Acá les dejo otro capítulo del Duque Rebelde, sé que les va a gustar :) Comentarios y demás abajo...Recuerden que esta historia le pertenece a Long Julie Anne, sólo la adapté. La mayoría de los personajes pertenecen a Naoko Takeuchi :3
Capítulo 10
Para satisfacción de Darien, la tienda de empeños del señor Augustus Meredith aún se encontraba ubicada de manera conveniente a no más de cincuenta pasos de la posada Thorny Rose. Era el único lugar en la ciudad en el que un hombre podía perder el salario de un mes en lo que durara un juego de cartas. En caso de que ocurriera este hecho desafortunado, el señor Augustus Meredith con gusto le proporcionaba a uno más dinero a cambio de los mejores platos de su esposa, o el abrigo del domingo, o quizá, si el apremio era de verdad desesperado, los arreos de un caballo. Darien recordaba que los vecinos de los alrededores de Keighley Park a menudo hablaban de la tienda de Meredith tanto con gratitud como con resentimiento.
Acababa de amanecer, pero los tablones que protegían el escaparate de la tienda del señor Meredith ya estaban abiertos al público. Se exhibía gran variedad de objetos domésticos y prácticos colocados con una inclinación hacia lo estético: algunos platos y tazas de porcelana alrededor de un hervidor de cocina, una sólida silla con dos o tres libros apilados; un mosquete viejo, pero de apariencia bastante utilizable, apoyado contra la pared de exhibición. Sería conveniente obtener el mosquete por una suma de dinero razonable, dado que sus fondos eran cada vez más escasos y tendría que salir a cazar para la cena antes de que llegaran a Escocia, y no podía hacerlo con pistolas. Darien sonrió con ligereza al mirar más de cerca y descubrir que uno de los libros era el famoso herbario del doctor Mayall, un compendio de útiles hierbas medicinales junto con apuntes y fórmulas para ungüentos y bálsamos. Estaba contento porque allí encontraría precisamente lo que necesitaba.
No obstante dudó por un momento en el umbral. Había convencido a Serena para que se quedase en la posada Thorny Rose y durmiese un poco más. Esa mañana le había entregado el relicario con sorprendente reticencia, pero Darien con dulzura le recordó la razón por la que lo había robado en primer lugar, que era su deseo de ayudar a contribuir en su éxodo. Así fue como por fin la convenció de que entregarle el relicario era algo noble.
Sin embargo, Darien aún se sentía un poco canalla por varias razones, y no era algo menor que ahora Patricia Kino ayudara de manera indirecta a que su «querido amor, Endimion Mamoru» se fugara con otra muchacha. Pese a las punzadas de culpa, descansaría con mucha más tranquilidad una vez que se deshiciera del relicario. Estaba preparado para emprender una nueva vida y, por extraño que pareciera, sentía que el relicario era como un ancla que no le permitía navegar en la corriente.
El señor Augustus Meredith se encontraba detrás del mostrador preparando su té de la mañana. Cuando sonó la campanilla de la tienda, levantó la mirada con brusquedad. Sus rasgos se adaptaron de manera pensativa a la expresión adecuada de un prestamista, una fuerte mezcla de bienvenida y condescendencia cautelosa. Abrió la boca para emitir un saludo y luego le echó una primera buena mirada a Darien. De manera instantánea enderezó la espalda e hinchó el pecho.
—Buenos días. ¿Qué puedo hacer hoy por usted, buen hombre?
Darien estaba un poco desconcertado. No era frecuente que a uno le dieran una bienvenida tan cálida en una casa de empeños.
—Buenos días. El señor Meredith, supongo —dijo Darien.
—Así es —respondió el señor Meredith, arrastrando las palabras de manera señorial.
—Tal vez pueda ayudarme, señor Meredith —dijo Darien, absteniéndose de manera intencional de presentarse a sí mismo—. Quisiera canjear esto. —Abrió la palma de la mano para mostrar el relicario—. Por algunos objetos. Aquel mosquete en el escaparate, algunas ollas y cosas por el estilo. Voy de camino a visitar a mi tía en Escocia y le he prometido a mi sobrino hacer un alto en el camino para ir de caza. Por desgracia, me encuentro bastante escaso de dinero esta mañana. Esperaba poder elegir algunos objetos y llevarme el resto en dinero.
Los ojos del señor Meredith habían quedado desorbitados al ver el relicario. Aclaró la garganta.
—Es oro, supongo —sonaba como si intentara hablar de manera casual, pero en cambio las palabras emergían con la voz bastante ronca.
—Por supuesto —afirmó Darien con frialdad—. ¿Desea inspeccionarlo?
El señor Meredith alargó la mano con impaciencia hasta el objeto resplandeciente y con habilidad pasó el dedo por el borde del relicario para soltar la traba. Bajó la mirada por un momento. Una pequeña sonrisa de satisfacción jugueteaba en sus labios.
—¡Vaya, caramba! Es un muy bello retrato de la duquesa de Dunbrooke, ¿no es verdad, señor?
Darien quedó boquiabierto ante Meredith, como si de repente hubiera comenzado a balbucear en turco. «¿La duquesa de Dunbrooke?» La última duquesa de Dunbrooke que había conocido había sido su madre…
—¿Disculpe?
