Acá les dejo otro capítulo del Duque Rebelde, sé que les va a gustar :) Comentarios y demás abajo...Recuerden que esta historia le pertenece a Long Julie Anne, sólo la adapté. La mayoría de los personajes pertenecen a Naoko Takeuchi :3
Capítulo 18
Había tenido días peores. Por ejemplo, el día en que su pelo quedó enganchado en el pestillo de la ventana de su habitación después de que Robbie Denslowe la convenciera de que podía salir por allí trepando la espaldera de hiedra. Tenía nueve años. Había pasado la mitad de la mañana retorcida en un incómodo ángulo, mitad dentro, mitad fuera de la ventana, hasta que su madre la encontró. Sólo pudieron liberarla cortando con tijeras la mitad de su cabellera. No es necesario decir que su padre se aseguró que sentarse le resultara algo incómodo durante los días siguientes.
No obstante, nunca había tenido un día que se pareciera tanto al verdadero purgatorio como ese.
Durante horas y horas, en los caminos que conducían Dios sabe dónde, los huesos de Serena se sacudieron en la carreta gitana. Y aunque Luna se había encargado personalmente de darle a Serena un curso teórico acerca del arte de las hierbas (dónde encontrarlas, cuándo cortarlas, cómo plantarlas, cómo cosecharlas, para qué servían), su hija Neherenia guardaba silencio, inclinada sobre una pila de prendas para remendar. Serena rara vez había sentido una presencia de manera tan evidente. Le había echado varias ojeadas con nerviosismo a la muchacha, y luego se obligó a dejar de hacerlo porque no podía soportar ver su media sonrisa astuta, compasiva y enigmática una vez más. ¡Qué muchacha tan odiosa! Para colmo de males, no había podido hablar con Darien a solas. La mañana había sido puro ajetreo mientras recogían y se marchaban, y sólo habían podido intercambiar miradas de un extremo a otro del campamento, además de educados saludos absurdos cuando él cabalgaba al lado de la carreta. Se sentía feliz al ver su aspecto descansado. Aunque también volvía a verse distraído; tenía esa expresión introvertida que se estaba volviendo demasiado familiar. No ayudaba a aflojar el nudo que ella sentía en la boca del estómago.
Cuando Artemis por fin encabezó la caravana hacia la cima de una colina y le hizo señas al grupo para que le siguiera, se sintió increíblemente aliviada. Significaba que se detendrían para pasar la noche. Quizá podría hablar con Darien, compartir sus preocupaciones con él, y…
¿Qué demonios era ese ruido?
Desconcertada, Serena recorrió con la vista el horizonte que estaba detrás y delante de ella. El cielo de la tarde era impecablemente claro, lo que casi descartaba que fuera un trueno. Sin embargo, el ruido sordo había persistido por varios minutos y ahora parecía incrementar su intensidad. Además, era más consistente que un trueno. Sólo continuaba y continuaba.
Luna se dio cuenta de que Serena giraba la cabeza y arrugaba el entrecejo, así que le proporcionó una respuesta a su tácito interrogante.
—Carros —le aclaró—, y caballos.
Serena arrugaba aún más el entrecejo.
—¿Qué…
Y entonces llegaron a la colina a la que se habían estado aproximando.
Carros, desde luego.
Había cientos de ellos: un enjambre. Ahora Serena comprendía que el ruido sordo era el sonido de cientos de ruedas que giraban sobre el suelo y cientos de pezuñas que removían la tierra, y todo mezclado con las voces humanas.
En realidad, lo que pasó fue que Serena oyó la feria de caballos de Cambridge antes de verla.
Pronto, su propia carreta entró con rapidez en la corriente de carros y caballos, y quedaron inmersos en una cacofonía de efectos: saludos a gritos, risas, discusiones en Rom e inglés tosco, perros que ladraban, el tintinear de los arreos y los taconazos de las botas. Había tiendas y puestos coloridos ordenados en hileras, escenarios para las panTomimas y el teatro de títeres, incluso para la colección de animales exóticos de Wombwell, y banderines enhebrados rojos, azules y amarillos que se agitaban con alegría en la brisa.
