Acá les dejo otro capítulo del Duque Rebelde, sé que les va a gustar :) Comentarios y demás abajo...Recuerden que esta historia le pertenece a Long Julie Anne, sólo la adapté. La mayoría de los personajes pertenecen a Naoko Takeuchi :3


Capítulo 1

Mayo de 1820

—Una palabra, Serena.

Lady Tsukino permaneció en las escaleras con una vela encendida en la mano y la gorra de dormir sobre los grisáceos rizos. Era una mujer de baja estatura que había engordado a lo largo de los años y llevaba puesta una ostentosa bata estampada. El efecto final, por lo general, era atractivo; sin embargo, aquella noche, era aterrador. Más allá de todos aquellos pliegues, la boca de lady Tsukino era tan sólo una línea sombría y los ojos brillaban con lágrimas que aún no había derramado.

—A la cama, Rei. Ven conmigo, Serena.

Serena, con su ropa negra y acusadora, siguió los pasos de su madre en dirección a la sala de estar; su corazón semejaba un puño helado en su pecho.

Su madre no se sentó, ni invitó a Serena a que lo hiciera. Apenas se volvió para hablar.

—Está claro que te he fallado, Serena.

—Madre… —comenzó a decir Serena con un tono de voz suplicante, pero su madre levantó una mano de modo abrupto.

—No, está claro que te he fallado. Creo que puede decirse que quizá eres un caso especial, pero es la responsabilidad de una madre brindarle a su hija las habilidades necesarias para que cumpla sus obligaciones en la vida. Y yo lo he intentado…

En ese momento, la voz de lady Tsukino se quebró y una lágrima asomó en sus ojos. Serena la observó, paralizada por el miedo, mientras la luz de la vela iluminaba un sendero en la mejilla de su madre. Había visto exasperación en el rostro de su madre con anterioridad (a decir verdad, muchas veces antes), frustración y enfado también; todo como resultado de algo que ella había hecho, o fallado en hacer. Pero nunca antes había hecho llorar a su madre.

—He intentado —continuó lady Tsukino con mayor serenidad— enseñarte modestia. Y honestidad. Y gentileza. He intentado demostrar todo eso en mis acciones para que aprendieses a comportarte. He intentado que adquirieras algo del refinamiento de una mujer, como el piano o el bordado. Y no he hecho todo esto como un castigo, Serena, aunque tengo la seguridad de que tú lo piensas de ese modo, sino para protegerte: una mujer sin un esposo no es nada. Por tu felicidad y seguridad, por tu lugar en la sociedad, por tu honor, he intentado enseñarte todas estas cosas para que, llegado el momento, te convirtieras en una esposa adecuada para el esposo adecuado.

—Madre… —intentó decir Serena una vez más con un murmullo ronco.

Lady Tsukino negó con la cabeza en señal de advertencia. Ahora las lágrimas caían con rapidez y en silencio; la voz se había vuelto gruesa.

—Y aunque eres de buen corazón, Serena, has resistido a conciencia todas mis enseñanzas, lo que me ha causado una angustia sin fin. Estoy convencida de que sólo por un accidente del destino aún no nos has avergonzado. En este preciso momento, puedes estar segura de que tu padre está fijando tu compromiso con lord Furuhata. Tu honor y el honor de la familia quedarán protegidos y el futuro de Rei no se verá amenazado. Puedes considerarte afortunada de que en lugar de convertirte en un ser marginado y una carga para la familia, te conviertas en la esposa de un barón. Puedes ir a tu habitación ahora. Seguiremos hablando por la mañana.

Una hora antes…

Había sido muy fácil dejar la habitación justo antes de la medianoche, descender por las escaleras a rastras, ir de puntillas hasta la cocina, escapar deprisa por el jardín trasero y ocultarse en cuclillas detrás del cerco próximo a la fuente. Obviamente, nunca se les habría ocurrido a sus padres que una de sus hijas pudiera hacer tal cosa; se habían ido a dormir temprano y no dudaba de que estaban profundamente dormidos en el sueño de aquellos que ignoran lo que sucede. Todos los sirvientes estaban en sus aposentos y roncaban también; su propia criada, Sahori, como siempre, dormía como si le hubieran asestado un golpe en la cabeza. Toda la finca parecía estar soñando, perros y caballos incluidos. Serena estaba feliz de que nadie hubiera sido testigo de su furtiva excursión.

Sin embargo, la euforia que sentía por haber llegado con éxito a la fuente menguó un poco cuando descubrió que hacía más frío del que había anticipado. Aunque, «menos mal que me he puesto el par de guantes negros, la capa de lana oscura y que he recogido mi traicionero pelo claro con un sombrero de lana antes de dejar la casa, el frío comienza a penetrar cada centímetro de esta protección», pensó.