—La duquesa de Dunbrooke —repitió Meredith divertido y con una confianza cada vez mayor—. ¡Ah, sí, es ella, sí señor! Hermosa como una princesa de cuentos. Estuvo en la ciudad con el duque hace algo más de un año. Mi esposa y yo los hemos visto. Venían a visitar su finca en la frontera. Ese era el rumor, y ya era hora, también, viendo cómo habían descuidado esas tierras por tanto tiempo. También fue una verdadera lástima lo del asesinato del Duque. Dicen que fue un salteador de caminos.
La cabeza de Darien daba vueltas produciéndole una sensación desagradable. —Yo… me temo que no sé de qué…
—Y, ¡ay, mire aquí! —interrumpió Meredith—. También hay una inscripción. Permítame buscar mis gafas para poder…
Con destreza, Darien le arrancó el relicario de la mano y lo protegió en el puño de la suya. Meredith alzó la mirada, sobresaltado. Entornó los ojos y vio que Darien se había puesto un poco pálido. Al darse cuenta, el rostro con papada de Meredith se suavizó.
—¿Cambió de opinión, señor? No puedo decir que lo culpe. Es muy duro entregar una reliquia familiar.
Sorprendido, Darien intentaba responder, pero cuando abrió la boca todo lo que pudo hacer fue un pequeño sonido árido.
—Vaya, tiene todo el aspecto de un Dunbrooke. Alto y moreno. Mandíbula filosa como la cuchilla de un hacha. Me di cuenta tan pronto entró en la tienda. ¿Es un primo, quizá? ¿Está atravesando tiempos difíciles?
Darien respiró profundamente, exhaló, y luego se irguió por completo en su altura desmesuradamente grande y elegante.
—He cambiado de opinión, señor Meredith —respondió con la voz exitosamente bajo control otra vez—. Utilizaré dinero para pagar las cosas que necesito. ¿Sería tan amable de alcanzármelas mientras se las señalo? Comenzaré por un libro del escaparte. El herbario.
El señor Meredith parecía algo nervioso por la manera abrupta en la que su charla acogedora se había convertido en fría servidumbre. No obstante, correteó de inmediato para cumplir con las órdenes de Darien.
Cuando salió de la tienda del señor Meredith, una media hora más tarde, sus brazos estaban llenos y sus bolsillos, casi vacíos. Se detuvo en la calle, ciego por un instante, y esbozó una pequeña risa casi de histeria.
¿Patricia Kino, su propia amante, se había convertido en la duquesa de Dunbrooke? ¿Cómo era posible? Y a Tom, al parecer, lo habían asesinado. A su hermano menor, su rival y aliado, el pequeño niño inocente que se convirtió en un joven aparentemente empeñado en la autodestrucción, lo habían asesinado.
Estaba tan absorto en sus pensamientos que no oyó los pasos detrás de él.
—Bueno, no has mejorado nada con la edad, desagradable viejo hijo de perra, pero me alegra verte. Se suponía que estabas muerto.
Darien dio media vuelta. Detrás de él había un hombre con la piel del color de una nuez pulida, ojos de un tono más oscuro que las hojas de un roble y una nariz como una patata majestuosa. Sus ojos verdes brillaban con afecto y picardía, y de una de sus manos colgaba un abultado saco de arpillera.
—¡Artemis Heron! —Darien estaba encantado—. Veo que aún eres una peste de la humanidad.
Artemis Heron rió a gritos y cogió a Darien en un abrazo aplastante. El contenido del saco de arpillera sonó al moverse. Cuando Artemis lo soltó, Darien colocó una mano sobre sus costillas para comprobarlas; temía que ahora estuvieran en fragmentos. Miró el saco de arpillera con una irónica distracción. Artemis era gitano, jefe de una compania gitana que a menudo se alojaba cerca de las tierras de Dunbrooke cuando Darien era niño, y su brújula moral apuntaba sólo en una dirección, es decir, hacia cualquier cosa que fuera aceptable mientras contribuyera al bienestar de los miembros de su compania: mentir, robar y estafar incluidos. Por consiguiente, Artemis y los miembros de su compania eran alegres en exceso, y mentirosos, ladrones y verdaderos estafadores. El saco de arpillera sin duda contenía algunos candelabros robados o alguna fuente de plata para que el señor Augustus Meredith los examinara y los comprara.
De manera peculiar, la simplicidad del código de Artemis Heron lo hacía el hombre más honesto que Darien había conocido alguna vez. Artemis entregaba su lealtad a regañadientes, pero de manera irrevocable, y hacía años se la había entregado a Darien el día en que éste le había pillado cazando liebres furtivamente con dos perros de caza y una red en las tierras de su padre. Darien había prometido no alertar a las autoridades a cambio de que le mostrara cómo demonios se cazaba una liebre con dos perros de caza y una red. Al principio, entablar una amistad con Artemis sólo había sido otra manera en la que Darien se rebelaba en secreto contra su padre. Sin embargo, Darien pronto descubrió que la mezcla única de ingenio irónico, sabiduría arcana e imperdonable ladronería de Artemis era irresistible. Y así se convirtieron en verdaderos amigos, aunque fuese algo poco común entre personas tan dispares.
—Sin duda tienes algo que contar —instó Artemis—, porque no he oído que estés de otra manera que muerto.
—Sí, tengo una historia. Pero sólo cuatro personas con vida, tú y yo incluidos, saben que Endimion Mamoru no murió en Waterloo, y quisiera que continuase siendo así —dijo Darien más quedo.
