La Esencia del Dragón

Por Dracofonte

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Llovía.

Una lluvia fría, espesa, que parecía provenir de una época oscura, remota. El telón gris que encapotaba el cielo parecía impenetrable, eterno, triste. Una tristeza que se derramaba sobre el mundo en forma de interminables gotas. Gotas golpeando su cuerpo de once años con dureza como reprimenda para obligarlo a no voltear atrás, lo mismo que el viento. El viento enviaba un fuerte rocío sobre sus rostro, forzándolo a cerrar sus ojos. La imagen de sus padres en ese momento era confusa, disuelta como una acuarela mojada. No podía recordarlos bien. Sólo recordaba la lluvia. Como ésta llenaba hasta el último centímetro de su cuerpo con un frío ártico. Recordaba el miedo. Miedo del hombre que lo sujetaba del brazo y lo alejaba de sus padres, de su casa, de su hogar. Era un hombre alto, tan alto como una montaña; como un volcán coronado por una cresta de rojiza lava. Su mano aprisionaba su brazo como un grillete.

Llovía.

Su padre se sobresaltó cuando el retador venció a todos los alumnos del dojo que lo enfrentaron al mismo tiempo. Sus movimientos fueron veloces, precisos. Como los de una fiera de pelaje carmesí descargando zarpazos contra un rebaño de ovejas rodeándolo. Los ojos de aquel hombre de músculos rocosos y cabellos de fuego desafiaron al maestro. Se irguió aceptando el reto. Su honor y su hijo dependían de su espada ahora. Las metálicas brillaron como relámpagos nocturnos y su choque resonó como temibles truenos. Ambos guerreros parecían igual de hábiles. Pero sólo era una apariencia. La espada que surca los cielos terminó por derrotar al maestro. El retador ganó. El niño era suyo.

Un silencio tan profundo como el abismo dominó el ambiente. Sólo se escuchaba la lluvia.

Llovía.

El rayo surcaba los cielos como una serpiente luminosa huyendo de la oscuridad. Ahora era un prisionero. Cautivo por el hombre alto de cabellera bermeja con una gran cicatriz en forma de cruz que atravesaba su rostro. Quiso huir. No podía. Era imposible huir de la mano de aquel hombre alto. Un miedo supersticioso lo invadió. Su captor no era un hombre. Era un demonio. Un demonio que lo alejaba de la luz y lo llevaba lejos, al infierno, a la oscuridad. Ojalá fuera un relámpago. Un relámpago que volara por el cielo apartando las tinieblas con su brillo.

¡Sí, él sería un relámpago y surcaría el firmamento para deshacer la oscuridad!

Capítulo 22: "Nostalgia"

Yuki depositó metódicamente el plato de arroz, la sopa de tallarines y el vaso de té sobre la mesa de su cliente. Mientras lo hacía lo miró disimuladamente, estudiándolo. Resultaba obvio que no pertenecía a la aldea pues conocía a toda la gente que vivía ahí y jamás lo había visto. Era un joven que apenas y sobrepasaba las dos décadas, alto, de gruesa complexión y largo cabello oscuro. Sus facciones era rudas, brindándole una atractiva apariencia varonil. Claro, no era tan guapo como su novio Shingo pero tenía lo suyo, pensaba la joven mesera. Una vez servida la orden Yuki estaba por retirarse cuando la voz de su comensal la detuvo.

"Disculpa, pero el perfume que usas... es jazmín, ¿no es cierto?" preguntó el forastero.

"Err... sí, así es" confirmó la aludida un poco desconcertada por la pregunta.

"Sí, eso pensé" dijo con cierta satisfacción.

Por un momento Yuki pensó que aquel chico le estaba coqueteando pero al contemplar su mirada que lucía pérdida, mirando al vacío, comprendió que más bien aquella fragancia le traía recuerdos. ¿Un antiguo amor? Por la expresión ensoñadora imaginó que sí. Se retiró de la mesa y se encaminó hacia la caja dónde su novio la miraba con desaprobación. Ella sonrió al sentir su vanidad halagada por los celos de él. Cuando estuvo a su lado, Shingo la cuestionó sobre la breve conversación que tuvo con el fuereño.

"¿Qué quería ese sujeto?" exigió saber el muchacho. Era de estatura mediana, delgado y de rasgos finos y atractivos. Su padre era el dueño de aquel restaurante y la posada que estaba a su lado.

"Nada, sólo me preguntó por la fragancia de mi perfume" respondió la aludida.

"Y claro, tú muy amable le respondiste" dijo con sarcasmo el chico.

"Oye, ¿qué culpa tengo de ser tan atractiva?" replicó Yuki para picar aún más su novio "Pero descuida, Shin, sabes que sólo tengo ojos para ti" agregó acariciando su mejilla en forma seductora.

Musashi observaba distraídamente el lugar mientras ingería sus alimentos. Era un local bastante pequeño con apenas una docena de mesas, decorado al más puro estilo oriental. La mesas eran chicas, elevas sólo pocos centímetros del piso y divididas por biombos; cuadros con paisajes pintados así como leyendas escritas en caligrafía china adornaban los muros; del techo colgaban varias pantallas de papel que cubrían las lámparas eléctricas sobre cada una de las mesas.

Mientras bebía un poco de té miró hacia una ventana dándose cuenta que el día agonizaba poco a poco. El tren había tardado más de lo que había imaginado, y además aún tenía que caminar unos diez kilómetros antes de llegar a las faldas del monte Myoshin. Hubiera sido más rápido haber volado pero lo cierto es que, a diferencia de León y Minerva, prefería usar sus poderes lo menos posible y actuar más como un ser humano ordinario. Cuando luchaba usaba todo su poder y habilidad, pero cuando no lo hacía era una persona común y corriente. Le gustaba dejar bien clara esa situación. "Lo mejor será alquilar una habitación en la posada colindante y continuar el viaje mañana" -pensó luego para apartarse de sus anteriores divagaciones.

En ese momento el sonido de una discusión que ocurría un poco más allá de su mesa atrajo su atención. Junto a la caja, el chico que la atendía discutía acaloradamente con un par de hombres. Uno era delgado, alto, de cabello negro, largo hasta los hombros; el que estaba a su lado era casi de la misma estatura, sólo que su complexión era robusta, como la de un toro y su cabeza estaba completamente calva.

"No tienes por qué enojarte tanto, amigo, sólo fue una leve palmadita en el trasero" dijo con voz cínica el más delgado.

Pero la explicación sólo hizo enfadar más Shingo.

