Acá les dejo otro capítulo del Duque Rebelde, sé que les va a gustar :) Comentarios y demás abajo...Recuerden que esta historia le pertenece a Long Julie Anne, sólo la adapté. La mayoría de los personajes pertenecen a Naoko Takeuchi :3


Capítulo 12

—Ella es todo un éxito, ¿no es así? Un diamante de primerísima calidad.

Lady Tsukino se dirigía a la duquesa de Dunbrooke mientras observaban a Rei pasar del brazo del vizconde Grayson, uno de los caballeros con título y necesidad de encontrar una esposa esa temporada. Parecía enamorado, pero por otra parte, uno de sus ojos tenía tendencia a desviarse, lo cual podía darle un efecto de enamorado al aspecto de cualquiera. Lita curvó los labios en lo que esperaba que fuera una sonrisa cariñosa de afecto, una de las miles de sonrisas de afecto que había estado obligada a hacer en los últimos días.

Lita pensaba que lady Tsukino era una nueva forma de tortura. Como duquesa de Dunbrooke, nunca se había visto obligada a sufrir de aburrimiento, ni siquiera por un período de tiempo insignificante: si la situación se volvía cada vez más pesada, tan sólo se desplazaba hacia otro grupo de conversación, se unía a un juego de cartas, visitaba la mesa del bufete, o bien, salía a Tomar el aire. Llevaba a cabo sus movimientos para el mismo propósito que desplegaba su abanico: para evitar sofocarse.

Sin embargo, estaba obligada a soportar a lady Tsukino, y lady Tsukino se manifestaba en los sentidos de Lita como una soprano mediocre que alcanzaba y mantenía una temblorosa nota alta, una y otra y otra vez. Rei con su belleza, su encanto, su éxito, sus pretendientes y su futuro era el tema de su canción. La cabeza de Lita había comenzado a vibrar; temía que estallara como una copa de vino en un futuro no muy lejano. Se preguntaba si podría aducir algún dolor de cabeza y marcharse a casa, retirarse a su alcoba, felizmente sola, correr las cortinas y acostarse hasta…

¿Hasta qué? ¿Hasta que el relicario estuviera seguro otra vez en sus manos? Los ayudantes de Hutchins habían interrogado a un prestamista en Sheep's Haven, el pueblo de mala muerte más cercano a Escocia y a la fría finca de Dunbrooke, Keighley Park, a la que Lita siempre había querido regresar. El gordo propietario de la tienda había confirmado que un chaval con la apariencia de los Dunbrooke había intentado vender un relicario allí, pero que había cambiado de opinión cuando él exclamó que se trataba de una magnífica miniatura de la duquesa de Dunbrooke. El relicario apenas importaba ahora, o al menos perdía trascendencia ante el hecho de que sabían que el hombre que viajaba con la muchacha tenía un brillo dorado en los ojos.

Y, ¡ah, qué tonta era! Pero cuando Lita oyó que Endimion había intentado cambiar su pequeña miniatura por ollas, un mosquete y un herbario, su corazón latió de manera salvaje. Había creído que estaba más allá de sentir esa clase de dolor. O de sentir cualquier cosa de manera tan profunda.

Interpretar de manera convincente a un sirviente durante cinco años habría requerido astucia, cálculo y un gran control para evitar que su educación refinada se escapara por las costuras de la hipocresía. Debía saberlo. Ella había hecho exactamente lo mismo, pero a la inversa, durante casi el mismo tiempo. Y luego estaba la cuestión de la renta que Melbers le pagaba a él. Era difícil pensar en Melbers, el querido y viejo criado de la familia, como un traidor. De alguna manera, Endimion se había puesto en contacto con Melbers cuando llegó a Inglaterra de regreso de Waterloo. Pero no con ella. No con Patricia Kino.