Artemis levantó las cejas y miró a Darien de manera inquisidora por un largo rato. Por fin, como llegando a una conclusión algo íntima aunque satisfactoria, negó con la cabeza con admiración.
—¿Endimion Mamoru? Una vez conocí a un Endimion Mamoru, pero murió en Waterloo. ¡Que su alma descanse en paz! —Artemis siempre estaba de acuerdo con el subterfugio ingenioso, ya que mucho de su sustento dependía de eso.
—Sí —asintió Darien, aliviado, aunque estaba seguro de poder confiarle a Artemis su secreto—, ha sido una gran pérdida.
La comisura de la boca de Artemis se torció hacia arriba.
—Si tú lo dices… Dime, Endimion Mamoru o quienquiera que puedas ser, ¿compartimos la historia con una cerveza?
—Ahora soy Darien. Nada me gustaría más, pero viajo con compañía y me temo que no puedo retrasarme mucho más.
—Muy bien, entonces. Otro día. Debo decir que nunca te había visto con tan buen aspecto, a pesar de que tu rostro aún se parezca al trasero de un perro.
Darien y Artemis siempre aceptaban insultos uno del otro con la ecuanimidad divertida de dos hombres completamente seguros de sus propios encantos.
—Es extraño, pero me has quitado las palabras de la boca, Artemis. Y… bueno, nunca he estado más feliz.
Darien se daba cuenta de que era verdad, y se sorprendió ante sus propias palabras. Y sin embargo, ¿cómo podía ser cierto? Le habían abordado salteadores de caminos, su antigua amante parecía haber contraído matrimonio con su hermano, a quien habían asesinado, no tenía dinero…
—Vaya, ya veo —afirmó Artemis con sabiduría—, es una mujer.
—No es una mujer —aseveró Darien, irritado.
—¿Y tu compañía de viaje… es una mujer u otro caballero?
—¿Y qué importa eso?
Artemis sólo se encogió de hombros y sonrió de manera cómplice.
Darien, que se sintió extrañamente preso del pánico, cambió de tema.
—¿Tienes noticias de alguno de los vecinos de Dunbrooke? ¿Los Pickering, los Brown?
En ese momento el comportamiento de Artemis cambió casi de manera imperceptible: su columna se puso un poco tensa y desvió la mirada; Darien pensaba con aprensión que fue casi como si Artemis lamentara haber oído la pregunta.
—Ay, pues bien, desde que tu hermano falleció, a decir verdad, antes de eso, las tierras y las personas que viven allí lo han pasado… mal… No hubo nadie que se interesara. Al hijo menor de los Pickering lo colgaron por robar un cerdo. La familia quería comida, ya sabes.
Darien se sonrojó. Eran palabras elegidas de manera delicada, palabras diplomáticas, no una acusación precisamente, pero de todas maneras llegaban a sus oídos como si lo fueran. Y lo peor de todo era que Artemis sabía cómo le sonarían a Darien y había apartado la mirada para evitar el orgullo de su amigo. Daba por sentado que Darien se sentiría avergonzado.
Darien permaneció inmóvil por un instante. El rostro le ardía. Los vecinos habían sido amables con él cuando era un joven lord solitario que cabalgaba por el pueblo en un caballo que costaba más de lo que cualquiera de ellos vería en su vida. Había llevado a cuestas a sus niños, comido de su pan, hablado con ellos sobre ovejas y zanjas de drenaje. «No ha sido por mi culpa», se decía a sí mismo con vehemencia. «No ha sido por mi culpa que Tom fuera un vago; no ha sido por mi culpa que Tom esté muerto; no es por mi culpa que el chaval de los Pickering tuviera un mal final. Pronto, todo esto será un recuerdo desagradable. Pronto estaré en un barco rumbo a Norteamérica…»
Y aun así una imagen se formaba en su cabeza: una casa solariega que se derrumbaba en escombros por quitar una vieja viga. «Pero nunca pude haber sido tan importante», se decía a sí mismo.
Darien aclaró la garganta y rompió el incómodo silencio que había caído sobre ellos.
—¿Y qué es lo que llevas en ese saco, Artemis? —preguntó sin rodeos. Fue de manera infantil y mezquina, lo sabía, pero su orgullo parecía haber Tomado el control de su juicio en ese momento.
Artemis bajó la mirada hacia la bolsa y la sacudió un poco para hacer sonar el contenido otra vez.
—Ah, un poco de esto y aquello —dijo con naturalidad—. No estaban clavados, ni había nadie que los vigilara, por lo que estaba claro que el dueño podía prescindir de ellos.
Darien lo miraba fijamente, se preguntaba cómo sería no sentir nunca ni siquiera la más mínima punzada de remordimiento.
—Deberías obtener una buena cantidad por todo eso. El señor Meredith tiene buen ojo para las mercancías. ¡Mira este maravilloso herbario que me ha vendido! —Sacó el pequeño libro destrozado con un ademán.
Artemis rió y apretó a Darien en otro abrazo violento a modo de despedida.
—Si necesitas alguna cosa durante el viaje, Darien, sigue el patrin para encontrarme. Ya sabes cómo, ¿no es verdad? Hemos marcado el camino con piedras, ramas y cosas por el estilo —dijo Artemis—. Partimos hacia la feria de caballos de Cambridge en un día. Venderemos caballos, leeremos las palmas de la mano, haremos algunas curaciones, y otras cosas.