"¡¿Cómo te atreves?! ¡Sólo lárguense de mi restaurante o los sacaré a patadas!" exclamó iracundo.

La orden del cajero hizo que se borrara la sonrisa cínica del tipo de cabello largo. Yuki casi se desmayó cuando vio como éste sacó una pistola y encañonó a su novio.

"¡Escúchame bien, estúpido, ningún pueblerino imbécil me va a correr de una pocilga como esta, ¿quedó claro?" le espetó el pistolero.

La furia en la mirada del joven se apagó un poco al ser invadida por el miedo que le produjo aquella arma. Había visto a esos dos sujetos desde dos días atrás, incluso comieron en su restaurante y ya desde entonces notó la forma en como miraban a su novia. No le dieron buena espina y ahora se daba cuenta que su impresión fue acertada. Lo malo es que tal vez no viviría para vanagloriarse de su buena intuición.

"Es mejor que bajen esa arma" intervino una tercera persona.

Tanto Shingo como el pistolero y su acompañante voltearon hacia el hombre que dijo aquellas palabras. Musashi les dirigió una mirada tranquila, casi amable, lo cual desconcertó a todos, sobre todo al que empuñaba el arma. Éste al ver la talla de Hayabusa inmediatamente apuntó su pistola hacia él, lo mismo que su acompañante que desenfundó su propia arma. Musashi ni se inmutó ante tal situación. Lo que captó su atención fue la pequeña parte de un tatuaje que se alcanzaba a ver por debajo de la manga de la camisa de uno de los hombres. Lo identificó: se trataban de las marcas de un Yakuza.

"Mejor ni te metas en este asunto a menos que quieras un poco de plomo" advirtió el más delgado.

"Un hombre no debe empuñar un arma si no está dispuesto a matar..." dijo cambiando su mirada tranquila por una de frialdad extrema "Y a morir"

Antes de que si quiera se dieran cuenta de qué sucedía el joven samurai les arrebató las pistolas de las manos. Los dos Yakuza lo miraron con asombro y miedo por la insólita acción, lo mismo que Shingo y Yuki.

"Váyanse, a menos que quieran terminar así" dijo Musashi deshaciendo ambas armas entre sus dedos y acentuando aún más la expresión fría de sus ojos.

Ni tardos ni perezosos la pareja huyó despavorida. Lanzó un ligero suspiro de fastidio. Donde quiera había idiotas con armas, por fortuna su pequeño acto de intimidación había resultado y le evitó una pelea innecesaria. Pensó en ese momento en León. De estar ahí seguramente no se hubiera contentado con desarmarlos e intimidarlos, además les hubiera dado una buena paliza. Pero a él no le gustaba la violencia y prefería evitarla en la medida de lo posible.

"¡Eso fue asombroso!" exclamó Yuki a Hayabusa.

"No fue nada" replicó modestamente Musashi un poco incómodo por la felicitación. Era una de las razones por las que no le agradaba hacer gala de sus habilidades, llamaba demasiado la atención.

"¿Nada? Pero si te moviste tan rápido que ni siquiera pude ver tus manos al quitarles las armas" insistió la mesera.

"Vamos, ya déjalo en paz, Yuki" le dijo Shingo celoso por los halagos.

"¿Ustedes conocen a esos sujetos?" preguntó Musashi para cambiar de tema.

"No, son fuereños" replicó el cajero "Igual que tú"

Al joven samurai no le gustó el tono acusatorio que utilizó Shingo al dirigirse a él. Inmediatamente notó la forma en como había rodeado su brazo alrededor de los hombros de la joven y eso le bastó para entender la situación.

"¿Y piensas quedarte mucho tiempo?" quiso saber Yuki.

"No, sólo esta noche" respondió el dragón celeste "¿Saben si hay vacantes en la posada de a lado"

"Sí, hay varias habitaciones libres, como no es temporada para esquiar no hay muchas visitas" explicó Shingo "Hay varios otros hospedajes en el pueblo pero te aseguro que ninguno como nuestra posada" agregó con un tono mucho más amable.

Al parecer su instinto mercantil era mayor que sus celos. Esta situación divirtió un poco a Musashi y compadeció a la chica por tener un novio tan materialista. Agradeció a la pareja y fue de regreso a su mesa donde terminó su comida. Después fue a la caja y pagó el consumo dejando además una buena propina. Al salir pasó cerca de Yuki y nuevamente percibió el delicioso olor de su perfume.

"Jazmín..." murmuró con un tono de profunda nostalgia.

* * *

Isla Gairyu, seis años atrás...

Un sol de oro se derraba copiosamente sobre la blanca arena de la playa. El mar acariciaba suavemente la orillas con sus cerúleas manos. A lo lejos los graznidos de las gaviotas acompañaban la armoniosa melodía de las olas. Todo este agradable ambiente pasaba inadvertido para Musashi quién tenía su mente enfocada en su blanco. Una gran columna de roca sólida se erigía frente a él. Medía dos metros de alto por uno de ancho. Se concentró. Relajó su cuerpo y comenzó a respirar lentamente a la vez que adoptaba la postura de ataque Battou. Un poco más retirado, su maestro, Hiko Seijuuro, lo observaba atentamente. Hiko era un hombre alto, fornido; tenía una larga cabellera pelirroja, pero su rasgo más sobresaliente era las dos cicatrices que le cruzaban el rostro formando una "X" cuyo punto de intersección era en medio de las cejas.

"¡Hazlo!" ordenó de pronto el maestro.

Tras la señal Musashi dio un paso y desenvainó la espada que tenía pegada a su cintura. El golpe fue veloz, preciso y devastador. La columna se partió en dos con un corte limpio. El pelirrojo sensei miró con satisfacción la hazaña de su discípulo. No cabía duda de que después de seis años de entrenamiento había conseguido dominar el Battoujutsu, el más difícil y letal de los cortes del Kendo. Muy pronto estaría listo para las técnicas secretas de la escuela Hiten Mitsurugi.

"¡Wow! ¡Eso fue impresionante!" exclamó una voz femenina.

Tanto maestro como discípulo voltearon hacia el sitio donde provino aquella voz. Se trataba de una bella joven de largo cabello rubio, de rasgos finos, grandes ojos azules y ataviada con un uniforme de preparatoria. Al verse descubierta la chica avanzó hacia el lugar donde Hiko se encontraba, al estar frente a él le hizo una pequeña reverencia.

"Muy buenas tardes tenga usted, señor Seijuuro" saludó respetuosamente la joven.

"Buenas tardes, Teiko" replicó el maestro con afabilidad.

