Holaaaa si lo se que me quieren tirar de un ultimo piso pero he estado muuuy preocupada con todo lo que esta pasando en Inglaterra mi tio se encuentra en Manchester y como la mayoria saben lo que sucede (lo digo por que hay muchas personas que todavia me preguntan "Que es lo que esta pasando en el Reino Unido") entonces no tenia ganas de editar nada ni siquiera he escrito los demas capitulos de mi historia que todavia no tiene nombre y pues la imaginación se fue y no queria volver pero ya volvio y mas rato me pongo a hacer los demas caps y pues ya saben no #PrayForUK porfis en mi perfil hay un enlace para que le den LIKE a mi pagina We Are The World For England. bye besitos y como simpre repito

NI LA HISTORIA NI LOS PERSONAJES ME PERTENECEN YO SOLO ME ADJUDICO LA ADAPTACIÓN


Velas. Velas por todas partes.

El gran patio central con su magnífica piscina estaba iluminado únicamente con la luz de las velas. Incluso había algunas flotando en el agua, sus llamas se reflejaban en la superficie. Las luciérnagas parecían haberse animado con el resplandor de las velas y revoloteaban por todo el lugar. La última vez que había estado allí y las había visto, Isabella había pensado que eran preciosas, pero desde luego no había ni la mitad de las que había en ese momento.

—Cuántas luciérnagas hay —susurró, maravillada.

—Les he pagado para que vinieran.

¿Qué más habría preparado?

En un rincón, bañado con la luz de las velas, había un montón de almohadones. Enormes y unidos.

En el centro de uno de esos almohadones había un hueso del tamaño adecuado para un cachorro.

—Te has propuesto seducir también a mi perro —dijo mientras Edward llevaba a Deefer, medio dormido, hasta el almohadón.

—Creo que no me va a costar mucho —bromeó él al ver lo plácidamente que se quedaba dormido el perro con el hueso entre las patas delanteras—. Y ahora, mi amor...

—Edward...

—Sólo cenar —dijo con gesto inocente—. Te lo prometo.

—¿Cuándo has organizado todo esto?

—No lo he hecho —él también observaba la es cena maravillado—. Había pensado pasar la noche en el palacio, pero luego se me ocurrió que... era importante, así que llamé a Ashley y le dije que vendríamos.

—Yo no soy tu amante —le recordó rápidamente y él asintió de inmediato.

—Puede que sea por eso por lo que estás aquí. Eres mi esposa —dijo y la rodeó con sus brazos, cada vez más fuerte—. Eres mi mujer y esta noche quiero hacerte mía... o quería —corrigió al sentir , su tensión—. Hasta que me planteaste tus razonables dudas. Pero no pensemos ahora en eso. Creo que Ashley nos ha dejado la cena preparada. No te he visto comer nada en todo el día y, para lo que te tengo preparado, necesito una novia bien alimentada.

Así pues, cenaron y Isabella se sorprendió al comprobar que tenía hambre. Ashley debía de haberlo previsto, sin duda lo había planeado todo, pero fue Edward el que sirvió los manjares; aparecía y desaparecía como un genio.

Seguía ataviado con el uniforme de gala que había llevado en la boda; la única concesión que había hecho a la comodidad había sido quitarse la espada que acompañaba el uniforme, pero las medallas seguían ahí, y las botas altas de cuero negro, y esos pantalones estrechos... Debería haber una ley que los prohibiese, pensó Isabella. Era un verdadero esfuerzo apartar la mirada de él mientras le servía.

Un príncipe sirviendo a su esposa. Los manjares estaban también a la altura de la ocasión. Plato tras platos, bocado tras bocado, Isabella iba dejándose llevar por el placer de saborear todas aque llas delicias.

Kotósupa avgolémono, sopa de pollo y arroz con huevo y limón(FP)

Edward la había cocinado para ella años atrás. una noche que los padres de Isabella habían salido. Al principio, ella se había reído ante la idea de que el joven príncipe fuera a encargarse de hacer la cena, pero él había esbozado una de sus sonrisas y le había preparado una sopa que Isabella no había podido olvidar.

Ella había observado atentamente la preparación y durante años había intentado repetir la receta, pero nunca había conseguido que supiera igual.

Esa noche sí era la misma.

Se llevó la cuchara a la boca ante la atenta mirada de Edward.

