Acá les dejo otro capítulo del Duque Rebelde, sé que les va a gustar :) Comentarios y demás abajo...Recuerden que esta historia le pertenece a Long Julie Anne, sólo la adapté. La mayoría de los personajes pertenecen a Naoko Takeuchi :3


Capítulo 9

La silla de tela tejida con hilos de oro y patas doradas estaba tan adornada que parecía un objeto de joyería en lugar de un mueble y, por lo general, a Lita le dolía la vista de sólo verla. Preferiría que fuese al revés; le agradaban los muebles elegantes, pero simples, tapizados con colores que resaltaran su propio color. El mobiliario como un escenario para una joya. Pero esa silla en particular, según se decía, había soportado el trasero de Luis XIV. Por esa razón, Lita la había llevado de la finca de Dunbrooke a la casa de Londres. Era el emblema de su lugar en la vida, un talismán; sentarse en esa silla estabilizaba la sensación de privilegio cuando se sentía insegura.

Habían sido un par de sillas iguales. Su último esposo, un hombre tan atractivo que podía detener cualquier conversación al entrar en una habitación, un hombre que poseía uno de los títulos más antiguos y una de las fortunas más grandes de toda Inglaterra, había confundido la otra silla con un orinal una noche de ebriedad y la había rociado por completo. Un sirviente la retiró deprisa. Nunca supo qué se hizo de ella.

A cambio de padecer el matrimonio con Tom Mamoru, un hombre que comenzaba a beber tan pronto como terminaba el desayuno y disfrutaba de dar y recibir azotes, Lita Mamoru, duquesa de Dunbrooke, se había convertido en la mujer más influyente de la educada sociedad de Londres. El brillo aristocrático de su porte compensaba la inquietante belleza que poseía; ambos, se creía, eran el resultado de una ascendencia real antigua y extinta, con seguridad francesa. Como duquesa de Dunbrooke, atendía a los invitados con frecuencia y de modo exquisito; presidía sus funciones con gracia e ingenio; lo matizaba con excesiva humildad para ganar el aprecio de las mujeres del círculo y asegurarse de que ninguna de ellas sospechara de sus respectivos esposos. En realidad, Lita sabía que podía impactar a cualquiera de los esposos con sólo una mirada entre sus oscuras pestañas. Los esposos que se rendían ante ella representaban un desafío tan insignificante que Lita se dejaba tentar sólo en las noches de mayor aburrimiento.

En resumen, como la esposa del duque de Dunbrooke, Lita había creado una vida ingeniosa, compleja y construida matemáticamente como cualquier composición de Bach.

El final de su matrimonio había llegado antes de lo esperado: un bandido le había cortado la garganta a su esposo apenas dos años después de la muerte de su propio padre. Gracias a Hutchins, los impedimentos para su felicidad desaparecieron del modo más conveniente. Una expresión desmejorada, un murmullo suave para decir: «Ojala Tom estuviera muerto», y pronto, su deseo se hizo realidad. Pensó que lo mejor sería no cuestionar lo sucedido; después de todo, el resultado era una vida más cómoda y quizá más segura.

Lita heredó una extraordinaria fortuna porque Tom no tenía herederos, ni siquiera un primo lejano. Había escasez de niños en esa generación de la familia Mamoru.

Sólo una vez estuvo enamorada, muy enamorada, y esa locura, irónicamente, era la fuente de la exasperación actual, gracias a Andrew Furuhata. Pero aún no sentía rencor contra Furuhata y, de modo sutil, le había dejado claro a Hutchins que, a pesar de la extorsión, prefería que Furuhata continuara con vida por el momento. Aunque a primera vista no parecía diferente de cualquier insignificante lord, Lita supo que Drew era más canalla que cualquiera de ellos, pero también poseía una extraña, pronunciada y sorprendente veta de decencia. La verdad era que Furuhata había robado su caja de joyas y se había apoderado del relicario mientras ella dormía bajo los efectos del vino y del acto sexual. Pero también había mantenido un secreto tan exquisito que podría haberse convertido en su única moneda corriente, un secreto que la alta sociedad hubiera mordisqueado hasta las entrañas durante años.

Que Lita Mamoru era, quizá, el fraude más perfecto y glorioso que alguna vez hubiera existido en la sociedad de Londres.

La taza y el platillo que sostenía con la mano comenzaron a agitarse. Los apoyó con cuidado en la larga mesa junto a ella por miedo a arruinar la otra silla Luis XIV y entrecruzó las manos sobre el regazo, enterrándolas entre los costosos pliegues del vestido.

Hubo un golpe a la puerta de la sala de estar.

