Acá les dejo otro capítulo del Duque Rebelde, sé que les va a gustar :) Comentarios y demás abajo...Recuerden que esta historia le pertenece a Long Julie Anne, sólo la adapté. La mayoría de los personajes pertenecen a Naoko Takeuchi :3
Capítulo 20
—Yo no… —dijo Darien con lentitud, ya que parecía que todos esperaban que dijera algo—. No tengo muchas ganas de bailar en este momento, si no les importa.
Sus palabras, aunque fueron dichas en tono de conversación, resonaron en el silencioso salón. Nadie más se movió, ni respiró, ni habló. Las reverencias de los músicos quedaron suspendidas, congeladas, encima de los instrumentos. El silencio perduraba mientras las miradas, incrédulas de manera unánime, permanecían fijas sobre Darien.
Por fin, una pequeña mujer vestida en seda y encaje gris se distanció de la multitud y caminó con determinación hacia él. El sonido de sus tacones hacía eco en todo el salón de baile.
Lady Wakefield se detuvo delante de Darien, levantó su catalejo inquisitivo y observó su rostro.
—¡Vaya, eres tú, joven Endimion! —susurró por fin—. Reconocería los ojos de Mamoru en cualquier lugar. Eres el vivo retrato de tu padre.
—Sí, soy yo, lady Wakefield —admitió Darien.
Sus palabras provocaron un murmullo por todo el salón de baile.
—… se parece a mi mozo de cuadra —se oyó una voz confundida entre la multitud. Santo Dios. Sir Kenji. Darien resistió aún otro impulso de huir.
Un movimiento en la muchedumbre, tan sutil como una luz titilante, llamó la atención de Darien. La hubiera reconocido en cualquier lugar; después de todo, su manera de caminar había sido lo primero en atraer su mirada tantos años atrás.
—No te muevas de aquí, Nicolás —le murmuró al coronel, que se había acercado a su lado.
Estuvo delante de Lita en tres zancadas largas.
Con lentitud, como si su cabeza estuviera en peligro de desprenderse del cuello a menos que fuera muy cuidadosa, Lita levantó la mirada hacia el rostro de Darien.
—Puedes Tomar mi brazo y venir en silencio —siseó él en voz baja—, o bien te arrastraré en medio de la multitud. Elige.
Ella dudó un momento y luego, sus dedos enguantados subieron y se apoyaron, livianos como una mariposa, sobre su brazo. Sus pálidos labios dibujaron una sonrisa, leve y temblorosa, pero una sonrisa al fin y al cabo. Levantó la barbilla.
—Bien hecho, Lita —murmuró Darien; su cuerpo estaba casi paralizado por la furia. La condujo con desenfado pausado y casi cruel a través de la multitud silenciosa que los miraba fijamente. Se detuvo cuando llegó hasta lady Wakefield otra vez.
—Lady Wakefield —dijo en voz baja—, ¿habría quizá una habitación a la que podamos retirarnos por un momento la duquesa, el coronel Nicolás y yo? Debo ocuparme de algunos asuntos antes de poder pensar en el placer, ¿comprende? Tenemos mucho de qué hablar.
—¡Vaya, por supuesto! —dijo lady Wakefield—. La biblioteca está arriba, a la derecha.
—Gracias por su comprensión —le mostró su típica sonrisa torcida.
—Más tarde compartirás tu historia conmigo, hijo —dijo lady Wakefield con coquetería, y le dio un golpecito en el brazo con el abanico mientras una sonrisa de triunfo se dibujaba en sus labios. Ahora tenía un lugar asegurado en la historia. No sólo se esperaba que apareciera el rey esa noche, sino que a la velada de lady Wakefield ahora se la conocería para siempre como la ocasión en la que resucitó el duque de Dunbrooke, muerto hacía tiempo.
Darien cerró la puerta de la biblioteca tras él con una patada y apartó bruscamente los dedos de Lita de su brazo.
—Siéntate.
Lita, con una serenidad admirable, se acomodó al borde de una de las butacas de la gran biblioteca, con la columna erguida y las manos en el regazo. El coronel Nicolás se apoyó contra la repisa de la chimenea y observó a ambos sin inmutarse.
