Hola mis niñas divinas como han estado? Ok ya casi se acerca la recta final y les puedo decir que Deffer va a hacer problemitas en Palacio jajajajaja y lo mas importante que necetiba decirles era que como muhas saben estoy haciendo mi historia pero no se si hacer de Edward un cabron inconciente mimado o un chico que sea relax estoy confundida me ayudan siiiii y tambien ya hize mi pagina en facebook para adelantos etc... la cual es AnithaPattzCullenPacker Fics asi que delen ME GUSTA jajajajaja besitos y proximamente otra vez nuevo capitulo de LLANTO DE UNA PASION :)

NI LA HISTORIA NI LOS PERSONAJES ME PERTENECEN YO SOLO ME ADJUDICO LA ADAPTACIÓN

DEJAME UN REWIEW


Las palabras de su madre no se le habían borrado de la memoria: «Puedes llevártelo a casa». Así se había sentido, como si hubiera estado en casa, en su hogar. Después había deseado intensamente volver. El viaje a Australia había sido un intento desesperado de volver a sentir aquella paz, y lo cierto era que había funcionado, porque con Isabella había vuelto a vivir la experiencia de ser normal.

Pero las dos experiencias habían terminado, en ambas ocasiones había tenido que volver a palacio, al lugar en el que demostrar una emoción era un signo de debilidad, donde no se toleraban los animales, ni las travesuras. Pero no tenía alternati a. Era su obligación como príncipe.

Ahora lo necesitaban y tenía que volver. Con Isabella. Tenía que ser con Isabella.

A ella no iba a gustarle nada. No tenía derecho a pedírselo, ni siquiera durante un tiempo, pero era demasiado pronto para enviarla a Australia. Dios, no quería verla confinada a las normas de palacio. Sus fantasías con Isabella nunca incluían protocolo real.

Al salir del baño se encontró con la inteligente mirada de Deefer, que parecía saber que había algo que preocupaba a su dueño.

—¿Podrás comportarte como un miembro de la familia real? -le preguntó.

El pequeño cachorro estaba junto a la cama, de la que colgaban las sábanas y la colcha, enredadas. Deefer ladró y luego mordió la carísima colcha bordada y tiró de ella, arrastrándola hacia la puerta.

Parecía que no. Quizá Deefer no pudiera ser miembro de la familia real, como quizá tampoco pudiera Isabella.

Edward cerró los ojos, respiró hondo y fue a ponerse la ropa. Un traje que lo convirtiera de nuevo en príncipe.

¿Un príncipe con esposa y perro?

Sólo si ambos aprendían a respetar las reglas.

Estaban sentados el uno frente al otro en el helicóptero. Aquella máquina no estaba hecha para dos amantes, pensó Isabella. Ni para un matrimonio.

Claro que en ese momento ella no se sentía como la esposa de nadie. Iba de camino a actuar como princesa; se sentía pequeña, insignificante y asustada.

Edward tenía la mirada puesta en el exterior, donde los esperaba toda una comitiva entre la que había varios fotógrafos.

—¿Ha venido la prensa? -preguntó ella con voz débil.

—Era de esperar -dijo Edward con un suspiro-. Nuestro matrimonio ha levantado mucho interés. Pero seguramente se retiren un poco a partir de ahora, yo ya he hecho lo que debía.

«He hecho lo que debía».

Siguió mirando hacia fuera, preocupado. No imaginaba que Isabella tenía la sensación de que acababa de romperle el corazón en dos.

—En esto consiste ser miembro de la realeza -siguió diciendo él-. Es una presión continua, tu vida no te pertenece. Dios, si yo hubiera sido li bre... Estás mejor sin formar parte de todo esto, Isabella.

Se volvió a mirarla y ella tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para controlarse. Se le había revuelto el estómago.

—Andreas... ¿cuánto tiempo tengo que quedarme? -consiguió decir.

—Hablaré con Emmett.