—Gracias, amigo mío. ¡Buena suerte! Intenta no sentirte triste con esa nariz que tienes.
Artemis esbozó una risa irónica por encima del hombro, mientras se retiraba con pasos sonoros hacia la casa de empeños, concediéndole a Darien el último tanto.
El sol de la tarde obsequiaba el perfume de los verdes campos y de los árboles, y entibiaba el espacio que había entre los omóplatos de Serena. Sentía como si una gran mano benigna se apoyara allí y la guiara. A la distancia, divisaba los prados con ovejas desperdigadas como gorras blancas sobre un mar esmeralda, y en la rama de un árbol, un pájaro trinaba una vertiginosa hilera de notas.
Entre el sol y el continuo ruido hueco de los caballos, Serena se adormecía casi hasta soñar. A pesar del fino abrigo de coraje que parecía estar adquiriendo (una lavada a la ligera en el lavabo de la posada había logrado poco), a pesar del picor y la presión de su cabello recogido y de la gorra formal, a pesar de su cansancio general, Serena no podía recordar haberse sentido más completamente feliz alguna vez. Junio había llegado con una perfección sagrada y humillante. Se encontraba sobre una hermosa yegua marrón que tenía una mancha blanca entre los ojos. Una yegua a la que se le podía perdonar haber pertenecido alguna vez a un salteador de caminos, y estaba con Darien Chiba.
Darien había regresado de la tienda de empeños a la posada Thorny Rose con el relicario aún en la mano y con un regalo para ella: un libro que contenía dibujos de hierbas y fórmulas medicinales, dosis y cataplasmas. Se lo había entregado de manera solemne, con un poco de timidez, pero el brillo dorado de sus ojos danzaba al mirar su rostro.
Serena había quedado sin habla. Darien había recordado su cumpleaños número dieciocho. Y nunca antes le habían obsequiado un regalo que hiciera mención, incluso que conmemorara con exactitud, quién era ella. Los regalos de su madre y de su padre solían ser prometedores y un poco reprochables: sedas bordadas, libros sobre comportamiento, obsequios que decían todo acerca de quién deseaban ellos que fuera ella.
Al sostener el libro sintió que las lágrimas le apretaban la garganta, por lo que lo abrazó con la esperanza de que no lo notara. Y pensaba que antes lo había abrazado como una niña. Hoy era consciente de su cuerpo, de la presión áspera de su mejilla contra la suya, de la mejilla que en secreto había acariciado la noche anterior en la oscuridad, y del peso y el calor de sus manos sobre su espalda. Las manos de Darien habían quedado suspendidas en el aire por un momento, vacilantes, antes de llegar a descansar sobre ella (también notó eso) y luego, la había abrazado, casi con cautela, un segundo o dos más de lo que en general duraba un abrazo normal.
Cuando Darien por fin se apartó de ella, parecía incapaz de mirarla a los ojos.
Sí; hoy la vida era tan perfecta como podía serlo, y se sentía tan cansada y tranquila como para sentir incluso una punzada de remordimiento por su madre o su padre, que sin ningún problema la habían enviado a una especie de purgatorio con Furuhata.
Mientras observaba la delgada espalda erguida de Serena sobre el caballo, Darien se sentía bastante intranquilo. Dado el dulce calor del día, cabalgaba en mangas de camisa, pero esa carretera casi no era transitada y estaba bastante seguro de que su falta de modales propios de un caballero horrorizaría sólo a unos pocos viajeros, si es que había algunos.
En contraste con la comodidad de su atuendo, llevaba su nuevo mosquete apoyado sobre el regazo. Ahora estaban oficialmente en tierras de Dunbrooke, y cada uno de sus sentidos se aguzaba; desconfiaba y se sentía como si fuera un prisionero que paseaba con aire despreocupado por una prisión en dirección a una puerta abierta con la esperanza de que nadie lo viera. Casi esperaba que los árboles que bordeaban el camino hicieran juntos una reverencia para formar una jaula que lo atrapara a su paso como a un roedor.
Algunos otros pensamientos inquietantes giraban a la vez en su mente y competían por su atención. Sin un orden en particular, esto era en lo que pensaba:
Si el charlatán del señor Augustus Meredith tenía razón, su hermano Tom había sido asesinado y la antigua amante de Darien ahora era la duquesa, viuda de Dunbrooke, lo que la transformaba en única beneficiaría de la fortuna de Dunbrooke. Y, aparentemente, una tal «Su Excelencia» había enviado dos salteadores de caminos para recuperar el relicario. Un relicario que la acusaba de ser una actriz llamada Patricia Kino, y ella se dedicó profundamente a ocultar este pequeño detalle de información a los demás. Ahora todo tenía sentido, aunque la manera en la que Patricia Kino supo que Serena Tsukino había huido con el relicario era un misterio. Sin duda, Furuhata era la conexión allí.
Y si Artemis Heron tenía razón, los vecinos de Keighley Park habían comenzado a sufrir desde que Patricia Kino se había convertido en la duquesa de Dunbrooke. Darien no estaba del todo seguro sobre qué quería hacer, si es que quería hacer algo sobre esto, pero sabía que no le agradaba en absoluto. Lo consumía.
