Acá les dejo otro capítulo del Duque Rebelde, sé que les va a gustar :) Comentarios y demás abajo...Recuerden que esta historia le pertenece a Long Julie Anne, sólo la adapté. La mayoría de los personajes pertenecen a Naoko Takeuchi :3


Capítulo 4

—Ahora me escribe poesía, Darien. No puedo soportarlo. Y se supone que debo pasear con él todos los días.

Serena hablaba por detrás de Sultán mientras Darien deslizaba con habilidad el cepillo de puntas metálicas sobre el flanco del caballo.

—¿Poesía? —repitió Darien, divertido.

—Sí, de hecho, poesía muy mala. Rimó «rosa» con «nariz» y esa clase de cosas.

—¿Qué tenía que decir acerca de tu nariz? —Darien sintió curiosidad.

—Eso no importa ahora —dijo Serena, irritada—. Furuhata es un grosero.

—Ese hombre simplemente está enamorado, pequeña Sere. Los enamorados son, por lo general, groseros o blanco de divertimento, o ambas cosas.

—¿Enamorado? ¿De mí? —expresó Serena, aturdida—. Nunca nadie ha perdido la razón por mí. ¡Tonterías! ¿Enamorado has dicho? ¿Cómo es posible?

—Sí, señorita, enamorado. —Darien parecía irritado—. Me dijiste que lo golpeaste y te reíste de él. ¿Hay algo más irresistible?

Serena soltó una carcajada.

—Pero no creo que nadie haya perdido la razón por mí antes. Es algo nuevo.

—¿Y Robbie Denslowe?

—Pero era un niño. Furuhata es un hombre. Un barón —agregó Serena sin necesidad.

Darien sintió que otro extraño arrebato de disgusto brotaba en él.

—¿Contraerás matrimonio con ese insignificante lord para tener poesía al instante todos los días?

—¡Por Dios, qué idea! —Serena parecía sorprendida—. Es sólo que es una experiencia novedosa. Supongo que es halagador —agregó con melancolía—. Nunca me sentí especial a los ojos de otra persona.

—Créeme, pequeña Sere. Eres especial.

Darien mantuvo un tono de voz sarcástico y el rostro esquivo para que Serena pudiera reír y no se sorprendiera de la vehemente sinceridad de sus palabras.

—Oh, Darien, no estoy segura de cuál es la versión de Furuhata que prefiero: el grosero, rudo y pedante; o el grosero, adulador y poeta. Y aún no ha incorporado el arte de incluirme en la conversación. Yo sólo escucho sus monólogos intercalados con poesía y, de vez en cuando, para no morirme del aburrimiento, le hago una pregunta difícil.

—Sin duda aprecia el desafío, pequeña Sere —comentó Darien con ironía.

—Es de algún modo divertido ver cómo hace ademanes cuando lo hago. A veces se convierte en un apuesto arrogante: durante la última caminata por el jardín, para cambiar de tema, dijo que se enfrentaría a Napoleón Bonaparte con una espada en la mano para defenderme.

—¡Ah! Todos deberíamos tener defensores arrogantes como ese.

—Pero otras veces… bueno… él…

Algo en el tono de voz hizo que Darien levantara la vista en alerta.

—¿Qué sucede, pequeña Sere?

—En fin, para ser sincera, sólo fue una vez y quizá no haya significado nada, por lo que no te lo mencioné antes…

—¿Qué sucedió «una sola vez», Serena? Inspiró profundo.

—Furuhata dijo que por ley podrá golpearme cuando sea su esposa. Y que sospechaba que tendría que golpearme con frecuencia. —Sus ojos se abrieron de par en par, llenos de esperanza y apenas avergonzados, como si esperara que Darien encontrara divertida la situación, aunque temía que no fuera así.

Una niebla rojiza cubrió los ojos de Darien. Su aliento casi se detuvo.

—Lo siento, pequeña Sere. —Midió cada palabra con gran cuidado; el temblor en su voz fue imperceptible—. ¿Has dicho que Furuhata amenazó con golpearte?

—Bueno, verás… fue sólo una vez. Sin duda fue porque no quería hablar sobre problemas circulatorios. También amenazó con besarme con frecuencia.

Darien guardó silencio durante largo rato. En su mente desgarraba a Furuhata miembro por miembro, saboreando los gritos del insignificante lord.

—¿No creerás que… lo haría de verdad? ¿Golpearme?