Ella giró la cabeza para vislumbrar a Darien. Estaba llena de preguntas y tenía la necesidad de compartirlas, pero no lo veía por ninguna parte. Neherenia vio que lo buscaba y sonrió de manera intencionada. Serena levantó la barbilla de golpe y la ignoró.
—Estaremos ocupadas, Serena —le dijo Luna, elevando la voz por encima del estruendo—. Todos los gitanos enfermos vendrán desde millas a la redonda para vernos. Espero que nos ayudes.
Y a pesar de sus preocupaciones, el corazón de Serena dio un vuelco. «A vernos», había dicho Luna. «Vendrán a vernos a nosotras». No sólo se rumoreaba que Wombwell viajaba con un león de verdad, al cual tenía muchas ganas de ver, sino que, además, todos los gitanos enfermos de millas a la redonda irían a verlas. Serena se sentía morbosamente encantada con esa posibilidad.
El fuego que crepitaba a sus pies hacía que Serena se sintiera un poco soñolienta. Luna se sentó cerca, con el muslo contra el de Serena, conversaba con una mujer sentada a su izquierda. A su alrededor, la luz de la lumbre resaltaba el blanco de los ojos y los dientes de las gitanas que conversaban y reían en Rom, mientras repasaban los planes para el próximo día. Los chillidos y las risitas de los niños de vez en cuando sobrepasaban las conversaciones de los adultos, aunque la mayoría de ellos se había dormido en los brazos de sus madres, o bien les habían obligado a ir a la cama. Al otro lado de la fogata, ardían cientos de otras fogatas que iluminaban a otras familias gitanas. El comercio y la festividad que suponían la feria de caballos de Cambridge comenzarían con todo su esplendor al día siguiente.
Miró al otro lado de la lumbre y atrajo la atención de Rose Heron. Se sentía prácticamente la dueña de Rose en ese momento, y todo porque se había cortado la mano con un cuchillo mientras preparaba la cena y Luna había permitido que Serena se la cosiera.
Había resultado una sensación rara, pero por más extraño que pareciera, no era diferente a coser flores en un dechado. Por un momento tormentoso, había imaginado escribir: «Bendice nuestro hogar» sobre el dorso de la mano de Rose con hilo negro; se preguntaba qué pensaría su madre acerca de que se ofreciera con alegría para suturar lo que fuera. Mientras Luna se cernía atenta y sostenía la otra mano de Rose en la suya, Serena, que apenas respiraba y cuyo propio universo se reducía a un corte, daba cinco prolijas puntadas horizontales en la capa superior de la piel de Rose, tiraba de cada una con la tirantez adecuada para no fruncir la herida ni desgarrarla más. Terminó con un pequeño y cuidado nudo y la herida quedó cerrada.
Serena había levantado la mirada para descubrir que Luna le sonreía de oreja a oreja.
—Tienes una mano firme y rápida, Serena.
Incluso Neherenia, la que clavaba la aguja para remendar y daba puntadas perfectas, había levantado las cejas en lo que pareció estuvo peligrosamente cerca de ser una aprobación.
«Entonces no es que no tenga talento para la costura», pensó Serena con engreimiento; «es sólo que no tengo talento para la costura inútil».
Luego apartó su atención de Rose porque de alguna manera supo el momento en el que Darien aparecería junto a la lumbre. Era la primera vez que lo veía desde que llegaron al campamento y, a sus ojos, tenía los hombros caídos por el agotamiento. Se sentó junto a Artemis y se retiró el cabello de los ojos de manera cansina. Recorrió la multitud con la vista. «Para mí. Es mío», pensaba ella con intensidad, con un dolor de amor y posesión. Y había algo en su interior que desde niña le decía que siempre lo había sabido.
La vio y se enderezó. Dio un paso hacia ella, pero Artemis le puso una mano sobre el brazo, hizo un gesto hacia el extremo más lejano del grupo y Darien se detuvo.