—Adelante, por favor —dijo.

Hutchins hizo una pausa a la entrada de la puerta y, como acostumbraba, hizo una pequeña reverencia delante de Lita. La expresión del rostro de Lita se suavizó al verlo. Su rostro, de hecho, era el único del mundo que se suavizaba ante la presencia de Hutchins. No significaba que fuera grotesco; era de baja estatura y un poco encorvado, la descripción de un número considerable de habitantes de Londres. Tenía que ver con los ojos. Eran enormes y de un oscuro diabólico, ubicados bien dentro del cráneo. Había algo en ellos, algo sombrío, implacable e infinitamente tranquilo que semejaba un par de tumbas recién excavadas. Provocaba estremecimiento y Hutchins parecía saberlo; cuando se requería que estuviera en presencia de la nobleza por un período de tiempo, mantenía la cabeza gacha por respeto. Parecía moverse en la propia penumbra que le brindaba una especie de invisibilidad que su ama consideraba de gran utilidad.

Hutchins parecía conocer a cada asesino, tramposo y reprobado en un radio de ochenta kilómetros de Londres. Lita no sabía nada y prefería no saber los detalles de su pasado; sólo sabía que tenía debilidad por el teatro y un don para la estrategia; dos cualidades que se habían complementado con los dones y ambiciones de Lita durante muchos años. Por razones que sólo conocía Hutchins, había decidido hacía tiempo que Lita merecía ser servida. Durante quince años se había dirigido a ella como si fuera una emperatriz.

—Su Excelencia, he venido a informarle de lo sucedido.

Tenía las manos vacías. Así que no habían recuperado el relicario. Levantó la taza una vez más y bebió un sorbo de té, esperando que aplacara sus nervios.

—Por favor, Tomad asiento, Hutchins —dijo Lita. Por lo general, no les decía a sus sirvientes que se sentaran, pero sabía que Hutchins sufría de dolor en la cadera por la humedad, y en Londres casi todos los días eran húmedos.

—Gracias, Su Excelencia. —Hutchins se sentó con cuidado en una silla rellena y tapizada con un satén color rosa—. Nuestros… asistentes no encontraron coches en el camino a South Greeley, Su Excelencia. Sin embargo, nuestros otros asistentes, tuvieron un insólito encuentro con un pasajero de un coche de alquiler en la carretera, al norte de St. Eccles.

—¿Oh? —preguntó Lita—. ¿Qué sucedió?

—Nuestros asistentes hicieron lo que les pedimos: detuvieron el coche y les pidieron el relicario a los pasajeros. Pero, aparentemente, un lord de alguna clase o, según dijeron, «un maldito demente aristocrático» disparó hacia uno de ellos, no lo hirió demasiado, pero perdió sangre. Les quitó las armas. Asustó los caballos. Les dio una paliza en el trasero.

—¿Les dio una paliza en el trasero? —repitió Lita—. ¿Otra cita textual, Hutchins?

—Sí, Su Excelencia.

—La historia parece falsa, Hutchins. ¿Sólo un hombre ha luchado contra dos hombres armados? ¿Qué hace un lord con un coche alquilado? ¿Y no había rastros de la niña?

—Dijeron que el hombre, alto y de cabello rubio, hablaba como un noble inglés y era muy buen tirador. Se deshizo rápido de ellos, madame. Salió del coche a patadas y disparos, según dicen. Me Tomé la libertad de compensarlos por la pérdida de los caballos, Su Excelencia. Quizá necesitemos sus servicios en un futuro.

Lita asintió, distraída.

—En resumen, no encontraron al irlandés y a la niña de cabello rojizo en el coche.

—En realidad no vieron a la niña, Su Excelencia, y ese loco negó que hubiera una en el coche. Pero uno de nuestros asistentes, Edgar, jura que cuando ese loco le ofreció una de las pistolas al cochero, oyó la voy de una niña que decía: «Yo quisiera una pistola».

Lita se quedo inmóvil. Por alguna razón, por lo que sabía, parecía la clase de cosa que Serena Tsukino diría. De pronto, estuvo segura de que esa historia, en parte, era verdadera.

—¿Habéis dicho que el coche siguió hacia el norte? —indagó Lita.

—Sí, Su Excelencia. Quizá más lejos, hasta Escocia. Es difícil de determinar.

—Hutchins, ¿podéis encargaros de que nuestros asistentes sigan a ese «loco»? No han encontrado a Serena Tsukino en los alrededores de su hogar y algo acerca de esa historia despierta mi curiosidad.

—Por supuesto, Su Excelencia.

—Gracias.

