Acá les dejo otro capítulo del Duque Rebelde, sé que les va a gustar :) Comentarios y demás abajo...Recuerden que esta historia le pertenece a Long Julie Anne, sólo la adapté. La mayoría de los personajes pertenecen a Naoko Takeuchi :3
Capítulo 3
Darien frotaba las rozaduras de la montura favorita de sir Kenji cuando de pronto el cobertizo donde guardaban los arreos se oscureció.
Levantó la mirada de la tarea que estaba haciendo y vio que Serena rondaba con indecisión en la entrada y bloqueaba el sol. De inmediato comenzó a sospechar: «indecisión» no era una palabra que por lo general se asociara con Serena Tsukino. Llevaba puesta el traje rosa que solía utilizar para cabalgar y que despreciaba, según sabía Darien, porque su madre había elegido el color. En secreto, sin embargo, era uno de sus favoritos. El rosa parecía combinar a la perfección con la multitud de tonos rojizos del cabello, y le brindaba una increíble tonalidad rosácea a su tez.
Y luego Darien bajó la mirada y vio que Serena tenía una muy buena razón para estar indecisa.
—Pequeña Sere, ¿dónde diablos has conseguido ese mosquete?
—Es de mi padre. De la guerra.
—¿Y sabe que se lo has quitado? —Una pregunta tonta. Era tan difícil como si sir Kenji Tsukino le hubiera entregado aquel mosquete a su hija menor y le hubiera dado la bendición: «Ve y dispárale a algo, querida». Aunque sir Kenji le había enseñado a Serena a disparar con pistolas, se había detenido justo antes de comenzar con las armas de caño largo, quizá al recordar a tiempo que era una niña.
—Mi padre se ha ido a St. Eccles hoy. Y no la guardó bajo llave, ni la escondió.
—Bueno, tampoco te encierra en tu habitación por la noche, ¿verdad? Y mira lo que has causado por un pequeño descuido. —Darien negó con la cabeza lleno de tristeza—. Tu pobre y crédulo padre. Pequeña Sere, un hombre tiene el derecho a creer que sus mosquetes están a salvo de sus hijas.
—Darien, quisiera disparar un mosquete aunque sea una vez en mi vida antes de contraer matrimonio y que no pueda hacer nada más.
Para Serena, nada significaba andar a caballo a horcajadas y a gran velocidad, o disparar a las manzanas, o reír demasiado fuerte, o leer y citar libros controvertidos, o…
O ser simplemente Serena. Sintió una vez más aquella extraña sensación de estrangulamiento por ella, la garganta se le cerrada. Distraído, se masajeó el cuello; luego se volvió para comenzar a frotar otra vez la montura, como si de algún modo pudiera borrar los acontecimientos de los últimos días.
Después de un instante, se volvió una vez más para mirarla.
—Supongo que te gustaría que te enseñara a usarlo, ¿no es así?
—Pues… fuiste soldado, ¿verdad?
—Sí. Fui soldado.
—He traído algunas cosas para un día de campo. —Levantó el otro brazo; una cesta colgaba de él.
—Oh, bien, en ese caso… —Puso los ojos en blanco.
—En Norteamérica, ¿las mujeres disparan mosquetes, Darien?
Sonrió ante la pregunta, ya que era su tema favorito de conversación: Norteamérica. Un lugar al que deseaba visitar y en donde planeaba vivir algún día. Serena siempre había sido una gran admiradora cuando comenzaba a hablar de Norteamérica.
—Sin duda alguna, las mujeres norteamericanas le disparan a toda clase de cosas con los mosquetes, pequeña Sere: animales salvajes, indígenas, a sus esposos. Pero tú —le recordó— eres inglesa.
Serena sostenía ambas cosas, el mosquete y la cesta para el día de campo delante de ella, suplicante.
Darien sabía que Serena iría, la acompañara o no. Con seguridad encontraría un libro acerca de cómo cargar mosquetes, o algo así, y lo intentaría. Suspiró. De pronto, no deseó otra cosa que enseñar a la futura esposa de lord Furuhata cómo usar un mosquete.
—¿Tienes pólvora y balas?
—En la cesta.
—¿Puedo ver el mosquete, por favor?
Sin decir una palabra, se lo entregó. Tal cual había sospechado Darien, estaba en muy buenas condiciones. Sir Kenji limpiaba sus armas por la misma razón que otros hombres leían libros o tallaban madera: porque era una tarea tranquilizadora.
—Muy bien, entonces —dijo Darien—. Vayamos al bosque.
Serena dio un pequeño brinco de alegría.
