Acá les dejo otro capítulo del Duque Rebelde, sé que les va a gustar :) Comentarios y demás abajo...Recuerden que esta historia le pertenece a Long Julie Anne, sólo la adapté. La mayoría de los personajes pertenecen a Naoko Takeuchi :3


Capítulo 22

El rey parecía haber cambiado poco desde la última vez que Darien lo había visto, excepto que había engordado bastante. Jorge IV estaba deseoso de pasar la noche con su amante madura, pero en absoluto deseoso de que ella mirara al guapo duque que había regresado, por lo que hizo que la audiencia fuera breve. Además, lanzó indirectas con la esperanza de que Darien votara por él en el Parlamento… a pesar de que su padre y su hermano nunca lo habían hecho. Y Darien había lanzado amables indirectas evasivas en respuesta mientras pensaba: «¡Ni lo sueñe, Su Majestad!».

Ahora podía ver la feria de caballos de Cambridge en el horizonte; las tiendas y los coloridos banderines desaparecían poco a poco mientras los guardaban para las fiestas del año siguiente. Su corazón dio un vuelco. En cuestión de minutos estaría otra vez junto a Serena.

Antes de la audiencia con el rey, había pasado la mañana revisando las cuentas de Dunbrooke con el señor Matthew Green. Si el señor Green recordaba a su efímero (o, más bien huidizo) visitante, fue lo suficientemente diplomático como para no mencionarlo. Le había ordenado al señor Green que hiciera efectiva la suspensión de las rentas de los arrendatarios de Keighley Park de inmediato y que enviara a un grupo de expertos en construcción, arquitectura del paisaje y agricultura a la zona para preparar un informe detallado acerca de las condiciones de la vivienda y de las tierras de los alrededores. Debido a que la cosecha de maíz había sido tan buena en los últimos años como para alcanzar un buen precio, a Darien le interesaba recibir sugerencias sobre cómo los agricultores arrendatarios podían encontrar otras fuentes de ingresos.

El mismo Weston se había sentido personalmente muy contento de asignar a dos equipos de sus sastres de Bond Street el urgente trabajo de que le confeccionaran dos trajes nuevos, camisas, pantalones, chalecos y demás.

Y gracias al coronel Nicolás, Lita se encontraba encerrada en otra de las propiedades de los Mamoru en Londres. Los oficiales de policía holgazaneaban allí: apoyaban sus grandes botas sobre los finos muebles, asían la porcelana Dunbrooke con sus grandes y ásperas manos, y bebían de un trago el té Dunbrooke, con sus perspicaces ojos pegados a Lita, aunque sólo con curiosidad profesional. ¡Qué Dios los bendiga! Sin embargo, el pequeño lacayo que había rondado a Lita como un cuervo simplemente había desaparecido.

Y los Tsukino… bueno, Darien hasta ese momento había eludido con éxito a sir Kenji. Les llevaría a Serena cuando regresara a Londres con ella.

En general, Darien debía admitir que ser duque había sido una grata experiencia, al menos en el lapso de un día, más o menos.

Se daba cuenta de que tenía la inteligencia y los medios para obrar correctamente con su dinero y su posición. Con la promesa de Serena a su lado y sin el fantasma de su padre que le amenazara, su derecho de nacimiento había comenzado a parecerse más a la libertad, a una oportunidad, a una bendición, que a una trampa, por más que odiara admitirlo.

Quizá podría forjar un nuevo legado Dunbrooke. Con Serena a su lado, cualquier cosa parecía ser posible. Casi no podía esperar para que comenzara su futuro.

Le dio un rodillazo al caballo para que galopara con mayor velocidad.

Mientras Luna enrollaba la ropa de cama, Serena se arrodilló delante del cofre para guardar las hierbas y las tinturas con cariño en un lecho de paja y muselina que amortiguaba el irregular movimiento de las carretas.

—¿Qué harán con lord Furuhata? —le preguntó a Luna.

A Furuhata lo habían enviado a una pequeña tienda para él solo. Los hombres gitanos habían percibido con rapidez que no suponía ningún tipo de amenaza, a menos que alguien se sintiera amenazado por las quejas incesantes.

—Supongo que viajará con nosotros, al menos por unos días. Aún no se encuentra en condiciones de viajar solo. Artemis ha decidido que el lord debe trabajar para compensar el coste de su sustento. Y entonces, si el lord es… —Hizo una pausa, buscaba la palabra correcta en inglés.

—¿Infantil? ¿Antipático? ¿Ridículo? —sugería Serena.

—Cooperativo. Si el lord es cooperativo, quizá Artemis le dé un caballo viejo para que regrese a Londres, o tal vez algo de dinero para un coche.

