Volvieron al pabellón caminando el uno junto otro. Isabella no decía nada y a Edward no se le ocurría nada que decir. Apenas recordaba la furia que le había provocado el que no le hubiera dicho que había tenido un hijo suyo. La historia que le había contado era sincera y terrible.

La soledad de Isabella lo tenía consternado.

No podía ni imaginarse lo que debía de haber sido enfrentarse sola al nacimiento y la muerte del bebé.Él la había dejado para volver a casa y celebrar una majestuosa boda real. Le había resultado doloroso pensar en Isabella que había intentado no hacerlo.

Sabía que entonces no era más que un niño pero eso no era excusa. Debería haber...

—No tienes por qué reprocharte nada de lo que pasó hace diez años —dijo entonces Isabella con repentina aspereza—. La muerte de Mason no fue culpa tuya. En cuanto al resto, sabía que me estaba seduciendo un príncipe y me gustaba.

—No te estaba...

—¿Seduciendo? —preguntó con un gesto de la antigua Isabella que él conocía—. ¿Cómo describirías lo que ocurrió entre nosotros? cabello suave y brillante como la seda, creo recordar que me dijiste. Ojos como estrellas. Pechos como...

—No hace falta que...

—No, ¿verdad? —admitió y luego volvió a que darse callada.

—Estuvo bien —dijo él con cautela y mirándola de reojo. Quizá sí que recordara todos aquellos halagos rimbombantes. Quizá sus hermanos le dieron consejos.

—Desde luego, ser príncipe tiene sus ventajas en lo que se refiere a las mujeres —recordaba que le había dicho Jasper.

— No hay prácticamente ninguna mujer que no puedas llevarte a la cama. Sólo tienes que decir unas cuantas palabras bonitas y será tuya.

El comentario de su hermano se le habían subido a la cabeza y, que Dios lo ayudara, quizá incluso hubiera llegado a creérselo.

—Fue divertido —reconoció Isabella, interrumpiendo sus pensamientos—. Pero puedes estar seguro de una cosa: si no hubiera querido que me sedujeras, no habrías tenido la menor oportunidad.

—¿Igual que ahora no quieres que te seduzca? —¿de dónde habían salido esas palabras? Las había dicho sin pensar, no había podido controlarse.

Quizá no fuera una buena idea, desde luego no era la mejor manera de encaminar el plan que Emmett había ideado para ellos.

Isabella se quedó boquiabierta, dejó de caminar y luego volvió a ponerse en marcha, muy deprisa.

—Éramos unos niños, Edward. Pero ya no lo somos. Tienes menos posibilidades que una bola leve en un incendio...

Edward se echó a reír. Aquellas expresiones australianas siempre le habían hecho mucha gracia.

—Me acuerdo de tu manera de hablar —rememoró , y ella lo miró como si estuviera loco. —Calla —espetó—. No quiero oír un solo cumplido más. ¿Cuándo puedo irme de aquí?

—Tenemos que solucionar algunas cosas.

—¿Qué cosas?

—Tenemos que hablar —respondió él en tono grave, pero ella no escuchaba porque seguía caminando a toda prisa—. ¿Hablaremos en la cena?

—Vete a casa, Edward.

—Ésta es mi casa.

—Pero vives en Volterra. Con tu mujer y tus hijos.

—No hay ninguna mujer —dijo él—. Ni hijos.

Isabella se dio la vuelta y lo miró, se había puesto pálida.

—Edward... —tragó saliva—. ¿No... no estan ... muertos?

—No, no —se apresuró a contestar para borrar el dolor de su rostro. Claro. Isabella había vivido una tragedia, era natural que fuera lo primero se le ocurriera—. Tanya y yo no tuvimos hijos -explicó con voz suave—. Nos divorciamos hace seis meses.

—Ah —seguía pálida, pero el dolor desapareció de sus ojos y dejó paso a una expresión vacía, de aceptación—. Lo siento.

Pero no mucho, pensó Edward. Ni siquiera parecía interesarle demasiado. Por un momento deseó que siguiera sintiendo compasión por él y no el desprecio que veía en sus ojos. Era una experiencia nueva, las mujeres no solían mostrar desprecio hacia los príncipes de Volterra.

¿Las mujeres?

Sí, había habido algunas en su vida. Después de otras aventuras, Tanya había terminado abandonándolo por un importante millonario. Y Edward... bueno, en los últimos años no se había privado de ciertas alegrías. Unas alegrías que ahora estaban saliendo a la luz, una a una, recordó con pesar; la prensa parecía empeñada en dar la imagen de que los príncipes eran un trío de mujeriegos. Y para colmo, había surgido una acusación que podría costarles el trono.

