Acá les dejo otro capítulo del Duque Rebelde, sé que les va a gustar :) Comentarios y demás abajo...Recuerden que esta historia le pertenece a Long Julie Anne, sólo la adapté. La mayoría de los personajes pertenecen a Naoko Takeuchi :3


Capítulo 14

Después de varios días durmiendo con prendas masculinas, el suave camisón le parecía la forma más pura de la decadencia. Pero esa noche, su misma holgura, de algún modo, hacía que Serena se sintiera muy consciente de su cuerpo. La prenda se deslizaba y se acomodaba de manera sensual sobre su piel con cada meneo y con cada giro, transmitiéndole un estado de alerta peculiar que tenía que ver únicamente con el beso que le había fundido los huesos para cambiarle la vida y con el hombre repentinamente taciturno que dormía en la habitación contigua.

La trampa había funcionado y la resultante liebre asada había sido un éxito. Sin embargo, Darien había estado monosilábico la mayor parte de la noche, y los intentos de Serena por entablar una conversación cayeron con tan poca fluidez en sus propios oídos que finalmente abandonó el esfuerzo. En una ocasión levantó la mirada y descubrió que la miraba con una expresión absorta, en cierto modo casi avergonzada. No obstante, no pudo hacerle frente a esa mirada por mucho tiempo, y eso resultó insoportable, porque deseaba mirarlo a los ojos para encontrar las respuestas a las preguntas que no sabía cómo formular.

Tal vez ella lo había hecho mal; tal vez él estaba desilusionado. Después de todo, nunca antes le habían dado un beso verdadero, pese a la sorpresa de medianoche de Furuhata. Aunque sin duda, con un poco de práctica…

Serena trató de escuchar el sonido de la respiración de Darien en la habitación contigua, algo que le confirmaría que estaba dormido. Pero no oyó nada, excepto el esporádico ruido seco del fuego y un trozo de madera que se movía al quemarse.

Finalmente no pudo soportarlo más. Se quitó la manta de encima y entró sin hacer ruido a la habitación principal.

Darien estaba sentado a la mesa, mirando fijamente el fuego. Se sobresaltó al verla, pero cuando ella se detuvo delante del hogar, él se cubrió los ojos como si los protegiera del sol.

—Darien…

—Ve a la cama, Serena, por favor.

—Tu brazo… ¿Es por tu brazo? ¿Te molesta?

Mantenía los ojos cubiertos.

—No. —Una sola sílaba seca.

La lumbre destellaba, enviando chispas hacia el humero. Fue el único sonido de la habitación durante casi más tiempo del que Serena pudo soportar.

—Darien… ¿Hice… he hecho… algo mal?

Pasó un momento antes de que le respondiera.

—No, Serena. —Ese tono extraño y amargo otra vez—. Tú no has hecho nada mal.

El fuego brincaba y chasqueaba, marcando más instantes largos de silencio.

Lo intentó otra vez.

—Darien, esta tarde… cuando tú… cuando tú… —Serena vacilaba, reunía valentía—, cuando me besaste… —Darien quedó inmóvil por completo—. Bueno… pensé que tal vez te incomodé. O quizá no lo hice correctamente. Tengo muy poca experiencia, ya sabes, pero…

—Santo Dios, Serena. Deja que te tranquilice. Besas… —su voz se quebró— de maravilla.

El corazón de Serena comenzó a golpear como loco. «Beso de maravilla».

—Darien, entonces, por favor, háblame. Dime qué sucede.

La agresividad veloz de su respuesta la asustó.

—Cuando te paras delante del fuego, puedo ver tu cuerpo a través del camisón.

Serena se sintió acalorada hasta las raíces del cabello por la vergüenza. Sin embargo, en el tono de Darien había un esbozo de pequeño niño asustado; lo había oído. De repente, comprendió que Darien estaba tan perdido como ella, y esa percepción era aterradora y emocionante a la vez.

—Bueno, entonces mírame. Eso es lo que quieres hacer, ¿no es verdad?

Darien soltó una risa sin gracia.

—Pequeña Sere… por favor. Vuelve a la cama. Tal vez podamos hablar mañana.

—También es lo que yo quiero. Quiero que me mires.

