Acá les dejo otro capítulo del Duque Rebelde, sé que les va a gustar :) Comentarios y demás abajo...Recuerden que esta historia le pertenece a Long Julie Anne, sólo la adapté. La mayoría de los personajes pertenecen a Naoko Takeuchi :3


Capítulo 17

Serena observaba con detenimiento lo que la rodeaba. A lo largo de las paredes de la tienda de Luna, había una serie de cofres apilados con esmero y algunas mantas enrolladas en cilindros apretados, como si los ocupantes de la tienda acabaran de llegar o bien estuvieran empaquetando para marcharse. El más extraño era un cofre largo que había contra la pared en el otro extremo de la tienda que servía de sostén a varias hileras de tarros y cajas, todos cuidadosamente rotulados con una palabra o dos en tinta negra. Algunos de los tarros estaban llenos de lo que parecían ser hierbas y flores secas; otros eran aún más intrigantes: contenían líquidos y objetos oscuros que se balanceaban.

Los ojos de Serena se posaron en las anfitrionas; se preguntaba si hablarían su idioma, si podría hablarles antes de que ellas lo hicieran. La mujer mayor, que era delgada, morena y de cabellera oscura trenzada con monedas de plata, le devolvió la mirada con amables ojos oscuros. La mujer más joven, que parecía estar constituida de suaves partes redondeadas (una pequeña nariz sin punta, una gruesa boca rosada, grandes pechos redondos y la cabeza llena de oscuros rizos sueltos), también miraba fijamente a Serena con un par de ojos color ámbar, redondos como dos lunas llenas. Pero su expresión era algo más que tranquila. Era… muy calculadora. Y definitivamente desconcertante.

«Tal vez tenga un problema para parpadear», pensaba Serena. «Quizá sólo me pareció que miraba a Darien antes».

—Soy Luna Heron y Neherenia es mi hija, Serena —por fin le explicó la mujer mayor—. ¿Deseas un poco de agua? ¿Algo para comer?

—Luna —llamó Serena, como si no hubiera oído su amable pregunta. Había tenido la sospecha desde el momento en que ingresó a la tienda, y aunque se daba cuenta de que estaba siendo completamente grosera, no podía esperar más por la respuesta.

—¿Sí? —Aparentemente, Luna no se dio cuenta o no le importó que Serena fuera completamente grosera.

—¿Qué tienes en esos tarros?

—Hierbas, Serena —respondió Luna—. Soy la curandera de nuestra compania.

El corazón de Serena se saltó un latido.

—Eres… ¿médica?—. La gitana resopló.

—Soy curandera, que es más de lo que puedo decir de muchos médicos Gorgio. Soy muy conocida entre los Rom por curar. —El orgullo y la absoluta seguridad de su voz estremecieron a Serena de manera extraña. No podía imaginar que su madre llamara a esa mujer en un momento de enfermedad. Aunque todas las mujeres de la campiña inglesa tuvieran alguna fórmula o dos para brebajes y bálsamos especiales, y aunque aún llamaran a las comadronas en los partos con tanta frecuencia como a los médicos, Serena no podía imaginar que ninguna mujer inglesa fuera alabada o admirada en ninguna parte por su capacidad de curar. Las mujeres no asistían a las facultades de medicina. Las mujeres sostenían el cuenco que contenía la sangre de sus seres queridos mientras los médicos los desangraban, las mujeres limpiaban los vómitos y traían ropa blanca limpia.

—¿Cómo se llaman las hierbas que tienes en los tarros? —Serena se mordía el labio. Aparentemente, no podía dejar de preguntar.

—Hay lengua de víbora —dijo Luna—, para vendar heridas. Y pezuña de caballo para problemas de pulmones y también para acelerar la cicatrización de las heridas. Hay tanaceto para las enfermedades del aparato digestivo, y beleño…

—… para el dolor —completó Serena con impaciencia.

—Sí, pero no demasiado, sólo una infusión muy poco cargada, de lo contrario, el paciente no sentirá dolor nunca más.

Las dos mujeres se sorprendieron compartiendo una risa misteriosa.

Neherenia por fin había despegado los ojos de Serena, y ahora su mirada de luna llena vagaba de manera distraída por la tienda.

—¿Qué más?—. Serena instó a Luna para que continuara.

Luna la complació:

—Corteza de saúco, para… —Como una maestra esperaba que Serena completara la oración.

—¿Reumatismo? —adivinaba Serena.

—Sí, y también es bueno para los forúnculos, y muchas otras cosas —decía Luna de manera aprobatoria—. Y tengo betónica…

—Buena para… las mordeduras y las picaduras. —Serena sabía esto por su herbario—. Se hacen cataplasmas con ella.

—Sí, y también es buena para las flatulencias —le recordó Luna—, si haces un brebaje con ella.

Serena notaba que el rostro de Neherenia había adquirido una apariencia avinagrada.

—¿Te interesa la curación, pequeña Gadji —preguntó Luna.

—Ay —dijo Serena con reverencia—. Ay, sí. Creo que es maravillosa. —Casi no podía creer que una mujer adulta, la madre de alguien, le hubiera preguntado eso con tanta seriedad.

Luna reía contenta con la respuesta.

—¡Qué bien, pequeña Gadji! Quisiera que a Neherenia le gustara de la misma manera. Neherenia cree que los jóvenes gitanos son más dignos de su tiempo que la curación.

«Tengo la sensación de que también cree que Darien es más digno de su tiempo», pensaba Serena mientras miraba a Neherenia con cautela.

Algo en el techo de la tienda parecía tener capturada la atención de Neherenia. Serena sintió una pequeña punzada de compasión: mirar al techo, después de todo, era una manera clásica de ignorar a su madre. Si sustituía «holgazanear en la caballeriza» por «jóvenes gitanos» y «pianoforte» por «curación» era la misma conversación que había tenido con su propia madre cientos de veces. A pesar de todo… que la alentaran a aprender a ser una curandera, ¡y no desearlo!, desafiaba sus creencia.

—Debes tener sed y hambre, Serena. Te traeré algo para desayunar. Quizá podamos hablar más sobre la curación mientras te quedes con nosotros. —Con una sonrisa, Luna salió de la tienda.

