ESTA HISTORIA NO ES DE MI PROPIEDAD COMO TAMPOCO LOS PERSONAJES ES UNA ADAPTACION DE UN LIBRO QUE ME GUSTO Y LO QUISE ADAPTAR A TWILIGHT
CHICAS VAMOS VOTEMOS POR LOS ECLIPSE PARA LOS TCA QUE SON EL DOMINGO!
LAS FOTOS DEL TRAJE DE BELLA DEL PASADO CAPITULO ESTAN EN MI PERFIL LA DEL VESTIDOD E NOVIA NO LO TENGO TODAVIA CUANDO LA ENCUENTRE LES AVISO
BESOS
Era hora de vestirse. Encaje, chifón, hilo de oro y volantes.
No hubo polisón, ni lazos. Isabella se sentía como una marioneta a la que movían de un lado a otro. Había mujeres por todas partes, mujeres que la vestían, le arreglaban las uñas, la peinaban y la maquillaban. Para cada una de esas cosas había varias mujeres. Habría resultado gracioso si no se hubiera sentido tan incómoda.
Era como la esclava de un harén, a la que arreglaban y pintaban para el señor.
Y entonces llegó la hora. Las puertas se abrieron y aparecieron dos lacayos de librea que la esperaban para acompañarla a la capilla.
—¿Isabella?
Era Esme Cullen, la reina de Volterra. Iba muy elegante con un vestido con brocados en plata que debía de costar una fortuna.
—Estás preciosa, querida —le dijo con voz suave—. Me estaba preguntando si... ¿Te gustaría que Emmett te acompañara al altar?
—¿Emmett?
—Según el protocolo, debería estar junto a Edward —le explicó tímidamente—. Pero puesto que ha sido él el que ha ordenado este matrimonio, he pensado que lo menos que podía hacer era ofrecerte un brazo en el que apoyarte. Si no me equivoco, lo necesitas.
¿Lo necesitaba? Estaba en el centro de la habitación, rodeada de criados y se sentía tan lejos de su propia piel como si estuviera en el espacio exterior.
Esme le ofrecía un brazo en el que apoyarse para enfrentarse a aquella farsa de matrimonio... Sí, claro que lo necesitaba, tenía el valor bastante más bajo que los elegantes tacones que llevaba.
—Sí, por favor —susurró por fin—. Muchas gracias por ofrecérmelo. Me vendrá muy bien cualquier apoyo.
Llevaba tres días sin verla y había olvidado... o quizá nunca lo había sabido... que pudiera tener aquel aspecto.
Por supuesto que no sabía que pudiera tener ese aspecto. Parecía una verdadera princesa.
El vestido resaltaba con delicadeza la curva de sus pechos. No llevaba polisón, ni lazos; las costureras reales habían cumplido sus órdenes, pero aparte de eso, habían incluido todo tipo de detalles y fantasías propios de una novia de la realeza.
Fue como ver entrar a Cenicienta en el baile. Estaba tan bella que cortaba la respiración, tan bella como para cautivar a un príncipe...
Desde luego, Emmett estaba completamente cautivado. Iba ataviado con el traje de gala, negro, carmín y oro, pues la ceremonia había sido planeada con el fin de arreglar todos los errores del pasado, para demostrar que la familia real no tenía nada de que avergonzarse. Al abrirse las puertas de la capilla, Emmett había estado mirando a la muchacha que llevaba del brazo, pero después dirigió la mirada a su hermano, que esperaba junto al altar. «¿Qué estoy haciendo?», parecía decirle con la mirada. «¿Por qué estoy entregándote esta belleza?».
Edward tuvo que respirar hondo para no ir directo a su hermano y darle un puñetazo. Si se le ocurría tocarla...
Sabía que Emmett sólo intentaba hacer lo correcto. ¿Qué demonios le pasaba? Lo que ocurría era que no quería que Isabella tuviera nada que ver con Emmmett, no quería que tuviera nada que ver con la familia real.
Llevaba una de las tiaras de la familia, que debía de haberle dejado su madre. Edward echó un vistazo a Esme y vio la aprobación en los cálidos ojos de su madre.
También habían dado su aprobación a Tanya. ¿Qué habría pasado si Edward hubiera llevado a Isabella cuando debería haberlo hecho?
Aquello no estaba bien.
Isabella parecía aterrada.
