Acá les dejo otro capítulo del Duque Rebelde, sé que les va a gustar :) Comentarios y demás abajo...Recuerden que esta historia le pertenece a Long Julie Anne, sólo la adapté. La mayoría de los personajes pertenecen a Naoko Takeuchi :3
Capítulo 19
Después de siete horas de dura cabalgata desde el condado de Cambridge, Darien, por desgracia, no estaba en condiciones de lo que cualquiera consideraría pasar inadvertido. Con franqueza, evaluaba su reflejo en el escaparate de Bingham e hijos, una librería. No llevaba sombrero, lo que en la calle Bond casi equivalía a estar desnudo. Llevaba un abrigo muy fino encima de la camisa andrajosa y manchada con sangre. Botas buenas, sin duda botas aceptables para un caballero, aunque un poco sucias; un pantalón polvoriento El beige tenía aspecto de sucio. Lo cepilló disimuladamente. Ojos inyectados en sangre, cabello despeinado. Se pasó la mano por la cabeza y se alisó el pelo, pero éste nunca había sido muy cooperativo. La barba crecida no tenía solución, y los rostros que había a su alrededor estaban meticulosamente afeitados. Tal vez, si mantenía el cuello de la camisa levantado y el rostro bajo dentro del pañuelo de cuello…
Vaya, bueno. Simplemente no se podía hacer nada.
Melbers & Green, decía el cartel. ¿Quién demonios era Green? ¿Melbers se había asociado con alguien más? Darien respiró hondo y giró el pomo de la puerta.
Un tío pálido con gafas levantó la mirada desde un sólido escritorio, sobresaltado. Tenía unos pocos mechones de fino cabello gris tiesos, en alerta, como si ellos también sospecharan del visitante. «Quizá se ha pasado la mano distraídamente por el cabello, mientras estudiaba con detenimiento su trabajo», pensó Darien. «Melbers tenía el mismo hábito».
—Buenas tardes —dijo el hombre con bastante amabilidad—. ¿Tiene una cita, eh… señor?
Darien sonrió con ligereza ante la duda que antecedió a la palabra «señor». Naturalmente, su aspecto hacía que fuera difícil determinar su categoría.
Luego, vio los retratos y casi se ahoga.
Había tres. Una fila verdaderamente altanera de mandíbulas imponentes, cejas sobresalientes y cabello lujosamente ondeado que se alineaba en la pared que estaba detrás del señor Green.
Tres duques de Dunbrooke.
Su abuelo a la izquierda. Tom, con boca hosca y guapo, en el medio, y su padre, que lo miraba desde el final, enfadado ante el mundo para la posteridad.
—¿Señor Green, supongo? —dijo por fin Darien mientras se recuperaba. Con sumo cuidado hizo que cada palabra sonara muy aristocrática; intentaba que el señor Green se sintiera cómodo.
Como era de esperar, el rostro del hombre se relajó un poco.
—Sí, señor. Soy yo.
—Señor Green, estoy aquí para ver al señor Melbers. ¿Se encuentra disponible?
El señor Green parecía confundido.
—Lo siento, señor, pero el señor Melbers ha fallecido en abril de este año.
La tristeza inundó a Darien. De algún modo, esperaba esa noticia, pero aun así fue un golpe. El bueno y leal viejo Melbers, que había protestado en silencio por la brutalidad del viejo duque, enviándole dinero en secreto a su hijo rebelde todos estos años…
Darien decidió que no podía permitirse confiar en el señor Green; no tenía tiempo para determinar si el señor Green sabía su secreto o si podía confiárselo a él, y no tenía intención de añadir su propio retrato a la colección de la pared.
El señor Green observaba a Darien con curiosidad, una especie de confusión gradual le arrugaba el entrecejo. Su expresión era la de un hombre que buscaba la palabra que tenía justo en la punta de la lengua, que confiaba en que su cerebro se la revelaría de un momento a otro. Los ojos de Darien se lanzaron involuntariamente hacia los tres duques, que miraban con rostro de enfado por encima del hombro del señor Green. Tres respuestas ceñudas para la pregunta tácita del señor Green. «No se vuelva, señor Green», rogaba en silencio.
