Disclamer: Todos los personajes son propiedad de Stephenie Meyer. Yo solo soy la dueña de la trama de la historia.
Summary: La belleza podría ser descrita de muchas formas, sin embargo el dolor de sus heridas se reflejaban de forma fuerte en su actuar. Él no era perfecto, ella tampoco. Ambos distintos, ambos sufriendo, unidos por el destino para vivir el día a día.
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Capítulo 7
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Unos brazos poderosos rodeaban mi cintura, eso fue de lo primero que me di cuenta al despertar esa mañana. El olor de su piel y el calor que despedía su cuerpo, eran los mejores relajantes para una noche de exquisito sueño, sabía perfectamente quién era la persona que estaba a mi lado, todos los recuerdos de la noche anterior, las lágrimas y risas se agolparon en mi mente.
También cada vez aumentaban mis sentimientos por Edward, me hacía sentir viva y mujer, cosa que no había pasado en años. Veía normal la forma en que los dos compartíamos lecho, no había maldad en el proceso ni malas intenciones de su parte, aunque era imposible que un hombre con su hermosura se fijara en mí, alguien tan imperfecto.
De lo que aún me recordaba era del sueño, un hermoso oso de peluche blanco en mi cama y yo aferrada a él, su pecho peludo cobijando mi cara y sus manitos rodeándome. Lúcuma lo había llamado en sueños, pero en la realidad lo único que abrazaba era el torso de Edward.
Su respiración era suave, tranquila, aún dormía ya que de su boca escapaba un levísimo ronquido, pero aún seguía tapado sobre las mantas con otras, no se había pasado bajo las mantas y compartir las sábanas conmigo, apreciaba su caballerosidad y sentido del honor al querer cuidar y respetar mi espacio. Pero lo más importante era que me cuidaba en todo momento, a pesar de que yo le tenía miedo a las tormentas si estaba sin resguardo, me daba conformidad estar a su lado sabiendo que me protegería de todo lo peligroso.
Mi estómago me saco de mis pensamientos, no sabía qué hora marcaba el reloj, sólo que Sue llamó para darme el día libre por el clima. Despacio me moví y esperé la reacción de Edward, pero no hubo respuesta alguna de su parte. Levanté mis brazos y saqué con cuidado los que rodeaban mi cintura, un gruñido escapo de la boca de mi acompañante mientras volvía a poner los brazos a mí alrededor y apretada con más fuerza. Volví a repetir el procedimiento, pero no me soltaba, enterró su cabeza en mi cuello y exhaló su hálito tibio en mi piel, un estremecimiento me recorrió el cuerpo.
–Bella– susurró adormilado.
–Edward, tengo hambre– murmuré junto a su cabeza.
–Mmm…– refunfuñó mientras me soltaba de a poco. Extrañé el calor y fuerza de sus brazos rodeándome, pero el hambre era más poderosa. Su cuerpo de inmediato se acomodó más en la cama, pero siempre tapado por las mantas. Me levanté con sigilo mientras tanteaba las muletas hasta encontrarlas, luego salí de la habitación rumbo a la cocina.
Busqué en la despensa hasta dar con los ingredientes necesarios para hacer panqueques, en el refrigerador había manjar, por lo que ahora solamente quedaba la fabricación de ellos y elaborar café con leche.
A pesar de que el día seguía oscuro y una que otra vez empezaba a llover para luego declinar, no tenía ganas de abandonar el hogar de Edward. Me sentía cómoda y en mi entorno, era tan natural moverme por las dependencias y hacer de ello un hogar, me hacía anhelar algo que secretamente ansiaba desde un tiempo: una pareja. Con Edward las cosas eran más llevaderas, si bien era cierto que él tenía sus temores, me creía capaz de afrontar a su lado cualquier adversidad. Yo tampoco me libraba de mis inseguridades, mi cuerpo era el principal temor, sabía que en cualquier momento en una relación llegaba la parte de consumar el amor físicamente; era ahí donde me retraía y pensaba en seguir sola eternamente. Pero Edward era…
– ¿Bella? – dijo su voz en el marco de la puerta. Los panqueques estaban listos y el café con leche puestos en las tazas, solo faltaba el manjar y el desayuno estaría listo. –Es primera vez que una mujer que no sea de mi familia me hace el desayuno y lo comparte conmigo– mencionó mientras se sonrojaba fuertemente.
