Acá les dejo otro capítulo del Duque Rebelde, sé que les va a gustar :) Comentarios y demás abajo...Recuerden que esta historia le pertenece a Long Julie Anne, sólo la adapté. La mayoría de los personajes pertenecen a Naoko Takeuchi :3
Capítulo 5
«Los primeros rayos del amanecer siempre parecen oscurecer en lugar de iluminar», pensó Darien con algo de satisfacción. Aquella mañana, entre todas las mañanas, lo favorecía. Rodeó el robusto caballo gris que permanecía entre los ejes de la carreta y deslizó sus dedos por debajo de la cincha de cuero una vez más para asegurarse de que el arnés estuviera ajustado.
Darien concluyó que era beneficioso, claro y simple que sir Kenji Tsukino hubiera decidido aprovechar uno de los viajes de rutina de Darien al pueblo en busca de provisiones con una visita a un terrateniente de South Greeley para inspeccionar una yegua en venta a una increíble y razonable suma.
Naturalmente, Darien había pensado que ese viaje era una muy buena idea.
El resto del plan estaba en su imaginación: una querida amiga, una mujer, que le había hecho un gran favor. Una ciudad llamada Sheep's Haven, lo suficientemente lejos de la carretera como para que cualquier perseguidor desechara la idea de seguir el rastro. Un pabellón de caza bien escondido en una finca que alguna vez había sido el purgatorio y el paraíso para un joven niño. Y su tía, la hermana de su madre, que dirigía una escuela para niñas en Escocia, el destino final.
Y luego iría en busca de su nueva vida en Norteamérica, la vida que sólo había pospuesto por los Tsukino.
Con algo de suerte, los Tsukino tardarían por lo menos un día en hacer la conexión entre el viaje a South Greeley y la desaparición de Serena; eso les daría un preciado día de anonimato en la carretera. Y se suponía que Darien no regresaría hasta dentro de una semana. Para entonces, sir Kenji, lady Tsukino y Rei estarían en Londres, ya que dudaba que una hija desaparecida hiciera que lady Tsukino pospusiera la temporada en Londres.
Una vez terminada la inspección del arnés, Darien se inclinó hacia delante para coger la cesta con el almuerzo que la señorita Hakette, el ama de llaves, le había preparado. Se dirigió a la parte trasera de la carreta y levantó la lona para guardar la cesta junto con los sacos de comida que ya se encontraban allí.
—No te muevas. No hables. Respira sólo lo necesario —pronunció debajo de la lona, y luego la bajó una vez más.
La carreta se movió y rechinó cuando Darien se subió. Luego, con un chasquido de las riendas, el caballo gris trotó deprisa y salió de la caballeriza.
Furuhata contemplaba una enorme abeja que revoloteaba sobre una de las esponjosas rosas de Damasco que bordeaban el jardín delantero de la casa de los Tsukino. Le obsequió una sonrisa benevolente y soñadora. «Soy como la abeja», pensó «y mi dulce Serena es como la rosa. La abeja busca beber el néctar de aquellos pétalos perfumados de la rosa, y…».
Algo interrumpió su pensamiento, giró sobre el banco de piedra y guió su mente hacia una preocupación más inmediata; una que tenía poco que ver con la propiedad y mucho, con su reciente descubrimiento del honor. Debido a la rapidez de los procedimientos, había invitado tan sólo a una persona a la boda, y el estrépito de las pezuñas en el patio anunciaba su llegada en un carruaje que llevaba el escudo de armas de Dunbrooke. Furuhata, de pie y sin el sombrero, observó mientras Lita Mamoru, duquesa de Dunbrooke, descendía del carruaje, ayudada por uno de los entusiastas lacayos de los Tsukino.
Llevaba puesto un sombrero de discreta confección con una pluma azul que se agitaba. Furuhata sonrió. Era casi cruel el modo en que Lita siempre realzaba con gran habilidad sus extraordinarias facciones con unas trencillas por aquí y unos lazos por allá. Era una de sus armas, y no la única. Furuhata observó cómo Lita le daba instrucciones a su criada y al pequeño sirviente de tez oscura que siempre parecía estar cerca de ella. Finalmente, el grupo de sirvientes se diseminó por la casa con pasos titubeantes, debido a las maletas que cargaban.
Luego se volvió y vio que Furuhata la esperaba en el jardín delantero, como habían acordado, y se dirigió hacia él.
Lita relucía mientras caminaba, el movimiento era el resultado de la unión entre la luz del sol y el aire. Su rostro mejoraba, como un lirio, sobre el delicado tallo del cuello. Y un rizo azul oscuro y brillante acariciaba adrede la curva de su mejilla, como la nota final de una sinfonía. Pero como todo lo demás relacionado con Lita, Furuhata sabía que su aire etéreo era una ilusión. Lita Mamoru podía sujetar sus sedosos muslos alrededor de la cintura de un hombre por vicio y, más de una vez, la había oído gemir como un hada que anuncia la muerte, en el momento de…
Comenzaba a sentirse excitado.
—Drew —dijo con voz musical, extendiendo una mano revestida de seda azul.
Furuhata recibió aquellos dedos e hizo una reverencia.
—Lita. Eres… una visión. Me quitas el aliento, como siempre.
