarlo fuera de su cabeza de inmediato.

Un protego le salvó la vida a la madre de los Weasley y entonces, Potter, apareció de debajo de la capa de invisibilidad. Todos los duelos se habían detenido, pues la gente del colegio había inmovilizado a todos los mortífagos y, al parecer, su tía Bellatrix acababa de caer por una maldición de Molly Weasley.

Voldemort y Harry se miraban. Draco pensó que no le quedaba otra que subir allí arriba y apuntar a Potter. Y así hizo, pues él seguía siendo un mortífago y un simple discurso de Potter no lo convencería de matar a la chica.

—Que nadie me ayude —dijo Harry mirando y apuntando a Voldemort.

—Ese no es tu estilo, Potter. ¿A quién utilizarás ahora de escudo? —El mago de ojos rojos desvió la mirada hacia Draco que estaba más cerca de Potter y volvió a mirar al chico. —Draco, no te necesito.

El rubio no se movió y siguió apuntando a Harry, pero viendo por el rabillo del ojo a Jade, la cual había salido de detrás de Voldemort y dejaba en cruz sus posiciones.

—No deberías prescindir de él. Es más necesario que Jade, créeme.

—¿Qué estás diciendo, Potter? —preguntó con un deje de desesperación en el rostro.

—Que no te das cuenta de nada y todo te sale al revés. La persona que creías más fiel a ti te ha traicionado y quien pensabas que era quien elegiría el vencedor, tampoco lo es. —Vio una chispa en los ojos del mago y se explicó. —Severus Snape era fiel a Dumbledore y ellos planearon su muerte, antes de que lo hicieras tú.

—¡Yo ordené que acabaran con él! Pero, de todas formas, ¿qué supone eso ahora? Los dos están muertos. Hace una hora acabé con la vida de Severus y ahora la Varita de Saúco me pertenece.

Jade miró sorprendida a Voldemort, sin saber cómo reaccionar. Había matado a su padre, el que la crió, y sentía unas ganas irrefrenables de atacar al mago. En vez de eso, las lágrimas empezaron a bañar sus mejillas y a no dejarle ver lo que pasaba. Pensó que no podría sentir más dolor, pero parecía que el corazón le había desaparecido del pecho, dejándole sin latidos. Sintió mucho frío.

—No te enteras, ¿verdad, Riddle? La Varita de Saúco nunca perteneció a Severus Snape, desde el momento en que tu inocente servidor se la arrebató a Dumbledore antes de morir. La varita pertenecía a Draco Malfoy.

El rubio miró con el ceño fruncido a Harry, preguntándose si había perdido el juicio del todo, pero entonces recordó aquella noche. Sí, había lanzado un conjuro de desarme al viejo director.

—Pero hace una semana conseguí hacerme con la varita de Draco en su casa, por lo tanto, la Varita de Saúco me pertenece. Así que estás perdido, pues no hay objetos que puedan guardar tu alma ya. Acabé con todos.

—¡No me importa, porque yo tengo a Deyanira de mi parte! Sin ella, estás perdido, Potter.

Harry negó con la cabeza mientras sonreía, eso enfureció más al mago.

—Ese es el otro punto del que te hablaba. Ella no es la persona que buscabas, ella no es la tercera persona que nombra la profecía.

Ahora fue Voldemort el que lanzó una carcajada. Apuntaba a Harry con la varita, pero sin atreverse a atacarlo.

—¿Qué te hace pensar eso, Potter? ¿Acaso no sabes que tiene que pertenecer a mí? ¡Deyanira es sangre de mi sangre!

—Pero te equivocaste desde un principio. Señalaste a la persona equivocada, porque la tercera persona nació un mes antes que yo, no después.

Ante esto Voldemort no supo qué rebatir. Draco había bajado levemente la varita y apuntaba inconscientemente la rodilla de Harry. Presentía que se quedaba sin tiempo ahora que el Señor Tenebroso sabía que Jade no era la persona que quería. En cuanto Potter dijera su nombre, Voldemort podría matar a Jade si quisiera. Sólo era su hija, nacida para servirle en un futuro, pero si ahora resultaba que no servía para nada… Voldemort podría prescindir de ella.

Draco miró a Jade y captó su atención. Ella percibió en sus ojos que se proponía hacer algo pero que le creaba un gran dilema. Voldemort intercambiaba miradas entre Jade y Harry, sin creer todavía si era la verdad o una simple distracción por parte del chico.

—Es Draco.

Todo pasó en un segundo.

