Acá les dejo otro capítulo del Duque Rebelde, sé que les va a gustar :) Comentarios y demás abajo...Recuerden que esta historia le pertenece a Long Julie Anne, sólo la adapté. La mayoría de los personajes pertenecen a Naoko Takeuchi :3


Capítulo 8

El deteriorado cartel de la posada Thorny Rose colgaba de unas cadenas y chirriaba con melancolía en la brisa; un murmullo surgía de su interior. Y entonces, las puertas de la taberna se abrieron de par en par y se proyectó un rayo de luz de lámpara. Un hombre solitario salió tambaleándose, giró dos veces como la rueda de una carreta y cayó redondo al suelo.

—¿Está seguro de que éste es el lugar, señor? —preguntó el cochero, dudando.

Darien agradeció que Chester Sharp hubiera descartado el uso de «Su Señoría» por el momento. Un «Su Señoría» que llegara a los oídos de cualquiera de los clientes de la posada Thorny Rose haría que lo robaran y apareciera muerto por la mañana.

—Este es el lugar. Gracias por sus servicios, señor Sharp.

—No es nada. Nunca he tenido una noche tan entretenida en mi vida. Me encargaré de que le preparen los nuevos caballos, si así lo desea.

El cochero había encontrado los dos caballos de los bandidos en el camino, con la montura pero aún sin jinetes, por fortuna; como si también se dirigieran a la posada Thorny Rose de Sheep's Haven. Se habían dejado atar sin problemas a la parte trasera del coche. Darien se sintió alentado por este acontecimiento fortuito; se estaba quedando sin dinero y con esos caballos para el último tramo largo del viaje no tendría que pagar el precio de un coche hasta Escocia.

—Será de mucha ayuda, señor Sharp. Gracias. —Darien le dio un apretón de manos en agradecimiento y cuando Sharp retiró la mano, esta estaba llena de monedas.

Chester miró las monedas estupefacto.

—¿Está seguro de esto, señor? —expresó con una voz débil—. No lo he llevado hasta Londres ida y vuelta, ¿verdad? Sólo nos alejamos un poco de la carretera.

—Estoy seguro. Quizá nos volvamos a encontrar y quiero que piense bien de mí.

—Muchas gracias, Su Señoría —dijo Sharp, aunque supo bajar el volumen de su voz—. Y no se preocupe, señor, no soy de contar cuentos. —Le ofreció a Darien un guiño exagerado y caminó hacia la caballeriza.

Darien permaneció inmóvil unos segundos e inspiró profundamente, pero casi se arrepintió de hacerlo. Sheep's Haven estaba en las afueras de las tierras de Dunbrooke y el aire nocturno estaba lleno de su pasado: la hierba dulce de las praderas, el olor terreo de las ovejas, el aroma fuerte de los robles y álamos. Su corazón dio un brinco. El purgatorio y el paraíso. El miedo y la alegría. Cada recuerdo bueno de su vida en Keighley Park estaba acompañado de uno malo.

«Pero escapé». Nunca estaría orgulloso del modo en que lo había hecho, pero sintió de nuevo triunfo y alivio. Y si alguna pequeña parte de su ser anhelaba volver Keighley Park, era casi insignificante; era el niño pequeño que había en su ser y que deseaba algo que nunca sucedería y nunca podría ser. Pronto estaría en la otra parte del mundo, en otro continente, y su pasado no volvería a acercarse nunca más.

—¿Estás seguro de que no me darás una pistola?

Darien se asustó. No había oído a Serena cuando descendió del coche.

Serena interpretó la sorpresa en el rostro de Darien.

—Los pantalones son un gran invento —dijo con alegría—. Uno puede subir y bajar de los coches sin ayuda de ninguna clase. No cabe duda de por qué los hombres los quieren para ellos. Bueno, ¿puedo quedarme con una pistola?

Aunque Darien sabía que Serena podía dispararle a una manzana desde un cerco a cincuenta pasos, dispararle a un bandido en la oscuridad era un desafío más importante. Sin embargo, algo acerca de lo sucedido aquella noche había impulsado a Darien a cambiar de idea acerca de ofrecerle a Serena una de las nuevas pistolas. Si algo le sucedía a él, se sentiría mejor al saber que Serena tendría la oportunidad de dispararle a alguien.

—Pequeño Ned, si te doy una pistola, ¿prometes no dispararme o dispararte?

Serena extendió la mano, sabiendo que había ganado, y Darien le entregó una de las pistolas. La guardó con gran habilidad en una de las botas e hizo sonreír a Darien.

—¿Una taberna? —murmuró llena de excitación—. ¿Nos quedaremos en una taberna? Nunca he estado en una taberna. ¿Qué sucede en una taberna?