–Tenía hambre, pero como no te despertabas, decidí levantarme a hacer algo, ¿te gustan los panqueques? – pregunté.
–Sí, hace tiempo que no como, desde anoche, me imagino que le darás una buena cucharada de manjar en cada uno– dijo sonriendo tiernamente.
–Eres un goloso Edward, pero pondré generosamente el manjar en ellos. ¿Me ayudas a llevar el desayuno, por favor? –. Asintió con su cabeza mientras depositaba las cosas en una bandeja de color verde, lo seguí despacio y nuevamente volvimos a la habitación, al calor de las sábanas. Me volví a meter debajo y me tape cuidadosamente, Edward se sentó a mi lado y puso una almohada como respaldo entre su cuerpo y el cabecero, pero también se tapó.
Estuvimos mucho rato hablando de cosas triviales y generales, sin ahondar mucho más en nuestro interior, al parecer la noche anterior había sido lo suficientemente emotiva y llena de confianza como para repetirla tan rápidamente. Después de desayunar él dejo los platos y tazas en una bandeja y se levantó a dejarlos a la cocina, no sabía que haríamos ahora, si me iría de inmediato a la casa, si seguiría más tiempo a su lado o dormiríamos, pero mis preguntas internas se desvanecieron cuando él volvía arrastrando el mueble con el televisor y una caja con dvd.
–Esto es solo una sugerencia, no te sientas obligada a verlos, mientras tanto iré a ducharme, si necesitas algo me gritas– dijo mientras se dirigía hacia el baño, una vez dentro oí como giraba el prestillo.
Cuando escuché el agua de la ducha correr, me desperece tranquilamente en la cama, todo lo ancha y larga que era, rodé de lado a lado mientras me tapaba y volvía a enterrar mi cabeza en lo cálido de las sábanas.
Me picaba la curiosidad con respecto a algunos detalles íntimos de Edward, más bien, necesitaba hacerme una imagen suya, digamos, como era el hombre que habitaba dentro suyo, ya conocía la del chico herido, la del caballero gentil, pero el hombre en su estado más puro era lo que me carcomía la mente. El agua de la ducha se cortó y mi loco corazón empezó a correr una maratón dentro de mi pecho, ¿cómo saldría de la ducha? ¿vestido, a medio vestir, desnudo?, mis pensamientos más lúdicos se vieron interrumpidos con el click del prestillo corrido y el ruido de la puerta al abrirse, la boca se me abrió y estaba segura que un hilito de saliva me caía de ella.
Un dios. Un ser inmortal. Un ángel. No tenía palabras más adecuadas para describir a Edward. Tampoco estaba segura si ellas existirían en un diccionario o fueran aprobadas por los académicos que me impartieron clases en la universidad.
–¿Bella? –.
Su piel pálida denotaba un mayor contraste con su pelo de color bronce, una mata de vellos bronce partía desde lo inferior de su cuello y bajaba por su amplio tórax musculoso, pero no en exceso, hasta perderse en la cinturilla de sus vaqueros. Se podía notar a través de la gruesa tela unos muslos fuertes y grandes, pero solo me concentre ahí ya que la curiosidad pudo conmigo y la centre en la parte masculina de su anatomía; sentí un calor subiendo por mi cuello, orejas e instalarse en mis mejillas. Era "grande".
–¿Bella? –.
Si ese era el torso desnudo de Edward, no quería, bueno no "debía" imaginarme como sería si estuviera totalmente como Dios lo trajo el mundo, de seguro estaría en el suelo infartada o rodeada de un charco de mis babas. Pero esa visión celestial se fue acercando hasta mi posición, podía oler su perfume a pino mezclado con su esencia natural, su pecho cada vez más cerca, su cara con gesto preocupado frente a mis ojos, frente a mí ser. Mis labios se abrieron en una muda invitación, antigua, tanto o más que el tiempo y la razón; el corazón cada vez me latía más deprisa, bombeada más sangre y de pronto sus brazos me rodearon, mientras descendía por un espiral y veía todo negro.