Eso le hizo recordar lo urgente que era hacer algo. Isabella creía que iba a enviarla a casa tranquilamente. Quizá pudiera hacerlo si ella prometía...

—Isabella, ¿hay alguien que pudiera demostrar que el bebé... Mason... —se corrigió de inmediato al ver la cara que ponía—. ¿Hay alguna manera de demostrar que Mason era hijo mío?

Hasta ese momento había creído que Isabella no podía estar más enfadada.

Se había equivocado.

Ella dejó caer la toalla y lo miró frente a frente, su cuerpo cubierto tan sólo por aquel diminuto biquini.

No medía más de un metro sesenta y cinco , pero parecía mucho más alta. Era toda ojos y estaba punto de estallar.

—¿Cómo has dicho? —preguntó por fin, con un tono de voz que habría dejado helado a cualquiera.

Pero Edward tenía que preguntárselo.

—Tengo que saberlo —dijo. Había algo muy importante en juego, por eso no podía dejar la conversación así como así.

—¿Quieres saber si puedo demostrar que eras el padre de Mason? —preguntó con incredulidad.

—Sé que era el padre —aseguró él con voz tranqila—. Me fío de tu palabra; además, las fechas coinciden y sé que eras virgen.

—Vaya, muchas gracias —respondió con sarcasmo.

—Pero…

—¿Pero qué?

Estaban demasiado cerca, podía sentir el movimiento de su pecho. Su furia era palpable.

—Isabella, estoy metido en un buen lío —admitió—. Todos lo estamos. Si alguien demuestra que el bebé era mío, tendré que casarme contigo.

Desde luego era una frase muy eficaz para poner fin a una conversación. Una frase que establecía un límite que Isabella no pensaba sobrepasar. Lo miró durante un largo rato y luego cerró los ojos, llena de incredulidad.

—Estás loco y no pienso tener nada que ver contigo —espetó y no iba a decir nada más

Se apartó de él con una ferocidad que resultaba casi increíble para una mujer tan menuda. Le apartó las manos y, a menos que quisiera retenerla a la fuerza, no tenía más opción que dejarla marchar.

Volvió al pabellón con la cabeza bien alta. Ashley salió a recibirlos a la puerta como si hubiera estado pendiente de su llegada. Los miró con los ojos llenos de preguntas que no se molestó en disimular.

—A Su Alteza le ha dado demasiado el sol —dijo Isabella a la dama de llaves—. Creo que necesita que lo vea un médico. Yo me voy a dar una ducha para refrescarme un poco.

Cruzó el patio hasta el apartamento en que parecía haberla alojado Ashley, abrió las puertas, entró y volvió a cerrarlas con tal fuerza que se movieron los aspiradores del techo.

Edward y Ashley se quedaron mirándola y luego se miraron el uno al otro.

—¿Quieres cenar?

Edward sabía que no era ésa precisamente la pregunta que deseaba hacerle Ashley.

—Dentro de una hora.

—Supongo que Isabella cenará en su habitación —dijo el ama de llaves con cautela mientras fijaba la mirada en las puertas cerradas.

Ya estaba bien. Él era príncipe y estaba allí para cumplir con una misión.

—Isabella cenará junto a la piscina conmigo —replicó-Díselo.

—Quizá quieras informarla personalmente —respondió Ashley con la misma cautela.

—Te corresponde a ti decírselo.

—¿Mi Edward, un cobarde? —preguntó y sonrió.

—Así es—admitió al tiempo que se pasaba la mano por el pelo. Quizá a veces se comportara como un autocrático antepasado, pero nunca le duraba demasiado—. Por favor, Ashley, ¿podrías decírselo tú?

—Sí claro —respondió Ashley con una sonrisa y revolvió el pelo como había hecho tantas veces cuando tenía seis años—. Le diré que estás preocupado y que necesitas hablar, ambas cosas son ciertas.

—No...

—Estás preocupado. Dile la verdad —le recomendó con gesto severo—. La he visto lo suficiente para saber que no conseguirás nada a no ser que le digas la verdad.

Edward se fue a nadar.

Quedaba una hora para la cena y no tenía otra cosa que hacer excepto pasear de un lado a otro hasta desgastar el suelo. Así pues, se entregó al placer que le daba nadar en la laguna interior. Era una piscina circular con una isla en el centro en la había sombrillas, hamacas y una barra con todas las bebidas que pudiera desear un hombre... o una mujer.

Él no quería tomar nada en aquel momento, sólo quería nadar, recorrer una y otra vez la piscina y deslizar su cuerpo por el agua con la facilidad y la elegancia que le habían dado los años de práctica. La natación le acercaba a algo parecido a la meditación, un momento en el que vaciaba su mente por completo; se olvidaba de las exigencias que implicaba ser príncipe, de los problemas de un matrimonio desastroso, incluso de la crisis del diamante perdido.