—Silencio, pequeño Ned. Por favor, recuerda que eres tímido. —Le entregó a Serena sus pertenencias y, cargando las suyas, abrió la puerta de la posada Thorny Rose.

De inmediato, fueron abrazados por el calor, una gran nube de humo y un olor malsano y húmedo que surgía de las maderas del lugar; el olor a décadas de cerveza derramada, sudor y humo. Serena comenzó a toser. Darien se volvió para mirarla; tenía los ojos lacrimosos.

—Tu corbata, Ned. Tapa tu nariz con la corbata —murmuró—. Quédate cerca.

La habitación principal presentaba una sucia variedad de clientes, algunos con una expresión repugnante, otros, tan sólo trabajadores en busca de una pinta y una conversación. Un par de hombres que se ajustaban a la descripción de «repugnantes» parecían mirarlos con malicia. En realidad, la malicia era la principal expresión de un grupo particular de hombres. Quizá no significaba nada.

Un hombre corpulento con una cabeza tan suave y brillante como una taza de té de porcelana se acercó a ellos mientras se limpiaba las manos en el delantal. Sus ojos llenos de astucia se posaron en Darien y en Serena para examinarlos.

—¿Y qué puedo hacer por ustedes esta noche, caballeros?

—Una habitación, si puede ser, para mí y mi sobrino. Por esta noche. Y avena para nuestros caballos. —El acento de Darien, aunque inglés, no parecía el mismo que había utilizado con los bandidos.

Darien le entregó una moneda y comprobó que el rostro del dueño de la taberna se iluminaba y relajaba. Darien supo así que muchos utilizaban los servicios del lugar a cuenta y nunca pagaban.

—Escaleras arriba y a la derecha, caballeros. ¿Necesitan la cena, una pinta? Annie los atenderá.

Annie ya se estaba ocupando de Serena.

—¿Cómo te llamas, chaval? ¿Un chaval tan guapo como tú quiere algo de compañía esta noche?

Serena levantó la mirada para ver quién le hablaba al oído y se encontró con unos enormes y estremecedores senos apenas contenidos por el sostén.

—Ah… —Estaba a punto de expresar una amable negación, analizando qué acento y qué timbre de voz utilizar, cuando sintió la mano de Darien en su hombro.

—Gracias. Vendremos por la cena después de que nos quitemos un poco el polvo del camino. Ven, Ned —dijo con rudeza. Guió a Serena hacia las escaleras sin demasiada amabilidad.

Una vez que llegaron a la habitación, Darien cerró la puerta tras él y de inmediato encendió una vela.

—El relicario —ordenó.

Serena se lo entregó. Darien examinó la superficie lisa y brillante mientras le daba vuelta sobre la mano. Y luego, como le había dicho Serena, deslizó el dedo pulgar por el borde para abrirlo. Todo su cuerpo quedó inmóvil.

—¿Darien? —Serena estaba asustada.

Darien guardó silencio, sin moverse. Miraba fijamente el relicario.

—¿Darien? —repitió Serena, y su corazón se aceleró. Le tocó un brazo.

—Hay una inscripción, pequeña Sere —dijo al final Darien con voz afónica—. Quizá no la viste antes.

Serena permaneció junto a él cuando la leyó en voz alta.

A mi amado Endimion Mamoru de Patricia Kino, en ocasión de mi actuación como lady Macbeth, 1813.

—Patricia Kino —repitió Serena. Estuvo de nuevo en territorio familiar, se sintió joven e insegura, con un dolor oscuro e inquietante en su estómago que había comenzado a reconocer como celos—. Es muy hermosa —vaciló—. ¿Sabes quién puede ser?

Darien aclaró su voz.

—Sí, la conozco. Ella era una… actriz. En Londres.

—Oh. —Serena inspiró. Había notado la duda en la voz de Darien; estaba segura de que la palabra «actriz» en esos tiempos era casi un sinónimo de «prostituta». Absorbió esa asombrosa información.

Darien fue despacio hacia la cama y se sentó en el borde. Seguía mirando el relicario, lo sostenía con cuidado, como si pudiese abrirse y morderlo si hacía un movimiento brusco.

—¿Encontraste el relicario en el bolsillo de la chaqueta de tu padre, querida Sere?

—Lo Tomé del bolsillo de una chaqueta que había en la biblioteca. Por accidente —aclaró deprisa cuando vio que un rastro de estupor aparecía en el rostro de Darien—. Gilroy me interrumpió y no tuve otra opción que… bueno, guardarlo en el bolsillo de mi mandil.

—¿Qué diablos buscabas en la chaqueta de un caballero, pequeña Sere?

Tenía las cejas arqueadas y una expresión de aliento, como si estuviera seguro de que tendría la excusa perfecta para robar un relicario.