Serena Tsukino. ¿Quién era ella para Endimion Mamoru? ¿Se dirigirían a Gretna Green? ¿Sabía Serena quién era Endimion en verdad? Lita estaba aturdida por algo que rara vez sentía: celos. Tenía el sabor del óxido en su boca. Este sentimiento convertía la palma de sus manos en hielo. Aparentemente, Endimion arriesgaba todo por la hija de un caballero, pero había dejado a Patricia Kino sin pensarlo. Una furia que Lita no se había permitido sentir cuando la abandonó, y que se había prohibido abrigar cuando pensó que él había muerto, ahora la llenaba completamente. Casi le costaba respirar. Luchaba por Tomar el control, de manera magistral y discreta, y lo recuperó.

Lita levantó la vista y, sin querer, interceptó la mirada seductora de lord Lanford. Las miradas de los hombres tendían a hacer eso al pasar por delante de ella; se excitaban y se derretían, como si se quedaran inmóviles en la llama de una vela. Asintió con la cabeza, distraída, y giró la cabeza hacia lady Tsukino una vez más. Lita había comenzado a dar eso por sentado; el hecho de que su posición significaba poder utilizar su belleza como escudo, como una manera de intimidación y no sólo como un medio para un fin. Era huérfana y había sido indigente, y en un momento dado, eso fue su único recurso de poder. Había aprendido a ejercerlo con destreza, aunque los hombres siempre eran más fuertes. Un hombre insistente y harto de los trucos que esgrimía con dulzura podía obligarla y Tomarla por la fuerza. Antes de que Hutchins entrara a su vida, su belleza le había traído una cantidad desmedida de dolor.

No se podía obligar a una duquesa, ni Tomarla por la fuerza. Tampoco se podía obligar a una duquesa soltera y Tomarla por la fuerza. Si estuviera casada, su marido, por supuesto, tendría el derecho. Lita tenía intención de continuar soltera, y quería seguir siendo una duquesa.

No obstante, ese objetivo ahora se veía amenazado por el hecho de que el duque de Dunbrooke se había levantado de entre los muertos y brincaba al otro lado de la campiña inglesa acompañado de una muchacha pelirroja. ¿Qué intentaba hacer Endimion? ¿Aparecer como un auténtico lázaro inglés en Keighley Park, reunir a los sirvientes y asestarle un golpe de gracia para destituirla? ¿Sabía Endimion siquiera que ella había contraído matrimonio con su hermano? Quizá creyó que los comentarios del viejo y gordo prestamista eran sólo idioteces. Quizá pensó para sí mismo: «La duquesa de Dunbrooke, es sólo mi amante, viejo cabrón». Lita lo sabía bien.

El vizconde Grayson les devolvió a Rei con una reverencia, y casi como por arte de magia apareció el coronel Nicolás y condujo a Rei hacia la pista otra vez. Lita se preguntaba si lady Tsukino notaba lo animada que se veía Rei en los brazos de Nicolás, cómoda y feliz. Dos bailes en dos días, y Rei había bailado con Nicolás varias piezas en cada uno.

Ah, parecía que lady Tsukino sí lo había notado. Los observó llegar juntos a la pista, abrió la boca como si fuera a decir algo y luego la cerró otra vez de inmediato, en un pequeño frunce apretado.

Lita se sentía un poco picara y no pudo resistir un diminuto aguijón disimulado de consuelo.

—Gana cuarenta mil libras al año. ¿Lo sabes? —le dijo a lady Tsukino, quien, gracias a Dios, por el momento se había callado con pensamientos oscuros. Lita hizo un gesto elegante y sutil con el abanico hacia el hombre en cuestión, el coronel Nicolás.

—Sí, pero no tiene título —comentó lady Tsukino—. El padre de Rei casi gana cuarenta mil libras al año. Es bastante afortunado en sus inversiones, ya sabes.

Ambas se mostraban brillantes sonrisas cuando, como si fuera en el momento exacto, sir Kenji Tsukino volvió a unirse a ellas. En voz baja, le dijo un chisme en el oído a su mujer, algo sobre su hija, y las dejó una vez más.