La yegua de Serena danzó y jugó tanto mientras cabalgaron en dirección al bosque y rodearon la propiedad de los Tsukino que tuvo dificultades para mantener el control.
—No viniste a cabalgar ayer por la tarde, pequeña Sere. Pepper se siente feliz de haber salido contigo.
Le agradaba Pepper. Cuando el sol se ocultó la tarde anterior, Darien se dio cuenta de que medía sus días por las visitas de Serena a la caballeriza. «Y así sucederá cuando contraiga matrimonio», había pensado. «Esta… ausencia. Este silencio».
—No pude venir a cabalgar porque me estaban midiendo una mortaja —dijo una sombría Serena.
—Bueno, es inteligente planificar la boda y el funeral al mismo tiempo.
—Me estaban midiendo el vestido de novia, Darien, y será precioso, también —aclaró llena de amargura—. Decorado con lazos color plata, ya que no hay tiempo para las cuentecillas.
Darien abrió la boca para responder, pero la imagen de Serena envuelta en un raso pálido y color plata, con su brillante cabello recogido y peinado bajo una corona, terminó por destruir su clásico repertorio de respuestas locuaces. Serena, guiada desde la capilla por lord Furuhata, quien sin lugar a dudas en ese momento ya estaría contando las horas que faltaban para que pudiera reTomar las mesas de apuestas y dilapidar el dinero de su esposa…
Darien aclaró la voz.
—Parece un bonito vestido, pequeña Sere.
Serena resopló.
—Lo verás con tus propios ojos dentro de dos semanas, ya que todos los sirvientes han sido invitados a nuestra… celebración.
Dos semanas. Darien cabalgó en profundo silencio durante un tiempo, turbado por unas inquietantes imágenes: Serena con el vestido de novia, del brazo de Furuhata, en la cama de Furuhata, el rostro de Serena, por lo general brillante y animado, ahora tenso y lleno de desdicha…
¿En la cama de Furuhata? Pero aún era una niña, ¿no?
Y sin embargo, en menos de dos semanas se convertiría en la esposa de alguien.
Darien agitó la cabeza para hacer a un lado aquellas imágenes llenas de desolación y detuvo el caballo. Habían llegado al bosque que fijaba el límite de la propiedad de sir Kenji Tsukino, lejos del alcance del oído y a una distancia segura de cualquier persona o cosa que pudiera por accidente hacerse añicos por una bala perdida de mosquete.
—¿Ves aquella enorme roca, pequeña Sere? Colocaremos nuestras manzanas allí y las utilizaremos como blancos.
Serena bajó del caballo con impaciencia y dejó que Pepper masticara hierba. Buscó en la cesta una manzana; luego, con cuidado, la acomodó sobre la roca y regresó casi a los brincos adonde se encontraba Darien.
—Bien, pequeña Sere. ¿Es necesario que te cuente cómo te volarías los sesos, si no fueras cuidadosa?
—Mi padre me lo contó cuando me enseñó a disparar con la pistola, Darien.
—Muy bien. Observa con detenimiento.
Darien levantó el mosquete con la mano y hurgó en la canasta de Serena. Pan, queso, pollo frío, manzanas, una botella con agua y… dos cartuchos de papel con pólvora y balas. Sonrió. Un día de campo muy poco ortodoxo.
Hacía años que no practicaba estos ejercicios, pero parecía ser tan innato como respirar; a menudo lo vivía en sueños. Con precisión, utilizó sus dientes para rasgar el cartucho y sujetar la bala, agitó un poco de pólvora en la cazoleta y la cerró, empujó el sobrante de pólvora, la bala y el cartucho de papel vacío en el cañón del arma y preparó el martillo para disparar. Y luego levantó el mosquete hasta apoyarlo sobre su hombro.
Todo, en menos de un minuto.
Serena emitió un suspiro pequeño lleno de satisfacción y asombro.
—¿E imaginaremos que el blanco es lord Furuhata, pequeña Sere? —Darien tenía la mira en la manzana.
—Oh, no, es demasiado atractivo para dispararle.
Darien bajó el mosquete y sintió una extraña sensación de disgusto brotaba en su ser.
—¿Entonces el insignificante lord es atractivo ahora?
—Nunca dije que no lo fuera, Darien. Por Dios, sólo míralo. Lo has visto, ¿no? Un auténtico Adonis.
—¿Un Adonis?
—Sí. Un Adonis débil y asustadizo, me temo. La primera vez que lo conocí y le pregunté qué pensaba acerca de que las mujeres prestaran servicio militar…
—Oh, no, ¿por qué le hiciste una pregunta como esa, pequeña Sere? —Había dolor en el tono de voz de Darien—. ¿Por qué una pregunta que pondría nervioso a cualquier hombre?