Eso fue todo. Hablaría con el futuro rey.

Los últimos tres días, Isabella se había permitido albergar esperanzas, se había permitido creer que el suyo era un verdadero matrimonio, porque era eso lo que había sentido. Pero parecía que el futuro de su matrimonio estaba en manos del príncipe regente, de Emmett. Naturalmente.

Aquellos tres días sólo habían sido un paréntesis, tres días de recuerdos que le durarían toda la vida.

Quizá tuviera que conformarse con eso.

Los rodearon en el momento que pusieron un pie en tierra, y todo se llenó de nuevo de fogonazos de flashes.

Edward bajó primero y luego le tendió una mano para ayudarla, una mano que ella aceptó de inmediato. Isabella se había puesto un vestido de verano verde, pero enseguida se dio cuenta de que se habría sentido más cómoda con un traje más formal, de negocios.

—¿Qué tal la luna de miel? —preguntó un periodista—. ¿Qué tal sienta ser una esposa de la realeza?

—No se espera que Isabella ejerza como esposa de la realeza —se apresuró a responder Edward en su lugar—. Estamos casados, pero Isabella tiene su vida en Australia, donde dirige una preciosa granja. Yo nunca le pediré que renuncie a eso para cumplir compromisos reales.

Hubo un breve silencio, muestra de la sorpresa de los presentes.

—¿Quiere decir que el suyo no es un matrimonio de verdad?

—Yo no he dicho eso —respondió Edward suavemente—. Nos hemos casado ante Dios y tenemos intención de cumplir nuestros votos, pero el matrimonio es distinto dependiendo de las personas. No sería justo pedirle a Isabella que cumpliera el papel de princesa.

—¿Entonces va a volver a Australia? —preguntó alguien a Isabella—. ¿Cuándo?

—Tenemos muchas cosas que hacer —volvió a contestar Edward —. Ya lo comunicaremos.

—Pero hasta entonces, ¿va a cumplir funciones de princesa?

—Sí, lo hará —contestó Edward.

¿Qué estaba ocurriendo? Isabella estaba atónita. De pronto se había convertido en una dócil esposa que ni siquiera podía responder personalmente a las preguntas que le hacían.

—Diles también cómo me gusta el café —dijo de pronto y todo el mundo, incluyendo Edward, la miró. Vio furia en los ojos de su esposo, pero ya no podía volver atrás—Me han hecho una pregun ta y creo que lo lógico es que conteste yo —expli có—. Volveré a Australia cuando lo considere oportuno. ¿No se espera que ejerza como esposa de la realeza? Suena como si hubiera salido de una especie de programa de cría de animales Lo siento, amor mío —se dirigió a Edward y consiguió esbozar una dulce sonrisa ante los atónitos ojos de su marido—. Lo sé, la esposa de un príncipe deja que su marido hable por ella. Pero tú mismo has dicho que no tengo que ejercer como tal. Yo sólo soy una esposa, y punto; sólo soy yo. Dejemos eso bien claro y pasemos a otra cosa.

Edward estaba furioso. No sólo estaba enfadado, estaba iracundo. Se encontraban en la limusina, camino del palacio y la miraba como si tuviera dos cabezas. Ella respondió con igual dureza, con una mirada desafiante.

—La esposa de un príncipe se queda siempre en un segundo plano —espetó.

—¿Sí? No lo sabía, nunca he sido esposa de un príncipe.

—Isabella, no lo comprendes. Es esencial que tengamos un comportamiento intachable.

—Yo pensé que mi comportamiento «era» intachable —respondió con voz tranquila.

Si su padre hubiera estado allí, habría advertido a Edward del temperamento de su hija. Pero Edward no contaba con tal aviso. Lo único que le preocupaba eran las consecuencias políticas de sus acciones.

—Tuviste un hijo sin estar casada —le recordó—. Con eso basta.

—¿Basta para qué?

—Para que todo el país te juzgue. Tienes que mostrarte discreta, recatada y respetuosa.