Serena dejó de recoger por un momento para meditar sobre lo que acababa de oír. La posibilidad de ver a Furuhata trabajar por su sustento tenía un atractivo innegable.

Serena terminó de guardar todo en el baúl y miró a su alrededor con nerviosismo en busca de algo más para hacer. Había dormido poco y mal la noche anterior, y sus sueños habían sido cortos y crueles. Se había despertado de golpe al final de cada uno de esos sueños, y aun así, no podía recordar ninguno en su totalidad. Esa mañana despertó con una sensación amarga y metálica en la boca, como si pudiera sentir su propio corazón desangrándose. Incluso Neherenia había perdido el poder de ponerla nerviosa.

«Y hago dukker mejor que nadie», había dicho Neherenia. Qué ironía si eso de verdad fuera cierto. Se marchaban de la feria de caballos de Cambridge y aún no había ni rastros de Darien.

—Llévalos fuera, a la carreta, Serena, por favor —le pidió Luna al percibir la necesidad de Serena de mantenerse en movimiento. Le señaló los petates y Serena los levantó y empujó la puerta de la tienda a un lado.

El campamento gitano bullía de alegría; los hombres cargaban las carretas con las tiendas y los baúles y alzaban a los niños para sentarlos junto a sus madres. Serena encontró la carreta de Luna. Su apacible caballo blanco ya estaba amarrado, así que echó los petates adentro.

El sonido de unas pezuñas que llegaban al galope hizo que se volviera. Buscó con la mirada en la periferia del campamento hasta que encontró la procedencia: un jinete solitario que se acercaba oculto en una nube de polvo. De inmediato, recelosos, los gitanos dejaron el trabajo y se protegieron los ojos del sol poniente del atardecer. Un galope significaba urgencia y, hasta el momento, no había sucedido nada durante el día que requiriera apremio.

Sin embargo, Serena sabía quién era. A sabiendas de que su cabello brillaría como un faro entre todas las cabezas oscuras de los gitanos, permaneció de pie en el lugar y esperó que la encontrara.

Lo hizo enseguida. Darien detuvo el caballo delante de ella y desmontó con rigidez. Sus piernas no estaban preparadas para sostenerlo después del largo viaje, así que se tambaleó un poco. Jadeaba y estaba empapado; su camisa se había vuelto transparente por el sudor, que formaba pequeñas motas en el polvo endurecido de su rostro y gotas en sus pestañas y en sus cejas. Cuando extendió una mano para retirarse el cabello de los ojos, éste permaneció en el lugar en el que lo acomodó. «Se ha dejado los dedos marcados en el polvo de su frente», pensó Serena, distante.

«¿Cómo es posible que siempre parezca ser más real que cualquier otra cosa?», se preguntaba Serena. Era como si el mundo fuera un telón de fondo pintado contra el que se encontraba de pie y completamente aliviado.

Los ojos de ella bajaron hasta su camisa empapada en sudor. Era nueva, hecha de fino lino; nueva, no era la camisa sucia, remendada por sus propias manos torpes. Había sido hecha para él.

Para un duque.

—Ay, Dios, Serena. —La voz de Darien era un chirrido alegre, aunque sonaba rota por el duro viaje—. Creí… creí que nunca llegaría…

—Hola, Darien. —Cortesía distante.

Darien pareció confundido por un momento. Luego su rostro se relajó, como si creyera que se burlaba de él.

—Hola, señorita Tsukino —dijo con formalidad fingida, e hizo una reverencia.

Guardó silencio y lo miró fijamente con algo semejante a la impasibilidad.

Las cejas de Darien se arrugaron hacia abajo por la confusión. Aclaró la garganta con nerviosismo y luego extendió una mano para tocarla.

—Tengo tanto que contarte…

Serena retrocedió un paso y su mano cayó como un pájaro al que le dispararon en vuelo.

—Lleva una fina camisa nueva, Su Excelencia —dijo en voz baja, casi despreciativa.

Darien se dio cuenta de inmediato de a qué se refería, y la expresión que se le dibujó en el rostro fue algo digno de contemplar.

—Tu nombre es Endimion, ¿no es verdad? ¿Así es como te llama cuando… cuando… te acuestas con ella?

—Acostarme con… acostarme con… Pequeña Sere, ¿de qué hablas?

No lo soportaba más; las palabras brotaban de manera involuntaria, como la sangre de una persona a la que hubiesen apuñalado en el corazón.

—¿Y, dónde está la duquesa esta tarde, Su Excelencia? ¿En una prueba para su vestido de boda? Llega justo a tiempo para mi boda, Su Excelencia. Furuhata llegó ayer a la noche y trajo la buena nueva de sus nupcias…

—¿De mis qué? Miente. Está…

—…con su amante, Patricia Kino. ¿Y qué elección tengo yo, una mujer arruinada, más que llevarlo a mi cama?

