Acá les dejo otro capítulo del Duque Rebelde, sé que les va a gustar :) Comentarios y demás abajo...Recuerden que esta historia le pertenece a Long Julie Anne, sólo la adapté. La mayoría de los personajes pertenecen a Naoko Takeuchi :3


Capítulo 7

Fuera de la ventana de la diligencia, las colinas verdes y bajas tocaban un cielo azul y brillante. Serena, que sólo tenía permitido hablar cuando fuera absolutamente necesario, complació a Darien, guardó silencio y agasajó su vista con aquel paisaje que se desplegaba delante de ella. Sus pensamientos se habían vuelto turbulentos desde que habían dejado la choza de Mina.

En el asiento, frente a ella, Darien parecía dormitar, el borde del sombrero le cubría casi hasta las cejas. El señor Grunwald no sólo dormitaba, sino que dormía con una increíble falta de inhibición, los muslos regordetes, bien separados; la boca abierta y húmeda. Unos sonidos ásperos, como de un serrucho oxidado contra la roca, surgían de su garganta a intervalos.

Serena quería grabar cada instante del viaje en su alma, pero pronto el paisaje exterior comenzó a nadar ante sus ávidos ojos, el azul y el verde de los colores se mezclaron y se tornaron borrosos y los sonidos del señor Grunwald se volvieron más y más lejanos…

Cuando despertó de un profundo sueño, estaba oscuro dentro de la diligencia y el señor Grunwald estaba visiblemente ausente. Serena había dormido durante toda una parada de la diligencia. Darien estaba despierto y la miraba.

—¿Mina fue tu amante? —preguntó Serena. Desde el momento en que dejaron la casa de Mina había sentido ganas de hacerle esa pregunta.

Darien se enderezó.

—Por Dios, pequeña Sere, ¿no puedes despertarte como una persona normal? ¿Tomarte un tiempo para bostezar, estirar tu cuerpo y recordar dónde te encuentras?

—La besaste. Te vi.

—Sí, eso fue porque no intenté ocultarlo.

—¿Por qué no respondes mi pregunta? —insistió Sere.

—¿Estás segura de que quieres ser doctora, pequeña Sere? Porque creo que serías una buena abogada.

Serena lo miró fijamente.

—Simplemente te estoy haciendo una pregunta. Nunca has tenido miedo de responder una de mis preguntas.

—¿Miedo? —Darien estaba indignado.

Serena lo seguía mirando, una mirada acuciosa y terca, y Darien pudo sentir el calor de sus pálidos ojos al otro lado de la diligencia. Conocía esa mirada. No se daría por vencida.

—Sí, fue mi amante —dijo al final—. Pero ha sido más una amiga, ¿sabes? La echaré de menos. —Darien observó minuciosamente a Serena y esperó una reacción.

Mantuvo la mirada en Darien un instante más, luego giró la cabeza hacia la ventana para ver cómo pasaba deprisa la noche. «¡Mío!», había querido gritar como un niño cuando Mina posó las manos en el rostro de Darien. Y en la mente de Serena, Darien le había pertenecido toda la vida, casi como un juguete; nunca había sentido que tuviera que compartirlo con alguien más. Había disfrutado de su compañía siempre que había querido, le había llevado como obsequio pequeñas flores y piedras; una vez, incluso, un pañuelo con sus iniciales bordadas (quizás el bordado más importante que logró hacer) como obsequio de Navidad. Había compartido con él sus pensamientos más controvertidos y los había recibido con sabiduría y humor.

Pero nunca se le había ocurrido que llevase una vida fuera de sus visitas.

Serena conocía un mundo limitado por la casa de los Tsukino, y estaba familiarizada con el vasto y esotérico mundo de la ciencia y la psicología revelado por las publicaciones científicas de su padre, y tenía conocimientos de historia y política por los periódicos. Pero al mirar por la ventana del coche, tuvo la depresiva sensación de que la vasta oscuridad que observaba representaba el abismo entre lo que conocía y lo que aún no comprendía, la extraordinaria complejidad que se presentaba en lo corriente. Se sintió demasiado joven y egoísta y, de repente, mal preparada para la aventura a la que se había comprometido.

—Lo siento, Darien —dijo al final, en voz baja.

—¿Lo sientes? —repitió Darien, confundido. Había observado el rostro de Serena. Incluso con la luz tenue del coche podía sentir su pensamiento. Siempre le había agradado anticipar lo que podría llegar a decir. Sin embargo, lo que más le gustaba de Serena era la capacidad de sorprenderlo siempre.