Sus labios recorrían cada parte de mi cuerpo, depositando sonoros besos aquí y allá, en todo lugar disponible y que le permitía la desnudez de mi piel, sus manos se mostraban gentiles y amorosas a la hora de acariciar y palpar los secretos de mi cuerpo, haciendo que me arqueara cada vez más en busca del contacto anhelado.
Podía apreciar la palidez de su piel, lo tensionados que estaban sus músculos, en especial los de sus brazos y espalda, además del cabello alborotado que coronaba como un halo la perfección que tenía ante mis ojos, su sonrisa tierna enmarcada por unos labios rojos como las manzanas y unos ojos verdes, oscuros en donde se leía el deseo y los secretos de su pasión, como un gran bosque donde me podía perder con gran facilidad.
Con delicadeza, deslicé mis manos por sus costados desciendo hasta depositarlas en sus caderas que embestían suavemente contra la humedad de mi cuerpo, nuestros cuerpos sudorosos moviéndose al unísono en un preámbulo de lo que serían horas de amor.
Un suave y lento beso en mi boca, mientras dulcemente invadía mi cuerpo que hasta ahora desconocía la generosidad masculina. Fijé mis ojos en los suyos, quiénes me miraban expectantes ante todo signo de malestar, pero no encontraron nada, salvo la lágrima que secaron sus dedos evidencia de que me iba convirtiendo en mujer.
–Mía– dijo la voz de Edward a la vez que daba su toque final en mí, aquel que me alcanzo el corazón y por el que se me escapo un pequeño gemido de dolor.
La habitación se llenó de la nada a olor a alcohol, muy cerca de mi rostro, que se incrustaba por mi sistema respiratorio mientras la voz de Edward se empezaba a escuchar a lo lejos, pero con un deje de angustia.
–¿Bella? –.
–Mmm…– murmuré en voz baja mientras el fuerte olor a alcohol seguía de lado a lado por mi nariz.
–Bella, despierta por favor, abre tus ojos pequeña– susurró su voz angustiada. Poco a poco fui recordando todo, la visión de su cuerpo y como después caía por una espiral hasta verlo todo negro. Despacio fui abriendo mis ojos para enfocarlos en el ángel que estaba frente a mí.
–¿Edward? – pregunté para cerciorarme de que él era real.
–Bella– dijo mientras sus brazos me rodeaban fuertemente. Estábamos en la cama, la que nos albergó gran parte de la noche, ahora ya seguros de que éramos nosotros y yo estaba bien. Rodeé con mis brazos su torso mientras dejaba escapar un suspiro en su cuello, el alivio de tenerlo conmigo.
–Estoy bien Edward– musité mientras cedía el agarre de sus brazos en mi cuerpo. Levantó su cabeza y empezó a buscar algún signo que evidenciara mi estado, pero no encontró nada, solo una sonrisa por mi parte. –Estoy bien, solo fue un desmayo–.
–Me tenías preocupado Bella, pensé que te habías muerto al principio pero te tome el pulso y tu vida aún corría frente a mis ojos, por eso te traje hasta acá, para que no te doliera el cuerpo. ¿Has sufrido desmayos antes? – preguntó preocupado mientras me volvía a tomar el pulso y ponía una mano en mi frente buscando signos de fiebre.
–Es la primera vez que me desmayo– susurré despacio. –¿Cuál es su diagnóstico doctor Cullen? – dije de manera irónica.
–Señorita, como médico le recomiendo reposo por un tiempo más hasta que estemos seguros de que no volverá a desmayarse, además de consultar a algún colega para que se realicé unas muestras de sangre– dijo muy profesional.
–No me gustan los hospitales Edward– dije recordando la de meses que había residido allí.
–A mí tampoco, pero no estaría mal que nos diéramos una vuelta por esos lados, por seguridad y descartar que tengas alguna cosa en tu cuerpo. Llamaré a mi padre para que nos atienda– dijo saliendo de la habitación y dejándome con la palabra en la boca.
–¿Edward? – pregunté al ver que no volvía y yo seguía en su cama.
–Voy– gritó desde la sala. Al llegar a la habitación noté que sus mejillas estaban coloradas y tenía aspecto de sentirse avergonzado.