Una larga nota lenta e intensa, una nota de prueba, brotó de un violín e hizo eco en el aire de la noche clara. Uno de los gitanos se había puesto de pie con un violín debajo de la barbilla. A su lado se encontraba Neherenia, con el cabello y la piel bruñidos bajo la luz de la lumbre y las manos cruzadas delante. Cerró brevemente los ojos, como si reuniera sus pensamientos.
Y luego, comenzó la melodía.
Desde el principio fue algo salvaje y descarado, lastimero y casi cruelmente penetrante. No se parecía en nada a lo que Serena había oído en su vida. Sin duda, nada parecido a las piezas que tocaban las sumisas hijas jóvenes en las salas de los hogares de la campiña inglesa. Contenía la respiración; sentía cada nota como si el arco atravesara su propio corazón.
Y entonces, de repente, la voz de Neherenia, tan pura y poderosa como un río, se elevó por encima de las notas, apasionada, provocadora, suplicante. En un santiamén, los hombres del círculo de gitanos dirigieron sus miradas embelesadas hacia Neherenia con los ojos vidriosos y las bocas abiertas. «Neherenia debe sentirse en la gloria».
Sin embargo, los ojos ámbar de Neherenia estaban clavados en un solo punto al otro lado de la lumbre.
La maldita muchacha le cantaba a Darien.
Serena no pudo soportarlo más. Debía irse o le arrojaría algo. Con discreción y cautela, como si cuidara de no afectar una herida interna, se puso de pie y se dirigió desde la fogata hasta el límite del campamento.
Se detuvo entre dos tiendas y se cubrió el rostro con las manos, respirando temblorosa.
«No llores, no llores, no llores», se decía con furia a sí misma.
Deseaba contarle a Darien todo lo que Neherenia había visto en la palma de su mano, sólo para poder oírlo refutar cada una de las predicciones. Pero, ¿y si no las refutaba? ¿Qué sucedería si se le atrancaban las palabras, o si se reía, o…?
Sus oídos apenas registraron el crujido de unos pasos tras ella.
—¿Pequeña Sere?
Ella murmuraba para sí misma.
—Juro que mataré a esa muchacha si tengo que pasar un minuto más…
Darien apoyó la mano sobre su brazo y Serena dio un brinco.
—Pequeña Sere, ¿por qué estás aquí sola murmurando algo sobre matar?
—Neherenia —espetó ella.
—Ah, ¿y quién es Neherenia?
Se volvió hacia él de manera incrédula.
—¡Darien! Neherenia. La hija de Luna. Sin duda la has visto. Con toda seguridad ella te ha visto a ti.
—Bueno, ¿cuál es? Y por favor no digas «la de cabello oscuro, ojos oscuros…»
—Tiene cabello oscuro, ojos claros, y grandes… muy grandes… —se apagó.
—¿Ojos? ¿Orejas? —sugería él, burlándose.
—Pechos —dijo de manera rotunda—. Tiene pechos muy grandes.
Bueno. Ya sabía que Serena nunca optaría por el recato ante la precisión.
—Ah, esa Neherenia. La que está cantando en este momento.
—Cantándote a ti, Darien.
—¿Ahora? ¿Estaba cantándome a mí? Entonces quizá fue grosero por mi parte alejarme.
—Darien, si me provocas, te mataré a ti también.
Suspiró.
—Pequeña Sere, será mejor que empieces desde el principio.
—Ella me leyó la palma de la mano, Darien.
—¿Gratis? Eso no parece muy propio de una gitana.
—¡Vaya! —dijo con amargura—. Fue completamente voluntario.
—¿Y qué vio? ¿Un extraño alto y moreno? ¿Un viaje por agua?
—Me temo que fue mucho más específica que eso.
—¿Y entonces?
—Verás, Darien, es sólo que… es sólo que… —Desvió su rostro de él y respiró hondo, como si reuniera valentía.
—¿Qué sucede, pequeña Sere? Serena suspiró.
—Dijo que yo tenía dos amantes, uno moreno y otro rubio.
—Ya… Bueno, supongo que si colocas a Furuhata en la ecuación…
—Pero el moreno es infiel —continuó deprisa—, y me dejará por otra.
