Disclaimer: Hetalia Axis Power pertenece a Hidekaz Himaruya


En efecto, aquel contacto inicial se convirtió en el primero de muchos, todos a escondidas de los demás y ocultos a los ojos ajenos. No se trataba de vergüenza, no. Sólo que no estaba bien visto por nadie. Ambos sabían que se meterían en un lío si aquellos encuentros furtivos, tanto de día como a altas horas de la noche, se daban a conocer. La Iglesia podía llegar a ser muy rígida con conductas así, de modo que España y Holanda se aseguraban de coincidir casualmente, para no levantar sospechas.

Aunque era mucho más correcto decir que era España quién buscaba a Holanda, con infinidad de excusas bajo el brazo para quedarse a solas con él. No importaba el sitio, tanto daba si era el sótano o la torre de guardia, la cocina o sus respectivos cuartos, Holanda siempre acababa cediendo. Eso no significaba que le disgustase ceder, de hecho sentía un hondo y críptico placer el comprobar que España le prefería a él antes que a su hermana, por poner un ejemplo, si bien únicamente fuera para dejarle un beso en la comisura de los labios y sonreír como un idiota antes de irse a cualquier otra parte. Holanda no quería admitirlo, pero estaba desarrollando una tonta dependencia hacia esos besos. Y a la vez unos celos horribles.

Holanda todavía recordaba, con algo de aprensión eso sí, la semana que Austria pasó en la casa con motivo de las sucesivas guerras contra Francia, alegando que las cosas no debían seguir así. Carlos era el rey y emperador de todos ellos y no podía permitirse que el reino francés y el Papa se opusieran al poder imperial. Austria era muy severo respecto a esos temas, aun cuando pelear no fuera su punto fuerte. Lo que más le exigía a España era que le proporcionase las tropas suficientes para combatir en el Milanesado, echar a los franceses y mantener a raya a los turcos. España sabía que tenía que hacer todas esas cosas pero no era tan alarmista como Austria. Sus Tercios eran lo mejor de lo mejor en Europa, el más potente y poderoso ejército creado hasta la fecha. Hiciesen lo que hiciesen los demás, no tenían posibilidad alguna.

Todas esas cosas las habían discutido en la habitación de España, a solas, sin saber que tanto Bélgica como Romano tenían la oreja pegada a la pared del cuarto contiguo, cotilleando la conversación. Holanda también estaba con ellos, pero apoyado en el alfeizar de la ventana, fumando de ese tabaco que tiempo atrás le había regalado España. No le interesaba saber de qué hablaban.

—Se supone que deberíamos estar haciendo inventario… — había dicho Holanda hacía rato, bastante malhumorado.

Los tres, era cierto, tendrían que estar ocupados con sus tareas pero, la curiosidad y, en cierta forma, los celos hacia Austria, casi los obligaron a espiar. Holanda sabía que Romano no soportaba que otros acaparasen la atención de España, por mucho que lo negase. Bélgica simplemente tenía en tan alta estima al reino español, que tampoco quería que otro fuera el preferente. Y Holanda, simple y llanamente, ardía por culpa de la envidia. Austria jamás le había inspirado mucha confianza pero el saber que España podía hacer lo que quisiera con él porque Austria no se iba a "oponer", era demasiado. Ese "matrimonio" era pura conveniencia, no obstante todo el mundo sabía que en la cama nada era interés y Austria, por mucho aspecto de señorito y mosquita muerta que tuviese, no tendría la valentía suficiente para airar a España, el reino más poderoso de Europa. Además, Holanda sabía, porque lo sabía, que España era un fuego que no se podía ignorar cuando te tocaba. No quería saber qué iba a pasar durante toda esa semana, su cabeza ya se ocupaba de imaginarlo.

Salió del cuarto, irascible, dejando a su hermana y a Romano aun escuchando la conversación del otro lado de la pared. Necesitaba despejarse, pensar un poco. Analizar aquellas emociones tan volubles y espontáneas en la soledad y oscuridad de su recámara, con el dinero y el humo como única compañía. No quería ver a nadie más por el resto del día. Prefería dormir sin cenar a encontrarse con la cara adusta de Austria y la sonrisa de España, una al lado de la otra.

Se encerró en su habitación, ordenando a los criados que bajo ningún concepto le molestase nadie. Después rellenó la pipa y retomó sus pensamientos, sentándose en un taburete junto a la ventana. No lo entendía. Quería y no quería verlo. Le ponía enfermo su carácter jovial y extrovertido pero le atraía sobremanera todo lo demás, los detalles y los despistes tontos, sus ojos chispeantes, su voz. Su cuerpo. Anhelaba un montón de cosas y al mismo tiempo quería resistirlas como siempre había hecho.

Mató el tiempo revisando cuentas pasadas, mirando por la ventana e ignorando ese dolor sordo que comenzaba a atenazarle el estómago. Había rechazado los inútiles intentos de sus sirvientes de hacerle salir para que fuera a cenar. Tenía un hambre comparada a la que pudieran tener siete lobos juntos pero no cenaría con nadie, no quería tener que ver unos ojos que no le miraban a él antes que a los demás. Eso podía parecer pueril y de hecho lo era. No existía nada más infantil que hacerse daño a uno mismo por culpa de querer parecer indiferente y enfadado a la vez. Holanda aun era joven, no conseguía ninguna de las dos cosas.

Encendió unas cuantas velas para alumbrarse después de que el sol se pusiera. Las pequeñas llamitas apenas proyectaban la luz suficiente como para poder leer bien y Holanda tenía los ojos cansados, pero aún así se propuso intentarlo. Colocó las velas en la mesa bajo la ventana, dejándola entreabierta para que entrara la delicada brisa de la noche. Luego abrió el baúl situado a los pies de su cama, extrayendo varios libros de él. Estaban algo gastados pero en buen estado. Se los había llevado de casa, para tener algún material que leer en los viajes y momentos solitarios como ese. Ignoró el rugido que le desgarró las entrañas como un cuchillo de sierra, sentándose en la silla junto a la mesa para comenzar a leer el primer volumen.

Los poemas flamencos no eran los más afamados de Europa pero para aquellos que lograban desenmarañar sus tortuosas y acariciadoras imágenes escondidas entre las palabras, podían resultar verdaderas bellezas. Holanda era capaz de beber de esas ilusiones escritas como si fueran las suyas propias. Se daba cuenta perfectamente de que muchas emociones plasmadas en el papel podría haberlas escrito él en su actual estado de encierro, ahogado en un mar de espesa y corrosiva desazón oscura. Pasaba las hojas, devorando los versos como si nunca hasta entonces los hubiera leído. Sólo quería distraerse, ocupar sus pensamientos con algo más, no pensar en ellos, en lo qué podrían estar haciendo después de años sin verse.