—Respetuosa hacia ti.

—Por supuesto, soy tu marido.

-Pensé que eras algo más que eso. Pensé que eras mi amante.

—En nuestra isla, sí, pero no aquí. Aquí tienes que seguir las reglas de la familia. Tienes que estar callada, Isabella.

—No creo que el silencio figurara entre los votos matrimoniales —respondió suavemente.

—Ya sabes por qué me casé contigo.

—¿Qué? —ella también estaba furiosa, pero no gritaba. Quizá incluso fuera razonable que le preguntara a su marido lo que quería decir.

—Si la familia real de Forks te hubiese encontrado antes que nosotros...

—¿«Nosotros»?

—Mi hermano y yo.

—¿Qué habrían hecho, Edward?

—Habrían acabado con nosotros. Dios, Isabella, creo que no es necesario que te lo diga. En ningún momento te lo he ocultado.

—No —dijo ella, y retiró la mirada.

Estaban acercándose al palacio, pero aún quedaba un poco para llegar a las puertas del edificio. Si se bajaba ahora...

—Escucha, Isabella, no sé cuánto tiempo quiere Emmett que te quedes...

Isabella volvió a mirarlo sin salir de su asombro.

—Emmett. ¡Emmett! Entonces no tiene nada que ver con nosotros el tiempo que dure nuestro matrimonio. ¡Depende de Emmett!

—Es tu futuro rey.

—El tuyo —replicó.

—Exacto. Tú puedes marcharte.

—Cuando él me dé permiso para hacerlo.

— Sí.

—¿Tú no tienes nada que decir al respecto?

—Isabella, desde el principio éste fue un matrimonio especial. Yo tengo mis obligaciones y tú... tú ni siquiera puedes mantenerte callada delante de la prensa.

—Parece que no.

—Isabella... —Edward titubeó un segundo antes darle una mano a modo de súplica.

Ella lo miró a la cara y luego bajó la vista hasta la mano que llevaba su alianza. Estaba intentando convencerla para que hiciera lo que debía.

Él lo había hecho... por el país y por su familia.

Se había casado con ella y habían compartido tres días espectaculares, pero ahora había llegado el momento de volver a la realidad. Edward le estaba pidiendo que se mantuviera en un segundo plano, cerrara la boca y vistiera de gris.

Su marido le pedía que siguiera adelante con la farsa, porque eso era lo que era, una farsa.

—Necesito saber cuándo podré irme a casa —anunció tras tomar la decisión de rechazar su mano.

—Isabella, por favor...

—Escucha, Edward. Toda esta situación es irracional. No me había dado cuenta hasta ahora, pero ahora que lo sé... De acuerdo, me mantendré al margen, cerraré la boca y vestiré de gris. Pero más vale que Emmett y tú decidáis pronto cuándo puedo marcharme, porque no tardaré mucho en volverme loca.

La cosa no hizo sino empeorar. En la puerta del palacio los esperaba todo un regimiento de sirvientes a los que tuvieron que saludar uno por uno. Edward iba estrechando sus manos, pero cuando llegó el momento de que lo hiciera también Isabella..., la criada en cuestión dio un paso atrás y Edward le hizo un gesto.

Muy bien, parecía que ella no podía darle la mano al servicio, dedujo Isabella. Otra lección aprendida.

Acababan de llegar al final de la fila de criados cuando aparecieron dos lacayos de librea escol o a la reina Esme, la madre de Edward.

—Hijo mío —saludó a Edward con un beso en cada mejilla—. Bienvenido. Has sido muy malo llevándote tanto tiempo a tu esposa cuando tanto los necesitamos.

—Mamá, tres días no es precisamente una luna de miel muy larga —respondió Edward.

—No, pero en estos momentos, y con Jasper todavía fuera... , Emmett ya no podía más —Esme meneó la cabeza y se dirigió a Isabella—. Bienvenida, querida. Una doncella te acompañará a tu apartamento. Edward, Emmett te espera en el despacho de tu padre.

