Acá les dejo otro capítulo del Duque Rebelde, sé que les va a gustar :) Comentarios y demás abajo...Recuerden que esta historia le pertenece a Long Julie Anne, sólo la adapté. La mayoría de los personajes pertenecen a Naoko Takeuchi :3
Capítulo 11
—Ay, Dios. Ay, Dios. Ay, Dios —murmuraba Serena como si fuera un conjuro sobre el cuerpo rendido de Darien. Sintió un escalofrío al ver su cabeza contra las tablas del suelo. Le tocaba los ojos y las cejas como si lo buscara. Deseaba que su rostro volviera a habitarlo; respiraba, aunque estaba rígido como una efigie. Su mirada comenzó a llenarse de pánico.
Su vasto e indecoroso conocimiento sobre heridas de bala y amputaciones clamaba en su mente. Palabras como «apósitos», «supuración», «bisturí», «opio» y «quina» brincaban entre todos los demás consejos que había aprendido de las revistas científicas de su padre. Sacudió con brusquedad la cabeza para ordenarla. Esto resolvió el problema. De alguna manera, todo se aclaró; las cosas que necesitaba hacer, en el orden en el que debía hacerlas.
Respiró hondo para fortalecer su valor y presionó dos dedos contra la garganta de Darien. Había buen pulso, un poco rápido, pero fuerte y constante. Serena cerró los ojos ante una oleada de alivio casi violenta; significaba que aún no había perdido una cantidad de sangre alarmante. Su propia respiración entrecortada por sollozos le golpeteaba en los oídos mientras pensaba en la tarea de desabotonarle la camisa; ahora todos esos botones parecían ridículos, incluso peligrosos. En cambio, la abrió de un tirón y los pequeños botones volaron como metralla por la habitación.
Sólo necesitaba levantarlo un poco para quitarle por completo la camisa, pero no podía. Era asombroso lo que pesaba. La solidez de su cuerpo inconsciente era tan obstinada como la misma gravedad. Eso la hacía sentir absoluta e irracionalmente furiosa. Tiró de las costuras de la sisa de la camisa, y luego quitó la manga del brazo con sumo cuidado. Su propia sangre y el sudor enmarañaban el vello de sus brazos, y esto la enfurecía aún más. Había sangrado durante millas. La había llevado hasta un lugar seguro. Era el momento en el que Serena se enfrentaba por primera vez a una herida de bala de mosquete, un pequeño cráter rojo y espantoso en el terso músculo duro de su brazo. Se había vuelto su enemigo mortal, pero ella saldría victoriosa.
La herida ahora sólo rezumaba. La hemorragia había disminuido. La sangre se coagulaba. Con delicadeza, tocó el borde y pudo sentir que la bala se movía. Estaba cerca de la superficie de la herida, lo que significaba que tenía una muy buena oportunidad de extraerla entera del brazo.
Agua. ¿Dónde se encontraba la cantimplora de agua? Metió las manos dentro del bolso de Darien y comenzó a retirar cosas en un frenesí descontrolado: un pequeño cuchillo enfundado, agujas e hilo, un trozo de cuerda, una piedra de mechero, velas, algo envuelto en tela que resultó ser un cepillo para caballos y algo más envuelto en tela que resultó ser un par de tortas de carne de la posada Thorny Rose. Todo evidenciaba el esmerado pensamiento y la planificación de Darien, todas cosas que ella había dado por descontado. Sin embargo, no había ninguna cantimplora. Encontró su fina chaqueta marrón doblada a la perfección y comenzó a quitarla del bolso, pero algo pesado obstaculizaba su salida. «Por favor, que sea la cantimplora de agua», pensaba. «Ay, por favor».
Buscando a tientas en los pliegues de la chaqueta, encontró una petaca en el bolsillo interno. Cuando la sacó, algo salió junto con ella: un suave mechón cobrizo de su propio cabello.
Por un momento, su mente quedó en blanco. Extrañamente, perdió el equilibrio. Las cosas alineadas con esmero sobre el suelo delante de ella eran como palabras de una oración en un idioma que acababa de aprender, una oración puntuada de manera conmovedora por un rizo color cobre. Contaban una historia que Serena sentía que ya conocía a medias; tenía la sensación que irradiaba, con un brillo cada vez mayor, un lugar lejano de su conciencia.
Sacudió la cabeza bruscamente una vez más. La meditación era un lujo que no podía permitirse en ese momento. Olió la petaca. Whisky. Ante la ausencia de agua, le tendría que ser útil.