—Lo siento… porque la dejas para ayudarme a mí. ¿Tú… tú la amas? —Esas palabras casi no se escucharon.

—Me preocupo por ella, Serena, pero no es amor del modo en que tú imaginas el amor. Somos dos adultos libres y capaces de encontrar consuelo en la compañía del otro; hemos hecho eso y sólo eso. Mina es una mujer fuerte y no me echará de menos demasiado tiempo.

En silencio, Serena reflexionó sobre todo eso; volvió la cabeza en dirección a la ventana una vez más.

—No te he agradecido el hecho de que me ayudaras a huir —murmuró al final. Bajo esa gorra ridícula de niño, había aflicción en el rostro de Serena. Bajó la mirada en dirección a su regazo.

Por impulso, Darien se movió al otro lado y se sentó junto a ella. Posó un dedo en la barbilla de Serena para poder mirarla a los ojos.

—No estaría aquí si no lo hubiera deseado, pequeña Sere. De hecho, hago muy pocas cosas que no elija hacer. Tiene que ver con un voto que hice hace mucho tiempo atrás. No puedo pensar en otro lugar para estar en este momento. Es una aventura, ¿verdad?

Serena esbozó una tenue sonrisa.

—¿Sí? —repitió Darien, y Tomándola por la barbilla, le movió el rostro en un gesto afirmativo.

Serena rió y le dio una palmada en la mano. Darien le cogió la mano por un instante, y luego, sorprendido por la suavidad de la piel, lentamente y a regañadientes la soltó. Serena sonrió y cuando una nube que cubría la luna llena se movió por unos instantes, las sombras formaron valles con sus pómulos y hoyuelos.

«No me lo agradecerá cuando la deje», pensó Darien.

Un disparo hizo estallar la tranquilidad que reinaba fuera de la diligencia.

La diligencia se sacudió hasta detenerse; los caballos relincharon y se encabritaron en señal de protesta y Serena y Darien casi caen de sus asientos. Serena quedó sin aliento, Darien la abrazó para evitar que cayera al suelo.

—Bandidos. No te muevas y no hagas ruido —pronunció Darien con un siseo. Serena lo miró y luego asintió deprisa y en silencio, en señal de entendimiento. Una sonrisa dolida y afectuosa a Serena y le soltó los hombros. «Valiente, pequeña Sere». Aunque sus ojos estaban bien abiertos por el miedo, sabía que se pondría mal si no hacía algún comentario sobre los pasos a seguir.

Darien dejó el sombrero sobre el asiento y buscó algo en su bota. Serena retrocedió asombrada cuando sacó una pistola oscura y brillante. Darien oyó cómo Serena inspiró de golpe, como si fuera a hablar; se volvió hacia ella deprisa y negó con la cabeza, un dedo sobre sus labios, luego se agazapó cerca de la puerta de la diligencia.

—Nadie resultará herido si hace lo que le decimos —le dijo una voz al cochero—. Nuestro negocio es con los pasajeros. Baje su mosquete y mantenga las manos en alto, donde podamos verlas.

La voz sonó fuerte para que pudiera ser oída por los ocupantes del coche.

—Salgan del coche, manos en alto, ahora. —Una voz gruesa y áspera, del este de Londres, muy segura de sí misma.

Darien apenas los veía a través de la ventana: eran dos hombres a caballo, con pañuelos negros que les cubrían el rostro hasta justo debajo de los ojos, cada uno, con una pistola. Midió la distancia entre el coche y el primer hombre y determinó que eran dos metros; el segundo hombre estaba apenas detrás y hacia la izquierda. Tomó una decisión.

Podía sentir la respiración acelerada de Serena; se volvió para mirarla una vez más, en un intento silencioso de ofrecerle confianza. La parte blanca de sus ojos brillaba en la oscuridad del coche; las manos se aferraban al borde del asiento. Le ofreció una sonrisa tenue y su corazón dio un extraño brinco. «Buena chica». Se alejó de ella y corrió el pasador de la puerta del coche muy despacio, sin hacer ruido. Luego, con la manga de su camisa cubrió casi por completo su mano para disimular la pistola; Darien levantó los brazos por encima de la cabeza e introdujo los dedos de ambas manos entre el marco superior de la puerta y el techo del coche. Con la rodilla, le dio un empujón a la puerta, que se abrió haciendo ruido.

Los bandidos vieron a un hombre con los brazos en alto, arrodillado y enmarcado por la puerta del coche.

—Estamos buscando una joya. Un relicario. Sólo eso y nada más, seguiremos nuestro camino —explicó el bandido que se encontraba más cerca; la pistola apuntaba al pecho de Darien—. Oh, y cualquier otra joya que tenga también nos la llevaremos. Podríamos disparar en cualquier momento, por lo que descienda con cuidado. Primero usted y luego la dama.