Si cabe, Patricia Kino se veía aún más bella ahora que el aspecto juvenil había abandonado su rostro; sus huesos parecían grabados con más delicadeza, lo que hacía que su boca pareciera tan suave como un cojín. Continuaba inmóvil, aunque Darien creía detectar un delicado temblor, similar a la brisa que turba la superficie de un charco de agua. Darien, en realidad, esperaba que estuviera aterrada.
Era extraño pensar que una vez la había deseado tanto y la había perseguido de manera apasionada. Ahora la miraba, pero, por la intensidad con que lo conmovía, más bien podría ser un florero. Serena. Se aferraba a su pensamiento como un talismán. Y mientras miraba a Lita, sólo sentía determinación.
Y furia.
La furia que luchaba por controlar su voz. Por fin, se refugió en su educación para hablar. Sus palabras eran suaves y amables.
—Lita, ¿por casualidad has estado buscando esto? Extendió el puño cerrado y desenrolló los dedos. En la palma de la mano estaba el relicario de oro.
Lita inspiró por la nariz de manera breve y repentina.
Darien lo abrió y se lo entregó al coronel Nicolás.
—Una vez, la duquesa aquí presente, fue mi amante. Este relicario iba a ser para mí años atrás, pero la abandoné antes de que pudiera obsequiármelo. Un reciente capricho del destino lo puso en mis manos, y cuando ella descubrió que yo tenía el relicario y que estaba vivo, creo que decidió asesinarme.
A modo de ilustración, Darien se quitó el abrigo. El coronel Nicolás y Lita miraron estupefactos la camisa hecha jirones y manchada de sangre. Había que reconocer que la camisa no estaba manchada de sangre por gentileza de ninguno de los salteadores de caminos que había enviado Lita, pero ayudaba a convencerlos con bastante elocuencia.
—Si lees la inscripción, Nicolás, comprenderás parte de sus motivos.
Nicolás observó el relicario, luego levantó la vista hacia Lita.
—¡Vaya! ¿Eras una actriz? ¿Y todo este tiempo le has hecho creer a la alta sociedad que eres una aristócrata medio francesa? Impresionante. Sí, ya veo cómo la reaparición de Endimion, sin mencionar la de este relicario, podría… arruinar las cosas para ti.
Lita ignoró a Nicolás.
—Vivías como un mozo de cuadra —le dijo ella a Darien, con la voz suave y baja que tan bien recordaba—, con la familia de sir Kenji Tsukino.
—Sí. —Desde el rabillo del ojo, Darien vio que Nicolás levantaba las cejas.
—Sir Kenji Tsukino tenía la impresión de que eras irlandés.
—Sí.
—Es gracioso —comentó Lita de manera pensativa mientras sus ojos recorrían la habitación, observando el lujo de la biblioteca, el dorado y el bronce, tan parecido a la biblioteca de la casa de los Dunbrooke—, quizá sólo sea por pereza o falta de imaginación, pero me he dado cuenta de que, en general, las personas prefieren creer exactamente lo que les cuentan.
—Quizá tenga algo que ver la habilidad del narrador —replicó Darien.
Sus miradas permanecieron fijas; una breve condescendencia peculiar chispeó entre ellos y luego desapareció. Darien casi admiraba el logro de Lita. Para contraer matrimonio con su hermano Tom y convertirse en la duquesa de Dunbrooke había utilizado los talentos que tenía a su disposición: belleza, dotes interpretativas y un profundo conocimiento del mundo de los Dunbrooke. La había subestimado; mejor dicho, nunca la había valorado en absoluto. Sólo había conocido parte de ella. ¿Qué había aprendido en realidad sobre Lita, además de la topografía de su cuerpo desnudo? Ella lo había amado una vez, o eso decía el relicario: «Mi querido amor». Y aun así… la miraba… la diadema que llevaba en su reluciente cabello negro azulado, el vestido de satén morado, sujeto con cordones dorados y de escote profundo para dejar al descubierto gran parte de su busto blanco, los rubíes en su garganta… todo comprado con el dinero Dunbrooke. Y comprendió por completo que, sin tener en cuenta el amor que alguna vez pudo haber sentido por él, lo hubiera asesinado por todo eso.
Había amenazado la vida de Serena y casi había asesinado a Darien para conseguir vestidos y una posición en la sociedad. La furia casi lo ahogaba.
—Lita, dime… ¿Cómo murió mi hermano?
—Un asaltante de caminos le cortó la garganta —contestó sin alterarse.
Darien asintió una vez con la cabeza, pensativo.
