Acá les dejo otro capítulo del Duque Rebelde, sé que les va a gustar :) Comentarios y demás abajo...Recuerden que esta historia le pertenece a Long Julie Anne, sólo la adapté. La mayoría de los personajes pertenecen a Naoko Takeuchi :3
Capítulo 21
Lo primero que advirtió Furuhata sobre la muchacha que estaba de pie a un lado del camino fue su cabello. Estaba suelto de manera pecaminosa y ondeaba como una bandera azabache en la brisa. Sus ojos bajaron atraídos por los pequeños pies, que estaban descalzos y polvorientos. Se rascaba de manera indolente uno de sus tobillos con los dedos del otro pie. Arriba y abajo, arriba y abajo, arriba y abajo. Por alguna razón, el gesto se trasladó directa e inmediatamente a su entrepierna.
Además de sus pies descalzos, iba vestida de manera bastante modesta, en algodón desteñido de un color indeterminado. Sin embargo, su piel le daba un exótico tinte, leche con un toque de té. Un collar de piedras rojizas rodeaba su garganta.
«Una gitana», pensó Furuhata, y detuvo el caballo. Aún estaba a varios kilómetros de la feria de caballos de Cambridge, donde estarían reunidos el resto de los gitanos. Tal vez la muchacha se había perdido, la habían dejado olvidada, o había sufrido un accidente. Por lo que sabía acerca de los gitanos, rara vez viajaban solos, en especial las mujeres. Tal vez necesitaba que la llevasen a la feria; imaginaba, con cierto placer, esos brazos delgados alrededor de su cintura mientras cabalgaba. «Quizás no se oponga a una cabalgata de otro tipo», pensaba al ver la hilera de árboles que los rodeaba. En su interior, se reprendió a sí mismo. Se hacía extremadamente difícil ponerle freno a esos pensamientos. Se sentía un poco resentido ante la necesidad autoimpuesta de hacerlo. Sería un alivio inmenso tener por fin a Serena Tsukino en sus brazos y en su cama.
—Puedo hacer dukker muy bien, hermano —le gritó la muchacha, con la voz grave y sugerente—, si tienes la pasta.
Furuhata tragó con fuerza. ¿Qué demonios era hacer dukker? Sin duda, no sonaba correcto. Sonaba como si fuese algo que uno hacía con rapidez en una hilera de árboles con las faldas y los pantalones caídos. ¿Sería esto una prueba a su fibra moral? Aun así, ¿quería pasar esa prueba? Miró la hilera de árboles detrás de ella, de manera especulativa.
—¿Du…du…duccker? —tartamudeó él.
Ella rió, dejando al descubierto bonitos dientes blancos, y giró las pequeñas palmas de sus manos hacia él.
—Puedo leer en la palma de tu mano, hermano. Sólo dame la mano y te lo diré, pero primero debo ver tu dinero. —Arriba y abajo, arriba y abajo iba su pie contra el tobillo.
Aunque sabía que su futuro inmediato incluía el regreso triunfante con su prometida rebelde, disfrutaría de estar cerca de la pequeña gitana, admirar su cabello de azabache y su piel morena, y permitirle que sostuviera su gran mano en la suya pequeña. El latido de su corazón se aceleró un poco, como siempre lo hacía cuando pensaba en una aventura sensual.
—Si acepta seis peniques, señorita, me gustará oír mi futuro —dijo con galantería. Desmontó y condujo su caballo hacia ella.
—Sí, hermano, acepto seis peniques. Acércate, por favor. —Ella sonrió y se acomodó un mechón de pelo detrás de su delicada y pequeña oreja.
Furuhata caminó hasta quedar de pie a dos pasos de distancia aproximadamente, lo bastante cerca como para ver el vello aterciopelado de su mejilla y la diminuta peca junto a su boca. Extendió las manos, con las palmas hacia arriba.
Se oyó un leve susurro. En realidad, fue sólo el indicio de un sonido, y un movimiento desde atrás de un árbol. Furuhata levantó la cabeza, como distraído. «Una ardilla», pensó. Pero luego se quedó helado, mudo: dos hombres de rostro moreno y denodadamente resueltos caminaban hacia adelante, hacia él. Uno de ellos levantó un brazo en lo alto.
Fue lo último que recordó.