Su risa sonaba como el tintineo de pequeñas campanas desperdigadas sobre la hierba.
—Veo que tu lengua con pico de oro no ha sido manchada por tu prolongada estancia en el aire húmedo de la campiña, Drew. Una vez más estoy bajo tu merced.
«Lita no parece estar a merced de nadie», pensó Furuhata. Le echó una mirada por debajo del ala del cómodo y pequeño sombrero de paja. Esos ojos eran otra de sus armas: un límpido zafiro rodeado por un borde azul oscuro, enormes con sólo un atisbo de discordia en ellos. La expresión en ellos pocas veces se modificaba. Siempre habían reflejado un grado de irónica diversión, frío desapego o desafío sutil. Furuhata los había considerado una vez como la cima de la sofisticación, el control que tenía de cada situación era sobrecogedor. En ese momento descubrió que prefería la incertidumbre, en especial la incertidumbre que le causaba una mujer de cabello rojo.
—Es verdad que aún no he sido manchado, Lita. Pero, ¿detectas quizás una… pátina de felicidad?
—Una pátina de felicidad —repitió lentamente con incredulidad, mientras retiraba sus dedos—. Oh, querido.
—Sí, es verdad, Lita —agregó Furuhata con solemnidad, mientras la guiaba hacia el banco y se sentaba junto a ella—. Estoy enamorado. Por primera vez en mi vida.
Furuhata nunca se hubiera imaginado que alguien cuyo nombre había pronunciado más de una vez en la agonía de la pasión, se estremecería al escuchar esa confesión. Pero si Lita se sintió herida, no lo demostró; sus ojos apenas se agrandaron y el brillo aumentó.
—Ah, entiendo —dijo—. Estás enamorado. Eso explica el discurso recargado. ¿Estás enamorado de tu prometida? ¿Esa niña Tsukino, esa…?
—Serena —señaló Furuhata con ensoñación, ya que no podía pronunciar ese nombre de otro modo.
—Serena. ¿Y está enamorada de ti?
Furuhata se sorprendió ante esa pregunta. Había estado tan ocupado en su enamoramiento de Serena que no había prestado atención a si ese sentimiento era recíproco.
—Seremos esposos pronto. Apenas importa, ¿no?
—Oh, apenas —acordó. Furuhata no notó el deje de ironía en la voz: el amor lo protegía—. ¿Y que harás con una esposa una vez que hayas contraído matrimonio?
—¡Vaya! —exclamó, e hizo una pausa. Ese era otro tema que no había considerado. Tenía una vaga imagen de Serena bordando cojines en la sala de la casa mientras él se ocupaba de sus asuntos en Londres.
—¡Oh! Seré feliz, por supuesto.
—¡Oh! Por supuesto. ¿Y este matrimonio te ayudará a concluir nuestro… acuerdo financiero? —preguntó Lita con delicadeza.
—Por supuesto —respondió Furuhata mientras sus mejillas se sonrojaban—. Lamento la necesidad de… aprovecharme de tu generosidad…
Una de las cejas de Lita se arqueó hasta el nacimiento del cabello ante aquellas palabras, y la comisura de su boca se elevó en un gesto de escepticismo, pero asintió con la cabeza y alentó a Furuhata a que siguiera adelante.
—Y soy feliz por no tener la necesidad de vivir de tus fondos. Sir Kenji Tsukino ha sido bastante generoso en el acuerdo nupcial.
—Será perdonado y olvidado, Drew —le aseguró.
Aunque la había extorsionado hacía ya un tiempo, Lita no mentía acerca de perdonarlo. Había apreciado la desesperación que había llevado a Furuhata a que la extorsionara. Después de todo, Drew era un tío que buscaba oportunidades. Uno hacía lo que podía para sobrevivir en el mundo, y si Lita tenía su propio credo, ese era. No significaba que toda la situación no le provocara resentimiento; pero ahora que estaba a punto de acabar, sentía que las sensaciones desagradables eran un gasto de energía. En general, Drew la divertía.
—Perdonado y olvidado, eso es, una vez que el objeto de joyería sea devuelto. —Apoyó la mano revestida de azul sobre la parte superior del muslo de Furuhata para hacer énfasis. Sus ojos volvieron a abrirse ante lo que encontró su mano.
—Me has echado de menos, Drew, ¿verdad? —murmuró. Levantó la mano lentamente.
—Uh… —Furuhata se sonrojó y miró a aquellos conocidos ojos azules como una coneja asustada. Luego Tomó coraje y buscó el relicario en el bolsillo interno de su chaqueta.
El bolsillo estaba vacío.
Sus dedos hurgaron en los recovecos del bolsillo. Estaba vacío. Totalmente vacío.
—Estaba aquí, lo juro. Nunca lo saqué de aquí, tiene que estar aquí, también falta mi billete de una libra —murmuró, perturbado.
Lita permaneció estática; luego se volvió lentamente y fijó sus ojos azules en Furuhata, quien se sintió aterrorizado. Ya había recibido otras veces aquella particular falta de expresión, y siempre lo aterrorizaba de un modo que no terminaba de comprender. Era como si Lita hubiera cambiado su cuerpo por completo y dejara detrás a una extraña llena de una indiferencia tan absoluta que parecía capaz de cualquier cosa.