Terminaba el decimonoveno poema cuando se abrió la puerta, sin que nadie llamase antes. Eso le irritaba mucho, todos lo sabían. También sabía quién era el único que hacía eso. Holanda no levantó la vista del libro, ni siquiera cuando, al cerrar España la puerta, la corriente de aire apagó las velas, dejando el cuarto en semipenumbra. Holanda profirió un gruñido, mezcla de irritación y expectación. Levantó los ojos, cerrando la obra entre sus manos, dejándola sobre la mesa. Pero ni entonces lo miró, manteniendo los ojos clavados en la madera y apretando los dientes. ¿Qué quería de él después de haber tocado a Austria? Otra vez una furia ciega se adueño de él. Aun con todo eso, no lo miró. España se acercó despacio, sin decir nada hasta llegar a la mesa de Holanda. De él se desprendía el suave olor a lavanda, mezclado con el agrio de la cerveza y el dulzón del vino. No parecía estar borracho, pero tampoco totalmente sobrio. Holanda lo encaró entonces, levantándose justo cuando España alcanzaba su posición. De nuevo no dijo nada pero sí España, mientras le clavaba la vista como si fueran cuchillos afilados y hambrientos de una presa fácil.

—¿No vas a decirme nada? — no arrastraba las palabras pero se le notaba achispado.

Holanda arqueó una ceja, cosa que España no vio por culpa de la casi oscuridad de la habitación. La única luz entraba ahora por la ventana, débil y plateada. La luna creciente reinaba en el cielo despejado y claro, acompañada por las estrellas titilantes.

—Sí, que te largues.

Fue duro y directo, pero era así, no lo quería ver. Su presencia le recordaba las sensaciones amargas que había intentado evitar como un cobarde. Eso también le fastidiaba sobremanera, que en cierta forma se hubiese tenido que comportar así por su culpa.

—¿Eh? ¿Por qué? ¿No quieres que te de las buenas noches?

Era su forma de decir que quería besarlo hasta quedarse sin aire. España, despistado como él solo, había estado todo el día preocupado y enfurruñado por la ausencia premeditada de Holanda. No había tenido idea de cual podría haber sido la razón de su comportamiento pero le inquietaba no tenerlo cerca aunque fuese para ver sus expresiones adustas e indiferentes. No se lo había dicho a nadie, pero lo que más ansiaba siempre, aparte de otras cosas como abrazar a Romano y arroparlo por la noche, era morderle los labios a Holanda y tornar esos aires tan fríos en otros diferentes. Como en deseo, en suspiros ahogados con la lengua.

Aunque sabía que esta vez no sería tan fácil como acercarse y rozarle la oreja.

—No, no quiero y ya puedes irte olvidando de hacerlo más. — Holanda compuso un gesto parecido a decir "Vete de una puñetera vez".

España entreabrió los labios para protestar, sintiéndose rechazado, algo que le dolía mucho. En esos aspectos era como un niño al que le negaban un capricho.

—Ni siquiera te he preguntado por qué no has ido a cenar, no entiendo qué te pasa. — incluso había fruncido el ceño.

España se movió para seguirlo al ver que Holanda iba de un lado a otro del cuarto, sin contestarle, mientras dejaba los libros en su sitio. Se le habían quitado las ganas de leer nada. Refunfuñó varias cosas por lo bajo y se volvió hacia él, con la chispa de la rabia ardiendo en los ojos.

—No, claro que no, nunca entiendes nada.
—Eh, no te pases de listo, escucha…

—¡No, escucha tú!

No supo cómo siquiera tuvo el valor o la fuerza suficiente para hacerlo, pero en un arrebato casi homicida, Holanda había atrapado a España por el hombro y lo había empujado contra la pared, como la primera vez que llegaron a besarse. Esta vez, el hombro de España colisionó contra la mitad inferior de un cuadro, con tal magnitud que este se rompió. La fuerza del choque también lo hizo caer. El ruido sordo del marco agrietándose al golpearse contra la madera dura del suelo fue lo único que resonó en la habitación, además de las respiraciones poco acompasadas de ambos.

Era tal la intensidad, que a los dos se les había secado la garganta, conscientes de que de un momento a otro aquella discusión podría tornarse en fuego mortal.

— Hasta ahora no me había importado, pero quiero que te quede clara una cosa — Holanda sonaba extremadamente bajo y vibrante, con una extraña mezcla de enfado y tristeza— No soy tu juguete, ni tu segundo plato, así que olvídame y déjame en paz.

Podrían haber sido palabras mucho peores, más hirientes y afiladas, las que salieran de su boca. Pero eso fue lo único que logró decir para que España entendiese que no iba a soportar no saberse el único. Aunque había sido tonto pensar que desde un principio iba a serlo. Además, querer ser el único significaba querer ser "algo" y eso le estaba dando miedo, de sí mismo incluso. España no había desviado la mirada, concentrado en entender el mensaje oculto en los ojos de Holanda. Brillaban, no literalmente, pero él podía verlo. No era tan idiota para no saber ahora qué le ocurría. Estaba celoso.

—No quiero hacer eso. — dijo España, despacio, como tanteando el terreno. La mano de Holanda apretó más su hombro y él gimió un quejido. Los dos eran bastante fuertes, quizá España un poco más, pero eso no quitaba que Holanda fuese capaz de ganarle alguna que otra vez. — ¡Por Dios, Holanda, estás pensando de más! — exclamó sin querer.

Era tal la vehemencia que consiguió desasirse de su mano confrontándolo un poco. Sin querer pisó el cuadro roto del suelo, pero no le importó. Sin dejarle tiempo a nada, España le asió del cuello de la túnica, atrayéndolo esta vez por sí mismo. Daba gracias que eran de la misma estatura todavía porque estaba seguro de que algún día Holanda sería más alto que él.

Fue un beso diferente, entre voraz y apaciguador, dos conceptos que parecían no poderse entender. Y que sin embargo lo hacían, de una manera casi mágica. España pensó por un instante, un mísero momento, que Holanda le mordería y le apartaría, echándole de su cuarto después. Pero nada de eso sucedió. A medida que pasaban los segundos, podía notarlo tan desesperado como él en acariciarle la boca con la lengua. Holanda aun estaba enfadado, pero no le importaba, nada le importaba, si podía tenerlo para sí unos minutos de esa manera.

Poco después podían oírse sus jadeos involuntarios, tanto de uno como de otro. Tardaron poco en mirarse diferente, de otra forma, acariciadores. Incluso sus manos hablaban por ellos. Para España aquello no le suponía nada malo, de hecho era algo que deseaba abiertamente desde hacía mucho tiempo. Muchos besos habían sido con la intención de avanzar un poco más. Pero el éxito lo estaba consiguiendo ahora, Holanda parecía derretirse con un susurro en la oreja.

—España, oye, no…

Pero él chistó para que se callara. Holanda quería parar antes de tiempo y esta vez España no lo permitiría. Le demostraría que le consideraba algo más que todas esas impresiones que tenía de él. No era su juguete, no estaba jugando. Y no era su segundo plato porque Holanda era más que eso. Se lo haría saber bien.

—Si tienes miedo puedo dejarlo para luego… — España se sonrió al morderle la piel del cuello, notando ese estremecimiento y la tensión que sabía no dejaría admitir a Holanda que tenía miedo de seguir. — Pero asúmelo, quiero hacértelo, quiero hacerte de todo.