La respiración de Darien aún era entrecortada y superficial, era un problema hablar con el peso de la ira que sentía.

—Sólo un hombre débil amenazaría con golpear a una mujer, pequeña Sere. ¿Estaba bromeando?

—No creo que Furuhata sepa bromear, Darien. Se Toma en serio a sí mismo. Yo lo provoco a propósito. Quizás si no hablo de problemas circulatorios, ni del ejército, ni… —menguó su voz.

—Ni de nada, en ese caso —completó la frase a secas—. Mejor si no hablaras más.

De pronto, Sultán sacudió su enorme cabeza negra y agitó la cola, quizá al sentir la tensión del hombre que se apoyaba en él. Darien emitió un murmullo para calmarle, pidiéndole disculpas. Y la acción de tranquilizar al animal, tranquilizó también a Darien.

—Creo que lo superarías en cualquier enfrentamiento, pequeña Sere. —Un intento débil de frivolidad.

—Oh, por supuesto. —Serena encogió los hombros.

Darien esbozó una pequeña sonrisa.

—¿Y quién no querría discutir acerca de problemas circulatorios?

—Eso pienso yo —acordó Serena con tristeza.

Hubo otro silencio corto y sombrío. Era extraño, nunca había habido silencios cortos y sombríos entre ellos antes de que apareciera Furuhata.

—¿Darien? —Ahora, la voz de Serena también temblaba.

—¿Sí, pequeña Sere?

—Lo he intentado una y otra vez. Por el bien de mi padre; por el bien de todos. Honestamente lo he intentado. Pero creo… quiero decir que no creo que pueda…

Darien esperó.

—Darien, no puedo contraer matrimonio con él.

Dos pares de ojos azules, cielo y zafiro, se encontraron y se cerraron, en silencio, por espacio de, quizá, doce latidos del corazón.

—Bien, entonces, pequeña Serena —dijo Darien mientras desplazaba el cepillo sobre el flanco del caballo, como si sus siguientes palabras estuvieran relacionadas con el clima y no trataran sobre el eje en que giraría la vida futura de Serena—, no debes unirte a él.

«Oh, maldito, maldito, maldito, maldito tonto».

—«Entonces» —dijo Darien en voz alta, imitándose a sí mismo y de mal humor—. «No debes unirte a él». ¡Por Dios!

Darien, lleno de tristeza, se sentó a la mesa en su habitación; la botella de whisky que guardaba para situaciones difíciles estaba a su derecha. Se sirvió una copa por tercera vez aquella noche y lo miró a la luz con afecto.

—Hasta morir ahorcado del cuello —dijo; el whisky persuadía aquel humor mórbido y bebió hasta el fondo.

Darien carecía de un plan. Gracias al impulso de aquella tarde, ahora tenía con exactitud ocho días para decidir y planificar la fuga de una niña de diecisiete años de un inminente y espeluznante matrimonio. La fuga tendría que llevarse a cabo en el silencio de la noche e incluiría el robo de uno o dos caballos. «Ahora hay algo por lo que luchar», pensó, «una noche llena de acción; cada acción, de vida o muerte. Un modo caballeroso de reTomar mi vida llena de altibajos».

Sin embargo, no había duda de que lo haría. En algún momento, mientras bebía el segundo vaso de whisky, Darien admitió que Serena era la razón por la que había permanecido todo ese tiempo en la residencia de los Tsukino.

Durante cinco años, la vida de Darien había sido pacífica y había transcurrido casi sin incidentes en aquella remota finca.

Pero desde el momento en que la había rescatado del manzano, Darien se había sentido responsable de Serena. Reconoció en ella un espíritu similar; sabía que el alcance de su alma se extendía más allá de los límites de las circunstancias y a diario los traspasaba. Serena nunca se había propuesto disgustar a su madre, o sorprender a su padre con sus predilecciones, pero le resultaba difícil evitarlo. «Ser mujer y tener una mente hambrienta de conocimiento en la Inglaterra de 1820 es una maldición», pensaba Darien, y a menudo se preguntaba qué diablos le depararía el destino a Serena.

Sin embargo, la gran diferencia entre la crianza de Darien y la de Serena era que la magnitud del destino de Darien lo había golpeado con dureza desde el momento en que dio los primeros pasos. Su padre le había definido un modelo de vida y cualquier desvío de aquel modelo simplemente no sería tolerado, recibiría un castigo cruel. Con cada inspiración parecía absorber la fría y pesada inmensidad de la responsabilidad. Su vida anterior había sido una mano que ejercía presión sobre su pecho, limitaba sus movimientos, sus pensamientos, su espíritu.