—Lamento desilusionarlo, señor. A Melbers lo echamos de menos profundamente. ¿Era un amigo?
—Un socio —respondió Darien con rapidez, retrocediendo un paso.
—Quizá pueda ayudarle.
—No lo creo, señor Green.
—Pero tengo una gran cantidad de clientes de alta posición social que están muy contentos con mi trabajo —aclaró con orgullo el señor Green. Le dio la espalda a Darien para señalar la hilera de retratos—. Mire, llevo los asuntos de Su Excelencia, Lita, la duquesa viuda de…
Su voz se apagó. La mano con la que señalaba quedó congelada en el aire.
Pero cuando el señor Green se volvió otra vez, Darien ya se había marchado.
Con el cuello de la camisa levantado, la cabeza gacha y el pañuelo mullido por encima de la barbilla, Darien corrió a zancadas dos manzanas antes de detenerse para descansar y pensar entre dos coches de alquiler estacionados. Las últimas palabras que había escuchado resonaban en sus oídos mientras andaba.
«Lita, la duquesa viuda de…»
Lita, ¿eh? Era mucho más aristocrático que «Patricia», debía admitirlo. Una buena elección. Un nombre fino para una asesina.
Se puso de pie entre los coches estacionados y quedó furibundo, en silencio; observando el tránsito de a pie en la calle y la marcha de hombres que se dirigían a sus quehaceres. «Lo intenté», se decía sí mismo. «Al menos intenté enmendar las cosas. Tal vez todo es como debe ser; tal vez debería dejar todo en paz, admitir la derrota, regresar con Serena…»
Pero no. Sabía que su pasado lo perseguiría mientras Patricia (corrección: Lita) sospechara que estaba vivo. Y suponía que de ser así, sólo podría llevar una vida en la que durmiera a ratos por la noche y mirara siempre por encima del hombro durante el día. Pero no lo haría, no podría, no sometería a Serena a vivir de esa manera. Además, tenía plena intención de compartir el resto de su vida con ella.
Se merecía una vida que fuera segura y feliz, y él se merecía una vida junto a ella, sin los estorbos del pasado.
Ay, Dios. Entonces, ¿cuáles eran sus opciones?
El estómago le hacía ruidos; creyó que podría pensar con mas claridad si tenía la barriga llena. Pensó en escabullirse en una tienda de quesos y echó una mirada a la calle en busca de una.
Luego, contuvo la respiración.
Fuera de la librería había un tío distinguido y alto, de porte tan erguido como el mástil de un barco, absorto en la conversación que mantenía con otro caballero bajo y mayor. El caballero alto tenía un libro entre sus manos enguantadas; parecía ser el objeto de la conversación.
No podía ser posible.
Esperó un rato más, inmóvil, mientras el corazón se le aceleraba.
Al oír que el caballero alto tenía una conocida risa resonante, Darien supo sin duda que se trataba del coronel William Nicolás. Estaba casi igual a la última vez que lo había visto, en el campo de batalla de Waterloo.
«Si alguna vez Dios le enviaba una señal a alguien en la tierra, sin duda se manifestaría de esta manera», pensó Darien. Nicolás era del estilo pragmático y tolerante, difícil de sorprender, y no tendía a formar una opinión sobre un hombre hasta haberle oído. Nicolás, que se movía en el círculo de Londres, le ayudaría a encontrarse con Lita, y Nicolás, que conocía muy bien lo que Darien sentía acerca de todo lo que estaba relacionado con su padre y el linaje Dunbrooke, sin duda no diría nada sobre el regreso de la muerte del duque de Dunbrooke.
Darien cerró los ojos brevemente frente a una inmensa ola de alivio y los volvió a abrir con rapidez. Lo último que quería era perder de vista a Nicolás.
Pero, ¿ahora qué? No podía simplemente caminar hasta Nicolás con un cordial: «¡Hola! ¿Te acuerdas de mí?» Se suponía que estaba muerto. Lo mejor era esperar un momento a solas con él en un lugar relativamente discreto en el que pudiera acercársele con cautela.