Holanda gruñó pero no como siempre lo hacía. Fue más bien un gañido al saberse atrapado. No debería haberlo provocado, no. Menos sabiendo que en cuanto España empezase a deslizar los dedos por su cuerpo ya no podría desear nada más. No entendía cómo, pero el Jefe era puro fuego y magia, ardor pasional y enloquecido.

—Vale, sí, vale, lo que sea. — la sonrisa de España se hizo más grande cuando lo oyó ceder ante sus deseos, una vez más.

Comenzaron a quitarse la ropa, casi con dulzura, el uno al otro, como si fuera un acuerdo implícito. A Holanda le temblaban las manos, los dos lo notaban, y era por ese mismo miedo. No era a lo desconocido, claro que no, era otra cosa.

—Vamos, no es como si no lo hubiese hecho antes, ¿no es así? — la mordacidad de España a veces le enfurecía, sobre todo cuando quería pasarse de listo. Holanda chasqueó la lengua y le deshizo el nudo de la cinta del pelo, haciendo caer los mechones sobre los hombros morenos de su amante. España se estaba dejando el pelo largo y no negaba que ese aspecto hacía que se le endureciese mucho más deprisa.

— No tengo por costumbre acostarme con hombres, no soy como tú. — Holanda terminó de quitarle la ropa, sin mirarlo directamente. Había pretendido ofenderlo pero eso era difícil. España soltó una risita y le llevó a la cama, colocándose sobre él, dominante.

— Pues estás a punto de ser como yo. — murmuró antes de volver a besarlo.

Era la primera vez que podían tocarse de verdad, sin nada de por medio como la ropa o la inhibición. Holanda aún se mostraba tenso pero enseguida se le esfumó la preocupación al sentir la piel caliente de España contra la suya, sus labios en el cuello y el pecho y los dedos en el pelo. Pero él no se quedó quieto, no iba a desaprovechar la ocasión que tenía de poder decirle, aunque fuese con el cuerpo, lo que quería. Que le quería, aunque ni él mismo lo supiese.

— Flexiona las piernas. — fue una orden ronca, señal de que las consideraciones se estaban acabando. Holanda lo hizo, un poco lento. España comenzó a bajar con los labios por su cuerpo, alternando la lengua e incluso los dientes. —Así, muy bien.

Daba escalofríos oírlo, del gusto, de la ansiedad. Holanda no sabía qué tenía que esperar pero lo imaginaba. No era tonto, sabía qué y qué no se podía hacer con la boca en el cuerpo de otro. Lo había hecho con mujeres, asumió que con un hombre era igual.

No se equivocó.

El jadeo que soltó al notarse dentro de la boca de España fue el primero de muchos aquella noche, no el más fuerte y tampoco el más sensual pero sí uno lo suficientemente audible como para comprobar que lo tenía en sus manos.

— Ah, España…

El susodicho levantó la cabeza de lo que estaba haciendo, se la sacó de la boca y se dedicó a masturbarlo un poco más despacio. Holanda se tensaba, retorciéndose un poco de vez en cuando, y tenía los ojos entornados, con los dedos de la mano derecha enredados en el pelo castaño de España, apretando las yemas sin quererlo, la piel perlada de sudor, tiritando a la vez, relamiéndose. Estaba proporcionándole una imagen tan erótica que ni en sueños se le olvidaría.

—Ya voy, ya voy, tranquilo. — susurró España, lamiéndole por última vez el miembro, antes de incorporarse entre sus piernas. Holanda también se incorporó, como un resorte, de nuevo supo lo que venía. España olió su temor, uno muy ligero y que nada tenía que ver con el de las doncellas.

España le mordisqueó los labios un poco a la par que Holanda intentaba lamer los suyos. Enseguida quedaron de nuevo tumbados, besándose, más despacio que al principio, como con más dedicación. Hasta que España entró en él. Holanda chistó y le golpeó el hombro, no muy fuerte eso sí. España se había olvidado de la delicadeza y se la había metido de golpe, haciéndole sentir en carne viva, como si le partieran por la mitad con una sierra. El dolor escocía, vaya que si lo hacía. De hecho, habría llorado de no ser por su natural carácter estoico.

—Hijo de puta. — masculló Holanda en cuanto España se detuvo.

España se rió flojito, casi tierno. Y se quedó quieto sobre él, mirándole desde arriba y a los ojos. Si España tuviera que describir el color exacto y el matiz preciso de verde en los ojos de Holanda, diría que era como trozos de prado, primavera fresca, algunas veces opacada por las nubes de lluvia. Eso pensaba que podrían ser, porque cuando los veía lo único en lo que pensaba era en hundirse en ese verde, deslizarse entre las espigas sin madurar y quedarse tumbado mirando al cielo. No sabía que Holanda pensaba lo mismo.

—Mira, si no te relajas… — comenzó a decir España.

—Estoy relajado, mierda, deja de hablar y muévete. — casi parecía una orden.

Pero no lo estaba. Lo supo en cuanto España se retiró un poco, a duras penas. Lo supo al sentirse de nuevo como si le estuviesen hincando una pica en las entrañas. Era un dolor agudo e intenso, profundo. Que se convirtió en delirio después, nada más relajar el cuerpo casi inconscientemente. Una locura. Un torbellino. Espirales brillantes.

Cuando Holanda abrió los ojos después de sacudirle uno de los mejores orgasmos de su vida, se encontró con que España seguía tumbado en su pecho, quietecito y casi ronroneando del gusto. Aun no lograba respirar del todo bien, tenía la garganta seca, calor, de todo.

¿Qué habían hecho?

No quiso moverse pero algo le decía que, al igual que el primer beso, esa no sería la primera y última vez que lo hicieran. Suspiró, apartándose el pelo de la frente, deslizándolo hacia atrás. Se dedicó a mirar el techo, notando la respiración acompasada de España en su piel, los latidos de su corazón sobre los suyos propios. Quiso pensar que aquel momento bien le valía todo lo malo que pudiera pasar después. No lo admitiría nunca, pero le había gustado. Mucho.

Y eso también le asustaba.


No era la primera vez que discutían. No es que se pasasen el tiempo regañando pero era bien sabido las diferencias que existían entre ellos. No importaba que fueran amantes, porque el trabajo iba primero siempre. España era un imperio con todas las letras y no podía permitir tonterías. Y mucho menos tonterías por parte de Holanda.

—¡Es sólo un capricho tuyo! — fue lo que gritó España nada más conocer lo que estaba pasando en los territorios germanos del norte.

—¡Eso son sandeces, España, reconoce de una maldita vez que estás equivocado!

El motivo de la pelea no era nada más y nada menos que la aparición del luteranismo en Europa y la afiliación que estaba presentando Holanda para con esa corriente religiosa. España era muy poco tolerante con otros tipos de fe. Había expulsado a los musulmanes, desterrado a los judíos y quería deshacerse de los moriscos. No permitiría la blasfemia en su casa. Y Holanda parecía estar desafiando eso. España no quería pensar que Holanda pudiera ser protestante, le era totalmente inconcebible. Holanda, su Holanda.

—¡Eres tú quien lo está!