—Dinero —masculló.

—Ah.

—Verás, como te he dicho, no tenía nada mío y quería ayudar…

—¿Me prometes, pequeña Sere, que en el futuro confiarás en mí cuando te diga que yo me encargaré de las cosas y no irás a robar lo que haya en los bolsillos de las chaquetas?

—Lo prometo —murmuró.

—Entonces, ¿lo encontraste en el bolsillo de la chaqueta de tu padre, Serena? Porque creo que algo así es más probable que pertenezca a Furuhata.

—Pero está dirigido a Endimion Mamoru. ¿Quién crees que es este Endimion Mamoru? ¿Su… amante? —dijo Serena con audacia.

Darien hizo una mueca con la boca.

—Oh, bien, pequeña Sere, sería lo correcto en tu mundo, ¿verdad? —Volvió a mirar el relicario—. Sí, pequeña Sere, él fue su amante, estoy casi seguro. Pero ¿cómo llegó el relicario al bolsillo de la chaqueta de tu padre? ¿O de Furuhata?

Serena se sentó en la cama junto a Darien. Esa situación, la hija del dueño de una finca sentada en la cama junto al encargado de la caballeriza, hubiera hecho que a su madre le diera un ataque al corazón. Pero Serena quería echarle una mirada al retrato del relicario otra vez para ver cómo se sentía después de haber visto la expresión en el rostro de Darien. Entornó los ojos mientras Darien deslizaba ausente los dedos sobre la inscripción, y ambos se echaron hacia atrás llenos de sorpresa, cuando la parte que llevaba la inscripción se abrió…

… Para revelar una miniatura de Patricia Kino, recostada de espaldas, un brazo pálido sobre su cabeza y desnuda.

Serena miró fijamente. Había visto dibujos de personas desnudas en el libro de anaTomía en la biblioteca de su padre, pero nunca como ese, ninguno con el nombre de la persona desnuda. Patricia había sido pintada explícitamente y con gran exquisitez, de color marfil y natural con ligeros toques de un rosa suave para la boca y los pezones, y una sinuosa pincelada negra para el cabello, que caía sobre el hombro y recorría uno de sus senos. Había una mera sombra de color en la V que formaban sus piernas. El artista había disfrutado del trabajo.

—Oh, Dios —murmuró Serena.

Darien se puso de pie de inmediato.

—Voy a buscar una pinta de cerveza, pequeña Sere. Traeré la cena.

Dejó caer el relicario sobre la cama y salió de la habitación.

De inmediato, Serena cogió el relicario otra vez y siguió mirándolo. Por supuesto, nunca había observado por demasiado tiempo su propio cuerpo en el espejo, pero había seguido los cambios con una mirada furtiva aquí y allá, con una especie de placer objetivo ante las nuevas e interesantes curvas que aparecían en su cuerpo. Sin embargo, nunca hubiera pensado que el cuerpo desnudo de una mujer podía ser celebrado en el modo que Patricia Kino parecía hacerlo. Tampoco se había dado cuenta de que el cuerpo desnudo de una mujer hiciera que un hombre, que había servido en el ejército y hacía un momento había vencido solo a dos bandidos armados, dejara caer el relicario como si fuera carbón encendido y huyera de la habitación.

Serena miró la puerta, pensativa. Si Darien iba a beber una pinta, tardaría en regresar. Y sintió que un repentino y avasallante deseo de hacer un experimento se apoderaba de ella.

Con la mirada fija en la puerta de la habitación, con cuidado sacó la nueva pistola de la bota y luego se las quitó. Después la chaqueta, los pantalones y la camisa; los dedos palpaban a tientas los pequeños botones, hasta que al final quedó desnuda y con piel de gallina en medio de un montículo de prendas de vestir.

Se acercó a la cama y extendió su cuerpo desnudo con arte. El cobertor era áspero contra su espalda desnuda, pero no era una sensación desagradable. Dejó que su cabello colgara por encima de uno de los hombros, levantó el brazo por encima de la cabeza y desplazó la cadera un poco, luego miró el techo con lo que esperó fuera una expresión abstracta, inteligente e incitante; la expresión de una mujer con experiencia; la expresión, esperaba, que Patricia Kino hubiera tenido en la pintura en miniatura.

Quería sentir lo que fuera que Patricia Kino hubiese sentido cuando posó para la pintura; quería saber si al imitar la posición de Patricia tendría más experiencia, más mundo, sería más mujer, más adulta. Imaginó los ojos de Darien posados sobre su cuerpo; imaginó la expresión en su rostro cuando observara las suaves curvas de su cuerpo y se preguntó si huiría de la habitación…

Esperó aquellas sensaciones nuevas. Sintió un picor en el trasero. Se rascó.