En ese momento, Nicolás le hacía una reverencia al caballero mayor. Los dos partieron y, tras un momento de vacilación, como si esperara que su compañero desapareciera de su vista, Nicolás entró en una floristería que quedaba sólo a unos pasos de allí.
Darien daba vueltas fuera, simulando estar absorto con un folleto pegado a la pared del edificio. No tuvo que fingir por mucho tiempo. La puerta de la tienda volvió a abrirse poco después y oyó la voz de un hombre, sin duda la del comerciante, que se elevaba en algo que sonaba a desesperación.
—…pero coronel, son mucho más difíciles de conseguir en Londres de lo que usted pueda creer. A los invernaderos no les agrada dedicar espacio a ese tipo de flores cuando en el campo se las puede conseguir a puñados y absolutamente sin ningún coste.
—Campanillas, señor Gordon —gritó la voz de Nicolás, educada, pero firme, desde la entrada—. Hago pedidos usuales de campanillas, y lo sabe bien. Encuéntrelas y entréguelas como siempre, por favor. Y, como siempre, le compensaré muy bien. Que tenga buenos días.
«¿Campanillas?», pensaba Darien. ¿Para qué podría querer un héroe de guerra unas campanillas?
Nicolás salió de la tienda y permaneció de pie en la entrada por un momento, con el rostro un poco inquieto. Se detuvo un instante, daba golpecitos con el bastón contra su bota como si meditara algo. Luego, con decisión, caminó a zancadas en dirección a Coach and Six, una taberna conocida por servir cerveza sin rebajar y comida sencilla.
Darien siguió los pasos de Nicolás y lo vio abrir la puerta de Coach and Six. Darien respiró hondo y ahuecó su pañuelo por encima de la barbilla una vez más, contó hasta diez y siguió a Nicolás dentro del bar.
El local estaba atestado de una variedad de caballeros reales, como también de una colección de tíos que exageraban la definición de caballeros. Darien sabía que las esposas de los verdaderos caballeros se horrorizarían de ver a sus maridos empinando una cerveza, intercambiando bromas y palmeándose las espaldas con los de otra clase. Toda esa multitud jamás sería encontrada en un salón de baile. Sin embargo, en una riña de gallos, o en un bar, se mezclaban con bastante gusto.
Nicolás intercambió saludos con varios hombres que Darien no reconocía mientras él se abría camino hacia una mesa en un rincón.
—¿Qué va a ser, jefe?
Darien fingía estar fascinado por sus propias uñas mientras hablaba. No quería mirar el rostro de la camarera ni a nadie más en las inmediaciones.
—Una cerveza negra, señorita, por favor.
—Antes, la pasta, por favor, señor.
Darien aplanó el billete de una libra que tenía hecho una bola en el puño.
Satisfecha, se marchó hacia la barra, haciendo frufrú con la falda.
—¡Oye, Nicolás! ¿Irás a la fiesta de lady Wakefield esta noche? —gritó una voz, al otro lado de la barra.
Darien lanzó todos sus sentidos hacia la conversación. Aunque era tentador levantar la cabeza para echarle una mirada a la persona que hablaba, el instinto de conservación lo obligaba a mantener baja la vista. Lady Wakefield, según lo último que sabía, vivía en una casa en St. James Square. A dos puertas de la casa de los Dunbrooke. Además, se rumoreaba que había sido amante de su padre. Durante una visita a Keighley Park, ella había encontrado a Darien en el pasillo con una mano debajo del vestido de una criada sonriente. Nunca le mencionó el asunto a su padre, por lo que lady Wakefield se había ganado el cariño de Darien para toda la eternidad.
—Sí, Rutherford, iré. Estoy seguro de que es un requisito social.
Hubo risas dispersas en tono amistoso por el comentario de Nicolás.
—Estas malditos imposiciones sociales son muy aburridas. Salvo por la presencia de cierto ángel rubio, ¿o me equivoco, Nicolás?
Hubo más risas en tono amistoso, como también el inconfundible ruido sordo de una mano que palmeaba una espalda maciza.
—Deberías darte a la fuga con la rubia Rei, Nicolás. Su madre pretende que contraiga matrimonio con un marqués, o algo así.
