Disclamer: Todos los personajes son propiedad de Stephenie Meyer. Yo solo soy la dueña de la trama de la historia.
Summary: La belleza podría ser descrita de muchas formas, sin embargo el dolor de sus heridas se reflejaban de forma fuerte en su actuar. Él no era perfecto, ella tampoco. Ambos distintos, ambos sufriendo, unidos por el destino para vivir el día a día.
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Capítulo 2
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Los días seguían trascurriendo con total normalidad, en el trabajo me iba bien y al día siguiente iba a recibir mi primer sueldo como dependienta de la librería y ya había dejado unos cuantos dólares para ir a gastarlos donde Esme.
En la librería entraron pocos clientes, por lo que pude tomarme más tiempo para almorzar, dispuse de mis muletas y salí un rato a tomar aire. Lo bueno de Forks era que al medio día no hacía un frío tan tremendo, por lo que esta hora era la más feliz para mi cuerpo. Mis pies casi me condujeron a la pastelería, es más ya estaba en la puerta y adentro podía vislumbrar la cabellera cobriza de Edward en el mesón, ¿Qué estaría haciendo aquí tan temprano? Movida quizás por un acto de locura, entré en la pastelería y una gran cara de perro fue lo que me recibió en el interior.
-Buenos días, ¿Qué deseas?- preguntó su voz aterciopelada pero aun así brusca. Baje poco a poco mi mirada por su cuerpo y una sonrisa involuntaria se asomó a mis labios. Cubierto por un delantal con el logo de la pastelería, se encontraba el cuerpo de Edward y su ropa lleno de restos de harina y mezcla de color amarillo, así que estaba ayudando en la pastelería y en la parte de cocina sobre todo. -¿Vas a querer algo?- dijo de manera impaciente mientras en su frente se instalaban unas arrugas de enfado.
-Eh, si bueno, dame un café chico por favor- ordené de forma nerviosa. Se movió de inmediato del mesón y fue hasta el termo a vaciar un poco de líquido en un vaso de plumavit con una previa cucharada de café, lo revolvió con una cuchara y lo dejo en el mesón.
-¿Azúcar o endulzante?- preguntó muy profesional.
-Azúcar por favor, dos- dije riendo mentalmente. Se agacho y saco detrás del mostrador un hermoso azucarero lleno flores, lo miré arqueando una ceja y su rostro se sonrojo un poco. Fue a paso lento hasta la caja balanceando su cuerpo de lado a lado y esperó allí hasta que llegue despacio para pagar, le tendí un billete y unas monedas, mientras esperaba el cambio, pude apreciar que se habían formado algunas gotas de sudor en su frente producto del dolor, a lo mejor había estado mucho tiempo en pie.
-Podrías sentarte un rato Edward, te puede hacer mal estar mucho tiempo de pie- dije en voz baja esperando a que estallara.
-Lo que yo haga o no es problema mío, si me duele es mi vida, además, ¿Cómo sabes mi nombre?¿Quién te lo dijo?- murmuró con su cuerpo inclinado hacia el mío mientras sus manos se apoyaban en la orilla de la caja.
-Fue tu madre, y créeme, si no fuera por la cara de dolor que tienes no me habría dado cuenta, así que trata de ser más amable conmigo, yo también sé lo que es el dolor- dije moviendo un poco las muletas de mis brazos- Así que en este terreno somos dos conocidos.
-Nunca alguien me había hablado así- dijo mientras un suave rubor se instalaba en sus mejillas- Pero tampoco quiero que te metas en mi vida, ¿Entendido …?-.
-Bella, me llamo Bella- mencioné mientras le sonreía. Despacio fui al mesón a buscar mi café, me lo tomé a traguitos lentos siempre con su atenta mirada sobre mi maltrecho cuerpo. Despacio se fue deslizando hasta colocarse tras el mesón nuevamente sin dejar de mirarme todo el tiempo.
-¿Te vas a demorar mucho tiempo más?- preguntó de sopetón.
