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El campamento del lago Crystal era un conjunto de vetustas cabañas prácticamente en ruinas. La mala fama había hecho que se resistiera de cualquier intento de reabrirlo. De hecho, el sobrenombre que el lugar recibía era "Campamento Sangriento"… y el motivo estaba más que justificado.
Arnold llevó a Jessica ahí. Mientras la chica echaba furtivas miradas al lago y al bosque circundante, él preparo cuidadosamente la trampa. Contaba con que Jason apareciera pronto.
-Listo – dijo, saliendo de una cabaña – Plan B en marcha. Plan A… - miró a Jessica. La chica temblaba – Hey, tranquila. Te cubriré.
-Para ti es fácil decirlo – se quejó ella – No tienes que hacer de carnada de semejante monstruo.
-Jessie, tranquila. No voy a permitir que nada malo te suceda. De verdad.
-Acabemos con esto – la muchacha se volvió hacia él – Quiero ver muerto al hijo de puta que mató a mi madre.
Pasaron los minutos. Jessica, de pie en el centro del campamento, aguardaba.
Jason llegó puntualmente. Alto, soberbio y homicida. A la luz de la luna su mascara de hockey relucía como una calavera. Al ver a la chica comenzó a caminar hacia ella, el machete siempre en alto.
Nunca llegó a tocarla. Unos poderosos brazos lo aferraron por la espalda y le llevaron los brazos hacia atrás, en una complicada toma de lucha.
-¡Ahora, Jessie! – gritó Arnold, sosteniendo al gigante con toda la fuerza que sus músculos le proporcionaban.
La chica sacó la daga. Vaciló. Jason se retorcía, furioso. Su arma había caído a un costado, en el piso.
-¡Jessie! ¡Hazlo ya!
Jessica tragó saliva. Se decidió y lo hizo. Asestó una estocada mortífera al asesino directamente en el pecho, a su corazón.
Hubo un chillido. Horrible, estridente. Arnold soltó al enmascarado y retrocedió. Un destello luminoso emanó del cuerpo de Jason y entonces las almas de los que mató salieron de él en ráfagas de energía.
Todo el show de luces acabó con Voorhees desplomándose inerme en el suelo, aparentemente liquidado.
Arnold esperó un minuto. Luego dos, tres, cuatro… nada pasaba. No se levantaba.
-Esta hecho – declaró – Jason está muerto.
Jessica no lo podía creer. Miraba al cuerpo en el piso todavía con temor.
-¿Seguro?
El hombretón lo pateo. Nada pasó.
-Está muerto – repitió – La leyenda era cierta. Solo un Voorhees podía acabar con él – caminó hasta acercarse a ella – Tranquila – le puso las manos en los hombros – No tienes nada mas que temer.
Jessica temblaba.
-Todo acabó.
La muchacha iba a decir algo, pero súbitamente la hoja filosa de un machete surgió de su pecho.
-¡Urk! – la sangre brotó de su boca. Se desplomó sobre los brazos de Arnold, muerta.
-¡No! – miró hacia el frente. Jason se erguía como si nada, ante él - ¡Maldito hijo de puta!
Depositó el cuerpo de Jessie en el suelo y procedió a enfrentarse al enmascarado. Le propino un puñetazo y luego le dio otro. Luego otro, y otro… y otro…
Salió sangre de sus nudillos. Jason lo miró sin hacer nada hasta que su contendiente se agotó. Fue entonces en que le descargó un único golpe demoledor en la cara.
Arnold salió volando por el aire y aterrizó contra la pared de madera de una cabaña. Vio estrellas durante una fracción de segundo, lo que le bastó a Voorhees para levantarlo y revolearlo contra el piso.
Decidido a no dejarse derrotar, el hombre de gran tamaño se puso de pie como pudo y se dirigió hacia una de las cabañas. Como esperaba, Jason lo siguió…
-Eso es, grandísimo cabrón. Ven aquí – lo esperó parado en el centro de la habitación. Llevaba un detonador en la mano.
Jason entró tras él, toda la furia homicida que sentía dispuesta a descargarla sobre aquel patético hombre que lo había retado. Se detuvo. Arnold sonrió y señaló a su espalda. Apiladas en un montón, varias cajas aguardaban.
-Suficiente C-4 para mandarte al infierno – presionó un botón – Adiós.
Hubo un pitido estridente y mientras Jason miraba estúpidamente a las cajas con explosivos, Arnold se volvió y todo lo rápido que le daban sus piernas corrió hacia una ventana.
Salió fuera justo cuando el C-4 detonaba, convirtiendo el lugar en una versión a pequeña escala del infierno. Rodó por el pasto y allí se quedó mientras la onda expansiva de la explosión emanaba calor hacia todo el campamento.
Pasado un buen rato, se animó a mirar hacia la cabaña; se había derrumbado, convertida en una bola de fuego furioso.
Se puso de pie y suspiró. El incendio iluminó la noche. Lo observó en silencio.
…una figura se movió entre las llamas…
Arnold se congeló. Jason emergió de la cabaña destruida, envuelto en llamas. Se movía torpe, idiota. Estiró sus manos e intentó aferrar algo con ellas.
Caminó un par de pasos. El fuego consumía rápidamente su carne.
Solo duró unos momentos. Después se desplomó en el suelo, convertido en una pira ardiente.
Arnold aguardó. Esperó, con el corazón latiéndole a mil por hora.
Nada ocurrió.
Cuando el fuego consumió toda la carne y el hueso quedó a la vista, carbonizado, se dio por satisfecho.
Ahora sí.
Jason estaba muerto.
Se volvió hacia el cuerpo sin vida de Jessica. Frunció el ceño. Aquella era una victoria con sabor amargo. Muchas vidas se habían perdido para poder llegar a aquella conclusión, a aquel final. La destrucción del maldito engendro había costado demasiado.
Bajó la vista, apesadumbrado.
Todavía tenia que hacer una cosa mas, una ultima tarea desagradable, pero que tenía que ser llevada a cabo.
Esperaría a la mañana para hacerla.
Al despuntar el alba llevó los restos calcinados de Jason al lago, sobre una lancha. Los arrojó sin miramientos al agua, envueltos y atados en una bolsa negra para cadáveres que había conseguido.
Entre sus manos y mientras el cuerpo se hundía, sostenía la mascara de hockey quemada del difunto psicópata. La miró durante un extenso momento y después la tiró por la borda también.
Tomó un teléfono celular. Llamó al General y le informó sobre el éxito de su misión…
-Buen trabajo, Schwartz – lo felicitó el militar – No se preocupe por el resto. Nos encargaremos de limpiarlo todo.
Arnold quiso replicar algo, pero se calló la boca. Tan solo respondió a su superior como correspondía.
-Si, señor.
-Regrese a casa. Su trabajo allí ha concluido.
El General colgó. Arnold le dedicó una última mirada al lago Crystal. Todo estaba quieto, apacible. Era como si la naturaleza contuviera la respiración.
Se sentó en la lancha y se dispuso a arrancar el motor.
…Un cadáver negro y calcinado emergió de las profundidades y lo aferró, arrastrándolo con fuerza al agua, junto con él…
Ambos se hundieron.
No volvieron a salir más.
¡Fin de la Parte Uno! En la proxima entrega, Michael Myers. El enmascarado asesino de Haddonfield se enfrentara a otro enviado del Pentagono y, ademas, a su hermana Laurie Strode, a quien nuevamente intentara dar muerte. ¡No puedes perdertelo!^^