Los ojos ámbar de Neherenia regresaron de inmediato y sin pestañear hacia Serena, quien, preparada, le devolvió la mirada.

—Tu cabello es llamativo —dijo Neherenia por fin, con tristeza, como si le apenara pensar que alguien tuviera el cabello menos bello que el de ella. Enrollaba en su dedo uno de los oscuros rizos sueltos de manera lánguida.

—Sí, creo que lo es —dijo Serena. Parecía no tener sentido discutir por algo que saltaba a la vista.

—No es cabello… gitano —puntualizó Neherenia con pesar. Para enfatizar su propósito, sacudió la cabeza provocando que su abundante melena rebotara sobre sus hombros.

—Quizá —dijo Serena con lentitud, luchando por contener el sarcasmo— sea porque no soy gitana.

Neherenia mostró una débil sonrisa e inclinó la cabeza. Miraba a Serena con los ojos llenos de lástima.

—El hombre con el que viajas… Es tu hermano, ¿verdad?

—Eh… no… —Serena sintió que un calor le subía por el rostro. ¿Se escandalizaría Neherenia si supiera que ella, una mujer soltera, viajaba sola con un joven?

—Porque… —continuó como si Serena ni siquiera hubiera hablado— te miraba como uno mira a una hermana.

Era el turno de que Serena la mirara fijamente, pasmada.

Neherenia le devolvió la mirada con una expresión totalmente neutra. Casi neutra. Había un claro brillo de algo más en la profundidad de sus ojos.

—Yo… él… —balbuceó Serena. Se irguió con orgullo—. Darien es mi prometido. Contraeremos matrimonio. Y a él le gusta bastante mi cabello. —Serena hizo una mueca por el tono aniñado que oía en su propia voz. No obstante, parecía no poder evitarlo. ¿Quién era esa criatura?

—¡Vaya! —dijo Neherenia, con la expresión ligeramente intranquila—. Bueno, supongo que puede ser verdad.

—¿Qué?

Luna volvió a entrar en la tienda. Traía un cuenco de humeante guiso que olía como los dioses y una jarra de agua.

—Come, pequeña Gadji, y luego descansa. Pronto dejaremos el campamento.

—¿Dónde está Darien? —preguntó Serena, y lanzó los ojos hacia Neherenia. «Hermano», por supuesto.

—Está con Artemis, Serena. Ambos viajaréis con nosotros.

Serena guardó silencio, deseaba haber oído esas palabras de boca de Darien. ¿Por qué era tan reservado?

—Claro —dijo, sonriendo un poco—. Gracias. —Aceptó una cuchara y el cuenco de guiso y comió con buen apetito. Sabía tan bien como olía.

—Neherenia, te necesitan para que ayudes a desarmar el campamento. Dejaremos que la pequeña Gadji duerma un poco.

Serena estuvo a punto de decir que no tenía sueño, que también le gustaría ayudar a desarmar el campamento, pero tras un instante de reflexión decidió que no sería tan así: su barriga llena combinada con el hecho de haberse despertado temprano de manera inesperada hacía que sintiera un sueño terrible; se le hacía difícil mantener los párpados levantados.

Luna desplegó una manta para ella y, placenteramente, Serena se recostó sobre ella en el suelo; después observó mientras su anfitriona se retiraba. Debía admitir, mientras se quedaba dormida, que se sentía muy feliz de ver la espalda de Neherenia, al menos por ahora.

Darien le contaba a trozos a su amigo la espeluznante historia de los días pasados, ya que de vez en cuando Artemis debía apartarse para dar órdenes, o supervisar el equipaje y la carga de varias carretas gitanas.

—Desde luego que podéis viajar con nosotros hasta la feria de caballos de Cambridge —dijo Artemis cuando Darien terminó con la historia—. Viaja con nosotros todo lo que te plazca. Con nosotros estaréis más seguros; los boro dom engroes, los salteadores de caminos, sin duda, estarán buscando a dos jinetes solos.

—Muchas gracias, Artemis.

En ese preciso momento, una joven gitana pasó enfadada por delante de ambos. Dejó a Darien con la impresión general de una redondez que se meneaba y una nube de cabello oscuro.

—Y luego, ¿qué harás una vez que hayamos llegado a la feria…? —instó Artemis.

—Iré a Londres. Intentaré concertar una cita con la «duquesa» a través de Melbers, supongo. Asustarla. Con suerte, mi aparición repentina debería servir, ya que ha intentado matarme. Y amenazarla con desenmascararla y humillarla a menos que abandone el continente de inmediato, en ese preciso momento, que solo desaparezca sin dejar rastro. La acompañaré al puerto si es necesario. Y luego, haré que Melbers ofrezca discretamente varios miles de libras a los vecinos de Keighley Park. Después de todo eso, desapareceré con Serena para siempre, iré a Norteamérica y nadie lo sabrá. Sin herederos ni nadie que los reclame, el título y la fortuna de Dunbrooke volverán a la corona. Y adiós muy buenas. Prinny puede hacer con eso lo que quiera.

Artemis asintió una vez con la cabeza, con aire pensativo, como si Darien acabara de recitar su itinerario de un viaje a la costa.

La joven gitana volvió a pasar haciendo aspavientos, esta vez, desde la dirección contraria.

—¿Lo has planeado con detenimiento, no es verdad? —preguntó Artemis, pensativo.

—Sí. Lo he planeado con detenimiento.

—¿Ella lo sabe?

—No. Serena no sabe nada. Desconoce que la duquesa era mi amante, que soy el heredero de Dunbrooke, todo eso. Y no quiero que lo sepa nunca… Sólo Dios sabe qué pensaría de mí entonces.

—Pero se preguntará por qué ambos tenéis que ir a Londres, ¿no?

—Esa es la cuestión: no puedo llevarla conmigo a Londres. El peligro para nuestras vidas, si nos descubren, es simplemente demasiado grande. Preferiría morir antes que volver a exponer a Serena a cualquier tipo de riesgo. Y, sin duda, su familia está en Londres en este momento. Podrían vernos y… no, no puedo llevarla. Debo arreglar esto solo, ya que el problema me lo he buscado yo mismo. Espero que pueda quedarse aquí con vosotros mientras me marcho.

Artemis se encogió de hombros.

—Será un placer cuidar de ella, Darien. Pero dime algo: ¿Qué le dirás cuando te marches?

