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El Sheriff Ed Landis sabía que cuando asumió la dirección de la estación de policía de Forest Green podía esperar encontrarse con cosas indeseables. El caso de Jason Voorhees hacía un par de décadas que desvelaba a las autoridades. Siempre que el asesino era derrotado, volvía a alzarse de entre los muertos para seguir cometiendo sus aberrantes crímenes.

Por eso, cuando Jessica llegó, desencajada en medio de una noche en apariencia tranquila pidiendo verlo, no le extrañó en lo mas mínimo. Como todos los vecinos del pueblo, estaba al tanto de la sórdida historia de la madre de la joven y su relación familiar con el famoso asesino.

Ed la recibió de inmediato. Histérica, la joven le contó sobre el descubrimiento de su madre, muerta y decapitada. Hasta ahí, lo que Landis esperaba. Luego, cuando Jessica habló de un hombre alto y musculoso en la escena del crimen, el policía dudó. ¿Era de Voorhees de quien estaba hablando? ¿O un imitador? Tenia que saberlo.

-El hombre… ¿llevaba una mascara de hockey en su cara? – preguntó. Jessica lo miró, perpleja.

-No.

-¿No? – Landis enarcó una ceja. Miró a sus subalternos con extrañeza.

-No.

-¿Estas cien por cien segura?

-Era un tipo alto, musculoso. No llevaba ninguna mascara… Sheriff, sé lo que está pensando. No fue Jason – Jessica bajó la vista, apesadumbrada. Ella también conocía la historia de su madre y la familia Voorhees. No la hacia sentirse orgullosa, precisamente – No fue Jason – insistió – El hombre hablaba.

-¿Y que te dijo?

-Algo sobre que Jason vendría tras de mí… creo. No me quedé a oír el resto.

Landis resopló. Aquello sonaba demasiado extraño.

-Muy bien – se volvió hacia sus hombres – Manden una patrulla a la escena del crimen y den alerta general a todos los móviles de la zona. Tanto si es el maldito de Voorhees como un nuevo loco asesino, quiero que lo atrapemos.

Un estruendo desproporcional interrumpió las indicaciones del Sheriff. Alguien había entrado a la comisaría y comenzaba a masacrar a todos los que se interponían en su camino…

-¡Quédate aquí! – dijo Landis a una aterrada Jessica. Tomó su revolver y sus hombres y él acudieron al lugar de la pelea.

Un gigante enmascarado se enfrentaba a los policías. Era totalmente inmune a los balazos que le prodigaban.

Con su machete, Jason se abrió paso a través de todos ellos asesinándolos brutalmente. Estaba decidido a llegar hasta la adolescente como fuera.

El ultimo en caer en mitad de la masacre que Voorhees desató, fue Ed. El psicópata lo mató arrancándole la cabeza y el corazón con las manos.

Jessica, oculta en la oficina del Sheriff, atinó a salir. Al hacerlo se encontró con un dantesco cuadro de cuerpos mutilados. Muda de horror vio como el homicida aparecía frente a ella, el machete listo para trozarla en pedazos.

-¡No, no, no! – gritó.

A último momento, una puerta se abrió. Una figura alta apareció, interponiéndose entre la chica y el engendro. Llevaba una escopeta enorme entre sus manos. Disparó.

Un agujero se abrió en el pecho de Voorhees, como una flor carmesí. Salió despedido hacia atrás por la fuerza del impacto y cayó al piso.

Arnold se volvió hacia una sorprendida Jessica.

-Ven conmigo si quieres vivir – le dijo.

No tuvo otra opción. Jason ya se levantaba del suelo, como si nada, otra vez.


Arnold conducía su automóvil a toda velocidad alejándose de la estación de policía. A su lado, sentada con expresión mortificada en el rostro, Jessica lo acompañaba.

-¿Estas bien? – le preguntó él, los ojos fijos en la ruta, las manos firmes en el volante. Jessica no contestó. Lo miró, seria.

-¿Quién eres?

-Un amigo.

-¿Qué hacías en casa de mi madre? ¿Qué tienes que ver con Jason?

Arnold dudó. ¿Debía decírselo? Considero que, tal vez, un poco de información extra le ayudaría a que la muchacha colaborara más con él.

-Estoy tras sus pasos – le explicó. La miró brevemente y volvió a concentrarse en la ruta – Me… encargaron acabar con él para siempre.

Jessica rió. Era una risa amarga, desprovista de todo sentido del humor.

-Suerte con eso. No eres el único en intentarlo.

Arnold permaneció en silencio. Continuó conduciendo hasta pasar al lado de un gran cartel que indicaba la pronta proximidad del lago Crystal.

-¿Adónde vamos? – quiso saber la muchacha.

-Adonde todo empezó: Crystal Lake – se volvió hacia ella – Escucha: estoy al tanto de la historia. Sé que tu madre era medio hermana de Jason. Me imagino que tú también conoces esa historia…

-Desde temprana edad – suspiró – Mi madre nunca me lo ocultó. ¿Para qué? Todos en Forest Green lo saben. Pariente del asesino local más famoso de todos – hizo una pausa. Miró al hombretón sentado al volante – Pero, pese a todo, nunca temimos que viniera a por nosotros. ¿Por qué ahora? ¿Por qué mató a mi madre? ¿Por qué me persigue?

-Acaba con las únicas personas que pueden destruirlo – le explicó. A continuación, le contó la historia que versaba sobre que un Voorhees era el único con poder para matarlo. Jessica lo escuchó, profundamente impresionada.

-Pero… eso solo quiere decir que… que… ¿Tengo que matarlo yo?

-Contaba con hacerlo yo, pero por lo visto, hay un vuelco inesperado en esta historia – Arnold rebuscó con una mano entre su ropa. Extrajo un cuchillo inmenso, similar a un puñal o una daga. Se lo pasó a la chica – Es evidente que tendremos que trabajar juntos.

-Estas de broma – Jessica se quedó helada - ¿Esperas que yo apuñale a ese demonio con esto?

-Plan A – Arnold asintió. Señaló a la parte trasera del vehículo – Plan B.

Jessica miró al asiento trasero. Estaba lleno de cajas con explosivos.

-Santo Dios…