Capítulo 2: "Le gusta Defensa contra las Artes Oscuras, pero se le daban mejor las Pociones."

DCAO era su asignatura favorita, peor Pociones la que mejor se le daba mejor.

Helena había averiguado estas dos cosas. Primero, porque Severus leía muchos libros y muy gruesos sobre magia oscura. Todos inconcebiblemente densos para un chico de 11 años.

Y segundo, porque lo había dicho el profesor Slughorn, que hablaba en voz muy alta y con grandes aspavientos. Helena sabía que tenía un club de alumnos aventajados y que, seguramente, no se equivocaba con Severus.

Helena no quería equivocarse, no en esta ocasión. Por eso, observaba a Severus con curiosidad todas las tardes. Él leía y leía, y ella miraba y miraba, paciente, sin aburrirse.

Es la ventaja de ser fantasma: ver sin ser visto y se tiene una paciencia sobrehumana.

Le gustaba ver como leía. Pero solo se atrevía a mirar, escondida.

Siempre fruncía el ceño, como cuando te quieres hacer el interesante en una conversación o parecer mayor. Pero él lo hacía sin querer, y ella lo sabía y le gustaba. También le gustaba su voz. Era difícil escucharla, y parecía ralentizada, parecía detener el tiempo.

También sabía de Severus que era muy amigo de esa chica Gryffindor pelirroja, la del primer día, esa por la que Helena no mostró interés.

También, que un grupo de cuatro chicos de la casa de Godric se metían con él. Uno de gafas y pelo negro, muy alborotado, uno tímido y larguirucho, otro muy arrogante y de melena larga y el último, regordete y muy bajito, que seguía siempre al arrogante.

"Arrogante" se parecía mucho a Godric. Helena lo recordaba fanfarrón y de espíritu joven. Pero Godric era bueno. El chico ese no lo parecía.

Se habían inventado los cuatro un mote para Severus que Helena no conseguía recordar nunca. Eso era de inmaduros, y ella no lo era. Ni Severus.

Aunque "Pelo azabache", "Larguirucho", "Arrogante" y "Regordete" no caían bien a la Dama, se convirtieron en el motivo perfecto para atreverse a hablar con Severus. En segundo curso.

No había podido vencer su timidez hasta aquel entonces. Y Severus solo se había fijado en ella una vez en esos dos años.

En una clase de la profesora McGonagall.

A la Dama Gris le gustaban las Transformaciones. Rowena le enseñó niveles muy avanzados en esa materia que la propia fundadora había impartido mil años atrás. Rowena era muy estricta con la educación de Helena. Si Helga era la madre cariñosa, Rowena era la severa.

Aquel día, Helena asistió, como muchas otras veces, a una de las lecciones de la profesora McGonagall. Y Severus estaba allí también.

Situada al fondo del aula, la Dama no llamó la atención en ningún momento. Hasta que la profesora formuló una pregunta a la clase. Una pregunta difícil. Todos guardaron silencio, por ignorancia o por temor a fallar.

Helena sabía la respuesta, pero no quería interrumpir. Su miedo era llamar la atención. Sin embargo, en un momento dado, sus ojos se cruzaron con los de Minerva y , sin razón alguna, su mano se alzó, como con voluntad propia. El gesto sorprendió a la Dama, que se vio atacada por una sensación de miedo profundo, y a la profesora McGonagall; que con un "¿Sí, querida?" cedió la palabra al adorable fantasma.

Helena respondió con una timidez desbordante. Tan desbordante como la perfección de su respuesta, que fue bastante larga, dada la fama de apática que tenía el fantasma. Con ese adjetivo, calificó Minerva la contestación: "desbordantemente perfecta".

Y todos se giraron, y miraron al fantasma y Severus la miró también. Y ella lo miraba a él y se sintió bien.