—No te pondría nervioso a ti.
—Sí, pero yo estoy acostumbrado a ti, pequeña Sere. Y eso, te aseguro, no sucedió en sólo un día.
Serena le hizo una mueca.
—¿Y qué respondió lord Furuhata ante una pregunta como esa?
—Dijo… dijo: «Bien, verá, la guerra es un negocio muy sucio. Uno puede resultar herido. Tampoco estoy seguro de que los hombres deban participar en el ejército».
Una sonrisa de regocijo se desplegó en el rostro de Darien.
—¿Eso piensa? ¿De verdad dijo eso?
—No hablaba en broma, Darien.
—Lo cual le hace más encantador, por supuesto.
—Como he dicho: débil. ¿Qué piensas tú, Darien? ¿Las mujeres deberían formar parte del ejército?
—Bueno, por si quieres saberlo, creo que ya lo hacen, pequeña Sere, aunque no reciban el salario de un soldado. Atienden a los enfermos y heridos. Se hacen cargo del hogar, de los niños y de la tierra, mientras esperan que sus hombres regresen. Sufren tanto como los soldados, aunque de diferente modo.
—Sabía que lo entenderías.
—Sí, soy así —dijo Darien con una mueca solemne—. Muy comprensivo. Ahora, ¿le disparo a la manzana?
—Sí, por favor, Darien. Quizá podamos hacer como que la manzana es… la lamentable circunstancia de mi compromiso.
Darien imaginó que la manzana era lord Furuhata.
Un ruido ensordecedor, la manzana se hizo añicos y una nube de humo los envolvió. Serena tosió y aplaudió llena de regocijo. Darien hizo una reverencia y apoyó el mosquete en el suelo.
—¡Mi turno, Darien, por favor!
Corrió a toda prisa a través del humo para colocar otra manzana sobre la roca y luego extendió los brazos para coger el mosquete.
Darien le habló mientras Serena cargaba el arma:
—Sí, muy bien, rasga el cartucho con los dientes y Toma la bala con la boca, pero no te la tragues; no, no sonrías, o te la tragarás; cierra la cazoleta ahora, buena chica, eso es; ahora escupe la bala en tu mano y cárgala, y la pólvora y… bien, bien, ahora monta el martillo.
Serena apuntó a la manzana, el dedo, en el gatillo; Darien apoyó las manos sobre los hombros de Serena para terminar de acomodarla con suavidad. Y luego permaneció detrás de ella, avergonzado por haberla tocado.
—Dispara, pequeña Sere —dijo con una voz suave.
Apretó el gatillo.
La sacudida del disparo hizo que retrocediera un paso hacia Darien. Los brazos de Darien la rodearon, sus sentidos pronto captaron la firmeza femenina y el aroma de algo dulce y embriagador; el cabello, quizá, o el cuello. Exhaló despacio, reacio a abandonar ese aroma, y la ayudó a recobrar la postura.
Esperaron a que el humo se desvaneciera por completo antes de comprobar que la manzana había estallado en añicos hasta el otro mundo.
—Bien hecho, pequeña Sere. Wellington hubiera estado orgulloso de ti.
—Gracias, Darien. Pero supongo que eso es todo lo que podremos practicar. Pude encontrar tan sólo esos dos cartuchos. —Hubo arrepentimiento en su rostro.
Darien esbozó una sonrisa malintencionada. Serena era una visión: esas pestañas largas y gruesas y el traje rosa de cabalgar; los labios cubiertos de pólvora, allí donde había mordido el cartucho. Sin darse cuenta, extendió el dedo pulgar para quitarle la pólvora de la boca.
El labio suave y generoso debajo del dedo pulgar lo sorprendió. Permaneció helado y la miró fijamente por un instante, desconcertado. Había extendido su mano para limpiar el rostro de Serena y, en cambio, había acariciado lo que sentía como… como una mujer.
Una mujer que sería la esposa de alguien en apenas dos semanas.
Imaginó la boca de Furuhata sobre aquella delicada boca rosada… y no pudo encontrar un rastro de divertimento en esa imagen. Sentía incredulidad ante la idea de que alguien tan inferior pronto tuviera derecho a ella, a toda ella, a sus labios suaves y a su cuerpo fuerte, para el resto de su vida.
Darien dejó caer la mano.
—Tienes… pólvora… —Hizo el gesto sobre su boca.
—¡Oh! —rió—. Tú, también.