Era una mentira, pensada especialmente para herirlo.

Y vaya que lo hizo. Su expresión entonces casi la hizo vacilar… Sus ojos se volvieron inmensos y negros, como moretones recientes.

La voz le temblaba.

—Serena, no sé qué te dijo, pero no tenía derecho… Lo mataré…

—¿No tenía derecho? ¿No tenía derecho? ¿Tú hablas de derechos? Tú… tú… me has mentido, Darien. ¿O debería llamarte Endimion? ¿Y cómo sabré si ahora dices la verdad? ¿Si alguna vez has dicho la verdad? —manifestó esto con asombro y negó con la cabeza, como si apenas pudiera creerlo—. Aunque tal vez yo sea culpable porque fui… ¡ay!, fue tan fácil mentirme, ¿no? Fui una tonta. Si me hubieras dicho que eras tú quien se encargaba de que el sol saliera cada mañana, lo hubiera creído. Llevé ese relicario con su fotografía en mi cuello. Lo sabías. ¿Te has reído de mí, de mi ingenuidad, creíste que era gracioso?

—No mentí, pequeña Sere, aunque… omití partes de la verdad.

—¿Te divierte esto?

Darien se pasó la mano por el cabello otra vez, con nerviosismo. Estaba claro: Serena pensaba que el asunto llegaba a extremos de los que él no había esperado tener que defenderse.

—Serena, intenté decírtelo aquella mañana junto al río. Quizá no te di nombres, ni lugares, ni fechas, pero intenté expresarte de alguna manera todo lo que había dejado atrás. Te lo merecías, lo sé. Nada de eso habría importado, si hubiéramos podido ir a Norteamérica. Y no preguntaste nada más que lo que te conté. Dijiste… dijiste que no importaba mientras estuviéramos juntos.

—Creo que no me has dicho todo, Darien, no me diste nombres, ni lugares, ni fechas, como dices, porque sabías que sí importaría, que importaba. Sabías, cabalmente, que era demasiado ingenua para seguir preguntándote. Elegiste la salida de un cobarde.

Se quedó helado. La miraba fijamente. Su cuerpo entero estaba tenso como un puño apretado delante de sus ojos. Casi de manera inconsciente, Serena retrocedió otro paso.

—Serena, eres una niña. —Las palabras quedaron grabadas con burla.

La columna de Serena se puso rígida por la indignación. Podía sentir que sus mejillas se llenaban de un color candente.

Darien hizo una pequeña sonrisa sardónica.

—Sí, eres una niña en muchos aspectos. Me pregunto, ¿eres capaz de comprender lo que he arriesgado por ti? Renuncié a una vida pacífica por ti, y ahora tengo a mi vieja vida de vuelta, y nunca la quise, y lo hice por ti. Y fuiste tú, no yo, la que me convirtió en un héroe, Serena; yo, el cuidador de los caballos de tu padre, un héroe. Es ridículo, si lo piensas bien —agregó con crueldad—. Y ahora estás muy decepcionada porque te das cuenta de que sólo soy un hombre. Ni un dios, ni un héroe. Sólo un hombre. No siempre hago lo que es noble o correcto. A veces ni siquiera sé qué es lo correcto. He vivido toda una vida, Serena. He tenido una amante llamada Patricia Kino y, sí, era hermosa, y sí, le hice el amor, porque eso es lo que uno hace con las amantes. Pero nunca la amé. ¿Es eso lo que deseabas saber, Serena? ¿Eso calma tu orgullo? ¿Necesito recordarte quién trajo el relicario a nuestro viaje?

—Yo…

—He estado en la guerra, Serena. He visto a hombres que tuvieron muertes horribles delante de mí. He asesinado hombres sin conocer sus nombres. Sin embargo, nunca nada me ha asustado tanto como la idea de poder perderte porque supieras la verdad acerca de mí. Y tal vez lo que hice equivale a mentir. No tenía una experiencia amorosa a la cual remitirme, ya sabes, para saber qué hacer. Hice lo que fue más fácil, y sólo callé mi pasado y esperé que saliera bien porque no deseaba nada de esto, no quería nada de mi herencia. Tal vez no fue la decisión correcta; tal vez debí confiar en que lo comprenderías. Pero no has vivido como yo, Serena, y no has tenido la necesidad de tener que elegir lo que yo elegí. No tienes derecho a llamarme cobarde. Nunca, nunca más me llames cobarde.

Por un momento se miraron el uno al otro en un silencio justificado y vertiginoso.

Cuando ella habló, su voz fue suave, pero firme, y estaba orgullosa de que así fuera.