Para distraerse, exhaló de modo extravagante y admiró la nube blanca que provocó su aliento. Serena había leído un artículo interesante sobre el vapor y la condensación en una de las publicaciones científicas de su padre y había permanecido absorta en la biblioteca hasta que su madre la llevó a rastras a la sala, donde fue forzada a tocar el piano durante toda la tarde.

La trampa que había planeado para su hermana compensaba la tortura que había sido la clase de piano, pero el frío de medianoche, que odiaba, era desalentador. Ansiaba que su hermana Rei se diera prisa en aparecer y que cayera en los brazos de Andrew, lord Furuhata, quien, sin duda alguna, se estaría arrastrando entre la hierba en dirección a la fuente en ese preciso instante. Serena había planeado dar un brinco por detrás del cerco y exclamar un vigoroso: «¡Aja!» y, de ese modo, comprar su libertad ante una futura extorsión de su hermana.

Había sido casi accidental que Serena oyese el intercambio entre lord Furuhata, alto y de pelo dorado, y su blonda hermana, Rei, quien, a la edad de dieciocho, había cumplido con sus padres al crecer con la belleza prístina que implicaba el ambicioso nombre «Rei». Era casi inquietante con su pelo dorado, su boca pálida, y sus enormes y cristalinos ojos azules adornados con las pestañas negras más injustas. Las pestañas de Serena eran de un color castaño pálido que, al menos según ella creía, combinaban bien con su pelo y no ensombrecían sus grisáceos ojos verdes, pero carecían del dramatismo de las de Rei. A veces, Serena temía que su rostro completo careciera de dramatismo, lo que le parecía una gran (o quizá misericordiosa) descripción incorrecta de lo que realmente sucedía en su mente y su corazón.

Mientras que Rei había heredado el rostro suave, refinado y oval de su madre, Serena había heredado los huesos de algún antepasado más robusto: los pómulos sobresalían, la boca era ancha y suntuosa, la nariz recta, fuerte y firme y su pequeña barbilla tenía un hoyuelo, cielos, del tamaño de la punta de su dedo índice. Cuando alguien las observaba juntas, se podía ver que Rei y Serena eran hermanas, pero el cabello de Rei parecía un hilado de seda y luz de luna, mientras que el de Serena tenía tan sólo diversos tonos de amarillo y, por añadidura, era rizado.

—Amarillo veneciano —decía su madre con optimismo. «Ese desafortunado amarillo», solía decir Rei cuando reñían entre ellas, lo que sucedía con bastante frecuencia.

A Serena no le desagradaba su hermana mayor y a Rei no le desagradaba su hermana menor. Eran, de hecho, muy cariñosas entre ellas. Sin embargo, Serena era querida por los sirvientes y vecinos porque era todo aquello que Rei no era: reía fuerte y con facilidad, era curiosa, leía más de lo que una niña criada con decencia debía, andaba a caballo a horcajadas y llegaba a su hogar felizmente cubierta de sudor. Era cariñosa, amable y obstinada acerca de cosas que no debía saber, pero sir Kenji Tsukino no tenía excesivo cuidado de donde dejaba las publicaciones científicas.

Por naturaleza, era la maldición de la existencia de su madre; su padre la toleraba con cariño y le había enseñado a disparar por capricho; luego había dejado que se las ingeniara sola, ya que nunca sería el niño que siempre había deseado. Ambos padres, en privado, habían perdido la esperanza de encontrar un esposo para Serena, y mucho menos, alguno con título.

Rei, por el contrario, era considerada con la clase de reverencia que su belleza siempre inspiraba y, aunque en secreto se deleitaba de su encanto, había descubierto que era imposible que pudiera liberarse de un futuro real. Había comenzado a considerar su belleza como algo sagrado que le habían otorgado para su cuidado y por lo tanto se veía obligada a tratarse con sombrío respeto todo el tiempo. Ansiaban que Rei se uniera en un matrimonio que implicara un título y su madre no se cansaba de hacer hincapié en ello.

Como consecuencia, las hermanas Tsukino sentían celos una de otra, y éstos se manifestaban en un interminable intercambio de amenazas y extorsiones que pocas veces llegaban a los oídos de sus padres, aunque la seductora posibilidad siempre estaba presente. La tarde anterior, Rei había amenazado con decirle a sir Kenji, su padre, que Serena había estado estudiando en detalle el libro de anaTomía que guardaba a propósito en un estante alto de la biblioteca. Era una seria amenaza y el castigo sería, sin duda alguna, severo (incluso quizá le quitaran el caballo durante dos semanas). Y sin duda alguna, el libro desaparecería para siempre, lejos del hambre voraz de Serena por el conocimiento. Nunca podría completar la historia de cómo circula la sangre por las venas (era demasiado tarde para protegerla de la historia de cómo se hacían los bebés).