Qué irónico y apropiado que una guerra fuera la puerta de salida hacia la libertad. Darien se había alejado de su vida en la primera oportunidad que tuvo y, aunque de vez en cuando se sentía culpable, nunca se arrepintió; de hecho, cada vez que lo pensaba, revivía la ráfaga de gratitud que había sentido el día en que finalmente se las había ingeniado para quitarse las cadenas de su primogenitura. Sólo un elemento de su antigua vida lo había seguido hasta la nueva: Melbers, el querido, fiel, discreto y anciano abogado de la familia Mamoru. Le enviaba una pequeña, pero bienvenida suma de dinero en la misma fecha cada año. Era el modo tranquilo de protesta que Melbers tenía contra la brutalidad del anciano duque. Esa suma ya tendría que haber llegado a finales del mes pasado. Quizás Melbers había estado demasiado ocupado ese año.

Darien había encontrado paz y equilibrio con los Tsukino y por ello estaba muy agradecido. Pero ya tenía veintinueve años y sentía que se le acababa el tiempo, aunque desconocía la razón.

Serena, como mujer, nunca sería capaz de alejarse de su vida. Y Darien maldecía la indulgencia de sus padres; del padre que la trataba con generosa negligencia y de su madre que cacareaba, protestaba y fastidiaba, pero que nunca se las había arreglado para inculcar en Serena el verdadero sentido de la… «pequeñez»… de su futuro.

Pero quizá Serena hubiera sido una persona diferente si se lo hubieran permitido.

Era extraño, pero siempre había tenido la sospecha de que Serena Tsukino algún día acabaría con su paz mental; ella, con ese vocabulario sorprendente, cortesía de las publicaciones científicas de su padre («¡Oh! ¡Mi glúteo mayor!», había exclamado un día después de una larga cabalgata sobre Pepper), y esas preguntas embarazosas: («¿Pueden los cachorros tener más de un padre? Porque vi a Bonnie debajo de Bruno y Glider».) Se había prometido no luchar en otra guerra, pero por el bien de Serena, recorrió sus recuerdos aquella noche en busca de algo que le sirviera, porque, después de todo, se libraría otra batalla.

Analizó los elementos del pasado como si estuvieran en un tablero de ajedrez, cada pieza potencialmente útil si se manejaba con habilidad. Y poco a poco, una idea, una estrategia comenzó a Tomar forma. Pensó por un instante, saboreó la idea como lo hacía con su whisky y pensó: «Sí, por supuesto, puede funcionar, debe funcionar…».

Una vez que lo lograra, se iría a Norteamérica y habría una nueva vida para Darien Chiba, la vida que había pospuesto por estar allí con los Tsukino.

Finalmente, satisfecho, Darien destapó la botella una vez más, bebió su cuarto y último vaso de whisky y brindó por él en dirección al hogar encendido.

—Por mi brillante plan —dijo con ironía, e hizo a un lado la botella de whisky.

Furuhata tenía alas en sus pies; no había caminado sobre terreno firme durante una semana. Un ángel malvado, sonriente, de ojos verdes y cabello rojizo lo había liberado de la necesidad de comer, beber o hablar con otros mortales, y todo lo que necesitaba en ese momento era el placer divino de su compañía y unas hojas de papel para su poesía. «Serena, Serena, Serena». Era una pena que no tuviera un nombre que pudiera rimar más, pero un obstáculo superable ya que con facilidad podía compararse con otras cosas… flores… chubascos… árboles… horas… primavera… sufrimiento… inspiración… era angelical.

Desde aquel día en el jardín, Serena le había provocado una excitación especial. Quizá era la luz en sus ojos cuando hacía esas horribles y sorprendentes preguntas, o el tamborileo de algo que no podía identificar, pero que sonaba en sus palabras cuando le hablaba. Por primera vez en su vida se sentía inseguro, y era una sensación intrigante. Al menos era una alternativa ante el aburrimiento. Aquel plan de deshacerse de ella una vez que contrajeran matrimonio parecía un recuerdo distante y desesperado. Ahora, no podía renunciar a aquella enloquecedora e intrigante mujer. Por fortuna, sería su esposa en tan sólo una semana.