-Cuando me termine mi café me iré, además lo pague, ¿Algo más?- pregunté riendo por dentro.
-No, no es eso, es que debo ir a ver el horno- confesó avergonzado.
-Ops, lo siento, no te prives por mí de cumplir con lo tuyo- dije mientras él movía la cabeza y entraba por una puerta. Seguí tomando mi café tranquilamente hasta que volvió a salir con un paño secándose las manos. -¿Todo bien adentro?- pregunté.
-Sin problemas, ¿Terminaste ya?-.
-¿Desde cuándo se echa a los clientes de un negocio?- pregunté un tanto irritada con él.
-Desde que debo cerrar unos momentos para sacar las cosas del horno, limpiar, reponer los dulces para la tarde y comer un poco mientras tanto, ¿Algo más?- dijo malhumorado.
-No, ya me terminé mi café Señor Edward- dije mientras me dirigía hacia la salida.
-¡Espera!- dijo su voz atrás mío. Llego a mi lado y caballerosamente me abrió la puerta. –Aunque tenga mal genio, aun converso algunos modales- dijo.
-Gracias- mascullé mientras salía y emprendía mi camino de vuelta a la librería con una sonrisa en la cara.
Estuve toda la tarde pensando en el comportamiento de Edward, se notaba y rectificaba a la vez lo que Esme me había dicho, que no confiaba en las persona, por lo menos yo tenía el coraje de enfrentarlo y no le tenía miedo, no sabía que le podría pasar para que reaccionara de aquella forma conmigo, pero lo intentaría averiguar de todos modos.
Casi al salir del trabajo me tuve que devolver a contestar un llamado, farfullé para mis adentros ya me iban a venir a dejar libros que estaban encargados y Sue había salido más temprano aquel día para ir al médico. Me devolví impaciente y acerque una silla para sentarme ya que me dolían las piernas y los brazos. Espere y espere, hasta que a la media hora después llego el proveedor con los libros, menos mal que estaban avisados de que era la nueva dependienta, sino, no me habrían entregado los libros; como lo reglamentario, tuve que recibir la factura y firmar un libro de comprobante. Cuando el hombre se fue, me acerque a ver las 3 cajas selladas con el logo de "Frágil" encima, y era raro que los libros tuvieran esta indicación, a no ser que fueran ejemplares realmente costosos monetariamente.
Salí cuando ya daban casi las 9 de la noche y el cielo estaba oscuro, solo iluminaba mi camino los postes que se encontraban en la calle. Fui hasta la pastelería y para mi sorpresa estaba Edward despachando a un cliente.
-Tan tarde por aquí, ¿No sabes lo que significa la palabra peligro?- dijo mordazmente.
-Vengo a hacer mi compra nocturna, llegaron unos libros a última hora y los tuve que recibir, por eso salí más tarde, además no tengo porque darte explicaciones de lo que hago- dije con un mohín.
-Yo no las he pedido, tú solita las has dado- contesto en tono burlón. Con deseos de agarrarlo a golpes con las muletas, mejor hice mi pedido, un café con leche grande, pie de limón, un pastel de yogurt y pan para la casa, lo dejo todo en una bolsa y fui hasta la caja.
-¿Tendrías la gentileza de depositar la bolsa dentro de mi mochila y cerrarla?- dije mientras se me coloreaban las mejillas.
-Como no, lo que me faltaba y yo que quería cerrar luego- dijo enojado.
-No vas a desperdiciar una hora, son solo segundos y un gesto amable no te cuesta nada con una persona inválida- dije mientras le batía coquetamente mis pestañas. Para mi sorpresa, Edward se puso rojo como la grana.
-Mujeres, se hacen valer de cualquier excusa- dijo bajito, pero hizo lo que le pedí. Estaba ya lista para dirigirme a la salida, cuando su voz me frenó- Oye Bella, ¿No pensarás irte sola a esta hora de la noche?- dijo mientras miraba el reloj el cual marcaba pasadas las 21:30.