Santo Dios. Darien dudaba seriamente de que más de una madre ambiciosa presentara ante la alta sociedad a una muchacha llamada Rei esa temporada. Se estremeció ante la ironía de que Rei Tsukino estuviera relacionada con Nicolás, y por un breve momento perverso, Darien deseó haber podido presenciar el revuelo que, sin duda, Rei creaba entre la savia nueva y las matronas de la sociedad. Sin duda, Serena también hubiera disfrutado al ver a su hermana causar sensación. Pero los Tsukino no habían planeado una temporada para su hija menor. En cambio, por el bien del honor y la conveniencia de la familia, la habían obligado a comprometerse con un barón licencioso. Sintió una pequeña oleada de cólera en nombre de Serena. «Espero que estén perdiendo el sueño por ella ahora mismo. Se merecen perder el sueño por ella».
La voz del coronel Nicolás sobrepasó las risas.
—Ah, venga, Rutherford, sabe que no estoy interesado en una esposa. En realidad, vamos a beber por el éxito de la madre de Rei.
Darien rió ligeramente por el tono de Nicolás. Lo recordaba bien: ese timbre simpático lanzado con fuerza. Significaba que Nicolás no deseaba tolerar más discusiones sobre el tema de Rei Tsukino.
Se oyeron risas y el tintineo de las copas que chocaban, mientras brindaban por Rei Tsukino. Luego Rutherford aclaró su garganta y dijo en tono alto y global:
—Además, he oído que también esperan que aparezca el rey en la fiesta de lady Wakefield.
—¿Creéis que conseguirá el divorcio?
Como era de esperar, Rutherford había cambiado de tema hacia uno muy popular. Jorge IV podría ser un borrachín, pero su esposa era una ramera, o eso afirmaba él, y hacía grandes esfuerzos por despojarse de ella. Sin ninguna lógica, toda la alta sociedad se había puesto del lado de la reina Carlota. Un alboroto de voces entusiastas repicó con opiniones.
Una cerveza negra aterrizó con un sonido metálico sobre la mesa de Darien, y al junto a ella, la camarera plantó una pequeña pila de monedas de su vuelto y se marchó hacia la multitud, una vez más antes de que él pudiera darle las gracias. Levantó la cerveza hasta la boca e inclinó la jarra. Observó la cerveza con un dolor que bordeaba lo sensual, mientras la espesa y suave espuma blanca se deslizaba por sus labios.
—¡Esta noche, entonces, Nicolás! Nos fumaremos un puro en la residencia de lady Wakefield —gritó Rutherford.
Maldito sea. Nicolás ya se abría camino entre la multitud hacia la puerta. Darien bebió un largo trago de cerveza y bajó la cabeza cuando Nicolás pasó al lado de su mesa.
—Espero con ansias al menos eso, Rutherford —confesó Nicolás, y salió del bar con el sonido de una risa amistosa.
Darien esperó un momento, luego corrió la silla y, con discreción, siguió a Nicolás fuera de la oscuridad de Coach and Six. Se detuvo en el umbral del bar por un instante. Tuvo que parpadear para acostumbrarse a la luz del día. Luego, dio un paso hacia adelante.
Casi choca contra John y Edgar, los salteadores de caminos.
Darien se recuperó primero.
Se introdujo en la multitud de la calle Bond. Se dirigía hacia la parte más atestada, todo el tiempo vigilando con desesperación al coronel Nicolás, que ahora se movía a paso ligero y enérgico. Darien sabía que era difícil disparar un tiro de pistola con puntería en medio de ese gentío, pero eso no significaba que los salteadores de caminos no lo fueran a intentar.
Darien caminaba con rapidez, se movía lo más ligero que podía sin entrar en un galope bastante más llamativo y menos solemne. Se ocultaba a la sombra de los hombres más rellenos que encontraba, con la esperanza de que eso lo convirtiera en un blanco más difícil. Pero John y Edgar habían logrado separarse y ahora se encontraban más o menos escoltándolo. Darien les echaba una mirada fugaz de vez en cuando, mientras los tres se escabullían con determinación entre los transeúntes. Un hombre buscaba ocultarse y otros dos buscaban un hueco en medio de la multitud a través del cual pudiera viajar una bala de su pistola. Era como participar de una especie de baile escocés mortal.