Sin embargo, necesitaba una hoja de papel para algo más que poesía: una carta breve pondría fin a una circunstancia continua y lamentable, una situación que resultaba beneficiosa y favorable para él; en realidad, una circunstancia que lo había mantenido a flote desde un punto de vista económico durante todos aquellos meses.

Por su modo de ser nervioso, Furuhata se dirigió hacia el guardarropa y abrió la puerta. Extendió un brazo y hurgó en el bolsillo interno de la chaqueta; cuando encontró un objeto sólido que le brindó seguridad, suspiró aliviado. Ese objeto era el punto principal de ese acuerdo: garantizaba una fuente de ingresos importante. Sin embargo, el acuerdo nupcial ofrecido por sir Kenji Tsukino había convertido ese acuerdo especial en innecesario; y a la luz de… bueno… la cálida relación que Furuhata había compartido con la parte involucrada, sintió que concluir ese tema sería una acción honorable. Hacía poco tiempo que Furuhata había descubierto el honor y creía que el concepto era muy compatible con la noción de amor verdadero.

Una disculpa y una invitación cordial para dar por acabado el negocio era todo lo que se necesitaba. Era extraño pensar que otro cuerpo y rostro femenino le habían provocado alguna vez deseos de añoranza. Y sin embargo, el recuerdo de aquel tiempo parecía trivial a la luz de aquellas emociones celestiales que sentía por la señorita Tsukino. Escribió la carta, la envió por correo y regresó a sus rimas.

—Darien, ¿sabías que soy una «criatura divina, con ojos tan bellos que un tonto no los preferiría antes que un buen vino?»

—¡Ah! ¿Entonces la poesía de Furuhata está… mejorando? —Darien frotaba aceite en la montura.

—Difícil de pronunciar, ¿verdad? Sin embargo, puedo decirte lo que no está mejorando: mi humor. Ayer leyó el poema sobre mis bellos ojos en voz alta y luego, ¿sabes qué me dijo?

—Soy todo oídos.

—Dijo: «Usted nunca es tan atractiva como cuando escucha, Serena».

Darien se atragantó de la risa.

—Oh, creo que extrañaré a Furuhata cuando nos hayamos ido, pequeña Sere.

—Pero, ¿lo ves ahora, Darien? Si debo soportar mucho más tiempo a Furuhata, creo que moriré o me volveré loca del aburrimiento. —Bajó el tono de voz—. ¿Cuándo nos iremos?

—En cuatro días, pequeña Sere, dos días antes de la boda —respondió Darien—. Te daré más instrucciones un día antes de nuestra partida.

—¿Por qué no me dices nada ahora?

—Porque, pequeña Sere, es todo lo que puedes hacer por ahora para mantener un secreto; si te doy una serie de instrucciones y más secretos que ocultar, creo que tu rostro traicionará tus pensamientos a y los revelarás a todos lo que te miren.

—¿No confías en mí?—. Sonaba herida.

—Si no confiara en ti, no mantendríamos esta conversación —explicó Darien con firmeza—. Es por tu bien, pequeña Sere. El talento para la actuación no es una habilidad admirable en una mujer. No quiero cargarte con la necesidad de que te conviertas en una actriz.

—¿Y si fuera un espía? —imaginó Serena—. ¿Al servicio de mi país? Entonces, tendría que saber cómo actuar, ¿no?

Darien puso los ojos en blanco.

—No eres una espía, nunca lo serás, y tengo algunas preguntas para hacerte. ¿Me escuchas?

—Sí —respondió Serena con obediencia, sin molestar a Darien. Arrugó el entrecejo en señal de burla y advertencia y ella le sonrió a cambio, pero permaneció tranquila.

Darien pasó unos instantes cepillando el cuarto trasero de Sultán antes de volver a hablar.

—Después de que nos hayamos ido —dijo Darien lentamente—, cabe la posibilidad de que nunca vuelvas a ver a tu familia. No es seguro, pero es posible. Quizá nunca vuelvas a vivir una vida llena de confort y despreocupación como la que llevas aquí. ¿Lo has pensado bien?

Serena miró por encima de su hombro hacia algún lugar durante un instante, como observando y evaluando ese futuro que le había descrito. Luego lo miró con franqueza.