Furuhata recuperó la conciencia alrededor de una hora más tarde, despojado de todo, menos de la camisa y el pantalón. El dolor le golpeaba la cabeza como un tambor y repercutía en cada uno de sus miembros. Cuando abrió los ojos, dos rostros morenos flotaban encima de él. Dos hombres, pero no eran los que lo habían golpeado. Sus miradas eran amables y de preocupación aunque luego sus bocas se movieron, y para horror de Furuhata, salieron galimatías. «Han acabado con mi buen juicio», pensó aterrorizado. Pero en medio de las incongruencias creyó oír una palabra, el nombre de una mujer. Sonaba como Luna. «Quizá debería intentar hablarles», pensó vagamente, pero cuando lo tocaron para levantarlo, su conciencia volvió a irse.
Unas frías manos expertas lo tocaban y sostenían una taza de algo contra sus labios; bebió, agradecido de que le dijeran qué tenía que hacer. Le aplicaban paños fríos sobre la cabeza. Él respondía «sí» y «no» al rostro de la mujer morena que le preguntaba, «¿duele aquí?» y presionaba sus manos sagaces en varios lugares de las costillas y de los brazos. Alguien más rondaba en la periferia de su visión: una mujer con cabello colorado. Tenía los ojos de Serena. Sus ojos se abrieron del sobresalto al reconocerla y la mujer se alejó de él; el movimiento que hizo al alejarse provocó que Furuhata se mareara.
—He… he venido a rescatarte —declaró con tanta galantería como pudo. Y luego vomitó sobre toda la falda de Serena.
Serena se ocultó, se quitó el vestido y se puso otro. Luna continuaba con la atención, mientras Serena miraba con incredulidad.
Bendito Dios. Furuhata. Serena no hubiera imaginado jamás ni en sus sueños ni en sus pesadillas que volvería a enfrentarse a Furuhata, sin mencionar que estaba semidesnudo, postrado, pálido e indefenso como un pez que acababa de ser atrapado.
Su presencia no podía significar nada bueno.
—¿Has venido a rescatarme? —repitió Serena con voz cansina.
—Mmm… ¿sí? —dijo Furuhata sin fuerzas.
—¿Cómo es que supiste dónde encontrarme? —preguntó Serena lentamente, como si se dirigiera a un niño de tres años. Furuhata abrió la boca, luego volvió a cerrarla, luego la abrió y la volvió a cerrar, como intentando decidir qué decir. Más que nunca parecía un pez que acababa de ser atrapado.
—El amor, Serena, el amor ha sido mi brújula. Te seguiría hasta el fin de…
—Inténtalo de nuevo, lord Furuhata.
Furuhata guardó silencio, su atractivo rostro miraba con irritabilidad.
—¿Bien? —exigió Serena.
—¿Tanto importa eso? Estoy herido.
Serena miró el cuerpo pálido de Furuhata, que estaba bien formado y no era desagradable, aunque su pecho era casi tan lampiño como el de un niño y sus brazos eran delgados. Sólo contaban con una insinuación de musculatura. Era un arco iris de moretones. No era Darien, y ese era su delito más grave.
—¿No llevas una pistola? —inquirió Serena con enfado.
—Sí, bueno… —Furuhata estaba sobresaltado.
—Entonces, ¿por qué no la has usado? ¿Al menos has intentado luchar?
Furuhata soltó un chillido, indignado.
Regresaré en un momento, Gadji —le dijo Luna a Serena—. Quisiera que Artemis conociera a nuestro… visitante. —Salió de la tienda.
—¿Dónde está Darien? —exigió saber Serena. Quería Tomarlo por sorpresa.
—¿Darien? —balbuceó Furuhata—. ¿Quién es Darien? ¿Por qué tendría que saber dónde está ese tal Darien?
—¿De qué otra manera sabrías que yo estoy aquí, lord Furuhata? —explicó Serena entre dientes apretados. Furuhata suspiró con entusiasmo.
—Ay, bueno. Si te empeñas en saberlo, Darien me envió por ti.
Serena lo miró fijamente.
—Estás loco.
—¿Lo estoy, Serena? Pues bien, verás, Darien, el mozo de cuadra de tu padre, el que fue tan servicial contigo, en realidad es el duque de Dunbrooke y… ¿o quizá ya lo sabías? —agregó, fingiendo preocupación.
Serena lo miraba, muda. Su corazón comenzó a latir con indignación.
—¿El… el duque de Dunbrooke? ¿Cómo? Quiero decir…
—Ah, sí, el duque de Dunbrooke. Parece que perdió la memoria en la guerra, la recuperó hace poco y regresó a Londres. Contraerá matrimonio con la viuda de su hermano, una mujer muy hermosa, antes de que finalice el verano. Y esa es la razón por la que he venido por ti, Serena: para rescatarte de una reputación arruinada en vano. No sería inapropiado un poco de gratitud, ya sabes. El mismísimo duque, Darien, como tú lo llamas, me hizo jurar que guardaría silencio y me dijo dónde encontrarte, además, me felicitó por nuestra boda. Ha cambiado de idea sobre ti porque ahora no le era posible contraer matrimonio con la hija de un simple caballero.