–¿Sucede algo?¿Por qué estás tan rojo? – pregunté curiosa.
–Nada, solo que le tuve que decir a mi padre que pase la noche con una chica– dijo poniendo una mano frente a sus ojos, tapándolos de mí. Si lo decía de esa forma, hasta el hombre más inocente pasaba a ser considerado un hombre activo sexualmente, y yo estaba de por medio. Sonreí disfrutando con la idea.
–¿O sea que tengo que ir igualmente al doctor? – inquirí haciendo un puchero.
–Eso no se discute, por supuesto que sí, mi padre ya lo tiene todo arreglado y después del almuerzo nos va a recibir– dijo seguro de sí mismo, a lo mejor lo hizo inconscientemente, pero se había incluido en los planes de ir los "dos" al doctor.
Lo que quedaba de la mañana transcurrió deprisa. Mientras Edward hacía el almuerzo, yo me fui a duchar. Lentamente enjaboné mi cuerpo y cabello para después aclararlo, cuando terminé me fije que no había ningún espejo de cuerpo entero en el baño, lo cual agradecí interiormente, el día había sido muy bueno como para arruinarlo viendo todas las cicatrices que estaban en mi cuerpo, las que me acompañarían de por vida, en las buenas y en las malas.
Una vez vestida con la ropa que había traído puesta el día anterior, miré con tristeza la ropa de Edward que ya no usaría, memoricé cada detalle, color, forma y olor mientras sonreía. Muchas cosas de las que sucedieron en los últimos días no me había permitido imaginarlas hacía tiempo, pero tendría el recuerdo de pasar una noche entre sus brazos y sentirme querida por alguien que no fuera Charlie. Hasta el momento la vida me iba bien y sonreía, para mí eso ya era suficiente y si sólo tendría esa noche, la atesoraría para siempre en mi memoria y corazón.
Cargando mis inseparables muletas, salí de mi escondite para dirigirme al comedor en donde un exquisito olor a carne impregnaba el ambiente. Como la noche anterior, el ambiente estaba decorado exquisitamente, un mantel de color amarillo oscuro, copas de vino y unos platos humeantes que me esperaban para comer.
La charla fue amena y agradable. Cuando Edward estaba de humor era un hombre muy amable y gentil, hasta reía de vez en cuando y de sus ojos salían unas pequeñas gotitas de las veces que se emocionaba. El almuerzo duro casi una hora, después nos arreglamos y fuimos a ver a Carlisle. Todo el camino lo pasé con miedo, ya que no me había desmayado nunca y me preocupaba lo que pudiera tener en mi organismo. Edward no me llevaba tomada de la mano, solo iba cerca de mí, muy cerca por si me llegaba a caer.
–Buenas tardes tenemos una cita con el doctor Carlisle Cullen – dijo Edward cuando llegamos a la recepción de medicina general. –¿Le podría informar a mi padre que su hijo ya llego, por favor? – dijo con su voz aterciopelada mientras miraba insistentemente a la recepcionista la que estaba roja y casi se le veía su asquerosa baba cayendo por la comisura de sus labios.
–Pase señor Cullen, ¿sabe dónde es o quiere que lo acompañe? – dijo la recepcionista después de llamar por el interfono a la oficina del padre de Edward, claro además la muy descarada batía coquetamente sus pestañas a Edward.
–No se preocupe, me sé el camino y se lo mostraré a mi compañera– mencionó mientras sonreía hacía mí y posaba una de sus manos en mi cintura. Mi cuerpo tembló ligeramente a lo que él arqueó una de sus cejas. –¿Sucede algo? – susurró despacito y cerca de mi rostro.
–N-no, no su-sucede n-nada– dije tartamudeando.
–Ok, vamos entonces– .
Caminamos por entre los pasillos de diversas especialidades y por todo el trayecto pude fijarme como las enfermeras de menos de 50 años se quedaban fijamente mirando a Edward, es más hasta algunas le dedicaban sonrisitas y miradas llenas de deseo. ¡Me enfermaban!.
Por fin llegamos hasta la oficina del doctor Cullen, Edward golpeó la puerta suavemente y del interior se escuchó un suave "pase". Con cuidado él abrió la puerta y señaló con la cabeza que era mi turno de pasar primero, me dio un tanto de miedo y dirigí mi mirada asustada a sus ojos esmeraldas.