Desapareció la música de fondo y empezó a tocar el trompetista real; era la tradicional marcha nupcial de las bodas reales.
Los presentes se pusieron en pie; la familia real, dignatarios políticos, todos los que debían estar allí.
Emmett le apretó la mano a Isabella y comenzó a caminar hacia el altar. Estaba muy pálida. Se oyó un murmullo. La novia cautiva se dirigía al sacrificio.
—Paren —dijoEdward y se hizo un silencio en sordecedor.
¿Se había vuelto loco? ¿Cómo se atrevía a hacer algo así?
No, no estaba loco. Sabía exactamente lo que debía hacer y no le importaba quién lo viera. En una décima de segundo dejó allí al sacerdote y fue en busca de la novia.
Isabella lo miró con gesto confundido.
—Suéltala,Emmett —dijo en voz baja y, cuando su hermano abrió la boca para protestar, le lanzó una mirada que en otro tiempo le habría costado la vida. Pero, además de futuro rey, Emmett era su hermano y, aquel día, tenía poca importancia para él comparado con la muchacha a la que acompañaba.
Emmett tuvo la inteligencia de darse cuenta de ello, esbozó una sonrisa burlona y dio un paso atrás. El sonido de la trompeta fue apagándose hasta desvanecerse del todo.
—Pareces asustada -le dijo Edward al tiempo que le agarraba ambas manos entre las suyas.
—N... no -respondió cuando por fin se atrevió a levantar la mirada hasta él.
—Mentirosa.
—Sólo estoy abrumada -consiguió decir.
—Pues no lo estés -susurró para ella y sólo para ella-. Esto es entre tú y yo. Un matrimonio entre los dos, y yo sólo soy Edward, el chico al que una vez amaste.
¿Quién sabía qué pensarían los asistentes a la ceremonia? No le importaba. Lo único que sabía era que sólo disponía de unos minutos para convencerla de seguir adelante de que no saliera corriendo, pero tampoco se quedara con miedo.
-Hazlo con valentía o no lo hagas -le dijo al oído.
Ella levantó la mirada como si estuviera ante un desconocido.
—Con valentía...
—Siempre fuiste muy Isabella -aseguró él-. Puedes montar un caballo casi salvaje y controlar a un novillo. Seguro que encuentras valor en tu corazón para aceptarme como esposo.
De pronto se oyeron risas en la capilla. Quizá fuera poco convencional, pero era romántico e incluso los políticos estaban sonriendo.
—Tú no me das miedo -susurró ella.
—¿Entonces qué, preciosa?
—Yo...
—¿Necesitas más tiempo?
Aquello hizo que Isabella abriera los ojos como platos. Lo miró y luego miró a su alrededor, donde se encontraba la flor y nata de la sociedad de Volterra, esperando a verlos casarse.
Y entonces recuperó la sonrisa; primero tenuemente y luego con todo su esplendor.
—¿Qué me estás ofreciendo, cinco minutos?
—Puedes tomarte seis, si quieres.
—Eres todo corazón.
—¿Quieres casarte? -le preguntó Esward-. Estamos preparados.
—Haces que suene normal -todos los presentes podían oírlo, pero ninguno de los dos parecía consciente de ello.
—La gente se casa todos los días. Sólo porque lleves una tiara... Quítatela si te molesta.
—¿Te casarías conmigo sin tiara?
—Me casaría contigo sin nada de nada -dijo él, y las sonrisas se convirtieron en risas.
Aquello no era lo que esperaban; era como si hubiera entrado una ráfaga de aire fresco en aquel ambiente empapado de historia y de realeza.
—Creo que no lo harías -dijo ella, riéndose.
En aquella risa vio Edward a la muchacha que había sido en otro tiempo; ésa que aún cargaba con el dolor y la soledad que se había visto obligada a soportar.
—Yo creo que sí —respondió Edward, desafiándola y riéndose con ella—. ¿Quieres ponerme a prueba?
—Me parece que no —la tensión había desaparecido de su rostro.
Edward se sintió satisfecho. Lo miraba como lo había hecho años atrás, como si no fuera más que Edward, sólo un muchacho más.
Un muchacho, un hombre.
El novio para la novia.
—Con este anillo yo te desposo...
Le colocó la alianza en el dedo. Isabella la miró y luego miró al hombre que tenía delante. Edward.
Había soñado tantas veces con aquel momento. Siempre había sido su fantasía casarse con el príncipe, y ahí estaba, haciéndolo de verdad.