—Vuestro nuevo abogado está en la sala. ¿Le ordeno que suba, o Su Excelencia lo recibirá abajo?

Lita suspiró. El abogado de la familia, un agradable y coherente anciano llamado Melbers que había estado con la familia durante más de treinta años, había fallecido en la silla de su biblioteca un mes atrás. Por recomendación del vizconde Grayson, Lita había contratado al señor Matthew Green, y el señor Green había solicitado tiempo para familiarizarse con la contabilidad de la familia Mamoru y la finca de Dunbrooke antes de darle un informe a Lita, que había olvidado por completo la cita.

—Ordenadle que suba y pedidle a la criada más té.

—Por supuesto. Y… ¿Su Excelencia?

Lita levantó la mirada.

—Encontraremos el relicario —dijo Hutchins en voz baja. —Lita esbozó una sonrisa sombría y fugaz, asintió deprisa. Hutchins asintió con la cabeza y se dirigió a la puerta.

Un instante después, la criada entró con una bandeja de té, seguida de cerca por el señor Matthew Green. Tenía el mismo aspecto que todos los abogados: grisáceo, delgado, con gafas, calificado, pero no presumido; respetuoso, pero no servicial.

—Tome asiento, señor Green. Espero que haya encontrado todo en orden —dijo Lita, y comenzó a servir té para los dos.

—Sí, Su Excelencia. Conocí bien a Melbers y era el mejor en su trabajo, si puedo Tomarme la libertad de mencionarlo.

Lita sonrió con amabilidad. «Era la duquesa de Dunbrooke, por el amor de Dios», pensó. «Era obvio que emplearía al mejor abogado que pudiera encontrar».

—Sin embargo, encontré una irregularidad con la que quizá pueda ayudarme —continuó el señor Green—. Es un gasto que ha ocurrido a intervalos de un año durante los últimos cinco años. El nombre asociado con este gasto no pertenece a ninguno de los empleados y pensé que quizás podía ser… —Allí bajó el volumen de la voz—, una deuda de juego. Pero el pago se ha realizado siempre a la misma altura del año. Y está registrado en un libro aparte.

Lita hizo una mueca con la boca. No podía creer que Tom tuviese la suficiente lucidez u honor como para mantener una amante, pero nunca podría saberlo.

—¿Cuál es el nombre que aparece en el libro, señor Green?—inquirió.

—El nombre es Darien Chiba, Su Excelencia.

Lita dejó caer la taza de té y salpicó, quizá de modo inevitable, la silla Luis XVI.

El señor Green se puso de pie, aturdido.

—¡Su Excelencia! ¿Llamo a la criada?

—Oh, no, discúlpeme, señor Green. —Para su sorpresa, su voz surgió como el chillido de una flauta. Aclaró su garganta antes de volver a hablar—. Me temo que estoy muy cansada y por lo tanto, algo torpe. ¿Podemos reunimos otro día?

El señor Green, que parecía un poco sorprendido por aquella angustia repentina, aceptó con un murmullo y se retiró de la habitación.

La mente de Lita estaba aturdida ante las posibilidades.

Esperó hasta que oyó que el mayordomo guiaba al señor Green fuera de la casa, entonces corrió hacia el despacho que una vez había pertenecido al anciano duque. Era una habitación llena de humedad, sin uso desde su muerte, y Lita había planeado quemar todo y transformarlo en otra sala de estar. Murmuró una corta y extraña oración de agradecimiento por no haberlo hecho aún.

Con desesperación, abrió los cajones del escritorio del anciano duque; revolvió los papeles mohosos; los hizo a un lado hasta que el sudor humedeció el canesú del vestido, hasta que unas mechas del cabello quedaron sueltas, sin estar segura de lo que estaba buscando y entonces…

El borrador del primer testamento del duque. El testamento que había preparado antes de que su hijo mayor muriera en Waterloo.

«A mi hijo mayor, Endimion Edward Darien Chiba Mamoru…».

Cayó de rodillas. Le habían puesto todos esos malditos nombres y ella sólo había conocido el primero y el último de ellos. En un tiempo, esas dos palabras habían sido las más amadas por Lita. Ahora, esas dos palabras se habían transformado en las más peligrosas.

El coronel William Nicolás tenía dificultad para recordar por qué había comprado un abono en Almack's. Había juegos de cartas y baile; una orquesta competente tocaba una contradanza de buen gusto, y las jovencitas con colores brillantes se movían despacio en los brazos de los hombres, algunos de los cuales no eran tan jóvenes. Pero así funcionaba ese mundo: sólo fortuna, no se necesitaba belleza, ni juventud si un caballero deseaba una joven esposa bien educada. Las madres de familia resplandecían con turbantes, plumas y ostentosas joyas contra las paredes mientras observaban a los bailarines con ojos expertos y escrutadores; apuestas y observaciones mordaces se negociaban detrás de abanicos abiertos y ubicados de modo estratégico.