—Debe haber sido terriblemente conveniente… ¡Oh!, discúlpame, quise decir doloroso… para ti.
Lita lo miraba en silencio. Sus ojos azules oscuros se veían inmensos, casi negros, en medio del rostro. Él podía ver el pulso latir en su garganta.
—Sin duda, ha sido doloroso para ti —contestó por fin, de manera irónica.
Una jugada increíblemente habilidosa por su propia culpa. Darien inhaló de forma audible.
Lita hizo una pequeña sonrisa por el sonido.
—Conociendo a Tom y sus… predilecciones —comentó Darien con lentitud, cuando pudo volver a hablar—, puedo imaginar que la vida junto a él no era fácil. Y casi puedo comprender por qué querías matarme. Tal vez querías venganza: te abandoné sin despedirme, por lo que, lo creas o no, no me siento orgulloso, y lo lamento. Y después seguramente tuviste que trabajar mucho para obtener la vida que ganaste de manera fraudulenta, vivir como la esposa de Tom y duquesa de Dunbrooke. Casi logro comprender por qué harías lo que fuera para preservarla, pero has enviado salteadores de caminos, cortadores de garganta con armas, tras Serena. Un salteador de caminos le puso las manos encima, y por eso, con gusto, te vería colgada.
A Darien le pareció que Lita se tambaleó un poco en ese momento, aunque quizá fuese un truco de la luz. Sólo sus manos traicionaban de verdad el estado de su mente: estaban retorcidas en un nudo blanco y apretado sobre su regazo.
—¿Puede ser que te propongas desmayarte, Lita? Esperaba más originalidad de tu parte.
Lita rió bajo y con desdén.
—No sabes nada de mí, ¿no es verdad, Endimion? Nunca lo supiste. Si tuvieras alguna idea de lo que he vivido en mi vida, alguna idea de las cosas por las que he tenido que pasar, sabrías que nada de lo que digas o hagas podría hacer que me desmaye.
Darien contemplaba la mujer hermosa que tenía adelante. Sentía mitad asombro y mitad repulsión. Tenía el orgullo de una aristócrata, el alma de una criminal y ¿el corazón de…? Tal vez sólo tenía el corazón de una mujer. Poco importaba ahora. Lo único que de verdad importaba en ese momento era el amor de la muchacha pelirroja. Mientras Serena lo amara, sentía que podía perdonar casi cualquier cosa. Y fue entonces cuando la furia comenzó a desaparecer gradualmente.
—Nicolás, quiero que atestigües que la duquesa no niega nada —le pidió Darien, apartando su mirada de Lita—. Es muy probable que haya asesinado a mi hermano y ha intentado matarme a mí.
—Por supuesto —respondió Nicolás con un tono engañosamente aburrido—, aunque, Endimion, a cambio de eso creo que me debes tu historia completa. ¿Un mozo de cuadra irlandés? ¿Durante cinco años?
—Vaya, sí, eh… eso. Pronto sabrás mi historia, lo prometo, pero primero debo ir a la feria de caballos de Cambridge. De inmediato.
—¿La feria de caballos de Cambridge? —Nicolás arrugó la frente—. ¿Por qué demonios…?
Un golpe en la puerta de la biblioteca hizo que todos dieran un brinco.
Darien abrió la puerta de un tirón. Lady Wakefield estaba allí, sonrojada por el exceso de emoción.
—¡Se lo han perdido! ¡Se lo han perdido!
—¿Cómo dice, lady Wakefield?
Lady Wakefield miraba fijo a Lita.
—Su Excelencia, ¿se encuentra bien? Se ve…
—Lady Wakefield —interrumpió Darien mientras Lita abría la boca para hablar—. ¿A quién nos hemos perdido?
—¡Al rey! Ha estado aquí sólo unos minutos, pero se ha enterado de tu regreso y quiere verte. Exige verte. Mañana por la noche, en una cena privada.
—¿Mañana? No, no puedo. Dígale…
—Endimion —interpuso Nicolás en voz baja—. Es el rey.
Darien cerró la puerta de manera distraída en el mismísimo rostro sorprendido de lady Wakefield y se volvió hacia Nicolás.
—No comprendes…
—Entonces será mejor que te expliques, a menos que crea que has perdido tu buen juicio —dijo Nicolás.
Darien inhaló profundamente.