De pronto, un largo grito femenino seguido de un torrente de insultos en la jerga de los barrios bajos atrajo la atención de la multitud. El grupo de personas a través de las cuales Darien se había estado moviendo se detuvo y se concentró en dirección al tumulto.
Y de ese modo, Darien quedó expuesto.
Los tres se detuvieron por un instante de aturdimiento, a una distancia clara de disparo uno del otro. Y entonces John y Edgar buscaron las pistolas dentro de sus abrigos.
En el espacio de un segundo, imágenes y sonidos pasaron deprisa al lado de Darien: el sol centelleaba en los cañones de las pistolas; Nicolás se subía a un caballo bayo; el golpe constante de las pezuñas y el ajetreo de las ruedas que giraban de un coche de alquiler que se acercaba. Darien eligió lo que parecía ser la opción más lógica en ese momento.
Se lanzó bajo el coche de alquiler.
Lanzarse, meterse y girar; la secuencia de movimientos regresó desde la parte más oculta de su memoria de guerra y pugilato, y le fue útil. Darien permaneció enroscado en una esfera apretada, observó, como si estuviera en un estado de realidad suspendida, cómo las ruedas del coche giraron hasta detenerse por completo a centímetros de su nariz. Los caballos relinchaban de un modo ensordecedor y se movían de un lado a otro en sus arneses. Apenas se daba cuenta del alboroto creciente que lo rodeaba. Parecía que ahora una buena parte de la multitud estaba cautivada por lo que bien hubiese podido ser un sangriento accidente de coche. La multitud significaba protección. Darien esperó inmóvil. Apenas se atrevía a respirar.
Pasó alrededor de un minuto y un gran rostro se asomó por debajo del coche. El rostro lo miró por un momento con profunda ansiedad, ansiedad que, con sutileza, evolucionó en asombro y luego se convirtió en una inmensa sonrisa complacida y desdentada.
—¡Vaya, Su Señoría!
Era Chester Sharp.
El pequeño Thomas tenía un cólico. Alice tenía una tos horrible. La gota de Nicholas Heron lo atormentaba, y el tío Louis se quejaba de diarrea. Durante todo el día, Luna miró ojos y gargantas, sintió frentes y revisó lenguas, pinchó y punzó e hizo preguntas, y luego administró remedios. Serena anduvo a saltos todo el día con las órdenes de Luna. En una ocasión, sin que se lo pidiera, le entregó la tintura de azafrán del prado. Luna le obsequió una sonrisa, dado que era justo lo que necesitaba para la gota de Nicholas Heron.
El último paciente, Louis, tío abuelo de Artemis, era un anciano viudo, y sobre todo lo que deseaba era que alguien escuchara sus quejas. Después de determinar que no tenía fiebre ni otras dolencias que pudieran hacer que sus intestinos se comportaran mal, Luna bromeó diciéndole que debía considerarse afortunado porque la mayoría de los hombres de su edad no podían mover el intestino en absoluto. Él rió agradecido, aceptó un brebaje de tormentila y amenazó con volver a molestarlos a todos si no surtía efecto.
Durante ese día, Serena a menudo se perdió en alguna tarea, aprendiendo lo que Luna le enseñara, o agradeciendo que Neherenia no estuviera. Sin duda, Neherenia habría salido con avidez a recoger miradas de admiración de una formación de gitanos más extensa que la que tenía su propia compañía. Sin embargo, de vez en cuando, el calambre de ansiedad en su estómago le recordaba: Darien se había ido. Se había marchado sin siquiera decirle adiós.
Había sido paciente con él, paciente con los secretos, las verdades a medias y con lo desconocido. Estaba segura de que cualquiera que la conociera desde que nació no creería que hubiera sido tan paciente. Pero debido a que lo amaba y que parecía que para él era necesario, no sólo le había brindado a Darien su paciencia, sino también su confianza, casi sin preguntas. En realidad, al menos no tantas preguntas como las que hacía en general. Y aun así no le había confiado la verdad. ¿A qué le temía precisamente? ¿Creía que ella montaría en cólera, o que rompería a llorar como un niño?
