Hello everybody~
Antes de nada, agradecer como siempre tanto los reviews como los favoritos \o3o/ -achuchón virtual-.
Al fin le puse título a cada capítulo, creo que debería estar orgullosa, soy realmente mala poniendo títulos y esas cosas…
Asd… he estado pensando en hacer algunas cosas en los capítulos, algunos cambios, pero no lo tengo demasiado claro. No me gusta cambiar a mitad de fic… :/ Aaaag tendría que haberlo pensado antes! Damn…
Anyway, aquí dejo el siguiente capítulo, lleva medio hecho desde agosto LOL pero no tuve tiempo de terminarlo.
Capítulo 3:
Tanteando el terreno
Por otra parte los pensamientos de Gilbert eran algo diferentes. "Ya dije que yo nunca pierdo un juego".
…
Introdujo con pesadez la llave de su casa dentro de la cerradura, abriéndola con un ligero giro de muñeca. Una vez dentro, Gilbert ni se preocupó en saludar o informar de que había llegado, al fin y al cabo a la hora que él llegaba nunca había nadie.
En realidad, casi nunca había nadie.
Aún así, como si fuera un acto instintivo, desvió la mirada hacia donde colocaban las llaves, pero allí solo se encontraban las suyas, las cuales acababa de dejar desganadamente.
Caminó arrastrando los pies hacia la cocina, dirigiéndose directo al frigorífico, tenía demasiada sed y necesitaba beber algo frío. Abrió la nevera sin demasiado esfuerzo y buscó en su interior. Un pack de zumos de naranja, algunas cervezas, gazpacho de la última visita de Antonio y… ¿una botella de vino? Sus padres no solían comprarlo, en seguida supuso que había sido Francis, aprovechaba cualquier ocasión para meter alcohol en su casa...
Se tomó la libertad de coger una cerveza, solo las bebía cuando estaba solo o con su padre, su madre no solía permitírselo. "Pero como no está…" sonrió para sí mismo.
Ya tomando constantes tragos de la lata, subió a su habitación rápidamente, tirando las cosas del instituto sobre la cama sin ningún cuidado, y se dejó caer sobre la silla de escritorio, justo enfrente de su ordenador portátil.
Le dio al botón de encender y esperó pacientemente a que se iniciara.
O al menos lo intentó. Nunca fue conocido por su paciencia.
Metió la mano en su bolsillo del pantalón buscando el móvil, tal vez enviaría mientras tanto algún mensaje a alguno de sus dos amigos, o jugaría a alguno de esos juegos que vienen con él … Cualquier cosa para pasar el rato.
Y cuando sacó el móvil, algo cayó al suelo, Gilbert lo miró con una ceja levantada, no sabía bien que era. Parecía un simple papel arrugado. ¿Una de las notas de Antonio? Se agachó a cogerlo y sin pensar más en el asunto decidió lanzarlo a la papelera.
Se colocó en posición de jugador de baloncesto, levantó el brazo con el que cogía la bola de papel por encima de la cabeza e incluso parecía que de verdad creía ser un jugador por su expresión facial.
- Y… ¡Gilbert Beilschmidt se dispone a tirar a canasta! ¿Lo logrará? – comentaba él mismo, alternando tanto varias voces graves a modo de comentaristas como agudos chillidos, en su mente: fans enloquecidas, obviamente, por él.
Nada más alejado de la realidad.
Y con un movimiento de muñeca lanzó el papel, mirando emocionado su trayectoria aún sentado en su silla de escritorio.
Pero, lamentablemente, su puntería no era la mejor. La bola cayó justo un poco a la izquierda de la pequeña papelera. Gilbert la miró frunciendo el ceño, pero enseguida se puso de pie de un salto y agarró lo primero que encontró: el teléfono inalámbrico, llevándoselo a la boca a modo de micrófono.
- ¡Ha fallado! ¡Nunca lo podríamos haber imaginado! – Seguía comentando. – ¡Pero su asombrosa genialidad sigue intacta!
Y otra ovación del "público".
Rió para sí mismo, pensando en lo mucho que se burlarían de él sus amigos si hubieran visto ese momento, y se dirigió a recoger el papel, esta vez para abrirlo. Había despertado su curiosidad.
Una vez lo tenía en la mano, comenzó a abrirlo de camino al escritorio, mirando con interés si ya se habría iniciado el ordenador. Volvió la vista al arrugado papel y levantó ligeramente una ceja, con mirada interrogante.
Nueve dígitos, escritos con una letra que no era la suya. Se rascó la cabeza tratando de hacer memoria, y un vago recuerdo de ese justo día, tan solo unas horas antes, llegó a su mente.
-Flashback-
- Debes de estar orgullosa de que te vayan a ver hablando conmigo por el instituto – fanfarroneaba el albino.
