Acá les dejo otro capítulo del Duque Rebelde, sé que les va a gustar :) Comentarios y demás abajo...Recuerden que esta historia le pertenece a Long Julie Anne, sólo la adapté. La mayoría de los personajes pertenecen a Naoko Takeuchi :3


Capítulo 23

—No —dijo lady Tsukino—. No, no, no, no y no.

La nota de histeria en la voz subía de tono con cada «no». El último «no» fue, de hecho, expresado con un trémolo. Un toque delicado, admitió sir Kenji.

Sin embargo, permanecía impertérrito. Sir Kenji apenas observaba a su esposa con determinación. Había decidido que por una vez en la vida no se dejaría persuadir ni por las lágrimas, ni por la histeria, ni por el impasible silencio. Por una vez, simplemente esperaría oír la estrategia que su esposa había decidido utilizar para convencerlo del modo en que se suele esperar el anuncio de un temporal. Suponía que no se sentiría cómodo en su casa durante un tiempo. Sin embargo, apreciaba la idea del desafío que presentaba. Quizá, su blanda rebelión había sido tardía.

Podía oír los sollozos apagados de Rei, que se encontraba en el piso superior con la puerta cerrada. Su madre la había reprendido con severidad por haber llevado un cortejo en secreto. Un cortejo con un hombre que no era el vizconde.

—Puede ser condesa, Kenji. Puede contraer matrimonio con un conde. Es el mayor logro que nuestro círculo social ha visto en años. Por Dios, ¿en qué estás pensando? No debería recibir tu bendición. Debería recibir una paliza.

—Está bien, Ikuko —respondió sir Kenji con suavidad, pero firme—. Es suficiente. Te sentarás y permanecerás tranquila mientras yo hable.

Durante un instante, lady Tsukino observó a su esposo con la boca abierta, atónita. Habían llegado al punto de la conversación en el que solía darse por vencido.

—Kenji…

—Siéntate, Ikuko.

Se sentó, aunque a regañadientes.

—Creo —comenzó a decir despacio— que hemos perdido el objetivo. Creo que estamos de acuerdo en que nuestro fin como padres es ver a nuestras niñas en un buen matrimonio. Y si logramos asegurar un buen matrimonio para nuestra niña y sentimos que también será feliz en ese matrimonio, entonces nuestra felicidad se duplica, ¿no es verdad?

—No entiendo qué tiene que ver esto…

—Si Rei hubiera Tomado la decisión de que su felicidad era junto a un… un… despilfarrador de clase baja, Ikuko, con seguridad, yo interferiría. Sin embargo, Rei se ha enamorado de un caballero acaudalado que aprecio enormemente, un hombre bueno que la tratará bien y será un reconocimiento para nuestra familia; un hombre que ha pedido la mano de Rei de modo decoroso y correcto. Y porque estoy seguro de que Rei será más feliz con él que con un vizconde o un conde, he dado mi consentimiento. Y no acepto ninguna clase de argumento de tu parte.

Sin habla, lady Tsukino sólo lo observó sin pestañear, con la boca apenas abierta.

—Ikuko, hemos perdido a una hija, ¿o te has olvidado? Creo que cometimos un error al insistir en que contrajera matrimonio con lord Furuhata. Quizá Serena podría haber sido más feliz viviendo el resto de su vida como una solterona con reputación, revisando mis libros o trabajando como maestra de escuela. Te confieso que prefiero la opción de no saber dónde se encuentra en este preciso momento. Siento que le hemos fallado a Serena. Y recuerda mis palabras: no forzaré a ninguna de mis hijas con otro matrimonio, en especial ahora que Rei ha escogido bien por sí misma.

Asombrada por la vehemencia de su esposo, los ojos de lady Tsukino comenzaron a llenarse de lágrimas.

—Ikuko —agregó sir Kenji con un tono de voz más suave—, has hecho un buen trabajo en la educación de nuestras dos, y digo dos, increíbles hijas. Deberías estar orgullosa de Rei. Es una niña de una belleza excepcional, y esto ha acrecentado con razón tus ambiciones, como le sucedería a cualquier madre dedicada. Pero ha demostrado que es una niña racional, también, en la elección de su esposo, y por eso somos muy afortunados.