Después miró a su discípulo que no pudo ocultar la alegría de ver a la chica en aquel lugar. Teiko Agasa era una joven que vivía en Taimuzu, la pequeña ciudad que había en la isla. Era hija de un rico comerciante y había conocido a Musashi hacía dos años cuando maestro y discípulo la habían rescatado a ella y a su familia del mar cuando su yate había sufrido un percance y se estaba hundiendo, hacía ya dos años. Desde entonces Musashi y la chica se habían vuelto buenos amigos (y tal vez algo más). La joven le agrada pero a veces le impacientaba que se apareciera por ahí durante los entrenamientos porque su alumno se distraía completamente.

"¿Qué es lo que se te ofrece, Teiko?" preguntó el maestro aún sabiendo la respuesta.

"Pues quería ver si le daba permiso a Musashi para acompañarme a una fiesta que vamos a tener" replicó la chica.

Hiko nuevamente dirigió una mirada seria hacia Musashi quién se mostró imperturbable ante la situación como buen samurai (aunque sabía que no era más que una fachada y que estaba ansioso por oír la respuesta a la súplica de la joven), y de vuelta a la chica. Lanzó un suspiro y una leve sonrisa se asomó por su faz. Como todo caballero le era imposible rechazar la petición de una dama. Sin embargo Musashi tendría que pagar el precio de abandonar los entrenamientos.

"De acuerdo" aceptó. Luego puso sus ojos en Hayabusa "Sin embargo mañana tendrás que hacer el triple de ejercicios y 1000 golpes de espada, ¿queda claro?"

El aludido asintió en señal de conformidad. No le importaba el entramiento extra, haría cien mil golpes de espada si fuera necesario con tal de salir aunque sólo fueran unas horas con Teiko. Unos minutos después (luego de que Musashi se bañara y cambiara) se encontraban sentados en la banca de un parque de la ciudad esperando a un amigo. A Hayabusa le gustaba mucho la joven Agasa ya que no sólo era bonita sino además bastante simpática e inteligente y siempre se divertía mucho cuando charlaba con ella.

"¡Cómo se tarde ese tonto de Heiji!" exclamó Teiko impaciente.

El joven espadachín sonrió. Heiji Kawamura era el mejor estudiante de la preparatoria Taimizu y presidente del club de literatura de la misma. Aunque era un joven muy inteligente no podía evitar ser algo despistado y era común que olvidara citas o que se perdiera en el camino cuando iba a algún lado. Musashi opinaba que tal vez se quedó dormido o andará en otra calle tratando de recordar el lugar donde se verían. Era buen tipo y le agradaba, además junto con Teiko era su único amigo.

"Vaya, de seguro el muy tonto no se acuerda donde deberíamos de vernos" opinó la chica "Si no fuera porque me gustan mucho los versos que escribe lo mandraría a la goma" agregó aunque Hayabusa sabía muy bien que no hablaba en serio. Heiji era su amigo desde la infancia y sabía que le tenía mucho aprecio y admiración por su brillantez, aunque no le gustaba admitirlo "¿Quieres que te muestre el último poema que escribió?"

El aludido simplemente asintió. La joven sacó un trozo de papel de su bolso y lo desdobló.

"Es un poema un poco largo así que sólo te leeré las dos estrofas finales que fueron las que más me gustaron"

Siento las lunas escurrirse entre mis dedos.

Misteriosa alquimia

Que vuelve al carbón plata.

El epílogo casi comienza,

Y sigo sin escuchar

El dulce canto de Sirenas

Sólo la risa de las Moiras

Al vestir de polvo y madera.

"Es bueno, ¿no opinas lo mismo?" comentó al terminar la recitación.

"Sí, es bueno" convino Musashi aunque él realmente no entendía nada de poesía pero prefería no contravenirla ya que ella era una gran admiradora de los versos de su amigo.

Ante el poco interés Teiko le miró enfadada.

"¡Ni si quiera le pusiste atención!" le reclamó la joven.

"Tranquila, es que yo no sé nada de poesía ¿cómo quieres que lo entienda?" se defendió Musahi.

"Es que no se trata de enteder sino de sentir" le explicó Agasa "¿Qué acaso no tienes sentimientos?"

La chica se acercó y le dio unos toquesitos con la punta de su dedo en el pecho indicando el corazón. Hayabusa pudo percibir la fragacia del jazmín que la rodeaba. Siempre le había gustado ese perfume y aunque sabía que era una tontería se le figuraba que en Teiko este olor se volvía todavía más agradable.

"No es eso, pero la verdad es que se necesitan más que unas palabras bonitas para conmoverme" replicó el joven samurai.

"Eso es porque eres una roca" dijo la chica "Hasta el maestro Seijuuro disfruta de la buena poesía"

Musashi recordó haber visto varios libros de Haikus en el cuarto de su maestro y de vez en cuando solía soltarle algunos provervios de Lao Tse, Confucio y Dios sabe que otros sabios durante los entrenamientos. Sin embargo él no le agradaba demasiado el área intelectual, prefería dedicarse completamente al entrenamiento en el uso de la espada.

"Bueno, bueno, tienes razón soy un inculto supongo que es algo que mejoraré en el futuro pero por le momento me dedicaré a mejorar con la espada" dijo Hayabusa.

"Pero si ya eres muy bueno" alegó Teiko. Después de eso abrió su bolso y comenzó a revolverlo buscando algo. Luego de un rato extrajo un libro, encuadernado en rústica, en cuya portada aparecían las siluetas de dos amantes de perfil al ocaso. Al parecer se trataba de una colección de poemas japoneses. "Toma, te lo regalo porque no sólo hay que entrenar el cuerpo sino también la mente, así ambos estarán parejos"

Un poco desconcertado Musahi tomó el libro sin saber que ya nunca se despegaría de él.

* * *

La luz de la luna se deslizaba desde la ventana hasta posarse con geometría sobre el piso de la habitación, hiriendo levemente la piel negra de la noche. Hayabusa abrió los ojos como si fuera la primera vez que despertara en el mundo. No se encontraba adormilado sino sacudio por una súbita lucidez. Eso pasaba cuando sus sentidos le indicaba que algo malo ocurría. Encendió la luz de la lámpara de noche y se sentó en la cama tratando de ordenar sus ideas. Su garganta estaba seca por lo que se levantó y fue hasta la cómoda donde había dejado su maleta. Del interior sacó una botella de agua que había comprando en la estación y bebió con avidez. Mientras lo hacía pudo ver un objeto que sobresalía de la maleta. Se trataba de un pequeño libro de bolsillo de poesía japonesa. Musashi dejó la botella a un lado y tomó el libro. Habían pasado seis años desde que se lo habían obsequiado y desde entonces siempre procuraba cargarlo a todas partes. Era una especie de amuleto de la buena suerte. Al igual que la fragancia del jazmín ese libro siempre conseguía ponerlo nostálgico.