- Gilbert, deberías hacerte a la idea de que nadie se fija en ti – suspiraba Elizabeta. – Además, no te lo tomes como algo personal… pero prefiero que no nos vean demasiado… amigos.
El chico la miró con el ceño fruncido. "Tú no te fijas porque solo miras a Edelstein, pero soy grandiosamente increíble, y en poco tiempo te darás cuenta de ello" pensaba con cara de pocos amigos.
- Ja… Debería ser yo el avergonzado de que me vean contigo. – Dijo cruzándose de brazos. – En fin, da igual.
Elizabeta se quedó pensativa un momento, buscando una solución. No quería renunciar a la ayuda del albino, ni a la posibilidad de acercarse a Roderich.
- Bueno, pues entonces… - hizo una breve pausa, aún no muy convencida de lo que iba a proponerle. – Te daré mi número de móvil. ¿Vale? – Por su mente circuló la imagen de Gilbert gastándole bromas telefónicas a las cuatro de la madrugada. – Llámame hoy, o mañana, cuando tengas alguna idea.
- Te llamaré de madrugada, es cuando se me ocurren las mejores ideas – decía entre risas Gilbert.
Y lo último que recordaba fue un fuerte golpe en la cabeza.
-Fin del flashback-
Gilbert asintió una vez recordado todo. Había estado a punto de tirar su billete hacia la victoria.
Se sentó en la silla de nuevo y entró en Internet, esperando encontrar a sus amigos conectados para contarles orgulloso sus avances ese día.
Y así decidió pasar el resto de la tarde.
Por otra parte, al salir de las clases, Elizabeta había estado mucho más ocupada. Había tenido que hacer varios recados, y al llegar por fin a su casa, comenzó a hacer los deberes mandados ese mismo día, con cuidado, como siempre, de cometer los menores fallos posibles.
Aunque de vez en cuando, no podía evitar que su mente viajara a otro sitio lejos de allí, de su habitación, de los libros de historia universal; y por su cabeza pasara la anterior conversación con sus amigas en la comida. Dudaba si contarles el "acuerdo" al que había llegado con Gilbert; Mei le diría que no estaba bien, y menos después de lo ocurrido esa mañana, Emma pensaría en situaciones bastante incómodas, y Feliciano y Lovino le dirían que ese chico daba miedo, sobre todo cuando gritaba en medio de la clase.
Pero, ¿qué diría Roderich si se enterara? Ese pensamiento le inquietó más que los anteriores, y era uno de los asuntos por los que no quería hablar con Gilbert en el instituto.
Sin darse cuenta pasaron rápidamente los minutos mientras ella seguía inmersa en ese tema. Preguntándose muchas cosas que ella misma se respondía a los pocos segundos.
Hasta que comenzó a sonar el tono de llamada de su teléfono, una alegre canción que le había puesto Feliciano. Dio un pequeño salto sobre la silla al no esperarse eso, y se dirigió rápidamente a coger la llamada, sin fijarse antes en el número.
- ¿Sí? – Fue lo único que alcanzó a contestar antes de que la persona al otro lado de la línea comenzara a hablar.
- ¡Hola guapa! – hablaba una escandalosa e inconfundible voz. - ¿Esperabas con ansias mi llamada? Kesesese…
Elizabeta se quedó en silencio durante un momento, deseando tenerlo delante para pegarle con todas sus fuerzas.
- ¿Serías feliz si te dijera que sí? – Preguntó cerrando los libros.
- Ja… posiblemente. – Contestó orgulloso Gilbert desde el otro lado del teléfono.
- Entonces no, tenía la esperanza de que no decidieras llamarme hoy. – Directa al grano.
Un incómodo momento de silencio hizo que Elizabeta pensara en si tal vez le habría sentado mal, seguido de un suspiro del chico, que no tardó en reponerse del "duro" golpe.
- ¡HAHAHAHA! – rió. – ¡No tengas vergüenza mujer!
Elizabeta sentía hervir su sangre, ¿cómo había podido siquiera pensar en recurrir a la ayuda de ese idiota? No conseguiría nada. Ahora sí se arrepentía.
- ¿Sabes? Me he pasado toda la tarde pensando en tu tema. – Siguió hablando él como si nada. – Agradéceme, he dejado a un lado otras cosas más importantes.
- … - Leve bufido de resignación – Gracias.
- Kesesese… Verás, me es muy incómodo hablar por teléfono… No puedo expresar mi genialidad como me gustaría… - Hizo una pequeña pausa. – No sé si me explico. El caso es que creo que deberíamos salir por la tarde. Ya sabes, dar una vuelta las dos. Y aprovechamos para hablar de lo que quieras; de Rod, de mí…
- Gilbert, no voy a quedar contigo. Nunca. Jamás. – Directa de nuevo, estaba comenzando a desesperarse.