—He evaluado las posibles consecuencias, Darien. Mi vida no será despreocupada, ni estará llena de confort, si voy a ser encarcelada por un matrimonio con un hombre que no me atrae ni amo. Será una muerte lenta por estrangulamiento, y me atrae pensar que mi familia, si pudiera hacérselo entender, preferiría que me fuera. Prefiero el riesgo y la libertad. He hecho ya la elección.

Darien asintió con la cabeza, satisfecho; necesitaba que lo dijera en voz alta.

—¿Iremos a Norteamérica? —preguntó Serena de pronto.

Darien la observó, pensativo, con algo de sorpresa, durante un instante.

—Quizá —dijo finalmente.

—Porque… has mencionado Norteamérica tantas veces… y sé que necesitan doctores allí. Quizá la necesidad sea tal que no tengan prejuicios ante una doctora —dijo Serena con timidez.

—Quizá —repitió Darien, y sonrió para suavizar el cambio de tema—. Mañana, trae una cesta de picnic a la caballeriza. Guarda tan sólo un vestido y un par de botas. Tendrás dos días de campo esta semana, pequeña Sere. Cuando elijas los vestidos, capas y mudas, recuerda que debemos viajar sin demasiado peso.

El corazón de Serena comenzó a latir con fuerza.

—La boda es el domingo —dijo.

—Es una lástima que no vayamos a estar, ¿no es así?

—Lady Beryl.

—Sí, querida, eso ha estado muy bien, de verdad, muy bien —dijo ausente Gillian, lady Beryl.

Su joven alumna brillaba y, llena de ánimo, volvió a tocar la trompeta una vez más. Los gritos y chillidos resultantes debían componer Greensleeves. «Algún día», pensó en la distancia lady Beryl, «quizá suene como Greensleeves». Esta alumna, en particular, la hija de un excéntrico terrateniente escocés llamado Honeywell no tenía aptitudes en absoluto, pero lo compensaba con un alto grado de entusiasmo en todo lo que hacía. Lady Beryl creía en la importancia de premiar con entusiasmo. «No se logra nada sin entusiasmo», pensó.

Tenía una carta que le habían entregado más temprano. Estaba dirigida a ella con un estilo de escritura que le resultaba familiar y, mientras su alumna practicaba, pensó que debía leerla. Lady Beryl siempre había tenido la capacidad de hacer varias tareas al mismo tiempo; escuchar y evaluar a un alumno de trompeta, mientras leía el contenido de una carta no sería un gran desafío.

Buscó en el bolsillo de su delantal los anteojos y los colocó sobre la nariz.

Querida tía, leyó mientras la señorita Honeywell hacía ruido.

«¡Querida tía! ¡Quién diablos!»

Espero que goce de salud. Si no tuviera fe en su admirable constitución física y una razón acuciante por la cual deba darme a conocer, no la asustaría con una carta. Sin embargo, en este momento, tengo ambas. La tía Gillian Beryl, que recuerdo se sentirá complacida e incluso divertida, creo, en lugar de perturbada, al oír de mí; y encontrará en su corazón el modo de disculparme cuando aparezca en persona para contarle mi historia.

Estoy vivo y bien, tía, no morí en el campo de batalla, como se presumió. Estoy en mi sano juicio y gozo de buena salud. Y aunque no espero que me reciba en su casa, le escribo para pedirle un favor: tengo una amiga, una joven mujer que desea escapar de un inminente y aborrecible matrimonio. Su inteligencia la deleitará, estoy seguro de ello, y creo que en ella encontrará a una entusiasta alumna y un alma semejante. Cuando la conozca, sé que no considerará mi acción como impulsiva; más bien creerá lo que digo: he hecho lo correcto bajo estas circunstancias.

Le pido disculpas si esto es una carga para su conciencia, pero le ruego no le mencione esta carta a nadie. No tengo intenciones de recuperar mi título, ni mis propiedades, ni de desplazar a Tom de su rol actual. Encomendaré a mi amiga a su custodia y luego dejaré el continente. Llegaremos a Escocia a finales de junio. Su querido sobrino.

Endimion.

Leyó la carta dos veces, primero para comprender el contenido; luego, para saborearlo. A continuación, Gillian Beryl dejó la carta sobre su regazo.

Ese joven sinvergüenza estaba vivo. Los recuerdos comenzaron a aparecer al azar en su memoria, como murciélagos dormidos e inquietos por la luz del sol.