Silencio.
—Hay más, Darien.
—Soy todo oídos. —Su voz era extraña. Fría.
—Dijo… que tendría muchos problemas por un tiempo, pero que al final encontraría la felicidad con mi amante rubio y tendríamos un hijo tras otro, tras otro…
Silencio otra vez.
—Fascinante —dijo arrastrando la palabra—. ¿La palma de tu mano dice todo eso?
—Dijo más, Darien. Y esto no estaba en la palma de mi mano. Dijo… —Se detuvo.
Él pudo oír que respiraba de manera temblorosa.
—¿Pequeña Sere?
Apartó la vista y pronunció las palabras mirando el suelo.
—Dijo que si de verdad deseas contraer matrimonio conmigo, deberíamos haber ido a Gretna Green, en lugar de a la feria de caballos de Cambridge.
Silencio. Fragmentos de otra canción y la voz vigorosa de Neherenia flotaban hacia ellos desde la fogata.
Darien se aclaró la garganta con torpeza.
—Pequeña Sere, solo está celosa de ti porque soy muy guapo.
Ella no dijo nada.
—Puedo ver cómo pones los ojos en blanco desde aquí, pequeña Sere.
Ella rió. Fue una risa apagada. Pero aún no se enfrentaba a su mirada.
—¿Serena? No es posible que pienses… —dijo él. Se detuvo y lanzó una breve risa entrecortada, un sonido de incredulidad—. Serena, mírame.
Con lentitud, levantó la cabeza hacia él. Las lágrimas brillaban en sus pestañas.
Eso lo desgarró.
—Serena —le dijo sin poder hacer nada. Las palabras correctas se le atascaron en la garganta. Tragó con fuerza. Ella esperaba.
—Serena… sabes que eres mi corazón, ¿no? —Había dolor genuino y desconcierto en su voz.
Ella se pasó una mano por los ojos para enjugarse las lágrimas que colgaban de sus pestañas. Se sentía irritada consigo misma por llorar; él lo sabía. El gesto parecía apoderarse meticulosamente de ella, de su tierno espíritu valiente.
Y aunque sabía que se arrepentiría, porque sería una tortura dejarla ir otra vez, la abrazó y presionó los labios contra su frente. Cerró los ojos, disfrutaba de sentirla, la abrazó con firmeza y apoyó la mejilla contra su cabello.
—Ay, pequeña Sere, mi amor, mi niña valiente —murmuraba—. Por favor, no llores. Lo siento mucho. A veces olvido… a veces doy por descontado tu valor porque es gran parte de lo que eres. Y aquí estás, lejos de tu hogar, entre extraños, en circunstancias que asustarían a muchos adultos, ni digamos a una joven, y sólo puedes confiar en mí. Y esa odiosa muchacha gitana…
—Es odiosa —afirmó Serena, lloriqueando, con la voz amortiguada contra su hombro.
—… te llena la cabeza con cosas horribles y falsas.
—¿Crees que soy tonta, Darien?
—¿Tonta? ¿Porque una muchacha celosa y aburrida juega con tus temores?
—Lo entiendes.
—Sí, así soy yo. Muy comprensivo.
Ella rió un poco, con el rostro aún hundido en su camisa.
—Sé que es difícil, pequeña Sere, pero te agradezco la confianza. Significa todo para mí —aclaró él en voz baja mientras sus manos le acariciaban la espalda y se movían con suavidad por su cabello.
—Sólo quiero que estemos juntos, Darien.
—Lo estaremos. Para siempre. Pronto. Un día más, pequeña Sere, es todo lo que te pido.
Hubo silencio. Las manos de él subían y bajaban por su espalda, mientras su respiración se regularizaba.
—Está bien —aceptó por fin con un suspiro—. Darien, ¿sabes que he cosido a Rose Heron esta noche?
—¿Rose Heron quiso que la cosieras?
—Se cortó la mano con un cuchillo y Luna me permitió cosérsela. Fue muy extraño, pero muy gratificante también.
—¿Le cosiste tus iniciales, para hacer honor a la ocasión?
Serena rió y levantó el rostro hacia él.