Serena vertió un poco de whisky en sus manos y se las frotó. Se lavó la suciedad de la palma de las manos, y luego se enjuagó con otro chorro generoso. Se limpió tan bien como pudo. Sacó la parte baja de la camisa de los pantalones y, utilizando los dientes y los dedos, rasgó el dobladillo para utilizarla como venda.
Colocó los dedos a ambos lados de la herida y presionó con suavidad. Murmuraba plegarias, disculpas y blasfemias brutales. Sintió que la bala se movía. Presionó otra vez, apretó los dientes, respiró hondo y esta vez, salió a la superficie, entera y ensangrentada. Con fría antipatía, Serena la sujetó entre dos dedos y la miró con enfado, luego la arrojó al suelo con una maldición, como si concluyera un exorcismo.
Empapó una parte de la venda con whisky y, con precaución y delicados toques, limpió la sangre de la herida hecha en la carne de Darien. Por fortuna, los bordes del corte estaban relativamente limpios, y por un momento Serena se maravilló al ver cómo había cambiado su vida: nunca había soñado que daría gracias ante algo como una herida limpia de bala de mosquete.
Debía irrigar la herida antes de vendarla; lo sabía. Respiró hondo antes de volcar un poco de whisky sobre ella.
De inmediato, Darien gimió. Fue un largo sonido que surgió de su interior como un remolino caliente que soplaba en las cavernas del infierno. Se movió. Agitaba las piernas con impaciencia. El sonido casi mata de miedo a Serena.
—Dios mío —susurró, pero después se quedó sin palabras que incluir en la plegaria. Su vocabulario parecía haberla abandonado. Por necesidad, por el momento, se había convertido en una criatura hecha de puro instinto.
Serena vendó la herida con cuidado, con una delicadeza exquisita. Luego volvió a sentarse sobre los talones y lo miró fijamente. Colocó una mano vacilante sobre su pecho, sobre su corazón, para reconfirmar que su latido fuera constante, y después de un momento, incapaz de resistirse, sus dedos se deslizaron sobre el vello apretado de ese lugar.
Señor Dios, ese hombre era más hermoso de lo que nunca había imaginado. La unión de su cuello con los hombros, el estrechamiento de los hombros hasta su delgada cintura, la turgencia de los músculos firmes del tórax, la textura maravillosa, la temperatura y el olor de su piel. Esta belleza oculta hacía que Darien pareciera un extraño con secretos poderosos, como otro país con reglas propias. La curiosidad y un placer inquietante le carcomían y fluían incluso a través de su temor por él. Debajo de su mano, debajo de la piel de él, su corazón latía. Colocó la otra mano sobre su propio corazón para comparar.
—¿Fue Robbie Denslowe?
De un salto, Serena apartó la mano.
—¿Robbie Denslowe? —repitió aturdida.
—¿Quién… quién te enseñó a atacar a un hombre?
La voz de Darien se oía desgastada y arrastraba las palabras, pero su sonido colmaba a Serena hasta casi hacerla estallar de una emoción indescriptible.
—Sí —confirmó ella, casi en un susurro. Buscó sus ojos. Estaban oscuros y vidriosos por el dolor, pero detrás del dolor, estaba allí entero y salvajemente divertido al verla. Serena le tocó la mano con indecisión, y sus dedos se cerraron sobre los suyos con fuerza.
—A Robbie Denslowe deberían concederle el título de caballero —murmuró Darien.
Logró levantar una de las comisuras de la boca en una sonrisa antes de cerrar los ojos. Su rostro se contrajo. La velocidad cada vez mayor de su respiración traicionaba su lucha contra el dolor. Su pulgar comenzó a moverse en una caricia inconsciente sobre el dorso de la mano de Serena.
—¿Y los caballos? —preguntó, después de un momento.
—Me encargaré de ellos —le aseguró Serena.
—Mi brazo…
—La hemorragia se ha detenido. Te he quitado la bala, Darien. La extraje entera.
—¿Lo hiciste? —Volvió a sonreír con los ojos cerrados—. Vaya, pero eres una maravilla, pequeña Sere. —Su voz había comenzado a sonar como un suspiro.
—Una maravilla —repitió Serena en voz baja. Fue todo lo que logró. Parecía la palabra apropiada para todo en ese momento.
—¡Ay! —se quejó en un intento ambicioso por reír—. Pequeña Serena, creo que necesito emborracharme, rápido. Lleva… lleva el mosquete y el cuchillo contigo cuando te encargues de los caballos. Hay un arroyo cerca… Puedes encontrarlo por el sonido. Pon la petaca en mi mano. ¿Quieres?