—¿Te gusta?

Ella cerró los ojos y saboreó la sopa y los recuerdos, y no pudo mentir.

—Es increíble. Es la misma que me hiciste tú hace años...

—Sí —dijo él y sonrió—. Lo recuerdas. Te la prepararé siempre que quieras, amor.

Isabella estuvo a punto de ahogarse y, mientras lo miraba, pensó en esos seis preservativos. No. no, no.

—Déjame —consiguió decir, con actitud de muchacha virtuosa—. Tengo que concentrarme.

—Hay mucho en lo que concentrarse, así que tú; sigue concentrándote y yo seguiré alimentándote.

Y así fue. Lo cierto era que tenía hambre y todo estaba delicioso; la mezcla de sabores de unos ingredientes que a menudo no sabía identificar era sencillamente perfecta. Apenas hablaron, Isabella no podía, sólo podía repetir una y otra vez el mismo mantra en su cabeza.

Sensatez. Sensatez. Sensatez.

Pero ¿cómo iba a actuar con sensatez? No podía dejar de seguir los movimientos de Edward, y sus ojos, unos ojos oscuros que la observaban mientras comía. Debería protestar. Debería...

«Sigue comiendo», se dijo. «Disfruta de la magia de los manjares e intenta relajarte un poco». Ya le diría más tarde que las cosas no iban a ir más allá.

Edward le sirvió una copa de vino de postre... que resultó ser australiano, de una bodega que Isabella conocía; era un vino que siempre le había encantado.

—¿Cómo...?

—Me acordé —reconoció Edward con una son risa en los labios—. Le encargué a Felix que lo encontrara para esta noche.

El primer sorbo disolvió gran parte de la sensatez de Isabella, con la segunda copa se dio cuenta de que estaba... no borracha, sino... ¿cautivada?

¿Seducida?

¡No!

Edward había recordado el vino que le gustaba.

Su camarero particular le llevó después unas fresas que sabían como debían saber las fresas y nunca sabían, pero esa noche sí, esa noche era todo perfecto. Edward la observaba cada vez que se llevaba una a los labios y sonreía, era como si estuvieran haciendo el amor. La llama de las velas titilaba, acercándose ya al final; iban apagándose poco a poco, por lo que la luz era cada vez más tenue.

Isabella se bebió el último sorbo de café.

—Tengo que irme a la cama —anunció con cierta inseguridad.

Edward fue de inmediato junto a ella para ayudarla a levantarse. Sus manos la agarraron con firmeza y deseo, con la seguridad de saber lo que iba a ocurrir.

—No hemos bailado el vals nupcial —le susurró al oído.

Isabella no pudo hacer otra cosa que sonreír. —Has pensado en todo.

—Sabía que había construido este pabellón para algo, creo que fue para esta noche.

Ella podía sentir su respiración en la piel, el calor de sus manos le invadía el cuerpo. Lo vio desabrocharse los primeros botones de la casaca y luego, antes de que ella pudiera hacer nada, la le vantó en brazos y la llevó hasta un lateral del patio, donde apretó unos discretos botones con los que hizo que empezara a sonar un vals.

Así la llevó de nuevo junto a la piscina, la dejó en el suelo, la rodeó con sus brazos y comenzó a bailar con ella.

Era la escena de seducción más perfecta que se podría imaginar. Isabella sabía que debía resistirse, que debía apartarlo de sí y salir corriendo.

Pero ¿cómo iba a hacerlo, estando entre los brazos de Edward?

Simplemente, siguió bailando.

Gracias a la ambición social de sus padres, había aprendido a bailar antes incluso que a montar a caballo y nunca lo había olvidado, a pesar de que hacía años que no practicaba. Pero recordaba haber bailado con Edward la primera noche de su estancia en Munwannay, durante la fiesta que habían organizado en honor de su invitado. Edward la había invitado a bailar un vals, la había llevado al centro de la sala... y la vida de Isabella había cambiado para siempre.

Nada había cambiado desde entonces. Ahí estaba, enamorándose de nuevo de él. Edward la estrechaba en sus brazos como si fuera una delicada porcelana, como si fuera la mujer más deseable del mundo.

Y él fuera su hombre. Su príncipe. Su marido.