Endimion era el hijo mayor de su hermana, Elise, y lady Beryl siempre había culpado al anciano duque por su muerte. Pero ahora esbozó una sonrisa. «Ah, su hijo, al final le devolvió una a ese viejo cabrón», pensó. «Está vivo. Y gracias a usted, no quiere su legado. Ni siquiera sabe que su hermano ya no está vivo. Quizá pueda ayudarlo a cambiar de idea. Pero, quizá, la mejor revancha sea ayudar a Endimion para que viva la vida que desea vivir en lugar de la que ha forzado usted en él».

Por lo general, lady Beryl disfrutaba de la venganza. Su escuela para niñas era una especie de venganza. Su esposo escocés y conservador había muerto y le había dejado una gran cantidad de dinero. Como buen protestante, se hubiera horrorizado al descubrir que la señorita Honeywell tocaba la trompeta en el salón.

«Veré qué puedo hacer por Endimion y su joven amiga», pensó lady Beryl. Y su corazón dio un brinco ante dicho pensamiento.

«Cabe la posibilidad de que nunca vuelvas a ver a tu familia».

Las palabras de Darien resonaban en la cabeza de Serena mientras dejaba la caballeriza. Era cierto lo que le había respondido a Darien; había analizado las posibles consecuencias de escapar. Creía con firmeza que era lo que debía hacer.

Sin embargo, no significaba que fuera fácil de llevar a cabo.

De regreso a su hogar, Tomó otra decisión, también arriesgada. Pero una vez más, Serena sintió que debía hacerlo. Quería despedirse de Rei; de algún modo sentía que no podía irse hasta que no tuviera la aprobación y la comprensión de Rei, porque era posible que su desaparición afectara el futuro de su bella hermana.

Encontró a Rei en su habitación, con la cama cubierta por un reguero de colores y telas, sedas brillantes y opacas, relucientes satinados, finos lazos y gasas: el guardarropa para la temporada en Londres. Rei estaba en medio de todo eso; una expresión de incrédulo arrebato en su rostro.

—Rei…

—¡Oh, Serena! ¡Me has asustado! Estaba pensando en las combinaciones. ¿Qué crees? ¿Te agrada la seda color lavanda con las zapatillas rosas, o quizá con el más oscuro…

—Rei.

Esta vez, Rei percibió la nota de apremio en la voz de Serena. Levantó la mirada, sorprendida.

—Debo contarte algo —comenzó a decir Serena, con cuidado.

—Serena, ¿te sientes mal? ¿Llamo a nuestra madre?

—¡Por el amor de Dios, no! Es… Rei… por favor, escúchame. Si existiera la posibilidad de… evitar el matrimonio con lord Furuhata… ¿lo aprobarías?

Rei parecía inquieta.

—Bueno… no depende de mí estar de acuerdo o no, Sere, pero… —Rei inspiró profundo—. Me preocupo más por tu felicidad que por mi honor, si esa es tu pregunta —dijo con determinación.

Las palabras vibraron en el aire.

Serena inspiró profundo.

—Rei, no voy a contraer matrimonio con lord Furuhata.

—¡Pero cuándo, cómo, la boda es el domingo!

—Tengo la intención de… no ir a la boda.

Serena miró fijamente a Rei, a aquellos ojos azules y cristalinos, para que entendiera el significado de sus palabras.

Y después de un instante, Rei comprendió el mensaje.

—Tengo algo de dinero, Serena —dijo lentamente—. Puedes llevártelo. Pero, Serena, por favor, ten cuidado.

Rei levantó la tapa de su joyero y extrajo un billete de una libra.

—Es una apuesta que le gané a Susannah Carson. Pensé que su sobrino sería un niño. Me equivoqué. Su sobrina nació la semana pasada.

—¿Apuestas? ¿Citas? ¿Qué haremos contigo, Rei Tsukino? —bromeó Serena—. No creo que el sacerdote considere estos acontecimientos como paradas en el camino hacia la rectitud.

Rei dejó el billete en la mano de Serena con un apretón y una mirada resuelta y suplicante. Compartieron un momento de incómodo silencio.

—No he venido por el dinero, Rei.

—Lo sé. Pero lo necesitarás.

Serena esbozó una débil sonrisa.

—Sólo quería que supieras que yo… te echaré de menos.

Aparecieron lágrimas en los ojos de Rei.