—Ya que hablábamos de pechos, pequeña Sere…
—¿Lo hacíamos?
—No he visto los tuyos en todo el día.
Ella rió otra vez. Le encantaba hacerla reír.
—Pero, ¿y los cánones? —susurró de manera burlona, luego rozó con suavidad sus labios contra la base de su cuello. Él se puso tenso; temblaba.
—¡Al diablo con los cánones! —Y a pesar de que se lo había prometido a Artemis, y que sabía que estaría perdido si la besaba, ya comenzaba a bajar la cabeza.
Su boca cayó sobre la de ella como un terciopelo abrasador, suave, resuelto y casi terriblemente exigente. Su fuerza, la de sus deseos contenidos, inclinó a Serena hacia atrás. Ella Tomó su camisa con los puños para mantener el equilibrio y abrirse a él, que se perdió en su dulce calor, su sabor y su perfume. Le asombraba lo renovado que parecía ese deseo por ella cada vez que se tocaban, lo ilimitado que parecía.
«Podría llevarla hasta aquella hilera de árboles y levantarla contra uno de ellos», pensaba Darien con la lógica adulterada por el amor, «en un santiamén».
Pero no podía hacerle el amor cuando planeaba dejarla al día siguiente.
La idea sacudió a Darien hasta la razón. Apartó a Serena y la sostuvo con firmeza a un brazo de distancia. Lo que a Serena le pareció conveniente, ya que sus piernas habían quedado casi inservibles por el beso.
—Pase lo que pase, pequeña Sere, mantén tu confianza en mí —le rogó Darien, respirando fuerte—. Ambos lo necesitamos.
—Está bien —dijo Serena después de un momento, todavía un poco aturdida por el beso. Era probable que hubiera estado de acuerdo con cualquier cosa.
Las voces llegaban hasta ellos; la música había terminado y los gitanos se dirigían a sus tiendas.
—Buenas noches, pequeña Sere. Recuerda que te amo.
Y luego se alejó con rapidez y fue hasta su propia tienda, dejándola aturdida, sorprendida y con las rodillas debilitadas.
—¡Cuántas pistolas!
La voz adormilada llegó desde el petate de Artemis. Se había apoyado sobre el codo para observar a Darien en la oscuridad previa al amanecer.
—Sí, pero no hay pólvora ni balas para ninguna de ellas —aclaró Darien con desánimo. A la luz de una sola vela, revisaba las numerosas armas de fuego que había logrado recoger de los salteadores de caminos. Por desgracia, todas disparadas y gastadas.
Artemis chasqueó la lengua con compasión.
—Puedo prestarte un cuchillo. O tal vez un látigo. Lamento decirte que no tengo ni pólvora ni balas.
—¿Un látigo? —Darien levantó la cabeza con brusquedad—. ¿Qué demonios podría hacer con un látigo?
—Podrías atrapar las piernas de un hombre y tumbarlo con un látigo, o quitarle la pistola de la mano.
—¡Vaya! ¡No me digas! —exclamó Darien.
Artemis sonrió y volvió a recostarse con las manos detrás de la cabeza.
—Disculpa, Artemis, no quería despertarte. No hasta el momento de marcharme.
—¿Estás seguro de que quieres continuar con este plan?
—Sé que debo hacerlo.
Hubo un instante de silencio.
—Sí —acotó Artemis con resignación—. Sé que debes hacerlo.
—Regresaré —agregó Darien tras un momento de silencio—. Quizá tan pronto como esta misma noche, más tarde. Al menos tengo que intentar resolver todo esto, Artemis.
—No estaba discutiendo —dijo Artemis con ligereza.
Y entonces Artemis guardó silencio tanto tiempo que Darien creyó que se había vuelto a quedar dormido.
—Ella no sabe que te vas ahora, ¿no es verdad?
Por lo visto, Artemis aún estaba despierto.
—Sabe que tengo asuntos de qué ocuparme antes de que podamos ir a Escocia y eso es todo —aclaró Darien de manera denodada.
—¿Estás seguro de no querer contarle nada?
Darien suspiró.