El tercer pensamiento era que parecía completamente posible que a él y a Serena les estuvieran siguiendo, ya que dos personas a caballo habían cabalgado a cierta distancia tras ellos poco después de haber dejado la posada Thorny Rose. Las dos nubes de polvo que creaban en la carretera las patas de los caballos eran claramente visibles. Recordaba a los rufianes desagradables que les habían mirado con cierta malicia penetrante al entrar en la posada el día anterior por la noche, y se preguntaba si tal vez sus malas intenciones de verdad tenían un propósito.
El cuarto pensamiento era que lo único que en realidad deseaba hacer en ese momento era satisfacer un impulso horroroso de arrancar a Serena de su caballo, envolverla en sus brazos, quitarle la gorra, subir los dedos por su cabello, y…
—Bueno, bueno, volvemos a encontrarnos, jefe.
Maldición, maldición. Los dos desgraciados salteadores de caminos que se habían encontrado la noche anterior estaban en la carretera delante de Serena. Montaban caballos que acababan de adquirir y apuntaban pistolas que acababan de conseguir, un par cada uno, hacia el pecho de Darien y de Serena. Sus rostros no tenían pañuelos, en señal de audacia, o porque ya lo consideraban inútil: Darien les había visto con mucha claridad bajo la luz de la luna la noche anterior.
Darien se maldijo en silencio a sí mismo y echó una ojeada desesperada alrededor; habían estado echados esperando bajo una frondosa hilera de abedules. Darien no pudo haber hecho nada. Sin embargo, darse cuenta de eso sólo lo enfurecía más. Su error, sabía, era la arrogancia: había supuesto que los salteadores de caminos no se atreverían a volver después de haberlos humillado por completo la noche anterior. «Merezco que me cuelguen aquí y ahora mismo por permitir que apunten una pistola al corazón de Serena».
—Ned —dijo él en voz baja, resonante. Serena comprendió: era una advertencia para permanecer absolutamente inmóvil y en silencio. Obedeció con las manos quietas sobre el pomo de su silla de montar.
—Tenéis bonitas monturas —reconoció el salteador llamado John mientras ambos se acercaban más a Darien y a Serena. Una clara irritabilidad teñía su voz—. No tendréis el placer de usarlas mucho más tiempo. Ahora, si apuntas ese mosquete en dirección a nosotros, o extiendes la mano para alcanzar la pistola que tienes en la bota, jefe, te dispararemos a ti y luego al chaval. O quizá disparemos al chaval primero, y luego a ti. Como queramos, Edgar y yo. Ahora, levantad las manos donde podamos verlas, los dos.
Con lentitud y clara apariencia de desgana, Darien levantó los brazos en el aire y observó en un silencio furioso cómo Serena hacía lo mismo. No obstante, su mente corría a un ritmo adelantado al momento: podía oír el ruido sordo del golpe de unas pezuñas que se acercaban. Significaba que su misteriosa compañía, distante ahora, cabalgaba hacia ellos al galope.
Momentos después, los dos jinetes se detuvieron al lado de Darien. Los caballos bufaban y piafaban. No era de sorprender que también empuñaran pistolas. Una expresión general de confusión brillaba en el rostro de cada uno de los hombres de la carretera: de repente, nadie tenía ni la menor idea de a quién apuntar.
—Y, ¿quién demonios sois vosotros? —dijo por fin John, el salteador de caminos, con indignación.
—Vuestros caballos son nuestros —espetó uno de los hombres en dirección a Darien, quien con resignación se daba cuenta de que era uno de los rufianes grasientos que les habían estado observando a él y a Serena en la posada Thorny Rose. Su rostro era como un trozo hosco de masa espolvoreada con bigotes y el cabello le colgaba en mechones grasientos hasta los hombros. Su compañero era sorprendentemente parecido, aunque en cierto modo era más grande y corpulento. En silencio, Darien los bautizó como los «hermanos mugre».
—Nos los habéis robado —insistía el rufián— y hemos venido a recuperarlos.
Con decisión, apuntó la pistola hacia Darien, quien levantó el mosquete para enfrentarse al reto, lo que provocó que John y Edgar, los salteadores de caminos, se inclinaran un poco hacia adelante en sus sillas y apuntaran sus propias pistolas hacia Darien de manera más rotunda, si es que eso era posible. El compañero del rufián grasiento, que se sintió excluido, Tomó eso como una señal para apuntar su pistola en dirección a Serena. Ella tenía las manos apoyadas en los muslos, angustiosamente vacías. Y entonces Darien otra vez pensó que era novata en el asunto de repeler asaltantes armados.
Por un momento reinó el silencio, hasta que el caballo de Darien resopló. Sonó como un bufido de indignación.
Hubo una especie de intercambio de miradas inquietantes y cejas levantadas entre John y Edgar, los salteadores de caminos. Darien sintió una lejana sensación de regocijo: de alguna manera los dos salteadores les habían robado los caballos a estos dos rufianes grasientos, y Darien sospechaba que los rufianes grasientos se los habían robado a alguien más con anterioridad. Pocos hombres harían justicia por mano propia a menos que la justicia ya quisiera colgarlos por algo más.