No lo pudo evitar, le soltó un bofetón, con la fuerza suficiente como para hacerlo trastabillar hacia atrás. Holanda parpadeó, ligeramente desorientado. Sentía la mejilla arder, la sangre burbujear y el corazón estallar de ira. España nunca le había puesto la mano encima. Que le golpease en un arrebato de furia se le hacía injusto. Tuvo que apretar los puños y hacer alarde de todo su autocontrol para no devolverle un puñetazo.

—¡Eh, espera! — le gritó.

España no le hizo caso. Después de golpearlo se fue de la sala, pisando fuerte y con grandes zancadas. Holanda sabía que estaba furioso, con él, con la situación, consigo mismo. Entendía que le supusiese un problema. Pero no era justo.

Felipe II era el rey de España y los Países Bajos desde hacía un tiempo. El hijo de Carlos no era mal rey, se preocupaba por las cosas y solucionaba los conflictos de manera eficiente. No era mal rey. Sólo que Holanda y a sus habitantes lo consideraban un extranjero sin derecho a gobernarlos. Hacerse protestante era la manera que tenía de demostrar lo poco que le importaba la fidelidad hacia Felipe, aun cuando eso supusiese poner en entredicho su lealtad personal hacia España.

Después de eso, se evitaron mutuamente, buscando la compañía de otros en lugar de la que en realidad deseaban. Bélgica le consolaba diciendo que ya se le pasaría el enfado al jefe, que no se preocupara. Holanda fumaba como si fuera una chimenea, irritado, sin sentirse culpable por nada. Vamos, eran países diferentes, España no tenía ningún derecho a decidir sobre su vida. Además, no era la primera vez que discutían por cosas como esa. Cada vez más veces eran las pequeñas cosas que España quería corregir en él. Costumbres, hábitos, modales. Y ahora la religión.

Era algo que no soportaba.

De hecho ya estaba dándole vueltas a una cosa aunque ni siquiera quería pensar en ella demasiado tiempo seguido. Muchos lo habían intentado sucesivas veces y varios lo habían conseguido. No era tan terrible si lo que quería era libertad de expresión y credo. Además, ya le habían propuesto alianzas en caso de generarse un conflicto armado. Si no lo había intentado ya era por…

—¿Hermano?

La voz de Bélgica, tan suave y sinuosa, interrumpió esa línea de pensamiento, haciendo que levantara los ojos parar mirarla. Ella lo observaba curiosa, entre eso y preocupada. Holanda llevaba, sin darse cuenta, muchos minutos seguidos mirando a la nada del patio.

—¿Estás bien?

Él exhaló humo, ladeando la cabeza para no hacerlo junto a la muchachita. Agachó los ojos. La pregunta era bien simple. Sí o no. No había más. Era como preguntarse si quería o no quería seguir allí. Holanda llevaba mucho tiempo viviendo en la península, sin querer entablando un vínculo con ese país que encabezaba el Imperio. Sin darse cuenta de que se estaba atando a algo mucho más fuerte que todo lo demás aunque la soga únicamente apretase su cuello. Quería quedarse, pero sería de idiotas hacerlo.

—No.

Bélgica asintió un poco, sentándose junto a él en el banco de piedra, abrazándose al brazo de su hermano mayor y apoyando la cabeza en su hombro, suspirando. El crepúsculo del otoño era una preciosidad, coloreaba todo de matices dorados y ocres, haciendo brillar las hojas muertas de los árboles como si fueran joyas. Holanda echaría de menos esos colores cuando regresase al norte, ya se había decidido.

Sí quería continuar de la mano de España tenía que irse. Por mucho que le doliese a los dos.


Se acabó. Se había acabado todo. Así, sin más, de repente, como un soplido a una vela. Se podría pensar que el final fue como aquellos que describen los libros de aventuras épicas. Finales con lluvia, mucho humo y sangre, gritos y heridos, muertos por todas partes. Y barro, también siempre había de eso. En esos finales, el protagonista regresaba a casa con el cuerpo y la mente trastocados. Le esperaba su amor, la chica, la doncella que amaba, en casa. Eso también pasaba siempre. Luego se abrazaban y besaban, llorando los dos por el reencuentro.

Pero las cosas reales no eran así. La vida real era diferente y para nada asemejaba jamás la cruel atmósfera de inverosimilitud de un libro. No había humo, ni estaba lloviendo. Únicamente coincidían en la cantidad de sangre y muertos. Y el dolor, oh el dolor. España jamás había leído nada que describiera el crudo sufrimiento que estaba experimentando en ese momento. No debían de existir las palabras para dar a entender que su único deseo era llegar a casa, arrancarse la piel de cuajo o hundirse un cuchillo en la carne, gritar hasta quedarse afónico o golpear a alguien. No podía hablar porque era imposible hacerlo sin chillar lo mucho que odiaba todo.

Las derrotas dolían, las pérdidas dolían y las dos cosas juntas dolían mucho también. Pero él había perdido algo más. Nadie entendía eso cuando le decían que ya pasaría, que no pasaba nada y que en realidad tenía más tiempo para seguir con sus cosas. España no quería un territorio, no quería ganar una guerra. Le importaba poco ya su dominio en el mar. Que se lo quedara ese bastardo de cejas grandes. Sólo lo quería a él de vuelta. Verlo una vez más antes de que se grabara en su mente trastornada y febril la imagen de Holanda con un arcabuz en la mano, bajo el límpido cielo azul y mirándolo como si jamás hubieran sido nada. Eso era lo peor de todo, el no saber por qué. ¿Se había ido en realidad porque quería ser libre o por que le odiaba?

Se habían dicho y gritado de todo, herido, disparado, golpeado y empujado en cada batalla de esos largos ochenta años. Las vidas humanas que se habían perdido eran también un lastre en cada una de sus cabezas. La sangre derramada un derroche y las lágrimas silenciosas una desgracia.

Quería llorar. Y lo hizo.

Sentado en el patio central de su palacio, a la sombra de un roble alto y robusto, se dedicó a admirar la belleza del atardecer, en silencio. Le gustaba la primavera. Con ella todo era suave, de un fino color verde limpio y acariciador. Pero le recordaba a él y él a su vez le recordaba todo lo demás. Con lo cual…

—Eh.

España, que tenía la barbilla apoyada en los brazos sobre las rodillas, no giró la cabeza. Romano, de pie delante de él y con los brazos cruzados, le observó, ligeramente irritado. El niño no había ido para molestar, más bien para ver cómo estaba, algo que jamás admitiría en voz alta.

—Oye, no me ignores, maldición.

Romano se acercó a España. Aun estando este último sentado, Romano seguía siendo más bajito pero logró captar su mirada. La garganta se le hizo un nudo al ver los ojos acuosos y vidriosos de España, casi perdidos en la inmensidad. Al ver al jovencito, España agachó la mirada y las lágrimas cayeron. Aunque trató de limpiárselas enseguida, Romano las vio, dándose cuenta de que aquello era más que simple dolor físico o rabia por una derrota. A España le daba igual que tuviera las costillas a medio curar o la pierna izquierda todavía resentida. El corazón dolía mucho más.

—Lo siento, Romano, supongo que tendrás hambre, perdona. — lo dijo tratando de parecer despistado y alegre, pero no fue suficiente. El niño no era tonto, no se tragó esa mentira.