Darien guardó silencio. Ella podía ver que sus hombros subían y bajaban, debido a su respiración acelerada.

Serena respiró hondo.

—Me agradaría que me hicieras el amor, Darien.

Darien soltó una risa breve.

—¿Y cómo diablos sabrías eso, pequeña Sere?

Las palabras y la risa breve herían.

—Tengo dieciocho años, Darien. No soy una niña —dijo ella mientras luchaba por mantener la voz constante—, ya soy una mujer. Te veo con ojos de mujer. Tal vez me tratas como a una niña para sentirte menos temeroso ante mí, pero sé con seguridad, lo sé de verdad, que no me ves como tal. Sé lo que es desear, Darien. Y no temo decirte que… que te deseo. Y sospecho que tú me deseas también.

«Sé lo que es desear». Entonces Darien levantó la mirada hacia ella, sin poder hacer nada. La luz de la lumbre la iluminaba a través del camisón. La curva de sus pechos le paralizaba el corazón, sus caderas, las largas sombras de sus piernas. Algo se le atoró en la garganta.

—No sabes quién soy… —dijo él titubeando, atormentado. No sabía qué decir, o cómo poner sus pensamientos en palabras, pero ya no podía dejar de mirarla. Había mantenido esos sentimientos a raya durante días, pero siempre estaban en sus sentidos, la manera en la que se movía, su perfume, su risa, la luz en sus ojos cuando pensaba, al insistir con sus preguntas, segura de desarmarlo o desafiarlo o deleitarlo. El beso de ese día… simplemente lo había poseído… y eso lo había sacudido drásticamente. Ahora se fijaba en ella, en la hermosura de todo su ser, y sabía que todo el anhelo acumulado le ardía en los ojos. Esperaba que su expresión no la asustara.

Serena volvió a respirar hondo, y él observaba con fascinación tortuosa cómo sus pechos se elevaban contra la fina tela del camisón.

—Darien, sé que eres otra cosa… o algo más… de lo que aseguras ser. En un momento eres irlandés y al siguiente inglés, como Wellington… pero eso poco me importa. Creo saber qué clase de hombre eres, tal vez mejor que cualquiera. Y eres… —vaciló, de repente sonó indescriptiblemente tímida—. Eres… de gran valor para mí.

«De gran valor para mí». Palabras amables, pero en cierto modo increíbles, dada su importancia. Darien se sentía, como si se tambaleara al borde de un precipicio, pero aún no entendía por qué. Por lo tanto, en su reacción, se refugiaba en el silencio y el mal genio, como un niño inmaduro, mientras Serena, con su valentía habitual, buscaba el meollo de las cosas con palabras vacilantes.

Y Darien se daba cuenta de que tenía razón. Serena siempre había visto la parte más auténtica de él. Quizá eso era lo que lo aterraba tanto. No podía sólo seducirla, ni contestar con evasivas, ni planear estrategias, ni esconderse.

—¿Darien? —dijo ella en voz baja.

Fue demoledor. Volvió a cerrar los ojos brevemente contra la embestida de sus sentimientos. ¿Qué clase de hombre sería si le hiciera el amor a esa joven que creía en él, una joven virgen que confiaba en él para su seguridad? ¿Una joven que él se proponía dejar en Escocia? ¿Qué clase de hombre permitiría que una mujer como Serena le rogara que le hiciera el amor?

Si no era él, entonces algún día sería otro, y creía que no podría soportar esa idea.

—Pequeña Sere, yo… —dijo, y se detuvo al oír un crujido. Serena se había alejado de la chimenea y ahora estaba de pie a su lado. Fue su cercanía lo que permitió que la sabiduría de su cuerpo por fin venciera sobre la agitación de su mente. Sus brazos, como si tuvieran voluntad propia, se alzaron hasta ella y la acercaron a su regazo.

Por un momento sólo la sostuvo, sin ceñirla, con la respiración entrecortada. Ambos guardaron silencio, asimilando la dulce emoción de que sus cuerpos se encontraran. Sólo se oía la respiración acelerada de ambos y el crepitar de las llamas. Serena bajó la mirada a su regazo, allí donde descansaba su mano. Darien la cubrió con la suya y esa áspera calidez contra su suave piel, y lo que ahora eso significaba para ellos, le quitó la respiración. Serena levantó el rostro hacia él, inquisitiva, y Darien se enfrentó a su mirada.

