Acá les dejo otro capítulo del Duque Rebelde, sé que les va a gustar :) Comentarios y demás abajo...Recuerden que esta historia le pertenece a Long Julie Anne, sólo la adapté. La mayoría de los personajes pertenecen a Naoko Takeuchi :3


Capítulo 16

El pabellón de caza no tenía ventanas, pero había algunas finas grietas en sus paredes, y la luz del día los encontró de manera inevitable. Serena abrió los ojos en la oscuridad que se disipaba.

Darien estaba sentado en la cama a su lado, con los brazos envueltos, flojos, alrededor de las rodillas. Parecía estar mirando en dirección a la puerta, distraído. Serena se incorporó medio dormida y le dio un dulce beso en el hombro desnudo. Él sonrió con ligereza, y el corazón de ella se estremeció. Había sentido el mismo estremecimiento a menudo durante los últimos días. Le agradaba pensar que era su corazón que se henchía para recibir una fresca ráfaga de alegría.

Pero Darien no hablaba ni la Tomaba. Permanecía perdido en su pensamiento, extrañamente abstraído. Se sentó a su lado en silencio, de manera amistosa, miró en la misma dirección que él, como si también pudiera ver lo que fuera que hubiera allí.

Pasaron unos minutos antes de que él hablara.

—Pequeña Sere, el otro día, cuando fui a la casa de empeños…

—¿Cuándo compraste mi herbario?

Él sonrió.

—Sí, cuando compré tu herbario. Pues bien, me encontré con un amigo allí…

—¿Tienes amigos?

La boca de Darien se movía con nerviosismo.

—Es un poco temprano para la ironía, ¿no es verdad, pequeña Sere? Sí, tengo un amigo, un viejo amigo… y, bueno, creo que deberíamos… visitarlo hoy. Si es que podemos encontrarlo.

—¿Si es que podemos encontrarlo? —Serena estaba confundida—. Pero, ¿y Gretna Green? ¿Por qué no lo habías mencionado hasta ahora? ¿Por qué debemos visitarle? ¿Vive cerca de aquí?

—En cierto modo.

—¿En cierto modo? ¿Qué significa, en cierto mo…

Con determinación, Darien cubrió su boca con la suya, interrumpiendo su pregunta. Le pellizcó los labios con suavidad hasta que se abrieron para permitir que entrara su lengua.

—Mmmm… —suspiró ella, y le puso las manos a ambos lados del rostro. Se rindió ante su poderosa exploración e hizo una pequeña exploración propia. Por fin, Darien levantó la cabeza, con los ojos a medio abrir, embriagados por los besos.

—¿Eso te ha gustado, pequeña Sere?

Ella sonreía confundida.

—Intolerable. Ahora, tu amigo…

—¿Sí? ¿Qué tal… esto? —Bajó la cabeza; su lengua dibujó una filigrana lenta y caliente sobre su pezón que hizo que se convirtiera en un pequeño frunce rosado; luego, lo llevó dentro de su boca y lo succionó con suavidad.

Un rayo le recorrió las venas que se abrían en el lugar en el que su boca caliente se unía con la carne de ella.

—Ay… Dios… es… simplemente… horroroso… —jadeó ella, riendo a medias. Sintió que los labios de él dibujaban una sonrisa contra su pecho.

—¿Ay? —susurró con picardía—. Entonces también odiarás… esto.

Su cabeza desapareció debajo de la manta y su lengua se hundió una vez dentro de su ombligo antes de detenerse y tocar, primero con ligereza y luego con una caricia larga, la protuberancia sensible del recodo de sus piernas. Serena saltó. Él lo hizo otra vez.

—Ay… Dios…

—¿Te parece horrible? —preguntó con fingida compasión, reprimiendo una risa. Arrojó la manta hacia atrás y con suavidad, sus manos separaron más sus muslos. Volvió a hundir su lengua.