Darien, de repente, se sintió acorralado.

—Yo… bueno… he pensado que quizá sea mejor no decírselo. Hará preguntas que simplemente no estoy preparado para responder, y no quiero mentirle, si puedo evitarlo. Solo me iré y regresaré en un santiamén. Sin duda apenas llegará a echarme de menos.

Artemis asentía con la cabeza, pensativo y con un poco de escepticismo.

—Entonces, ¿estás seguro de haberlo planeado con detenimiento?

Darien asintió otra vez con la cabeza, en cierto modo con cautela.

—Porque ya sabes que no es fácil pensar con claridad cuando hay una mujer involucrada.

—Si lo hago correctamente, Serena no tiene por qué saber nunca nada sobre mi antigua vida, Artemis —insistía Darien—. Deseo que sea mi esposa, pero siento que mi conciencia no me permitirá empezar una nueva vida con ella sin antes enfrentarme a mi pasado.

La joven gitana volvió a pasar haciendo aspavientos.

—Cosas molestas, las conciencias —agregó Artemis.

—¿Y cómo lo sabes?

—He oído historias.

Darien rió.

—Neherenia. —Artemis, irritado, interrumpió su medio aspaviento—. ¿No tienes nada que hacer? Tráele a nuestro invitado un poco de guiso.

Neherenia se volvió con un gesto elegante de sus faldas.

—Quizá a ti también te guste Norteamérica, Artemis.

—Es un país yermo, ¿no es verdad? ¿Lleno de salvajes y demás?

Neherenia regresó con un cuenco humeante y se lo entregó a Darien con una sonrisa beatífica, como si le ofreciera una bendición. Darien cogió el cuenco echándole apenas una mirada y sumergió la cuchara con entusiasmo.

La sonrisa de Neherenia se debilitó un poco, pero permaneció de pie delante de Darien.

—País yermo, sí, pero lleno de oportunidades —le aclaraba Darien a Artemis, entre bocados.

—Neherenia, ¿por qué estás aquí de pie mirando a nuestro invitado como una patosa? —Artemis hizo un exasperado gesto para ahuyentarla—. Ve a ayudar a Luna.

El entrecejo de Neherenia se hundió para formar una «V» de enfado entre sus ojos. Miró a Darien, que estaba concentrado por completo en el guiso.

—¡Vete! —ordenó Artemis, y Neherenia se retiró con un último aspaviento, murmurando algo que bien pudo haber sido un insulto gitano en voz baja. Artemis negó con la cabeza y murmuró algo en Rom que hizo que Darien levantara las cejas.

Artemis regresó a la conversación con Darien.

—Sí, pero te aseguro que hay pocos artículos de plata que se puedan obtener en un país tan nuevo como ese. No me importa trabajar para ganarme el pan, pero no más de lo que necesito; ya sabes. No me criaron para ser granjero. —Le sonrió a Darien, sin disculparse.

—Ya, entonces echaré de menos saber que no estamos en el mismo continente cuando llegue el momento, Artemis.

—Es lo que debes hacer, cabrón.

Darien le sonrió. Por un momento, guardaron silencio.

—Tenía razón —dijo Artemis en voz baja—, había una mujer.

Darien echó los hombros hacia atrás.

—¿No deberíamos marcharnos pronto?

Artemis rió y le palmeó la espalda.

—¡Ay, no te pongas así! No serás el primero, amigo mío. Aunque tengo noticias para ti: no puedes compartir una tienda con ella mientras permanezcáis con nosotros, aún no estáis casados. Son las reglas de los Rom, y las conocéis bien.

Darien quedó inmóvil.

—¿No podemos mentir sobre eso? —preguntó con desesperación.

—Sí, ese pudo haber sido un buen plan, pero Serena, joven y honesta como es, lo arruinó: le dijo a Neherenia que estáis comprometidos, no casados, y Neherenia se lo ha contado a todas las mujeres del campamento. Y no tendré un escándalo ni siquiera por ti, amigo mío. Ya es suficiente tormento mantener a los jóvenes alineados. Dormirás en mi tienda y Serena puede quedarse con Luna, y nosotros…

Artemis dejó de hablar al ver que Darien concentraba la atención en otro sitio. Siguió la mirada de Darien.

Ahora Serena se encontraba de pie, despierta y parpadeando bajo la luz del sol, en la entrada de la tienda de Luna. Se había vuelto a vestir con el vestido marrón de muselina y llevaba un sombrero que hizo reír a Darien; tal vez Luna le había insistido para que se lo pusiera como señal de decoro. Se había acostumbrado tanto a ver a Serena con la cabeza al descubierto, o cubierta con una gorra de chaval, que el sombrero le parecía algo tonto.

Artemis vio la expresión en el rostro de Darien: admiración y posesión.

—Ay, ¿cómo sobrevivirás? —exclamó con compasión simulada.

Darien gruñó algo obsceno en Rom y se alejó de él a zancadas hacia Serena.

—¿Has descansado bien?

Serena pensaba que era extraño estar tan cerca de Darien sin tocarlo. Había sido un lujo de los pocos días anteriores: tocarlo cuando quisiera, de manera despreocupada y con tanta frecuencia. Casi parecía que las manos de ambos nunca hubieran dejado de tocar sus cuerpos. Retirar un mechón de cabello de la mejilla, una caricia con los dedos en el brazo, un roce en el muslo, dulces besos que se daban con libertad y en exceso, besos que se convertían en… sintió calor en el rostro al pensarlo.

No obstante, comprendía las señales de Darien: tenía las manos a los lados del cuerpo y repiqueteaba los dedos con impaciencia en los muslos. Y ahora le preguntaba, con tanta cortesía como si fuera un extraño, si había dormido bien.

—Muy bien, gracias —le respondió de manera lacónica.

Darien levantó una ceja por su tono y bajó la voz.

—¿Qué sucede, pequeña Sere? ¿No puedes dormir si no estoy a tu lado? Creo que ha sido el primer descanso decente que has tenido en un día o dos. —La miraba de manera lasciva y encantadora.

Ella puso los ojos en blanco, y él ahogó una risa.

—Darien, ¿adónde vamos? ¿Qué hacemos aquí? ¿Sabías que Luna era curandera? ¿Es la esposa de Artemis?