Draco abrió los ojos con desmesura y levantó rápidamente la varita apuntando a Jade, sosteniéndola con dos manos. Ella frunció el ceño un momento para después abrir los ojos sin poder creerse lo que iba a ocurrir. Lanzó el hechizo al mismo tiempo que Voldemort y Harry lo hacían.

¡Avada Kedavra!

¡Avada Kedavra!

¡Expelliarmus!

Dos cuerpos cayeron.

Draco había cerrado los ojos nada más pronunciar la maldición, pero no había bajado los brazos, se había mantenido estático, sin poder reaccionar. No sabía qué había ocurrido con Harry y Voldemort, pero casi le daba igual.

Harry tenía la Varita de Saúco en la mano, junto a la de Draco, y contemplaba el cuerpo inerte de Voldemort. Todo era lento y pesado, como si el aire costara de respirar. No quería mirar a su, hasta hacía un segundo, amiga. En cambio miró a Draco, que tampoco se atrevía a mirar a ningún lado.

Todo se movió por fin, entre gritos de alegría y vítores pronunciando su nombre. Harry desapareció entre el gentío, dejándose llevar. No le sorprendió escuchar llantos cerca de allí, provenientes de Hermione y Ginny. Él también quería llorar pero ningún sentimiento afloraba en su cara. Estaba cansado y deseaba desaparecer, irse lejos de toda aquella alegría que en parte él sentía.

—Fue increíble, Neville.

—Seamus, ya lo has dicho como unas cinco veces —dijo Dean Thomas sonriendo a su amigo.

—Jo, pero ¿tú viste cuando le cortó la cabeza a la serpiente?

Neville llevaba un rato sonrojado. Estaba con Dean, Seamus y Luna cerca de la puerta y de vez en cuando desviaba la mirada de ellos para ver quién entraba al Gran Comedor. El chico no estaba acostumbrado a tanta atención, aunque desde hacía un año había cogido la iniciativa.

—Es verdad, fue genial —añadió Luna sonriendo al chico.

Los cuatro miraron hacia la entrada cuando Harry, Ron y Hermione pasaron por allí para salir a los terrenos del castillo.

—Me asusté mucho cuando pensé que Harry había muerto —aseguró con el mismo tono suave la chica.

Los otros asintieron. Empezaron a recordar a todos aquellos que no volverían a ver, amigos y compañeros, con los que habían compartido muchos momentos desde hacía muchos años. Era como perder a alguien de la familia.

Los minutos habían pasado con mucha lentitud para Draco, como si el sufrimiento quisiera instalarse en su cuerpo, en su mente, en su corazón, para siempre. No había querido mirar cuando sacaron a los muertos en la batalla a los terrenos de Hogwarts; no lo habría soportado.

Tenía a su madre sentada a su lado, acariciándole la cabeza mientras observaba a su marido caminar de un lado para otro, indudablemente incómodo por estar en el Gran Comedor sin saber lo que pasaría con ellos. Pero es que Draco no había querido salir de allí, no había querido asomarse fuera de aquella sala. No lloraba porque estaba su padre delante, pero si pudiera habría roto varias cosas y habría gritado hasta quedarse afónico.

—Es mejor que nos vayamos. Aún tenemos posibilidades de salir sin…

—Lucius —lo llamó su mujer y lo miró para añadir "dale tiempo" pero sin decirlo en voz alta.

El hombre suspiró y se sentó al lado de su mujer después de susurrar un "débil" dirigido a su hijo. Draco ni lo escuchó. Lucius no soportaba que le quitaran el control de la situación, pero es que en ese momento no sabía cómo manejar aquello.

El rubio fijaba su mirada en la mesa de Slytherin, pensando sin pensar. Las imágenes se sucedían sin ningún control en su cabeza, pero sin sacar conclusiones ni rescatando los sentimientos que había vivido en esos momentos.

No la volvería a ver, y eso le extrañaba. Ninguna persona, ajena a su familia, había logrado conseguir que Draco sintiera algo tan único por alguien. No podía definirlo del todo, pero lo que sí sabía era que no lograría encontrarlo de nuevo. O al menos esa era su sensación.

—Dra… Draco, cariño.

El chico miró a su madre como algo automático. Ella señaló con la mirada hacia el otro lado. Draco giró su cabeza hacia la puerta, la cual quedaba a varios metros de distancia de donde él se sentaba, y se quedó inmóvil. Tenía que despertar o empezaría a enloquecer.

Granger sonreía mientras señalaba al rubio desde la puerta. Esa señal iba dirigida a otra persona, una chica morena y no muy alta que acababa de encontrarse con sus ojos, los verdes con los grises. Una sonrisa torcida apareció en su cara y, de pronto, empezó a caminar hacia él, yendo entre la pared y la mesa de las serpientes.