—Por favor…

—Prueba el cielo, pequeña Sere —murmuró con voz ronca.

—Deja… de hablar…

Darien rió por lo bajo, contento, y obedeció. Cuando ella comenzó a mover las caderas contra las caricias de su lengua, le levantó las piernas a la altura de su cintura y se introdujo en su interior, acompañando los movimientos de sus caderas con las suyas. En sólo cuestión de segundos, estallaron juntos.

Zarcillos de neblina se enrollaban y desenrollaban del follaje del bosque, y el sol que se elevaba enviaba polvorientas columnas de luz que bajaban a través de los árboles y hacían rayas de luz sobre Serena y Darien mientras cabalgaban. Serena estaba molesta: sus ojos aún mostraban las consecuencias de un sueño interrumpido y sus piernas colgaban a ambos lados del caballo como sacos de harina. Hubiera preferido quedarse en la cama todo el día. «Debería haber una ley», pensó. «Un mínimo de dos horas en cama por cada hora de hacer el amor». Pero no; Darien se había mantenido inflexible. Y ahora era todo lo que podía hacer para permanecer sentada en la silla de montar.

Ante la insistencia de Darien, cabalgaba a su lado, ni detrás ni delante, y otra vez vestía las prendas que usaba como Ned, y que le producían picor. Darien parecía distraído. Había dicho sólo unas pocas cosas escuetas e infundadas desde que habían dejado el pabellón de caza, y ahora podía verlo examinando el suelo del bosque como si buscara con desesperación algo en particular.

—¿Darien?

La mirada que le echó cuestionaba su atrevimiento por hablarle cuando era tan evidente que estaba ocupado.

Serena suspiró hasta quedar sin aliento, pero se abstuvo de hacer más preguntas. Se ponía cada vez más nerviosa. Podía ver que no cabalgaban hacia el norte, ni hacia Escocia como habían planeado, ni hacia Gretna Green, donde contraerían matrimonio… sino que volvían al lugar del que habían venido.

De repente, Darien detuvo su caballo para observar la rama rota de un árbol que parecía haber sido puesta en la tierra de manera intencional. Estaba bifurcada, y el extremo más largo de la bifurcación apuntaba al sur. Hizo una leve sonrisa, se frotó las manos en el pantalón, como secándose las palmas sudorosas, y la tensión visiblemente abandonó su cuerpo. Con algo parecido a la alegría, giró el caballo en dirección de la rama bifurcada. Serena hizo lo mismo.

—¿Darien? ¿Dónde vamos? ¿Dónde está tu amigo?

Él le lanzó una mirada de reojo.

—Te gustará adonde vamos, pequeña Sere, te lo aseguro.

—Esa no fue mi pregunta.

—Sí, pero esa es toda la respuesta que puedo ofrecerte.

Le sonrió, la sonrisa que normalmente iluminaba su mundo con tanta certeza como el sol iluminaba el día. Deseaba golpearlo.

Cabalgaron por una hora más, aproximadamente. De vez en cuando, Darien renovaba su alegría al ver pequeñas pilas ordenadas de piedra, o más ramas; y cada vez giraba su caballo de acuerdo a ellas.

—Quisiera que me dijeras adonde vamos.

—Es una pena que yo no sea un hada que te conceda deseos, pequeña Sere.

«Bueno», pensó ella, «supongo que el sarcasmo es mejor que el silencio».

Continuaron cabalgando.

Por fin, al principio con debilidad y luego aumentando la intensidad, oyó sonidos que no pertenecían al bosque: voces en una lengua extraña, una risa, una tos. Caballos que relinchaban, el tintineo de sus arreos. Algo sabroso que cocinaban hacía que su estómago se retorciera de hambre.

Un momento más tarde se encontraban en un claro, rodeados de una serie de rostros oscuros y ojos brillantes, hombres, mujeres y niños. Las voces que hablaban la lengua extraña guardaron silencio.