En ese momento un cierto alborotó le hizo volver a la realidad. Algo sucedía en el vestíbulo de la posada donde se había hospedado. Se puso sus zapatos y su camisa; salió de su habitación y se deslizó escalera abajo con sigilo. Escondido a un lado de la escalera pudo distinguir a varios hombres reunidos entorno al mostrador de la recepción. Uno era el chico que atendía el restaurante llamado Shingo; a su lado se encontraba un hombre maduro, de unos cincuenta años de edad, cabello cano y mostacho prominente, en mangas de camisa (era evidente que se había vestido apresuradamente); el tercer individuo era alto y delgado, aparentaba unos treinta y seis o treinta y siete años, con un corte de cabello militar y una expresión igualmente marcial reflejada en sus ojos negros. Por su uniforme se deducía que era un oficial de la policía.

"Ya veo, entonces alguien ha secuestrado a la joven Fujime, ¿no es así, señor Tomoaki?" dijo el agente luego de leer la nota que sostenía en sus manos.

"¡Así es, capitán Taki!" explicó el hombre maduro "Hace un rato llamaron a la puerta y dejaron esa nota" explicó "Al principio pensé que podría tratarse de una broma por eso llamé a casa de Yuki pero me dijeron que no había regresado, por eso lo llamé"

El policía se sujetó el mentón y asintió mientras estudiaba una vez más la nota evaluando la situación. Contaba con un par de gendarmes más a su cargo y esa era toda la fuerza de seguridad del pueblo. Definitvamente tendría que informar a la comisaría central de la prefectura para que le enviaran más hombres. Por fortuna la nota pedía el rescate para dentro de 24 horas, no era mucho tiempo para organizarse pero creía que si actuaba con rápidez bastaría.

"Escuche, señor Tomoaki, lo cierto es que no cuento con el personal y la experiencia necesaria para manejar este caso..." empezó a decir el agente de la ley.

"¡¿Está diciendo que no va a hacer nada?!" le interrumpió Shingo.

"¡Shingo! ¡Cálmate!" lo reprendió Tomoaki.

"¡Pero, papá!"

"No fue lo que quise decir" aclaró el capitán Taki "No cuento con el personal necesario para este caso por eso pienso llamar a la comisaría central de la prefectura para que envien a la unida anti-secuestros"

"¿Y cuanto tomará eso?" quiso saber el señor Tomoaki.

"Si hago la llamada inmediatamente creo que podrán estar aquí en unas seis horas" explicó el policía.

"¡Eso es demasiado, Yuki morirá para entonces!" protestó desesperado Shingo.

"¡Cálmate, muchacho, el rescate lo debemos entregar dentro de veinticuatro horas así que hay tiempo!" trató de tranquilizarlo su padre.

"El señor Tomoaki tiene razón en estos casos lo mejor es mantener la calma"

El joven encongió los hombros y lanzó un profundo suspiro en señal de resignación. Ya no dijo nada más y prefirió retirarse y dejar solos a su padre y al policía discutir el asunto. Era obvio que su opinión no contaba.

. . .

Unos diez minutos después se encontraba internado en medio del bosque. No podía confiar mucho en el capitán Taki si no se había dado cuenta que los culpables del secuestro de su novia eran los tipos que habían irrumpido en su restaurant unas horas antes. Y que sólo había un lugar en el que podrían haberse escondido en un pueblo tan pequeño como el suyo. Por ello había preferido acutar él solo. Había dejado a su padre y al policía en su casa. Salió por la puerta trasera y se dirigió al templo Tsujimi que llevaba décadas abandonado y qué el conocía bastante bien por haber jugado cientos de veces en él acompñado de Yuki.

"Es peligroso caminar sólo de noche" dijo repentinamente una voz.

Alarmado, Shingo proyectó la luz de la linterna que llevaba en su mano izquierda y apuntó el revolver que sostenía con la derecha. El círculo de luz descubrió la figura de Musashi quién lo esperaba recargado en un árbol con los brazos cruzados. A pesar de reconocerlo Shingo no dejó de apuntarle con su arma. Si estaba ahí lo más seguro era que también estuviera implicado en el secuestro.

"¿Qué haces aquí?" preguntó con sequedad Shingo.

"Ayudarte" replicó tranquilamente Hayabusa "Escuché la conversación que tuvieron tu padre, el policía y tú en la posada y al verte irte así como así supuse que sabías donde podría estar tu novia y que intentarías rescatarla"

"¿Cómo sé que no eres parte de esto?"

"No lo sabes" repuso con calma el dragón.

Shingo meditó la cuestión unos segundos. Lo cierto es que si quisiera hacerle algo le hubiera resultado más sencillo atacarlo en la oscuridad sin que él se diera cuenta que tratar de establecer un lazo de confiazan y atacarlo por la espalda. Además había visto su despligue de habilidad y fuerza horas antes por lo que resultaba un compañero últil. Aún así no iba a confiar del todo en él.

"¿Por qué quieres ayudarme?"

"Por qué soy un samurai y es lo que hago" respondió Musashi colocando su mano izquierda sobre la empuñadura de la katana que tenía pegada a la cintura.

¿Samurai? Shingo tuvo ganas de reírse. Alguien debería decirle a este sujeto que los samurai dejaron de existir hace mucho tiempo. De cualquier manera no le pareció que el sujeto que tenía enfrente tuviera malas intenciones, a lo mejor estaba un poco loco, pero aún así juzgó que era confiable. Más relajado bajó su arma y dedicó unos segundos a estudiar la espada de Musashi. No sabía mucho de katanas pero en su opinión la blanca era de buena calidad.

"Muy bien, aceptó tu ayuda" Luego apuntó la luz de la linterna hacia el camino que subía una cuesta en medio de aquel bosque "Hay un viejo templo subiendo la cuesta, es el único sitio de la zona donde esos dos sujetos podrían esconderse con Yuki"

"¿Esos dos?" preguntó Hayabusa "¿Te refieres a los yakuzas de hace unas horas?"

"¿Cómo sabes que eran yakuzas?"