—I-Idiota, no quiero comida. — protestó al ver a España levantándose, dificultosamente. Este se detuvo, apoyando la mano en el tronco del árbol, mirándolo con algo de curiosidad a pesar de tener los ojos enrojecidos. —Q-quiero que… — se le atragantaron las palabras en la lengua. Desvió la vista y cruzó los bracitos. — quiero que no llores, maldita sea, no vale la pena, ¿me oyes?

Lo dijo en voz baja, como si le avergonzara decírselo, aunque España lo oyó perfectamente. Saber que Romano, que no lo odiaba como los demás, que se preocupaba por él, le arrancó una sonrisa de verdad, de esas que iluminaban las sombras que proyectaban las cosas bajo el sol. Romano se sonrojó cuando sintió los brazos de España rodeándolo y alzándolo en brazos, abrazándolo fuertemente. Por una sola vez, el niño no pataleó, sino que le rodeó el cuello y le devolvió el abrazo, todavía reprochándole que dejara de llorar, que eso le hacía ver débil.

Pero a España no le importó que Romano le llamase débil, de hecho, ahora era la única persona a la que le dejaría hacerlo.


Se pasó semanas enteras tratando de no pensar en nada más que en si mismo. Por fin era alguien, un país independiente. Holanda, los Países Bajos, ya no tenía que darle cuentas a nadie, tan sólo dependía de su propia persona. Había sido duro, claro que sí, pero el resultado había valido la pena. Ya no más represiones. Podría hacer lo que quisiera cuando quisiera y así deseara su propio jefe.

Lo único que lamentaba era haber dejado a su hermanita atrás. pero aquella guerra había sido tan larga y cruenta que jamás habría querido hacerla partícipe de su bando. En caso de que hubiese perdido, mejor sólo él que los dos. Además, estaría bien. La tutela de España no le hacía daño a ella, ni a Romano, por lo que no pasaría nada. Los echaba de menos eso sí, no lo negaba. También a él.

Las primeras noches después de firmarse el tratado de Münster habían resultado ser las peores. Ni siquiera las de período de campaña lo fueron tanto. Porque allí, solo en su lecho, envuelto en la silenciosa noche flamenca, pensaba en el pasado, y el pasado era más doloroso ahora que sabía que no lo iba a recuperar. En ocasiones pensaba en lo mucho que quería dormir otra vez con un cuerpo caliente al lado y que ese cuerpo le susurrara cosas y le acariciara el pelo. También echaba de menos ver sus ojos, ese verde que parecía arrancado del más suave traje de terciopelo, de las brillantes esmeraldas. Si España pensó alguna vez que los ojos de Holanda eran pedazos de prado, Holanda pensaba siempre que los ojos de España eran tramos de embravecida agua de mar poblada de algas. Lo pensaba incluso ahora, a tanta distancia.

Las separaciones dolían, eso lo sabía ahora muy bien. Realmente nunca habría pensado que llegarían a tanto, a una guerra tan larga. Ochenta años de batallas era un tiempo enorme siendo que las guerras duraban muchos menos años por lo general. Nadie olvidaba la de los cien años, claro que no, pero ya no estaban en el medievo. Las cosas deberían haber sido diferentes. Todo se había reducido a la tozudez de España por no dejarlo ir. Se había empecinado en quererlo arrastrar a la fuerza y así habían salido las cosas. No era su culpa en cierto modo. Acataban las directrices de sus jefes, nada más.

Incluso aunque hubiera motivos personales de por medio.

Holanda no se arrepentía, había hecho lo que tenía que hacer, simple y llanamente. Incluso con eso había demostrado que era más fuerte de lo que parecía y que el Imperio español no lo era tanto. Se había ganado enemigos, también aliados. No se arrepentía, nunca jamás.

Una mañana de finales de verano, Holanda terminaba de supervisar las instalaciones de los nuevos molinos de viento. Hacía un poco de calor, se había quitado la capa y remangado las mangas de la túnica de regreso a su casa. Varios aldeanos cercanos le saludaron, los sirvientes se inclinaron. Él correspondió con un gesto y una suave sonrisa. Ver a esa gente trabajando le hacía feliz. Era su gente, de nadie más.

Sin embargo, al traspasar el umbral de su casa, se le borró la expresión contenta de la cara. Allí, en el recibidor, se encontraba un hombre, charlando con una de sus doncellas. El jubón del individuo tenía bordado el escudo castellano. Holanda arrugó la frente. ¿Qué estaba haciendo allí?

—Ah, mi señor, ya me iba, le he dejado el recado a tu sirviente, que tenga un buen día. — el hombre hizo una reverencia bastante cortés al verlo llegar, saliendo por la puerta poco después. Holanda no se molestó en seguirlo, cruzó el vestíbulo desoyendo el relincho del caballo y el sonido de los cascos alejándose.

—¿Quién era ese? — le preguntó a la doncella, la cual sostenía un abultado paquete en las manos.

Esta se inclinó un poquito, acaso abrazando el objeto envuelto con sus brazos.

—Un mensajero, señor, me dio esto a mi en vuestra ausencia pero, ya que habéis vuelto…

Le extendió el fardo con delicadeza. Holanda lo tomó de igual forma, constatando que fuese lo fuese eso, era blando. Le dio unas parcas gracias a la muchacha y subió a su habitación. Quería darse un baño antes de abrir fuese lo que le hubiese enviado España. Además, ¿qué narices era? No le gustaba nada.

Inmerso en la tina de madera, Holanda siguió dándole vueltas al asunto del paquete. España y él no se hablaban desde que terminara la guerra y le desconcertaba el hecho de que de repente le enviase algo. En los viejos tiempos sí que le enviaba cosas, regalos y objetos desde América, pero ahora era diferente. Ya no se trataban, eran… diferentes a antes. Aunque tenía curiosidad.

Después de secarse y colocarse ropa limpia, Holanda abrió la envoltura de aquello, quizá incluso con algo de parsimonia, a pesar de que se encontraba solo en su habitación. De entre los pliegues del cuero y la tela, flotó una nota. Era un trozo de pergamino casi arrugado, con unas pocas palabras escritas. Holanda la tomó antes de que cayera al suelo, leyendo el firmante primero sin querer. Lo sabía, había sido España. Quizá lo primero que se le pasó por la cabeza fue romper la nota, o arrugarla para arrojarla a la chimenea. Seguramente después habría desechado el regalo también, haciendo ver que no le importaba nada que viniese de sus manos.

No lo hizo.

Holanda se sentó en el borde de la cama, dejando el presente a su lado, mirando las pálidas letras negras que casi parecían nadar en el pergamino. Sin darse cuenta, se vio acariciando los trazos, despacio, como si en realidad volviera a tener el cuerpo de España al alcance. Tampoco se dio cuenta de que la añoranza le estaba apretando el pecho, ni de que le escocían los ojos por no parpadear. Dejó la nota a otro lado y tomó lo que España le había enviado. El tacto era suave, fino y refinado, los colores vivos y brillantes. Una manufactura exquisita, no podía negarlo. Entreabrió los labios, suspiró y tragó saliva. Luego se levantó, dejó aquello en la cama y llenó su pipa de tabaco, necesitaba un poco de humo.