En cierto sentido, era por culpa de su padre. Después de retirarse, sir Kenji se había dejado tentar por un interés hacia la ciencia y la medicina que había reprimido desde hacía mucho tiempo y se había suscrito a toda publicación que pudiera conseguir sobre esos temas. Un día, Serena dio con esas publicaciones en la biblioteca y las inspeccionó con cautela, atenta por si aparecía su madre.

Nunca en su vida se había sentido tan cautivada por algo.

Debates prosaicos y sorprendentes acerca de si las balas de mosquete debían dejarse en las heridas si no podían quitarse con facilidad, los mejores métodos de amputación, los usos del mercurio, palabras como «pus laudable» y «trepanación». Las publicaciones eran horribles, escabrosas y extrañamente tranquilizadoras. Los seres humanos estaban sujetos a un asombroso conjunto de enfermedades y calamidades, pero el hecho de que hombres ilustrados discutieran acerca de tales cosas con tal detalle hacía que la fragilidad del hombre pareciera menos mística y aterradora y, por el contrario, fuera algo más de transición, de filosofía, algo esencial de la vida misma. Cuando Serena encontraba una palabra o el nombre de una parte del cuerpo humano que desconocía, buscaba en el libro de anaTomía de su padre y, de este modo, sin saberlo, logró una educación poco ortodoxa.

Como consecuencia, Serena albergó el deseo secreto (o más bien un deseo semisecreto) de ser médica. Una vez había planteado el tema en el desayuno y, a la luz del dolor que apareció en el rostro de su madre y la risa condescendiente de su padre, pensó que lo mejor sería no volver a repetirlo. Sin embargo, el deseo permaneció y creció con intensidad, como sucede con todos los deseos secretos. De ahí toda aquella munición de oposición en que consistía la nueva amenaza de Rei, y ella había rezado con fuerza para encontrar una solución adecuada.

Las oraciones de Serena habían obtenido una respuesta de un modo casi cómico. Andrew, el barón Furuhata, que se alojaba con la familia más cercana de Squire Denslowe, de inmediato y sin esfuerzo, había cautivado a todas las mujeres jóvenes del lugar al comportarse simplemente del modo en que cualquier libertino de Londres se comportaba: resignado al aburrimiento con buenos modales, un continuo aspecto de languidez y tragedia, y un ligero rastro de peligro en sus ojos cuando posaba su mirada un instante en la mano de alguna doncella afortunada. Serena creía que era buen mozo, pero un tanto aborrecible. Estaba más allá de su conocimiento por qué encontraban tan atractivo aquel aire de aburrimiento y tragedia.

Sin embargo, Rei, que estaba a punto de iniciar su primera temporada en Londres, tenía que conocer aún a un hombre como Furuhata. Su cuidadosa reserva pronto demostró no ser compatible con la cultivada indiferencia de Furuhata. En efecto, Furuhata se comportaba como si Rei fuera tan común como los dientes de león que salpicaban la hierba del jardín, y Rei sintió que hacía un esfuerzo por seducirlo.

Como el esfuerzo era un territorio desconocido para Rei, pronto la situación estuvo fuera de su alcance. En un momento, Furuhata examinaba fríamente la habitación atestada de alegres provincianos por encima de la cabeza iluminada por la luz de la luna de Rei. Al siguiente, bajó el tono de voz a un murmullo feroz y sugirió una cita en el jardín trasero la medianoche del día siguiente. Serena se desplazó por la habitación a hurtadillas y oyó que su hermana murmuraba su consentimiento.

Dado que sería mucho más grato (y una flecha mucho más potente en su extorsión) atrapar a su hermana en el vergonzoso acto de encontrarse con un joven a medianoche, Serena había decidido preceder a la pareja en el jardín. Si ninguno de los dos aparecía pronto, Serena regresaría por donde había venido, ya que pillar un resfriado se estaba convirtiendo en una amenaza real. Entrelazó sus manos enguantadas para entibiarlas y alzó la mirada hacia las estrellas esparcidas por el cielo, mientras diferenciaba las constelaciones para pasar el tiempo.