Y luego, por el rabillo del ojo, vio que el picaporte de la habitación giraba.

Con un grito, se lanzó de la cama y aterrizó en medio de sus prendas de vestir.

Darien permaneció en la entrada con dos tazones humeantes de guisado en la mano.

Hubo un momento de silencio.

—¿Serena? —preguntó con cuidado Darien.

—Has regresado pronto —respondió Serena al otro lado de la cama, con la voz apagada y con un poco de disgusto—. Me has asustado. Quería… yo… quería echarme una siesta.

—Entiendo —dijo Darien, aunque la parte de la siesta no lo convenció ya que la jovencita en cuestión había estado entretenida por un encuentro con dos bandidos. Oyó con interés el forcejeo y los susurros que provenían del otro lado de la cama.

—¿Y te has roto algún hueso al caer? —preguntó con amabilidad.

—Sólo algunos —replicó Serena. Enderezó la espalda en un claro intento por recobrar su dignidad.

Pero cuando lo hizo, Darien pudo ver algunos atisbos de piel suave y blanca a través de la camisa abotonada de modo desigual. De inmediato, posó su mirada en el techo hasta que Serena estuvo de pie frente a él otra vez.

—¿Tienes hambre, pequeña Sere? —Decidió no hacer más preguntas acerca de lo que había estado haciendo.

Hacía ya un tiempo que habían terminado la comida de la cesta que la señora Hackette les había dado. Darien hizo alarde de la desvencijada silla que el hospedaje les había provisto.

Serena examinó la habitación para decidir cuál sería el mejor lugar para devorar la cena mientras se quitaba la gorra de niño que llevaba puesta. Recogió su pelo y Darien observó cómo la luz de la vela jugaba con aquellos rizos cobrizos, dorados y rojizos como la sinfonía más suave del mundo. Pensó en todas las clases de luces que existían en el mundo, todas las clases de luces que podían danzar sobre el cabello de Serena y sintió una punzada efímera de felicidad.

Finalmente, Serena decidió sentarse en la cama y sus manos buscaron el tazón y el pan.

—¿Por qué crees que los bandidos buscaban el relicario? —preguntó Serena entre mordiscos. Lo había vuelto a colocar alrededor de su cuello.

—Un misterio, pequeña Sere. —Darien estaba concentrado en su plato.

—Quizá se lo quitaron a la amante y ahora la amante lo quiere recuperar —meditó Serena.

—Sí, eso podría ser —pensó Darien haciendo un esfuerzo para evadirla. Le gustaba el modo en que pronunciaba la palabra «amante». Sintió que le gustaba que la hubiera incluido tan rápido en su vocabulario y que sonara tan modesta cuando la utilizaba.

—Endimion Mamoru —dijo una Serena soñadora—. Es un nombre muy romántico, ¿verdad, Darien? Suena como si fuera un pirata.

Darien casi se atraganta con la ración de guisado.

—Oh, sí, muy romántico —acordó.

—Darien, no sabía que podías leer.

Oh, pero la niña era astuta. Ese era un terreno traicionero; muy pocos mozos de cuadra podían leer y Darien había leído la maldita inscripción del relicario en voz alta. Levantó la mirada del plato.

—Sí —aseveró con cuidado—. Puedo leer. Mi padre insistió en que aprendiera. —Eso era verdad, por lo menos.

—¿Cómo era tu padre? —preguntó Serena.

Darien levantó la mirada del plato y la miró fijamente unos instantes. El plato de Serena brillaba, no quedaba nada del guisado; y los ojos, esos ojos que tenían el color del mar al amanecer, estaban posados en él con tierna y adormilada curiosidad. Había una mancha en la comisura de la boca que supuso que era comida. Señaló la comisura de su labio y Serena entendió el gesto; su lengua rosada se encargó de lo último que quedaba de la cena.

—¿Ahora que tu barriga está llena aún tienes ganas de hacer preguntas, pequeña Sere?

—Sí —respondió imitándola. Darien rió. Puesto que ella merecía que le ofreciera una versión honesta, caminó de puntillas hacia su pasado y buscó una cuidadosa respuesta.

—Mi padre era un hombre enfadado, pequeña Sere. Enfadado y orgulloso.

—Debe de haber sido muy infeliz, entonces, si estaba todo el tiempo enfadado.

