Capítulo 5: Tú no sales reflejada.

En 1973 Helena y Severus llevaban un año siendo amigos. Él ya podía decir que contaba con dos amigas en Hogwarts, y ella con uno. Y le bastaba y sobraba.

Helena era la persona más inteligente que Severus había conocido jamás. Sabía de todo, cualquier tema de conversación le parecía bien. Y lo llevaba todo con modestia, lo cual resultaba muy agradable a Severus quien no soportaba la fanfarronería, (típica de los Gryffindor).

Cada vez estaba más convencido de que Helena era digna hija de su madre, aunque nunca se lo decía. Rowena y Salazar eran el único tema de conversación que él jamás mencionaba, a menos que ella quisiera.

Casi al final de curso, con muchos exámenes a la vista, la Dama se las apañó para sacar a Severus de detrás de su pila de libros y apuntes y que el aplicado muchacho se tomara un descanso.

-Te quiero enseñar algo. Y te prometo que te va a gustar.

A lo largo de ese año, Helena había enseñado muchos secretos del castillo a Severus. Pero aquella vez, la insistencia del fantasma se centró en que aquella experiencia no la olvidaría.

Severus no sabía cuantos pisos habían subido, cuantos escalones que desaparecían tuvo que saltar, cuantas puertas cruzó, para poder seguir con paso ligero a su fantasmal amiga, la cual levitaba a bastante velocidad y contaba con la ventaja de atravesar cualquier cosa que se interpusiera en su camino.

Calculando y guiándose por lo que se veía a través de los ventanales del castillo, Severus dedujo que estarían en el tercer o cuarto piso.

-En el cuarto. –aclaró Helena con una sonrisa emocionada.

Se habían detenido los dos frente a una puerta. Una puerta que no parecía tener nada de especial. Polvorienta, madera oscura, poco oxidado y chirriante.

Miles de puertas eran así en Hogwarts.

Severus miró a su fantasmal amiga, sin entender a qué se debía la emoción reflejada en su bonito rostro. ¿Le estaría tomando el pelo?

-¿Qué tienes este lugar de especial? ¿O esta puerta?

-No es la puerta, sino lo que hay detrás de ella.

Menos mal, Severus temía que todo aquello se tratara de algo relacionado con fantasmas y que él no llegaría a entender.

-Lo había perdido de vista hace algunos años, pero esta mañana he dado con él.

Con aquella frase, Helena dio paso a Severus para que abriera la puerta. Al hacerlo, un brillo azulado los recibió. Al fondo de la sala, apenas perceptible. Muy tenue, lejano. La única luz presente en lo que parecía un aula abandonada.

Pilas de sillas destrozadas amontonadas hasta el techo, las ventanas tapiadas y olor a polvo. Severus tosió un par de veces. Estaba claro que hacía tiempo que nadie pisaba aquel lugar.

Helena pasó primero y Severus se lo agradeció; el fantasma brillaba en la oscuridad y su estela grisácea permitía esquivar obstáculos

Se fijó entonces que aquel aula era especialmente grande y de techo altísimo. Decidió comentárselo a Helena, quien sin detenerse, se lo explicó:

-Es una de las primeras aulas de Hogwarts. Yo di clase aquí, (no recuerdo cual, claro). Es tan grande porque antes entraban muchos más magos y brujas por curso en el colegio, de distintos países. Cuando el espacio comenzó a sobrar por la apertura de otros colegios de magia, estas aulas se convirtieron en almacenes y se crearon unas más pequeñas.

Qué tono de voz tan apacible tenía Helena, pensaba Severus cada vez que el fantasma hablaba. Era una lástima que lo hiciera poco. Era tan reservada a veces.

Helena se detuvo en seco de pronto y Severus tuvo que detener sus pasos aparatosamente. Parecía ser que la Dama había encontrado lo que fuera que estaba buscando. Echándose a un lado, sonrió a su intrigado amigo.

-Mira.

Y Severus miró, encontrándose con un objeto demasiado magnífico para un lugar así. El espejo más grande y anchobque había visto nunca, de grueso marco dorado y cristal cubierto por una fina capa de polvo Era imponente.

-Por eso no te he visto esta mañana.. –dijo a Helena, la cual sonrió tímida e ilusionada con su descubrimiento.

-¿Qué es?

-Aproxímate y te lo diré.

Severus obedeció. Había tenido un año para aprender a confiar en el amable fantasma de Ravenclaw.

A medida que se acercaba, su figura se iba definiendo en el cristal. Alta, delgada, taciturna. Helena pensó al mirarlo, que estaba creciendo mucho y deprisa.

Estando lo bastante cerca, el chico se detuvo y Helena observó con diversión la expresión de desconcierto de su rostro. Por un momento lo vio dudar, no parecía querer seguir.

-Helena, ¿qué diantr…?

-Se llama espejo de Oesed. –aclaró ella, aproximándose a la espalda de su amigo.

-¿Y por qué…?

-Cuéntame lo que ves, y te prometo que aclararé todas tus dudas.

Sin mirarla, sin saber siquiera que la tenía detrás, Severus le confesó aquello:

-Me veo junto a… Lily. Me está mirando. Bueno, es como si la tuviera junto a mí y mirara nuestro reflejo. Y sonríe. Sonríe mucho.

Pobre Severus, de haber sabido el daño que harían a Helena sus palabras, habría mentido. O habría visto otra cosa. Pero desconocía por completo los sentimientos del fantasma. Y jamás alcanzó a ver el rostro entristecido de su amiga, porque ella no se reflejaba.

-¿No ves nada más? –preguntó ella con cierta ápice de esperanza en la voz.- ¿No hay nadie más contigo?

-No. Sólo Lily. Y….-Severus se giró a mirarla, y al hacerlo, se dio cuenta de algo.- Tú no sales reflejada. ¿Qué sucede?

Helena estaba lo bastante cerca como para aparecer en el espejo. Sin embargo….

-El espejo de Oesed tiene la cualidad de mostrar nuestros deseos más profundos, los que nos harían más felices.-explicó el fantasma, levitando para ponerse junto a él y mirar una imagen vacía.

-¿Cuál es la razón de que tú no te reflejes, entonces? – Severus dudaba enormemente que fuera la falta de deseos por parte de Helena. Era muy soñadora.

La mueca del fantasma se volvió triste, de forma más evidente. Y Severus temió haber metido la pata.

-Los deseos que el espejo muestra proceden de lo más profundo de nuestro corazón. Y los fantasmas no tenemos corazón.

Helena trató de encubrir la tristeza de aquella frase con una fallida sonrisa tranquila. Miraba el espejo, no a él.

El chico se sentó en el suelo, observándola. Helena era muy guapa, era inteligente y una chica encantadora. No le entraba en la cabeza que, estando viva, lo hubiese pasado tan mal como lo estaba pasando él.

-Descubrí este espejo con 14 años. –comentó tras un largo silencio.

Parecía querer seguir la conversación, como si necesitara que alguien más lo supiera.

-¿Y qué viste cuadno te reflejaste en él aquella vez?

Otro silencio. Era normal en ella, aunque no silencios como aquel, sino inteligentes y pensativos.

-No lo recuerdo.-confesó al fin.

Severus lo entendía. Había pasado demasiado tiempo.

-¿Y qué crees que verías ahora? –quiso saber el chico.

Helena lo miró con cara de no haberse esperado esa pregunta.

-Para entenderlo, he de contarte algo primero….