Pero era falso. Estaba haciéndolo por el bien del país y, cuando todo terminara, ella volvería a su vida de siempre. No, no a la misma de siempre, pensó mirando la alianza de oro. Luego volvió a mirarlo a él.
A su marido.
Muy bien, quizá aquel matrimonio durara sólo unas semanas, pero era todo lo que tenía. No había esperado diez años para actuar como una jovencita tímida y virgen. Si sólo tenía unas semanas... tendría que vivirlas al máximo para que, al volver a Munwannay, los recuerdos le duraran el resto de la vida.
Hasta aquel momento había dicho que sí a todo.
En el dedo anular de la mano derecha, Isabella llevaba el anillo de su padre. Una alianza que había mandado hacer con el oro que había encontra do en Munwannay. El filón había resultado ser muy pequeño, pero Isabella aún recordaba la alegría que les había dado encontrar la primera pepita.
—Vamos a ser ricos —había anunciado su padre—. Podré darles a tu madre y a ti todo lo que desen.
Había encargado dos anillos, pero Dios sabía qué había hecho su madre con el suyo..., probablemente abandonarlo igual que había abandona do su matrimonio; su padre, en cambio, lo había llevado hasta su muerte.
Y ahora...
El sacerdote estaba a punto de proseguir con la ceremonia, dando por hecho que sólo había un anillo. Antes de que pudiera hacerlo, Isabella se quitó la vieja alianza y se la dio.
—Bendiga esto, por favor —susurró—. Quiero lo lleves, Edward.
Le había sorprendido. Era evidente que nunca había llevado alianza; no tenía ninguna marca en dedo que demostrara que la había llevado durante su matrimonio con Tanya.
Por un momento, Isabella pensó que iba a negarse a hacerlo. Lo miró a los ojos, desafiante. «Vamos», pensó, «ésta es mi condición».
Entonces él sonrió.
—Muy bien —dijo el Sacerdote, que parecía aliviado y bendijo el anillo de Isabella.
—Con este anillo yo te desposo.
Después llegó la fiesta.
¿En qué momento había dejado Isabella de ser una novia asustada? Edward no podía dejar de buscarla con la mirada. Ella hablaba, reía y se movía entre los invitados como si hubiera nacido para ello. Munwannay había sido en otro tiempo un lugar de encuentro de la alta sociedad de la zona y Isabella había sido educada para moverse en tal ambiente. Edward lo sabía, pero jamás habría esperado verla así. Él tenía que cumplir con su obligación como novio para no ofender a ningún invitado, por lo que no podía estar junto a ella en todo momento.
Le había pedido a su familia que cuidaran de Isabella, pero no parecía que necesitara ningún tipo de protección.
Hablaba el idioma casi a la perfección, con una fluidez que también sorprendió a Edward. Sí, lo había aprendido con él, pero era obvio que había seguido practicando desde entonces.
Bromeaba, se reía; parecía realmente interesada en las personas con las que hablaba. Y los invitados la adoraban. La escena de la iglesia había desarmado a todos los presentes y había generado un buen ambiente que ella estaba sabiendo aprovechar al máximo.
Edward vio a Emmett observándola y reconoció un brillo de admiración en sus ojos. Y algo más.
Al verlo, Edward se excusó tan rápido como pudo y acudió junto a Isabella.
Era SU MUJER.
La idea se abrió paso en su mente como un fogonazo; era increíble y seguramente dejaría de sentirlo en cualquier momento. Pero mientras tanto...
—Isabella —le dijo al tiempo que le pasaba el brazo por la cintura en un gesto con el que pretendía marcar lo que era suya.
—Hola —dijo ella, acurrucándose contra él de un modo muy poco protocolario—. ¿Te diviertes?
—Yo no me divierto —respondió Edward sin pensar.
Ella frunció el ceño.
—¿Nunca?
—Estoy trabajando.
—Bueno, pero hay gente muy amable —comentó con un suspiro—. Estoy hablando tanto, lo recordaré cuando esté en Munwannay. ¿Qué estamos be biendo?
Edward miró la copa que tenía en la mano.
—Champán francés.
—Me gusta. Creo que necesito más.
—¿Ahora?
—Mejor no. No estaría bien que la novia se emborrachara. ¿Crees que podría escabullirme a ver qué tal está Deefer?
—Está en buenas manos.