Le apretó la mano por un instante y la soltó. Su rostro se había vuelto a apartar de ella. Se contraía por el dolor. Ella dobló una manta en cuatro y la colocó debajo de su cabeza. Él aceptó la atención sin decir una palabra. Lo miró una vez más, Tomó el cepillo para caballos y el cuchillo enfundado y se los llevó fuera.
Los caballos olfateaban el frente del pabellón de caza en silencio en busca de hierba tierna.
—Venid, queridos —ordenó Serena por lo bajo—. Lamento haberos dejado tanto tiempo, pero tenía un asunto urgente ahí dentro. —Desensilló ambos caballos, luego desenvolvió el cepillo y se lo pasó a la yegua mientras le hablaba por lo bajo sobre su valentía, su velocidad y su belleza.
Después llevó su atención hacia el caballo de Darien, el gris, y le dijo lo hermoso, lo valiente y lo veloz que era. Las orejas de los caballos se movían de manera nerviosa hacia adelante. Disfrutaban la suavidad melodiosa de su voz, las caricias lentas y seguras de sus manos.
—Ahora encontremos el arroyo, ¿sí? —Cogió las riendas de los caballos en sus manos y se colocó el mosquete al hombro. Luego se quedó de pie, inmóvil. Levantó la mirada para escuchar mejor. Una brisa sacudía las brillantes hojas como monedas que colgaban de los álamos; las hojas más grandes de los robles se sacudían delante de ella como manos lánguidas y brillaban bajo el sol poniente como encendidas desde el interior. Debajo del débil susurro de las hojas lo oyó: un suave ajetreo melodioso. Condujo los caballos hacia el sonido. Se detenía de vez en cuando para marcar un árbol con el cuchillo y así poder encontrar el camino de regreso al pabellón de caza.
El arroyo era precioso, plateado y dorado bajo el sol. Serpenteaba entre grandes piedras lisas y los delgados árboles cargados de hojas le tendían un puente. Cuando los caballos inclinaron las cabezas para beber, Serena presionó la palma de sus manos contra sus ojos cansados. Olían a caballo y a Darien, a almizcle, a sal, a sangre y a whisky. Hablaban de la enorme distancia que había recorrido. Aún no quería lavárselas.
Serena se apoyó de manera afectuosa contra la yegua marrón, luego cerró los ojos para que el calor que quedaba del día acariciara sus párpados. Después de un rato dejó que los sollozos se apoderaran de ella. Se rindió ante un enredo de emociones que le quemaban, la confundían, la provocaban y la excitaban. Lo que había ocurrido ese día regresó a ella en un torrente: el obsequio del herbario, las manos cálidas de Darien contra su espalda cuando se lo agradeció. Las pistolas que le apuntaron. El aliento fétido de un salteador de caminos en su nuca; su mano que trepaba por encima de su pecho. Darien sangrando con la cabeza en el suelo; el cabello oscuro contra el rostro blanco. Su corazón latiendo debajo de su mano.
Un suave mechón cobrizo de su propio cabello.
Y en medio de eso, en medio de todo ese caos y esa maravillosa novedad, un extraño regocijo que brotaba la animaba, algo brillante y candente que se agrandaba y hacía presión sobre las mismas fibras de su ser. Exigía liberación, exigía algo de ella. Aún no estaba segura de cómo llamarlo, pero tenía sus sospechas.
Sabía que todo tenía que ver con Darien.
Con gusto se enfrentaría a una docena de pistolas, a una docena de salteadores de caminos, sin inmutarse. Por Darien.
Cuando los sollozos siguieron su curso, Serena se sintió renovada, aturdida y absurdamente alegre. Se arrodilló al lado del arroyo y se lavó las manos. Luego, se salpicó un poco de agua fresca en el rostro. De alguna manera, fue como el bautismo de su nuevo ser. Ese día había extraído una bala de mosquete del cuerpo de Darien Chiba, y él le había cogido de la mano en busca de fuerza, y la había encontrado. Eso no perturbaba el equilibrio entre ellos, sino que, de momento, lo nivelaba. Hasta ese instante, Serena no se había dado cuenta por completo de cuánto había deseado y necesitado darle algo a Darien. Ahora comprendía que una mujer no necesitaba posar desnuda en un diván para sentirse poderosa y femenina. Sólo necesitaba una herida de bala de mosquete y la sensación de que un hombre le acariciara el dorso de la mano.
Por primera vez sintió que pisaba terreno firme. Serena, que disfrutaba de su nuevo equilibrio, elevó los brazos hacia el cielo como si se probara una chaqueta y se estiró de una manera deliciosa. Luego, se volvió para guiar de regreso a los caballos hacia el pabellón de caza, mientras tarareaba una pequeña melodía que ella misma había inventado.