La noche bajaba como un abismo delante de Serena. Era probable que hubiera guiso. Dudaba que pudiera tragarlo otra vez. También habría más canciones para calentar el corazón interpretadas por Neherenia Heron. Y risas y charlas en Rom, que Darien podía entender y ella no; y la había dejado allí, sola, porque tenía miedo de decirle la verdad, cualquiera que fuese la verdad.
Luna se estiró con languidez cuando el tío Louis por fin dejó la tienda.
—¿Qué te gustaría hacer esta noche, pequeña Gadji?
«Arrojarle algo duro a Darien Chiba, y tal vez a tu hija también».
—Estás invitada a venir con nosotros al fogón —agregó Luna al ver que Serena no respondía.
Y entonces Serena se inspiró.
—¿Tienes algunas de las hierbas que necesitas… machacadas? ¿Con un mortero y una maza? —Machacar algo parecía ser la manera adecuada de pasar la noche.
Luna la miró un largo rato en silencio. Luego, la comisura de su boca se elevó.
—Por supuesto, siempre necesito machacar algo. Te traeré la comida en un rato. —Se volvió para retirarse y luego se detuvo en la entrada de la tienda—. Bienvenida al amor, Serena —agregó con ironía.
El aburrimiento era casi como un olor pestilente; Darien juraba que podía sentir que salía por las inmensas puertas dobles de la casa de lady Wakefield, como si fueran los gases nocivos que emanaban del Támesis en los sofocantes días de verano. Siempre había aborrecido los bailes: una sudorosa multitud vestida de gala que se desparramaba atestada como encurtida en un frasco y los participantes, que conversaban sobre nada en particular con personas que veían prácticamente todos los días durante la temporada, brincaban como ranas cojas en ridículos bailes escoceses, aunque los valses ahora estaban permitidos y, según Darien, de algún modo, eran más tolerables. En líneas generales, los bailes ofendían el sentido de lo práctico de Darien. Por lo general, no se los consideraba un éxito total hasta que alguna doncella se desmayaba a causa de la falta de aire y la sacaban al jardín con mucho aspaviento.
Dio las gracias a Dios una vez más por la muchacha pelirroja que lo esperaba en Cambridge. Serena preferiría cazar una liebre, o nadar desnuda, que escurrirse entre los tontos del baile de lady Wakefield. De repente, llegó a su mente una imagen vivida capaz de distraer su atención de Serena desnuda, cubierta en perlas de agua. Darien respiró hondo y se obligó a sí mismo a concentrarse una vez más en la cuestión que tenía entre manos. Cuanto antes terminara con su misión, antes podría regresar con ella.
Afortunadamente, parecía que lady Wakefield dejaría las puertas abiertas para invitar al aire nocturno a entrar. Por lo visto, había comprado todas las velas de Londres. Un rectángulo de luz de farol se extendía varios metros mas allá de los escalones del frente de la casa, iluminando muy bien al par de lacayos en librea que se encontraban allí tanto como decoración como también para dirigir a los invitados hacia el salón de baile. Con ironía, la llamativa luz sólo realzaba las sombras, y así Darien encontró un lugar perfectamente estratégico para ver a las personas que llegaban y, al mismo tiempo, permanecer oculto casi en su totalidad, encajonado entre la casa de los Wakefield y la casa vecina.
Chester Sharp había llevado sin preguntas a Darien a su casa en Cheapside, le había prestado una navaja de afeitar, le había dado de comer y había aceptado llevarlo al baile y regresar a buscarlo a medianoche. Incluso le había puesto una librea al caballo que Darien había dejado atado en la calle Bond.
—No es nada del otro mundo, Su Señoría. Las cosas eran muy aburridas antes que vos aparecierais —fue la respuesta de Sharp cuando Darien intentó agradecerle.
Los coches llegaban uno tras otro a la casa. Vertían grupos de mujeres resplandecientes en sedas, turbantes y joyas, y hombres en blancas camisas almidonadas y pañuelos inflados, con abrigos de colores sombríos sobre chalecos innovadores.