-Bueno sí no queda otra opción- dije restándole importancia al asunto.
-Ejem…-carraspeó- Si gustas me esperas unos minutos a que cierre y te acompaño, solo si tu quieres- dijo de forma seria, lo que me tomo por sorpresa totalmente.
-Bueno, está bien, te espero- mencioné mientras me sentaba en una silla a esperarlo.
Edward, claramente no tenía prisa alguna ya que hizo el cierre de la tienda, muy, muy despacio. Llevo a un refrigerador gigante todas las sobras de pasteles del día de hoy y los guardo, lavo la loza que estaba sucia en la cocina, trapeo el piso y barrió la harina que había caído al suelo, vio los materiales que tenía para el día de mañana y anoto un ticket en un papel que había en la puerta, cerró las ventanas y saco el dinero que había en la caja, activo la alarma y con una sonrisa de agotamiento dijo:
-¡Terminé!-.
-Vaya, no hubiera imaginado que era tanto el trabajo que se hacía en una pastelería
-No sabes muchas cosas del mundo al parecer, la única respuesta que me puedo dar es que siempre has estado viviendo en una burbuja ¿Me equivocó en algo?- pronunció de manera engreída. Imbécil susurré para mis adentros, se creía conocer de todo, pero estaba muy equivocado.
-Te equivocas joven, no me conoces en absoluto, pero siendo generosa y benevolente, puedo adelantarte que la hipótesis que te has hecho es totalmente errónea. ¿Algo más?- pregunté rápido, ya que la manecilla del reloj avanzaba cada vez más veloz.
-¡No me digas joven! Soy un hombre hecho y derecho, así que no te metas conmigo Bella- murmuró mientras su rostro se sonrojaba por la rabia.
-Que conste, yo no empecé está conversación, sino otra persona…-dije, pero antes de que pudiera rebatir y volver a la carga de nuevo volví a hablar- Edward ya es demasiado tarde debemos irnos-.
-Grrr…- gruño mientras se pasaba su mano por el cabello despeinado.- Nos iremos de inmediato y que conste, solo te acompañaré hasta que encuentres un taxi, después me iré solito-. No quise contestarle, no habían razones de peso como para gastar saliva innecesariamente para hablarle a un ser tan rabioso como él.
Salimos de la tienda y comenzamos a caminar bajo la oscuridad de la noche, sólo nos iluminaba el camino los postes en donde se encontraban las luminarias, pero el silencio entre los dos era patente. De vez en cuando se me escapaba algún gemido por lo bajo de mi garganta, hacía frío y mis huesos y cicatrices habían comenzado con su martirio nocturno, pero debía de aguantar el dolor y hacer lo posible porque no se notara demasiado en las facciones de mi rostro.
Esperamos y esperamos. Eran cerca de las 22 horas cuando consulté en mi móvil la hora, lo peor de todo era que Charlie tenía turno de noche ese día, por lo que difícilmente podría acercarse a buscarme, no me quedaba otra salida que no fuera esperar a que se dignara a pasar un condenado taxi. Habían desaparecido todos. Menos mal que andaba bien abrigada, pero habían punzadas de frío que ni siquiera la tela más térmica las podría aislar.
-¿Andas con tus medicamentos?- preguntó Edward de la nada.
-No-.
-¿Ni nada que puedas tomar para los dolores?- ¡Rayos! Se había dado cuenta de mi dolor pensé.
-Tengo todos los medicamentos fuertes en casa, los que ando trayendo conmigo no me harían ni la menor cosquilla con este frío que hace- dije mientras miraba en reiteradas ocasiones el móvil.
22:30.
22:40.
22:50.
Nada. Ni un condenado taxi se veía en la calle. No era un día de fiesta ni tampoco había alguna celebración importante, por lo que era aún más raro que no circulara ningún vehículo, es más, desde hacía casi una hora no pasaba ni un solo vehículo, moto o lo que fuera que sirviera de transporte.