Sir Kenji Tsukino sufría de reumatismo en la rodilla izquierda. Le había aparecido después de un accidente de caza unos años antes y, de vez en cuando, en especial en noches heladas, lo mortificaba sin compasión. Le molestaba esa noche y el dolor le había mantenido despierto mucho rato. Con el cuidado necesario como para no perturbar a su esposa, que dormía, se levantó de la cama, se puso la bata y encendió una vela para iluminar el camino hacia la biblioteca, donde guardaba el brandy. Por experiencia, sabía que beber una copa le aliviaría el dolor y le permitiría dormir.

Pero en las escaleras, a mitad de camino, sir Kenji divisó una cabeza con cabello claro y el remolino de una oscura falda. Asombrosamente, Rei salía de la casa por la cocina. A medianoche. Como un gesto de respeto ante tal escándalo, su rodilla dejó de latir. Sir Kenji decidió que el brandy podía esperar. A hurtadillas siguió a su hija hacia fuera.

Tom Jenkins, el jardinero de los Tsukino, regresaba del The White Sow, el mejor lugar del pueblo para beber una reconfortante copa y mantener una conversación relajante con una camarera de pechos grandes, cuando vio una figura oscura que corría por el jardín trasero. Era una figura lo suficientemente alta como para ser un hombre y, como sólo había bebido dos pintas esa noche (a Tom le agradaba la cerveza, pero mucho más su trabajo), estaba seguro de que sus ojos no lo engañaban. Deprisa, desenvainó la espada y con cuidado se deslizó por la hierba cubierta de escarcha en dirección a la fuente por donde había desaparecido la sombría figura.

Serena estaba profundamente decepcionada. Parecía que había arriesgado demasiado para nada, porque nadie había aparecido aún cerca de la fuente. Suspiró y enderezó la espalda, luego salió del cerco para regresar a su hogar.

Cayó directamente en un par de brazos masculinos.

—Aquí está, querida. Temí que hubiera cambiado de parecer —dijo lord Furuhata con el mismo murmullo feroz que utilizó para seducir a Rei. Antes de que Serena pudiera registrar aquel giro imprevisto, Furuhata la besó, deslizó sus manos para tocarle el trasero y movió deprisa su lengua por la comisura de la boca de Serena.

Serena quedó paralizada por un número de sensaciones contradictorias que incluían que la manosearan por primera vez en la vida y que no fuera del todo desagradable, aunque fuera el aborrecible de Furuhata el que llevara a cabo el abuso. La parte curiosa de su ser quería ver qué sucedería después. La parte racional, estaba enfurecida y aterrorizada. Las manos de Serena revolotearon sobre los hombros de Furuhata, sin poder decidir si debían descansar allí por un instante, o apartarlo de un empujón.

La decisión fue Tomada por un grito femenino, un gruñido masculino y el sonido sordo de un golpe.

Serena dio un brinco para alejarse de Furuhata y se volvió lentamente con los ojos cerrados con fuerza. Después de un instante, ya que no parecía haber otra opción, los abrió.

Allí, helados como en un cuadro viviente, estaban Rei, con sus manos sobre la boca, y Tom, el jardinero, esgrimiendo una espada. Eso era bastante malo. Pero cuando Serena miró hacia el suelo y vio a su padre que luchaba para ponerse de pie tras haber caído, aparentemente, por un golpe de espada en los muslos, comprendió que estaba condenada.

Los tres tenían la misma expresión de horror en sus rostros.

Sir Kenji Tsukino despojó con gentileza a Tom de su espada y la colocó con gran elocuencia bajo su brazo, el filo sobre el hombro. Apuntaba hacia la casa; después de todo, sir Kenji era un soldado retirado, había recibido el título de caballero al servicio de Su Majestad el rey George III y poseía gran habilidad en las artes de infligir daño con mosquetes, bayonetas y, sin duda alguna, con cualquier objeto similar.

—Lleva a tu hermana a casa, Rei —dijo sir Kenji. Observó cómo las jovencitas corrían a toda prisa hacia la casa y luego le hizo un gesto con la barbilla a Furuhata para que caminara delante de él. Furuhata, con prudencia, obedeció. Siguieron a las jovencitas hacia la casa y pasaron en dirección a la biblioteca junto a una consternada lady Tsukino, resplandeciente en su camisón con pliegues.

Sir Kenji le ordenó a Furuhata que se sentase en una silla y luego se acomodó a gusto detrás del escritorio. Durante un largo silencio, se miraron uno al otro por encima de la brillante extensión de roble.

—¿Quiere un trago? —preguntó sir Kenji, finalmente.

Furuhata, pálido y afligido, no había recuperado aún la voz y por lo tanto sólo asintió con la cabeza; intentó no parecer demasiado agradecido.