Pero no podía olvidarse de Isabella. No podía ni allí, ni en ese momento. Pensó en ella sin cesar mientras nadaba y, por muy rápido que fuera, no conseguía escapar.

Creía haberla olvidado. Diez años antes se había alejado de ella porque no tenía otra opción. Ahora... ahora parecía que sí había otra opción.

Tenía que mostrarse desinteresado, explicarle las cosas con calma y plantearle el futuro en tér minos que ella pudiera comprender. Pero tendría que estar de acuerdo. No podía casarse con Isabella en contra de su voluntad. Los días de llevar a una mujer a rastras ante el altar habían quedado atrás.

Además, Isabella ya había sufrido suficiente cuando él se había marchado. Sólo pensar en todo a lo que había tenido que enfrentarse sola...

Tenía que olvidarse de lo que había sentido al oírle contar la muerte de su bebé. Debía hacerlo por su país; debía ser sensato, fuerte y persuasivo.

Pero no sabía cómo hacerlo, porque cuando lo miraba, volvía a sentirse como un chico; un príncipe con el mundo a sus pies. Con Isabella a sus pies...

Isabella.

Tenía que pensar con claridad y ordenar sus argumentos. Sin embargo sólo podía pensar en lo que era. Y en que había tenido un hijo suyo. Había tenido un hijo y no había podido conocerlo. La mera idea hacía que se sacudieran sus cimientos y, que se sintiera inseguro.

Había decepcionado a isabella, pero ésta tendría que aceptar su proposición. El debía reparar el daño que le había hecho, pero tendría que cumplir las exigencias de Emmett.

Las exigencias de su rey.

Tenía que saber que Isabella podía verlo.

Todos los apartamentos del pabellón daban a la piscina.

Edward nadaba con la facilidad de un tiburón rondando a su presa, pensó Isabella con inquietud mientras lo observaba.

Debía admitir que tenía un aspecto magnífico, eso era algo que ya había pensado en otra ocasión. Ahora debía ser sensata. Esta vez tendría controlar sus emociones mientras mantenía a Edward a una distancia prudencial.

O más que prudencial.

¿Tenía que casarse con ella? Era ridículo. Él era príncipe, ella estaba arruinada y había sido madre soltera. Su casa estaba en la otra punta del mundo.

Ya estaba bien. Se apartó de la ventana, se negaba a mirarlo más. Su belleza, su sonrisa malévola, su personalidad dominante..., todo tenía el poder para hacer pedazos su mundo igual que lo había hecho diez años atrás.

Pero ella ya no era la muchacha inocente de entonces. Ahora era una mujer. Iba a reunirse con él, pero sería ella la que decidiera las condiciones.

Edward estaba acostumbrado a conseguir todo lo que deseaba; sin embargo, esta vez no iba a ser así. Tenía que hacerle frente.

De igual a igual, pensó con desesperación. Aún llevaba puesto el biquini y no tenía más ropa que unos vaqueros viejos y una camisa.

No pensaba verlo así.

Miró el enorme armario ropero con cautela. Quizá Edward le hubiera proporcionado las armas que necesitaba.

Iba a necesitar valor, pero...¿Qué tenía que perder?

Ashley les sirvió una cena a la altura de un rey, como siempre. Pero aquella noche los manjares que preparó hicieron que Edward abriera los ojos como platos. Se había duchado y se había puesto unos pantalones de estilo informal y una camisa de lino, pero luego había pensado que era preferible ponerse un traje azul grisáceo Debía ir con cuidado.

. Esa noche tenía que tomar decisiones muy importantes.

Las palabras de Emmett aún resonaban en su mente.

"Tendrás que casarte con ella. No hay otra opció ese niño era tuyo realmente, quizá una boda de cuento de hadas sea lo mejor que podemos esperar. Al menos eso es lo que dice el departamento de relaciones públicas. Así conseguimos que la gente se olvide de los sórdidos detalles detu divorcio. Te perdonarán si haces lo más honrado, en estos momentos hay poca honra en nuestra familia."

Así pues salió de la habitación con atuendo formal miró a la mesa perfectamente dispuesta...Lo único que faltaba era Isabella.

—Le he dicho que la cena estaba servida —dijo Ashley observándolo—, pero dice que, va a cenar en su habitación. Tiene mucho carácter.

—Yo también —gruñó Edward, disponiéndose a cruzar el patio y llamar a la puerta de Isabella.

No hubo respuesta.

