Acá les dejo otro capítulo del Duque Rebelde, sé que les va a gustar :) Comentarios y demás abajo...Recuerden que esta historia le pertenece a Long Julie Anne, sólo la adapté. La mayoría de los personajes pertenecen a Naoko Takeuchi :3


Capítulo 2

Darien Chiba, el encargado de las caballerizas, estaba cepillando el abrigo de peltre de Maharajah con largas caricias, mientras Serena lo observaba taciturna desde la parte superior de una de las puertas de una caballeriza vacía. Los talones golpeaban contra la puerta con un ritmo agitado, mientras mordisqueaba una paja con crueldad.

—¡Me obligarán a que contraiga matrimonio con él, Darien! Aparentemente, es mi «ruina». Dicen que debo considerarme afortunada al ser aceptada por Furuhata.

Las manos de Darien se detuvieron en el cuello del caballo un instante mientras registraba aquella abrumadora información, luego reTomó el cepillado. El cuello de Maharajah pronto brillaría como un espejo.

—Pues bien, pequeña Sere, ese chaval tenía las manos sobre tu trasero, ¿verdad? Más de una joven consideraría eso como una propuesta de matrimonio. —Ocultó la sonrisa detrás del cuello del caballo árabe.

—¡Oh, por favor, no me Tomes en broma! ¡Esto es serio!

Por supuesto, Darien conocía los sórdidos detalles de la excursión nocturna. Tom Jenkins había compartido la historia con todos los sirvientes de los Tsukino mientras disfrutaba de una breve fama. Como consecuencia, en ese momento, todos los sirvientes y la aristocracia en ocho kilómetros a la redonda habían oído ya el cuento, el cual, sin dudas, había sido modificado e iba adquiriendo algunos jugosos detalles.

—¿Me crees, Darien? Porque no puedo hacer que nadie más me crea. Sólo quería atrapar a Rei con él. Es verdad. Furuhata es muy… oh, es aborrecible. Pedante, aburrido…

—Te creo, Sere, sólo porque sé que tu afición por la aventura se centra en el tiro al blanco y no en forcejear con jóvenes y lujuriosos lores a medianoche.

Serena arrugó el entrecejo como si la evaluación de Darien sobre sus inclinaciones le disgustara.

—No fue del todo desagradable, ¿sabes? —aclaró con mal humor y en voz baja—. ¿Y qué clase de palabra es «forcejear» para el encargado de la caballeriza?

Fue un intento aniñado de sorprenderlo, pero Darien apenas arqueó una ceja e hizo una mueca con la boca. Serena parecía avergonzada.

—Prométeme que no compartirás tu impresión de lo acontecido con nadie más, excepto conmigo, ¿de acuerdo, pequeña Sere? Harás que tu padre escupa el brandy, y con una hija como tú, necesita cada gota.

Serena sonrió.

—Quizás tendría que trepar por el enorme manzano hasta que todos abandonen esta… descabellada idea de la boda.

—La rama podría romperse con tu peso actual. ¿Por qué querrías arruinar un árbol tan bello y tu reputación?

Serena volvió a reír. A Darien le gustaba observar el rostro de Sere cuando sonreía. Sus ojos brillaban y luego parecían desvanecerse del regocijo, y siempre llevaba la cabeza hacia atrás y dejaba al descubierto su suave y blanco cuello, además de la mayor parte de sus dientes. No había nada delicado acerca de su sonrisa.

En realidad, a Darien también le gustaba observar el rostro de Serena en reposo. Parecía mágico el modo en que aquellas facciones, fuertes y suavemente curvadas, y sus hoyuelos habían cambiado con relación al rostro de niña de hada tan sólo unos años. El cabello se había oscurecido también, y el rojo pálido y el dorado de los rizos se habían transformado en marrón rojizo, cobre y castaño. Darien admiraba el cabello de Serena.

—Lo extraño, Darien, es por qué Furuhata tiene tantas ansias de contraer matrimonio conmigo.

Darien analizó con cuidado la respuesta. Sabía, al igual que todos los sirvientes y una gran cantidad de personas kilómetros a la redonda, por qué Andrew, el barón Furuhata, tenía tantas ganas de contraer matrimonio con la hija del dueño de una finca rural.

—Bueno, quizá lord Furuhata posee sentido del honor, después de todo, y sólo desea cumplir con su obligación contigo, ya que fue… superado por tus encantos.

Serena resolló. Sin embargo, su rostro se iluminó ante la sugerencia.

—Quizá, entonces, puedo admirarlo tan sólo un poco. El honor y el deber son por lo menos atributos admirables, y parece tener muy pocos entre los cuales escoger.

—Entonces, ¿crees que el honor y el deber son atributos importantes en un hombre? —Por alguna razón, sintió que era vital saber qué opinaba Serena acerca de ello.