—¿Qué pregunta respondo primero?

—Responde todas, en ese orden y con rapidez.

—Vale, entonces. Pequeña Sere, tengo un último asunto que resolver antes de que podamos ir a Escocia. Estaremos más seguros si viajamos con los gitanos unos días, mucho más que si continuamos solos. Y sí, sabía que Luna era curandera, por lo que pensé que te gustaría mucho. Y no, Luna y Artemis no están casados. Luna es viuda y Artemis es viudo. Son primos.

—¿Un asunto? —repitió Serena con lentitud.

—Sí.

—¿Tiene que ver con… con tu pasado, Darien?

—Sí, con mi pasado, pequeña Sere —le confirmó en voz baja—, y con nuestro futuro.

Ella le clavó una mirada de ojos penetrantes. Darien la enfrentó con valentía.

—¿Un asunto, dónde? ¿Por cuánto tiempo?

—Unos días, pequeña Sere. Viajaremos con los gitanos hasta el condado de Cambridge. Y luego iremos a Escocia, directamente a contraer matrimonio.

Sus ojos estaban llenos de promesas y súplicas. Le rogaba de manera silenciosa que no hiciera más preguntas.

Serena apartó su mirada por un momento. Comenzó a observar el campamento como si meditara las palabras que acababa de oír.

Por fin, volvió a mirarlo.

—Está bien —dijo con reticencia.

Darien soltó el aire que había contenido.

—Hay algo más, pequeña Sere. Mientras viajemos con los gitanos debemos respetar su… decoro. Que es, me temo, muy parecido al decoro de tu propia madre.

—Lo que significa que…

—Viajarás con Luna en su carreta y yo cabalgaré con los hombres; por la noche te quedarás con Luna en su tienda y yo me quedaré con Artemis.

El malestar le punzaba la nuca. Las palabras de Neherenia hacían eco en su mente: «Te miraba como uno mira a una hermana». En realidad, sabía que era ridículo: ningún hermano miraría a su hermana del modo en que ahora la miraba… Era una mirada que casi podía sentir en la piel, una mirada casi tan caliente como sus manos. De todas formas, hasta ahora había pasado cada momento de su aventura junto a Darien, y aunque por la noche no estaría más allá de unos metros, ya sentía su ausencia.

—¿Por qué no puedo cabalgar contigo?

—¿Preguntas por qué no puedes cabalgar a horcajadas junto a mí y un grupo de gitanos extraños, pequeña Sere? —Preguntó con suavidad.

Ella comprendió lo que le decía. Aun así…

Darien vio su expresión herida e hizo un ruido, mitad risa, mitad gemido.

—Créeme, pequeña Sere, serán los dos días más largos de mi vida.

Ella le regaló una débil sonrisa.

Deseaba tocarla, besar la sonrisa frágil de sus labios, besarla hasta dejarla sin sentido. Pero a menudo las miradas gitanas revoloteaban hacia ambos, incluso cuando todos parecían estar yendo y viniendo por el campamento, preparando las carretas; y le había prometido a Artemis que no habría escándalos.

Por tanto, Darien también sonrió. Fue una sonrisa que, en otras circunstancias, ella hubiera envuelto a su alrededor como una suave manta.

Pero quedaba claro, por su expresión, que para Serena, en ese momento, esa sonrisa no era suficiente.

La pequeña caravana consistía en cinco carretas llenas de gitanas y pertenencias gitanas, flanqueadas y seguidas por gitanos a caballo. Darien estaba entre ellos, sobre su caballo gris. Los hombres se gritaban unos a otros en tono de broma. Sus dientes centelleaban como cofres de diamantes, en medio de sus rostros morenos. Las mujeres reían y se gritaban unas a otras, bromeaban, daban órdenes, hacían callar a los niños, que se movían y combatían el aburrimiento sacando de quicio a sus madres. Serena se sentó entre Neherenia y Luna, que sujetaba las riendas de la carreta. Se sentía como una isla en medio de un remolino de conversaciones gitanas.

Un carro se acercaba a la caravana en la dirección contraria en el camino. En él, venían sentados un hombre y una mujer. Tal vez eran granjeros vestidos en lo que posiblemente fueran sus mejores ropas. «Quizá van a visitar parientes, o a cenar con el vicario», pensó Serena, que se dispuso a saludar con la cabeza al pasar, un reflejo de su educación que esperaba recibir como respuesta un gesto amable de parte de la mujer y tal vez que el hombre se quitara la gorra.

Sin embargo, los ojos de la mujer permanecieron fijos en el camino, como si toda la caravana de gitanos fuera invisible, o como si deseara que así fuera. El hombre desafió la mirada penetrante de Serena y un escalofrío le recorrió la columna por el desprecio que vio en él. Su gorra permaneció en su cabeza. Mantuvo la mirada en los ojos de Serena por un momento, luego se inclinó con lentitud, a propósito, sobre el costado del carro y escupió al pasar a su lado.

Desencajada, Serena miró a Luna, que observaba con aire pensativo la carretera que tenía delante.

—¿No te importa? —soltó Serena sin pensar.

—¿Importarme, Gadji? —le preguntó Luna con frialdad.

—Serena —la corrigió—. ¿No te importa cómo te ha mirado?

Luna se volvió hacia Serena, ligeramente sorprendida.

—Están… ¿Cómo es su palabra? Celosos —aclaró Luna—. El Gorgio no comprende nuestro modo de vida. No pueden imaginar vivir donde les plazca y mudarse cuando les plazca. Prefieren los grilletes de las grandes casas y las tierras. No nos comprenden y eso les asusta, y el miedo los vuelve fríos.

—Tal vez también sea porque los gitanos roban —dijo Serena, en cierto modo a la defensiva, consciente de que ese «ellos» al que se refería Luna, la incluía a ella. De inmediato, lamentó sus palabras. Con rapidez, se giró hacia Luna para comprobar su reacción.

Luna esbozaba una amplia sonrisa.

—¡Vaya! Robar es incorrecto para vuestra gente, pero no para la nuestra. Si tienes tantas cosas que no puedes impedir que alguien las robe, entonces sin duda es porque tienes demasiadas cosas. Y, ¿no está bien compartir? Sólo es otra diferencia en…

—La filosofía —completó Serena.