"Vi algunos de sus tatuajes"

Shingo se quedó pensativo. Esta nueva información sólo afianzaba su opinión de que esos dos eran los responsables del secuestro de su novia. Decidió dejar de pensar en ello y seguir adelante.

"Dejemos de perder el tiempo y vayamos hacia el templo"

El joven pueblerino siguió su camino acompañado del espadachín. Mientras lo hacía Musashi dirigió una mirada hacia la pistola que Shingo empuñaba. Se trataba de un revólver calibre .38.

"¿De dónde sacaste esa arma?" quiso saber Hayabusa.

"Hmmm... ah, la tomé del escritorio que tiene mi padre en su despacho" replicó Shingo "Como esos tipos estaban armados se me hizo buena idea ir preparado para enfrentarlos"

Musashi frunció el ceño ante las palabras de Shingo.

"¿Alguna vez le haz disparado a alguien?" quiso saber el samurai.

"¡Claro que no!" exclamó Shingo casi horrorizado por la pregunta.

"En ese caso no deberías empuñar un arma" dijo Musashi con mucha seriedad.

"¿Qué quieres decir con eso?" dijo Shingo desconcertado "¿Es que preferirías que fuera desarmado a enfrentar a esos hombres?"

El joven se detuvo y encaró a Hayabusa. A pesar de la noche pudo distinguir la expresión de seriedad que se había trazado en el rostro de aquel fuereño gracias al resplandor de la luna creciente.

"Mi maestro me dijo una vez que: una espada es un arma y el kendo es un arte que sirve para matar" dijo Musashi "Lo mismo puede aplicarse a esa pistola que llevas en la mano" agregó indicando el revólver que empuñaba Shingo "Supongo que piensas que puedes asustarlos con ella y obligarlos a soltar a Yuki, pero ¿qué harás si eso no funciona? ¿realmente eres capaz de dispararle a una persona?"

Shingo no respondió. Realmente no se había puesto a pensar en tal cuestión. En su desesperación simplemente cogió la pistola del cajón del escritorio donde la guardaba su padre y salió a toda velocidad a salvar a su novia sin reflexionar en nada más. Ahora que Hayabusa se lo preguntaba no sabía que responder. ¿Realmente podría hacerlo? ¿podría tomar una vida? Un mar de dudas comenzaron a ahogarlo.

"Un hombre no debería tomar una arma sin saber si tiene la fuerza para soportar la carga que representa el matar a otra persona" dijo Musashi "Y estar conciente que además también puede morir al hacerlo"

Shingo siguió sin responder. Musashi comenzó a caminar de nuevo dejándolo atrás. El chico reaccionó y se volvió para cuestionar a Hayabusa: "¿Y qué hay de ti? Tú llevas una espada ¿acaso la haz usado para quitarle la vida a otro ser humano?"

"Sí" dijo el espadachín sin mirarlo.

El joven aldeano se quedó atónito ante la respuesta. Musashi continuó caminando, seguido de Shingo quien iba un poco más atrás. Ninguno habló de de nuevo. Hayabusa comenzó a pensar en lo que iba a hacer una vez que llegara al sitio donde posiblemente encontraría a la chica y a sus captores. Ciertamente lo último que deseaba era tener que matar a alguien pero él sabía muy bien las consecuencias de dudar en situaciones como esa. Sintió una extraña sensación de Déjà vu ya que algo parecido le había ocurrido hacía mucho tiempo...

* * *

Isla Gairyu, hace seis años...

Heiji Kawamura corría a toda velocidad. A lo lejos pudo divisar la figura de su amigo Musashi, quien parecía impaciente. Kawamura era un joven de estatura media, delgado, cabello negro corto; su rostro poseía rasgos suaves pero masculinos y sus anteojos de fino armazón le daban un aire intelectual a la vez que tímido. Se detuvo justo frente al aprendiz de espadachín, aunque se encontraba sin aliento y tardó un poco en hablar con su amigo. Hayabusa miró divertido al joven de lentes.

"Esta es la primera vez que llegas primero que Teiko" comentó Musashi "Va a ser divertido molestarla con ello"

Pero Heiji no rió con la broma. Miró a Hayabusa con expresión de profunda preocupación.

"Teiko no vendrá" dijo finalmente.

"¿De qué hablas?" preguntó Musashi desconcertado pero al ver la expresión de su amigo comprendió que algo andaba mal "¿Le ocurrió algo a Teiko?"

El aludido asintió.

"Fue secuestrada" replicó Kawamura "Esta mañana cuando iba a la escuela. Un poco más tarde los secuestradores llamaron al señor Agasa para pedir el rescate"

"¿Cómo es que te enteraste?" quiso saber Hayabusa.

"Pues cuando pasé por Teiko a su casa una de las empleadas domésticas me lo dijo" contestó Heiji "El lugar estaba lleno de policías. Por eso vine corriendo a buscarte, Teiko me contó que eres capaz de ubicar a una persona por medio de algo llamado Chi o Ki"

"Sí, fue algo que aprendí en mi entrenamiento"

El rostro de Kawamura se iluminó.

"Entonces vamos a casa de Teiko para que le digas a la policía donde está" lo instó el cuatro-ojos.

Pero Musashi lo ignoró. Se sumió en sí mismo y expandió su percepción extrasensorial a un rango que abarcara toda la isla. Nunca había intentado sentir tan lejos por lo que necesitaba una concentración absoluta. Ubicó inmediatamente el Ki de Teiko a diez kilómetros al noroeste de su posicón. Si no le fallaba la memoria había un viejo astillero ahí. Era un buen lugar para enconder a un rehén. Esforzándose un poco pudo percibir al menos otras cinco presencias cerca de ella. Indudablemente se trataban de sus captores.

"Oye, Musashi, ¿me oyes?" dijo Heiji tratando de sacarlo de su ensimismamiento.

"Teiko se encuentra en el viejo astillero Numa" dijo de pronto Hayabusa al volver a la realidad "Hay al menos cinco secuestradores con ella"

Su amigo le miró asombrado

"¡¿Cómo sabes eso?!" preguntó perplejo.

"Usé mi percepción del Ki" dijo el aludido como no dándole importancia al asunto "Ve y aviza a la policía"

"¿Y tú que piensas hacer?"

"Debo ir a recoger algo" fue su única respuesta antes de marcharse corriendo a toda velocidad.