Apoyado en el alfeizar de su ventana, chupaba caladas y caladas, mirando al cielo que comenzaba a nublarse. Sentirse nostálgico era desgarrador, sobre todo teniendo en cuenta que no podía recuperar lo que antes había tenido. No, era imposible recuperarlo. España le había enviado una pobre imitación de disculpa pero ni siquiera aclaraba por qué lo hacía. Encima llegaba tarde, como siempre. Uno a uno, los recuerdos le fueron asaltando, como si fuera un ariete a la puerta de un castillo. Dolía, eran golpes contundentes. No podía más.

Suspiró de nuevo, deslizando la mirada hasta clavarla en el alfeizar. Los ojos no habían dejado de picarle, sobre todo por resistir lo inevitable. Bueno, nadie iba a verlo si lo hacía pero…

Una. Dos.

—Idiota…

Se las limpiaba nada más derramarse solas. Las lágrimas. Aunque una vez empezaron a borbotear por sus mejillas, no pudo pararlas. Daba gracias de estar solo, aunque eso también le hacía sentir triste.


Siglo XXI

Dinamarca era un tipo que se interesaba por muchas cosas. Misterios y curiosidades de los demás, secretos. Era un poco cotilla, sí era cierto. Noruega y Suecia se lo hacían ver muy a menudo pero Finlandia le decía que no era tan malo. Bueno, no demasiado. Además, siempre cuidaba de no escarbar mucho en los asuntos de los demás si estos podían hacer daño.

Aunque había una cosa que llevaba mucho tiempo queriendo saber, sin lograr desenredar el misterio que lo envolvía. De todo lo que había intentado saber por su cuenta, aquel era, sin duda, el asunto más complicado, y no porque fuese algo lejano o inalcanzable, si no por lo contrario. Nadie sabía tampoco de eso y de ahí emergía la curiosidad de Dinamarca. Saber algo antes que nadie.

Se trataba, nada más y nada menos, que de la bufanda de Holanda.

Dinamarca y Holanda eran amigos, bastante a decir verdad. Llevaban ayudándose en temas políticos mucho tiempo, se solían votar en Eurovisión y quedaban muchas veces para tomar algo o montar en bicicleta. Hasta incluso se habían acostado en alguna ocasión, borrachos y no tan borrachos. Y desde siempre, desde que lo conocía, Dinamarca lo había visto llevando esa sencilla bufanda azul y blanca. De no haberlo visto sin ropa, de no haberlo visto en pijama o salir de la ducha, habría jurado que Holanda jamás se separaba de ella.

Hacía mucho tiempo que no intentaba sonsacarle el origen de aquella prenda a su dueño así que quiso volver a intentarlo.

—Venga dime, si te la compraste en casa de China no tienes porqué avergonzarte, todos le compramos cosas. — fue lo primero que le dijo para abrir fuego y romper el hielo.

Esa noche en particular, Dinamarca y Holanda habían quedado en un bar en la casa de este último para tomar unas cervezas y hablar de sus cosas, como hacían casi siempre. Dinamarca se había quejado otra vez de que Noruega aun se seguía negando a entrar a la Unión Europea con todos. Coincidía en que las cosas no estaban muy bien, pero no era para tanto. Holanda le había escuchado la verborrea, como siempre, le había invitado a otra cerveza, como siempre, y también le había palmeado el hombro. Como siempre. Hasta que le oyó de nuevo sacar el tema de su bufanda.

—Estás diciendo tonterías, iDenemarken/i. — pero como si fuera un acto reflejo, se recolocó la bufanda alrededor del cuello, a la vez que le echaba un sorbo a su jarra.

Dinamarca le dio un codazo amistoso.

—No son tonterías, es lo más lógico. Aunque ya se me agotan las líneas lógicas, empezaré pronto a pensar que fue el regalo de una mujer.

Holanda se atragantó sutilmente, como si su amigo hubiese acertado de pleno. No era exactamente así realmente, porque aquella no era ni siquiera la original. Si él supiera…

Dinamarca sonrió y lo miró de lado, pidiendo otra cerveza al barman de la barra.

—Entonces era eso, debería habértelo preguntado antes, me habría ahorrado mucho tiempo… — inmediatamente se puso a pensar en las chicas más cercanas a Holanda. Como fue natural, la primera por la que empezó fue su hermana, Bélgica.

—No. — fue una contestación seca y parca. Holanda no quería que nadie supiese de la prenda que siempre llevaba al cuello por una buena razón y aunque en verdad sí deseaba a veces compartir el secreto, siempre se cerraba en banda.

Dinamarca dijo todos los nombres de mujer que se le ocurrieron, en todos los idiomas que conocía, cuando se le agotaron los países. Era un verdadero fastidio, sobre todo porque de esa forma, apenas bebía, no se emborrachaba y no se olvidaba del tema. Holanda estaba muy cerca de su límite de paciencia cuando le sujetó el hombro y apretó, mirándolo con algo de fiereza.

—Te lo cuento si te callas, ¿de acuerdo?

Dinamarca sonrió, triunfal.

—¡Vale!

—Pero no te diré quién es. —antes de que Dinamarca pudiera protestar, él lo atajó. — No, escucha, no quiero que se vaya sabiendo por ahí, ¿de acuerdo? Confórmate con eso y déjame en paz.

Le soltó, retomando su jarra, con la mirada algo perdida en el fondo de ella. Dinamarca entreabrió los labios pero no habló, se dispuso a escuchar lo que Holanda quisiera decirle. No quería conformarse, pero era mejor que nada.

—Tienes razón al decir que es un… regalo. Lo es, aunque realmente esta bufanda no es la original, ya sabes, las cosas se hacen viejas y se estropean o se rompen. Digamos que la primera fue un regalo, de alguien especial para mí. — Holanda dio un sorbo largo a su bebida, pensativo.

—¿Con especial a qué te refieres?

Holanda gruñó.

—Déjalo en especial, y no me interrumpas.

Dinamarca cerró la boca aun cuando se moría de ganas de preguntar. A medida que Holanda fue relatándole todo lo relacionado con la bufanda, él podía imaginárselo de joven, con ella al cuello. ¿Quién fue el que se la regaló? Ya había descartado a Bélgica. Si no era un país bien pudo haber sido cualquiera de sus reyes, pero…

Mirándole mientras hablaba, Dinamarca se fijó en las expresiones de su amigo, en la caída de sus ojos, y la tersura de sus labios. Sabía que no estaba cómodo diciéndoselo, aunque fuese a medias. Asumió que, por nimio que pareciese el asunto, aquello era muy importante para él. Dinamarca era ruidoso y a veces parecía despistado, pero no era tonto. Ese alguien especial, era alguien a quién Holanda quería mucho. El porqué no quería decirle quién era se le escapaba, pero presionarlo sería mala idea. Sabía por experiencia que había cosas que era mejor dejarlas enterradas en el pasado.