«Cuarenta mil libras. Santo Cielo», pensaba Lita. Furuhata sabía lo que hacía, entonces, cuando atrapó a la muchacha Tsukino. Estaba bastante segura de que la fortuna del vizconde Grayson ni siquiera se acercaba a las treinta mil libras.

Por otro lado, la fortuna de Dunbrooke excedía las cuarenta mil libras por mucha diferencia; en las manos capaces de Melbers, que había sido la única persona a la que parecían importarle un poco las finanzas e inversiones de los Dunbrooke y a quien Tom le había dado rienda suelta para hacer lo que quisiera con ellas, había crecido como una mala hierba, pese a los gastos extraordinarios.

Sin prestar atención, Lita acomodó un pliegue de su vestido, uno de esos gastos extraordinarios. Una seda de color negro azulado recubierta de un lame de fina gasa color oro, ribeteada con pequeñas flores doradas bordadas, con un corte profundo en el escote. Un collar que tenía un enorme zafiro en forma de lágrima se detenía justo antes de desaparecer dentro del corsé, entre sus pechos. Atraía las miradas masculinas como un imán, como sabía que lo haría. De repente esto mismo la aburrió; tuvo un extraño impulso de arrancarse el objeto del cuello y lanzarlo hacia la araña. Fue como un grito lejano por el relicario de oro. Ese estúpido, estúpido relicario de oro.

Después de dar su informe de la tarde, Hutchins le había preguntado con mucha simpleza y tranquilidad qué quería hacer. Lita a menudo sentía que la misma ausencia de emoción en la forma de hablar de Hutchins era tranquilizadora. Sin embargo esa tarde, ese: «¿Qué desea hacer?» en particular, había llegado a sus oídos como campanas fúnebres. Podía vender las joyas de los Dunbrooke, robar una buena parte de la fortuna Dunbrooke y desaparecer, tal vez a Italia, y dejar el escándalo tras ella. Pero el continente era pequeño; la encontrarían, la reconocerían.

Inmersa en estos pensamientos, sus dedos revolotearon hasta tocar el zafiro, y de pronto, volvió al presente: una pista de baile llena de parejas dando vueltas, matronas que conversaban y hombres que comían con la mirada. Algo sobre la solidez de la gema, sobre todo lo que representaba, concentró los pensamientos oscilantes de Lita.

La duquesa de Dunbrooke había surgido de la planificación de toda una vida, y Lita temía que no le quedara energía para otra gran creación, ni voluntad para comenzar otra vez de ninguna otra manera.

—Perdóname, pero necesito tiempo para pensar —le había dicho a Hutchins esa tarde, con debilidad—. Tendré una respuesta esta noche.

Y ahora sí tenía una respuesta para él. La pasión y el sentimentalismo eran lujos tontos a estas alturas de su vida. Debía ser práctica. Eso significaba que debía apartar a Endimion Mamoru de su vida. Para siempre.

Lita levantó la vista de repente, sintió una mirada absorta sobre ella, y vio a Furuhata al otro lado de la pista de baile. Estaba apoyado contra un pilar. No era de sorprender: sus magníficos ojos estaban clavados en su zafiro y sobre la curva de su pecho que, blanco como la nieve, lo acunaba. Una extraña sonrisa involuntaria brincó a su rostro, acompañada por una sensación peculiar e inesperada de alivio. El lujo más grande en la vida de Lita, mucho más grande que los vestidos y las joyas y las residencias urbanas en Londres, era que la comprendieran. Furuhata la comprendía y, para su continuo desconcierto, no la juzgaba. Ella creía que era lo más cercano a un verdadero amigo que tenía en ese círculo. No importaba que la angustiada mirada que ahora era habitual en su rostro pareciera consumir la mismísima luz del salón. Estaba encantada de verle.

Con destreza, dio un golpecito con su abanico en el brazo de Charlotte, lady Caville, un espárrago cubierto de plumas que deambulaba sin rumbo.

—Lady Caville, ¿puedo presentarle a mi querida amiga lady Tsukino?