Darien saltó del coche y con una velocidad devastadora pateó la pistola del bandido que se encontraba más cerca y que, a continuación, perdió el equilibrio en su montura. El caballo del bandido retrocedió, relinchó y tiró al suelo todo lo que llevaba a cuestas; luego, al galope, desapareció de la vista. El otro bandido, sin poder mantener el equilibrio sobre su caballo nervioso y danzarín, le disparó; Darien, preparado para enfrentarse a él, apuntó a la mano que sostenía la pistola. Erró (la pistola que tenía era caprichosa y se sintió afortunado de que, al menos, hubiera podido disparar), pero el bandido se agarró el hombro con la mano, se balanceó sobre la montura, resbaló del caballo y cayó para quedar inmóvil sobre el suelo.

El caballo, ofendido por todo el ruido y el mal modo de desmontar del bandido, se encabritó, lo pisó y, con un galope apresurado, se fue en la misma dirección que el otro caballo.

Una especie de silencio envolvió al lugar y, otra vez, una nube se hizo a un lado de la luna llena.

El primer bandido comenzó a moverse de su posición boca arriba. Darien, rápidamente, apartó a un lado la pistola y tiró de su otro compañero por la bota; luego caminó por encima del bandido y apoyó la bota sobre la muñeca del sujeto. Le arrancó el pañuelo negro y, con la pistola, le apuntó al rostro.

—Ahora —dijo con una voz tan helada, aristocrática e inglesa que podría haber hecho trizas un cristal—, me dirá quién lo ha enviado.

Era una pregunta que había mortificado sin cesar a Darien desde el momento en que el bandido había establecido el sexo de su compañera. «Primero usted, luego la dama». Una presunción con suerte, pero Darien no solía creer en la suerte. Los bandidos no se abalanzaban sobre las carreteras por las que a menudo viajaban coches, y el hecho de que estos dos hubiesen interceptado un par de fugitivos parecía menos una coincidencia que un objetivo. Sabía que sir Kenji Tsukino nunca enviaría bandidos para buscar a su hija y sin embargo… alguien más podría haberlo hecho. ¿Furuhata? ¿Y qué era eso del relicario?

—Nadie nos ha enviado, señor. Déjeme ir, soy un buen chico, seguiré mi camino y olvidaré que nos hemos encontrado.

Darien aumentó la presión sobre la muñeca del hombre, que comenzó a gemir.

—He oído que los huesos de la muñeca producen un crujido muy particular y delicioso cuando se rompen —explicó Darien—. ¿Probamos?

—No, no, no, no… —gritó el hombre.

—Dime quién te envió —repitió lleno de ira.

—Su Excelencia —dijo el hombre sin aliento—. Fue Su Excelencia. No conozco su nombre, sólo hacemos algunos negocios para ella de vez en cuando. Nos envía a un hombre. Hutchins, se llama.

—Su Excelencia —repitió Darien. Estaba sorprendido, aunque su voz no lo demostraba. ¿Una duquesa había enviado a este par de bandidos? Otra vez, la propietaria del Velvet Glove, un burdel cerca de los muelles de West Indian, en Londres, conocida como la Abadesa. Los títulos nobiliarios no necesariamente implicaban la búsqueda de la perfección espiritual.

—¿Qué quiere?

—Quiere el relicario. Y saber hacia dónde se dirige la chica.

«¿La chica?». El vello en el cuello de Darien se erizó.

—Bien, entonces. Es una pena que decepcione a Su Excelencia esta noche. No tengo un relicario y no tengo una chica. ¿Por qué detuvo el coche?

—Al azar —dijo el bandido con insolencia. Darien ejerció más presión con la bota sobre la muñeca del hombre—. ¡Ay, ay! ¡Es suficiente! Detuvimos su coche porque nos dijeron que detuviésemos a todos los que se dirigían al norte.

Darien disminuyó la presión sobre la muñeca.

—¿Tiene más armas?

—¿Qué?—. El cambio de tema pareció sorprender al bandido.

—¿Es necesario que lo obligue a desvestirse a punta de pistola para asegurarme de que tiene o no más armas, o me dirá dónde las esconde?

—En el cinturón —murmuró el bandido. Darien mantuvo la pistola en la oreja del bandido y le abrió la chaqueta para encontrar un cuchillo enfundado en el cinturón. Darien tiró de él y lo arrojó a unos centímetros de distancia.

—Gracias. ¿Dónde puedo encontrar a Su Excelencia?