Un movimiento atrajo la atención de Serena; un hombre alto con brillantes ojos claros se detuvo en el centro del claro con las manos apoyadas en las caderas; giró la cabeza desde Darien hasta Serena, luego de vuelta hacia Darien, después de vuelta hacia Serena.

Esbozaba una amplia sonrisa.

—Ya es suficiente —le dijo Darien a Artemis.

Artemis levantó la palma de sus manos para apaciguarlo.

—¿He dicho algo? —Hizo un gesto—. Veo que has seguido el patrin —observó.

Darien asintió con la cabeza.

—Señor Artemis Heron, ella es mi amiga, la señorita Serena Tre… —se detuvo, lo pensó mejor—. Mi amiga Serena —concluyó—. Serena, él es Artemis Heron.

Serena, con los ojos bien abiertos por el asombro, saludó con la cabeza desde lo alto de su caballo. Artemis le hizo una reverencia, aún esbozando una sonrisa amplia.

Darien bajó de la silla de montar y sostuvo el estribo de Serena para que pudiera desmontar.

—¿Gitanos? —le preguntó en voz baja, encantada. Su madre, sencillamente, se pondría una mano en el corazón y se arrodillaría si la viera en ese momento.

—Te dije que te gustaría —susurró con engreimiento, como si fuera una sorpresa especial que hubiera arreglado sólo para ella—. Ah, y prefieren que se les conozca como los Rom.

—Y, ¿él es el gitano que te enseñó a acariciar los peces?

—Sí. Y también te dirá que es verdad, si lo dudas.

Artemis Heron le dijo algo con rapidez a Darien en la extraña lengua. A Serena le sonaba como agua que caía sobre rocas rugosas, melódico y gutural a la vez. Para su asombro, Darien recitó de un tirón una respuesta en la misma lengua. Artemis asintió con la cabeza una vez, con aire pensativo.

Serena echó una mirada alrededor del claro y a los rostros silenciosos que observaban. Uno de ellos era de una joven que miraba a Darien con manifiesta avidez.

—Luna, Neherenia —llamó Artemis, y dos mujeres se giraron hacia él, incluida la que admiraba a Darien muy abiertamente—. Tal vez la joven Gadji quiera descansar en vuestra tienda.

—Ve con Luna, Serena —dijo Darien con delicadeza—. Necesito hablar con Artemis.

Serena abrió la boca, luego la cerró. Quería algo más de él, un roce, palabras tranquilizadoras, alguna explicación de por qué estaban allí. Pero aunque su mirada era compasiva, a la vez fue adusta con la orden, y a eso había que sumar que sus manos permanecían a ambos lados de su cuerpo.

La mujer llamada Luna le sonrió y extendió su mano morena. Debido a que parecía no tener otra posibilidad, Serena la Tomó de mala gana, y Luna la guió.

Casi pierden la tarjeta; era algo inocuo en medio de las otras numerosas tarjetas y la abundancia de ramos que habían llegado para Rei desde el momento en el que los Tsukino llegaron a Londres. A juzgar por la sala de lady Kirkham, estaban arrasando con la producción de todos los invernaderos de Inglaterra, en nombre de Rei.

Sin embargo, a Rei sólo le interesaba un ramo: un simple ramillete de campanillas. Todos los días desde su primera noche en Almack's, un pequeño ramillete llegaba a la puerta, poco después del desayuno.

Para mi campanilla.

La tarjeta siempre decía eso, y nada más.

Su madre creía que las campanillas anónimas eran dulces y muy inocentes comparadas con la abrumadora extravagancia de ramos que enviaban aquellos como el vizconde Grayson y el heredero del conde de Pennyworth. Sin duda, las campanillas eran un signo de respeto de alguien que no tenía una razón para esperar atraer la atención de Rei.

La verdad, sin que nadie excepto Rei lo supiera, era todo lo contrario.