Serena se alejó de él como si le hubiera abofeteado.
—¿El… el duque de Dunbrooke? —De alguna manera todo comenzaba a tener una especie de horrible sentido.
—Ah, sí, eso se rumoreaba en el círculo de la alta sociedad cuando me fui. Su nombre verdadero es Endimion Mamoru, ¿o ya lo sabías?
—Endimion Mamoru. El relicario… el relicario decía… —Una mano helada le arañaba el corazón. Serena miraba fijamente a Furuhata sin verlo, incrédula.
—El maldito relicario —acordaba Furuhata de manera hosca—. Desearía no haber visto nunca esa maldita cosa.
—¿Quién es Hutchins? —Un repentino presentimiento provocó a Serena.
—¿El lacayo de la duquesa? —Furuhata estaba confundido por la pregunta.
—¿La duquesa? Su Excelencia —susurraba Serena para sí misma al recordar—. Su Excelencia envió a los salteadores de caminos.
Una horrible sospecha trepó a su mente. Recordó la mirada en el rostro de Darien, cómo su cuerpo había quedado inmóvil cuando abrió el relicario. «El amante moreno es infiel…»
—Patricia Kino —dijo Serena—. ¿La mujer del relicario es la duquesa?
El silencio de Furuhata atravesó a Serena como una bayoneta. Decía todo lo que necesitaba saber.
Había preguntas que debería haberle hecho a Darien, preguntas específicas, pero había temido que las respuestas mancharan su felicidad perfecta. Ahora se daba cuenta de que su felicidad había sido ilusoria. Permaneció inmóvil por un momento, analizando la situación. Darien aún vibraba en su interior, de manera tan necesaria como su propia sangre. Se preguntaba si sería cierto que había decidido arrancarla de su vida. «Que Dios me ayude, ahora me siento más feliz de lo que nunca me he sentido», le había dicho justo antes de que le pidiera ser su esposa.
Tal vez era verdad; tal vez había perdido la memoria y la había recuperado hacía poco sólo para descubrir que su pasado ejercía una especie de gravedad que lo presionaba ineludiblemente. Tal vez le resultaba más fácil rendirse que pelear. Tal vez pensó que era mejor olvidarla a continuar luchando por una nueva vida.
Aunque no lo creía. No podía.
—Era ella —espetó de repente, y se sentó erguida.
Furuhata hizo una mueca de dolor. Por lo visto, los movimientos repentinos le resultaban visualmente molestos.
—La duquesa. Envió salteadores de caminos tras nosotros porque quería a Darien para ella. Y era una actriz.
—Aunque hubiera enviado salteadores de caminos detrás de vosotros —dijo Furuhata, como si la idea fuera absurda—, a él parece no importarle demasiado en este momento. Ella es una duquesa ahora, ya sabes. En realidad, parece estar contentísimo de ser duque.
—¿Ha dicho… dijo algo más sobre mí? —Se odió a sí misma por hacer esa pregunta, pero quizá, si había una posibilidad…
Furuhata sólo negó con la cabeza con pesar.
—Pero mi padre, sin duda ha interrogado a Dar… quiero decir, al duque…
—Debido a que tu madre ha estado preocupada por asegurarle a tu hermana un caballero con título esta temporada, tus padres han dejado tu búsqueda en manos de la duquesa, quien ha sido solícita en este sentido. —Furuhata dijo esto sin una pizca de ironía—. Por lo que ellos saben, el duque, bueno, Darien, no tuvo nada que ver con tu desaparición en absoluto. Aunque, por supuesto, nada de esto importará una vez que contraigamos matrimonio. Y deberíamos hacerlo de inmediato. Si recoges tus cosas, podemos marcharnos hacia Gretna Green por la mañana.
Serena lo miraba fijamente, paralizada e incrédula.
El rostro de Furuhata se suavizó un poco.
—Quizá… quizá te guste estar casada conmigo.
Por desgracia, era lo peor que podía haber dicho. El rostro de Serena sufrió un arrebato de repugnancia.
Luna entró en la tienda, con Artemis pegado a sus talones.
—Soy Artemis Heron —se presentó ante Furuhata.
—Ah —respondió Furuhata con torpeza.
Artemis levantó las cejas como para instarlo.
