Holaaaa chicas me demore mucho verdad? lo siento si lo hize mi cuerpo esta traicionandome y llevo una semana enferma un dia bien al otro no en fin pero les tengo su capitulo a la mitad por que ya mañana subo el otro ya que el miercole,jueves,viernes y sabado estare en el "III Congreso Internacional de Mujeres DESTACATE 2011 MUJER ES TU TIEMPO DE BRILLAR" entonces estare muuy ocupada y no tendre tiempo de subir asi que mañana esperenlo Besitos Byeee Anithaaaa
NI LA HISTORIA NI LOS PERSONAJES ME PERTENECEN YO SOLO ME ADJUDICO LA ADAPTACIÓN
¿Cómo había podido decir algo así? ¿Cómo se había atrevido a enfrentarse a la reina? Isabella se sentó en la enorme cama con dosel y trató de dejar de temblar. Apretó a Deefer contra sí.
—Has sido tú —le dijo al perro—. Tú has hecho que me sintiera valiente.
Pero no se sentía valiente. Se sentía pequeña, insignificante y muy sola.
—¿Cuándo crees que volveremos a ver a Edward?
Deefer respondió lamiéndole la cara.
—Gracias por tus besos, pero les falta un poco de delicadeza.
Respiró hondo para intentar aplacar el temor que sentía. ¿Cómo iba a aguantar allí sola? ¿Tenía alguna alternativa?
Quizá sí, pero si volvía a Australia, sería el final. Se había casado con él por algo y era una locura marcharse.
—Además, seguramente volvería a traerme a la fuerza —susurró—. Soy una esposa cautiva, Deefer. Acabaré como Esme, obediente y temerosa incluso después de años y años de matrimonio.
Tuvo que parpadear varias veces para no echarse a llorar y, después de un rato optó por salir a la terraza de la habitación que daba a los enormes y cuidados jardines del palacio.
De pronto apareció en su mente la imagen de los campos polvorientos, los eucaliptos y una pequeña tumba.
—Seguro que te gusta Munwannay —dijo a Deefer—. Esta vez al menos te tendré a ti... Pero lo quiero todo —admitió para sí—. Te quiero a ti, a Edward y a Munwannay. Quiero que seamos una familia.
—Tu avión sale al amanecer. Tengo una lista de contactos que quiero que repases.
Edward miró a su hermano con gesto sombrío.
—No puedo dejar aquí a Isabella.
—Tampoco puedes llevártela; tienes que moverte muy rápido. Eres el único preparado para hacerlo y ya sabes lo que ocurrirá si no encontramos la piedra.
—No me importa lo más mínimo esa piedra.
—¿Crees que a mí sí? —le preguntó Emmett con incredulidad—. Lo que sí me importa es mi país, igual que a ti. Y la gente que vive en él.
—Billy no sería mal gobernante.
—Eso no lo sabemos, y hay demasiadas cosas en peligro como para arriesgarnos. No tienes elección.
—Nunca la he tenido —aseguró Edward con tristeza.
—No cuando está en peligro el futuro de nuestro pueblo. No.
—¿Y cuando aparezca la piedra?
—Entonces puede que descubras que te gusta ser príncipe. Y puede que a mí me guste ser rey. Pero hasta entonces tenemos muchas cosas que hacer, y que hacerlas ya. Está aquí el jefe de seguridad para darte toda la información necesaria. Vamos.
Las dos de la madrugada. Edward abrió la puerta con sigilo, como si pensara que ella podía estar durmiendo y quizá lo habría estado de no haber tenido los nervios a flor de piel y de no sentirse tan sola.
Pero Edward se había olvidado también del cachorro. Deefer saltó de la cama en cuanto se abrió la puerta y corrió a saludar a su amo.
—Llevamos demasiado poco tiempo casados para que empieces a llegar después de la media noche —dijo ella, ya sentada en la cama—. ¿No te parece?
—Tenía que...
—Ir a Grecia, lo sé.
—No me voy hasta mañana.
—Pero si ya es mañana —respondió, consciente de la hora que era—. ¿O es que aún tenemos un día hasta que te vayas?
—Isabella, lo siento, pero... Me voy hoy mismo. Tengo que salir al amanecer.