Eso lo Tomó desprevenido. Nunca se había cuestionado la felicidad de su padre. De vez en cuando, por las noches, se despertaba soñando con los golpes que le asestaba su padre, un hormigueo en la piel, el corazón acelerado al recordarlo. Eran parte de él ahora, corrían en su sangre, en su alma; la humillación que surgía al saber que alguien tenía el derecho de hacérselo simplemente porque tenía su sangre; la desesperación que surgía al saber que su única defensa era una especie de patética resistencia y su propio orgullo terco, el orgullo de los Dunbrooke. Hablar cuando no le correspondía, llevarse el caballo sin permiso, reñir con su hermano, una lección que no fuera impecable… cualquier cosa, todo, podía enardecer la furia de su padre. Su hermano, Tom, tampoco estuvo a salvo. Y su madre, que había fallecido al dar a luz a Tom un año después del nacimiento de Darien, no había estado presente como testigo ni para apaciguarlo.

Qué vida tan amarga debía haber vivido su padre para que su ira se desatara con tanta facilidad. ¿Había cumplido con las obligaciones para con su familia, su título, sus tierras, su país como si fueran cadenas y lo había hecho a ciegas? ¿Ese dolor interno por la muerte de su esposa se habría transformado en enfado? Darien nunca lo sabría. Su padre estaba muerto.

—Sí, creo que tienes razón, Serena —dijo con voz suave—. Creo que mi padre fue un hombre infeliz. Pero sólo conozco el miedo que le tenía. Abandoné mi hogar tan pronto pude.

Sin embargo, algo se agitaba en su interior, un brote de comprensión que podría bien florecer en perdón si no le prestaba atención. «Pero entonces, ¿quién sería yo?», pensó Darien. Hizo a un lado esa sensación, era demasiado todo junto.

—¿Qué hiciste, entonces? —preguntó Serena con suavidad.

—Descubrí que era tranquilizador dispararles a los franceses:—respondió con ironía—. Me hirieron. Tengo una imponente cicatriz —agregó para impresionarla.

La boca de Serena formó una «O» para expresar una fascinación reverencial y mórbida, tal cual Darien esperaba. Se deslizó hasta el borde de la cama y miró fijamente mientras Darien se quitaba la bota, remangaba el pantalón y se despojaba del calcetín. Y allí estaba, un sendero brillante y severo de piel blanca estriada que sobresalía donde la bala del mosquete había herido la pantorrilla.

Serena observó la cicatriz que parecía brillar con pasión. Y entonces, porque la curiosidad siempre había sido su brújula, los ojos recorrieron la pantorrilla hacia arriba. Estaba cubierta de vello y todo su recorrido tenía una belleza inesperada y casi salvaje que se curvaba hacia su largo pie blanco adornado con un poco más de vello. Lo recorrió con la mirada y luego se sintió extrañamente inquieta; sus ojos se sentían frustrados por la interrupción que marcaba el pantalón remangado; implicaba que había otras partes de Darien cubiertas por vello y de formas inquietantes. Quería verlas.

Al darse cuenta de que había guardado silencio demasiado tiempo, Serena hizo un esfuerzo por levantar sus ojos y posar la mirada en el rostro de Darien, y maldijo por tener la piel tan blanca porque supo que sus mejillas estarían sonrojadas.

Darien la observaba, los ojos oscuros, casi negros; la expresión, imposible de leer. Los sentidos de Serena estaban ocupados, descubrió que no podía hablar. Al final, Darien inspiró profundamente, luego colocó el pantalón, aún observándola.

—Necesitamos dormir, pequeño Ned, ya que partiremos al amanecer. Acuéstate en la cama; yo dormiré en el suelo. —Las palabras fueron suaves, pero hubo un deje de tensión en el tono de voz.

Serena asintió con la cabeza y se dio cuenta de que si se quejaba acabarían hablando acerca de las buenas costumbres, una conversación que unos días atrás hubiera sido divertida, pero que en ese momento parecía extrañamente cargada de sombrías consecuencias.

—¿Qué harás para mantener el calor?

—¿Tan pronto te olvidas de que he sido un soldado, pequeña Sere? El suelo es como la pluma y el aire es como una manta de lana. —Esto, por supuesto, no era en absoluto verdad, pero hizo reír a Serena, y aquella tensión peculiar desapareció de la habitación.

—Puedes usar mi capa como cojín —dijo con benevolencia.

—Gracias, mi hermosa dama. Pero usaré mi capa como cojín, y tenemos una o dos mantas entre nuestras provisiones. Ahora, por favor, ve a dormir y no te levantes asustada de la cama en medio de la noche, porque no me gusta la idea de que me aplasten.

Serena nunca había dormido con un par de pantalones y una camisa larga, y pensó con nostalgia en el suave camisón de algodón que había incluido entre las prendas de vestir, pero, como a Darien parecía no importarle dormir con su ropa, decidió que haría lo mismo. Se retorció debajo del cobertor que, aunque rústico, estaba limpio, le asestó un puñetazo al cojín para ablandarlo un poco y se preparó para dormir.

Dudó que pudiera hacerlo.