—Sí —dijo Luna de modo triunfal, contenta con la comprensión de esa pequeña Gadji extraña acerca de las cosas Rom.

Serena se sentía horrorizada y extrañamente encantada a la vez por ese punto de vista exótico. Se imaginaba repitiéndole las palabras de Luna al vicario. La idea le hizo sonreír. Movió la cabeza para vislumbrar a Darien. Cabalgaba detrás de la carreta y tenía la cabeza tendida hacia atrás por la risa. Tal vez, se debía a algo completamente masculino y obsceno que había dicho Artemis.

«Allí está, cabalgando bajo el sol del verano mientras pasa lo que parecería ser el mejor momento de su vida», pensó, mientras ella estaba relegada en esa carreta que iba dando tumbos y…

Bueno, para ser completamente honesta, no se sentía exactamente desdichada. En realidad, de no ser por la presencia de la hija con ojos de búho de Luna, estaría pasando el mejor momento de su vida. Luna había quedado de verdad cautivada por la historia de la herida de bala de mosquete de Darien, y había sentido pleno orgullo por la decisión de Serena de vendar la herida en lugar de coserla para cerrarla, lo cual hubiera provocado una infección. Serena disfrutaba al sentir el calor de los rayos de una aprobación casi maternal, desconocidos para ella.

Así, la conversación giró en torno a heridas, efluvios y hierbas el resto de la mañana. Fue lo más cerca del cielo en la tierra que Serena había estado en su vida, con excepción, por supuesto, de los momentos que había pasado en brazos de Darien Chiba.

Sin embargo, nada de eso parecía hacer que Serena ganara más simpatía de parte de Neherenia. Mientras Luna y Serena conversaban, Neherenia estaba ocupada con la costura: camisas, faldas y pantalones amontonados en un cesto que se encontraba en el asiento junto a ella, en la carreta. A pesar del traqueteo y los tumbos de la carreta, su costura era ejemplar. Daba una pequeña puntada prolija tras otra aunque apretaba los labios con firmeza e introducía la aguja en la tela con movimientos que se parecían más a los de acuchillar que a los de coser.

—Lo haces muy bien —le reconoció Serena, sintiéndose magnánima por el rubor de orgullo de Luna.

—Sí —respondió Neherenia con realismo—. También canto muy bien. Y puedo hacer dukker mejor que nadie.

Era evidente que la modestia no estaba entre los cánones que las madres gitanas enseñaban a sus hijas.

—Pero ¿sabes tocar el pianoforte? —Serena se descubrió hablando sin pensar. Según sabía Neherenia, Serena tocaba como el mismo Bach, y de repente se sintió lista para mentir, mentir, mentir si eso ayudaba de algún modo a frenar el flujo de desparpajo descabellado de Neherenia.

Sin embargo Neherenia dejó de dar puntadas por un momento y la miró de manera dulcemente incrédula y llena de compasión.

—¿Por qué querría tocar el pianoforte?

Serena se dio cuenta de que era una pregunta excelente, en especial porque los gitanos normalmente no tenían salas de estar en las cuales entretener a sus invitados con melodías de pianoforte. Sentía que el calor subía a su cara.

—¿Qué significa dukker? —preguntó, en lugar de responder la pregunta del pianoforte.

—La palma de la mano —explicó Neherenia—. Puedo leer la suerte en la palma de la mano. Luego, te haré dukker —lo dijo de manera conciliadora, como si le ofreciera un obsequio a un niño bobo.

A escondidas, Serena dio vuelta la palma de su mano y la miró. Tal vez las líneas que la cruzaban eran una especie de jeroglíficos gitanos. «Como si todos naciésemos con un mapa para toda nuestra vida en la mano… ¿Dirá que un día estaré atrapada en una carreta gitana con una muchacha gitana insufrible?», se preguntaba Serena.

—Neherenia canta muy bien —dijo Luna, quizá con sentimiento de culpa por demostrar orgullo por otra joven delante de su hija—. Quizá la escuches algún día.

—Me encantaría —mintió Serena—. ¿Qué clase de canciones te agrada cantar? —le preguntó a Neherenia, esperando, quizá en vano, imponer una especie de cumplido en la conversación.

En ese preciso momento, Darien se acercó cabalgando al lado de la carreta, con las mejillas coloradas por el sol y los buenos licores.

—Canciones de amor —dijo Neherenia, echando los hombros hacia atrás para mostrar su busto redondo y mostrar su mejor provecho—. Canto muy bien canciones de amor.

Darien miró a Neherenia sorprendido y arrugó un poco el entrecejo, perplejo. Abrió la boca como para decirle algo, luego la cerró y la saludó con la cabeza educadamente; luego saludó igualmente a Luna antes de llevar su atención hacia Serena.

—¿Qué te parece el viaje, pequeña Sere?

¿Qué le parecía el viaje? Era una pena que no pudiera encontrar una palabra que significara ambas cosas: «maravilloso» y «horrible».

—Ay, es… es agradable —dijo con poca convicción—. Ni un solo salteador de caminos a la vista. ¿Cuándo nos detendremos?

—Cuando lleguemos. —Pero entonces algo en su rostro debió decirle que no estaba de humor para respuestas fáciles, porque, con delicadeza, arregló su contestación anterior—. Nos detendremos en unas horas, pequeña Sere. Justo antes del atardecer. Artemis conoce un lugar para acampar, cerca de un pueblo.

—Debes descansar, Darien —aconsejó ella con torpeza, cuando lo que quería decir era «te amo».

—Sí —reconoció en voz baja—. Claro. Gracias por cuidarme. —Y cuando le sonrió, su expresión decía: «también te amo». Por un momento, Luna y Neherenia y todos los demás gitanos se desvanecieron y sólo ellos dos existieron.

Neherenia aclaró la garganta.

—Te leeré la palma de la mano por la noche, Serena. —Volvió a clavar la aguja por última vez en los pantalones.

El pueblo era apenas eso: un grupo de muy pocas casas y escaparates. La caravana cabalgaba por el centro a la vez que el sol se hundía en el cielo. Serena observaba cómo Artemis cabalgaba hacia un prado a las afueras del pueblo y guiaba al resto de la caravana con su mano; allí era donde se detendrían por la noche.