Después de que lady Tsukino había revisado las invitaciones de Rei, cacareando y regodeándose, encontró la nota. Para su gran sorpresa, estaba dirigida a sir Kenji, no a ella ni a Rei. Sin palabras, se la entregó.

Las cejas de sir Kenji se levantaron de golpe. Prefería que lo excluyeran de los perifollos sociales; por consiguiente una tarjeta dirigida a él era de mucha trascendencia, y no necesariamente agradable.

La abrió y, con una mezcla de sentimientos, reconoció que era el papel de la duquesa de Dunbrooke. Con ironía, la generosidad de la duquesa de Dunbrooke había puesto a los Tsukino en una posición delicada; no querían pedir información actualizada con frecuencia acerca de la búsqueda de Serena por miedo a parecer desagradecidos o desconfiados. La duquesa era, después de todo, responsable de la entrada de Rei en Almack's, y ¿quién sabía lo útil que podría resultar en el futuro? No obstante, los días de silencio, las horas de incertidumbre, su incapacidad de hacer algo por encontrar a Serena habían sido insoportables.

Sir Kenji leyó la nota. Luego, cerró los ojos y exhaló con lentitud, con gusto, como si hubiera contenido la respiración por días.

—¿Kenji? ¿De qué se trata? —La voz de lady Tsukino sonó aguda por la ansiedad.

En silencio, sir Kenji le entregó la nota a lady Tsukino. «La vieron en Escocia», decía.

Sir Kenji miró a su esposa. El labio inferior de ella temblaba.

—Ya era hora. —Sir Kenji arrugó la nota en su puño.

—¿Escocia? Pero ¿cómo?

Sir Kenji, lady Tsukino y Lita Mamoru, duquesa de Dunbrooke, se sentaron en la sala de lady Kirkham, sujetando sendas tazas de té. A Rei la habían enviado a una serie de visitas sociales, acompañada por su criada con instrucciones de decir a sus amigas que su madre sufría de dolor de cabeza y que hoy no las acompañaría.

—En este momento no estamos del todo seguros —dijo Lita—. Sin embargo, sabemos que está ilesa. Hay especulaciones de que quizá un vecino la haya ayudado a marcharse.

—¡Robbie Denslowe! Aquel joven sinvergüenza…

—Espera, Kenji —aplacaba lady Tsukino—. Robbie no estaba en casa cuando Serena desapareció, por lo que no es posible que la haya ayudado a escapar. Lo que importa es que Serena está a salvo.

—Sir Kenji, debo hacer énfasis en que no sabemos cómo consiguió viajar hasta Escocia, por lo que no debemos sacar conclusiones —agregó Lita—. No tengo otros detalles aparte de que han visto a una joven que encaja con la descripción de Serena y que parecía estar bien. Les he ordenado a mis asistentes que continúen con la búsqueda y, sin duda, la encontrarán pronto.

—¿Estaba sola? —La voz de lady Tsukino temblaba.

—No lo sé —se disculpó Lita—, les he contado todo lo que sé, que es todo lo que saben mis asistentes.

—Iré a ayudar para que la traigan de una vez. —Para sir Kenji, un viaje a Escocia para traer de regreso a casa a su hija menor, que nunca se aburría, parecía ser el escape perfecto de esa interminable serie aburrida de fiestas y bailes.

—¡No puedes marcharte ahora! —dijo lady Tsukino con la voz entrecortada—. El vizconde está a punto de proponerle matrimonio a Rei, estoy segura de eso, y supongo que no podemos permitirnos comprometer el futuro de Rei.

—No logro darme cuenta de qué manera la búsqueda de Serena puede comprometer el futuro de Rei —respondió sir Kenji, con irritación poco disimulada.

—La gente se preguntará adonde tienes que ir, Kenji. Una desaparición repentina…

—Sir Kenji, lady Tsukino. Por favor disculpen mi interrupción…

Sir Kenji y lady Tsukino volvieron sus expresiones acaloradas hacia Lita.