Isabella estaba derritiéndose entre sus brazos. Tenía la cara apoyada en su pecho, sobre su piel y era... irresistible. Su olor era irresistible, masculino que sólo él podía llenar. Sus pies se movían al unísono como si él anticipara sus movimientos, o quizá era ella la que anticipaba los de él. ¿Quién sabía?

—Edward —susurró.

—¿Sí, amor?

—Creo que ya está bien con la escena de seducción.

—¿No te gusta?

—He dicho que ya está bien —respondió al tiempo que levantaba las manos para agarrarle el ros tro y besarlo en la boca—. Ya no puedo más. Al diablo con los riesgos. Dios,Edward, sé que es una locura, pero te deseo tanto:

—Yo deseaba que me desearas —dijo él con una sonrisa—. ¿Y tú, quieres que yo te desee? —le preguntó, mirándola fijamente a los ojos—. Isabella, ya te he dicho que no voy a hacer nada que tú no quieras que haga. Te deseo más que a nada en el mundo, pero quiero que estés conmigo por tu propia voluntad, nada más. ¿Me deseas tanto como yo a ti?

Sólo podía darle una respuesta. Era la única respuesta posible en el mundo. Fuera sensata o no.

No lo era. Era una locura, pero no le importaba. —Sí —dijo sencillamente, y luego dejó que él volviera a levantarla en brazos.

Después de eso no hubo tiempo para nada más, no era el momento de las palabras.

Era una noche cálida y tranquila. El dormitorio de Edward estaba completamente abierto a la noche, por lo que la cama parecía situada en un mirador con vistas al mar y a las estrellas. La llevó hasta allí con gesto tierno y triunfal mientras ella pensaba que era allí exactamente donde debía estar. «Con mi marido. Mi corazón, mi hogar».

«Mi Edward».

Ya no había vuelta atrás. La dejó en el suelo junto a la cama y Isabella se dio cuenta de que apenas se mantenía en pie sin él, su cuerpo lo reclamaba, palpitaba de deseo. Lo miró a la cara y vio el mismo deseo, la misma necesidad, reflejada en los ojos del hombre al que amaba.

Edward.

—Isabella—susurró él con la voz ronca de pasión—. Mi esposa...

Y entonces... de pronto ya no llevaba ropa. De repente no había nada que se interpusiera entre ella y él, sólo había deseo. ¿Cómo había hecho para desnudarla tan rápido? Seguramente mientras ella lo despojaba a él de todas aquellas prendas que apenas vio porque estaba completamente concentrada en su cuerpo. Él era lo único que deseaba. Años atrás había disfrutado del cuerpo de aquel hombre y ahora se sentía como si estuviera volviendo a casa.

—Eres tan hermoso —susurró, maravillada, en cuanto estuvieron ambos tumbados en la cama.

Él soltó una suave carcajada y la envolvió con su cuerpo.

—Tú... no sabes lo que es que me digas eso, mi amor...

Entonces empezó a besarla, y no sólo en los la bios sino en todo el cuerpo, de los pies a la frente y vuelta a empezar, mientras ella se estremecía y gemía de placer. Estaba despertando bajo sus manos, su cuerpo volvía a la vida después de un largo sueño. Su piel, todas las terminaciones nerviosas, estaban despiertas por vez primera en mucho tiempo.

Ella también lo tocaba, recorría su desnudez con la yema de los dedos, deleitándose en la mas culinidad de su cuerpo. Se dejaba derretir en su calor, una sensación que había llegado a olvidar que era capaz de sentir. Edward era suyo, pensó apasionadamente.

Llevaba años creyendo que lo que recordaba no era más que una fantasía, que sus recuerdos no eran más que una idealización romántica de la realidad; su primer amor, su príncipe.

Desde entonces había habido chicos y hombres con los que podría haber salido. Vecinos, otros profesores... Pero al mirarlos, Isabella siempre los comparaba con Andreas y todos habían salido perdiendo en la comparación. Era duro volver al mundo real después de haber vivido un cuento de hadas.

Se había aferrado a esa fantasía a pesar de saber que era sólo eso, imaginación y nostalgia.

Pero ahora sabía que no era así. Lo que Edward le hacía sentir era... real.

Era tal y como lo recordaba y mucho más. Su masculinidad era exigente, arrolladora y, al mismo tiempo, había en él una ternura inimaginable la conminaba a compartir su júbilo. Edward recorría su cuerpo, explorando y saboreando cada milímetro de su piel con verdadero placer..., pero esperaba lo mismo de ella, que disfrutara del mis momodo y le diera el mismo placer.