—Por supuesto. ¿Piensas que no es así?

Darien hizo una pausa.

—El deber no está dentro de mi área de conocimiento, pequeña Sere.

Serena arrugó el entrecejo.

—Pero…

—Quizá exista otra razón por la que lord Furuhata se sienta feliz de contraer matrimonio contigo. —Quizá era más cruel que útil brindarle más características de la personalidad de Furuhata, ya que de todos modos debía contraer matrimonio con él. Pero quizá, en nombre de la verdad… no tenía ningún otro motivo más para contarle… ni siquiera un motivo egoísta…

—¿Qué significa eso, Darien?

—Es caro ser un barón.

—¡Ah! —Pareció desinflarse—. Quieres decir que necesita el dinero que le brindaré con la boda para mantener sus propiedades.

—Y para las temporadas en Londres, y ropa buena, y caballos, y sirvientes, y carruajes. —«Y las deudas por las apuestas», pensó Darien. «Y las prostitutas.»

Durante un instante, Serena quedó inmóvil, pensativa.

—Sin embargo, de algún modo, contraer matrimonio lo ayudará a completar aquello que le obliga el título, ¿no es así? —sugirió con debilidad.

Darien la observó sorprendido. Como era usual en Serena, intentaba buscar lo bueno en una situación que podía ser descrita como infernal.

—Quizá —respondió con suavidad.

Serena suspiró.

—¿Puedo ayudarte a cepillar a Rajah?

—Olerás a caballo y falta tan sólo una hora para el almuerzo.

—Darien le ofreció un peine de dientes metálicos porque sabía que no le importaría.

—El olor a caballo es el mejor del mundo —dijo una Serena soñadora.

Se colocó al otro lado del cuello de Maharajah y comenzó a cepillarlo con una técnica tan perfecta como la de Darien. Trabajaron juntos en silencio durante un instante, y luego Darien hizo una pausa para deslizar una mano por su pelo, que había cubierto uno de sus ojos. Darien siempre dejaba que la espesa cabellera oscura y ondulada le llegara hasta el cuello antes de recurrir a la ayuda de la señora Hackette, el ama de llaves, para que volviera a quedar cerca del cuero cabelludo. Sin embargo, le crecía deprisa y normalmente una mecha de cabello negro caía con elegancia sobre una de sus cejas.

Serena soltó una risa.

—¿Qué te divierte, pequeña Serena?

—Es sólo que… bueno, siempre me recuerdas a un caballo, Darien. Pero no a Rajah. A Sultán. —Hizo un gesto hacia el gran caballo negro andaluz de ojos color plata que aguardaba su turno para el cepillado dos caballerizas más atrás.

—¿De veras? ¿Por mis enormes y musculosas caderas?

Volvió a reír entre dientes.

—Eres tan delgado como un perro, Darien.

—¿Un perro?

—Ancho de espaldas, quizá.

—Pero creía que parecía un caballo. ¿Soy una colección de animales salvajes, entonces?

—¡No! Sólo te pareces a Sultán. Por tu mechón de cabello.

Darien deslizó una vez más la mano por el cabello, a conciencia esta vez, como si esperara descubrir orejas puntiagudas que sobresalieran por entre la cabellera.

—Sí, el mechón de cabello y los ojos también, creo —agregó Serena—. Con excepción de las manchas doradas en tus ojos. Como… como monedas en el fondo de una fuente de deseos. Se pueden ver cuando se enciende la luz.

La efusividad de la observación fue halagadora y completamente desconcertante. Era extraño saber que Serena conocía al detalle su rostro, al igual que él conocía el de ella.

—¿Monedas, pequeña Sere? —Darien se volvió para mirar una vez más a Sultán, el caballo le devolvió la mirada con unos ojos tan negros y suaves como la tierra mezclada. Había un parecido, al menos de los ojos para arriba. Por fortuna, el resto del rostro de Darien (la delgada y angulosa mandíbula, los pómulos planos y la boca firme y grande) no se semejaba a nadie, excepto a su hermano y a su padre, y al padre de su padre y así sucesivamente hasta el año 1600, más o menos.

—Sí. Monedas de oro. Te hacen parecer misterioso y sabio.

La boca de Darien volvió a reproducir una mueca mientras movía el cepillo por las ancas de Maharajah. Su rostro se sonrojaba sin sentido.

—Qué lástima que no sea ninguna de las dos cosas. Entonces, ¿a quién se parece Maharajah? ¿A tu madre? ¿A Rei?

Serena soltó una risa y dejó de cepillar el caballo para darle un beso a Maharajah en el hocico suave y gris.

—¿Y ahora qué, señorita Tsukino, ¿te echas encima tanto de hombres como de animales en estos días? Ten cuidado, o te atraparán con Maharajah delante del sacerdote antes de que yo pueda decir que soy Finn MacCool.

Serena rió, deleitada con la imagen.