—¿Bella?

—Vete

—Ashley no va a servirte la cena ahí dentro.

—Entonces tendré que pasar hambre, porque no voy a cenar contigo.

—Eso es muy infantil.

—Pues soy infantil. Tú, en cambio, eres autoritario, arrogante y estás loco. Vete, Edward.

—Te ordeno que...

—Vete a ordenar a otra parte, bruto. Yo me quedo aquí.

El gesto de Edward se oscureció. Miró la puerta con rabia, luego apoyó el hombro y empujó.

Nada.

Un último intento antes de pedir ayuda a Kellan ... Reunió todas sus fuerzas y empujó.

La puerta cedió sin más y él acabó en el suelo de la habitación.

Él en el suelo, sin resuello, e Isabella de pie mirándolo con aparente interés.

—Vaya —dijo esbozando una sonrisa—, ¿el príncipe se ha caído?

Edward la miró y observó, para sorpresa suya, que estaba sonriendo. Era la deliciosa sonrisa de la que se había enamorado diez años atrás.

—¿Necesitas ayuda?

Estiró el brazo hacia ella sin pensar. Isabella tiró y él se puso de pie tan rápido que de pronto que daron el uno junto al otro. Ella se tambaleó, y Edward la agarró de los brazos.

Era... fabuloso. Era como tocar a la Isabella que recordaba. Seguía oliendo a Fresias. Siempre había pensado que era su perfume, pero no tenía perfume que ponerse...

—¿Qué llevaba puesto?

No parecía una mujer víctima de un secuestro, ni alguien con la intención de cenar a solas en su habitación. Llevaba un vestido verde de tirantes finos que se ajustaba maravillosamente a las curvas de su cuerpo, dejando entrever el comienzo del muslo por una abertura lateral. Edward sintió que su cuerpo reaccionaba de inmediato con primitiva necesidad.

Apretó las manos de manera involuntaria. Había deseado a aquella mujer nada más verla por primera vez y seguía deseándola ahora.

Pero ella a él no. Isabella le puso las manos en el pecho a modo de freno y lo apartó de sí. ¿Por qué se había dejado apartar?

Ella parecía... parecía...

—No me mires así.

—¿Por qué llevas puesto eso?

—¿Qué tal me queda? —preguntó ella en tono distendido a pesar del rubor que delataba su nerviosismo. Se giró para que él pudiera ver el vestido desde todos los ángulos... o quizá para tomar aire y huir de su mirada—. ¿Comparado con las mujeres que se lo han puesto? —ahora la rabia inundaba sus palabras—. Vestidos de todas las tallas , Edward. Camisones, vestidos de noche, incluso lencería. ¿Cuántas mujeres traes aquí en contra de su voluntad y luego se ponen esta ropa lujosa? Parece un harén.

—No es ningún harén.

—¿No?

Bueno, quizá sí. Recordó cuando Tanya por fin había conseguido su ansiado divorcio.

—Eres libre, hermano —le había dicho Jasper —. Convierte la isla en la isla de la seducción y tendrás todo lo que necesites. Llena la casa de todas las cosas que les gustan a las mujeres. Voy a hacer una cosa para celebrar que te has divorciado de esa harpía: yo llenaré los armarios con todo lo necesario.

Y eso había hecho. Edward había visto seis meses antes todo lo que había comprado su hermano... o quizá se había encargado de hacerlo alguna de las amantes de éste. Edward se había reído al ver todo aquello y había pensado que quizá fuera divertido utilizarlo.

Pero no había sido así. La vida sin Tanya era mucho más fácil, pero seguía sin atraerle la idea de seducir mujeres sólo por afición.

Aunque si se trataba de Isabella... La observó. enfundada en aquel vestido, con los ojos brillantes y burlándose de él como no se había atrevido a hacer ninguna otra mujer.. y pensó que la idea de seducirla le resultaba muy atrayente.

No. Tenía una misión que cumplir, e intentar algo con Isabella en contra de su voluntad no era buena idea.

De hecho, podría incluso ser peligroso. Aquella mujer tenía garras y sabía bien cómo utilizar las.

Aquella mujer era increíblemente sexy.

—Entonces vas a venir a cenar —concluyó, a falta de algo mejor que decir, pero lo que realmente deseaba decirle era «Vente a la cama conmigo. Aquí y ahora».

—Si no hay más remedio... —respondió ella con aparente calma.

—No lo hay.

—Está bien —dijo, y salió de la habitación antes que él pudiera decir nada.

Edward no tuvo más remedio que seguirla y pensar qué iba a hacer a continuación.


ESTE ERA EN EL CAPITULO QUE IBAMOS OJALA LES GUSTE