—Ella nos encuentra a nosotros. O Hutchins. Es una figura de Londres. A nosotros, a Edgar y a mí, nos agrada la campiña. Menos competencia, ¿entiende?

El desafortunado Edgar comenzó a moverse y murmurar.

—No se preocupe, señor, lo tengo —dijo Chester Sharp con alegría desde el asiento del coche. Había sacado una petaca del bolsillo de su chaqueta y había estado bebiendo mientras observaba lo que acontecía, con regocijo y fascinación. Para colaborar, apuntaba con su mosquete a Edgar.

—Gracias —le respondió al cochero. Al bandido le dijo—: Creo que no me ha dicho su nombre, sir.

El bandido arrugó el entrecejo. Darien volvió a ejercer presión sobre la muñeca.

—¡Ay, ay! —gritó el bandido—. Me llamo John.

—Por supuesto —se burló Darien—. Será mejor que ambos, John, os vayáis a Londres, porque me aseguraré de que no rondéis estas carreteras nunca más. Pero antes de que os vayáis me llevaré esto. —Tomó la pistola y el cuchillo del hombre— y esto, y la pistola de tu amigo también. —Caminó hacia donde se encontraba la pistola de Edgar. Edgar había recuperado el aliento e intentaba sentarse, con la mano aún sobre el hombro. Darien vaciló un instante, luchaba con su conciencia.

—¿Entró la bala? —le preguntó a Edgar al final.

—Sólo me ha rozado. No es muy bueno disparando.

Darien asintió con la cabeza, se sentó junto a él, le arrancó el pañuelo y miró su rostro con curiosidad. No lo reconoció.

—Necesitaré sus armas también.

—Bota izquierda —murmuró Edgar. Con la pistola apuntando a la sien de Edgar, Darien introdujo la mano en la bota del hombre y recuperó una pequeña pistola.

—Vaya con su amigo —le dijo Darien a John—. ¡Ah! Y Londres es en esa dirección. —Hizo un gesto con la mano hacia el sudeste—. Disfrutad de la caminata. Podéis comenzar ahora.

John, el bandido, miró por última vez a Darien, luego se puso de pie. En silencio, ayudó a Edgar a levantarse y los dos, rengos, comenzaron la larga caminata nocturna.

Darien exhaló. Se dio cuenta de que temblaba un poco.

—¿Le gustaría tener una pistola? —preguntó Darien al cochero—. Parece que tengo varias.

—Yo sí quisiera una pistola —dijo una voz desde el interior del coche.

El rostro de Serena apareció en la entrada del coche. Aun desde donde se hallaba, Darien podía distinguir la excitación en la mirada de Serena.

—¡Eso sí que ha sido un espectáculo! —exclamó Sharp en voz alta—. ¡Nunca había visto nada igual! Es muy bueno para ser un lord.

—¿Qué acaba de decir? —preguntó Darien.

—Que es usted muy bueno, milord. No quise ofenderlo…

—¿Por qué me llama lord? —demandó Darien.

—Porque durante la última media hora, más o menos, ha parecido como si hablara el maldito duque de Marlborough. —Serena bullía de la excitación—. No se oyó ni un solo «pequeño». ¿Dónde diablos has aprendido a hablar así?

—Disculpe, Su Señoría, digo, sir, pero podría ser el maldito Rey de Inglaterra con esa voz —acordó el cochero.

—Nuestro Rey es un gordo ebrio. Por favor, no me compare con él. Ned, regresa al coche, ahora. Y no digas «maldito». Y usted, no tendrá su pistola.

—Oh, dele una pistola a la niña —dijo Sharp, apoyando la petición de Serena—. Nunca se sabe cuándo una dama va a necesitar dispararle a un bandido.

—Niño —corrigió Darien—. Ned es un niño y el niño no necesita una pistola.

—Lo que diga, Su Señoría —dijo Chester Sharp con alegría—. No me compete opinar sobre conductas dudosas. Arrójeme una pistola. Estaremos en Sheep's Haven pronto, aunque por qué desea detenerse allí, en lugar de un hospedaje…

Darien le arrojó al cochero la pistola de Edgar y subió al coche una vez más.

Darien se sentó junto a Serena y la cogió por ambos hombros, con algo parecido a un sacudón.

—¿Te encuentras bien?

Serena lo miró fijamente, con los ojos muy abiertos y maravillados. Sus manos se movieron como si quisieran tocarlo. Pero las dejó sobre su regazo, finalmente.