Diez minutos después se encontraba en la casa donde vivía con su maestro Hiko. Éste último no se hallaba ahí ya que se había ido a meditar a un islote cercano. Musashi rápidamente corrió a su cuarto y tomó su katana. Sabía que el tiempo de respuesta de la policía sería muy lento y que él con las habilidades del estilo Hiten Mitsurugi era la mejor oportunidad que tenía Teiko. Sin pensárselo partió a rescatar a su amiga. Veinte minutos después se encontraba cerca del lugar donde tenían cautiva a la chica. El astillero era una enorme construcción rectangular colocada justo a la orilla del muelle, con grandes muros de unos diez metros de alto pintados de color gris y techado con láminas de zinc. Había una gran compuerta que presumiblimente se usaba para introducir los materiales con los que se construían barcos en antaño cuando el astillero aún funcionaba. Además de ésta había un puerta de servicio a un lado, y la salida de los barcos armados al lado del mar. Frente a la puerta de servicio había un hombre regordete, ataviado con ropa de playa fumando un cigarrillo. En su mano izquierda llevaba un periódico enrollado donde Musashi supuso que tendría oculta un arma. Usando su percepción del Ki descubrió que los otros cuatro estaban en el interior y además de Teiko no encontró ninguna presencia adicional.

[Perfecto] pensó.

Musashi sujetó la empuñadura de su espada y se lanzó sobre el centinela. Haciendo uso de la mayor habilidad de su estilo de Kenjutsu, la Shin So Ku (Súper velocidad divina), golpeó al vigilante sin que este se diera cuenta siquiera. El individuo se desplomó inconsciente luego de rebotar contra la pared. Hayabusa lo había golpeado con el borde sin filo de su katana. Quizá fueran unos secuestradores pero él no era un asesino. En eso sintió como dos personas más se aproximaban desde el interior del edificio. Seguramente habían escuchado el sonido que hizo su compañero al caer al piso. Retrocedió varios pasos de la puerta y justo cuanto estaban por abrirla Musashi realizó la técnica Do Ryu Sen (Explosión terrestre), golpeando fuertemente el suelo con su espada lo que generó una poderosa onda de choque que abrió el piso, disparando al mismo tiempo una lluvia pétrea. La puerta del astillero se sumió en el interior embistiendo a los dos hombres tras ella y dejándolos fuera de combate. Musashi ingresó entonces al interior del edificio. Otro de los hampones comenzó a dispararle en cuanto lo vio, pero el samurai esquivó fácilmente los proyectiles con su velocidad sobrehumana y de un solo rajo partió la pistola de su atacante en dos e inmediatamente lo atacó con un golpe de su katana en las costillas, fracturándoselas. Al igual que con el primero, el golpe había sido con el borde plano. Ahora sólo quedaba uno. Estaba por buscarlo por su Ki cuando escuchó una voz.

"¡Alto ahí!" miró hacia el fondo y vio a un hombre que en su mano izquierda tenía una pistola con la que apuntaba a Teiko, que estaba a su lado. En su mano derecha llevaba una katana como la de Musashi "¿Quién demonios eres tú?"

"Suéltala" ordenó Hayabusa.

"¡¡¡Musashi!!!" exclamó la joven.

"¡Cállate!" dijo el secuestrador dándole un golpe con el cañón de su pistola.

Musashi aprovechó la pequeña distracción para arrojarse contra el hampón. En menos de un segundo estuvo frente a él para luego lanzarle un molinete que lo despojó de su pistola. Sin embargo éste reaccionó y con su propia katana contraatcó con un sablazo pero chocó contra la hoja de la espada de Musashi. Éste hizo uso de toda su fuerza y logró apartar a su oponente colocándose entre él y Teiko.

"Maldito mocoso, eres bueno" admitió el criminal "Me llamo Hiroshi Okubo, ¿cuál es el tuyo?"

"Yo me llamo Musashi Hayabusa" replicó el aludido sin perderlo de vista y sin relajar en ningún momento su guardia.

"Supongo que eres el novio de esta chica" observó Okubo "Va a ser un lástima que te vea morir en mis manos"

Era una provocación. Hayabusa se dio cuenta inmediatamente por lo que no se inmutó. Ante todo siempre había que mantener la calma. En la posición en la que se encontraba Teiko estaba segura y eso era lo importante. Por lo tanto no había ninguna razón para moverse. Viendo que su táctica no había dado resultado Okubo se lanzó sobre Musashi descargado un fuerte mandoble que éste pudo bloquear sin dificultad con molinete para luego contraatacar con una estocada que su oponente esquivó dando un salto hacia atrás, sin embargo el ataque logró hacerle una ligera herida en el torso. Eso estuvo cerca, pensó Okubo. En ese momento el hampón notó como Musashi adoptaba la postura battou.

[¿Qué? ¿A pesar de ser tan joven sabe utilizar técnicas como esas?] pensó Okubo.

"Es mejor que te rindas" dijo Hayabusa "Si intentas acercarte te partiré en dos como mi corte battou, además la policía ya viene en camino"

¿Estaría diciendo la verdad o sólo era un bluff para desconcentrarlo? En cualquier caso sabía que no se podía acercar a Musashi mientras estuviera en esa posición. Había visto los movimientos del joven espadachín y sabía que era capaz de cumplir su amenaza de partirlo en dos. Quizá la mejor alternativa era huir, a final de cuentas le resultaba claro que el chico estaba ahí por su rehén y no para detenerlos. Estos pensamientos cruzaban por la cabeza de Okubo cuando escuchó a su espalda el estruendo de un arma de fuego. Musashi cayó pesadamente al piso. Hiroshi se volvió sólo para descubrir a su compañero Takenori (el hombre que cuidaba el lugar desde el exterior) parado en la entrada del astillero mientras sostenía su arma humeante.

"¡Maldito escuincle, me dio un buen golpe!" exclamó Tekenori.

"¡MUSASHI!" exclamó Teiko al mismo tiempo que corría hacia el lugar donde yacía su amigo.

La joven se arrodilló a un lado para examinar la herida de Hayabusa. La bala lo había alcanzado en un costado, a la altura del vientre. Abundante sangre manaba del orificio hecho por el proyectil. La chica imaginó que la herida debía doler bastante pero lo único que pudo percibir en el rostro de Musashi fue ira y frustración, pero ni rastros de dolor. Analizó la situación: con esa herida le sería imposible ya no se diga usar bien la espada sino moverse en general. Ahora comprendía perfectamente el enfado de su amigo. En ese momento vio por el rabillo del ojo como los dos hombres se acercaba y deliberaban entre sí.

"Hiroshi, ¿qué vamos a hacer ahora?" quiso saber Takenori.

El aludido reflexionó la situación.

"Sí ese chico pudo hallarnos la policía igualmente" opinó Okubo.

