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Crystal Lake.
Noche.
Jason caminaba pesadamente por el bosque, bajo la luz de la luna. Estaba en casa, en su hogar, pero de una forma muy oscura sabia que tenia cosas que hacer. No había vuelto al territorio que le dio la vida (y la muerte) por nada. Tenía un objetivo esta vez y lo iba a cumplir.
Repentinamente, unos sonidos le llegaron fuertes y claros. Alguien andaba por el bosque, su bosque. Debería dar cuenta de los intrusos…
Con lentitud, los acechó entre los matorrales. Eran una parejita de adolescentes, dentro de una tienda de camping, haciendo el amor.
Jason se irritó de inmediato. Su respiración se volvió ronca. Levantó su afilado machete y aferró el mango con fuerza. Sin mediar palabras se acercó a la pareja dispuesto a matarlos…
Lo hizo en el momento menos oportuno para ambos. Ella gemía y montaba sobre él con ardiente frenesí, de espaldas a la entrada abierta de la tienda. Él vio asomarse al impresionante gigante con mascara de hockey y gritó, intentando advertirle a su compañera de lo que pasaba, pero fue en vano. Jason no les dio tiempo a nada. Con su machete filoso atravesó a la pareja, ensartándolos por el pecho.
Ambos murieron escupiendo sangre.
Dándose por satisfecho, Voorhees abandonó los cadáveres de aquellos dos y continúo su marcha hacia su destino.
Arnold condujo su auto a las afueras de Forest Green. La casa de Diana Kimble quedaba relativamente cerca del pueblo. Le extrañó que dada la mala fama de la región y su apellido original, no decidiera mudarse de allí, pero a veces las personas simplemente no pueden abandonar el mundo que conocieron toda su vida por otro.
Era de noche y había luna llena. Mientras aparcaba frente a la residencia de los Kimble, Arnold no dejó de tener un mal presentimiento al respecto.
Diana era viuda. Según el informe que leyó sobre ella, tenía una hija adolescente llamada Jessica. El peligro era doble entonces. Jason iría por las dos, sin lugar a dudas.
Arnold bajó del coche. Caminó hasta la puerta de la vivienda y se dispuso a llamar. Todavía no sabía bien qué le iba a decir a la mujer. No había esperado encontrarse con esa parte; de no haber leído el informe completo del difunto Dr. Hammond, jamás se hubiera enterado de la existencia de aquella media hermana.
Un súbito grito dentro de la casa le ahorró la engorrosa situación de una charla. Algo pasaba dentro. Desenfundando su pistola, Arnold decidió que ser caballeroso no era lo suyo y le dio un empellón a la puerta. Está se cimbro y se abrió con un estruendo…
Encontró a Jason justo allí, erguido cuan alto era, mirando en silencio al cuerpo decapitado de su media hermana.
-¡Quieto! – ordenó, apuntándolo con su arma al pecho - ¡Ni un paso mas, grandote!
Jason se volvió hacia él. No había temor en los ojos tras la mascara, solo ira. Levantó el machete otra vez.
Arnold abrió fuego. Las balas explotaron en el pecho del asesino, sin lograr más que un reguero de sangre despedida y poca cosa.
-¡Mierda!
El enmascarado se le tiró encima. Fue como si dos titanes entablaran una lucha. Forcejeando, los dos rodaron por el piso hacia una chimenea apagada. Arnold vio la oportunidad. Manoteó un atizador para el fuego y apuñaló a Jason con él.
No ocurrió nada. Los ojos tras la mascara seguían reflejando ira.
Ambos se pusieron de pie. Arnold jadeaba por el esfuerzo pero aun así, estaba lejos de rendirse.
-¿Qué esperas? – dijo al asesino - ¡Vamos! ¡Ataca! – lo instó, con el atizador en la mano.
Jason lo miró, después miró al cuerpo decapitado de Diana. Sorprendentemente, se dio la media vuelta y huyó, atravesando una ventana, haciéndola añicos en el proceso.
Asombrado por el cambio súbito en los acontecimientos, Arnold lo vio alejarse a prisa por el bosque. Soltó el atizador y revisó el cuerpo de la mujer muerta.
Su cabeza estaba totalmente cercenada, de manera limpia.
Se maldijo a sí mismo. Había llegado tarde para salvarla. Era algo imperdonable. Un ruido en la puerta de la casa le hizo volver la cabeza. Una chica había entrado. Al ver aquel espantoso espectáculo, dio un alarido de terror.
-¡Mamá! ¿Qué has hecho con mi madre, hijo de puta? – gritó.
-¡No he sido yo! ¡Fue Jason! – Arnold alzó las manos – Cálmate – le pidió - ¿Eres Jessica Kimble?
Jessica no respondió. Solo salió de su shock para echar a correr fuera de la vivienda.
-¡Maldición! – fue tras ella - ¡Espera! ¡Corres un gran peligro! ¡Jason ira tras de ti!
Pero Jessica no lo escuchaba. Se subió velozmente a su auto y huyó de allí como alma que corre al viento, aterrada. Arnold sabia que iría con la policía local y les contaría lo que vio. Pronto, el lugar se llenaría de agentes de la Ley fisgoneándolo todo.
Decidió marcharse también de aquel lugar. Jason ya no volvería allí. Por el contrario, iría tras ella. Tenia que adelantársele.
Había fracasado en salvar a Diana Kimble. No volvería a cometer ese error con su hija.