Y así, tras haber obtenido un sustituto para su presencia, Lita se dirigió hacia Furuhata.

—Drew, harás que todas las muchachas se desmayen si andas con esa mirada de tormento tan romántica en el rostro.

—Hola, Lita. —Furuhata se movió para hacer una reverencia. Lita sabía que eso le proporcionaba una mejor vista de sus pechos—. Temo que hayan advertido a las madres de esas jovencitas sobre lord Furuhata y su desesperada necesidad de una fortuna.

—Y sobre el compromiso de lord Furuhata.

—Y sobre el compromiso de lord Furuhata —repitió con cierto tono de amargura—. No importa. Todas son aburridas. Serena no es como ninguna de ellas.

—¿Ni siquiera aquella? —Lita hizo un gesto hacia una descarada morena con enormes ojos oscuros que le lanzaba una mirada atrevida a Furuhata por encima del hombro de su compañero de baile—. Tiene la mirada de una aventurera en ciernes.

Rasgo tras rasgo, Lita evaluaba con objetividad. Aun así, Furuhata era el hombre más guapo del salón. Era probable que fuera receptor de un buen número de miradas atrevidas, antes de que terminara la noche.

Los ojos de Furuhata siguieron a la joven belleza de un lado a otro de la pista durante un rato, y no pudo disimular el interés especulativo en sus ojos. Pero repitió:

—Todas son aburridas.

Lita tenía la leve sospecha de que intentaba convencerse a sí mismo de eso.

—Dime, Drew —dijo Lita—. ¿Es a Serena a quien añoras, o es la idea que tienes de Serena?

Furuhata la miró fijamente, boquiabierto por un instante, indignado.

—¿Qué demonios quieres decir?

—¿Es que Serena es particularmente seductora, o estarías tan encantado por cualquier jovencita que lograse escapar de tus manos?

Furuhata arrugó el entrecejo.

—Es Serena —dijo con firmeza.

—Dilo, Drew, y podré encontrarte otra heredera a pesar de todo lo que las madres saben de ti.

—Es Serena —repitió con tenacidad, pero la convicción en su voz era, en realidad, indecisa. Lita conocía sus pensamientos: «Qué alivio sería no lidiar con todos sus acreedores, gastar con libertad y sin riesgos otra vez, como se suponía que hacía un hombre joven».

Lita asintió con la cabeza, con el rostro impenetrable, mientras una leve sonrisa jugaba en sus labios.

—¿Cómo estás, Lita? —preguntó Furuhata de repente—. Pareces estar… muy bien, de verdad. Aunque un poco pálida.

Lita se sobresaltó al imaginar que Furuhata se diera cuenta de tal detalle. Un caballero nunca se atrevería a sugerirle a una dama que podría no estar rebosante de salud, pero un amigo sí lo haría. Lita se sintió muy emocionada porque, por un momento, no pudo encontrar las palabras para responder. Sintió que su fría sonrisa irónica, esa herramienta leal de su disfraz, titubeaba.

—Estoy algo afligida, Drew, pero me encuentro bien, gracias —logró admitir con poca sinceridad, recuperando el control sobre su rostro. ¿Cómo podría hablarle sobre Endimion Mamoru, aun cuando quisiera, en medio de una pista de baile llena de gente?—. ¿Cómo estás tú?

Furuhata echó una mirada por encima de su hombro antes de responder para determinar que ninguna oreja interesada estuviera inclinada en dirección a ellos.

—Los acreedores aparecen en cada esquina. Me esperan en la puerta de mi casa, en la entrada del club. Sin duda, alguno de ellos está en la calle ahora mismo, esperando que salga. Y al parecer, mi prometida me desprecia y está perdida. —Concluyó con un encogimiento de hombros fatalista.

Lita no sabía de dónde le llegaba el impulso, pero de repente deseó darle a Furuhata lo que más quería, aunque sólo fuera para quitarle las ojeras del rostro.