—¡Oh, Serena! ¡Es por mi culpa! Si sólo…

—Por Dios, Rei —exclamó Serena una vez más—. Pensé que habíamos quedado en culpar a Furuhata.

—Pero… cuando contraiga matrimonio con un conde… Sere, quiero que estés allí.

—Quiero estar allí, también, Lor. —Oh, qué bien, ahora ella también iba a llorar—. No le dirás a nuestra madre o…

—Nunca. Quizá sea culpa de ellos.

Serena no estaba acostumbrada a disentir en ese momento.

—Sólo quería decirte que sé lo que estoy haciendo y que estaré muy bien.

—¿Cuándo…?

Serena negó con la cabeza.

—Es mejor que no lo sepas. Nuestros padres lo descubrirán en ti de algún modo y te considerarán una cómplice. Intenta ser feliz por mí, Rei. Te prometo que seré más feliz lejos de Furuhata que unida a él.

—Bien. —La voz de Rei fue suave y triste.

—Y cuida a Pepper en mi lugar.

—Está bien.

—Y… —Pero Serena no pudo terminar la frase por las lágrimas, y en realidad no quedaba demasiado por decir. Besó a su hermana en la suave y pálida mejilla y se fue deprisa de la habitación.

Serena revisó el estante superior de la biblioteca en busca del infame libro de su padre, Libro de anaTomía de Caldwell, para echarle una última mirada a todas esos dibujos escabrosos y palabras arcanas antes de que fuera forzada a abandonarlo para siempre. Tenía un gesto de concentración en el rostro y con el pie producía un sonido rítmico mientras buscaba, en vano. Por lo general, todo el cuerpo de Serena participaba del humor que tuviera ante determinada situación.

Era la víspera de su partida. Durante los últimos días, había intentado, en mente y corazón, despedirse de todas aquellas cosas que amaba: el jardín, el manzano, los caballos, los perros, su madre y su padre; y de Rei, que insistía en mirarle con rostro triste. Por fortuna, sus padres parecían abstraídos.

Sin embargo, todo lo que amaba había Tomado una nueva forma siniestra; cada cosa parecía un barrote, inofensivo, de la fina prisión que había ocupado hasta ese momento. Quizá lloraría por ellos más adelante.

En aquel momento, la irritación que sentía y que había crecido en magnitud durante toda esa mañana se debía a Darien. Aunque nunca se le cruzó por la cabeza dudar de si Darien lograría llevársela en secreto de la Casa de los Tsukino y de la pesadilla de la inminente boda (Darien era, después de todo, increíblemente competente), estaba molesta porque no le había permitido participar en la planificación de su propia fuga. Serena había Tomado la decisión de irse por impulso, pero había reconsiderado esa decisión más tarde, con cuidado y seriedad, y había seguido adelante con gran madurez. «Darien», pensó, «debería haberse impresionado de su serenidad y haberla convertido en parte de su plan. En cambio, se comportaba como su padre o como Furuhata: totalmente seguro de que ella haría lo que le dijera. Darien, sobre todo, tendría que saberlo», pensó.

Ansiaba la oportunidad de demostrarle su ingenio. Mientras giraba para examinar la siguiente biblioteca, sus ojos divisaron la pesada e imperecedera chaqueta gris colgada en el respaldo de la silla. «La chaqueta de mi padre», pensó con picardía.

La inspiración la Tomó por sorpresa.

Miró a hurtadillas hacia la puerta de la biblioteca e introdujo la mano en el bolsillo externo izquierdo de la chaqueta. Sin desanimarse, deslizó su mano hacia el bolsillo derecho y hurgó allí. Nada.

Al final, con cuidado, levantó la chaqueta del respaldo de la silla y buscó en el bolsillo interno. Su corazón comenzó a latir con fuerza cuando su mano se deslizó sobre un objeto que hizo un ruido prometedor. «¡Dinero!». Podría contribuir con algo de dinero para el viaje, ya que no podía hacer otra cosa. Introdujo los dedos en la abertura del bolsillo… y extrajo un billete de una libra. Muy decepcionante. Serena suspiró. Esperaba una cantidad mucho mayor.

Sin embargo, había algo más en el bolsillo. Algo frío, suave y más pesado que una moneda. Cerró los dedos sobre el objeto y lo cogió.

Era un relicario de oro, un simple óvalo brillante que colgaba de una cadena larga y fina que le provocó un cosquilleo en la palma de la mano. Lo miró con gran sorpresa. ¿Qué diablos hacía su padre con una joya de mujer?