John, como siempre el portavoz de los salteadores de caminos, aclaró su garganta y comenzó:
—Comprendemos vuestra grave situación, caballeros —se dirigía a los rufianes grasientos, que con indecisión alejaban las pistolas de Darien y Serena y las apuntaban en dirección a John y Edgar, como si todavía aborrecieran perpetrar una enemistad—. Quisiéramos hacer un pequeño trato con vosotros. Tenemos que hacer algunos negocios con estos dos… —se detuvo; buscaba un adjetivo que describiera de manera adecuada a Darien y a Serena, y al no poder encontrarlo, continuó: …tíos, y no llevará más de un minuto. Estaríamos muy agradecidos si apuntaseis vuestras pistolas en dirección a ellos mientras… hacemos nuestros negocios. Y luego, podéis quitarles vuestros caballos. Nosotros les apuntaremos mientras lo hacéis. Tenéis nuestra palabra. ¿Os parece justo?
Los rufianes grasientos intercambiaron opiniones entre gruñidos y murmullos, y el primero habló otra vez.
—¡Vale! ¡Hacedlo rápido! —Con estas palabras, todas las armas quedaron enfocadas hacia Darien y Serena.
—Mantén las manos en alto. Sé un buen chaval —le dijo John a Darien, y sonrió dejando ver un hueco en el que debería tener uno de los dientes incisivos—. Recuerda, jefe: un mal movimiento y Ned muere. —Darien le hizo una leve sonrisa y obedeció. Mientras observaba, su mente planeaba y revisaba.
—Vigilad a estos chavales. Él es un auténtico demonio —remarcó John a los rufianes grasientos.
—Bueno, Ned —dijo John, poniendo su eficiente atención en Serena—, baja de esa bestia que robaste y deja que Edgar revise tu bolso. Si no encontramos nada, entonces echaremos una mirada en el interior de tus prendas, ¿vale? O bien puedes darnos el relicario y acabamos con esto.
Serena miró a Darien para que le aconsejara, y Darien, atento a las armas cargadas y amartilladas que les rodeaban, asintió una vez con la cabeza. Serena arrugó el entrecejo y se bajó del caballo. John metió una de sus pistolas dentro de la pretina y luego dio un paso detrás de ella, envolvió su brazo velludo con firmeza alrededor de sus hombros y apuntó la otra pistola contra su sien. El corazón de Darien comenzó a palpitar en sus oídos.
Edgar desmontó y caminó con dificultad hacia el bolso sujetado con correas al lomo de la yegua de Serena.
No obstante, la mirada de Darien estaba sobre la mano de John, que había comenzado, casi de manera distraída, a deslizarse por la chaqueta de Serena. Entonces se dio cuenta de que el rostro de John cambiaba con perspicacia. Vio el impacto, el asombro, el regocijo lascivo que despertaba poco a poco.
Era la expresión de un hombre que de repente y de manera accidental descubría que su mano se encontraba sobre el pecho de una mujer.
—Aquí hay algo. —John hablaba arrastrando las palabras. Una nota primaria en su voz hizo que todos se giraran atentos en su dirección, como lobos que seguían el rastro de un ciervo en la brisa al pasar—. Parece que Ned tiene un seno aquí. Este chaval es una muchacha.
Su mano se movió sobre la chaqueta otra vez en una lenta caricia, y luego se cerró con decisión, triunfante, sobre el pecho de Serena. Con la mano que sostenía la pistola le quitó la gorra de un tirón.
El cabello de Serena cayó en un estallido de color bajo el sol de la tarde.
Una calma extraña descendió. Las expresiones de los hombres se hicieron una. Absortos, concentrados de manera amenazadora, miraban fijamente a Serena.
El rufián grasiento montado al lado de Darien aclaró su garganta.
—La probaré —le dijo a John con cortesía—. Después de que hayas tenido tu turno, por supuesto.
Una furia tan pura que ardía y se acercaba al éxtasis casi despega a Darien de su cuerpo. El rostro de los hombres, las hojas de los árboles, los cañones de las armas, el cabello de Serena que se agitaba en la brisa, su propia respiración y la piel de la muchacha se transformaron en fragmentos de un minuto de brillante claridad. Miró a Serena. Su rostro estaba blanco y demacrado y sus ojos eran dos hendiduras relucientes. Miró a Darien; furia contra furia, y comprendió.
—Bueno —John arrastraba las palabras—, no puedes culparme por pensar, jefe, que si mentiste sobre tener una muchacha, también puedes haber mentido sobre tener un relicario. Ahora creo que echaré una ojeada dentro de tu camisa… Ned. —Introdujo la mano con brusquedad entre los botones que se cerraban en el pecho de Serena y quedó helado ante la verdadera sorpresa de que sus dedos encontraran un cálido metal.
—Bueno, ¡vaya, muchachos! ¿Podría ser esto un relic…
Serena cayó en los brazos de John en un desmayo fingido y Darien aprovechó ese instante de distracción para incrustar la culata de su mosquete en la cabeza del rufián grasiento que montaba a su lado, quien de inmediato cayó del caballo y quedó colgando de uno de los estribos, inconsciente. Agazapada donde estaba, Serena levantó la cabeza debajo de la mandíbula de John, y cuando aflojó la presión por la sorpresa, se liberó de él y lanzó un puñetazo contra su entrepierna. Darien viró su mosquete con toda la fuerza inhumana que le otorgaba la furia, una, dos y la tercera vez logró aporrear y bajar al otro bruto grasiento del lomo de su caballo.