—Debería acompañar a Isabella...

—Yo me encargo de ella —lo interrumpió Esme con ese tono arrogante que tenía en común con su hijo—. Tú vete, tu hermano te espera. Estoy segura de que Isabella lo comprenderá.

Edward desapareció y Isabella se quedó con una docena de criados y con la reina.

«¿Isabella lo comprenderá?» No, Isabella no comprendía nada. Debería haberse sentido sola y abandonada, pero lo cierto era que tenía que hacer un esfuerzo para controlar la furia que amenazaba con apoderarse de ella.

—Supongo que volveré a ver a mi marido... ¿en la cena? —preguntó a la reina.

—No estoy segura —respondió Esme, extrañada—.

Creo que Emmett quiere que salga para Grecia de inmediato.

—¿Conmigo?

—Tú tienes que instalarte aquí.

—¿Sí?

—Querida...

—No se preocupe —se apresuró a decir Isabella al ver que había escandalizado a la reina—, no voy a hacer una escena. Ya me han dicho cuál es mi papel, así que me quedaré aquí mientras mi marido está en Grecia. ¿Cuándo puedo tener una reunión con Emmett?

—¿Perdón?

—Puesto que es Emmett el que maneja los hilos aquí, será Emmett quien me diga cuándo poner fin a mi matrimonio.

—Querrás decir Su Alteza el príncipe Emmett —corrigió Esme con severidad—. Tengo entendido de que mi hijo cree que podría convenir que el matrimonio continuara.

Isabella enarcó ambas cejas.

—¿De verdad?

—Tuvieron una actuación encantadora en la iglesia.

Una actuación. ¡Una actuación! ¿Es que aque lla familia planeaba sus apariciones siempre de cara a la opinión pública?

—Me alegro —dijo entre dientes al tiempo que agarraba a Deefer del suelo, donde lo había dejado para saludar al servicio. Ahora necesitaba la cercanía del cachorro. Le daba seguridad.

—Dale el perro a alguno de los criados —le sugirió Esme mirando al cachorro con incertidumbre—. ¿Es tuyo?

—Sí —respondió Isabella lo apretó contra sí de manera instintiva.

—Cuidarán de él en los establos.

—Deefer se queda conmigo.

—No se permiten animales en palacio por deseo de mi marido.

¿Su marido? ¿Acaso no estaba muerto? ¿Quería eso decir que las normas de los reyes seguían vigentes aunque ellos murieran? ¿Y esas normas la concernían a ella?

—Me parece que eso va a suponer un problema —señaló Isabella con cautela—. ¿Me está diciendo que tengo que dormir en los establos?

Esne miró a los criados con nerviosismo, aun que no se encontraban tan cerca como para poder oír lo que hablaban. De todos modos, bajó el tono de voz.

—Nada más casarme comprendí que tenía que acatar las normas.

Isabella frunció el ceño. Tia seguía obedeciendo después de... ¿cuántos años de matrimonio?

—Pero ahora Su Majestad es la reina —le dijo—, la matriarca de la familia. Seguro que puede dictar sus propias normas.

—El que dicta las normas ahora es Emmett, el príncipe regente..

—Pero él es su hijo.

—Esto no está bien.

—No, es verdad —reconoció Isabella con evidente tensión—. Lo hablaré con Edward. Con un poco de suerte podré hacerlo antes de que se vaya a Grecia. Hasta entonces, pídale a alguien que me lleve a mi habitación. Con mi perro. O a los establos, también con mi perro. Elija, Majestad.


GRACIAS X LAS ALERTAS, FAVORITOS PERO SOBRE TODO A LOS REWIEWS:BkPattz ,lizzy90 ,V,Chayley Costa ,sofizz01, Cullen Girl's,CaroBereCullen ,Maya Cullen Masen, ginebralocacullen