Bueno... aquí os dejo otro capitulo. Espero que os guste.

Se agradecen los comentarios. Gracias por leer ^^


Capítulo 2

La morena se había levantado temprano. La noche anterior se quedó dormida nada más llegar a rozar la almohada. No se había dado cuenta de nada. Ni si quiera de cuando Angel se fue. Pero sabía que tarde o temprano el vampiro tendría que volver, ya que no tardarían en reclamarlo. Tenía que admitirlo. No era nada buena con las despedidas y tampoco es que tuviera muchas ganas de ponerse sentimental. Se asomó por la ventana y vio que esa noche había refrescado, con lo que por el día haría frío. Hoy tocaría abrigarse un poco más. Se fue directa a la mesa y cogió la bolsa de la ropa de Dylan. Cuando estaba preparándosela, lo vio aparecer restregándose los ojos y con el pelo muy revuelto, aún medio dormido.

-Buenos días, campeón ¿Cómo has dormido esta noche? –se acercó y lo cogió en brazos-. Será mejor que te pongas algo o te constiparás.

-Mmmm… bien… Tengo hambre… -se oyeron el rugido de sus tripas. La morena sonrió- ¿Qué vamos a hacer hoy, mami?

-Vaya… veo que te has levantado espabilado ¿eh? –el pequeño empezó a reírse cuando su madre le hizo cosquillas.

-Jajajajajaja… para… jajajajaja… me… haces… jajaja… ¡cosquillas!

-Muy bien… pero antes que nada habrá que vestirse y desayunar –dijo dejándolo otra vez en el suelo.

-¡Sí!

Volvió otra vez a la mesa y cogió la ropa de Dylan. Lo llevó a la cama y lo vistió con una sudadera gris con capucha y unos pantalones de chándal negros. Le puso las zapatillas y se las ató. No era la primera vez que se lo dejaba hacer a él, y al ratito tenía que volver a atárselas. Una vez ya vestido, el pequeño dio un bote, bajando de la cama y se fue directo a la bolsa de su ropa, que estaba en el suelo.

-¿Qué haces, cariño? –el niño hizo caso omiso y siguió rebuscando-. Dylan… -dijo en tono de aviso.

-Ya voy mami…

-¿Se puede saber qué haces?

-Estoy buscando una cosa…

-Venga, sal de ahí, que hay que peinarse.

-Pero si ya estoy peinado… -se quejó con la cabeza todavía dentro de la bolsa.

-¿No me digas? –se acercó y lo cogió en brazos, llevándolo hacia el espejo del baño-. Vamos a ver si es verdad.

-Espera, jopeeee… -se cruzó de brazos y frunció el ceño indignado-. Te odio…

Nada más llegar al baño, justo delante del espejo, el pequeño se dio la vuelta, escondiéndose en el hueco del cuello de Faith, no queriéndose ver reflejado. No pensaba darle el gusto a su madre. Enfadado y enfurruñado, no estaba dispuesto a peinarse sólo porque se lo habían dicho. Antes de hacerlo, presentaría batalla. Además, él YA estaba peinado.

La morena, sabiendo lo cabezota que podía llegar a ser su hijo cuando se lo proponía, no por algo era hijo suyo, se dio la vuelta, quedando de espaldas al espejo y el pequeño justo enfrente. Estaba lista, si pensaba que con ese truco iba a picar. Éste se volvió a dar la vuelta. La verdad es que no entendía como había podido salir tan cabezota. Estaba claro que ella lo era, ¿pero tanto? Cansada de jugar al escondite, lo cogió por las axilas y lo puso delante del espejo. Sabiendo que su madre estaba empezando a cabrearse dejó de forcejear y se miró en el espejo. Había sido derrotado.

Cuando su madre le había dicho que no iba para nada peinado, tenía toda la razón del mundo. El flequillo que de normal llevaba medio liso y que le caía por la frente hasta casi la altura de los ojos, lo tenía todo de punta. Pareciéndose más a un tupé que a un flequillo. Tenía cuernos allí donde mirase. Eso sin contar que llevaba todo el pelo revuelto. La morena lo volvió a coger de manera que pudiese peinarlo.

-Estás muy guapo… -dijo con sarcasmo.

-Pues sí –dijo el pequeño indignado y cruzándose de brazos. No era justo…

-¿Tú crees? Porque con esas pintas, no sé yo si alguna chica querría acercarse a ti.

-¿De verdad? –sus ojos empezaron a brillar y en su rostro se formó una mueca de tristeza. Después de una pausa corta volvió a hablar-. Pues me da igual.

-Está bien. Como tú veas –ya estaba cansada de pelearse con él de buena mañana-. Vayamos a desayunar.

La morena lo dejó en el suelo y se fue a buscar unas cosas. Preparó todo y lo metió dentro de una de las bolsas encima de la mesa. Había de todo: dos botellas de agua, galletas, algún que otro zumo, una bolsa de papas, sólo si se portaba bien y un bocata. Las necesitarían para todo el día. Aunque todavía no tenían muy claro que era lo que iban a hacer, lo mejor era prepararse y coger todo lo que pudiesen necesitar por si surgía algún imprevisto.

Cuando estaba a punto de salir para ir a desayunar, vio como Dylan cogía un taburete cercano a él. Curiosa por saber qué era lo que pretendía hacer con él su hijo, se apoyó en el marco de la puerta y observó divertida la escena.