—Prefiero ser la señora Maharajah antes que… antes que…

Se detuvo de pronto, como si no pudiera terminar la oración, y la risa abandonó su voz.

—Darien… ¿crees que debería practicar piano? ¿No es lo que… se supone que deben hacer las esposas? Ya sé acerca de… de… ya sabes, las otras cosas del matrimonio. Del libro de mi padre.

Darien se quedó inmóvil. Siempre había hecho esto, siempre se lo había hecho a él desde los doce años. Pronunciaba algo completamente… Serena… impactante, revelador, divertido y desconsolador y nunca sabía bien cómo reaccionar. Entonces, como defensa, y para tener tiempo de pensar una respuesta, había aprendido a mantener la calma por un instante y dejar su rostro inmóvil. Una ceja arqueada justo a tiempo lo pondría en un aprieto. Sin embargo; no, en esa ocasión.

Serena dejó de cepillar también y guardaron silencio. Sin una burla que lo protegiera, el helado y mundano horror del destino que aguardaba a la joven dama delante de él se escurrió por sus huesos. Darien no imaginaría, no podía hacerlo, qué le depararía el destino a una increíble joven como Serena Tsukino al unirse en matrimonio con un insignificante y libertino lord. Sintió el nudo de las consecuencias como si se lo hicieran en su propia garganta.

—No, no creo que debas practicar piano —dijo, de modo inapropiado. El tono de su voz se había vuelto extrañamente ronco.

—Lo siento, Sere, de verdad, lo siento. Este absurdo es por mi culpa —dijo Rei mientras retorcía sus manos. Sin embargo, sus ojos estaban adheridos al espejo. Serena ya se había acostumbrado a hablar con su querida hermana de aquel modo, sentada en la cama mientras Rei permanecía delante del tocador y observaba con fascinación su propio reflejo.

—No, no es por tu culpa. Las dos hemos sido culpables. Pero en ¿qué estabas pensando? ¿El jardín? ¿A medianoche? ¿Con Furuhata? Nuestros padres te han reservado para un duque, por lo menos.

—No estaba pensando. Y ahí está el problema. Furuhata me confundió. Culpemos a Furuhata, entonces. No es un caballero. Es aborrecible.

—Es aborrecible —acordó Serena, con fuerza.

Hubo un silencio.

—Pero apuesto —agregó Rei, de mala gana.

—Muy apuesto —confirmó Serena, después de un instante.

—¿Sere?

—¿Sí…?

Serena, después de haber almorzado, sentía sueño, de modo que se extendió en la cama.

—Los zapatos. Acabas de regresar del establo.

Serena se deslizó para que sus pies sucios colgaran del borde del cobertor de Rei.

—¿Cómo… cómo fue? —preguntó Rei, con indecisión.

Serena pensó durante un instante.

—Fue muy… interesante —respondió, y le infundió a la última palabra un toque de sutileza e insinuación que no merecía. Rei quedó sin aliento y se cubrió la boca con las manos, luego ambas rieron tontamente. Era divertido hacer reír a Rei, en especial desde que había adoptado una actitud femenina de recato.

—Todos creen que fuiste al jardín en mi ayuda —meditó Serena.

—Lo sé. No puedo quitarles esa idea.

—¡Por Dios! ¡No lo intentes! Siento haberles contado a nuestros padres la verdad tal cual es. Tenía miedo, ¿sabes?

—¡Oh, Sere! —se lamentó Rei—. ¡Fue por mi culpa! Tan sólo si no tuviera la responsabilidad de contraer matrimonio con un duque o un conde, me ofrecería yo misma a Furuhata en tu lugar. —Rei observó el glorioso reflejo que hacía imposible tal noble sacrificio.

—No digas tonterías, Rei —suspiró Serena—. Nuestra madre tenía razón. Algo escandaloso me sucedería tarde o temprano, y ambas lo sabemos. Me gustan tantas cosas que nuestra madre no acepta que ya no sé lo que está bien y lo que está mal. Mi reputación se mancharía sin que yo lo supiera. En verdad, no puedo evitarlo.

Hubo un momento de silencio fugaz, mientras las dos hermanas analizaban la extraña e implacable verdad que yacía en aquella aseveración.

—Rei, ¿crees que es mi obligación contraer matrimonio con Furuhata? Nuestra madre ha dicho que es una cuestión de honor. Mi honor. Y tu honor. El honor de la familia.

—No lo sé, Serena. —Parecía tan indefensa como Serena—. Supongo que es así. Nuestros padres parecen pensar que es así.

Serena asintió con la cabeza, aunque tenía una expresión sombría, como si aquello fuera lo que hubiese esperado oír.

—Nuestra madre ha invitado a una modista esta tarde —se atrevió a decir Rei—. Quiere que tu vestido esté terminado en menos de quince días para que la boda se celebre un día antes de mi viaje a Londres.