Buscó en los otros bolsillos, alterado, y miró a su alrededor y cerca del banco, pero supo que era inútil. Durante todo el tiempo que había estado en su posesión, había guardado el relicario en el bolsillo interno de su chaqueta.
Al final dejó de buscar y cerró los ojos con fuerza, lleno de incredulidad. Había desaparecido.
Lita y Furuhata levantaron la cabeza de sus respectivos tormentos cuando oyeron el crujir de unas pisadas delante de ellos. Era Gilroy, enrojecido, confundido y casi tan agitado como Furuhata.
—Siento perturbaros, lord Furuhata, Su Excelencia, pero, ¿habéis visto a la señorita Serena durante el día, lord Furuhata?
Furuhata arrugó el entrecejo.
—No, Gilroy. Pensé que se estaba vistiendo para el almuerzo.
—Parece haber… bueno, sir…
—¿Qué sucede, Gilroy? —La voz de Furuhata se había tornado débil del temor.
Gilroy se rindió con un suspiro.
—La señorita Serena ha desaparecido, lord Furuhata. Y sir Kenji desea veros tan pronto como sea posible en la casa. Si me permitís, sir.
Furuhata comenzó a sentir un ruido. Sintió que le faltaba el aire como para permanecer de pie.
—Ven, Drew, vayamos a ver de qué se trata todo esto, ¿de acuerdo? —dijo Lita con dulzura. Lo Tomó por el brazo y casi lo levantó del banco. Juntos, siguieron a Gilroy hacia la casa.
Sobre un caballo, la carretera que salía de la finca del padre de Serena siempre había parecido civilizada. Sin embargo, la carreta revelaba otra cosa; se tambaleaba sobre incontables salientes, guijarros y surcos con sádico esmero. Pronto, Serena estuvo convencida de que, para cuando llegaran al pueblo, tendría astillados los huesos en su piel y los dientes se moverían dentro de su boca como dados en un cubilete.
Y la advertencia de Darien de que no respirara se había vuelto innecesaria. La respiración había dejado de ser un pasatiempo atractivo cuando se dio cuenta de que lo que hubiera ocupado la carreta antes: ganado muerto, o nabos podridos habían dejado su aroma allí.
En la carreta, midió el paso del tiempo por el calor creciente del sol que se colaba a través de la tela que la cubría. Gracias a Dios, después de lo que Serena estimó en horas y horas, Darien detuvo el caballo. La carreta se columpió y crujió cuando Darien descendió, oyó que sus pasos se dirigían hacia ella.
—¿Serena? —murmuró.
—¿Quién, si no? ¿El duque de Wellington? —dijo de mal humor, mientras la tela que la cubría se corrió para revelar los blancos y brillantes dientes de Darien que semejaban una luna creciente.
—Un paseo movido, ¿eh, pequeña Sere? Se vuelve más suave arriba, pero teniendo en cuenta que estás huyendo, pensé que lo mejor sería que viajaras como cargamento.
Sus enfados con Darien nunca eran muy largos. Le devolvió la sonrisa.
—¿Dónde estamos?
—Ven —señaló, y extendió la mano. Serena la asió; era una mano cálida y áspera, tenía vello negro en la muñeca. Sorprendida, se dio cuenta de que quizá no había sostenido esa mano desde los doce años. La sensación era nueva y extrañamente intemporal, y sintió un pequeño impulso de examinarla como lo haría con cualquier tesoro nuevo. Pero Darien tiró, y los quejosos músculos y huesos de Serena se pusieron de pie en la parte trasera de la carreta.
Frente a ellos había una pequeña choza, limpia pero deteriorada por el tiempo; había una mujer en la entrada. La mujer deslizó una mano por su cabello claro, que formaba una larga trenza que caía por encima de su hombro, y luego se frotó las manos en el delantal.
—Me encuentras haciendo las tareas diarias, Darien Chiba —dijo la mujer, regañándolo en broma.
—Oh, sí, mi medición del tiempo no es siempre la correcta, Mina, querida. Esta es la amiga de la que te he hablado. Señorita Serena, señorita Mina Gilhooly.
Mina y Serena se miraron. Mina tenía hermosa piel, enormes ojos negros bajo de unas cejas anchas y rectas, y boca generosa enmarcada por tenues estrías. «Era muy bella y mayor», decidió Serena, «alrededor de treinta años». El vestido estaba limpio, pero descolorido, como la parte exterior de la choza.
—Parece que no vas a huir con una jovencita poco agraciada —añadió Mina, Darien comenzó a reír y tuvo que ser silenciado por una Mina enérgica.
—Entrad los dos, no tenéis un minuto que perder. Podéis alquilar un coche hacia el norte, en St. Eccles, pero será mejor que lleguéis allí antes de que oscurezca. Coged la ropa y una taza de té e iros. —Mina permaneció a un lado e hizo gestos con la mano para que se apresuraran a entrar a la choza.
De pronto, Serena se sintió tímida, demasiado joven ante la habilidad enérgica de Mina, y se preguntó cómo diablos la habría conocido Darien.
—Darien primero —aclaró Mina. Señaló una pila de prendas de vestir dobladas con cuidado sobre la mesa de la habitación principal.
—Usa mi alcoba para vestirte, Darien. Pondré el hervidor a calentar.