El pequeño había puesto el taburete justo enfrente del espejo y se había subido, con un poco de dificultad, encima de él. Con algún que otro problema, el pequeño estaba intentando, sin mucho éxito, peinarse todos los cuernos que tenía con el cepillo. Al ver que eso no funcionaba, intentó agacharse un poco para meter la cabeza bajo del grifo. Faith, que no quería tener que ir a urgencias, se acercó rápidamente a echarle una mano. Entre eso y que se le estaba acabando la paciencia, sería mejor que lo peinara ella. Al verla reflejada en el espejo detrás de él, el niño se giró pidiendo ayuda.

-Mami… -dijo dudoso-, ¿me ayudas? –le tendió el cepillo.

-Vamos a ver qué podemos hacer con tanto cuerno…

-¿Me pondrás guapo? –sin lugar a dudas, uno de los puntos débiles de su hijo era la estética. ¿A quién habría salido tan coqueto?

-Pero si eres muy guapo –dijo mientras mojaba el cepillo y se lo pasaba por el pelo.

-Eso lo dices porque eres mi madre… -Faith no pudo evitar soltar una carcajada ante ese comentario.

-Pero mira que eres tonto… -después de cinco minutos sin poder hacer nada al respecto con el pelo de su hijo, lo bajó del taburete.

-Ale, ya está.

-Pero si los sigo teniendo… -se quejó.

-No pasa nada, tengo la solución justo aquí –le enseñó su gorro favorito.

Se lo puso, cogió la bolsa y su chupa de cuero negro y bajaron a desayunar. Le encantaba ese gorro. Siempre que podía se lo ponía, y mira que tenía años. Pero era algo de lo que no podía deshacerse.

Una vez ya en la calle, se dispusieron a decidir qué harían durante todo el día. Debido a cómo había amanecido, muchas cosas de las que Faith tenía previstas tuvieron que ser dejadas a un lado y ponerse a pensar en otras posibles.

-Bien… ¿Qué es lo que quieres hacer hoy?

-Me prometiste que me comprarías un helado… -lo dejó caer.

-Cariño, hoy hace frío como para comprarte un helado –el pequeño bajó los ojos-. Mmmm… ¿qué te parece si nos vamos al cine esta tarde?

-¡Vale! –qué fácil es convencer a un niño…- ¡Podemos ir a comer al McDonald's? –puso la misma carita que el gato de Shrek, haciendo imposible que la morena se negase.

-Deja que me lo piense…

-Vengaaa… di que sí, mami. Di que sí…

-Está bien –dijo cogiéndolo en brazos-. Vamos a por las entradas para el cine y luego nos vamos a ver tiendas de juguetes, ¿te apetece?

-¡Sí!

Se pusieron en camino, dirección al cine más cercano. O mejor dicho, al único de la zona, que conocía la morena. El pequeño se le había subido al cuello y con sus manos se sujetaba a la cabeza de Faith. A la cazadora le encantaba llevar a su hijo en brazos. Ya fuera a caballito, a los hombros o cogiéndolo ella misma. Era algo que no podía evitar y cuando veía la oportunidad de cogerlo, la aprovechaba. A pesar de ser un poco más alto de lo normal para su edad, Dylan era como una pluma en los brazos de su madre. También habría que decir, que la fuerza de cazadora que poseía la ayudaba.

De camino al cine, pasaron por una tienda de juguetes, haciendo que Dylan pegara un bote, bajándose de los hombros de su madre. Podía ser muy maduro para su edad, pero en cuanto el pequeño veía una tienda de juguetes o algo que lo apasionara, perdía la cabeza e iba corriendo y diciéndolo a voz en grito. Faith no pudo evitar una risita que se le escapó y fue corriendo detrás de él.

Había visto uno de esos robots tan feos, o eso pensaba la morena, que se transformaban en coches, motos, camiones, aviones… y un largo etcétera. Si es que le volvían loco. Por su cumpleaños Amy le había regalado uno de esos horrendos monstruos. Desde entonces Dylan lo adoraba, y se llevaba allá donde fueran el juguete ese tan feo. Ahora entendía por qué le gustaba tanto el gorro ese. Amy se lo había regalado en navidad… Ahora, cada vez que había algo relacionado con ella, no hacía más que preguntarle cuando irían a verla.

-¡Mira mami! ¡Es el nuevo Transformer con misiles incorporados y un rayo láser! –cuando se ponía nervioso hablaba con grititos ahogados-. Yo lo quiero…

-Cariño, ahora no es el mejor momento. Cuando volvamos a Boston, veremos a ver qué pasa.

-¡¿Iremos a ver a Amy? –si ya de por sí estaba nervioso, ahora lo estaba aún más.

-[¿Para qué habré abierto la boca…?] Sí… -lo cogió de la mano y se lo llevó arrastras-. Ahora a por las entradas.

Después del pequeño incidente, por fin consiguieron volver a ponerse en marcha a por las entradas del cine.

-¿Ya sabes qué película quieres ir a ver?

El niño se escondió detrás de ella y se metió el dedo gordo en la boca. Hacía eso cada vez que veía a Amy, le entraba un ataque de pánico o un arrebato de vergüenza.

-¿Qué te pasa, cariño? –intentó darse la vuelta pero el pequeño no se dejaba ver.

-¿Faith? –no era posible. ¡No podía ser! La morena al oír su nombre se dio la vuelta temiéndose lo peor.

-¡Buffy! –tenía que estar soñando.

Detrás de la cazadora, había un niño rubio que, al ver que se detenían salió de detrás de ella. Era alto y desgarbado. Sin embargo, se dirigió con paso decidido hasta donde estaba Dylan.

-¡Hola! Me llamo Danny – Dylan se asomó desde detrás de Faith con el dedo gordo, todavía en su boca, y vio a ese chico rubio con una sonrisa de oreja a oreja.