—Drew, ¿puedo hacerte una pregunta delicada?

Una media sonrisa picara tocó los labios de Furuhata. Él y Lita habían tenido numerosas actitudes indiscretas en el pasado; «delicada» no era una palabra que, por lo general, se asociara a ellos.

—Pregunta, Lita.

—Debes prometerme que no cuestionarás mi honor al responder.

—Lo prometo.

—Si Serena ha, digamos… entregado su honor a ese mozo de cuadra irlandés, a este Darien Chiba, ¿aún la querrías de vuelta?

Furuhata retrocedió como si le hubieran golpeado.

—No haría algo así.

—Aun así, si la sedujo hábilmente… Todos somos humanos, ya sabes…

Pero ese era precisamente el problema, y Lita lo sabía; Serena se había vuelto un icono en la cabeza de Furuhata, algo diferente a un ser humano, o más que eso.

—¿Has oído algo? —exigió saber—. ¿Ha estado… —Negó con la cabeza de forma violenta—. Aún así, la querría —dijo con obstinación—. No hablemos más de esto.

¿Quién era esa joven para inspirar semejante devoción, casi irreflexiva? Lita hizo a un lado el reciente ataque de celos; odiaba la manera en que ese sentimiento la debilitaba.

—Sí, he oído algo, Drew —le confesó despacio—. Y haré lo que pueda para devolverte a Serena en breve, con la ayuda de mis asistentes.

Furuhata volvió la cabeza en dirección a ella. Sus ojos aún brillaban con una emoción ardiente, pero al mirarla, al captarla, se apaciguaron, y su cabeza se inclinó con curiosidad.

—Lita, ¿harías eso por mí? —Sus palabras suaves la sorprendieron. Había esperado que brincara sobre sus palabras con entusiasmo, para exigirle noticias sobre Serena.

—Yo… —farfulló hasta que se detuvo.

—¿Incluso considerando el relicario?

Lita sintió que un arrebato inexplicable subía a sus mejillas.

—No es nada, Drew, de verdad.

Furuhata, comprobando primero que el pilar los ocultara de la visión de las personas que se movían de un lado a otro en el salón de baile, extendió un dedo y lo pasó por la piel sedosa, justo por encima del escote de su vestido, para luego rozar la mano por sus pechos y dejar caer otra vez el brazo a un lado. Pudo sentir que sus pezones se endurecían contra la seda.

—Estás un poco pálida, Lita —murmuró—. Tal vez deberías aducir un dolor de cabeza. Yo podría acompañarte a tu casa.

Lita tenía deseos de que la abrazara un hombre que la deseara, y si Serena Tsukino y Endimion Mamoru eran fantasmas en el salón, le importaba poco, al menos por esa noche.

—Me disculparé con los Tsukino —dijo ella, y lo hizo.

Darien despertó con un sobresalto y levantó la cabeza con brusquedad, un movimiento del cual se arrepintió de inmediato. La punzada en la cabeza ahora competía con la punzada en el brazo, y al moverse sintió como si un juego de bolas de billar chocara con violencia dentro de su cráneo. En algunos sentidos, esto podría considerarse algo bueno, ya que ahora el dolor del brazo era mucho menos intenso, al menos en comparación.

El fuego brincaba alegre en la chimenea, y el calor y la suave luz proporcionaban una maravillosa sensación. Movió los ojos con lentitud y cautela, con cuidado de no desordenar las bolas de billar, hasta que se encendieron sobre Serena. Estaba sentada junto a la mesa de roble, cerca del fuego. Se había recogido el cabello hacia atrás con lo que parecía ser el pañuelo del cuello de él. Su camisa estaba muy sucia. El blanco ahora era oficialmente gris sucio, y en la mejilla izquierda lucía una gran mancha negra, casi con la forma de Italia. Había encendido sola el fuego, pero, al parecer, no sin haber luchado. Su cabeza estaba inclinada, con la atención puesta en algo. Darien la miró y de repente lo invadió una sensación de paz tan extraña que se sintió curiosamente desorientado, como si los límites que regían el tiempo hubieran caído y le hubieran dejado flotando. Luego vio que leía.