Pasaron la noche juntos, aunque inicialmente no lo hubiesen planeado. Pero estaban libres, eran hombres y tenían ganas y preferían eso a gastarse dinero en putas. De hecho, más que casualidad, fue un acuerdo silencioso. Incluso hicieron la cena aunque fuesen las tantas de la madrugada. También fumaron del mismo cigarro después de hacerlo.

—Siento curiosidad, iHolland/i

Dinamarca ya se había tumbado de nuevo boca abajo y medio dormitaba. La sábana apenas le tapaba el cuerpo pero no es como si es fuera muy importante. Holanda acababa de salir de la ducha y se estaba secando el pelo, sentado en el borde de la cama, de espaldas a Dinamarca.

—¿Qué pasa?

—He estado pensando en todo lo que me dijiste…

Holanda suspiró, casi gruñendo pero no se volvió para mirarle.

— Y eso incluía que no harías más preguntas.

—No voy a preguntar nada, sólo es una reflexión. — protestó Dinamarca, incorporándose, observando la espalda de su amigo. —Estaba pensando… — volvió a repetir, más serio y con un tono de voz más bajo. — en por qué no te has declarado.

Dinamarca seguía sin saber de la persona misteriosa que le diese la primera bufanda a Holanda pero si conocía gran parte de la historia y por ende, se preguntaba por qué no le había dicho al dichoso lo que sentía. Si hubiese sido un humano, Holanda se lo habría aclarado y ya está, pero al no contestarle, Dinamarca asumió que se trataba de un país. Y que ese país seguía existiendo.

Holanda de nuevo no le dijo nada. Terminó de secarse el cabello, se puso el pijama y se metió a la cama. Tan sólo le espetó que se durmiera de una vez, que mañana tenían trabajo que hacer. Al día siguiente estaba proyectada una reunión en Bruselas, con todos los miembros de la Unión Europea, y no podían faltar. No es que estuviera muy lejos, pero si querían llegar, tenían que salir pronto. Por culpa de eso, Dinamarca no obtuvo su respuesta. Otra vez.


Pero eso no significaba que no lo intentase más de la cuenta.

—¡Venga, hombre, dímelo, si no pasa nada!

—¡Por última vez, no!

Las voces se oían por todo el pasillo. Naciones cualesquiera podían escuchar la conversación, sin entender nada de ella. Holanda había salido rápido de la sala de juntas, detrás de unos cuantos. Pero no contó con que Dinamarca seguiría con su tabarra.

—¡¿Qué te cuesta? ¡Anda!, no se lo diré a nadie, de verdad. — Dinamarca continuaba suplicando en cierta forma, para obtener el nombre del misterioso amor escondido de Holanda.

Este último se detuvo al final del pasillo y le encaró, hastiado, espetándole un montón de cosas sobre la razón primordial por la que no debería haberle dicho nada. Su bufanda era suya y de nadie más, poco importaba el origen de esta o lo que fuese. Añadió que no volvería a dejarle desayunar en su casa como no cerrase la boca ipso facto.

Aquella discusión atrajo la atención de muchos, tanto, que hasta algunos se acercaron para ver si iban a llegar a las manos. España entre ellos, aunque fue el único que se atrevió a acercarse del todo.

—Ey, ¿qué pasa? ¿Por qué gritáis?

Tanto uno como el otro maldijeron para sus adentro, Holanda por dejarse llevar al son de las palabras de Dinamarca delante de todos y Dinamarca por ser interrumpido. España los miró con ojos curiosos, era también bastante cotilla y marujón y no se perdía un chisme si podía. Holanda gruñó, le miró y soltó a Dinamarca, al que tenía sujeto del brazo. Este se lo frotó para calmar el dolor y le echó un ojo a España, inquisidor.

—Por nada, es que mi mal amigo no quiere decirme una tontería, se pone hecho una fiera, ya ves. — le dio un pequeño empujoncito a Holanda, el cual se cruzó de brazos, molesto.

—Mira quién fue a hablar. — ambos se fulminaron brevemente con la mirada durante unos instantes, hasta que España volvió a hablar.

— Y, ¿qué es eso que no le quieres decir? — sonaba demasiado curioso. Y aunque se lo había preguntado a Holanda, fue Dinamarca el que respondió por él, antes de tiempo.

—¡Su bufanda! ¡Como si fuera tan complicado decirme quién se la dio! ¡Ni que fuera secreto de Estado!

—iDenmark…/i — Holanda se tensó, medio furioso. No, eso no.

España abrió la boca y ladeó la cabeza. Luego se echó a reír como si fuera algo de lo que reírse aun cuando Holanda y Dinamarca hubiesen estado a punto de pelearse a puño limpio.

—Pero si eso no es nada. — dijo España al dejar de reír. — Si es por eso… se la di yo, no es ningún secreto, como tú dices. —de nuevo los miró a ambos, sonriente. — Aunque esa no es la de verdad, realmente… quiero decir, la primera fue de hace mucho, mucho tiempo y…

Pero no pudo continuar con su explicación, porque de repente Dinamarca había abierto la boca y los ojos, conformando una expresión de pura sorpresa. Balbuceaba. Y señalaba con aspavientos entrecortados. Holanda chasqueó la lengua. Se había ido todo a la mierda.

—Woe… tú… eras tú… ¡tú! — Dinamarca exclamó, casi zarandeando a España por los hombros.

—¿Qué? ¿Yo? — España parpadeó confuso. Antes de que pudiera averiguar el por qué de la reacción de Dinamarca, Holanda ya había atrapado a este último, arrastrándolo fuera de su alcance.

—¡Eh, que haces! ¡Suelta! —Dinamarca protestó al verse lejos de su fuente de información. Se revolvió, pero Holanda era igual de fuerte que él.

No se logró soltar de su amigo hasta que este no lo hizo por si mismo, una vez salieron a la calle. Soplaba viento frío del oeste y el sol brillaba. A su alrededor todo era claxon de coches y bullicio, nadie podría oírles si no estaban cerca. Holanda tomó aire para calmarse y lo encaró, severo. Pero no dijo nada. Dinamarca respiraba deprisa y entrecortado, esperando.

—Joder, tío… — Dinamarca se pasó la mano por el pelo, bufando.

—¿Qué pasa?

—No, nada. — eso era ironía. — Sólo que sigo sin entender qué te pasa, ¿de qué tienes miedo?

Holanda desvió la vista hacia la carretera llena de coches, como ausente. No, él no tenía idea. No era simple miedo, siempre había sido algo más.

—No tengo miedo, iDen/i… es más complicado que eso.

Dinamarca se acercó, despacio, hasta él, cruzando los brazos y con una mueca de condescendencia. Había captado el tono de su voz, un todo débil y sutil que le indicaba lo derrotado que se sentía Holanda. ¿Derrotado? No, otra cosa.

—Pues explícamelo, debo de ser tan tonto como Noruega me pinta, porque no te entiendo. — suspiró. — ¿Por qué no le dices nada?

Los segundos pesados que le siguieron a esa pregunta fueron los más angustiantes que recordaba haber tenido con él. No tenía idea de qué contestar en realidad. ¿Cómo decirle? ¿Cómo explicarle una historia de siglos en diez minutos?