—¡Vaya! Yo soy Andrew, lord Furuhata —aclaró, por fin recordando sus modales—. He venido a… a… eh… rescatar… a rescatar… —arrastraba las palabras, como si por fin se diera cuenta de lo absurdo que era todo.
Justo entonces, Neherenia asomó su cabeza inoportuna dentro de la tienda.
—Dice que Darien es en realidad el duque de Dunbrooke —le contó Serena a Artemis.
Artemis quedó completamente paralizado.
—¿Y por qué dices algo así? —dijo por fin. Para dar crédito, pronunció las palabras con una indignación convincente.
—Vaya, quizá porque es verdad —dijo Furuhata, irritado—. Tal vez ese sea el porqué.
Con resignación, Artemis enfrentó la mirada acusadora de Serena.
—Es verdad —dijo ella en voz baja—, y tú también lo sabías.
Artemis le lanzó una mirada indefensa a Luna, quien negó con la cabeza; no obtendría ayuda de parte de ella.
Detrás de Luna, desde la abertura de la tienda, Neherenia también negaba con la cabeza, pero aunque fingía su pesar de manera magistral, en sus ojos marrones solo brillaba el regocijo. Serena gruñó y la espantó dando una rápida pisada hacia ella. Neherenia dio un pequeño grito de sorpresa y salió de la tienda.
—Será mejor que esperes a hablar con Darien, pequeña Gadji —le dijo Luna con amabilidad—. No podemos decirte nada más.
—Lord Furuhata dice que Darien no regresará. —A Serena, su propia voz le sonaba distante por encima del zumbido que había comenzado a sonar en sus oídos—. Dice que Darien contraerá matrimonio con la viuda de su hermano y que yo tengo que contraer matrimonio con él, con la aprobación de Darien. —Apenas podía creer que estuviera pronunciando esas palabras; cada una de ellas la hería físicamente como si fueran pequeñas piedras afiladas que saliesen desde la profundidad de su ser.
—¡Tonterías! —dijo Artemis con firmeza, aunque Serena notó la mirada que intercambió con Luna. A pesar de que su tono era completamente seguro, Artemis no lo estaba.
Serena respiró hondo y elevó los hombros.
—Regresará —dijo, pero luego maldijo el sonido tembloroso de su voz y lo ingenua que sonó.
El peso de las miradas compasivas de Artemis y Luna sobre ella era algo casi tangible; deseaba intensamente ignorarlos a ambos. Nadie dijo nada por un momento largo e incómodo.
—Creo que dejaré descansar a lord Furuhata ahora —anunció ella con frialdad—. ¿Me disculpáis?
Artemis y Luna se hicieron a un lado para que pudiera salir de la tienda. Se negó a mirarlos a los ojos al pasar porque sabía que no encontraría nada más que lástima.
«¿No llevas pistola?»
Dios querido. ¿Qué clase de mujer era?
Furuhata esperó que algún sentimiento se despertara en él, algún gozo celestial que trascendiera su dolor físico. Parecía que había esperado mucho tiempo para volver a ver a Serena.
No aparecía nada.
Pensar en Serena le había consumido la mayor parte de sus momentos en vela, excepto quizá por los momentos que habían incluido acostarse con Lita… ¡Santo cielo!, Lita sí que hacía los sonidos más extraordinarios en medio de la pasión… y luego estaba la muchacha gitana que, de manera indirecta, había sido responsable de las malditas punzadas en su cabeza y los tobillos y las costillas… Quizá él tenía parte de culpa por eso… Aún nada.
¡Vaya! Sí había algo: humillación.
Serena lo había visto tendido, indefenso y casi desnudo, había vomitado todo sobre su falda, lo habían golpeado casi hasta hacerlo papilla por ella y, a juzgar por las apariencias, estaba muy contenta junto a los gitanos. Enamorada de un mozo de cuadra que en realidad era un duque. No estaba nada contenta de verlo. «¿Y está enamorada de ti?», le había preguntado Lita el día de la desaparición de Serena. Lita había intentado advertirle.
Furuhata recordó la mirada que vio en el rostro de Serena cuando ella escuchaba sus mentiras; un pequeño y extraño arranque de lástima por ella se extendió desde las profundidades de su propia amargura y autocompasión. Aun así, a su modo de ver, sólo tenía dos caminos posibles: contraer matrimonio con Serena, o ir a la cárcel por deudor.
No obstante, era una extraña. No la amaba, y sin duda ella no lo amaba a él.
Furuhata, por fin, se dio cuenta de que había sido un completo imbécil todo el tiempo.