Nicolás se sentía un poco torpe y fuera de lugar; no buscaba una esposa, ya que la suya había fallecido hacía apenas dos años, y el juego no le tentaba. Ni tampoco los rostros femeninos que lo rodeaban. Parecían adornos bonitos; todos los ojos y las sonrisas parecían igual de brillantes, pero ninguna mujer se manifestaba iluminada por alguna cualidad específica de personalidad. Nicolás consideró que quizá no estaba siendo justo y pronto se disculpó a sí mismo por si ese era el caso. Sus pensamientos se desviaron con añoranza hacia su finca, donde la caza había sido particularmente buena ese año, y hacia su pequeño hijo, Nicholas, que se había quedado con su tutor cuando el general Munson lo había convencido de ir a la temporada de Londres. Nicolás había comenzado a planear con impaciencia una rápida salida por la puerta, quizá un paseo hacia White's para beber una copa relajante y ojear el periódico, cuando divisó a sir Kenji Tsukino.

Esa fue una sorpresa agradable y totalmente inesperada. Sir Kenji también parecía intentar sobrellevar la noche sin poder lograrlo. Nicolás sabía que lo único que podía mover a Tsukino de su confortable finca era una hija que necesitara un esposo. Nicolás analizó los rostros del pequeño grupo que rodeaba a sir Kenji.

Se sorprendió al ver a la duquesa de Dunbrooke entre ellos. Parecía estar concentrada en la conversación que mantenía con una bella mujer de formas redondeadas que llevaba un turbante púrpura, Nicolás supo que era la esposa de sir Kenji. El cambio en ella había sido increíble. Lita Mamoru era la viuda del último duque de Dunbrooke, Tom Mamoru, un vividor que había sufrido una muerte terrible, pero no inesperada. Y aun así, Tom había sido el hermano de Endimion Mamoru; y el coronel Nicolás había apreciado al joven Endimion. Había sido un joven íntegro e inteligente, habilidoso, valiente y un soldado perspicaz, aunque se mostró un tanto precipitado en su decisión de formar parte del ejército. Había muerto en Waterloo, como muchos otros. El coronel Nicolás sintió mucho su pérdida.

Nicolás sintió que su aburrimiento se convertía en entusiasmo. A decir verdad, disfrutaría de una conversación con sir Kenji. Con una sonrisa de placer en la cara, caminó desde donde estaba hasta quedar frente al pequeño grupo.

—¡Vaya, Nicolás! —exclamó sir Kenji, aliviado y complacido de verlo—. Qué encantadora sorpresa. Me alegro de verte. ¿Recuerdas a lady Tsukino? Y estas son la duquesa de Dunbrooke y mi hija, la señorita Rei Tsukino.

El coronel Nicolás hizo una profunda reverencia mientras las tres damas saludaban con amables inclinaciones. Cuando quedaron de pie y levantaron los rostros, Nicolás quedó sorprendido por un instante al ver a Rei Tsukino.

Un hombre podía convertirse en poeta, en filósofo, tan sólo con echarle una mirada a la extensión natural de su cuello y al pecho que asomaba por encima del vestido de Rei; el collar de perlas que llevaba puesto era innecesario, un obstáculo para la vista. El vestido, de una seda azul pálida, el color de la luna llena en invierno, estaba mezclado con hilos color plata. Los colores repetían la extraña perfección del brillo de su cabello y de sus ojos. Buscó en esos luceros para ver si alguien ocupaba su visión y sintió intriga al notar una sombra sutil que oscurecía ese luminoso azul. Algo perturbaba a la señorita Tsukino, y aunque quizá sólo se trataba de que los zapatos le apretaban demasiado, Nicolás descubrió que había algo más perverso e interesante que el brillo vacío de las otras mujeres que estaban alrededor. Aún más intrigante, quizá, era el hecho de que Lita Mamoru, la reina de la belleza, sintiera necesidad dé aparecer junto a esa jovencita.

—Lleva a mi hija a dar un paseo por este lugar. ¿Te parece bien, Nicolás? —dijo sir Kenji, mientras rescataba a su amigo de un silencio cautivador—. Luego, cuando vuelvas, tendremos una charla para ponernos al día.