—¡Ay, no! —soltó antes de poder detenerse.

La cabeza de Serena se levantó de golpe del herbario. Él vio preocupación y luego satisfacción destellar en su rostro al comprobar una vez más que no estaba en las puertas de la muerte.

—¿Ay, no, qué? —preguntó ella.

—No experimentarás con ninguna de esas pociones conmigo, pequeña Sere.

—Pero tu whisky no durará para siempre, Darien, y los bosques están llenos de remedios maravillosos para el dolor. ¡Vaya, si tuviera un poco de beleño!

—Podrías utilizar mucha cantidad y gratificarme, o bien convertirme en un sapo, y entonces te quedarías sola, de verdad.

Serena le echó tal mirada de condescendencia compasiva que Darien sonrió. Ya se parecía más a una médica.

—Las recetas incluyen cantidades precisas, Darien, además de las dosis para personas de diferentes pesos. ¿Cómo supones que el doctor Mayall llegó a estas recetas si no las utilizó de verdad?

—Era inglés. Sin duda experimentó con soldados enemigos.

Serena puso los ojos en blanco. Por fin levantó la cabeza de su amado libro nuevo y le echó una larga mirada.

—Darien, tienes mal aspecto. —Era su veredicto, pronunciado con algo de inquietud—. ¿Tienes fiebre? Te haré un té.

—Es probable que mi aspecto sea peor de lo que me siento, pequeña Sere. Por ejemplo, tú, mi querida lady, pareces una deshollinadora en este momento.

Ella sonrió con picardía, dejando ver sus hoyuelos, y Darien, animado para impresionar a la deshollinadora, hizo un gran alarde al ponerse de pie.

«Ay, Dios querido». Se le revolvió el estómago y el suelo se movía. Un sudor frío le recorrió el cuerpo y, si no volvía a recostarse de inmediato, se desplomaría en los brazos de Serena en un desmayo muy vergonzoso.

Darien se tendió en el suelo con tanta suavidad como pudo y cerró los ojos. Esperaba que el mundo se quedara quieto.

Cuando volvió a abrirlos, encontró a Serena arrodillada sobre de él, pálida y ansiosa. Él le ofreció una sonrisa apagada. Señor, daba gusto verla, ágil y dichosamente real en sus prendas sucias. Respiró hondo y su perfume corrió deprisa en su interior: sudor y hollín, y algo salvaje, verde y terroso que sólo pertenecía a Serena.

Ella se extendió para coger su mano y controlarle el pulso.

—Darien, por favor, quédate quieto ahora. Necesitas descansar. Has perdido mucha sangre.

—Y bebido mucho whisky. —Darien cerró los ojos. Disfrutaba al sentir sus dedos presionados contra su muñeca. ¡Se había convertido en una mujer audaz! Permanecieron juntos y en silencio por un momento; él podía sentir que su corazón latía contra la presión de sus dedos.

Esos dedos. Un roce secreto en un cuarto oscuro en Sheep's Haven, un momento casi insoportablemente erótico. Debido a su inocencia, tal vez.

«No. Debido a que se trataba de Serena».

¿Qué demonios le pasaba? Darien movía los pies con impaciencia.

Por fin, Serena apartó la mano.

—Te prepararé un té. Pero necesitas caldo, y todo lo que tenemos para comer son esas tortas de carne. ¿Dónde puedo buscar carne fresca para hacer un caldo?

Darien abrió los ojos.

—Coloca una olla del lado de fuera de la puerta. Alguna ardilla pequeña sin duda te complacerá al desabotonar su abrigo de piel y brincar dentro.

Serena arrugó el entrecejo hacia él. Darien sintió arrepentimiento, aunque sólo un poco.