–Tienes que entrar Bella, no es de buena educación que entre un hombre primero antes que una dama–.
–Pero no conozco a tu padre, me da un tanto de miedo, ¿y si nos saltamos aquellas normas de educación y entras tu primero? – dije cobardemente.
–Bella, mi padre es como cualquier médico, además es muy simpático y amable– dijo Edward tratando de convencerme.
–¿Y si entramos los dos al mismo tiempo? Tú sabes Edward que los hospitales no son lo mío y hace algún tiempo que no visitó esos recintos–.
–¡Ay Bella! ¿Qué haré contigo? – preguntó mirando hacia el cielo.
Mientras seguíamos debatiendo quién entraba primero y quien no, la puerta de abrió detrás de nosotros y de él apareció un estudiante de medicina de cabello rubio y delantal blanco que llevaba un estetoscopio colgando de su cuello.
–Me pareció que alguien no quería entrar a la consulta– dijo el estudiante amablemente.
–¡Oh! No es nada, solo que Edward no quería entrar primero y como yo no conozco al doctor, pues bueno, me dio un tanto de miedo. ¿El doctor esta adentro? – pregunté mientras sentí un ligero tirón en la manga de mi sweater de parte de Edward quién me miraba sonrientemente.
–Sí, el doctor ya está aquí– susurró el practicante con una sonrisa en su rostro. –Edward ¿por qué no pasan a la oficina mientras voy a buscar unos papeles? Por cierto, yo soy el doctor Carlisle Cullen, padre de este caballero que te acompaña hoy en día– dijo con una sonrisa mientras levantaba una mano y revolvía el cabello de Edward, él rió mientras me abrazaba con cuidado y entraba conmigo a la sala.
–¿Ese hombre es tu padre? Pero si parece un estudiante, un practicante…– dije avergonzadamente mientras hacía manifiestos mis pensamientos.
–Sí, ese es mi padre, el amor platónico de las enfermeras, doctoras, técnicos y la mayoría del personal femenino del hospital– dijo moviendo su cabeza de lado a lado.
La puerta se abrió de repente y entró el padre de Edward con su cabello rubio un tanto despeinado y una bolsa con dulces y caramelos, la boca se me hizo agua al notar que eran mis preferidos, caramelos de leche marca Old England Toffee.
–Ya he vuelto, fui a buscar unas pocas municiones mientras llega la hora de tomar el té de la tarde. Por favor siéntense mientras voy por unos vasos y jugo para ustedes. ¿Almorzaron? – preguntó mirando a Edward fijamente.
–Sí padre, he cocinado yo hoy día y Bella hizo el desayuno– dijo mientras se sonrojaba. Me era un tanto extraño que un hombre de su edad se sonrojara de ese modo.
Carlisle volvió con una bandeja con tres vasos de jugo, unos pastelitos marca Esme y un pote con caramelos. Lo dejo todo con cuidado sobre su escritorio mientras él se sentaba al otro lado, con Edward ya estábamos sentados esperando sus preguntas.
–Y bien, ¿por qué motivo me vienen a ver los dos? – preguntó mientras pasaba su mirada de su hijo hasta mí y viceversa.
–Bella se desmayó hoy día en la mañana padre– dijo Edward mientras miraba a su padre.
–¡Oh! – musitó Carlisle formando una O con sus labios.
–Sí, es la primera vez que me desmayo– dije mientras evaluaba todas las expresiones de su cara, hasta que en sus facciones se instaló la ternura.
–Mmm… debo hacerte las preguntas de rigor en este tipo de situaciones. ¿Quieres que Edward este presente? – pregunto el doctor.
–Yo no me muevo de aquí, quiero saber que tiene Bella– dijo Edward como respuesta. El doctor dirigió su mirada hacía mí y yo asentí como respuesta aprobando que se quedara en la sala conmigo.
–¿Posees alguna enfermedad crónica Bella? – fue el primer dardo.
–No, ninguna–.
–¿Tomas algún tipo de medicamento? –.