El caballo movió las patas con indolencia y sus ancas dieron un leve zarandeo, como si se librara de una mosca. Por ahora, el hombre yacía inmóvil. Darien dudaba que ese momento feliz durara.
De inmediato, levantó el mosquete, milagrosamente intacto, hasta su hombro y apuntó hacia el frustrado Edgar, quien por un instante, en medio del caos, pareció incapaz de decidir a quién dispararle.
Serena cogió la pistola de John, que estaba en el suelo, mientras lo miraba con atención; el salteador de caminos estaba concentrado por completo en su tormento físico, doblado por la mitad, haciendo horribles ruidos jadeantes. Serena decidió terminar con el trabajo y de manera delicada enganchó su pierna alrededor de la parte trasera de sus rodillas. John cayó como un árbol perfectamente talado. Quedó doblado sobre sí mismo, con las manos juntas entre las piernas emitiendo horribles gemidos por lo bajo. Serena, con la nariz fruncida por la repugnancia, sacó de un tirón la otra pistola de su pretina.
—¿Lo mato? —le preguntó Darien a Serena con cortesía.
Ella fingía meditar la respuesta.
—No en este momento, tendría que pensarlo —contestó con aire meditabundo.
—Ay… Dios querido… —jadeaba John.
—Bueno, Edgar —dijo Darien, de manera muy razonable—, sabes que soy un excelente tirador, ¿no es verdad? Traba tus pistolas, déjalas caer y lánzalas hacia Ned.
Edgar arrojó las pistolas y le dio una patada desconsolada a cada una de ellas. Serena las rescató del suelo con obediencia.
—Si tan sólo hubieras entregado el relicario, jefe… —se lamentó Edgar con desesperación.
—Ya te lo dije, Edgar, no tenemos ningún relicario —respondió Darien, con las consonantes como agujas y las vocales como grandes fosos brillantes e infranqueables. El lord había regresado.
—Sí, jefe, pero también dijiste que no tenías una muchacha, y John dijo…
Darien ofreció una sonrisa que contenía toda la calidez y la interpretación de una hoja de cimitarra que con efectividad cortó en dos la frase de Edgar.
—Dime quién os envió.
Darien temía saber sin duda quién los había enviado, y su nombre era Patricia Kino, ahora conocida como la duquesa de Dunbrooke. Patricia Kino lo vería en el infierno antes de que alguna vez pusiera sus manos en ese relicario tan comprometedor.
Detrás de ellos, una silla de montar crujió; el rufián que colgaba parecía haber recobrado el sentido y se retorcía en un intento por liberarse del estribo.
El sudor había hecho una mancha en el rostro calizo de Edgar.
—Te hemos dicho todo lo que sabemos, jefe, de verdad. Su Excelencia nos envió por mediación de Hutchins. Puedes dispararme ahora, jefe, pero no puedo contarte nada más.
Darien dejó que hubiera un momento de silencio para permitir que Edgar disfrutara por completo la sensación de tener un mosquete apuntándole directamente al rostro.
—¿Y por qué desea asesinarme Su Excelencia?
—No íbamos a asesinarte, jefe, si entregabas el relicario. Ah, a menos que tuvieras un brillo dorado en los ojos. No… no… no creo que fueras a decírmelo si tuvieras un brillo dorado en los ojos —aventuró Edgar con debilidad. Fue un acto desesperado de un hombre que quería ganarse la paga.
Desde su posición en el suelo, John se quejaba. Era un sonido de pura frustración. Evidentemente, Edgar había hablado demasiado.
Un escalofrío recorría la espalda de Darien. Miraba fijamente a Edgar, pasmado. «Madre de Dios», pensó, aunque no era católico en absoluto. «¿En qué clase de farsa se ha convertido mi vida?» Ella lo sabía. Patricia Kino lo sabía, de alguna manera sabía que Endimion Mamoru, que en ese momento vivía como Darien Chiba, era el hombre que viajaba con la muchacha que había robado el relicario. ¿Y cuáles serían las órdenes de estos salteadores de caminos una vez que hubieran recuperado el relicario? Sin duda incluirían su asesinato, puesto que Darien vivo era una amenaza para todo lo que Patricia había logrado de manera fraudulenta. Podía ver eso con claridad. También sabía, con una firme certeza que sentía a la altura de las entrañas, que el asesinato de Tom no había sido casualidad.
Detrás de él, oyó cuero crujir, lo que le decía que el rufián que estaba en el suelo intentaba incorporarse cogiendo el estribo de su caballo.
—¡Al caballo, Ned! —ordenó Darien. Serena metió una de sus nuevas pistolas en la pretina y Darien casi sonrió cuando ella arrugó el entrecejo de manera burlona hacia las otras tres, como preguntándose dónde ponerlas. Levantó la mirada, vio apremio en sus ojos y, con rapidez, guardó el absurdo ramillete de pistolas en el bolso, atado con una correa a la yegua marrón. Casi como una ocurrencia tardía, Serena se agachó, recuperó la gorra y la enfundó en su cabeza. El cabello ondeaba por debajo de ésta, ilógicamente brillante y lozano tras las secuelas de la violencia sufrida.
—Si hay una próxima vez, caballeros —dijo Darien con el mismo tono que uno utilizaría para invitar a un vicario a Tomar el té—, os mataré de la manera más lenta y dolorosa que os podáis imaginar. Estoy harto de juegos. Haced el favor de expresarle mis saludos a Hutchins y a Su Excelencia, y decidles que les recomiendo que acaben con su persecución. Buenos días.