"¿Y qué hacemos con ellos?"

"No podemos arriesgarnos a que nos delaten" replicó Hiroshi y sus palabras sonaron exactamente como lo que eran: una sentencia de muerte.

Una sonrisa siniestra se trazó en los labios de Takenori ante aquella declaración. Teiko pudo ver el brillo de la muerte en su mirada y se abrazó con fuerza a Musashi esperando lo peor mientras que éste intentaba desesperadamente levantarse pero el dolor se lo impedía. El hampón levantó su arma y apuntó hacia ellos. No había el más mínimo asomo de compasión en su expresión. La muerte de otros le era indiferente. Cerró los ojos y se preparó para lo peor. Sin embargo en vez de oír el atronador sonido de la detonación escuchó un alarido que la estremeció. Abrió los ojos tras escuchar aquello y vio como el brazo que sujetaba la pistola caía al piso lanzando un surtidor de sangre que bañó a su dueño de pies a cabeza. Teiko trataba de asimilar lo que había sucedido cuando vio como Okubo se lanzaba sobre un tercer hombre que había aparecido repentinamente. Era un hombretón pelirrojo que la joven reconoció de inmediato.

"¡¡¡Señor Seijuuro!!!" exclamó con alegría la joven Agasa.

Okubo arremetió contra Hiko lanzando una estocada pero éste la esquivó haciendosé hacia la izquierda y describiendo un semicírculo contraatacó con su técnica Ryu Kan Sen; la hoja de su katana golpeó la nuca de Okubo haciendo que su cabeza se desprendiera como la tapa de una botella de gaseosa al ser abierta por la presión del gas. El cuerpo decapitado calló primero de rodillas antes de precipitarse definitavemente contra el suelo. Pero el maestro del Hiten Mitsurugi no perdió tiempo en contemplarlo y de inmediato se lanzó contra Takenori que intentaba, superada su estupefacción por la pérdida de su brazo, hacerse con su arma de nuevo. Antes de que reaccionara su pecho fue atravezado por una sertera estocada de Hiko y cayó sin vida al suelo.

Al asegurarse que estuviera muerto se dirigió donde los dos jóvenes mientras limpiaba la sangre de su espada con un pañuelo. Ambos estaban conmocionados por la forma tan fría en que había ejecutado a la pareja de criminales.

"Los ha... ha matado" balbuceó Teiko en forma ausente, como si su mente no acabara de asimilar lo que había sucedido.

"Fue necesario" replicó Hiko con frialdad "La espada es un arma y el Kenjutsu es un arte que sirve para matar" agregó mirando diractamente a Musashi "Quien no se es capaz de aceptar esta verdad no merece portar una katana"

Hayabusa permaneció en silencio ante aquellas palabras. Minutos más tarde llegó la policía acompañado del padre de Teiko y de Heiji Kawamura. Al ver a su amigo la joven Agasa corrió hacia él y le dio un fuerza abrazo en medio de sollozos por parte de los dos. Musashi sintió un dolor muy agudo en ese momento que nada tenía que ver con su herida. De repente una lucidez inusitada le invadió, haciéndole comprender muchas cosas. La policía detuvo a los tres hampones que continuaban con vida e interrogó Hiko sobre las muertes de los otros dos. Éste aceptó ser el que había terminado con sus vidas pero alegó que había sido en defenza propia. Dadas las circunstancias los policías aceptaron la versión como cierta pero aún así tuvo que ir con ellos a la comisaría a rendir declaración. Musashi fue transladado a un hospital para ser atendido de su herida.

. . .

Hospital de Taimuzu, al día siguiente...

Hiko entró en la habitación número quince donde se encontraba Musashi. Le habían informado que su herida no era demasiado seria gracias a qué la bala no había tocado ningún órgano vital. Era una verdadera suerte. Al entrar vio a su discípulo recostado leyendo un libro de poemas japoneses. Esto le llamó la atención puesto que a Hayabusa no le gustaba la lectura pese a que él le había insistido en ello bastante. Esto sólo puede ser obra de una mujer, pensó para sus adentros. Al lado de la cama sobre una cómoda había un ramo de rosas frescas. El hombre pelirrojo arrimó una silla a la cama y se sentó en ella. Fue entonces cuando Musashi se percató de su presencia.

"Parece que haz tenido buena compañía en mi ausencia" observó Hiko.

"Teiko y Heiji han estado aquí" dijo de forma distraída en aludido "¿Y a usted cómo le fue con la policía?"

"Bien, aceptaron lo de defenza propia, además esos hombres traían armas de fuego y yo sólo mi espada" replicó Seijuuro "Eso ayudó bastante"

Se produjo una pausa. Musashi dejó el libro sobre la mesita de noche que había a un lado de su cama y miró a su maestro.

"No comprendo las palabras que me dirigió ayer: La espada es un arma y el Kenjutsu es un arte que sirve para matar" repitió el joven discípulo "¿Acaso significa que debo convertirme en un asesino para poder ser un auténtico samurai?"

Hiko no respondió de inmediato. Se puso de pie y se dirigió hacia la ventana. Desde ahí podía observar el mar. Lo estuvo contemplado varios segundos mientras reflexionaba en la pregunta que su pupilo le acababa de hacer. Se volvió y miró a Musashi directamente a los ojos antes de hablar de nuevo:

"¿Haz pensado qué hubiese pasado si yo no llego a tiempo y acabo con esos individuos?"

Musashi desvió la mirada.

"Teiko y yo estaríamos muertos" replicó secamente luego de una larga pausa.

"Así es" concordó Hiko "Eso pasó porque dudaste a la hora de combatir con esos hombres, si los hubieses liquidado no estarías ahora aquí en esta cama de hospital" Hayabusa apretó los puños ante aquellas palabras tan duras que le dirigía su maestro "Nada justifica el que tomemos una vida, sin embargo ese es el peso que un samurai debe cargar. Por eso nuestra clase era una élite porque ellos debían cargar eternamente con la mancha de la sangre sobre sus conciencias para que el resto de las personas pudieran disfrutar de la paz y de la felicidad que ésta conlleva sin tener que teñir sus manos de rojo; y muy pocos hombres son capaces de llevar ese peso" agregó "No existe una recompensa para un samurai más allá de saber que está haciendo lo correcto"

La mirada de Hiko se hizo behemente.