Serena permaneció avergonzada en el centro de la habitación principal, mientras observaba cómo Mina asía deprisa unas tazas y platillos de un estante.
—Siéntate, Serena —le ordenó, mientras corría una silla de la mesa. Serena, agradecida de que le dieran algo que hacer, hizo lo que le ordenaron.
—Ahora, jovencita —continuó Mina con amabilidad y practicidad—. No debes estar avergonzada. Me alegra poder ayudaros. Le di mi juventud a un hombre salvaje porque mi familia así lo había dispuesto, pero con cada respiración sentía una terrible angustia. Estuvimos unidos en matrimonio durante diez años. Murió ebrio bajo las pezuñas de una mula y ha sido duro, pero he tenido una vida mejor sin él. Me dejó sin hijos, pero la casa es mía, la mula y las gallinas me pertenecen, este pequeño trozo de tierra me pertenece, y nadie es dueño de mi ser. La vida es dura para una mujer, Serena, como aprenderás, y muy pocas veces somos libres, pero si nos ofrecen libertad, vale la pena el precio que se debe pagar por ella.
Como para demostrar el precio, Mina extendió las manos hacia delante y sonrió ante ellas; tenían nudillos y estaban ásperas, cubiertas de cicatrices, las uñas cortas. Tenían veinte años más que su rostro.
Atónita y embriagada ante la primera dosis de honestidad adulta que siempre había escuchado de boca de Darien Chiba, Serena fijó los ojos, con envidia y aversión, ante esas manos que podían labrar, hornear, plantar, arrastrar, sufrir y decidir. Era apasionante. Tal como había sospechado, la vida era confusa y fascinante, y tenía muy poco que ver con lo que había vivido hasta ese momento. De pronto, sintió la necesidad de conocerlo todo y olvidó su fatiga.
—Furuhata dijo que sospechaba que tendría el deseo de golpearme con frecuencia. Pero me escribe poesía. Y es un barón —comenzó a decir Serena con sensación de culpa. Por alguna razón, quería la absolución de aquella mujer. Deseaba oír los pensamientos de Mina acerca de cambiar un matrimonio y una vida cómoda por otra de imprudente inseguridad.
—Las prisiones pueden ser de terciopelo —comenzó a decir Mina con un bufido falto de interés. Ya estaba convencida de la falta de valor de Furuhata—. Si tienes suerte, el amor y el respeto pueden crecer en un matrimonio, pero el hombre muy pocas veces ve la necesidad, ¿sabes? Si el hombre puede hacer lo que guste, ¿qué necesidad tiene de aprender a amar a su esposa? Puede andar por ahí con sus negocios, sus apuestas, otras mujeres y, por qué no, satisfaciéndose a sí mismo. La esposa es su propiedad y su yegua. —Se detuvo para ver si Serena se había sonrojado y rió al notar que no había sucedido nada de eso.
—Sé lo que es una yegua —confirmó Serena.
—Pero quiero decirte que existe el amor —dijo Mina—. Y Dios quiera que el amor te encuentre algún día y seas capaz de conservarlo sin pagar un alto precio por ello.
Serena asintió con la cabeza. Pensó en sus padres. Esa no era una gran historia de amor. Era una historia de tolerancia y practicidad. Serena tuvo la sospecha de que ella estaba destinada a algo completamente diferente, algo que aún no podía definir.
—¿Y dónde te llevará Darien exactamente? —inquirió Mina.
—No… no lo sé aún. No quiere decírmelo.
Por un instante, hubo preocupación en la mirada de Mina. Serena se sonrojó porque su respuesta había sido ingenua, aun para sus oídos. «Lejos» había sido el destino, no hacía más de un día atrás.
—Serena, Darien es un hombre extraño, pero ningún hombre vivo merece esa clase de confianza.
—¿Le estás llenando la cabeza a Sere con tus palabras revolucionarias, Mina? —preguntó Darien al salir de la alcoba.
Las mujeres lo miraron, sorprendidas. La camisa con las mangas arremangadas, los pantalones de trabajo, las botas llenas de rozaduras y el uniforme del encargado de la caballeriza habían desaparecido. En cambio, llevaba unos pantalones marrones, una chaqueta de fina lana oscura abierta sobre un chaleco a rayas doradas y naturales, y un par de botas casi nuevas y brillantes. Una corbata de seda conservadora, más blanca que las nubes de verano, se veía bajo la barbilla. En una mano sostenía un par de guantes de seda marrones; en la otra, un sombrero.
—Sí, pareces un maldito lord —arrastró las palabras, pero su mirada se había suavizado.
—Gracias a tu habilidad para adquirirlos, Mina —respondió Darien, también con mirada suave.
—Ah, pero lo hice con tu dinero. No puedo llevarme todo el mérito —respondió Mina, y Darien se echó a reír.
Serena estaba asombrada del cambio que se había producido en Darien. Parecía a gusto con esa ropa, más que Maharajah en su propia piel; ese cuerpo largo y elegante era casi atrevidamente real mientras permanecía allí con el sombrero entre ambas manos. Las rayas del chaleco resaltaban y combinaban a la perfección con los destellos dorados de sus ojos, los suaves pliegues de la corbata acentuaban las líneas temerarias de su mandíbula y sus pómulos. Era débilmente perturbador, porque aunque Serena sabía que la ropa era un disfraz, de algún modo extraño parecía revelarlo tal cual era.