- Bueno, ¿y cuándo pretende la señorita que hablemos? – preguntaba el albino perdiendo también los nervios.
- Gilbert… Tengo cosas que hacer. – Y dicho esto, colgó, dejándolo con la palabra en la boca, y mirando fijamente el teléfono.
"Dios, que mujer más difícil…" pensaba revolviéndose el cabello. "Tal vez… ¡No! No perderé".
Elizabeta desconectó el teléfono móvil, para no arriesgarse a posibles "llamadas vengativas" del chico, y cansada, dejó lo que estaba haciendo y se dirigió al armario, buscando su pijama.
Había sido un largo día, y bastante movido. Se sentía cansada y solo tenía ganas de dormir, de acostarse en su cama y descansar esperando que no amaneciera nunca.
Tras cambiarse, se deslizó entre las sábanas, cubriéndose el cuerpo con ellas y rápidamente se durmió. Antes de que siquiera le diera tiempo a volver a darle vueltas a la cabeza. Y en el fondo, para ella era un alivio.
Pasaron las horas, la noche seguía su curso. Y Elizabeta comenzaba a moverse inquieta entre las sábanas. Ese día había pasado algo que no lograba quitarse de lo más profundo de su mente.
-xxx-
Las frías manos recorrían cada extremo de su cuerpo, haciendo su piel erizarse a su paso. Aunque no se sentía incómoda ante el roce, más bien sentía que quería que siguiera tocándola, quería seguir experimentando esa sensación.
Ahí estaban, en la misma cama donde horas antes se había acostado ella sola, solo que ahora estaba acompañada. La oscuridad le impedía descubrir la identidad del chico, pero sentía que lo conocía. Y no le desagradaba tenerlo allí, encima de ella, explorando los rincones de su piel, haciendo que el rubor subiera a sus mejillas. Es más, se sentía cómoda, liberada, y sin abrir sus ojos supo quién era, no necesitaba abrirlos para saber que era Roderich, podía sentirlo.
Elizabeta pasó sus brazos por los anchos hombros de él, colocándolos alrededor de su cuello y atrayéndolo lentamente hacia ella. Hasta poder sentir su respiración chocarse.
Él sin esperar más, comenzó a darle besos por la mandíbula, pequeños y cortos al principio, pero a medida que se acercaba al cuello de la chica, comenzaban a ser más desesperados, como si necesitara besar ese cuello para vivir. Mientras pasaba una de sus manos por dentro de su camisa de pijama, deseoso por explorar lo que allí se encontraba.
Ella seguía disfrutando de sus caricias, dejando escapar pequeños suspiros cada poco tiempo. Sintiendo como se le agitaba la respiración.
Y, con ganas de más, levantó una de sus rodillas hasta rozar la entrepierna del chico, invitándole a que siguiera, a que fuera más lejos.
Oyó una pequeña risa en su oído, parecía que él estaba pensando lo mismo que ella. Y sin esperar, cogió entre sus manos la cara del chico, llevándola hasta la suya, para poder probar esa boca que tanto ansiaba, que se moría por besar.
Sus labios se conectaron con tanta necesidad que parecía que se habían estado buscando toda la vida; pero no fue el beso romántico y delicado que esperaba de él. Era rudo, casi agresivo, y lleno de lujuria. Tres cosas que no esperaba en Roderich. Aún así siguió dejándose llevar, evitando quedarse atrás en lo que más que un beso, parecía una batalla. Mientras podía sentir como las manos de él jugaban con uno de sus pechos sin cuidado alguno.
Rompieron el contacto, ambos con la respiración entrecortada. Y volvió a escuchar esa pequeña risa de antes, ala que esta vez puso algo más de atención.
Abrió los ojos, y se asombró al encontrarse mirando unos grandes orbes rojo escarlata, que la miraban fijamente desde una muy corta distancia.
-xxx-
Se incorporó repentinamente, empapada en sudor, y lo primero que hizo fue mirar alrededor.
Nadie, por supuesto.
Todo había sido un sueño, lo sabía bien. Pero no podía evitar pensar en qué clase de sueño había tenido, aún con la respiración agitada.
Intentó volver a dormir, pero como falló en el intento, solo le quedaba maldecir a cierto albino y a su amiga Emma, la principal fuente de ideas de ese tipo en su cabeza.
Hubiera sido demasiaaaaado obvio que el sueño húmedo lo hubiera tenido él, ¿no?
Hahaha, pobre Eli, está siendo traumatizada.
Bueno, creo que en este capítulo no hay nada que aclarar. En un principio no había pensado en poner la parte "semi-lemmon" (que en su versión original llega mucho más lejos pero decidí dejarlo ahí), pero me dieron ganas xD.
Dicho esto, me voy despidiendo~
Bye bye~ 3