Darien se quitó el sombrero a modo de saludo mientras John permanecía doblado en el suelo y Edgar sudaba por la frustración.
Sin embargo, la posición incómoda de John en el suelo le proporcionaba una vista única del demente aristocrático. Y cuando Darien se quitó el sombrero, el sol de la tarde encendió chispas en el brillo dorado tan característico e inconfundible de los ojos de Darien.
Darien rozó su caballo con los talones para que se dirigiera al lado de Serena.
—Vamos a correr —murmuró en el oído de ella. Pudo ver que ella aún tenía la piel pálida, de manera poco natural, y los ojos ardientes por la furia justificada. Le sonrió. Fue una sonrisa envolvente, de tierna confianza. Un calor provocador se iba encendiendo en su mirada. Serena le devolvió la sonrisa llena de un regocijo muy inapropiado para la ocasión.
—Ahora —susurró él.
Espolearon con fuerza. Los caballos se agitaron un poco con sorpresa, pero luego se lanzaron a una carrera vertiginosa, a la vez que el primer rufián grasiento llegaba a la silla de montar.
Sus cabalgaduras eran veloces, pero pronto unas pezuñas tronaron inquietantemente detrás de ellos. Darien echó una mirada hacia atrás por encima del hombro y vio al rufián grasiento cabalgar de manera temeraria. La mano que sostenía la pistola se agitaba con libertad. El sol centelleaba sobre el cañón del arma del hombre. Parecía que su perseguidor quería sangre a cambio de su humillación. Darien maldijo de manera salvaje, redujo la velocidad de su montura sólo un poco para asegurarse de que Serena permaneciera delante de él. No tenía otra posibilidad más que disparar. Levantó el mosquete y se volvió para apuntar.
Era demasiado tarde. Un golpe repentino en el brazo ya le daba paso al aturdimiento. Bajó la vista. Miraba como en sueños cómo el rojo de su propia sangre corría por su camisa. «Ay, Cristo que estás en los Cielos, ay, Dios, ayúdanos. Me han disparado», Era mitad pensamiento y mitad plegaria. «Ese bastardo tiene la suerte del demonio. Me ha disparado».
Darien disparó. Luego, miró con una escueta sensación de realización y a la vez de desesperación mientras el rufián se sacudía en su silla de montar con la mano presionada contra el pecho. Su caballo se detuvo y se encabritó en una repentina confusión debajo de él. Darien nunca hubiera querido quitarle la vida a otra persona y maldijo al sentir que sus propios pensamientos, filosos como el cristal, se debilitaban al tiempo que el irregular círculo rojo sobre su brazo se oscurecía y se esparcía. Aún faltaba que llegara el dolor. Darien lo sabía. El dolor sería venturoso: significaría que aún estaba vivo.
Detrás de ellos, a lo lejos, se levantaban nubes de polvo en la carretera. Ahora los seguían el resto de los hombres. Pero Darien conocía muy bien ese lugar y sabía adonde se dirigían. Tan pronto como pudo estar lúcido, supo que podía conducir a Serena a un lugar seguro, y que esos hombres nunca les encontrarían.
—¡Serena! —gritó. Ella lo miró por encima del hombro y tiró de las riendas para que el caballo continuara galopando cuando Darien guió al suyo con fuerza hacia la derecha. Salieron al galope de la carretera, saltaron por encima de dos cercas bajas y pasaron a través de espesas hileras de árboles. Las hojas los fustigaban. El pelaje de los caballos se oscurecía por el sudor. Darien zigzagueaba de memoria por el camino, un camino que se inclinaba a través de un prado salpicado de campanillas que daba paso a un pequeño valle que, a su vez, conducía a un bosque que se hacía más denso y sombrío a medida que el sol, poco a poco, bajaba en el cielo. Pronto, los golpes de las pezuñas se amortiguaron por las profundas capas de suaves hojas secas.
Después de lo que pareció una eternidad y a la vez un solo instante, llegaron: el pabellón de caza, el sitio de caza de su padre que rara vez utilizaba y que estaba ubicado de manera discreta en el bosque. Darien estaba seguro de que aún estaría allí, relativamente intacto. Esos bosques habían sido parte de las posesiones de su padre desde la época de Eduardo III. Hizo detener el caballo sudado y se las ingenió para desmontar sin trastabillar demasiado. Luego retiró el bolso del caballo con el brazo sano y por un momento miró el pabellón de caza sin comprender, como si intentara recordar por qué estaba allí.
Serena frenó su agitada yegua a su lado y desmontó. Se agachó un poco, jadeando, antes de poder enderezarse para mirar alrededor. Comenzó a sonreír, pero algo en el rostro de Darien la hizo detenerse.
—¿Darien? —le llamó, confundida. Y luego vio la sangre en su brazo.
Un zumbido le perforaba los oídos. Puso una mano contra la puerta del pabellón de caza y esta cedió. Se abrió de golpe. Miró a Serena desde la entrada y se dio cuenta de que la luz que bajaba a través de las hojas había convertido su cabello en un suave halo fundido. «Ha perdido la gorra».
—Sere —creyó decir, ya que no podía oír su propia voz, y luego la oscuridad llegó desde los bordes de su visión como una cortina que se cerraba sobre él.