—Creo —comenzó Lita con paso lento— que en esta instancia, Sir Kenji, lady Tsukino tiene razón. ¿Por qué correr riesgos con el futuro de Rei cuando es prácticamente seguro que Serena regresará pronto a casa, a salvo? La han visto; mis asistentes sin duda podrán verla pronto por sí mismos. Y lord Furuhata está dispuesto, incluso deseoso, a contraer matrimonio con ella, a pesar de su… viaje. Tiene un título decente y está a punto de heredar una buena porción de tierra. Mis asistentes la traerán a casa a la vez que se asegurarán de que nada… lamentable suceda. Y piense en el triunfo: tendrá dos hijas casadas en el término de una temporada. —Lita concluyó su discurso con una entusiasta sonrisa de aliento.

Los Tsukino oyeron todo lo que no expresó, o más bien lo que dijo en el código que las personas educadas parecían comprender de nacimiento. «Dispuesto, incluso deseoso, a contraer matrimonio con vuestra hija» pese al hecho de que casi fue capaz de violarla en el propio jardín trasero de los Tsukino a medianoche… «Mis asistentes se asegurarán de que nada… lamentable suceda» nada, es decir, más lamentable de lo que ya había ocurrido, y que en gran parte había iniciado Serena. La duquesa tenía absoluta razón.

Lady Tsukino le lanzó una mirada suplicante a sir Kenji, quien respondió con una mirada fija de pura frustración. Aunque la resistencia era simbólica, y por fin suspiró. Siempre era mucho más tranquilizador para su paz mental consentir los deseos de su esposa. Los asistentes de la duquesa, si en algo se parecían a los Bow Street Runners1, sin duda sabrían cómo localizar a su hija mejor que él. Además, era probable que sólo estorbara si iba a Escocia.

—Muy bien. Me quedaré. Y le agradecemos todo lo que ha hecho para ayudarnos, Su Excelencia.

Lady Tsukino lanzó un suspiro y puso los ojos en blanco hacia el cielo con alivio.

—El placer es mío, sir Kenji —dijo Lita con amabilidad.

Lita estaba aliviada de que lord y lady Tsukino se hubieran tragado y digerido el cuento sobre Escocia. Había estado preocupada por si se inquietaban y decidían Tomar cartas en el asunto respecto a Serena ante su falta de información, aunque fuera falsa. En realidad, después del último encuentro con los salteadores de caminos, Serena Tsukino y Endimion Mamoru parecían haber desaparecido en algún lugar entre las tierras de mala muerte cercanas al límite escocés. Pero los encontraría. O más bien, sus asistentes los encontrarían. Hutchins había hecho volver a Londres al inútil par al que Endimion Mamoru había golpeado dos veces y contratado a otros para vigilar las carreteras y los puertos de esa parte del país. No obstante, les había prometido grandes recompensas monetarias a todos los que pudieran traerle pruebas de la muerte de Endimion Mamoru.

Sólo necesitaba un poco más de tiempo. Y necesitaba que los Tsukino se abstuvieran de hacer preguntas. Por ahora, parecía que eran dócilmente serviciales.

Una vez más, un título había demostrado toda la credibilidad necesaria.

Lita intentaba proteger ese título a cualquier precio.

Nota de la traductora: Bow Street Runners: primera fuerza policial de la era victoriana.


Hola chicas, tenía sus reviews en una nota rápida y no se como fui capaz de borrarlos, pensé que ya los había puesto perdón, aún así perdón por la tardanza :) ya estoy mejor de tiempo, les traigo triple capitulo, un capi de la otra adaptacion, y un fic nuevo MIIIIO ese lo hago yo :D asi que tardare en publicar los capi de esos :/ se llama No Te Vayas, espero que se paseen por ahi :D pliiiiis

Atte.: MONI 3