Mientras negaba con la cabeza, lleno de lástima, sir Kenji empujó una copa de brandy sobre el escritorio para Furuhata.

Furuhata contempló la posibilidad de pedir algo más fuerte, pero se abstuvo. Cogió la copa de brandy con la mano y se aferró con desesperación.

—Sabe —comenzó a decir lentamente— que ahora tiene una prometida.

Furuhata tragó saliva con dificultad. Todo estaba saliendo bien, y mientras el miedo al descubrimiento menguaba, una sensación de alivio y triunfo casi lo hizo levantar de la silla y danzar. Fue todo lo que pudo hacer para controlar la expresión de su rostro. Luchó para que en su semblante aparecieran rasgos de humildad, rebelión y renuente honor, lo apropiado para la situación. Deseó tener un espejo en el que pudiera ver el resultado.

—Beba el brandy, hijo —pronunció sir Kenji—. Tiene mal aspecto.

Furuhata, con deferencia, Tomó un trago largo.

Se había comprometido con la mujer equivocada, «bien, es una decepción importante», pensó Furuhata, «pero ya se sabe que las mujeres jóvenes suelen usar largos camisones que las hacen tropezar y rodar por las escalera en accidentes mortales. Y si la cincha de la montura se afloja mientras una mujer está cabalgando, puede sufrir una caída mortal». Bueno, lamentablemente los accidentes ocurrían. Furuhata estaba bastante seguro de que su esposa no sería un estorbo durante demasiado tiempo.

El acuerdo nupcial, sin embargo, sería bienvenido. Más que bienvenido. Era una necesidad urgente. Una fuente de ingreso inusual y más bien ingenua era todo lo que lo separaba de una enorme deuda de juego. Sin embargo, un acuerdo decente (y Furuhata sabía que sir Kenji Tsukino había sido bastante afortunado en sus inversiones y que las jóvenes Tsukino estaban bien dotadas) resolvería el asunto de una vez y para siempre. Furuhata obtendría una esposa desechable, anónima y rica, de la clase que no estaba disponible en Londres, solucionaría sus deudas y reTomaría su vida y la viviría tal y como deseaba.

—Cumpliré con mi deber, sir —prometió Furuhata con humildad—. Apelo a sus recuerdos de juventud cuando se encontraba frente a una dama cuyos encantos sobrepasaban…

—Por favor, evite los comentarios tontos, Furuhata —interrumpió gentilmente sir Kenji—. Puede ansiar una salida rápida de esta biblioteca con un pacto económico, pero permítame recordarle que su anfitrión, el capitán Denslowe, es un excelente tirador. Si intenta abandonar las inmediaciones, sin duda sufrirá un desafortunado accidente.

—Las amenazas, sir, son innecesarias —protestó Furuhata—. Su hija… em…

—Serena —aclaró con ironía sir Kenji.

—Sí, Serena… Su hija Serena es una joven encantadora y será un honor desposarla.

—Por supuesto. —Otra vez, con ironía—. Regrese el miércoles al mediodía, Furuhata. Discutiremos los términos del matrimonio. Serena es la heredera de una bella casa en Collingwell y no me desagrada la idea de que sea la esposa de un barón. Puede retirarse.

Sir Kenji, satisfecho por haber protegido el honor de su hija y el de su familia, observó cómo el elegante lord Furuhata echaba los hombros hacia atrás y salía de la biblioteca.


Gracias por sus reviews, por agregar la historia a favoritos y alerta :3 Me siento...feliz XD jajaja en esta historia verán cosas chistosas y como ya la adapté completita, voy a ir subiendo un capítulo o dos por día, si es que no lo subo será por que no me dió tiempo :) Como decía, es chistosa y tiene ácción, y lo que nos importa más: AMOR

Pame22: Yeah! La primera en dar un review en TODA la historia :D de hecho espero que te guste la historia tanto como a mí me gustó...Ü

Princess Rei of Mars: Gracias, por el review, corto pero eso me asegura que leíste :) Pues acá tienes más XD...sigue leyéndome

gigichiba: Wow! Lindo nombre...(Ay Mónica! sabes que es sólo por que dice Chiba ¿verdad?) XDXD pensamientos malos XDXD espero que sigas leyendoooo, voy a checar tu perfil...mmm...jajaja

Espero seguir recibiendo sus comentarios, habrán capis laaaargos y otros pequeñitos :) y así es como responderé sus reviews...aú no sé si subir una historia mía...que pena...no me gusta escribir...bueno SI pero no sé como les guste mi redacción...JEJE byeeee. BESSOTESS

Atte.: MONI 3