Ah, el terreno era muy conocido, y muy deseado: la inclinación de sus cejas, el hoyuelo de su barbilla, el arco de sus pómulos. Darien los recorrió con un solo dedo, primero una ceja y luego la otra, después la mejilla, la barbilla, como un escultor ante su creación. Serena observaba su rostro y sus ojos tranquilos y tiernos. Estaba fascinada por la intensa ternura que veía allí. Él arrastró la yema de sus dedos a lo largo de la garganta de ella y luego rozó el pulgar por la curva carnosa de su labio inferior. Sólo con el más mínimo roce, recordaba. La boca de Serena se alzó en una sonrisa tierna y Darien esbozó una risa temblorosa. Se sentía como un chaval novato, casi estremeciéndose ante el festín que tenía delante.

—Sí, también te deseo, Serena.

Y entonces Darien Tomó su rostro entre sus manos y cubrió su boca con la suya. Al principio sólo con la intención de un suave beso, pero la boca de ella se abrió ante la de él como si hubiera conocido su forma desde toda la vida. ¿Y qué otra cosa podía hacer más que Tomarla?

«Nunca antes de esta manera», pensaba Darien. Al principio vacilante, y luego con imprudencia, su lengua hurgó más profundo dentro de su boca, probando todas las texturas en su interior. Husmeaba más abajo aun, y en cierto modo, nunca parecía ser lo suficientemente profundo. Subió los dedos por la maraña sedosa de su cabello para inclinar hacia atrás la cabeza de ella, y apoyó la boca debajo de su mandíbula. Encontró su pulso y presionó los labios contra su suave latido.

—Dime que me detenga, Serena, y me detendré —murmuró contra su cuello. No estaba del todo seguro de que eso fuera cierto, pero era necesario decirlo.

Ella no respondía.

—¿Serena?

—Por favor no pienses en detenerte. —Su voz se oyó fuerte, desconcertada.

Él sonrió. Serena se movió un poco sobre su regazo.

—¡Uh! —exclamó Darien.

—Ay, lo siento. ¿Peso demasiado?

—Más bien eres una gran chica. Corrección, una gran mujer. —Bajó las manos hasta sus omóplatos, firmes como dos pequeñas alas sin crecer debajo del camisón.

Serena sonrió y colocó sus manos a ambos lados del rostro de él, ahuecándolas en sus sólidos planos.

—No te pareces en nada a Furuhata —murmuró.

—Espero que no —murmuró Darien en respuesta. Cubrió su sonrisa con otro beso.

Serena le colocó las manos alrededor de la nuca y se abrió a él de manera instintiva. Subía y bajaba con él, uniéndose a su sed inquisitiva y a su urgencia. Se fundía contra él. Y perdido en la incomparable pureza de su boca, Darien pudo sentir que daba vueltas peligrosamente hacia algún lugar donde el control no tenía utilidad ni significado, hacia una bendición liberada casi insoportable. Con un brazo, acercó su cuerpo con firmeza contra él; la otra mano, temblorosa, apenas atrevida, se deslizó hacia abajo para rozarle un pecho. El pezón se sentía duro debajo de la palma de su mano. Podía sentir el calor de su piel debajo de la fina tela del camisón. La totalidad de su deseo era casi aterrador. Lo humillaba. Lo poseía por completo.

Después de siglos, o de tan sólo unos momentos, por fin, Darien se retiró para respirar. Apartó su cabeza de ella, agitado. Debajo de sus manos, Serena elevaba y bajaba su cuerpo con la respiración entrecortada.

—¿Qué sigue? —susurró ella.

Darien se volvió hacia ella e hizo una leve sonrisa. Siempre una pregunta: así era Serena.

—¿Hay más? —preguntó él con asombro simulado.

A Serena se le marcó el hoyuelo.

—Sabes muy bien que hay más.

—Cuéntame —la alentaba.

—En el libro de mi padre…

—Cuéntame sin nombrar a tu padre.