—Tienes que salvar el mundo. Ya me lo ha dicho tu madre.
—¿Qué más te ha dicho? —parecía preocupado.
—Que Deefer tiene que dormir en los establos.
—Veo que en eso no le has hecho mucho caso —Edward agarró al perro, le dio la vuelta y le rascó la tripa.
—No trates de congraciarte con mi perro —espetó Isabella, y Edward sonrió.
Fue a sentarse en la cama, frente a ella. Era enorme, así que no había motivo para que a Isabella se le encogiera el corazón sólo porque se sentara Edward.
«Sigue enfadada», se dijo a sí misma, pues era la única defensa con la que contaba.
—Tu madre dice que necesito unas clases de protocolo.
—Te vendrían muy bien —dijo él.
—¿Por qué?
Edward dejó al perro en el suelo, consiguió que se entretuviera con la alfombra y volvió a mirarla a ella.
—Isabella, quizá podríamos tener un matrimonio de verdad —sugirió con cautela.
—Un matrimonio de verdad —repitió ella, como atontada y sin aire en los pulmones.
—Parece ser que el plan de casarnos está funcionando mucho mejor de lo que esperábamos. La gentete ve como una especie de Cenicienta y te tienen mucho cariño. Emmett cree que podría funcionar.
Emmett.
—¿Eso cree? —replicó, tratando de mantener la calma—. Deberías saber que...
—Y a mí me gustaría mucho.
Ahí estaba otra vez. El hormigueo que había sentido a los diecisiete años cuando los había presentado su padre. Pero multiplicado por un millón.
—Entonces no se trata de Emmett —dijo suavemente, casi para sí misma—. No se trata del país. Sino de nosotros dos.
—Es cierto —admitió él un segundo antes de retirar las sábanas y tirar de ella para poder estrecharla en sus brazos y besarla suavemente—. Se trata de nosotros.
—Pero mañana...
—Soy príncipe,Isabella —le recordó con voz triste—. Tengo obligaciones que debo cumplir. No voy a permitir que mi país acabe en la ruina, pero ahora... ahora sólo existes tú, mi amor.
Hasta el amanecer, pensó Isabella, pero fue un pensamiento fugaz porque Edward estaba abrazándola, besándola y pidiéndole que respondiera del mismo modo. ¿Qué otra cosa podía hacer?
Tenía razón. Sólo existían ellos dos.
Hasta el amanecer.
Cuando despertó, él ya se había ido. Se dio media vuelta en la enorme cama y se dio cuenta de que estaba sola.
Ni siquiera estaba Deefer, pero a éste lo encontró junto a la puerta, como si esperara que volvie ra a entrar su amo.
—Vuelve a la cama, Deef —dijo, pero el cachorro se limitó a llorar, apoyando la nariz en la rendija entre la puerta y el suelo. Isabella se levantó a buscarlo y lo llevó de nuevo a la cama.
Una matrimonio de verdad. ¡Ja!
—Ya verás como te gusta Australia —susurró—. Allí podrás comportarte como un perro y yo... bueno, yo volveré a ser la de siempre.
La solitaria, la que lloraba la muerte de su hijo y la pérdida de su gran amor.
De pronto llamaron a la puerta y apareció una doncella, disculpándose.
—Señora, Su Majestad la reina Esme ha fijado una lección de protocolo a las diez y ha pedido que la informe de que le servirán el desayuno a las ocho en el gran comedor, donde la espera un maestro de etiqueta.
Y volvió a cerrar la puerta.
—Etiqueta..., eso es lo que hay para desayunar —murmuró Isabella, de nuevo a solas con Deefer—. Nada de café y huevos —sólo con pensarlo sintió un escalofrío—. Deefer, creo que quiero irme a casa.
Pero...
—Dije que iba a darle una oportunidad a todo esto. Edward dice que tenemos que seguir casados y yo le creo.
Pero...
—Pero nada —se dijo a sí misma—. No pienses en la granja ni en nada..., sólo en el protocolo.
Gracias por los rewiews a:ginebralocacullen ,CaroBereCullen ,lizzy90 ,The Cullen's Girls arg ,Chayley Costa ,V,Lore Molina,Maya Cullen Masen