—Es Serena Tsukino. Mi prometida. La he dejado con un viejo amigo, Artemis Heron, en la feria de caballos de Cambridge, y prometí regresar por ella por la mañana. Debo regresar a buscarla. En principio había pensado llevarla con mi tía a Escocia y luego partir a Norteamérica solo y… Pero mis planes cambiaron.
—¿Serena Tsukino? ¿La misteriosa hermana a la que Rei se refiere como «indispuesta»?
—¿Conque es «Rei», Nicolás, y no «la señorita Tsukino»?
Nicolás, que por lo general era imperturbable, lo miró aturdido por un momento. Darien casi se echa a reír.
—Estamos hablando sobre ti y Serena Tsukino, por lo que, por favor, no intentes desviarme de eso. ¿Por casualidad, la señorita Rei Tsukino, en lugar de «indispuesta» quiso decir «desaparecida»?
Darien asintió con la cabeza.
—¿Y tú ayudaste a Serena a «desaparecer» cuando eras el mozo de cuadra de sir Kenji Tsukino?
Asintió con la cabeza otra vez.
—¿Y nadie lo sabe?
—Tú y la hermosa duquesa homicida. Y mi otro amigo, que no se mueve en los círculos de la alta sociedad.
Hubo un crujido, un sonido inquieto: satén contra satén. Lita, que hasta el momento había permanecido inmóvil como una estatua, se había movido en su silla. Darien y Nicolás se volvieron para mirarla.
—Quizá la hermosa duquesa homicida objeta su nuevo… apodo —le comentó Darien a Nicolás.
—Te mofas de tu prisionera —dijo pensativa Lita—. ¡Qué galante de tu parte, Endimion!
—Mis disculpas, Lita —manifestó Darien con arrepentimiento fingido—, pero mis cualidades más finas nunca antes habían sido desafiadas por una asesina, y parece que no están a la altura de someterlas a prueba.
—Endimion —interrumpió Nicolás con delicadeza—. ¿Serena está a salvo con tus amigos?
—Tan segura como si estuviera conmigo.
—Entonces estará a salvo por un día más. Eres el duque de Dunbrooke, Endimion. Y el Rey de Inglaterra ha solicitado tu asistencia mañana.
Las palabras le quitaban el aliento a Darien. Lo era. Era el duque de Dunbrooke. Y sería terriblemente difícil escapar ahora, dado que todo Londres, sin mencionar al rey, sabía que había regresado.
—¿Me ayudarás a retener a… —Darien casi vuelve a llamar a Lita de manera graciosa «la duquesa», hasta que se dio cuenta de que pronto Serena sería su duquesa y eso ya no fue divertido—. ¿Me ayudarás a retener con discreción a la viuda de mi hermano hasta que regrese de Cambridge? Luego decidiré su futuro.
Ambos miraron a Lita, que aunque tenía el rostro pálido, les devolvía la mirada con compostura y la barbilla levantada.
—Será un placer —respondió Nicolás—. Arresto domiciliario, algunos agentes de policía, un recado para lady Wakefield de que la duquesa no se siente bien… Déjamelo a mí.
La esperanza de Darien de tener una retirada discreta y rápida de la casa de lady Wakefield se frustró con rapidez: una pequeña multitud se había reunido al pie de las escaleras esperando su salida de la biblioteca.
Y plantado al mismísimo pie de la escalera se encontraba la inconfundible silueta fornida de sir Kenji Tsukino.
Darien blasfemó de una manera tan llamativa en voz baja que Nicolás, que sujetaba con firmeza el brazo de Lita, lo miró con desaprobación.
Lleno de pánico, a Darien sólo se le ocurría pasar como un rayo al lado de sir Kenji y huir por la puerta de la casa. Sin duda, nadie esperaba que un duque fuera cortés todo el tiempo…
¿Sabría sir Kenji que él había colaborado en la fuga de Serena? Aunque, ¿cómo iba a saberlo? La culpa le daba lentas volteretas en la boca del estómago.
—Me pregunto si me retará a duelo —murmuró—. Ese hombre es un excelente tirador.
—Sin duda lo es —Nicolás sonaba divertido.
Darien le lanzó una mirada aplastante.
Por fin, con el entusiasmo de alguien que se acerca a la horca, Darien bajó los escalones de uno en uno. Nicolás y Lita bajaban tras él.
La mirada de sir Kenji, imposible de descifrar desde la cima de las escaleras, nunca se alejó de él. La mirada de Darien nunca se alejó de sir Kenji.