—Creo que lo siguiente sería acostarnos en la cama —dijo ella de manera especulativa.

Una vez más, tal vez por centésima vez en su vida, Serena Tsukino había dejado a Darien Chiba sin palabras.

En realidad, Darien apenas podía recordar lo que sucedía después. Esa noche, con Serena entre sus brazos, se sentía completamente nuevo.

—Sí, creo que ir a la cama suena bien —logró decir con la voz ronca—. ¿Por qué no me llevas allí?

Ella se apartó de su regazo y se puso de pie, extendió la mano, y él con obediencia la Tomó. Lo guió como a un niño hasta la cama en la que él había dormido la noche anterior. Se arrodillaron allí uno enfrente del otro, sonrientes.

—Sí, hay más. —Darien tiró del lazo del escote del camisón de Serena—. Una infinidad de cosas. —Esperaba poder recordar, al menos, dos o tres de ellas.

Como un arqueólogo que descubre un extraño tesoro, sus ojos nunca abandonaban el rostro de ella. Darien lentamente, muy lentamente, bajó los hombros del camisón de Serena. Se detuvo una vez para darle un beso tierno en la base de la garganta. Centímetro tras centímetro el movimiento resultaba irresistible. Con los dedos temblorosos dejó al descubierto la piel que brillaba en ámbar y madreperla bajo la luz de la lumbre, hasta que por fin su camisón quedó arrugado en su cintura.

Los antebrazos de Serena subieron como por acto reflejo protegiendo su desnudez de la mirada de Darien. Él podía ver que una pregunta, así como también algo de aprensión, rondaba sus claros ojos de color verde grisáceo, esos ojos que no escondían nada. Y entonces, como reuniendo coraje, ella respiró hondo y, con lentitud, bajó los brazos.

Darien se estremeció como si lo hubieran golpeado.

Por un instante, sintió una extraña inconexión, como si los exquisitos pechos blancos y rosados que formaban un arco delante de él no pudieran pertenecer a la Serena que conocía hacía años, la que podía dispararle a una manzana en una cerca a cincuenta pasos de distancia y aquella que, de manera incesante, lo acribillaba a preguntas. Fascinado, los observó boquiabierto por el tiempo suficiente como para llegar a volverse torpe, y luego, con cierta dificultad, levantó poco a poco la mirada hasta su rostro.

El temor había desaparecido de los ojos de Serena. Ahora se veían cálidos por la distracción y con un toque de triunfo muy femenino, ya que el asombro tenso en el rostro de él le acababa de dar la primera muestra de su propio poder.

Con las manos un tanto torpes por los nervios y las ansias, Darien pasó la punta de sus dedos por la longitud de su tórax. Sintió que los músculos de Serena se contraían. La respiración de ella se detuvo ante la caricia y su propia respiración se interrumpió cuando ahuecó la palma de sus manos en el peso satinado de sus pechos y rozó los pulgares por sus pezones. Y cuando Serena cerró los ojos y dijo: «Ah», con mucha suavidad, él se sintió el emperador del universo.

—¿Darien? —su voz llegaba hasta él con debilidad, como a la distancia. Su deseo por ella casi lo quiebra.

—¿Sí?

—Quisiera tocarte, también.

—No pondré objeción.

Ella abrió los ojos y le ofreció una sonrisa distraída mientras su corazón corcoveaba.

—¿Me enseñarás cómo?

—Sí —dijo él con voz ronca—. Te lo enseñaré.

—Tu brazo…

—Sólo te siento a ti, pequeña Sere.

Bajó la cabeza y pasó su lengua por uno de sus pezones rosáceos; luego lo llevó con delicadeza al interior de su boca, fusionó su lengua a su alrededor, lo saboreó como si fuera un licor poco común.

—Ah… —Fue más bien una espiración que una palabra. Serena entrelazó los dedos en su cabello para mantenerlo contra su pecho.

Él necesitaba sentir toda su plenitud contra su cuerpo. En ese mismo instante.