-Me cansé de esperar- dijo ofuscado Edward, su mirada era peligrosa, me dio un poco de miedo pero no lo creía capaz de hacer alguna locura. -¿Te sientes con fuerzas como para devolvernos a la pastelería?- preguntó.
-Nos demoraríamos un poco, pero creo que podría llegar bien- musité. No eran muchas cuadras, a lo sumo 5 lo que habíamos andado, pero ninguno de los dos eran un completo atleta lo que hacía más dificultoso todo.
-Vamos- fue todo lo que dijo, antes de que me rodeara con su brazo la espalda, tomara una de mis muletas y empezáramos a deshacer lo andado. Dolía, por Dios como dolía, no quería llorar delante de él, pero no creía que fuera a aguantar mucho más. Por fin frente a mis ojos asomó la pastelería, Edward abrió y encendió la luz desconectando la alarma de paso. Una vez adentro nos dirigimos hasta unas sillas y nos dejamos caer como sacos de papas en ellas. No lo pude evitar más y di rienda suelta a mis lágrimas, eran saladas y cálidas, de dolor y frustración, me sentía mal y estaba prácticamente con un desconocido, en un lugar solo y no sabía que podía hacer para que se me pasaran los dolores.
-¿Te apetece un café, algún dulce? Quedaron bastantes del día de hoy como para dos personas, a lo mejor te alivia un poco- lo miré y en su rostro habitaba una sonrisa sincera.
-Está bien, dame lo que quieres- dije más resignada a pasar la noche en su compañía.
-¿Te puedes mover hasta la trastienda?-.
-Mmm… veamos-. Con lentitud me levante y me apoye en mis muletas, con cuidado moví una pierna y luego otra hasta que finalmente pude caminar hasta la trastienda. El lugar era, no era como lo imaginaba, había un cómodo sofá, una televisión, una radio, varias mantas amontonadas en una silla, un sofá más pequeño y una pequeña estufa a gas.
-¿Asombrada? No es la primera vez que no pasa un taxi, antes yo conducía… pero bueno, no queda más remedio que esto, hay muchas cosas para que estés cómoda, recuéstate un rato mientras voy por algo de comer- murmuró mientras cojeaba fuertemente saliendo de la salita.
Nunca me había imaginado que tendría que quedarme encerrada con Edward, era una persona un poco antipática y sarcástica, por ende muchas veces íbamos a chocar en lo que quedara de noche hasta el amanecer. Me daba curiosidad, no lo podía negar, era un joven bastante atractivo pero se leía en sus ojos el dolor, quizás lo habían discriminado o rechazado por su cojera, a mí no me importaba en lo más mínimo, al contrario le daba un aspecto más rudo pero a los demás quizás no les pareciera eso precisamente. Suspiré y recosté mi cabeza mientras me tendía unos minutos en el sofá hasta que llegara Edward que estaba en la cocina.
-Volví- dijo Edward mientras empujaba un carrito con comida, no pude evitar recorrerlo con la mirada, estaba con un delantal de la tienda muy sonriente mientras se acercaba y se sentaba en el sofá pequeño. –Espero que sea de tu agrado lo que he preparado- mencionó mientras vertía café en unas tazones grandes. Me reincorporé más en el sofá hasta quedar sentada, un calambre me recorrió toda la espalda, lo que me hizo gemir audiblemente.
-Gracias Edward-.
-No hay de qué, siempre me sido un hombre caritativo con el prójimo desvalido- musitó con una sonrisa sarcástica. Pese a todo sonreí, y el dolor menguo un poco. –Así está mejor, que sonrías.
-Si tú supieras cuanto duele, estarías quejándote también- aclaré.
-Recuerda que tú no sabes nada de mí Bella y esto no cambia el hecho de que sea más social contigo, déjame recordarte que fueron las circunstancias que así lo quisieran, no por mi propia voluntad- recalcó con una amarga mueca.
-¿Eres bipolar?- pregunté sin más.