Con rapidez, armaron las tiendas, hicieron una fogata y sacaron cuencos y ollas del equipaje para preparar la cena. Para los ojos cansados de Serena, era como ver una danza rigurosamente coreografiada. Cada gitano parecía conocer su tarea y la cumplía con habilidad.

Bajó de la carreta, contenta por estar otra vez en tierra firme. «Por extraño que parezca, viajar en una carreta durante horas es mucho más agotador que cabalgar», pensaba ella. Uno casi se convierte en una extensión del caballo y puede adaptarse al ritmo del cuerpo del animal. Pero con una carreta… bueno, uno sólo sufría. Tenía el cuerpo entumecido de una manera que nunca antes había sentido por viajar a caballo.

Al otro lado del campamento, Darien desmontaba como deslizándose del animal. Cualquier sentimiento de envidia que ella pudo sentir por su día sobre un caballo desapareció cuando él se detuvo y apoyó la frente contra la silla de montar por un instante, como si esperara que se le pasara el mareo.

Estuvo a su lado en un instante.

Él se dio la vuelta cuando ella le apoyó la mano en el brazo. Aun bajo la luz del atardecer que se hacía púrpura con rapidez, pudo ver que su rostro estaba pálido.

—Darien…

—Sólo estoy cansado, pequeña Sere.

—De todos modos, estás algo débil. Deberías…

—No estoy débil.

Y Serena se estremeció, aunque sabía que el tono de su voz había sido afilado debido al cansancio, su herida y la frustración por los acontecimientos de los últimos días.

De inmediato Darien fue la viva imagen de la contrición. Respiró hondo y comenzó de nuevo.

—Pequeña Sere, perdóname. Estoy más cansado que débil, por favor, créeme. Sólo necesito dormir. Lamento preocuparte.

—¿Verás a Luna por tu brazo?

Suspiró.

—Sí, si eso te hace sentir mejor.

—Me hará sentir mejor —expresó con firmeza.

Sonrió torciendo la boca.

—Entonces, llévame con ella, pequeña Sere, así acabaremos con esto de una vez por todas y podré pasar el resto de la noche durmiendo.

Luna desenvolvió la venda de Darien con una sensación de ceremonia solemne, como si descubriera una estatua en público.

En señal de pudor, la camisa de Darien, ahora lamentablemente manchada de sangre y remendada a la buena de Dios, permanecía alrededor de su brazo y su hombro sano. Neherenia, como era de esperar, había mirado embelesada mientras se desabrochaba la camisa y ahora seguía el rastro del progreso de la venda con tanta fascinación que hacía que contuviera la respiración. Serena tuvo que admitir que había cierta lascivia en los procedimientos; incluso ella había sentido cierta expectativa creciente mientras la piel desnuda de Darien quedaba a la vista, y ya sabía cómo era su piel, y cómo olía y sabía… Sin embargo, la revelación lenta de las maravillosas curvas de Darien también era como ver a alguien más desenvolver un obsequio que le pertenecía de manera legítima. Un obsequio que sin duda no era para los ojos de Neherenia.

¿Por qué le permitían a esa maldita chica permanecer en la tienda? Parecía poco probable que los cánones Rom fueran tan indulgentes como para permitir que las muchachas solteras se comieran con los ojos a hombres extraños. Quizá Neherenia había pasado muchas horas mirando hombres que se vestían y se desvestían, tanto jóvenes como adultos, mientras su madre los clavaba, los pinchaba y los curaba. Serena se preguntaba si la fascinación de Neherenia por Darien tenía que ver con una curiosidad frustrada acerca de los hombres… o con que estaba demasiado satisfecha.

Luna gruñó de agradecimiento cuando la herida por fin quedó al descubierto y le indicó a Neherenia que sostuviera la lámpara en alto para poder verla más de cerca. Neherenia se acercó más a Darien, con el pecho tal vez a un pelo de distancia de su hombro, y levantó la lámpara. Si Darien exhalaba, su brazo sin duda rozaría al menos uno de sus redondos pechos.

Serena le lanzó a Neherenia una mirada que pudo haber aniquilado el frente de batalla de Napoleón. Neherenia la ignoró. Darien, feliz, parecía no percatarse de ningún pecho en ese momento.

Luna tocó los bordes de la herida con delicadeza y Serena se inclinó para poder ver. Aún rezumaba un poco, pero los bordes estaban rosáceos, ni colorados, ni inflamados, ni hinchados. No había vetas que sobresalieran, lo que significaba que no había infección. Luna miró de cerca los ojos de Darien. Le revisó las uñas de los dedos de las manos y sintió su pulso. Darien se sometía a todo eso con cierta diversión estoica.

Serena observaba a Luna mientras su corazón latía, anticipándose al veredicto.

Por fin, Luna se giró hacia ella, sonriente.

—Bien hecho, Serena. La limpiaremos con delicadeza una vez más, aplicaremos un bálsamo de…

—Hierba de San Juan —dijeron Serena y Neherenia al unísono. Serena sonaba ávida y Neherenia, aburrida.

—Sí, hierba de San Juan, y luego volveremos a vendar la herida. Eres afortunado de tener una curandera de talento como prometida. —Luna reía entre dientes hacia Darien.

—Lo sé —aseguró Darien con orgullo.

Pero Serena no lo había escuchado en absoluto.

Curandera. ¡Luna la había llamado curandera! La euforia casi le hace sentir que no cabía en sus zapatos. Se sentía como si la reina acabara de nombrarla caballero.

Darien observaba su rostro mientras una suave sonrisa jugueteaba en sus labios.

—Sí —repitió él con calidez—, tiene mucho talento.

Esta vez lo oyó, y se volvió para obsequiarle una sonrisa de oreja a oreja.

Detrás de Darien, Neherenia bajó la lámpara y los miró con el entrecejo arrugado.

Luna desinfectó los bordes de la herida de Darien, aplicó el bálsamo de hierba de San Juan y envolvió un trozo de venda limpia alrededor de su brazo.

—Ahora intenta usar tu otro brazo, no el herido, durante unos días. Y si sientes fiebre, ven a verme.

—Necesita descansar —dijo Serena de manera apropiada.

—Necesita descansar —confirmó Luna, sonriéndole.