Darien le empujó la espalda con mucha, mucha suavidad contra la cama, y sus ojos le decían que sin duda ya no habría vuelta atrás. Los ojos de ella no reflejaban en él otra cosa más que deseo. Riendo con timidez, ambos hurgaban en los botones del pantalón de Darien y luchaban por desenredar a Serena de los voluminosos pliegues del camisón. Al final, la impaciencia sacó lo mejor de ellos y pronto los botones de la camisa de Darien una vez más cayeron al piso del pabellón de caza.

Hubo una suave risa de asombro y alivio, luego silencio, excepto por el primer tacto vacilante de las manos sobre la piel ahora febril de excitación. Y como lo había prometido, Darien le enseñó: le dio un delicado beso ardiente a la palma de la mano de Serena y después la guió hasta la gruesa erección que se curvaba sobre su abdomen, murmurándole cómo quería que lo tocara. Ella intentó subir el puño por su longitud y él inhaló con brusquedad y cerró la mano alrededor de su muñeca.

—¿Darien? ¿Fue…

—Demasiado bueno, pequeña Sere —dijo con voz áspera, en una risa entrecortada—. Volveremos con esto más tarde, ¿sí?

Darien le retiró el cabello hacia atrás y luego, con suavidad, casi de manera casta, presionó sus labios una vez más contra la maravilla aterciopelada de su boca. Luego, sus manos, que temblaban con ternura y avidez, le recorrieron el cuerpo, reclamándola: vagaron por sus pechos y la suave pendiente de su abdomen, rozaron la definición de su cadera y la plenitud de sus nalgas, descubrieron la vulnerable piel asombrosamente sedosa que se escondía entre los muslos y el interior de los brazos. Serena se meneaba bajo su tacto con la respiración contenida; sus ojos se cerraban pestañeando para perderse en la sensación. Luego, los abría pestañeando otra vez para observar la manera en que sus manos se movían sobre ella. Darien se detuvo por un momento y se apoyó sobre el codo para poder desplegar su mano sobre el abdomen de ella. La miraba fijamente.

—Dios, eres hermosa, pequeña Sere.

Serena le sonrió con timidez. Darien rozó su boca contra la suya; ella levantó la mano para ahuecarla en su rostro y abrió los labios debajo de los de él. Sus lenguas se unieron con languidez; Darien acarició el costado de su pecho satinado con el dorso de los dedos. Disfrutaba al sentirlo. Luego, apartó la boca e inclinó la cabeza hacia su pezón. Enrolló la lengua a su alrededor, provocando que el terciopelo rosado se volviera una pequeña cuenta apretada mientras la palma de su mano acariciaba el otro pecho, se deslizaba por las costillas, tocaba los rizos color cobre que había debajo de la curva de su abdomen y acariciaba con suavidad, sólo con la yema de los dedos, el interior de su muslo.

—Darien… ah… maravilloso… —Los dedos de Serena se deslizaron por la nuca hasta llegar a su cabello, enviándole ríos de fogosidad a través de las extremidades.

—¿Qué intentas decir, pequeña Sere? —bromeaba.

Silencio. Intentaba reír, pero los dedos de él volvían a deslizarse por su muslo, subían por el suave vello de esa zona, se sumergían con mucha, mucha suavidad en la hendidura húmeda cubierta de rizos color cobre, y la risa se convirtió en un jadeo.

—Tócame, pequeña Sere —le ordenó con voz ronca. Pero sus manos ya se encontraban sobre él. Las palmas de sus manos se movían por su pecho y por su abdomen, por sus brazos y muslos, hacían el mismo descubrimiento y reclamaban de su cuerpo lo mismo que él reclamaba del de ella. Con suavidad, hurgaba en los vellos de su pecho; con la lengua, seguía el rastro del oscuro vello rizado, saboreaba sus pezones planos, recorría la unión entre las costillas, la arrastraba por la curva hinchada de su erección mientras sus manos se deslizaban sobre sus muslos. De la garganta de Darien salió un gemido; cerró los ojos, atormentado por la inocencia carnal de su exploración.

—¿Qué intentas decir tú, Darien?