–Para el dolor, paracetamol, ibuprofeno, diclófenaco, dependiendo del grado de dolor, si estoy muy mal, deben ser algunos más fuertes y recetados por un doctor.
–¿El accidente te dejo algún tipo de secuela? Internamente hablando–.
–Solo las cicatrices y que todavía no me puedo valer por mí misma sin las muletas. Mi interior ya está curado totalmente– respondí.
–¿Cuándo fue tu último período? – el rubor inmediatamente subió a mi rostro, giré mi cabeza para ver a un Edward totalmente sonrojado.
–Hace un mes– contesté.
–¿Has notado algún cambio en tu cuerpo? – dijo sonriendo tiernamente.
–Bueno, creo que subí de peso, sigo comiendo pasteles y tomando café con leche– mencioné ya que eso era algo habitual en mí.
–Necesito medirte y pesarte, además de hacerte un pequeño reconocimiento. También soy ginecólogo, así que si gustas puedes atenderte libremente conmigo, además quiero hacerte unos exámenes de sangre y orina.
–Está bien– dije mirando con ojos de corderito a Edward.
–Hijo, necesito que termines de llenar la ficha de Bella, después la pases al computador y vayas a la cafetería a encargar el té para mí de la tarde. Ahora– dijo Carlisle mientras Edward asentía y me dejaba sola.
–Iremos ahora a otra sala para poder examinarte– dijo conduciéndome por una puerta interna en su despacho a la sala "aquella". Cuando era más pequeña había ido a acompañar a una chica de la universidad al ginecólogo y yo también había consultado algunas dudas.
–¿Me saco la ropa? – pregunté mientras me ponía roja.
–No, vamos a conversar primero– dijo en tono tranquilo Carlisle.
–Está bien–.
–¿Te gusta mi hijo? – preguntó directamente. –Sé sincera por favor.
–Sí, solo que es un tanto cerrado conmigo–.
–¿Sabes lo que le ocurrió? –.
–Sí, anoche me dijo varias cosas y otras que me iba a contar más adelante– dije mientras en su cara se pintaba una mueca de tristeza.
–¿Cuándo fue tu última relación sexual? Con Edward u otra persona–.
–Soy virgen– dije mientras mi rostro luchaba por ser pálido contra el morado reinante. Era incómodo decirle estas cosas a un médico, que además era padre del chico que me gustaba.
–¡Oh oh oh! Yo creí que estabas embarazada– dijo de manera triste.
–No hay posibilidad como lo ve ahora– respondí.
–Pero ustedes, ¿son pareja, amigos con beneficios? – preguntó.
–Estoy tratando de hacerme su amiga, pero me cuesta bastante– admití para mí misma.
–Edward es un buen chico, ha sufrido mucho y le cuesta abrirse a las personas. Creo que Esme te lo ha dicho y si has conocido a Emmett, también–.
–Sí, pero mejor ir dándole tiempo al tiempo y no apresurar las cosas, ya que podrían salir peor de lo que serían de forma normal– musité con una sonrisa.
–Una sabia decisión– dijo Carlisle.
Salí de la consulta con una sonrisa y una receta para comprar pastillas, no es que fuera a pasar algo, pero por prevención y seguridad personal era mejor tener algo a la mano, que no tener nada. Tampoco me hacía ilusiones falsas de tener una relación física con un hombre, específicamente Edward, primero debería ganarme su confianza y después, tratar de ahondar en algo más sólido y porque no, cálido.
Edward nos esperaba con la taza de té de Carlisle humeante, desprendí un ligero olor a canela. Se sorprendió al verme sonriente, ya que era muy distinto al modo casi aterrado que me había acompañado en la entrada.
–¿Pasaste la ficha al computador hijo? – preguntó amablemente Carlisle.
–Si padre– contestó mientras giraba su rostro para preguntarme. –¿Ha estado todo bien allá adentro Bella? –.
–Todo bien, solo tengo que hacerme unos exámenes de sangre y orina, luego pido la hora para hacérmelos– musité ya más tranquila.
–¿Nos vamos? – preguntó un tanto ansioso Edward.
–Sí– respondí mientras me acercaba a despedirme de Carlisle. –Un gusto conocerlo doctor Cullen– dije tendiéndole mi mano. Él, por el contrario se acerco e hizo caso omiso a mis muletas y me abrazo.