"Y para responder a tu pregunta: si matas por beneficio propio serás un asesino, pero si matas por salvar la vida de un inocente entonces serás un samurai"

Se produjo un espeso silencio. Seijuuro miró con algo de pena a su alumno quién trataba de asimilar las palabras que acababa de dirigirle. Sabía que no era fácil ya que el alma de Musashi era pura y le iba a costar aceptar una idea semejante. Pero también había visto en sus ojos la fuerza de su espíritu y la determinación para convertirse en un auténtico guerrero samurai. Sólo debía ser paciente.

"¿Significa que entonces al convertirme en samurai debo abandonar la idea de ser feliz?" preguntó de repente Musashi.

"Me parece que no comprendes muy bien eso de la felicidad" replicó Hiko "Pensar que le felicidad es un fin último es una verdadera idiotez. Tanto la felicidad como la infelicidad no son sino estados transitorios; medios para alcanzar nuestro auténtico fin último" agregó el maestro "El verdadero sentido de la vida consiste en descubrir cuál es ese fin y alcanzarlo"

Seijuuro se acercó a Hayabusa y puso su mano derecha sobre su hombro.

"Pero sé a qué felicidad te refieres" dijo mientras dirigía una rápida mirada al libro y al ramo de flores que había sobre la mesita de noche "Sólo los hombres débiles no consiguen esa felicidad, tal vez ahora no te correspondía pero ya llegará tu turno, sólo es cuestión de que seas paciente"

Retiró la mano y se dirigió a la salida. Antes de salir se detuvo miró de nuevo a su discípulo: "Ahora es mejor que descanses para que te recuperes ya que en cuanto estés bien iniciaremos un nuevo entrenamiento" dijo Seijuuro "Creo que por fin estás listo para conocer las técnicas secretas del estilo Hiten Mitsurugi"

Tras decir aquellas palabras abandonó la habitación. Musashi se quedó sorprendido por el significado de lo dicho por su maestro.

"Ha llegado el momento de convertirme en un verdadero maestro de la espada" murmuró para sí.

* * *

En la cima de una colina Musashi pudo divisar finalmente el viejo y destartalado templo sintoísta que había mencionado Shingo. Era una construcción que debía tener décadas abandonado a juzgar por la maleza que cubría la zona aledaña al edificio y los muros semiderruidos. Hayabusa usó su percepción del Ki y descubrió que había cuatro presencias en el interior de aquel sitio. Una era la de la joven secuestrada, Yuki, dos correspondías a los yakuza que había enfrentado en el restaurante del pueblo, pero la cuarta no la conocía. Opinió que podría tratarse del jefe de los otros dos criminales. Bien, es mejor terminar con este asunto rápidamente, pensó. Comenzó a subir los escalones del templo cuando fue detenido por Shingo.

"¿Qué haces?" preguntó a Hayabusa "Sí entras así tan campante te descubrirán es mejor entrar con cautela y sorprenderlos"

Musashi no respondió. Simplemente levantó el brazo derecho y le dio un fuerte golpe en la nuca con el canto de la mano. Shingo cayó inconciente. De esta manera no le estorbaría. Lo dejó recostado en los escalones de la entrada del templo y continuó su ascenso hacia aquel lugar. Al llegar a la entrada pudo ver que en centro del atrio del templo había una fogata entorno a la cual estaban los dos hombres que había visto antes. Al verlo los éstos se levantario de un salto.

"¿¿¿Tú???" exclamó el hombre delgado y de cabello largo.

"Eres el sujeto del restaurante" agregó el robusto y calvo.

"Quiero que me entreguen a la chica, si lo hacen los dejaré ir" dijo Musashi "De otra forma los mataré para llevármela"

Ninguno de los dos hombres pareció intimidado por la amenaza, por lo que Hayabusa desenvainó a toda velocidad su espada y lanzó un molinete al aire, disparando una onda de Ki invisible que extinguió la fogata que estaba en medio de los dos yakuza. Ante aquella exhibisión de poder y agregando la mirada ártica que Musashi les dirigía, ambos comprendieron que todo aquello iba muy en serio. El espadachín envaino su katana y avanzó hacia los dos hombres.

"¿Dónde está la chica?" preguntó el Dragón del Cielo.

"Es mejor que no des un paso más a menos que quieras que le vuele los sesos" dijo una tercera persona.

Al fondo, justo en la entrada del edificio central del templo un hombre alto, de complexión gruesa, cabello corto oscuro sujetaba a Yuki, quién pese a estar amordazada no podía esconder el terror que sentía. Terror que aumentaba al sentir el metal frío de una Smith & Wesson calibre 9 mm. rozar su cien.

"¿Quién demonios eres tú?" preguntó el secuestrador.

"Tu verdugo si no la sueltas en este momento" replicó en tono amenazador Musashi.

Una expresión de enfado se trazó en el pistolero ante la actitud desafiante de Hayabusa. Le echó una ojeada rápida. Era bastante alto y corpulento y parecía saber usar bien la espada, pero había casi quince metros de distancia entre ellos, tal vez a seis metros quien tenía las de ganar sería él con su katana pero a quince lo único que obtendría sería una bala en la cabeza. No había nada de que preocuparse.

"No lo creo, aunque seas bueno con tu espadita no eres más rápido que una bala" respondió el captor al mismo tiempo que apartaba el arma de la cabeza de Yuki y la apuntaba hacia Musashi. Era el momento que éste esperaba.

En un pestañeo la figura de Hayabusa se esfumó y apareció a espaldas del pistolero. Éste soltó a la joven, se volvió atónito y trató de dispararle pero el samurai fue mucho más veloz y de un sólo tajo le hizo una profunda cortada en el cuello. La sangre manó a borbotones a pesar de que el yakuza trató de parar la hemorrogia colocando su mano izquierda alrededor del cuello pero fue inútil, la herida era demasiado profunda y rápidamente se desangró. Al ver la forma en como su jefe había sido liquidado sus cómplices pusieron pies en polvorosa dejando a Musashi, Shigo y Yuki solos en el templo.

"¡Muchas gracias!" dijo la joven una vez que el espadachín la desató.

"No tienes porqué" replicó con modestia el aludido "Pero creo que tu novio merece también crédito, él fue quien supo donde estabas"

"¿Shingo?"

Musashi asintió.

"Lo dejé en las escaleras... err... dormido, para que no corriera peligro" agregó Hayabusa "Seguro que le encantará verte a salvo"

Inmediatamente Yuki corrió hacia el lugar indicado para econtrarse con su novio. Musashi simplemente la vio alejarse mientras una sensación de Déjà vu lo invadió por segunda vez en la noche. Una sonrisa se dibujó en sus labios.

"Al parecer tampoco hoy la chica será para mi"

-Fin del Capítulo 22-