—Pequeña Sere, a partir de ahora mi nombre será señor Jonathan Hazelton, abogado, y tú serás mi tímido y muy tranquilo sobrino… Ned. Sí, creo que Ned te sienta bien.
—¿Debo vestirme como un hombre?—. El interés de Serena se despertó. Darien supo que esa parte de la fuga le atraería.
—Sí, mientras dure el viaje en coche, tendrás que ser un muchacho. Ahora sé una niña buena y ve con Mina a su alcoba para vestirte.
En pocos minutos, Mina le había quitado a Serena su vestido y la había ayudado a ponerse unos pantalones claros (un poco grandes, pero eso era mejor, ya que así disimulaba las inconfundibles curvas femeninas de su cadera) y una holgada camisa blanca. Mina emitió un sonido de preocupación ante el tamaño de los senos de Serena, pero una vez que se puso la enorme chaqueta, decidió que todo el disfraz era apropiado.
—Ahora debemos hacer algo con tu cabello —sostuvo, pensativa—. Darien, tráeme por favor mi costurero.
Darien, también conocido como señor Hazelton, apareció un instante después con el costurero.
Mina hurgó hasta que encontró un par de tijeras y Tomó un mechón del cabello de Serena.
Ambos, Darien y Serena, gritaron llenos de consternación.
Mina dejó las tijeras a un lado.
—Por favor, no podemos dejar que sobresalga de este modo. La jovencita tiene más cabello de lo que cubriría una gorra. Quedará a la vista con un simple estornudo.
—¿Sólo un poco? —dijo Serena con valentía.
—Ocho centímetros, más o menos —respondió Mina mientras calculaba—. De ese modo, podremos ocultarlo dentro de la gorra, luego juntaremos el resto y los ocultaremos en el cuello de la camisa, y rezaremos para que nadie te mire de cerca.
Serena asintió con estoicismo y cerró los ojos. Snick, snick, snick. Una suave llovizna dorada, rojiza y cobriza cayó a los pies de Serena. Mina barrió el cabello hacia un rincón y, con gran habilidad, ató el resto bajo la gorra de Serena.
—Servirá. Ahora Tomemos el té para que podáis iros.
Guió a Serena fuera de la alcoba y la siguió detrás. Darien permaneció un instante en la habitación. Cuando Mina y Serena estuvieron en la cocina, se inclinó para recoger un rizo cobrizo del pequeño montículo de cabello y lo guardó en el bolsillo interior de su chaqueta.
—Muchas gracias por el té, Mina, pero creo que debemos irnos —dijo Darien cuando llegó a la cocina.
Mina no respondió; quedó inmóvil y miró fijamente a Darien, con una sonrisa débil y triste. Por un instante, le devolvió la mirada, luego miró hacia otro lado.
—Ven —dijo, y le hizo un gesto a Serena para que saliera en primer lugar de la choza—. Eres un jovencito, querido Ned. No puedo ayudar a un chaval como tú a subir a la carreta. Debes hacerlo por ti mismo.
Serena le hizo una mueca para demostrarle que era un desafío demasiado fácil para ella. De algún modo, con poca voluntad, abandonó la calidez de la cocina de Mina. Darien y Mina la siguieron de cerca.
—Adiós y buena suerte, señorita Serena. Dios quiera que el futuro te depare sólo benevolencia —dijo Mina.
—Buena suerte para ti también, Mina. No tengo modo de agradecer tu ayuda y tus palabras de aliento. Nunca lo olvidaré. —Asomaron lágrimas en sus ojos.
—Oh, por favor, los niños no lloran —recriminó Mina—. Sube a la carreta. —Mina le dio un rápido apretujón, un beso en la mejilla y una palmadita impertinente en el trasero.
Serena subió a la carreta y se maravilló de la pecaminosa libertad que le dieron los pantalones. No cabía duda de por qué los hombres se comportaban como si fueran dueños del mundo.
Se volvió para mirar a Darien. Para su sorpresa, vio que Darien le Tomaba ambas manos a Mina y las besaba, Tomándose su tiempo, con gran afecto. Mina colocó sus manos a ambos lados del rostro de Darien por un instante fugaz y luego las dejó caer a un lado de su cuerpo. Darien se alejó.
La eficiencia militar de sir Kenji había reunido a los sirvientes, a Rei y a lady Tsukino en la sala. La primera impresión de Furuhata ante aquella escena fue de rostros pálidos y una sensación de inminente tragedia. Un movimiento le llamó la atención. Lady Tsukino retorcía con crueldad un pañuelo entre dos manos blancas y regordetas.
—Ah, lord Furuhata —comenzó sir Kenji—. Por favor, siéntese. Sólo estábamos intercambiando opiniones… —Se detuvo cuando notó que Lita estaba detrás de Furuhata. Sir Kenji la observó sin pestañear por un confuso instante antes de que su rostro expresara algo parecido a un amable gesto de bienvenida—. Y, Su Excelencia, es un honor y un placer. Sin duda, debe de estar cansada del viaje. Molly la guiará a su habitación y atenderá sus necesidades.