No supo por qué hacia eso, pero Draco se levantó y empezó a alejarse de sus padres. Si era un sueño, ¿por qué la veía tan real, como si la maldición no le hubiera alcanzado? Pero el caso es que seguía acercándose a ella, aunque el camino le parecía demasiado largo. Aceleró el paso, sintiendo las lágrimas llegando a sus ojos, lágrimas de consuelo, de alivio, y si no se daba prisa lloraría delante de todo el mundo.

Jade se lanzó a sus brazos, quedando de puntillas pegada a él. Draco enterró la cara en el cuello de la chica, dejando salir las lágrimas. Ella también soltó algunas, pese a no querer, pero es que aquel gesto la había vencido. Esas lágrimas significaban el "lo siento" más grande que nunca podría decir en voz alta. Eran la tensión con la que había lidiado desde el momento en que supo que tenía que matarla. Eran el amor que sentía por ella.

Harry había salido de la sala para ir a la torre de Gryffindor para descansar. Hermione y Ron habían preferido entrar y sentarse junto a los Weasley. La castaña se había limpiado una lágrima que se había escapado al ver a Jade y a Draco abrazados. Ella también la había abrazado cuando la chica había abierto los ojos…

Harry, Ron y ella bajaban de nuevo las escaleras de camino a los terrenos del colegio. El moreno llevaba la Varita de Saúco agarrada con fuerza con la mano derecha. Llegaron allí, frente a los cadáveres de tantas personas que habían muerto en la batalla y tuvo que abrazar a Ron para no ponerse a llorar de nuevo.

Su amigo se arrodilló ante el último cuerpo tapado con una tela mágica, la cual hizo desaparecer. Se disponía a probar lo que Hermione le había dicho en el despacho del director. Le había hablado del alma de las veelas, el cual permanecía en la tierra después de abandonar el cuerpo. Jade era semiveela, pero por intentarlo no perdían nada. Aunque, si salía mal, lograría que lloraran de nuevo.

Le habían preguntado al retrato de Dumbledore el hechizo que debían utilizar. Él, simplemente, dijo que sostuviera la varita cerca del cuerpo y que dejara actuar la magia de la varita.

Harry cerró los ojos cuando apuntó a Jade con la varita y esperó unos segundos. A cada segundo que pasaba, la esperanza iba desapareciendo. Había sido una mala idea; ahora tendrían que lidiar con la absoluta pérdida de su amiga, otra vez.

Una luz ambarina iluminó la punta de la varita y después sintieron como si la varita los atrajera hacia ella, o hacia el cuerpo. Y en ese preciso momento, abrió los ojos.

No había podido evitar lanzarse sobre su amiga. Después había sido el turno de los chicos y, enseguida, preguntó por Draco. Era de esperar, pues la había matado casi sin entender lo que pasaba. Se lo habían explicado con todo detalle para quitarle la culpa de encima a Malfoy, pero lo que les sorprendió es que ella no preguntara por eso, sino porque únicamente quería verlo. Hermione no se sorprendió tanto; ella siempre había sabido lo que pasaba entre ellos.

Lucius y Narcisa Malfoy habían decidido salir fuera del castillo, dejando solos a los jóvenes. Los dos chicos estaban sentados en la mesa de Slytherin, con las manos entrelazadas sobre la mesa. Jade miraba a su alrededor, buscando a personas que conocía y habían seguido con vida. Vio a McGonagall, a Slughorn, a Molly, a Arthur, a George… Sintió una punzada al recordar a Fred, tendido frente a ella. Desechó ese recuerdo de inmediato.

Miró ahora a Draco, el cual también la miraba. Sus ojos grises estaban iluminados por la luz del sol que proyectaba el techo y las ventanas. Y, a pesar de que tenía el pelo enmarañado, la cara llena de suciedad y la camisa rasgada, le seguía pareciendo guapísimo. Miró sus labios sin querer, pero enseguida apartó sus ojos de allí.

Luna y Ginny hablaban con alegría, olvidándose por un momento de lo que habían perdido, para pensar en lo que habían ganado. Jade también se daba cuenta de todo ello. Volver a la vida era más maravilloso de lo que hubiera imaginado, y sobre todo si se encontraba ahora junto a él.

La seguía mirando y al parecer no había dejado de hacerlo.

—¿Quieres dejar de mirarme? Te estás volviendo empalagoso y así no es como yo te quiero —dijo la morena con una pizca de ironía en la última frase.