Serena luchó con fuerza para reprimir un bostezo, pero el bostezo estaba ganando la partida. De pronto se inclinó hacia delante para enterrar el rostro en una de las rosas de Damasco de su padre y la desafortunada rosa recibió el implacable bostezo. Furuhata, absorto en su conversación acerca del vino o algo así (había perdido el hilo de la conversación y el interés hacía un rato) siguió su camino sin ella y sin percatarse de que Serena se había detenido.
Lo alcanzó con un paso largo antes de que se volviera en dirección a ella. Serena había notado que lo hacía a intervalos regulares: volvía su rostro para mirarla y pretender incluirla en la conversación. Como una veleta en la brisa primaveral.
Su padre había insistido en que viniera a visitarla y la llevara a pasear, como si la hubiera cortejado durante años, como si no se hubiera comprometido con ella en aquel jardín tan sólo unas noches antes. Ahora estaba atrapada allí con él. Era un día despejado, y Pepper estaba en el establo sin nadie que lo montase. Durante los primeros diez minutos de caminata con Furuhata se había divertido admirando, de modo objetivo, los atractivos rasgos que poseía. El cabello rubio formaba encantadores y marcados rizos que le cubrían la cabeza; tenía unos osados ojos azules (un poco pequeños, quizá, pero efectivos cuando se los consideraba junto con los pómulos deiformes y su elegante e inclinada nariz). El labio inferior se hundía en una curva sensual.
Era de verdad una pena que fuera tan aburrido.
Furuhata hizo uno de los movimientos con la cabeza y Serena, sobresaltada en medio de sus pensamientos sobre el aburrimiento, hizo que sus ojos se abrieran de par en par y brillasen, como si se interesaran en la conversación una vez más.
Quizá demasiado abiertos, brillantes e interesados.
Furuhata disminuyó el paso.
—¿Y qué piensa acerca del vino, señorita Tsukino? —preguntó de mal humor—. ¿Está de acuerdo en que la región de Bordeaux provee las mejores uvas?
—¿Que qué pienso? —respondió Serena con dulzura—. ¿Desea que piense, milord? Parece tener muchos pensamientos y no deseo agobiarlo con los míos.
Furuhata estrechó la mirada y se detuvo para observarla con detenimiento.
«Oh, querido», pensó Serena.
Cuando Furuhata conoció por primera vez a Serena Tsukino había pensado que era muy rústica, pero cualquier mujer comparada con la bella Rei tenía grandes posibilidades de recibir una descripción similar.
Pero mientras seguía las líneas del cuerpo de Serena con la mirada, pudo ver que era delgada y poseía deliciosas curvas, algo sobresaliente a pesar del hecho de que casi cada centímetro de su cuerpo estaba recubierto por una tela de algodón gris poco sugerente. Con discreción observó sus senos redondeados y sintió nostalgia por los escotes que unos pocos años antes habían causado sensación. Los ojos verde grisáceos, de un tono muy particular, lo examinaban con frialdad a través de las pestañas color castaño, y uno de los mechones rojizos, de los que parecía tener en cantidad, se había escapado y flotaba alrededor de su boca. Furuhata recordó cuando le había besado esos suaves labios. Por supuesto, en aquel momento, había intentado comprometerse con una joven muy diferente.
«Es de verdad encantadora. Sumamente encantadora». Por alguna razón, el descubrimiento lo irritaba. Y la jovencita era verdaderamente aburrida. Estaba desacostumbrado a que no lo consideraran fascinante. Cuando se tenía un perfil deiforme y cabello rubio, se era fascinante por defecto; todos sabían que era la ley natural.
—¿De qué otro tema podemos hablar, señorita Tsukino? ¿Acerca de vestidos? ¿Acerca de cuál es el mejor modo de servir carne asada?
—Si desea que participe de la conversación, señor, quizá podamos hablar de problemas circulatorios. —Las palabras fueron inocentes, pero sus ojos brillaron de un modo extraño y su ceja se había arqueado en señal de desafío.
—Problemas circul… ¿De qué habla?
—Parece que muchas enfermedades de mediana edad se deben a problemas circulatorios. —Parecía entusiasmada con el tema.
Furuhata intentó no balbucear.
—¿Señorita Tsukino?
—¿Sí, lord Furuhata?
—¿Disfrutó de mi beso la otra noche? —Se lo preguntó con ese murmullo inconfundible que nunca fallaba y llenaba de fascinación a las inocentes jovencitas. Era una táctica desesperada, diseñada para intimidar a la equilibrada señorita Serena Tsukino.
—¿Oh? ¿Eso fue un beso, lord Furuhata? Verá, tengo muy poca experiencia en estas cosas, por lo que no puedo estar segura. —Una vez más el tono de voz inocente, los ojos brillantes, la ceja arqueada.
