Capitulo 8

Isabella no había contado con que la abandonaran en la cocina junto a Deefer, pero eso fue exactamente lo que ocurrió.

Los invitados se marcharon poco después de que Edward saliera del gran salón con su esposa. En el último momento, la levantó en brazos y la sacó de allí acompañado de gritos de alegría que les deseaban toda la felicidad del mundo. Ella se dejó llevar dócilmente... ¿qué otra cosa habría de hacer una novia? Pero luego, en lugar de llevarla a la habitación nupcial, o donde fuera que los recién casados se alojaban en los palacios, fue abriendo una puerta tras otra hasta acabar en la parte posterior del palacio, en las dependencias del servicio. Finalmente abrió una última puerta y la dejó en el suelo.

Isabella se tambaleó. El vestido pesaba una tonelada, algo que no había notado en todo el día

La enorme cocina estaba desierta, a excepción de Deefer, que dormía en un rincón hasta que los oyó entrar y comenzó a mover el rabo con alegría. Finalmente se levantó a saludar a su dueña. Isabella se agachó a acariciarlo, pero vio por el rabillo del ojo que Edward estaba a punto de salir por la puerta. ¿Qué demonios...?

—Vaya... ¿ya se ha acabado lo de Cenicienta? —preguntó con incertidumbre—. ¿Ya es media noche? Porque mi vestido sigue siendo un vestido.

—Espera aquí —rugió—. No esperaba..., tengo que organizar ciertas cosas.

—¿Qué es lo que no esperabas?

—Una esposa —dijo, y entonces se acercó a ella y la besó en la boca. Fue un beso rápido, pero apasionado, luego salió corriendo de allí, pero le gritó algo desde el pasillo—: No te vayas a ninguna parte.

¿Dónde iba a irse una mujer después de semejante beso? A ninguna parte. Así pues, se sentó junto a la descomunal mesa de la cocina y esperó a su marido, intentando no pensar en que estaba casada, en que no sabía qué iba a ocurrir y en que estaba... ¿asustada?

¿Le asustaba que ocurriera algo?

Mmm... , no. Lo que la asustaba era que no ocurriera.

¿Qué pasaría si alguien la encontraba allí? Los criados aparecerían tarde o temprano... y ella seguiría allí cuando llegaran para preparar el desayuno, la princesa abrazando a su cachorro.

Deefer había vuelto a quedarse dormido sobre sus rodillas. Qué suerte.

Pasaron quince minutos y luego veinte. El tictac del reloj no paraba, era como una bomba a punto de estallar. Tic, tac, tic, tac.

Se estaba volviendo loca.

Entonces se abrió la puerta. Edward. Seguía llevando el traje de la boda y seguía estando increíblemente guapo.

Seguía siendo su esposo.

—Estamos preparados —anunció.

—¿«Estamos»? —preguntó Isabella imaginándose una de esas escenas antiguas en las que una docena de testigos se congregaban en torno al lecho nupcial para comprobar que la novia era virgen.

Edward se echó a reír.

— Felix y yo.

—Estupendo —murmuró—. Mi persona preferida.

—Mi piloto de helicóptero preferido —dijo él—. Yo he tomado demasiado vino como para pilotar. No es que esté borracho, pero no se puede volar con un solo gramo de alcohol en la sangre. Además, quiero concentrarme por entero en mi flamante esposa. ¿Qué te parece si Felix nos saca de aquí y nos lleva de nuevo a nuestra isla?

Isabella lo miró con los ojos abiertos como platos.

—¿Podemos... irnos?

—Creo que es lo que deberíamos hacer —aseguró él—. Ya hemos cumplido con nuestro deber, ahora tenemos el resto de la noche para los dos solos, amor.

—Con Felix.

—Claro —dijo riéndose—. Pero me parece que la isla es lo bastante grande para todos.

Debería haber insistido en que tenía que cambiarse de ropa, pensó Isabella mientras intentaba acomodarse en el asiento del helicóptero con el vestido de novia. ¡Aún llevaba puesta la tiara! Era una locura. Edward, también iba vestido de novio, estaba recostado en el asiento con los ojos medio cerrados, como si estuviera meditando. ¿En qué estaría pensando?

¿En qué iba a hacer con ella?

En otros tiempos, era una muchacha virgen y asustada ante lo que la esperaba. Su madre le habría aconsejado que no se asustara, que se tumbara y pensara en Inglaterra hasta que todo hubiera pasado.

Aquello la hizo reír y atrajo la atención de Edward.

—¿En qué piensas?

—En Inglaterra —respondió y tuvo que morderse el labio inferior para controlar la tensión. ¿Qué estaba haciendo? Una muchacha de Munwannay camino de una isla privada con su príncipe.

Con su esposo.

Si pensaba que iba a...

Claro que lo pensaba, se dijo Isabella a sí misma. Se había tomado muchas molestias para que pudieran estar solos. Además, ahora estaban casados, ante los ojos de Dios y de un buen número de invitados...

—¿En Inglaterra? —repitió él.

—Es en lo que piensan todas las novias durante la noche de bodas.

—¿En serio?

—Por supuesto —aseguró, intentando que no se diera cuenta de que le faltaba el aire—. ¿Cuál es la capital de Sussex? No me distraigas.