Darien reconoció a algunas de las personas que bajaron de los carruajes, pero no sentía ni una pizca de nostalgia; era como observar una batalla a distancia, una de la que se había retirado agradecido. Esa noche se pelearían pequeñas batallas dentro de la casa de lady Wakefield, lo sabía, y las armas serían indirectas sedosas y cumplidos falsos en nombre de la ambición social. «La verdadera guerra era mucho más honesta», pensaba Darien.
Podía oír a Sedgewick, el antiguo mayordomo medio bobo de lady Wakefield, que anunciaba invitado tras invitado con su sonora voz exquisitamente indiferente: sir Gregory Markham, lord y lady Bryson. El conde y la condesa de Courtland. El doctor Erasmus Hennessey.
Y por último, recién llegado en un coche de alquiler, estaba el coronel Nicolás, de aspecto solemne y un poco pasado de moda, con un abrigo negro y un chaleco gris. Darien observó a Nicolás por un momento, agitado, mientras rezaba. Su plegaria encontró respuesta cuando el coche en el que había llegado Nicolás se retiró. Nicolás quedó solo.
El coronel Nicolás vacilaba frente a la casa de los Wakefield, la expresión de su rostro era de simple consternación al ver a los lacayos en librea y oír el murmullo de cientos de voces y los violines que chillaban. Darien sonrió torciendo la boca. Se compadecía inmensamente. Con resignación, Nicolás elevó los hombros y dio un paso hacia adelante.
—¡Nicolás! —siseó Darien desde las sombras.
El coronel Nicolás se detuvo de manera abrupta y levantó la cabeza con brusquedad. Lo miró fijamente, arrugó el entrecejo de manera inquisitiva, luego se encogió de hombros y continuó la caminata.
Darien maldijo en voz baja. Dio un arriesgado paso hacia adelante, hacia la luz.
—¡Coronel Nicolás! —dijo, sólo un poco más alto que un susurro, imbuyendo las palabras con toda la resonancia que pudo reunir.
Nicolás se detuvo y volvió a arrugar el entrecejo. Giró la cabeza con impaciencia.
Luego, quedó paralizado.
El reconocimiento, la alegría, el temor y el desconcierto revolotearon en el rostro de Nicolás en una rápida sucesión. Dio un medio paso vacilante hacia adelante, luego se detuvo, hizo una pequeña sacudida de cabeza y volvió a mirar fijamente. Quedaba claro que no estaba convencido de que Darien fuera algo más que una aparición.
Otro coche se detuvo delante de la casa y regurgitó alrededor de media docena de jóvenes ebrios que, de inmediato, comenzaron a desfilar con alegría. Uno de ellos tropezó con Darien, se balanceó un poco y luego se sujetó con ambas manos del brazo de él para evitar caerse de pleno. Le ofreció a Darien una expresiva sonrisa con ojos enrojecidos.
—Gracias, tío. Serás mi amigo para toda la vida, sin duda.
—¡Aléjate! —protestó Darien, horrorizado. Intentó en vano quitar los dedos del hombre de su brazo; estaban apretados como pinzas. El hombre se tambaleó un poco, miraba a Darien con la mirada clara y con la más ligera especie de sorpresa, como si no pudiera recordar con precisión cómo había llegado allí. Permanecía agarrado.
El resto de sus jóvenes amigos de repente estuvo encima de ellos en un ebrio grumo ruidoso que empujaba, bromeaba y se sacudía, agitaban brazos y piernas y esgrimían bastones.
—Ven ahora, Farnsworth, no te retrases que las muchachas nos esperan —rugió un chaval fornido, y empujaron a Farnsworth para que caminara. Y debido a que Farnsworth estaba poco dispuesto a soltar a su salvador, arrastraron a Darien con ellos, pasaron por delante de los lacayos y entraron en la casa.
Nicolás miraba boquiabierto detrás de él.
Casi ahogándose por el sobresalto, Darien logró desenroscar los dedos del joven Farnsworth de su brazo y se volvió para salir por la puerta, pero la maraña de jóvenes hacía que resultara casi imposible. Darien respiró hondo y de manera implacable empujó y presionó para pasar a través de ellos, ignorando la queja.