–Ven a verme más seguido Bella, te estaré esperando para ver los resultados de tus exámenes. Hijo, cuida a Bella, tienes algo valioso entre manos– susurró Carlisle soltándome y revolviendo el cabello de Edward que ya estaba a mi lado.
–Hasta el sábado padre– dijo Edward al salir de la consulta del doctor.
–¿Va a estar también tu padre en la cena? – pregunté, acordándome del compromiso que había adquirido con Emmett algunos días atrás.
–Por supuesto, él es el jefe del Clan Cullen, además ya tiene reservaba su agenda para ese día. Estarán todos los muchachos, así que será estar en familia– murmuró para sí mismo. –¿No te estarás arrepintiendo Bella? – preguntó cerca de mi rostro.
–¿Qué? – repliqué de sopetón.
–¿Te da miedo ir? – volvió a preguntar Edward, pero ya más alejado de mi cuerpo.
–No, es solo que, hace tiempo no comparto con un grupo de personas, una familia mejor dicho. No estoy segura de saber comportarme correctamente, he perdido el ritmo de los eventos sociales– contesté apenada. Y era cierto, después del accidente, mi vida social, llámense "amigos" era totalmente nula.
Edward no dijo una palabra más en todo el trayecto. Supe que esta noche la pasaría en mi hogar cuando el taxi se dirigió a ella. Para variar el coche patrulla de Charlie no se encontraba en las afueras, por ende, no estaba, en realidad casi nunca estaba.
Lo extraño de todo fue que al llegar a la puerta de entrada, una sensación helada bajo por mi espalda, un pequeño escalofrió, una anticipación a lo que me esperaba en el interior del hogar: la soledad. En más de un sentido, estaba totalmente sola en la vida; si bien era cierto que Charlie era mi padre, su trabajo la mayoría de las veces había impedido que se estableciera una relación más estrecha entre padre-hija, tampoco podía reprochárselo, gracias a él comí, estudié y viví durante un largos años. Más, ¿quién estaba a mi lado en todo momento?, la respuesta era sencilla y un tanto cruel: nadie.
También la actitud de Edward había cambiado notoriamente en el trayecto hasta mi casa, retracción o arrepentimiento era lo que se interpretaba de sus gestos. Se alejo con un seco "adiós" y cojeando recorrió el camino hasta el taxi que lo esperaba, de él no nació otro gesto amable. De inmediato los cristales de mis ilusiones fueron sufriendo quiebres intermitentes en todo lo amplió que eran ellas, quizás mi corazón se adelantó demasiado rápido a un hecho que todavía no era concreto, el ansía por llenar ese cruel "nadie", había terminado pasándome la cuenta.
En toda la tarde no hubo ninguna llamada a mi móvil de parte suya. Tampoco Charlie llamaba. Pasaría otra noche sola, en compañía del dolor de mis huesos, la preocupación de mi corazón y la soledad que reinaba en mi mente.
Cerca de las 23:00 horas, el ruido de un auto deteniéndose fuera de casa fue lo que me alertó y me hizo salir a mirar por la ventana. Mi padre llegaba cargado con unas bolsas de un supermercado, varias en cada mano. Me moví con cuidado por la casa para ir a recibirlo después de su día de trabajo.
–Bella, hija, ¿cómo estás? – preguntó cuando ya estábamos ante la pequeña mesa de la cocina.
–Bien Charlie, ¿cómo van las cosas en la comisaría? – pregunté por educación.
–Bien, nada grave ni novedoso en este pequeño pueblo. Y dime, ¿estás saliendo con Edward Cullen? – preguntó de golpe.
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Les deseo un Feliz Año Nuevo 2012 a cada una de ustedes. Que sea un año lleno de amor, salud, trabajo, compañerismo, lealtad y paz, mucha paz que el mundo la necesita.
NOTA: Cuando Bella dice –"¿Cuál es su diagnóstico doctor Cullen?" lo hace de forma irónica, por la preocupación que Edward muestra hacia ella. Edward no es médico, recuerden que por ahora trabaja en la pastelería de Esme. Gracias a Cris por alertarme de esto que se podía malinterpretar.