—Y como tengo que descansar —agregó Darien, sonriente, mientras volvía a abotonarse la camisa—, les agradezco las atenciones, damas, y les doy las buenas noches.

Hizo reverencias hacia todas partes. Al salir de espaldas de la tienda, encontró y mantuvo la mirada de Serena con ojos tiernamente ardientes. Luego se marchó. Ella debió utilizar todo su autocontrol para no correr tras él.

—Ahora, Gadji —dijo Luna con tono enérgico—, tengo trabajo que hacer. Debo preparar mis medicamentos y me preguntaba si te gustaría ayudarme. Nos traerán la cena cuando esté lista.

Serena apenas podía creer su buena suerte.

—¡Vaya! —susurró—. Sí, gracias.

Neherenia lanzó un bufido casi inaudible.

Luna rebuscó en los baúles y extrajo varias de las botellas oscuras que Serena había visto antes colocadas en un lecho de paja para evitar que se rompieran. Husmeando un poco más en el baúl vio un mortero y una maza, un poco de muselina doblada y varias bolsas pequeñas de tela, cerradas con un cordón. Sorprendentemente, también descubrió una botella de whisky.

—Neherenia, trae hacia aquí el farol —dijo Luna. Neherenia hizo lo que le ordenó, aunque con lentitud. Una débil corona de luz titilaba cerca del baúl.

—De esta manera podremos ver el trabajo —murmuró Luna. Se ocupó un momento más de sus cosas, organizó las botellas y abrió las bolsas para oler los contenidos. Serena esperaba con impaciencia.

—Bien, estas hierbas han estado en un baño de whisky por una luna…

—¿De whisky? —preguntó Serena.

Neherenia suspiró en voz alta. Luna le lanzó una mirada sofocante.

—El poder curativo de las hierbas queda dentro del whisky, y entonces podemos utilizarlo como medicina durante mucho tiempo. Estos son medicamentos fuertes, para dolencias severas, cuando un té no funciona.

—Tinturas —Serena y Neherenia al unísono una vez más. Serena, con entusiasmo, Neherenia, exasperada de que cualquiera pudiera ser tan ignorante sobre la curación.

—Tinturas —repitió Luna—. Han estado en un baño de whisky y ahora están listas para convertirse en medicamento. Debemos colarlas en la muselina para extraer las hierbas. Lo que queda en el recipiente es el medicamento. Así.

Luna colocó un cuadrado de muselina sobre la boca de la jarra. Presionó el centro de la tela para introducirla en el recipiente, cogió una de las botellas oscuras y la inclinó sobre la jarra. Un caldo oscuro salpicado con restos de hierbas borboteaba poco a poco en la muselina, mientras se abría una mancha verdosa en ella. Los pequeños filamentos de hierbas quedaban atrapados mientras escurría el líquido.

Cuando vació la botella, Luna estrujó con fuerza el cuadrado de muselina para extraer la mayor cantidad de líquido posible. Luego, apartó la tela manchada y vertió el contenido de la jarra de vuelta en la botella oscura.

—Bolsa de pastor —anunció con satisfacción mientras taponaba la botella. Ya estaba etiquetada. Sin duda, era una botella que utilizaba para bolsa de pastor, una y otra vez.

—Bien, Serena, limpia la jarra con esta muselina y luego cuela estas botellas como lo he hecho yo. Utiliza un trozo de muselina diferente para cada hierba. No es bueno mezclarlas.

Neherenia se arrodilló al lado de su madre con sus propios paquetes de hierbas. Se acomodó para trabajar como si fuera algo que hacía todas las noches.

Durante varios minutos, Serena, Luna y Neherenia trabajaron juntas en un silencio absorto. Luna sacudía las hierbas de las bolsas y las examinaba de manera cuidadosa, las medía en la palma de la mano, las clasificaba en pequeñas pilas. Serena se sentía discretamente poderosa mientras presionaba las hierbas contra la muselina y vertía las frescas tinturas de vuelta en sus botellas. Aparte de extraer una bala de mosquete de Darien, todo lo que sabía acerca de la curación era mera teoría, información que provenía de los diarios y los libros de su padre. Pero eso… Algún día una persona enferma bebería el medicamento que ella estaba ayudando a preparar, y entonces, con la ayuda de Dios, volvería a recuperar la salud. Era mágico, nada menos. Era una responsabilidad inmensa y edificante. Sin embargo, sentía que estaba capacitada para ello; se sentía bien, mucho mejor de lo que las teclas de un pianoforte debajo de sus dedos la habían hecho sentir alguna vez. Estaba deseosa de aprender.

Pero también había cierta precariedad en eso. En cierto modo, esperaba que Luna vociferara que había cometido un error terrible, que le arrancara la muselina de las manos y en cambio la obligara a practicar el pianoforte. Temía moverse de manera muy brusca, o respirar con demasiado énfasis, por miedo a que el momento se disolviera como un sueño.

En total contraste, allí estaba Neherenia, cuya indiferencia absoluta ante el arte de la curación era evidente en cada uno de sus movimientos, en la caída de sus hombros, en los movimientos rígidos y casi enfadados de sus dedos mientras hurgaba entre las pilas de hierbas, en el gesto adusto de su boca gruesa. En Neherenia, Serena se veía a sí misma, encorvada con desánimo en el pianoforte, tocándolo con desgana, y volvió a sentir una vaga punzada de compasión. Las oportunidades de rebelarse debían ser pocas y no muy frecuentes para Neherenia; su madre estaba siempre presente y quizá sentía el grupo familiar gitano asfixiantemente estrecho de miras. Quizá Neherenia sólo esperaba que alguien, cualquier persona, se la llevara. Y quizá Darien se parecía a ese alguien.

Serena le echó una mirada furtiva a Neherenia, cuya piel brillaba como delicado oro con la luz del farol. Neherenia era hermosa, de una manera extravagante y muy singular, convencida por completo de su propia superioridad y, sin duda, acostumbrada a que cualquier hombre se volviera para mirarla. Era probable que la falta de atención de Darien le resultara exasperante e inexplicable.

Era gracioso lo efímeras que tendían a ser sus punzadas de compasión por Neherenia.

Serena se obligó a concentrarse otra vez en las hierbas.