Al oír su nombre, una diminuta criada de cabello oscuro apareció en el rincón de la habitación, perdida y sin saber qué hacer. A continuación, hizo una reverencia. El resto de los sirvientes comenzaron a moverse al igual que Molly e hicieron reverencias también, aunque ninguno estuvo seguro de qué clase de formalidad requería la duquesa, ya que nunca habían estado ante una.
—Oh, muchas gracias, sir Kenji, pero no estoy cansada. —Lita permaneció en el mismo sitio.
Sir Kenji observó a aquella exquisita criatura que estaba delante de él. Una parte de él quería gritar: «¡Fuera de aquí, mujer!»; la otra, la pragmática, sabía que donde había duquesas, debía haber duques y otros títulos nobiliarios, alguno de los cuales quizá necesitara una esposa llamada Rei. Miró a su esposa, quien le devolvió una mirada suplicante que le costó interpretar. ¿Significaba: «Tranquiliza a la duquesa, por el amor de Dios» o «deshazte de ella mientras solucionamos este problema?»
Mientras tanto, los nervios de Furuhata comenzaron a vibrar peligrosamente y temió que estallaran si ese asunto no se resolvía pronto. Estaba seguro de que Lita traería a sir Kenji a la realidad, aunque le llevara toda la noche, y necesitaba ponerle fin a eso. Aclaró la garganta. Todas las cabezas se volvieron para mirarlo.
—La duquesa es una querida amiga de la familia y, como tal, mi felicidad es su preocupación. Su discreción puede darse por hecho.
Aquellas palabras flotaron en el lugar por un instante. El problema de qué hacer con la duquesa había sido resuelto por él: Sir Kenji ignoró las largas formalidades de presentación y fue directo al asunto.
—Quisiera que todos me dijeran cuándo fue la última vez que vieron a Serena. No estuvo en el desayuno, y tampoco estaba en la habitación cuando Rei fue a buscarla. Además, ya hemos verificado que el caballo se encuentra en la caballeriza, que no está en el manzano y que no parece encontrarse en la casa o en los alrededores. Creo que Sahori puede tener algo para decir. ¿Sahori?
—Sir, he dormido profundamente —comenzó a decir Sahori con vacilación.
—Y ronca como un jabalí —dijo en voz baja Tom, el jardinero.
—¿Serena ya no estaba cuando despertasteis? —le preguntó con impaciencia sir Kenji.
—S… sí, sir. Pensé que estaría fuera, montando a caballo. Pero luego noté que parte de su… bueno, que faltan algunas de sus pertenencias, sir. Ropa.
Sir Kenji hizo una mueca con los labios.
—¿Gilroy?
—No he visto a la señorita Serena hoy, sir, pero la vi dos veces ayer. Cuando vos y lord Furuhata fueron al invernadero, sir, aproveché para recoger las copas de brandy vacías de la biblioteca. La señorita Serena estaba en la biblioteca cuando entré. Se fue deprisa, lo que me resultó extraño, ya que Serena acostumbraba a leer allí. Luego, la volví a ver en la cena familiar.
Ante estas palabras, Furuhata sintió un estruendo en sus oídos, vio los labios de sir Kenji que se movían y a continuación los de Gilroy al dar una respuesta, pero observó el cuadro como si estuviera sumergido en agua. El invernadero. La biblioteca. Ayer. Por supuesto.
Ayer, Furuhata había interceptado a sir Kenji en el jardín delantero antes de que Gilroy lo despojara de su chaqueta. Sir Kenji le había ofrecido una copa de brandy en la biblioteca mientras terminaban de discutir el arreglo nupcial y, después de varias copas, Furuhata había colgado la chaqueta en el respaldo de la silla y se había ido con sir Kenji hacia el invernadero para ver más rosas. Estos Tsukino se habían vuelto locos por las malditas rosas.
Estaba claro que su prometida se lo había robado mientras observaba las malditas rosas de sir Kenji. Furuhata se sintió como si lo hubieran atravesado con una horquilla.
Lita contempló el rostro verdusco de Furuhata con fascinación.
—Dígame, sir Kenji —dijo, de pronto—. ¿Serena cuenta con dinero propio?
Sir Kenji desplazó su mirada de Furuhata a Lita, y sus respectivas expresiones parecieron elocuentes, ya que sir Kenji levantó la mano, una orden de silencio para que Lita no expresara su pensamiento.
—Gracias por vuestro tiempo. Podéis retiraos —ordenó sir Kenji a su personal—. Si en algún momento de la semana que viene llego a oír una sola palabra de esta conversación por parte de alguno de los presentes en esta habitación, os echaré a todos y a cada uno sin ninguna clase de deferencia.
Sir Kenji, por lo que sabían los sirvientes, aunque era bueno y amable y, de vez en cuando, ambiguo, no pronunciaba amenazas fútiles. De hecho, no amenazaba. Comenzaron a salir de la habitación, en silencio, como fantasmas. Luego, Molly hizo una reverencia en dirección a la duquesa de Dunbrooke una vez más, lo que generó otra epidemia de reverencias y colisiones entre el personal mientras intentaban dejar la habitación.