Un canturreo de voces se colaba por entre las tablillas del suelo de la habitación. No eran las voces de su madre ni de su padre, ni de los sirvientes, sino de una muchedumbre de hombres con mirada ruda que reían y discutían mientras bebían jarras de cerveza. De vez en cuando podía oír el tintineo de los vasos, o el ruido de una silla contra el suelo. ¡Por el amor de Dios! Estaba en una taberna. En un lugar llamado Sheep's Haven. Una pequeña y picara sonrisa se dibujó en sus labios. Rei estaría simplemente espantada…

Quizá nunca tuviera la oportunidad de contárselo a Rei.

Una repentina añoranza de su hogar, de Rei y de sus padres la dejaron sin aliento por un instante. La vecina de los Tsukino, Bessie Hardsmith, había hecho las veces de abuela y nunca había puesto un pie más allá de St. Eccles. Serena casi lo comprendió; una vez, la casa de los Tsukino había sido un universo para ella.

Qué pequeño hubiera sido su mundo si se hubiera quedado allí.

Si no hubiera sido por Darien, habría pasado el resto de las noches de su vida junto al aborrecible Andrew Furuhata. Con la bendición de sus padres.

Serena yacía inmóvil para poder escuchar el sonido de la respiración de Darien en el suelo junto a ella. El sonido la llenó de gratitud y de una aguda e inmensurable ternura. Lo imaginó de niño, intimidado y temeroso de su padre, y el pensamiento de que nadie lo tratara con afecto hizo que sus manos formaran dos puños. Hizo un esfuerzo para abrir las manos e inspiró profundamente. Los últimos acontecimientos lo habían llevado a comprender el significado de la injusticia y las vueltas del destino, y cómo podían ambos convertir a la persona en alguien distinto, incluso transformarla en lo que deseara ser.

Con cuidado, Serena se movió hacia el borde de la cama y lo observó con ojos entrecerrados. Con un nuevo y ávido interés, observó cómo se movía el pecho con la respiración; las pestañas temblaban sobre las mejillas; notó la barba incipiente que comenzaba a oscurecer su suave mandíbula. Mina Gilhooly había posado sus manos en el rostro de Darien, lo había acariciado con libertad, como si fuera su derecho, como si lo hubiera hecho una decena de veces. Mina Gilhooly, seguramente, había posado sus manos en todo el cuerpo de Darien también, no sólo en sus hermosas pantorrillas cubiertas de vello, sino en el resto del cuerpo, todo lo que yacía bajo su ropa. Y aunque de sólo imaginarlo quería gruñir como un perro, sintió agradecimiento hacia Mina Gilhooly, también. Apreciaba a todos aquellos que hubiesen reconfortado a Darien Chiba.

Ya que Darien estaba ahora allí con ella. Por propia elección.

Y mientras lo miraba, también sintió deseos de acariciarlo.

Una vez que se cubrió con la manta y se acomodó en el suelo, Darien pronto recordó la comodidad de dormir en una superficie dura. El sueño llegaría poco a poco, y sus músculos se quejarían por la mañana.

¡Por el amor de Dios! ¿Por qué ahora, cuando se suponía que dejaría su pasado atrás, regresaba con la forma de un relicario? Al final, dejó que sus pensamientos se deslizaran hacia el lugar donde los había ocultado durante todas las noches, y ese lugar se llamaba Patricia Bell.

«Más que cualquier otra cosa, Patricia Kino había sido un logro», pensó. Fuera del aburrimiento y la perversidad, una noche, mucho tiempo atrás, había visitado un sórdido teatro llamado Sweet Apple en East End, bien alejado de los entretenimientos más refinados que se ofrecían en ese momento. No era la clase de lugar donde se encontrara a un heredero de algo; la palabra correcta para describir a la audiencia era «gentuza».

Pero allí fue donde vio por primera vez a Patricia.

La interpretación consistía poco más que en entrar y salir del escenario, pero algo en su modo de andar le llamó la atención. Cuando finalmente alcanzó a ver su rostro, la totalidad de su belleza había resultado casi abrumadora. En un principio, Endimion pudo resistirse, dejando que sus ojos recorrieran todo el cuerpo de Patricia, desde una delicada ceja negra a la perfección del labio inferior, o al asombroso azul de sus ojos. Deseaba sumergirse en ellos, poseerlos de algún modo.

Había regresado al teatro noche tras noche. Le enviaba obsequios caros y ejercía su encanto con insistencia; Patricia Kino lo rechazaba una y otra vez. Pero al final, Darien sería el heredero del duque más rico de toda Inglaterra; como tal, había muy pocas cosas que deseara y no pudiera tener, y eso incluía a Patricia también. A fin de cuentas, como era de esperar, se rindió.