Furuhata quedó con la boca abierta del estupor hasta que se dio cuenta y la cerró.
—Quizá debería demostrárselo una vez más, señorita Tsukino.
—Quizá debería comportarse como un caballero, lord Furuhata.
—Si fuera un caballero, señorita Tsukino, en este momento no estaríamos comprometidos para contraer matrimonio.
Serena hizo una pausa como reconociendo la verdad de lo que acababa de escuchar y contempló a Furuhata con cautela.
—Quizá pueda demostrarlo otra vez el día de nuestra boda —dijo. Un esfuerzo de diplomacia.
Furuhata se sintió perdido en aquel extraño intercambio de palabras con una clase de mujer que nunca había conocido; su frío desapego y su perfil deiforme no servían de nada en ese momento. Perdió la compostura y, con indecisión, buscó un modo, el que fuera, de conquistar a aquella criatura del espacio exterior que permanecía delante de él.
—Espero que sea consciente, señorita Tsukino, de que cuando estemos unidos en matrimonio seré su dueño y señor, por ley. Le prohibiré que hable de problemas circulatorios. La besaré cuando lo desee. La golpearé cuando quiera. Estoy comenzando a sospechar que quizá desee golpearla con frecuencia.
—Creo que podría intentarlo, sir.
—¿Y cómo me detendría?
Un instante después, Furuhata estaba de espalda sobre la tierra del sendero del jardín, sin aire en los pulmones.
—Su amigo Robbie Denslowe me enseñó a hacer esto. Se debe enganchar un pie detrás de la rodilla del oponente y caerá de inmediato. El truco, sin embargo, consiste en Tomar por sorpresa al oponente. —Los ojos de Serena revelaron alegría cuando lo miró.
Furuhata permaneció sobre su espalda por un instante mientras observaba aquella suave boca que sonreía. Y luego, algo sucedió. El suelo pareció desaparecer de su mundo y al mismo tiempo se sintió sin peso, ligero. Los colores en su campo de visión se tornaron de un brillante sobrenatural y, mientras intentaba observar a Serena, paralizado, podría haber jurado al parpadear que un halo de luz dorada delineaba su cabeza.
Furuhata, confundido por primera vez en su vida, fuera de su ser por una mujer y despojado de todas sus defensas, quizá pudiera ser perdonado por lo que hizo a continuación: se enamoró perdidamente de Serena Tsukino.
HOLA CHICAS...AHORA RESPONDO REVIEWS :)
Marceila: Bueno, gracias por tu comentario, sólo déjame aclarar que la historia no es mía desafortunadamente XD arriba dice a quien pertenece :3 U.U Si pobrecito Dariencito, su papá jajaja a mi también me hubiera gustado que me consolaran así cuando murió un perrito mío...sólo llegué de la escuela y me dicen: "¿Qué crees?" "¿Qué?" "Matías murió" "O.O..." Fue malvadoooo, si, Sere quiere ser médico...¿no te encanta como Dar le dice a Sere "pequeña Sere"? es taaaan tierno...muy pronto verás que ocurre si se casa o no XDXD jaajaja Espero que dejes un review en los sigs capis :) besos
Elsy82: Ahh~ (suspiro) es tan lindo el amor :) besos, sihue leyendo, portate bien y deja un review XD bye bye
Princess Rei of Mars: Princeeeessssss! . Pronto leeré tu oneshot XD jajaja Y no te diré naaaaaada jajaja SOY MALA XDXD pronto lo sabrás...que pasará :D HASTA MAÑANA TKM BESOS BLABLABLA XDXD BYEEE
Mony: Tocayaaaa! XDXD jajaja muy pronto lo verás, es tan lindo cuando dice esas cosas y el "pequeña Sere" ya verás que tierno y que piensa sobre la boda WAJAJAJA no diré si se casan o no...porque puede ser que se case, que se case y se divorcie NO SÉ, bueno si sé pero no lo diré...lo dejaré en suspenso aún :P BESOS, SIGUE LEYENDO Y DEJANDO REVIEWS TOCAYITA :3
Y así es como me despido por hoy, mañana publico algo más :D publiqué algo tarde pues me la pasé el día en la plaza y me compre unos zapatos :D y luego me dije NO LAS PUEDO DEJAR SIN LEER A MIS LECTORAS...ES ALGO A LO QUE ME COMPROMETI XDXD bueno, mañana nos leemos BYE BYE...¿hay lemmon? tal vez...pero no taaaaan wooooooowww, no sale algo lemmon lemmon, salen cosas tiernas, ya verán después :3