—Oh, un momento —ordenó sir Kenji. Los sirvientes se detuvieron—. ¿Dónde está Jenkins? No tú, Jenkins —dijo cuando Tom Jenkins, el jardinero, dio un paso adelante—. Me refiero a Chiba. Darien Chiba. El encargado de la caballeriza. Quiero preguntarle acerca de Serena también, ya que suele pasar gran parte de su tiempo en las caballerizas.
Tom Jenkins aclaró la garganta antes de responder.
—Chiba partió hacia South Greely esta mañana, sir, para ver una yegua de Arabia y traer algunas provisiones para las caballerizas. Estará fuera una semana.
—Oh, sí, por supuesto. —El rostro sombrío de sir Kenji siempre se iluminaba poco—. Al menos ahora hay algo que esperar con ilusión. Una bonita yegua nueva. Un buen chaval, ese Chiba.
Los sirvientes permanecieron inmóviles mientras miraban a sir Kenji con cuidado.
Al notarlo, arrugó el entrecejo un poco.
—Gracias. Continuad vuestro camino.
Más reverencias en dirección a la duquesa y al final dejaron la habitación para alivio de la señora Hackette, el ama de llaves, que no podía hacer reverencias dado su malestar en las rodillas.
—Mis disculpas por interrumpirla, Su Excelencia. ¿Podemos oír de nuevo su pregunta? —preguntó sir Kenji.
—Me preguntaba si Serena tenía dinero propio como para poder alquilar un coche o una habitación.
—Tiene un billete de una libra —barbulló Rei.
Sir Kenji miró fijo a Rei por un instante y luego suspiró, lleno de sufrimiento.
—¿De dónde diablos obtuvo esa libra?
—Yo… yo se la di. Le gané una apuesta a Susannah Carson —balbuceó Rei, quizá al darse cuenta tardíamente de que había tropezado en un caótico sendero.
Lady Tsukino comenzó a sollozar.
Lita le echó una mirada a Rei (una hermosa niña, pero muy… incompleta, aún) con interés. Estas jovencitas Tsukino comenzaban a ser entretenidas.
Sir Kenji inspiró profundamente y dejó salir todo el aire lentamente.
—No recuerdo cuándo te he alentado a hacer apuestas, Rei, pero discutiremos ese asunto más tarde. Parece ser que tu terca hermana ha huido. Y ya que la has ayudado en su causa, financiándola, asumo que conoces sus intenciones por adelantado y quizá tengas algún indicio de su paradero.
—¡No, padre, juro que no sé nada! —barbulló Rei—. Todo lo que sé es que no hubiera huido si no hubiera sido por él.
Al tiempo que profería la palabra apuntó su delicado dedo blanco en dirección a Furuhata. Rei, que nunca había intentado demostrar expresiones faciales extremas por miedo a que comenzaran a aparecer arrugas en su impecable rostro, miraba con el entrecejo fruncido al igual que una gárgola.
—Pero ¿por qué le diste dinero si no sabías que intentaba huir? —Sir Kenji parecía entretenido, como si estuviera seguro de que Rei confesaría entre sollozos en cualquier momento.
—Serena sólo dijo que no contraería matrimonio con él e inferí el significado y le di el dinero. No dijo nada más después de eso. No había necesidad. Somos hermanas, ya sabes. —Rei miró a su padre con un gesto desafiante.
Desconcertado, sir Kenji se quedó mirando estúpidamente a Rei, como si de pronto se hubiera quitado una máscara para revelar a Napoleón Bonaparte sentado en la sala. Lita tuvo la impresión de que era testigo del primer acto de rebelión de Rei.
Por fortuna, un interludio de sollozos y retorcer de pañuelos había preparado a lady Tsukino para traspasar esa brecha.
—Lord Furuhata, Su Excelencia, por favor, disculpen el alboroto. Rei está un poco sobreexcitada. Vamos a ir a Londres para su primera temporada y estoy segura de que puede recordar, duquesa, el vigoroso e importante momento que eso significa en la vida de una mujer.
Lita no podía recordar nada de eso, ya que ella misma había Tomado un camino poco convencional para convertirse en duquesa, pero, de todos modos, hizo una mueca con sus labios para esbozar una sonrisa comprensiva. Sin embargo, puesto que en el fondo era una estratega, comprendía el significado que yacía detrás del énfasis que había hecho lady Tsukino en la palabra «importante». Importante porque el rostro de Rei era, con seguridad, su gran fortuna, y sería una lástima desperdiciarlo con cualquier individuo sin sangre noble. E importante, porque el precio de Rei en el mercado del matrimonio sería afectado seriamente si se extendía la noticia de que su hermana había desaparecido como una gitana. Las jóvenes bien educadas no solían hacer esas cosas. Los Tsukino no deseaban que en los bailes de salón murmuraran con escepticismo sobre la habilidad que poseían para procrear jóvenes esposas para hombres con título.
—Y lord Furuhata —continuó lady Tsukino—. Estoy segura de que Serena se ha dejado llevar por los nervios previos a la boda y que aparecerá pronto, sana y salva, y preparada para la boda. Sabe que es una joven fuerte y de inclinaciones intempestivas. Es parte del encanto único de Serena. Y estoy segura de que le agrada.
Le sonrió de modo encantador a Furuhata para alentarlo a que aceptara lo que le había dicho. Furuhata le ofreció una sonrisa enfermiza a cambio.