Edward no la distrajo. Se limitó a sonreír y mirar por la ventana. Cuando aterrizaron en la estaba a punto de explotar de los nervios qué pensaba que estaba haciendo? No habían acordado nada de eso. Sólo era un matrimonio de conveniencia.

No. No lo era cuando Edward la miraba como lo hacía, cuando ella sentía lo que sentía después diez largos años. Su vida en la granja había muy solitaria, pronto estaría allí de nuevo y lo que tendría serían los recuerdos.

Claro que...

No puedo quedarme embarazada —dijo de pronto, en el silencio que había quedado al pararse la hélice. La idea la golpeó como una bofetada. ¿Qué peligro corría, que se repitiera la pesadilla de años atrás?

No ocurrirá —aseguró Edward tajantemente.

-Creo recordar que eso fue lo que dijiste la última vez.

-He tomado precauciones.

-¿Te has hecho la vasectomía?

-No —respondió con una sonrisa que no le llegó a los ojos—. Aunque Tanya quería que me la hiciera.

—¿Tu mujer quería que te hicieras la vasectomía?

—No quería tener hijos.

—¿Y tú, querías hijos?

—Más que nada en el mundo —respondió con sencillez, pero Isabella supo que decía la verdad—. Pero no te preocupes, no quiero tenerlos esta noche.

—Entonces has traído un preservativo.

—O seis —dijo y desapareció la gravedad de sus ojos—. O más si son necesarios.

—Es un poco presuntuoso.

—¿El qué?

—El dar por hecho que me voy a acostar contigo.

—Me has puesto tu anillo en el dedo.

—¿Y eso quiere decir que...?

—Que me deseas tanto como yo a ti.

—Edward, tú y yo...

—Lo entiendo —dijo suavemente—. No, Isabella, no te estoy pidiendo que te unas para siempre al séquito real. Cumpliré con mi palabra y te dejaré libre. Pero esta noche... esperaba que esta noche fuera sólo para los dos. Por eso te he traído aquí.

—Y yo he venido —susurró ella—. Pero, Edward, si me quedara embarazada...

—Esta vez me encargaría de todo —dijo con ímpetu—. Cuidaría de ti.

De repente se había esfumado la alegría de la noche y la realidad había echado su manto frío sobre ellos. Aquello no era un cuento de hadas. Era real.

¿Se encargaría... cómo? ¿Con un aborto?

—No haré nada que no quieras que haga —prometió él.

—Sí, claro. Por eso me has traído hasta aquí...

—Nunca me he llevado a la cama a una mujer que no lo deseara —aseguró tajantemente, con un aire de... de príncipe.

—No es que no lo desee, Edward —intentó hacerle entender—. Dios, te he deseado durante años.

—Es maravilloso.

Lo afirmó con una de esas sonrisas que ella tanto amaba.

—Pero todo tiene consecuencias —consiguió decir.

—Es cierto —se inclinó y le rozó la mano en un gesto con el que seguramente pretendía tranquilizarla.

Y lo cierto era que lo consiguió.

Pero no lo suficiente.

—Sería una locura que nos acostáramos —comentó Isabella con tristeza—. Si este matrimonio sólo va a durar unas semanas.

—Durará tanto como deseemos que dure —matizó él.

—Claro. Tú no necesitas una esposa y yo necesito volver a casa.

—¿De verdad tienes que volver?

—Sí —respondió, pensando en la diminuta tumba de su hijo.

«Yo me encargaría de todo», aquellas palabras le habían hecho pensar en la muerte de Mason. En la fugaz visita de su madre cuando le habia dicho: «No importa, querida. De todos modos, él no iba a casarse contigo. Es mejor que lo hayas perdido, ahora puedes seguir adelante con tu vida».

Pero no lo había hecho; había trabajado y había intentado vivir plenamente, pero una parte de ella había quedado enterrada aquella noche al enterrar a Mason.

—Esto no está bien —murmuró con una profunda tristeza y Edward volvió a agarrarle la mano.

—Claro que está bien —dijo él—. Tranquila. Iremos tomando las cosas tal como vengan. No pongas esa cara, mi amor. No voy a obligarte a nada.

—Pero has traído seis preservativos.

—Sólo por si acaso —respondió, sonriendo—. Sólo por si decidías que, después de todo, no soy tan malo. Soy tu marido,Isabella.

—¿Quieres decir que tienes derecho?

No, no —se apresuró a decir—. Vamos a hacer una cosa: vivamos la noche según vaya surgiendo.

De acuerdo. No iba a acostarse con él. Era lo más sensato y conocía lo bastante a su... su marido... para saber que no intentaría nada en contra de sus deseos.

El único problema entonces eran sus deseos, pensó Isabella. Entraría al pabellón, le daría las buenas noches a Edward de manera civilizada..., quizá incluso le pidiera disculpas por si le había dado una idea equivocada, y luego se iría a la cama. Sola. Y cerraría la puerta con llave.

Ashley estaría allí. Eso la tranquilizaba.

Pero enseguida surgió el primer obstáculo para sus planes. El pabellón estaba vacío. Ni Ashley ni Kellan salieron a recibirlos. Felix los acompañó desde el helicóptero hasta la entrada y luego desapareció. Fue el propio Edward el que abrió las enormes puertas y, cuando vio lo que había dentro, Isabella se quedó sin respiración.