—¡Oiga, hombre, tenga cuidado! —Hasta que se encontró a sí mismo en el umbral de la puerta una vez más.
Pero justo entraban el barón y la baronesa Leighton-Hyde, una especie de entrada lenta y relajada, ya que la baronesa era inmensa y el barón sufría de gota. El barón era un viejo amigo de su padre, del tipo campechano y cordial. Darien se vio obligado a tumbarse contra la pared con la mirada baja y la barbilla metida dentro del pañuelo de cuello, hasta que abandonaron la entrada.
Se estiró para echar una mirada hacia fuera por encima de los lacayos y ver si Nicolás aún estaba de pie en el paso, pero ahora, otra masa de personas se acercaba sin prisa.
Dos de esas personas eran sir Kenji y lady Tsukino.
Darien miraba a su alrededor como loco, buscaba una ruta de escape, y saltó cuando unos dedos conocidos volvieron a cogerle el brazo.
—Ven al baile, amigo —Farnsworth lo alentaba arrastrando las palabras. Arrastró a Darien hacia donde Sedgewick anunciaba con sumisión y firmeza a cada uno de los jóvenes escandalosos.
—Señor, ¿usted es…? —le dijo Sedgewick a Darien.
—Es mi buen amigo —dijo Farnsworth entusiasmado.
—¿Señor Buenamigo? —preguntó Sedgewick.
—¡No! —soltó Darien sin pensar mientras retrocedía para liberarse de los dedos de torno de Farnsworth—. ¡Dios, no!
—«¿Señor Diosno?» —sugirió Sedgewick tratando de ayudar.
—Endimion —dijo una voz baja detrás de ellos.
Y antes de que pudiera pensar en detenerse, Darien se volvió hacia la voz. El coronel Nicolás estaba allí, negaba con la cabeza mirando perplejo al confirmarlo, una pequeña sonrisa de verdadera alegría jugaba en sus labios.
—Es el duque de Dunbrooke —afirmó Nicolás.
—¡Su Excelencia, el duque de Dunbrooke! —vociferó Sedgewick antes de que pudiera sondear lo más oculto de su mente y recordar que el duque de Dunbrooke había muerto hacía años. Farnsworth le dio a Darien un empujón halagüeño hacia el centro de la pista de baile.
Los violines que tocaban el baile escocés chirriaron al detenerse, los murmullos de las voces se quebraron en absoluto silencio y, por último, mientras el centenar de miradas del salón de baile aterrizaban sobre Darien como una gran cantidad de abejas golosas, el único sonido que pudo oírse fue el suave plaf de una mujer que se desmayó.
Hola Chicas, tengo un aviso suuuuuuuuuuuuuuuuuuper importante, no sé si les interese, con la escuela y todo lo que hemos estado haciendo, he dicidido TERMINAR DE PUBLICAR estas dos historias: El Duque Rebelde, y Para Domar a un Highlander...no sé si alegraran por leer más estos días o porqque ya van a termina, el punto es que me quiero concentar en mis historias propias mientras adapto otras más con un orden...espero que entiendan U.U
Reviews!
NOTA 1: La mayoría me dejó reviews muy chiquitos donde no tenía de donde contestarles, así que no aparece NINGUNA, PERDÓOOOOON, pero sólo les dejaría una carita feliz y un gracias: "GRAX :D! gracias por el review" listo, dejado para todas las que dejaron review...gracias marceila por toooooooodoooooos tus reviews, me ayudan a publicar más rápido y me dejan son un dulce sabor de boca :D Y sí le entiendo como escribes :3
NOTA 2: Espero que se pasen por mi historia "No Te Vayas", en esta si necesito mucho apoyo U.u gracias a marceila y a eloyusagui por pasarse por ahí y dejarme un review...me alientan :D esto lo hice a penas terminé mi tareoooota, *copiar 5 hojas de un libro en mi libreta no es fácil* bueno, GRACIIIIIIIIAS...acá dejo los agradecimientos a TOOOOOOODASSSSSSSS LAS GENTES QUE SE PASARON POR ESTA Y LA DE PARA DOMAR AUN HIGHLANDER...GRACIAS :D
Atte.: MONI 3
PD: Sigan leyendo... :´)