—Pequeña Sere, es verdad, estoy herido, pero también es verdad que estoy un poco ebrio, y ahora es el whisky el que me hace sentir peor que el orificio de mi brazo, te lo juro. Lo que necesito es té, y dormir más para que podamos marcharnos por la mañana.

—No iremos a ningún lado por la mañana —ordenó Serena con firmeza.

—No podemos quedarnos aquí —sonaba muy serio.

—Dijiste que nadie conocía este lugar.

—Nadie se atrevería a acercarse aquí porque mi pad… —Se detuvo a tiempo—. Se dice que el guardia le dispararía a cualquier intruso. Esto es territorio de los Dunbrooke. Pero la tierra ha sido abandonada y ya no hay ningún guardia.

Darien observaba el rostro de Serena en busca de signos de sospecha, de algo que le indicara que había notado su desliz.

Se mantuvo callada por un momento. Una diminuta arruga comenzaba a formarse entre sus ojos.

—¿Cómo es que estás tan familiarizado con las tierras de Dunbrooke, Darien? ¿No es la fortuna Dunbrooke la más grande de toda Inglaterra?

—Cuando era niño vivía cerca de aquí.

—Pero… eres irlandés.

—Mi padre trabajaba cerca de aquí. ¿Sabes? —dijo con rapidez, después de una pausa que esperaba que fuera apenas perceptible—. Pero, en fin, no podemos garantizar que sea seguro.

Vaya, qué hábil se volvía con las evasivas. Habría sido un lugar seguro si su antigua amante no se hubiera convertido en la duquesa de Dunbrooke ni se atreviera a tenderles una emboscada a cada paso. Habrían estado seguros, pero no podía garantizar que Patricia Kino no supiera nada sobre el pabellón de caza. Había contraído matrimonio con su hermano, después de todo.

—Darien, aún no estás en condiciones de moverte. Si te marchas, tendrás que hacerlo sin mí, porque me niego a irme sin esperar al menos un día.

—Entonces la llevaré a rastras conmigo, señorita Tsukino.

—Y entonces tal vez te desplomes en la carretera, dejándome a la suerte del destino.

Se miraron el uno al otro y guardaron silencio por un momento.

—Siento ser de tan poca utilidad para ti —murmuró por fin Darien, apartando la vista.

—¡Darien! —Serena estaba asombrada—. ¿Cómo puedes decir eso?

—He dejado que te ocupes de los caballos, del fuego…

—¿Porque te has esforzado hasta el límite para liberarte de ellos?

Él sonrió de mala gana.

—Están tras el relicario, cualesquiera que sean sus motivos, Darien. Y eso es por mi culpa.

«No, lo del relicario es por mi culpa», deseaba decir, «y por eso yo soy el responsable de que te encuentres en peligro cuando todo lo que tenía que hacer era llevarte a un lugar, cualquier lugar, donde nadie intentara matar o poseer tu espíritu».

—No pensemos en términos de culpa, pequeña Sere. Sólo pensemos en el presente y en el futuro. Deberíamos estar a salvo si estamos aquí un solo día, estoy seguro. —No estaba seguro, pero quería que la tensión abandonara su rostro, y lo logró.

—¿Puedo ver tu herida? —dijo casi con timidez.

Darien asintió con la cabeza. Con lentitud se levantó y encogió los hombros hasta que la camisa hecha jirones cayó hasta su cintura.

Una cosa era observar a Darien mientras estaba inconsciente y otra sentir su mirada sobre ella, sentir el calor de su respiración sobre el rostro mientras volvía a enfrentarse a esas fascinantes pendientes y cumbres del músculo y a la suave piel que se extendía sobre su firme bíceps. Serena mantenía la cabeza gacha y los ojos concentrados en su trabajo. Desenrolló la venda con un cuidado infinito, pero sus dedos temblaban un poco al encontrarse con su piel. Podía sentir que el calor se le subía a las mejillas.