Vivió en alojamientos discretos; le dio una generosa mensualidad y se dedicó a disfrutar de la mujer que había ganado. Era una criatura curiosa, fría, orgullosa y siempre alerta, con un ingenio que de vez en cuando lo sorprendía. Hacer el amor con ella había resultado una rápida inmersión en el esplendor físico (él no había sido el primero, pero agradecía las enseñanzas que los predecesores le habían dado). Pero la experiencia siempre le dejaba una sensación de extraña inconformidad, quizá porque la verdadera esencia de Patricia permanecía intangible como la brisa; podía sentir algo en su reclusión cuando él se alejaba de ella. De vez en cuando, podía descubrir una sonrisa genuina en ella, y una o dos veces pensó que había visto algo en su mirada, algo natural, añoranza, dolor, pero fuera lo que fuera, se había desvanecido tan deprisa que terminó por pensar que lo había imaginado.

En ocasión de mi actuación como lady Macbeth, decía el relicario. Y recordó, con dolor agudo, la noche en que la dejó para siempre.

Había llegado a ella con una ira reprimida después de haber visto a su padre.

—¿Cuándo cumplirás con tu obligación y conseguirás una mujer adecuada, Endimion? Es hora de que dejes de malgastar mi dinero en esa prostituta y me des un heredero —dijo su padre cuando Darien se largaba de la casa de Londres.

Hacía tiempo que había aprendido a afrontar el aguijón de su padre con indiferencia, incluso había llegado a apreciar, en algún sentido, la enorme cantidad de resentimiento que había logrado como resultado. Había descubierto que podía canalizarlo en una feroz precisión al dispararle a ciertos objetivos, al imaginar el rostro de su padre en el tiro al blanco; había aprendido a pelear imaginando el rostro de su padre en el oponente. Como consecuencia, se convirtió en un excelente tirador y en un pugilista habilidoso y casi mortífero. Sin embargo, esa noche estaba cansado y había bebido un poco más de lo usual la noche anterior. Y quizá fue porque aún era joven y no se había convertido en esa clase de hombre amargo y frío que podía igualar a su padre en una disputa de control y medido sarcasmo, pero las palabras fluyeron de su boca antes de que pudiera pensar lo que iba a decir.

—¿Buscar una esposa? —arrastró las palabras—. ¿Para embarazarla y ver cómo muere al dar a luz, del mismo modo en que tú asesinaste a mi madre?

El puño lo golpeó antes de que pudiera eludirlo. Lo sorprendió. Su padre no le había asestado un golpe desde que se había ido a Oxford y, por lo general, había utilizado la palma de la mano, no el puño. El golpe lo hizo caer y su padre luego había pateado con un pie desafiante las costillas de Endimion, una y otra vez.

Darien, que podía felizmente asestarle un golpe a cualquiera en nombre del pugilismo, no podía golpear a su padre. Y entonces, luchó para ponerse de pie, cogió su chaqueta y el sombrero, y con calma y silencio dejó la casa. Fue en busca de Patricia, pero sus pensamientos no abandonaban la idea de venganza; un deseo ardiente y reprimido de venganza, la más perfecta y apropiada clase de venganza, y no la sensual mujer semidesnuda que estaba frente a él.

Le había preguntado, recordó, si le molestaba que hiciera el papel de lady Macbeth en el teatro Sweet Apple.

—El encargado del teatro piensa en hacer algo nuevo —le dijo—. Quiere atraer una audiencia diferente, quizá amigos tuyos con deseos de gastar.

—Macbeth es, a duras penas, «algo nuevo» —murmuró Endimion, aturdido—. ¿Habrá danzas indecentes durante los soliloquios? —Las danzas indecentes eran la especialidad del teatro Sweet Apple.

—Endimion, estoy hablando en serio. Le gustaría que hiciera el papel de lady Macbeth. ¿Te importaría?

En ese momento, pensó que debía oponerse (no le gustaba que su amante pasara tanto tiempo frente al público, y menos que se convirtiera en un posible objeto de risa), pero no tendría la fuerza necesaria para soportar la desilusión de Patricia si él se oponía. Una o dos noches antes hubiera sido una preocupación mayor, y quizá hubiera garantizado una discusión acalorada, pero sus pensamientos querían alejarse de los acontecimientos que habían sucedido antes esa misma noche, de la venganza. Y entonces, le dio permiso para que hiciera el papel de lady Macbeth.

Se unió al ejército al día siguiente. No volvió a ver a Patricia desde entonces.

Sí, Patricia había sido un logro, un desafío, un enigma, pero nunca una verdadera persona para él, admitió Darien, y se sintió avergonzado. Patricia nunca había llegado a tocar el centro de su ser, y nunca supo si fue porque había algo en ella que no le permitía llegar a él, o algo acerca del joven hombre que era en ese momento que no dejaba ser alcanzado. Eso le permitió dejarla sin pensar demasiado y con poco remordimiento, y volver a pensar en ella muy pocas veces durante su vida.