-No, sólo que no me gusta sociabilizar mucho con las personas, en especial con las mujeres- mencionó de manera amarga.
-Tus cambios de humor son bastante grandes y me confunden- musité mientras miraba sus ojos y trataba de buscar algún signo de comprensión por su parte.
-Es complejo Bella, por lo general reaccionó con todas las mujeres así, antes no… pero tengo que vivir el presente y lo que ello conlleva-.
-¿Algún día me contarás?- inquirí.
-Algún día, algún día- dijo más triste ahora. Era obvio que lo de su cojera lo hacía ser más esquivo, pero de ahí a mostrarse tan cambiante, era extraño.
Comimos en silencio cada uno sumido en sus recuerdos, no mantuvimos una charla, ya que algo me decía que había abierto una grieta en su pecho y él necesitaba tiempo para cerrarla. Un trueno nos hizo levantar la cabeza y mirarnos fijamente. Luego el inconfundible sonido de la lluvia.
-¿Le tienes miedo a las tormentas?- preguntó de manera suave. Sus ojos estaban más serenos, hasta el punto de llegar a verse cálidos y tiernos; su cara había relajado sus facciones, ya no parecía estar enojado ni triste, algo cambió en aquellos segundos de intenso silencio entre ambos, no podría decir que era.
-No, he vivido antes en Forks, nací aquí solo que me fui a la Universidad un poco más lejos a estudiar Literatura, pero los planes que uno tiene algunas veces cambian. Contestando a tu pregunta, no me asustan las tormentas si estoy en un lugar seguro-.
-Eres extraña Bella-.
-¿Por qué?-.
-No sé con seguridad, pero eres muy reservada aunque conmigo no lo parezcas. Antes de que llegaras me había formado otra imagen tuya que no me calza con lo poco y nada que te conozco, digamos que me estoy llevando muchas sorpresas- dijo con una sonrisa que hizo que cualquier dolor en mi cuerpo, desapareciera.
-Tú también eres extraño- musité mientras mis mejillas se coloreaban- pero no pretendo inmiscuirme en algún asunto o tratar de averiguar de ti, hace algún tiempo atrás dije algo que trajo recuerdos no muy agradables a tu mente, por lo que he decidido andarme con cuidado contigo, no eres para nada peligroso, pero tus cambios de humor me confunden. Soy observadora y hay algo que no te tiene tranquilo, o es mi cercanía lo que te altera- dije mientras me acomodaba más en el sofá.
-Haremos algo, tú duermes en ese sillón y yo me quedo en este, pero no tengamos conversaciones profundas que abren heridas de ambos, ¿Ok?- dijo Edward.
-Me parece, además debemos convivir toda una noche y ambos estamos cansados, no tendría posibilidad de desenterrar el hacha de guerra y que me pillaras desprevenida-.
Sin más nos dividimos las mantas y cada uno se acurró en un sofá, lo caliente del abrigo amortiguo un poco el dolor de mis huesos y la comida hacía efectos tranquilizantes. Perdí la noción del tiempo y me refugié en el calor que me brindaban las mantas para descansar un poco antes de poder irme a casa por la mañana. Cerré mis ojos e intenté olvidarme del reto que me daría Charlie y el sermón por pasar la noche con un desconocido a mi lado y encerrados además. La lluvia no me dejaba tranquila, me mantuve inquieta por casi una hora y nada. Seguí concentrada en el calor y me obligué a no prestar atención al sonido del viento, los truenos y el agua que caía desde el cielo. Al rato me quede dormida pensando en unos ojos verdes.
Soñaba, pero era distinto a las pesadillas, me gustaba, alguien me acarició la espalda. De pronto alguien a quien no le veía el rostro murmuraba suave y acompasadamente en mi oído.
-Soy peligroso, pero aun así te ansió- musitó la voz mientras mi mente se perdía en un prado lleno de flores.
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Gracias a Piscis A, TheDC1809 , , bea, sisi, mairim cullen, rosa perez, Cammixu, por sus comentarios y a la Dani =)