Serena deslizó el dedo pulgar por el borde del relicario y quedó sin aliento cuando lo abrió.

Dentro había un retrato en miniatura de una hermosa mujer, el rostro posaba con la seguridad que le daba su propia belleza, inteligente debido a los señoriales ojos azules y la barbilla hacia arriba. El cabello, un complejo arreglo de rizos, era negro brillante, y la boca rosada se torcía en las comisuras y formaba un gesto que parecía una sonrisa. Una pluma de pavo real formaba un arco por encima de la cabeza. Serena observó el retrato, confundida e hipnotizada, como si pudiera encontrarle sentido con sólo mirarlo.

Se le heló la sangre cuando escuchó unos pasos en el pasillo. El ruido medido y eficiente de las pisadas pertenecía a Gilroy, quien, sin duda, quería cerciorarse de que no quedaran copas de brandy vacías en la biblioteca y de rellenar el decantador de su padre. Serena guardó deprisa el billete de una libra y el relicario en su bolsillo, secó las manos sudadas en el mandil, enderezó los hombros y se dirigió hacia la salida de la biblioteca del modo más casual que su acelerado corazón y su culpable conciencia le permitieron.

—Oh, hola, señorita Serena. —Gilroy parecía poco sorprendido. Echó una mirada por encima de su hombro y luego, con un murmullo, añadió—: Ha escondido el libro, ¿sabéis?

—Lo supuse, Gilroy —dijo Serena, más enfadada de lo debido. Recordó sus modales tarde, asintió con la cabeza, pasó junto al confundido mayordomo y casi corrió por el pasillo.

Gilroy la observó irse.

—Y yo que esperaba que la señorita Serena se quitase de encima a ese joven Furuhata —se dijo con tristeza a sí mismo mientras recogía las copas de brandy vacías.


Hola chicas...

Bueno, bueno...ya saben los que hizo Darien jajaja "no debes uirte a él" que lindoo..."maldito, maldito, maldito" jejejeje, en esta historia, creo qque como ya les había comentado, tiene varias cosas que dan risa... Ü Ahora los reviews :D YEAH!

Princess Rei of Mars: Jajaja, preferí dejarles la sorpresa porque si no ya no te provocaría emoción XD Sipi, pronto sabrás que es lo que hará Andrew para tener a Sere XDXD Ahh! Por cierto, digo que no es lemmon wooooow, son nada más unas costas tiernas :3

ELOY_UAGUI: Jajaja, bueno, ya sé ahora quien es anónimo XDXD Mi firma! creo que está aburrida, antes tenía un video XD pero lo quite por que decían que estaba muy largo XDXD que bueno que te animaste! yeah! Ahh! y sobre como dejar un comentario, cuando empieces a escribir un comentario, arribita dice: "Name: " y al lado esta un cuadrito para ponerte un nombre :) espero no te confundas, no sé explicar muy bien XDXD Acá ya viste que no se casan :D y te explico, Darien es un duque y no le gustaba su vida...METODO DE ESCAPE DE EL: unirse al ejército e ir a la guerra, al ser herido junto a su compa Kelvin, este lo ve como una oportunidad, su compa Kelvin muere, y ay una confunsión, confunden a Darien por Kelvin y a Kelvin por Darien, a los familiares de Darien le dicen que esta muerto...Darien escapa y se pone a trabajar en las caballerizas de Sir Kenji y es así como conoce a Serena :) jajaja espero hayas entendindo mejor XD BYE BESOS

marceila: jejeje no te preocupes, es para que no haya confunsión :) yo tambien quiero un Darien :D ya dije que lo pedí primero XDXD jajaja pronto leerás mas cosas sobre Darien :) sí, Serena es alguien "loca" en esa época pero Darien es muy comprensivo :P ¬¬ Maldito Furuhata, como ke golpear a Serena...HAHAHAHA cuano Sere tira a Drew XDXD me dio risa risa risa XP Ya viste no se han casado aún XD pero pornto leerás que pasa...BESOS

Elsy82: Si, Drew se enamora de Sere O.o o eso es lo que dice la historia, veamos luego que nos aclaren la duda XDXD casi al final de la historia verás los sentimientos de Drew...BYE BYE ADIOSITO ABRAZOS :D

Ahora sí, me despido y mañana espero publicar otro cap :3

Atte.: MONI