—Pero no son las mías. ¿Cuánto duran los banquetes de boda?
—Hasta que se retiran los novios.
Isabella sonrió.
—Ésos somos nosotros. ¿Entonces podemos irnos?
En ese momento se acercó Esme, la reina. Ella había sido la que había mantenido las cosas bajo control desde la muerte de su padre. De no haber sido por ella... quizá la monarquía se habría de rrumbado hacía tiempo. Siempre estaba donde se la necesitaba.
—Los mayores deben irse ya —le dijo a su hijo—. Así que ustedes también.
—Eso justo me estaba diciendo Isabella.
—Es una mujer muy inteligente —reconoció con una gran sonrisa—. Lo has hecho muy bien, querida.
—Yo..., gracias —respondió Isabella, ruborizada.
—Para ser una novia cautiva —bromeó Edward sin pensar y enseguida se dio cuenta de que no había sido buena idea, pero Isabella no tardó en reaccionar.
—Me ha regalado un perro —dijo con un simpático brillo en los ojos, como si eso lo explicara todo.
—Siempre fue un muchacho muy amable.
—¿Así que es amable? —dijo Isabella y le lanzó una mirada a Edward que estuvo a punto de hacerle sonrojar también.
Pero Esme estaba concentrada en organizarlo todo
-Ya saben de quién tienen que despedirsen formalmente, pero haganlo rápido para no dejen a nadie que pudiera ofenderse.
—Podemos separarnos y así lo haremos más rápido —sugirió Holly.
—Pero tú no sabes quién...
—Me lo imagino —dijo Isabella—. He estado observando. Creo que podría señalar a todas las personas que podrían ofenderse. Pero tienes razón, por supuesto, es mejor no correr el riesgo. Así que adelante, esposo, terminemos con esto para poder seguir con nuestras vidas.
Parecía una orden. Edward tuvo la sensación de que Isabella le había dado una movía entre los dignatarios como una auténtica profesional. Miró de reojo a su madre y se dio cuenta de que no era el único que se sentía orgulloso. Encajaba bien en la realeza.
De pronto tuvo otra sensación que lo dejó sin aire por un momento. Si se hubiera casado con ella diez años atrás...
Eso habría sido imposible. En vida de su padre... de ningún modo. Pero ahora... echó un vis tazo a la sala llena de gente y vio a Emmett, que seguía mirándola. Sonriendo.
¿Era la aprobación del futuro rey, o la reacción habitual de su hermano ante una mujer hermosa?
Pero si Emmett la aprobaba... Lo que había ocurrido en la capilla había cambiado las cosas. Isabella se había convertido en una persona de verdad para todo el país, en una auténtica princesa.
¿Podrían tener un verdadero matrimonio?
Sólo con pensarlo, todo su cuerpo se puso en tensión. Isabella lo miró de inmediato al darse cuenta.
—¿Edward?
—Es hora de irnos —consiguió decir.
—Muy bien, cariño —respondió ella.
Utilizó unas palabras tan propias de una verda era pareja que Edward tuvo que parpadear. Entonces la vio sonreír y sintió que el calor de su cuerpo no hacía sino aumentar.
Tenían que irse. Tenía que llevársela... lejos de allí.
A SU ESPOSA.
Graciass por las alertas y por tener tanto la historia como autora pero sobre todo a los que dejan rewiew y a mi friend hermosa Chayler sos una persona Omg! A Nattii y Evelina que lo leen pero me comentan es por Facebook...
tambíen gracias a : CaroBereCullen,BkPattz,Yasmin-Cullen, Lizzy90,V,Soffizz01, nany87,Saloh...
VOY A RECOMENDAR ALGUNOS FICS
Silent Love :Desde aquel instante que Edward vio a Isabella por primera vez decidió que pelearía por ella, luchando contra todo y todos, superando toda barrera... incluso la de su silencio
Seras Tú Siempre :Bella y Edward son separados por circunstancias desconocidas. Pero 8 años después el destino los vuelve a e encontrar...Todos humanos.-
Fight for your life:UA en esta historia Edward y Bella tendran que luchar por vivir en un mundo donde su problema es un virus que esta volviendo a las personas en problemas de pareja se van a ver reducidos cuando tengan que enfrentarse a esa nueva realidad
y obvio la de mi agente secreta
A Corazón Abierto :Un hospital, dos personas y un destino que los unirá.