—Muy bien: no, no estoy seguro. Pero, sin embargo, sí estoy seguro de que es más fácil de esta manera. Sin preguntas que responder, sin súplicas que interfieran en mi decisión. Me iré y regresaré en el lapso de un día.
«Si todo sale de acuerdo a lo planeado», fueron las palabras que ambos dejaron sin expresar.
—¿Sabes que estaremos en la feria dos días?
—Regresaré —reiteró Darien, con énfasis.
Artemis asintió con la cabeza.
—Asegúrate de que vea al león de Wombwell —le recordó Darien.
—Me encargaré de eso.
—Y si algo sucede…
—La cuidaremos —completó Artemis con amabilidad.
—Gracias por todo, Artemis.
—Me salvaste de que me ahorcaran años atrás, Darien. Es un pequeño precio que pagar por mi vida —dijo Artemis.
—Sí, supongo que sí —respondió Darien, y Artemis rió.
Darien no apareció para el desayuno.
Artemis estaba allí y el otro hombre, también; Serena había comenzado a reconocer los rostros, por lo que pudo notarlo. Aunque habían preparado y servido la comida (el siempre presente y misteriosamente delicioso guiso; en realidad ya estaba cansándose de él) y habían apisonado el fuego, aún no había rastro de Darien.
¿Estaría enfermo? Quizá la herida… El corazón de Serena dio tumbos con la idea. Pero no. Artemis hubiera mandado llamar a Luna si Darien no podía salir de la tienda.
El beso de anoche, extraño y casi enfadado; había habido meticulosidad, un propósito en él. Casi como una despedida.
«Recuerda que te amo», había dicho. ¿Por qué «recuerda»? ¿Por qué no un simple «te amo»?
En medio del pánico creciente, Serena echó una mirada a los caballos atados en la zona de acampada. Una enorme oleada de alivio la recorrió al ver que tanto la yegua marrón como el caballo gris castrado de Darien pastaban con paciencia.
—Se llevó el caballo negro de Artemis —le dijo Neherenia desde atrás—. Se ha marchado antes del amanecer.
Las palabras cayeron como brasas candentes en la nuca de Serena. Por supuesto. El salteador de caminos estaría buscando a dos jinetes, uno en un caballo gris, otro en una yegua marrón. Se volvió con lentitud para mirar a Neherenia.
Neherenia sacudía la cabeza con complicidad.
—No te preocupes, Serena —le aconsejó—. Estoy segura de que tu amante rubio nunca te abandonará.
Se marchó haciendo aspavientos.
Serena quedó inmóvil por un instante, luego vio a Artemis y se dirigió hacia él. Apenas podía sentir las piernas al moverse; era como si el mundo se le hubiera venido encima y sus piernas chapotearan en la nada.
Artemis vio su rostro blanco y respondió la pregunta antes de que pudiera hacerla.
—Tenía unos asuntos, señorita Serena —dijo con amabilidad—. Regresará.
Serena se irguió con orgullo.
—Eso lo sé, por supuesto —aclaró ella.
—No puedo contarle más.
—¿Qué más hay que contar? —inquirió Serena, simulando despreocupación.
Aún no podía sentir sus miembros. Darien se había marchado sin decírselo. «Asuntos», había dicho. «Necesito tu confianza», había dicho. Pero ni una sola vez, ni siquiera cuando ella le contó sus preocupaciones por la lectura de la palma de la mano que le había hecho Neherenia, le dijo que se iría. Sólo silencios, y declaraciones de amor.
Su orgullo le impedía acribillar a Artemis con preguntas. ¿Cuánto tiempo tardará? ¿Adónde se ha ido? ¿Por qué?
«Necesito tu confianza».
Comenzaba a sentir que tenía demasiadas preguntas.
Sintió un suave toque en su brazo y se volvió para encontrar el rostro amablemente preocupado de Luna.
—Ven, Serena. Me gustaría que me ayudases hoy con los enfermos, si lo deseas.
El día pasaría más rápido si se mantenía ocupada.
—Por supuesto, Luna. Lo haré con mucho gusto.