—¿Qué preparas, Luna? —preguntó, rompiendo el silencio, después de haber taponado la tercera botella.

—Esta noche preparo un medicamento especial de muchas hierbas. Para la hidropesía —respondió con un gesto hacia un montoncito de hierbas que había reunido—. Hojas de tanaceto, raíces de diente de león, perejil, y…

El rostro de una mujer aún mayor que Luna apareció en la abertura de la tienda y le dijo algunas palabras en un Rom que sonaba ansioso a Luna, quien asintió con la cabeza y le respondió algo breve que sonó como una afirmación.

—Regresaré en una hora, más o menos —les dijo a Serena y a Neherenia. Introdujo la botella de bolsa de pastor en el bolsillo de su delantal y salió de la tienda antes de que Serena pudiera decir: «Por favor, no me dejes aquí con tu horrible hija».

En la tienda, todo quedó en silencio por un momento, excepto por el crujido de las hierbas secas y el borbotear de las tinturas. Serena y Neherenia continuaron sus tareas.

«Es como una serpiente», pensaba Serena mientras se ponía tensa. «Esperará y luego atacará. En cualquier momento…»

—Serena, ¿quieres que te lea la palma de la mano?

¡Aja! Ahí estaba el ataque. Aun así, Serena sentía curiosidad por saber qué tenían para decir las palmas de sus manos acerca de su vida. «Santo cielo» se decía con firmeza, «si puedes manejar a unos salteadores de caminos, sin duda puedes manejar a Neherenia Heron».

—Por supuesto, Neherenia. Me encantaría. ¿Cómo se hace?

Neherenia corrió deprisa de rodillas hasta Serena. —Dame tus manos —le dijo.

Serena expuso sus manos con las palmas hacia arriba. Neherenia las asió con sus manos inusualmente suaves y pasó los pulgares sobre ellas, como para aplanarlas. Miró de cerca a cada una con atención durante un rato. De vez en cuando trazaba una línea con el dedo índice, o ladeaba una de ellas para acercarla más a la luz.

—Primero te preguntaré esto, Serena: ¿quieres que sea sincera?

—¿Cómo sería de otra manera?

—El Gorgio que paga por oír que le lean el futuro en la palma de la mano sólo desea oír una clase de destino. Pero creo que tú eres lo suficientemente valiente como para oír toda la verdad.

—Cueste lo que cueste, dime toda la verdad.

Neherenia examinó sus manos unos momentos más, como si decidiera por dónde comenzar.

—Esta línea, esta línea larga que se curva así, aquí, significa que tendrás una vida larga —dijo Neherenia de manera pensativa—. Y justo aquí, la bifurcación de esta línea, significa que irás de viaje, muy lejos de tu hogar…

—Ah —dijo Serena con amabilidad, sin impresionarse. Estaba claro para cualquiera que la viera que estaba haciendo un viaje largo, lejos de su hogar.

—Parece que tienes dos amantes, uno moreno y uno blanco…

—Oh. —Eso era un poco más convincente, dada la existencia de Furuhata.

Neherenia arrastró el dedo por la línea que dividía la palma derecha de Serena, como si siguiera el camino de un mapa.

—… pero el amante moreno es infiel. Te dejará por otra y en tu vida habrá aún otro cambio, uno de privación y confusión.

—¿Y dónde dice eso exactamente? —A Serena no le importaba esconder el escepticismo de su voz.

—Ah, aquí y aquí. —Neherenia hizo un gesto sobre la mano de manera distraída—. Como dije, el amante moreno es infiel, pero tendrás un hogar feliz con tu amante rubio cuando tengas… cuando tengas… —Neherenia miró de cerca la mano izquierda de Serena—. Vaya, cuando tengas muchos años más. Tú y tu amante rubio seréis bendecidos con un niño tras otro, tras otro…

Serena apartó las manos de un tirón. —Gracias, Neherenia —dijo despacio, con los dientes apretados—. Pero sospecho que dukker en realidad significa «tonterías» en mi idioma.

Neherenia la miró perpleja. Luego, una mirada de compasiva comprensión le cruzó el rostro.

—Sólo te digo la verdad porque estoy preocupada por ti, Serena.

—¿Preocupada? —repitió Serena con voz cansina.

—Sí, preocupada. ¿Dices que estás comprometida con este Gadji Darien Chiba?

—Estoy comprometida con Darien Chiba. —Se tornaba cada vez más difícil no darle a Neherenia una buena bofetada.

—Pero estoy confundida —continuó Neherenia, con el entrecejo arrugado—. Si Darien Chiba quisiera contraer matrimonio contigo, Serena, viajaríais hacia Gretna Green, ¿no es verdad? Sin embargo Gretna Green queda para el otro lado —dijo, haciendo un gesto de manera teatral—. Nosotros vamos en la dirección opuesta.

Serena quedó sin habla. Daba expresión a su propio miedo más subliminal.

Y Neherenia lo sabía. Serena podía darse cuenta de eso. Los rasgos de Neherenia continuaban serenos en una aceptable imitación de compasión, pero se le hacía difícil ocultar el brillo de triunfo en los ojos.

Con delicadeza, Tomó una de las manos de Serena en la suya y la cubrió con la otra. Todo lo que Serena pudo hacer fue no quitar la mano de un tirón.

—Espero, Serena —dijo con fervor—, de verdad, espero que no te hayas… entregado a él. Porque al entregarte a él, le quitas la razón para que contraiga matrimonio contigo.

Serena la miraba fijamente, aturdida. Poco a poco, con un control admirable de sí misma, retiró la mano de entre las de Neherenia.

—Gracias por tu preocupación, Neherenia. —Su voz era fría, sólo temblaba un poco—. Pero te aseguro que es infundada.

Neherenia se encogió de hombros y volvió su atención a las hierbas.

—Todos los hombres solteros de nuestra compania quisieran ser mis prometidos —dijo de manera despreocupada mientras hurgaba en la pequeña pila de manzanilla.

—Y aquí no hay mucho donde elegir, ¿no?

Serena se sorprendió a sí misma por haber dicho esas palabras en voz alta.

Neherenia sólo rió con gran satisfacción. Serena se daba cuenta, demasiado tarde, de que acababa de confirmarle a Neherenia que, de verdad, la lectura de la palma de su mano había dado en el blanco.