—Oh, Kenji —dijo una lady Tsukino más débil, con un tono de voz tembloroso por las lágrimas—. Tienes razón, ¿sabes? Acerca de Rei. Y acerca de Serena. Lo entiendo.

Sir Kenji se sintió más aliviado de lo que hubiera creído.

—Soy tan feliz, Ikuko.

—Pero, ¿no es admirable que Rei pudiera haber contraído matrimonio con un vizconde?

—Creo que sí. Pero en cambio contraerá matrimonio con un coronel y deberíamos sentirnos más felices por ello —dijo con suavidad—. Ahora bien, creo que le agradaría oír tu cambio de parecer. Ve con ella.

Lady Tsukino asintió deprisa y se enjugó las lágrimas con un pañuelo; luego, se volvió para subir las escaleras e ir en busca de Rei. «Hay más alegría en su modo de andar», observó sir Kenji con ironía. No había nada que pudiera compararse con la expectativa de gastar dinero en la celebración de una boda para alegrar a una madre.

—¿Ikuko? —preguntó de repente.

Lady Tsukino hizo una pausa en las escaleras.

—¿Sí, Kenji?

—Quizás podríamos pedirle al duque de Dunbrooke que nos ayude a encontrar a Serena. La apreciaba mucho cuando era mi mozo de cuadra.

—Es una buena idea, Kenji. —Continuó subiendo las escaleras llena de alegría.

El caballo que Artemis le había prestado para regresar a Londres era un animal hermoso, pero el modo de trotar era tan irregular que Darien temía que pronto iba a comenzar a sentirse mal. Disminuyó la marcha, destapó la petaca y deseó haber tenido la previsión de haber repuesto el whisky. El alcohol lo insensibilizaría. Keighley Park, el título, Lita, Furuhata, Serena… podían irse todos al infierno. Se olvidaría de todos ellos. Desde Londres, partiría a Norteamérica. Y desde allí, no le interesaba hacia dónde más. Finalmente podría perderse en la salvaje inmensidad de aquel país; dejaría que algo más grandioso le quitara el dolor.

«Te convertirás en una estatua de sal». Pero la tentación era demasiado grande y lo hizo: miró hacia atrás.

Algo se movía en el camino. Fuera lo que fuera, estaba todavía demasiado lejos para distinguir si era otro caballo con jinete, o un perro, o una persona a pie. Giró con el caballo para observar.

Cuando estuvo seguro, no se movió para acercarse. Deseaba y quería que ella llegara hasta donde él se encontraba. Bajó del caballo y esperó.

Y entonces, ella se bajó del caballo y corrió hacia él, chocando contra él, sin aliento. La abrazó. La levantó, le besó el cabello, el rostro, el cuello, para inspirar su esencia; ella permaneció aferrada a él, demasiado cansada como para permanecer de pie.

—Te amo, Darien.

—Yo también te amo.

—Lo siento mucho. Quería herirte.

—Y lo hiciste. Tranquilízate ahora, pequeña Sere. Yo también lo siento.

—No quise hacerte daño.

—Lo has hecho, pero todo va bien ahora. Lo merecía. Yo estaba equivocado.

—¿Me amas?

—Te amo. Lo siento mucho, pequeña Sere. Por todo. Tú eres mi vida, ¿sabes?

—Sh… —dijo, mientras apoyaba un dedo sobre los labios de Darien y luego sus propios labios. Darien Tomó su cara con ambas manos con un suave gemido y la besó con intensidad, lleno de agradecimiento.

—¿Dónde iremos? —preguntó cuando Darien levantó la cabeza.

—Adonde quieras. Norteamérica. India. Brighton.

—A los tres, entonces.

La besó con cariño en las cejas, primero una, luego la otra; Sere cerró los ojos y sonrió. Y luego, permanecieron abrazados en el camino durante un largo rato. Las manos se deslizaron con suavidad sobre sus cuerpos, como para asegurarse de que de verdad estaban allí juntos.

—Me temo que primero debemos regresar e ir en busca de Furuhata —dijo finalmente Serena.

—¿Por qué? —Darien se apartó de ella.

—Recibió una paliza cuando le robaron en la carretera y por eso está en el campamento. Se está recuperando.

—¿Qué hizo para que lo golpearan y le robaran?

—Simplemente no dejó de ser él mismo.

Darien suspiró.