Se detuvo cuando la venda por fin estuvo suelta. Contuvo la respiración. Ah, sus curvas sólo rogaban ser exploradas. Serena imaginaba el camino que escogería: arrastraría los dedos con suavidad por el vello áspero de su antebrazo, la palma de su mano se deslizaría hacia arriba sobre su firme hombro redondeado, luego bajaría para adecuarse al músculo hinchado de su pecho; arrastraría los dedos hacia abajo para explorar las uniones entre las costillas…

Con lentitud, la sangre emigraba de su cabeza; en cambio, parecía reunirse, calentarse, en algún lugar bastante más abajo.

«Hazlo», dijo una pequeña voz picara en el interior de su cabeza. «Es probable que Mina Gilhooly lo haya hecho».

Pero, ¿y si Darien cogía su muñeca a mitad de camino y le exigía saber qué rayos hacía?

Simplemente moriría.

«¿Qué ve cuando me mira? ¿Una niña, una amiga, una… mujer?»

Serena cerró brevemente los ojos y respiró hondo de manera gradual, luego los volvió a abrir, con la cordura recuperada. Se concentró otra vez en la tarea que tenía en sus manos.

La herida estaba estupendamente, si es que se podía decir eso de una herida de bala de mosquete. No estaba inflamada, ni siquiera rezumaba mucho. En general, un buen trabajo, se felicitaba a sí misma mientras sentía una pequeña sensación de orgullo en la confusión de su cabeza.

—¿Te lo he agradecido, pequeña Sere? —preguntó Darien en voz baja. Su voz subió por su columna. Estaba tan cerca y las palabras eran tan resonantes que casi parecían venir desde su interior.

Era demasiado para sus sentidos en carne viva en ese momento. Se apartó un paso de él de manera abrupta y soltó la respiración que había contenido para poder Tomar el aire que le permitiera hablar.

—Darien, si yo te dijera gracias cada día por el resto de mi vida, aun así, no sería suficiente.

Darien sonrió de medio lado como respuesta.

—Entonces, pequeña Sere, mira a ver si puedes hacer algo por el lamentable estado en que se encuentra mi camisa esta noche, ¿sí?

«Nunca lo había notado antes, pero sus ojos son peligrosos. Oscuros y suaves como el centro de los pensamientos, pero llenos de destellos picaros». Se apartó otro paso, luego se volvió y con rapidez fue a atizar el fuego, que no necesitaba que lo atizaran.

—Quizá cuando estés sobrio puedas ir a buscar los botones —rió y bajó la cabeza hacia el cojín de manta doblada.

—Sí, podemos hacer una competición. El que encuentre más botones ganará.

De repente, Serena se deleitó con la imagen de los dos, arrastrándose por el suelo en busca de los botones.

—Yo ganaré.

—Estás equivocada —murmuró Darien. Un momento más tarde estaba dormido otra vez, y el sonido alegremente espantoso de sus ronquidos llenaba la habitación.


Hola chicas...ya saben, estoy ocupada, pero trato de actualizar :) hoy no hay cap doble...tengo tarea :/ así es la vida...

Bueno, un comentario ya no tengo apoyo...solo de gigichiba que al menos pasa a darme ánimos y agradezco de corazón y mucho más de marceila :´D te quiero...ya no encuentro a la demás... :( pero bueno, seguire actualizando...respondiendo reviews...ahhh, tambien agradezco a coquette :)

Coquette: Me alegre que te guste, a mi me encantó cuando la leí...espero que la sigas leyendo, te recomiendo hacer una cuenta y mandarla a "alert" o "favorite" para saber cuando actualizo adioooos

marceila: Hola! no te preocupes, sé que cuento con tu apoyo :D yo tambien me morí de angustia en esa parte de la bala...y luego resusité XDyo tambien pienso que lita es la culpables de la muerte del hermano de darien u.u todos los comentarios tuyos que tuve que leer XP son entretendio como ningun otro :D gracias...besos

gigichiba: jajaja sooy malaaaaaa. wajajaja

Bueno, las dejo...bye, mañana no sé si publique, tengo que terminar un proyecto :/

BESOS

Atte.: MONI 3