Serena se levantó, todo el color había desaparecido de sus mejillas.

—¿Quince días? —repitió con voz aguda.

—¡No lo veas así, Sere! —Rei parecía consolarla un poco—. Piensa que podré ser tu acompañante, y podremos disfrutar de la tarta más enorme e increíble, y tu vestido será del satén más blanco que exista, y estará adornado con cuentecillas, aunque quizás no tengamos demasiado tiempo para cuentecillas, pero quizá podríamos utilizar un tejido color plata… —Sus palabras fueron desvaneciéndose cuando notó la expresión de incredulidad y horror en el rostro de Serena.

—¿Cuentecillas? —repitió con voz aguda Serena—. ¿Una tarta? ¿Quince días? ¿Dos semanas?

Se levantó de la cama y se puso de rodillas delante de una Rei sorprendida.

—No quiero contraer matrimonio con él, Rei. No quiero convertirme en una esposa.

—¿Nunca? —preguntó Rei, asombrada.

—Quiero ser doctora —respondió Serena, llena de desdicha.

Aquellas palabras nunca habían sonado tan patéticas e ingenuas. Serena comenzaba a darse cuenta de que los deseos de las hijas de dueños de fincas rurales eran considerados tan importantes como una nube de aliento en un día frío. Vapor y condensación.

—Oh, Sere. —Rei le dio la espalda a su opresivo reflejo para Tomarle las manos a su hermana—. Parece todo tan malo, a pesar de que es tu responsabilidad. Pero, ¿qué podemos hacer?

—Es así. ¿Qué podemos hacer? —Serena intentó mantener las palabras de Rei, pero su voz se volvió un susurro lleno de desesperanza.

Y después de un instante, puesto que ambas conocían que la respuesta a esa pregunta era «absolutamente nada».

Rei se puso de rodillas, con cuidado de no aplastar su vestido, y abrazó a su hermana.

Como había sido anunciado, la modista llegó aquella tarde y desplegó una larga tela de raso color perla sobre una silla en la sala del piso superior para que Serena pudiera observar cómo reflejaba la luz que se colaba por la ventana. Consciente de la mirada incisiva de su madre, Serena deslizó sus dedos sobre el raso con obediencia y trató de disimular el hastío que le causaba.

«Parece una mortaja», pensó, y entonces retornó aquella sensación familiar de una mano gigante que la ahorcaba por la garganta. Serena se imaginó sofocada bajo los pliegues de aquel raso blanco y su corazón comenzó a latir con fuerza. Se balanceó y comenzó a ver unos pequeños puntos negros. Por primera vez en su vida, Serena casi se desmayó, y todo gracias a un maldito raso.

La modista y lady Tsukino malinterpretaron el color pálido de las mejillas de Serena y su balanceo. Creyeron que era debido a la fascinación que sentía.

—¿Se supone que una novia jovencita debe sentirse excitada? —dijo la modista, mientras las dos mujeres ayudaban a que Serena se sentara en la silla cubierta por el raso—. Todo irá bien, ma chérie. Después de la noche de bodas, lo verás. —Le guiñó un ojo al estilo francés.

Lady Tsukino hizo un gesto de rechazo en dirección a la modista, mientras agitaba una almohadilla perfumada con lavanda en la nariz de Serena.

Pero cuando su madre dejó de mirar, Serena le devolvió el guiño a la modista. La modista se sorprendió. «Dejemos que haga suposiciones», pensó Serena.

En ropa interior, Serena dejó que la envolvieran en raso y la pincharan el resto de la tarde. Se sintió extrañamente alejada, de todos aquellos procedimientos, como si hubiera dejado vacío su cuerpo y observara a un grupo de extraños desde una distancia prudente. «Esto no está sucediendo», se decía a sí misma. «No puede estar sucediendo».

Sin embargo, cuando se miró al espejo, cubierta de aquel raso color natural, con su madre y la modista detrás de ella llenas de orgullo, Serena comprendió, sin duda, que todo aquello realmente estaba sucediendo.


Bueno, bueno...no recibí reviews, más que sólo de Princess Rei of Mars, creo que de gigichiba y otro anónimo...no me dió su nombre...acá lo publico para que vea quien es XD

"NENA ESTA GENIAL ME ENCANTO NO IMAGINO A SERENA POCO AGRACIADA PERO ME ENCANTO
TODO FUE TRAUMATICO PARA SERENA QUISO PILLAR A SU HEREMANA CON ANDREW Y FUE
ELLA QUIEN CAYO EN LA TRAMPA BUENO ESPERO EL SIG. CAP ESTA MUY BUENA LA
HISTORIA JAJAJAJJA"

Jajajaja, comparto tu opinión, pero espero que a la próxima pongas tu nombre XDXD

Besos :*

Atte.: MONI 3