Cuando por fin llegó el momento en que se su mergió en ella, en que la hizo completamente suya, Isabella gritó de pura alegría. Se fundieron en un solo ser y la noche estalló en una lluvia de deseo. Después se quedaron tumbados, sus cuerpos saciados, pero aún unidos, hasta que volvió a invadirlos la necesidad del otro.

No era una noche para amarse sólo una vez. Sus cuerpos parecían exigir algún tipo de compensación por todos los años que habían estado separados. Era una noche demasiado importante como para dormir. Holly había soñado con él durante años y no pensaba perder el tiempo durmiendo, ya lo haría en otro momento.

Lo único que importaba era Edward.

Había cambiado, pensó, maravillada, durante la larga y lánguida noche. Aquél ya no era el cuerpo de un muchacho, sino el de un hombre que parecía haber encontrado un sustituto al trabajo en la granja que tanto le había gustado, porque su cuerpo era todo músculo.

Fabuloso. Aquella palabra resonó una y otra vez en su cabeza durante la noche, mientras sus dedos exploraban, su lengua descubría y sus piernas lo atrapaban. Cada vez estaban más cerca, más unidos, pero la noche no era lo bastante larga. Deberían haber quedado agotados, pero de ningún modo podían acabar semejante experiencia durmiendo.

—Eres mucho más hermosa de lo que recordaba -le dijo él en algún momento de la noche-. Mi bella Isabella, mi maravillosa princesa australiana.

Se aferraron el uno al otro como dos jóvenes amantes hasta que llegó el amanecer y una luz anaranjada inundó la habitación, llenándolo todo de una paz que Isabella no había experimentado jamás. Estaban desnudos, abrazados. Ella sintió que volvía a tener diecisiete años, tenía al hombre que amaba y el mundo a sus pies, nada podía salir mal.

—¿Puedo llevarte a nadar, mi amor? -susurró Edward.

—Puedes llevarme donde quieras -dijo ella, adormecida.

Él sonrió y, un segundo después, estaba de pie y le tendía una mano.

-No puedo creer que pueda mover ni un dedo -comentó Isabella al tiempo que aceptaba su mano y se dejaba arrastrar fuera de la cama... y de la habitación-. Estamos desnudos.

—¿Sí? -Edward se detuvo en seco como si no se hubiera dado cuenta, pero luego la miró y se echó a reír-. Es maravilloso, ¿verdad?

Salió al patio y de ahí se dirigió a la playa como si nada.

—Edward, estamos desnudos -insistió Isabella, esa vez con una especie de chillido, pero riéndose al mismo tiempo.

Resultaba increíblemente erótico, pero debía conservar un poco de sentido común, alguien tenía que hacerlo. Dios, era tan hermoso. Su príncipe desnudo. Su Edward.

Su esposo.

—Ashley... -dijo desesperadamente-. Felix.

—No te preocupes, Ashley se encargará de que nadie se acerque a este lado de la isla.

—¿Es lo que suele hacer cuando traes aquí a otras mujeres?

Él volvió a detenerse en seco, pero ahora la miró con el ceño fruncido.

—No -dijo con voz grave-. Ya te he dicho que nunca he traído a ninguna mujer.

—No te creo.

—Tienes que creerme -insistió y acompañó sus palabras con un beso que no dejó lugar a dudas, no dejó lugar a nada excepto al deseo y a la pasión-. Te he traído a ti, a mi mujer, a mi esposa. Ya era hora de traerte a casa.

No volvieron a detenerse hasta llegar a la orilla del mar. A Isabella se le cortó la respiración al sentir el agua sobre su piel ardiente, pero entonces sintió también los brazos de Edward a su alrede dor, tomándola con un deseo que anunciaba que no iba a ser un baño tranquilo.

—Pensé que íbamos a nadar...

—Piensa lo que quieras —rugió al tiempo que la tumbaba sobre la arena, con las olas rompiendo a sus pies. Le tomó el rostro entre las manos, clavó la mirada en sus ojos y volvió a sumergirse en su cuerpo, volvieron a fundirse—. Yo no puedo pensar. Mi Isabella, agapi mu, mi corazón...


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