Por fin, Darien llegó al pie de las escaleras y miró a sir Kenji con cautela.
Pero sir Kenji no parecía enfadado. Ni siquiera acusador.
Parecía… encantado.
—Eh, buenas noches, sir Kenji. —Darien sintió que una nimiedad quedaba sofocada.
—Por Dios, eres tú, Chiba —susurró sir Kenji.
—Bueno, señor… supongo que sí.
—¿Dunbrooke, no es verdad? —Sir Kenji parecía encantado de pronunciar el nombre—. ¿El duque de Dunbrooke? ¿Mi mozo de cuadra es el duque de Dunbrooke? Se lo dije a Ikuko cuando llegaste, le dije…
—Sí, sir Kenji, así es. Ahora si me disculpan, de verdad tengo que…
—Pero, ¿cómo? Es decir, pero, ¿cómo, Su Excelencia? —agregó sir Kenji—. Su Excelencia… —repitió, riendo entre dientes y sacudiendo la cabeza.
Sintiéndose como un verdadero canalla, Darien dio un paso al lado de su antiguo señor.
—Sir Kenji, me encantaría que usted y su familia se reunieran conmigo para cenar dentro de algunos días. Pero ahora de verdad tengo que…
—No pretenderá volver a las caballerizas, ¿no, Su Excelencia? —Sir Kenji parecía no poder parar de reír entre dientes.
—No, sir Kenji. Me temo que no. Quizá pueda ascender a Michael a mozo de cuadra. O convencer al vizconde Grayson para que Tome el puesto.
Sir Kenji vociferó una risa de sorpresa y aporreó con entusiasmo la espalda de Darien.
Darien se sintió tan aliviado que sus rodillas casi se tuercen. Gracias a Dios que Serena no había entrado aún en la conversación. Y parecía que no lo haría mientras continuara caminando.
—Me alegro mucho de verlo, sir Kenji. Buenas noches, sir Kenji. —Darien salió corriendo hacia la puerta principal de la casa, junto a un Nicolás sonriente y una Lita desanimada en sus tacones.
—Ha sido el mejor mozo de cuadra que he tenido. —Oyó que sir Kenji le decía a alguien de la muchedumbre mientras se marchaban.
Furuhata esperó un momento para estar muy, muy seguro de que estaba solo otra vez. Cuando por fin lo comprobó, soltó un gemido irregular de alivio.
No había sido una gran hazaña permanecer absolutamente inmóvil y en absoluto silencio durante casi una hora. Su pierna derecha estaba dormida, por el amor de Dios, y estaba casi mareado de respirar por lo bajo, pero, ¡caray, qué recompensa! Una vez más parecía que el destino había intervenido en su nombre.
Había visto al doctor Hennessey en el piso de abajo de la casa de lady Wakefield, o más bien el doctor Hennessey lo había visto a él, y una mirada al rostro del hombre le había indicado a Furuhata que sería mejor que huyera. Desde hacía algún tiempo, le debía al doctor Hennessey una inmensa cantidad de dinero, resultado de una partida de cartas que apenas podía recordar; había estado demasiado cargado de copas en ese momento como para recordar con exactitud cómo había provocado el daño. Y ahora que el doctor Hennessey le debía a alguien una suma de dinero aún más grande, perseguía a Furuhata sin descanso.
Por lo que Furuhata había huido de los festejos a la única habitación de la casa de lady Wakefield en la que nunca nadie imaginaría encontrarle: la biblioteca. «Por fin a salvo», pensó, y luego la maldita puerta de la biblioteca se abrió. De inmediato, se metió detrás de una silla alta de rincón, cerró los ojos como un niño para hacerse invisible y rezó en silencio. Luego escuchó, con avidez y regocijo, en constante aumento, una conversación fascinante entre Darien Chiba, el coronel Nicolás y Lita Mamoru.
Una hora más tarde estaba de un humor filosófico. Se puso de pie, se estiró, dio patadas con una de sus piernas que, dormida, le pinchaba, y sonrió. «Es extraño cómo mis deudas de juego continúan guiándome hacia Serena. Sin duda, ese debe de ser mi destino», pensó. Ahora tenía un plan, un plan terriblemente astuto, quizá el primer plan concreto de su vida. Andrew, lord Furuhata, iría a la feria de caballos de Cambridge y volvería a casa con una novia.