Sir Kenji miró a su esposa con gratitud.
Con astucia y discreción, Lita continuó evaluando las expresiones en los rostros reunidos en aquella habitación con un solo objetivo en mente: cómo recuperar el relicario sin llamar la atención en la búsqueda. Porque estaba segura de la interpretación que había hecho del rostro de Furuhata: su ingeniosa prometida se lo había robado. No podía ser una coincidencia que el billete de Furuhata, el relicario y Serena Tsukino hubieran desaparecido de una vez. En lo que le concernía a Lita, la problemática Serena Tsukino podía desvanecerse en el éter, pero no permitiría que el relicario cayera en otras manos que no fueran las suyas. Sería la ruina de su vida.
Podía ver que Furuhata aún tenía una mezcla de emociones, no le serviría de ayuda. Volvió a hablar.
—Ya que han requisado el área y Serena no ha sido localizada, y puesto que su caballo no ha sido sacado de la caballeriza, creo que debemos considerar la idea de que alguien la ayudase en su huida. ¿Quizá este Darien Chiba, miembro del personal?
—¿Mi encargado de la caballeriza? —respondió sir Kenji.
—Sí, este Chiba que partió para South Greeley esta mañana… ¿cree que puede haberla ayudado? Parece ser el único que, además de Serena, ha dejado la propiedad.
—¡Nunca! —farfulló sir Kenji—. Chiba es un irlandés bueno y honorable. Es el mejor hombre que he tenido en este trabajo. Una maravilla con los caballos y amigo de Serena. En tal caso, sería más probable que mi revoltosa hija se hubiese ocultado en la carreta sin que él lo supiera.
Al mencionar la idea de que Serena se hubiera escondido en la carreta, lady Tsukino se puso tan blanca como el pañuelo que sostenía en sus nerviosas manos. Lita se acercó a ella y la Tomó de la mano.
—Por favor, no se irriten, lady Tsukino, sir Kenji. Quizá pueda tranquilizarlos. Tengo a mi disposición… contactos… que pueden ayudarnos, con rapidez y discreción, a encontrar a la señorita Serena. Todos sabemos que es esencial que acompañe a su esposa y a Rei a Londres, sir Kenji, para acompañarlas durante este momento tan especial en la vida de Rei. Tanto lord Furuhata como yo nos sentiremos honrados si dejan este asunto en nuestras manos. Nos encontraremos pronto en Londres, y lord Furuhata tendrá a su prometida. Y estoy completamente segura de que puedo arreglar que Rei sea admitida en Almack's.
Lady Tsukino se quedó sin aliento.
—¡Oh, Su Excelencia, es muy generoso de su parte, es muy amble, muy buena amiga! ¡Haber llegado a nosotros en este momento y agasajarnos con tanta generosidad!
—No es nada. Serena es una niña. La encontraremos, y también, a un esposo espléndido para Rei.
Rei cambió el entrecejo fruncido por un aire más abstracto. Lita casi podía oír los pensamientos de Rei: «¡Almack's! ¡Parece un sueño!»
—Y ¿tienen algún sitio donde quedarse en Londres? —preguntó Lita, temiendo la respuesta.
—La prima de mi esposo, lady Kirkham, posee una casa en Grosvenor Square. Es bastante mayor y se ha ido a la campiña. Nos permite utilizarla cuando queramos. Sir Kenji la heredará, por supuesto, cuando lamentablemente lady Kirkham fallezca. —Si lady Tsukino intentó mantener el orgullo en su voz, no lo logró.
Lita se sintió aliviada al no tener que extender su hospitalidad a los Tsukino.
—¡Qué afortunado! Grosvenor Square es una zona muy bella. Ahora, ¿podrían indicarme el camino a mi habitación? Creo que quiero descansar antes de la cena —expresó Lita.
Llamaron a Molly con la campana. Cuando llegaron al umbral de la alcoba asignada, Lita se volvió a la pequeña criada.
—Llamad a mi criado, Hutchins, y decidle que venga —dijo con una crisis nerviosa—. De inmediato. —Entró en la habitación y cerró la puerta ante el rostro atemorizado de Molly.
Hola chicas...hahaha
Reviews...
marceila: Bueno, ya viste...creo que si le fallan esas neuronas a Drew por el golpe XD siii, que noble es Darien al ofrecerse con Serena a escapar :)
Elsy82: Sipi, yo a veces me siento como Sere a veces dicen que tengo gustos diferentes a los demás sólo porque me gusta el Anime XD ya verás que es super genial la fuga...BESOS
paolac78: Este par de rebeldes...no lo había visto así...ahora que lo mencionas creo que es verdad XDXD Nos estamos leyendo.
ELOYUSAGUI: Jajajaja, no te preocupes, lunes :( no me gusta el lunes :D sólo porque tengo clses de cómputo... XDXD nos estamos leyendo...mmm...no sé que más decir...XD
Princess Rei of Mars: JAJAJA me encanta como Drew hace poesía, es tan "inspirador" XDXD bueno, ya verpas si se casan más al rato...o tal vez no...¿qué hará Darien ahora? Wajajajaja XDXD soy malaaa BESOTEEES
Bueno, muy pronto sabrá que es lo que ocurrirá MUY PRONTO JEJEJEJE
Atte.: MONI 3