—Darien, de todas las personas que he conocido creí que eras a la que más conocía. Confié en ti en… quiero decir, hice… hice… el amor contigo —tartamudeaba y se sonrojaba con las palabras; no se vertían por su lengua a paso ligero. Y de repente, el hecho de que eso hiciera que se sonrojara, la volvía a enfadar—. Te entregué mi confianza de buen grado, pero no me honraste con la tuya. En cambio, elegiste guardar secretos. Y actuaste como siempre lo hacen todos los demás: mi padre, mi madre, Furuhata… Sabías que haría exactamente lo que me decías sólo porque eras tú quien lo decía. ¿Y qué elección me dejaste? Me dejaste aquí y me vi obligada a esperar por ti porque era mi única elección. Eso no es una elección, Darien. Eso es… eso es cautiverio.

Darien levantó una ceja.

—¿Fue cautiverio, pequeña Sere? Entonces, ¿ayudar a Luna ha sido mucho, mucho peor que, por ejemplo, quedarte en casa y tocar el pianoforte?

Guardó silencio.

—Tienes que creerme, Serena. Por favor… por favor escúchame. Patricia no significa nada para mí ahora. Nada. Serena, ha intentado asesinarme. Furuhata te ha mentido en beneficio propio. Y… no puedo contarte todo ahora, me llevaría mucho tiempo, pero te contaré todo pronto, lo prometo. Sólo ven conmigo.

Serena lo miraba fijamente con ojos rebosantes de lágrimas que no se derramaban.

—Parece que todos me mienten en beneficio propio.

—Por favor. Te lo compensaré por el resto de mi vida, Serena. ¿No sería divertido tener algo para utilizar en mi contra durante el resto de tu vida? —Un intento desesperado de poner humor.

—No me iré a ninguna parte, Darien.

Entonces su rostro pareció derrumbarse, como si las palabras le hubieran quitado el aliento de un puñetazo.

—¿Qué… qué quieres decir?

—Me quedaré aquí. Desde luego no puedo volver a casa con mi familia, deshonrada como estoy. Además, aquí me necesitan; estoy aprendiendo a ser curandera. Nadie aquí aparenta ser más de lo que es, ¿comprendes?

Tal como se lo propuso, había dado en el blanco.

—Sí, ya comprendo —dijo en voz baja—. ¿Y lord Furuhata?

—Furuhata se irá de aquí en unos días. —Una especie de confesión, y aun así cuando Darien la miró con ternura, buscando ternura en ella, no encontró nada.

—Ven conmigo, Serena. No te arrepentirás —intentó otra vez.

—No.

—Serena…

—Darien, ¿cómo podré volver a confiar en ti? Todo es muy simple. Sólo puedo quedarme aquí.

—No te obligaré a venir. —Una advertencia.

—Lo sé.

—Puedo quedarme con los gitanos, también.

—No puedo impedirlo. Aunque preferiría que no lo hicieras.

Darien guardó silencio por un momento.

—¿Y tus padres, Serena?

—¿Qué sucede con ellos? Me habré ido con los gitanos para el momento en el que ellos lleguen, si planeas decírselo.

Ninguno de ellos habló durante otro largo rato.

—Te amo —confesó Darien en voz baja.

Ella apartó la cabeza.

—Entonces ¿me marcho, Serena?

Asintió con la cabeza.

—¿Y estás segura de que no es sólo tu orgullo el que dice eso, Serena? —La amargura había trepado a su voz.

—Deberías irte —dijo tranquila—. Sólo vete.

Ni siquiera lo miraba.

Darien extendió las manos para coger las riendas del caballo.

—¿Qué… qué harás ahora? —le preguntó Serena de modo vacilante.

—No importa —respondió.

Y como ella no dijo nada más, Darien la saludó con la cabeza de manera brusca y se alejó en el caballo.

Serena miraba, desanimada, mientras Darien se acercaba a Artemis, con quien habló unas pocas palabras. Y entonces ya no pudo mirar más. Después de un momento, oyó que unas pezuñas se alejaban del campamento a medio galope.

Cuando Serena por fin se volvió, encontró a Neherenia observándola, con la expresión absolutamente cautivada y encendida por los celos, y a Luna, que había visto todo, la verdad, frente a ella.

—Por supuesto que te damos la bienvenida para te quedes con nosotros, pequeña Gadji —le dijo Luna con amabilidad—. Te necesito, pero te diré algo: a veces lo más sabio y valiente que podemos hacer es seguir nuestro corazón y perdonar lo que parece imperdonable.

Serena no dijo nada. Sus ojos permanecieron en el horizonte, donde un caballo y un jinete habían desaparecido hacía instantes.