—Estoy bien, Darien —dijo con dulzura—. No tuve tiempo de tener miedo, sólo estaba impresionada. ¿Cómo aprendiste a hacer… a hacer… eso? —Hizo un gesto dramático con la mano para abarcar la enormidad de lo que acababa de suceder.

Darien la soltó junto con el aire que había contenido hasta ese instante y se sentó con fuerza a un lado del coche. Serena frotó la zona del brazo donde la había sostenido.

Darien guardó silencio por un instante. Los hombros crecían con cada inspiración profunda que hacía. Al final, hizo una mueca.

—No estaba seguro de poder hacerlo hasta que lo hice, pequeña Sere, y eso es todo.

—Pero… apretaste del gatillo como si lo hubieras practicado toda tu vida en Manton's —dijo desconcertada—. Fue extraordinario. Y tienes una pistola espléndida. La pistola de un caballero.

—Aprendí a disparar en el ejército —dijo de pronto Darien—. ¿Y cómo sabes lo de Manton's?

—Robbie Denslowe me habló acerca de Manton's, y te agradecería que no cambiaras el tema de conversación.

Darien sonrió. La mayoría de las mujeres estarían sollozando o desmayadas de la histeria en ese momento; Serena, en cambio, estaba llena de preguntas.

—¿Aprendiste a hablar como un lord en el ejército, también?

—Quizá —respondió Darien con ligereza. Todo ese tema de hablar como un lord lo estaba poniendo nervioso. No se había dado cuenta de que lo había hecho. Se había acostumbrado tanto al acento irlandés que, de vez en cuando, incluso soñaba en acento irlandés. Pero un Darien Chiba sin adornos, un Darien Chiba que no había existido desde Waterloo, había vencido a los bandidos esa noche. Darse cuenta de ello lo desorientó, pero le dejó una extraña sensación de alegría.

Decidió que debía cambiar el tema de conversación.

—Para tu información, señorita Tsukino, los bandidos no representaron este encuentro para tu entretenimiento. Te aseguro, que no hubieran dudado un instante en eliminarme y aprovecharse de ti, si hubieran tenido la oportunidad. Un poco más de abatimiento de tu parte sería lo apropiado.

—Lo siento, Darien. —Serena fingió arrepentimiento—. Siempre he tenido dificultad para hacer lo que es correcto. La próxima vez intentaré pronunciar algunos chillidos de miedo.

Darien rió.

—Por lo que he podido comprobar —agregó Serena—, disfrutabas de lo que hacías.

Darien volvió a reír.

—Sólo existe una cosa que me preocupa un poco, Darien —continuó Serena, vacilante.

Más de una cosa preocupaba a Darien en ese momento, en especial, la fastidiosa sensación de que los bandidos iban tras ellos.

—¿Y qué es lo que te preocupa, pequeña Sere?

—¿Recuerdas que el bandido mencionó algo sobre un relicario?

Darien hizo un pequeño sonido que indicó que no le agradaría lo que iba a decir a continuación.

—Pues bien, hay algo que olvidé mencionarte con toda la excitación de la huida. Quería ayudar tanto con la preparación del viaje, verás, y como no me dejabas hacerlo… —Dejó de hablar en defensa propia.

—Termina la oración, Serena.

—Pues bien, busqué en la chaqueta de mi padre antes de partir… y encontré…

Hizo una pausa, las manos palparon la parte posterior del cuello. Darien observó con temor mientras Serena sacaba algo lentamente de su camisa.

—… esto.

En la palma de la mano había un relicario de oro.


JAJAJA, soy malaaaaaa, XDXD no es cierto no es cierto, hoy publico doble porque ayer no publiqué :/ no me dió tiempo...Ü pornto sabrás la reacción de darien y la relación de la "duquesa" y Darien :) no sé porque esta parte me recuerda a "El Retrato de Dorian Gray" no se quienes lo hayan leido :3

Reviews...

Elsy82: XD no soy mala, solo que si les igo ya no tiene chiste :) de hecho, ya casi la descubren XD pues como verás...SÍ, lita=esposa de hermano de Darien :3 BESOS

mayilu: hola! que bueno que me lees XD bienvenida jajaja Darien no quiere su linaje ya que no le gusta esa vida...le gusta la LIBERTAD :)

gigichiba: :D...XD! no se que comentar

Princess Rei of Mars: jajaja, poseía enferma XD sipi más respeto a la ex-prostituta refinada :P

Marie Mademoiselle Chiba: Bienvenida! siiiiii muchas sorpresas al ladoito de Sere :3

Bye bye, bueno, les publico el segundo cap :D

Atte.: MONI 3

PD: PUSE COMENTARIOS CORTOS PORQUE...NO SABIA KE PONER :/