Blasfemó, rió a medias, luego cogió a Serena de los brazos y la llevó con brusquedad sobre su pecho para Tomarle la boca con ferocidad. Sus lenguas se batieron a duelo y luego se retorcieron juntos en un enredo de manos exigentes y bocas que se deslizaban sobre los cuerpos brillantes por el sudor. Darien la cogió de las nalgas y la meneó contra él. Con suavidad, le mordió el contorno del cuello. La lengua de ella encontró el espiral de sus orejas, mientras él jadeaba su nombre. Luego, Darien la giró y la sujetó. Mirando fijamente los ojos de Serena, se levantó para colocarse encima de ella. Los brazos le temblaban. Ambos se enardecieron cuando Darien frotó su dolorida erección contra la hendidura entre las piernas de ella, lentamente, una vez, dos veces, una vez más. Las rodillas de Serena se abrieron arqueándose contra él de manera instintiva.

—Darien… quiero… por favor…

Él sabía que era el momento. Darien bajó una vez más y, Tomándola en sus brazos, con delicadeza levantó una de sus piernas sobre su cadera. Hundió los dedos en el calor húmedo entre sus piernas; la acariciaba, hacía círculos adrede, sin descanso. Serena murmuraba incoherencias y movía las caderas contra la mano de él, sujetándose de sus brazos. Jadeando, pronunciaba e imploraba su nombre. Confiaba en que la llevaría de manera segura dondequiera que parecía que iba a precipitarse.

Por fin, salieron de su interior una serie de gritos suaves. Su cuerpo se inclinaba, se estremecía, se sacudía hacia arriba por la fuerza de su liberación. Volvió a hundirse contra Darien, con la respiración acelerada y discordante.

Darien le retiró el cabello húmedo del rostro, lo acomodó detrás de una de sus orejas y le rozó la boca con ternura sobre sus labios hinchados por los besos.

—¿Darien? —La voz de Serena se oía densa por el desconcierto.

—Sí. —Apenas podía hablar por el nudo en la garganta—. Es así. —Los temblores de ella continuaban latiendo debajo de su mano. Sintió un triunfo compasivo. «Lo hice por ella».

—¿Para ti también?

La propia necesidad de Darien lo punzaba. Se levantó otra vez sobre ella. Los músculos de su espalda vibraban y el brazo herido tembló.

—Pronto, pequeña Sere. —La miraba a los ojos, que aún estaban vidriosos por la pasión y la liberación—. Tal vez te duela un poco, pero sólo es una vez. ¿Tienes miedo?

Ella extendió una mano y le retiró el cabello de los ojos.

—Todo lo contrario —dijo con seriedad.

Darien sonrió con ligereza; podía oír la bravuconería de su voz.

—Yo tengo un poco de miedo —confesó.

—Pero ¿por qué?

No podía explicárselo.

—No temas. Estoy aquí contigo —dijo ella en voz baja. Flexionó los brazos y las piernas a su alrededor para acomodarse debajo de él. Y luego, por fin, la colmó murmurando palabras de confianza, y después sílabas roncas de éxtasis. Se movió con lentitud en su interior, luego desenfrenado, hacia su propia liberación.

Al alcanzarla, pronunció su nombre en voz baja.

Durmieron un poco, una hora o dos, aún entrelazados. Darien despertó cuando sintió que Serena se movía, y ella le sonrió soñolienta. Le dio un beso en la coronilla.

—Te amo —murmuró ella.

Las palabras… fueron como si un sol entero le hubiera estallado en el pecho.

Él había actuado de manera ridícula. Sus pensamientos agitados, la gran confusión, el tormento y la impotencia… Sólo era amor. Suponía que siempre había sido amor. No estaba de pie ante ningún precipicio, o mejor dicho, los precipicios tenían poco significado cuando uno por fin se daba cuenta de que tenía alas. Darien susurró.

—Yo también te amo.

Esas palabras eran solemnes e inadecuadas para lo que él sentía.

Serena sonrió y cerró los ojos, y pronto volvió a dormirse.

La necesitaba a su lado para siempre. Y, de alguna manera, desde hacía días, quizá desde el día en que la conoció, lo supo.

Todo era simple ahora, a pesar de los salteadores de caminos, los relicarios y las identidades múltiples. Todo lo que era y todo lo que Darien imaginaba ser a partir de ese momento era ser el hombre que abrazaba a Serena mientras dormía.