—No es mi culpa —contestó alzando los hombros—. Se debe a tu belleza de veela que me incita a mirarte —siguió con tanta ironía que la chica soltó una carcajada.

—Realmente, ahora mismo ser semiveela es lo mejor que me ha pasado nunca —añadió Jade con una gran sonrisa acercando el rostro al del chico. Si no fuera por eso, no estaría compartiendo este momento con él.

—Yo nunca he tenido problemas con eso. Si no, ¿por qué estaría yo aquí perdiendo el tiempo con alguien que ni siquiera me gusta?

La morena rió mientras retrocedía los centímetros que se había acercado. Pero Draco no la dejó, porque se había inclinado hacia ella para presionar sus labios en los de la chica. Soltó la mano de Jade y llevó la suya a la mandíbula de ella para profundizar el beso. La morena se resistió al principio, pues se sentía cohibida entre tanta gente, pero después cerró los ojos y entreabrió su boca dejando que el sabor de Draco la llenara después de tanto tiempo.

Corrían escaleras arriba, sin soltar la mano del otro. Jade lo guiaba en dirección al séptimo piso, buscando el retrato de la Dama Gorda. Draco le había pedido que lo llevase hasta Harry, que quería hablar con él.

Llegaban a la sala común de los leones a través del retrato vacío que había dejado la puerta abierta. Entraron y cruzaron la sala más lentamente.

—Puede que esté durmiendo —dijo Jade cuando se paró delante de las escaleras de los chicos.

La puerta se abrió de nuevo y aparecieron, desde el pasillo, sus amigos.

—¿Qué hacéis aquí? —preguntó Hermione que iba agarrada de la mano de Ron.

Luna, Ginny y Neville estaban detrás de ellos.

Jade vio cómo Draco se separaba de ella y caminaba hacia Ron y Hermione con una mano extendida hacia ellos. Los chicos se quedaron estupefactos, pero no le rechazaron el gesto. La morena se sintió feliz; nunca habría imaginado que vería esa escena. Tal vez Draco, al ver que tenía una vida por delante junto a ella, había querido hacer las cosas bien y empezar de cero.

Ron no sabía qué decir, y menos Hermione.

—¿Ya eres bueno? —se escuchó la dulce voz de Luna.

No hubo respuesta porque por las escaleras bajaba Harry mirando a todos los que le esperaban. Draco y Jade quedaban más cerca de las escaleras y fue el rubio el que dio un paso al frente cuando Harry pisó la sala común.

Alargó la mano hacia el moreno y esperó una respuesta. Se sentía raro, allí, en medio de los que siempre había considerado sus enemigos del colegio. Harry estaba confuso, no había logrado conciliar el sueño y entonces escuchó que había alguien bajo.

—Me cuesta más a mí que a ti, créeme.

Por fin le estrechó la mano. Se dedicaron una pequeña sonrisa y pronto separaron sus manos. Ginny fue hacia Harry y atrapó su mano entre las suyas, mientras los otros iban saliendo de la torre.

Antes de que Jade pusiera un pie fuera de la sala, se sintió arrastrada dentro de nuevo porque Harry había detenido al rubio, el cual sujetaba la mano de la chica.

—He pensado en testificar a favor de los Malfoy ante el Ministerio —empezó diciendo Harry—. Es un favor que le devuelvo a tu madre por salvarme la vida en el bosque y para agradecer tu confianza en mí. Si no me hubieras creído, todo sería muy distinto.

Draco se quedó contemplándolo, sin saber qué hacer. Jade le dedicó una enorme sonrisa a su amigo, así que él no debía ser menos.

—Gracias —dijo con toda la sinceridad.

—Y Jade, esto es para ti —añadió el moreno sacando un frasquito de su bolsillo—. Me lo dio Snape… antes de morir.

La chica lo cogió y observó el contenido plateado de dentro. Eran pensamientos. Jade miró a Harry de nuevo con los ojos húmedos.

—Él quería a mi madre, se conocían desde que eran pequeños.

Dicho eso, la chica salió de la sala apretando el frasquito fuertemente entre sus dedos. Quería ver los recuerdos de su padre, pero para eso ya tendría tiempo cuando volviera a casa, ahora tenía que disfrutar de sus amigos y de la victoria.

Todas sus vidas habían estado marcadas, no todos como lo habían esperado, pero al fin y al cabo el destino los había reunido en un mismo punto, en un final. Pero ese final, significaba un principio, una manera de empezar una nueva vida, sin marcas, decidiendo su destino.