El relicario lo avergonzaba, su simplicidad. Con seguridad, había pagado por él y por los retratos en su interior (y con esa imagen de ella desnuda sobre el sofá hubiera entibiado aquellas largas semanas con Wellington) con el dinero que había ganado en sus actuaciones, y no con la mensualidad que le había dado. Ponía «mi amado». Sabía el peso que habría tenido para su precavido orgullo. Entonces comprendió cuánto debía de haberla herido.

Aun así, seguramente tendría que intercambiar el relicario por provisiones antes de continuar el viaje. Le quedaba poco dinero.

«Oh, eres un buen hombre, un héroe», se dijo a sí mismo con ironía. Todavía era un misterio cómo el relicario había aparecido en el bolsillo de una chaqueta en la casa de los Tsukino, pero de algún modo, parecía inevitable que lo encontrara a él. Había intentado huir de su pasado, pero ahora estaba claro que sólo había triunfado en reprimirlo. En el momento en que había hecho un movimiento y salido de aquella tranquilidad estática que había conseguido en las caballerizas de sir Kenji Tsukino, el pasado había aparecido para perseguirlo como un torrente, en fragmentos. Supuso que para un ajuste de cuentas.

Se resistía a contarle a Serena quién era en realidad y hacia dónde se dirigía. Tenía miedo de que pensara mal de él por abandonar sus obligaciones. Serena lo consideraba un héroe de verdad; cuando lo miraba a los ojos, él era un héroe. Y nunca querría que un desengaño opacara ese rostro. Pero no quería nada de eso, ni siquiera el inmenso peso de los siglos de grandeza que implicaba el título, ni el dinero, ni el poder ridículo e injusto que tenían aquellos que lo poseían, ni las enormes casas decoradas de un brillo falso y mármol, ni la sofocante compañía de lo que se suponía era la sociedad de Londres. Nada de eso. Quería crecer desde abajo, quería hacer su propio camino y quería hacerlo en Norteamérica.

Con los ojos cerrados, alargó el espacio entre una y otra respiración para escuchar la de Serena. Cómo lo miraba, con esos ojos que veían todo y comprendían todo sin juzgar, con ese encanto natural que lo dejaba sin aliento. Deseaba entibiar sus manos con el cuerpo de Serena, inspirar su aroma. Se dio cuenta de que volvería a pensar en su pasado por Serena. «Lo haré para que pueda decidir por ella hacia dónde la lleva la vida».

«Qué maldito absurdo, tonto». Al final, se forzó a mirar la verdad que yacía debajo de todo eso. «Estás huyendo con Serena porque no puedes soportar la idea de que le pertenezca a otra persona».

Entonces, los fríos dedos de Serena se deslizaron con suavidad por su rostro.

El corazón de Darien dio un brinco hasta la garganta.

Por un instante, los dedos de Serena permanecieron inmóviles, una indecisa y delicada presión. Su corazón comenzó latir con fuerza. ¿Qué sucedía? Con un gran esfuerzo, siguió respirando despacio y regularmente. ¿Creía que estaba dormido?

¿O sabía que no lo estaba?

Con un dedo, Serena siguió lentamente la línea de su mandíbula, una caricia tan suave como el aliento, una caricia imperceptible. Una pequeña y sensual bendición.

La respiración de Darien se volvió irregular. La tensión se apoderó de él, se puso rígido por el avance de aquel dedo. «¿Qué debo hacer?».

El dedo rodeó la curva de la barbilla, hizo una pausa con vacilación. Si giraba la cabeza tan sólo unos centímetros, sus dedos tocarían su boca…

Dios, sabía lo que quería hacer.

Serena quitó la mano.

Casi gimió en voz alta. Gracias a Dios. Permaneció lo más quieto que pudo, con una respiración profunda y pausada. El corazón le latía con tanta fuerza que la sangre llegó a sus orejas.

Al final, una eternidad después, la cadencia de la respiración de Serena le indicó que se había dormido.

«Fue curiosidad, nada más», se dijo a sí mismo. «Fue Serena siendo… Serena». Pero su cuerpo permaneció rígido, consciente de un descubrimiento sorprendente y no del todo bienvenido. Darien se cubrió los ojos con una mano como si pudiera de ese modo asfixiar los pensamientos; en silencio contó hasta cien, y a la inversa.

Sin embargo, la sensación de la caricia, la abrasadora delicadeza que poseía, permaneció, como si hubiera sido acariciado por la luz de una estrella.


Atte.: MONI 3

Besotes!