Cuando Nicolás extendió su brazo para asir la mano enguantada de Rei, se sorprendió al notar débiles arrugas de disconformidad en la frente de lady Tsukino. Nicolás comprendió de inmediato. Al haber tenido la bizarra fortuna de engendrar una belleza como Rei, lady Tsukino, con naturalidad, sentía una cierta presión por procurar un buen partido para su hija.

Nicolás se encontró disfrutando por un instante de los colores serenos de aquella niña. Encajaba a la perfección en sus brazos de soldado mientras la conducía al ritmo familiar de la danza.

—¿Por qué está triste esta noche, señorita Tsukino?

Los ojos de Rei se abrieron de par en par por un instante.

—Creo que debe felicitarme por el vestido antes de pronunciar algo más, coronel —respondió Rei con seriedad antes de detenerse a pensar lo que tendría que haber respondido.

—Ah, pero entonces ¿qué quedará para el resto de los jóvenes cuando pidan acompañarla? Dejémosles el tema del vestido a ellos. De lo contrario, para el final de la noche se habrá vuelto loca de escuchar siempre lo mismo.

Rei sonrió, insegura. El Coronel tenía el cabello de un color marrón rojizo salpicado de gris en la sien, y ojos verdes que se comprimían un poco al sonreír, como en ese momento. No tenía la edad exacta de su padre, pero tampoco era un hombre joven, ni tenía un título nobiliario. Su madre no querría que contrajera matrimonio con él y, por lo tanto, Rei sintió que podría sentirse más libre en la conversación. Vaciló y, dado que le habían prohibido que pronunciara siquiera una palabra acerca de lo de Serena, incluso a sus padres, y puesto que el pensamiento sobre ese tema la carcomía por dentro y porque sus ojos eran tan buenos, dijo de manera abrupta:

—Estoy preocupada por mi hermana Serena.

Detrás de ellos, otro joven que guiaba a una dama por el salón vio por primera vez a Rei. De inmediato tropezó con los pies de su compañera, le pisó el dobladillo del vestido y quedó a gatas en el suelo; a continuación, cayó su compañera.

El coronel Nicolás apartó con destreza a Rei de aquel pequeño y caótico cúmulo de personas. Los pensamientos de Rei estaban en otra parte; pareció no haber notado nada.

—¿Su hermana? —preguntó Nicolás. Por Dios, ¿podía haber otra belleza en la casa de los Tsukino?

—Está… indispuesta —explicó Rei, y luego cerró los labios con firmeza, como forzándose a cerrar la puerta que llevaba hacia ese tema; sus ojos azules se agrandaron de temor. La imaginación de Nicolás voló por un instante e imaginó desde una joven dama con un resfriado hasta una joven criada embarazada, deshonrada y confinada a la campiña para siempre. Intentó mantener ese brillo de intriga en la mirada.

—Y no quiere hablar de ello —dijo con amabilidad; fue más una afirmación que una pregunta.

—No hablaré de ello —repitió Rei para confirmar.

—¿Está aquí para contraer matrimonio con un duque o un conde? —preguntó el coronel Nicolás; otra vez una pregunta que indicaba un hecho.

—O un vizconde —agregó Rei—, si puedo conseguir uno.

—Haré todo lo posible por ayudarla en su búsqueda, mi querida señorita Rei —dijo Nicolás con seriedad, pero con un brillo inconfundible en sus ojos—, para aliviar sus preocupaciones aunque sea por un instante. Tenemos una espléndida selección de condes y vizcondes esta temporada.

Rei se echó a reír, la diversión convirtió sus ojos en grandes lámparas azules y Nicolás se sintió cautivado. Se le ocurrió, de pronto, que la oportunidad de hacer que los ojos de Rei brillaran como luceros esa temporada compensaría la excelente caza que se perdería por estar allí.


Hola chicas, perdón, no he actualizado en 3 días creo...como había comentado antes, he estado muy ocupada... y ahora me enfermé es triste...pero para decirles que sigo viva XD les traigo una compensación de 3 capis seguidos :D si como escu...leyeron XP

Ahora reviews ( ¬¬ ¿por ke tan poquitos?)

Elsy82: :D me gusta ver a las personas sonreir... no te ví, pero sentí algo lindo al saber que sonreíste :D bueno, cuadno no actualice un día, el día siguiente será doble :3 bueno, si, ya saben quien esmlita u.u BESOS

Marie Mademoiselle Chiba: Este... si, yo tambien me dí cuanta de eso al leerlo :) jaja OLIS

sheccidmoon: Hola! ¿verdad que si está emocionante?...gracias por el comen...

solo son tres...ME ABANDONARON TRAIDORAS XDXD Bueno, siguen 2 capis más bye bye...

Atte.: MONI 3