—Porque no tengo nada que decirle, aquello, fuese lo que fuese que tuvimos, se esfumó el día que le declaré la guerra para independizarme de él, no vale la pena desenterrar nada de eso.

Mentía, se estaba mintiendo a si mismo. La bufanda que llevaba al cuello le apretaba cuando escupía esas falacias. Pero, ¿qué otra cosa le quedaba sino aferrarse a eso, a una mentira?

—¿Cómo que no? Son sentimientos, te están haciendo daño, iHolland/i.

—Por Dios, ¿no lo entiendes? — Holanda volvió a mirarlo, más seco, más duro, pero también débil. — No tiene sentido, ¡fue hace tanto tiempo que no lo tiene! — se dio cuenta de que volvía a casi gritar, así que bajó el tono. — Lo que sintamos ahora no tiene nada que ver, además… tú le ves, España anda pegado a las faldas de Romano…

—También te celas, que divertido.

Holanda le empujó con el hombro y echó a andar por la calle, molesto. Dinamarca le siguió, metiendo las manos en los bolsillos. Sabía que se había pasado un poco pero también que Holanda estaba más enfadado consigo que con él. Se quedó callado durante todo el camino, hasta llegar a la puerta del hotel donde se hospedaban.

—No, no es divertido, ¿sabes? Sí, acertaste algo.

—¿El qué?

—Que me hace daño, todo esto, y tú también, así que te agradecería que no sacases más el tema.

Dinamarca entendía ese dolor. Le hubiese gustado seguir hablando, lo mejor que podía hacer era sacarle ese veneno a Holanda pero, era demasiado dolor junto. Además, sólo existía una persona que pudiese eliminarlo del todo, aunque fuese de la peor manera.

Se despidieron en el ascensor del hotel. Cada uno estaba en un piso diferente y después de un día de trabajo y peleas, les apetecía más irse a la cama que al bar. Igual Holanda no habría ido. Bastante tenía y lo que no quería hacer era emborracharse, dando la mala impresión de estar ahogando sus penas en alcohol.

Sin embargo, Holanda no tuvo ninguna oportunidad de olvidarse de todo aquello. No sabía exactamente la hora que era, puesto que nada más llegar a su habitación se había tumbado en la cama a gastar todo su paquete de cigarrillos. Así que cuando llamaron a la puerta, él se levantó con reticencia, como si fuera de madrugada cuando en realidad sólo rozaban las cinco y cuarto de la tarde. Se había quitado la bufanda y desabrochado algunos botones de la camisa por culpa de la calefacción central del cuarto. Pensó que el que llamaba era Dinamarca, o su hermana o el servicio de habitaciones. Pero no era ninguno de ellos. Nunca en su vida pensó que llegaría a quedarse sin habla al verlo.

—Ey, hola.

Al abrir la puerta, le golpeó una enorme sonrisa extrovertida y brillante, sincera y cálida y unos ojos verdes que podría haber reconocido hasta en sueños. Era España. Holanda quiso cerrarle la puerta en las narices pero se quitó el cigarro de los labios y exhaló humo hacia la derecha, sin abrir mucho la puerta.

—¿Qué quieres? — sonó demasiado ronco, demasiado irritado, demasiado hostil. España lo percibió pero se hizo el tonto, como casi siempre.

—Ah, sólo saber si estabas bien, ya sabes, te fuiste arrastrando a Dinamarca, todos pensamos que…

—No, está bien, no nos peleamos si es lo que te preocupaba, hasta luego. — y con toda la intención del mundo de cerrar, se metió para adentro, empujando la hoja. Sin embargo, España metió el brazo en la rendija e impidió que la hoja se cerrara. — Mira, no estoy de humor, vete.

— ¿Es por lo que dije? — España parecía inquieto, como si se sintiese culpable de eso. Al mismo tiempo que preguntaba, hizo que se abriese más la puerta. — Si es por eso entonces me disculpo.

Holanda frunció el ceño. No, idiota, pensó. Es por ti, sólo que tú no lo ves nunca.

—No es por eso. — Holanda trató asimismo de cerrar.

—Entonces, ¿por qué? ¿Por qué no querías decirle que fue un regalo mío? — España forcejeó y volvió a abrir, quedándose quieto y mirándole con esos ojos suyos que denotaban aflicción. — ¿Te avergüenzas de eso, de lo que pasó?

Con "eso", Holanda asumió que se refería a la relación que tuvieron en esa época tan lejana y casi olvidada a ojos de los demás. Actualmente todo el mundo sabía que algo habían tenido pero no era algo que la gente comentara demasiado, había otras cosas más jugosas que un corto romance entre dos países en el siglo dieciséis.

— ¿Debería avergonzarme? — Holanda alzó una ceja y de nuevo trató de cerrar, sin éxito. España ya casi había metido el cuerpo en la habitación y respiraba con esfuerzo.

— ¡No, por Dios! — y de hecho, España logró colarse en el cuarto segundos después, gracias a su vehemente esfuerzo por saber la verdad tras todo el asunto. —Si no es eso tampoco entonces… — España suspiró. Ahora se mostraba abatido, preocupado, flojo y desanimado. No quedaba nada de esa sonrisa con la que le había saludado momentos atrás. — es que no me has perdonado todavía.

Silencio. Ahora sí, la verdad. Las cartas sobre la mesa. Holanda lo observó y a su vez España a Holanda. Cada uno de los dos podía palpar la tensión del otro, saborear sus recuerdos y oler la tristeza de aquellos años. Todos y cada uno de aquellos horribles ochenta años de guerra. Era simple y conciso. Una historia normal.

España había perdido la guerra, había intentado retener a Holanda consigo a la fuerza para que pudiesen estar juntos siempre. Holanda en cambio, además de los motivos personales, consideraba que prefería vivir aparte, él solo y sí quedarse con él en lugar de estar bajo su techo. Era un hecho que no soportaba su mandato. Se había independizado por una razón muy coherente, sólo que España no lo había querido ver.

Al terminar la guerra, España se había arrepentido de todo aquel conflicto y le había enviado una nota y la primera bufanda. Holanda había interpretado bien el mensaje pero no había aceptado el regalo por el perdón. Eso era lo que España no sabía y no comprendía. Y era lo que Holanda iba a explicarle ahí y ahora, después de años y años.

—No, no te he perdonado.

—¿Por qué no?

—Porque no sirve de nada que los demás te perdonen, si no te perdonas antes a ti mismo.

—Holanda…

Era cierto, España no se había perdona todavía por aquello, ni por muchas otras cosas. Su vida había ido cuesta abajo desde que perdiese la guerra en Flandes y no sabía a qué achacarlo exactamente. Quería pensar que todo era un cúmulo de mala suerte, pero la mala suerte parecía estar hilándose demasiado.

España suspiró, parecía que al menos había sacado algo en claro, aunque no fuese algo bueno. Sabía de esa animosidad, la notaba siempre aunque no lo demostrase. Tanto en las juntas, como fuera, en el fútbol y en la calle, en todas partes. No cabía duda de que aún le odiaba, y eso le ponía triste, le hacía sentir desdichado. Se pasó la mano por el pelo, sin saber qué más decir. No es como si pudiera arreglarlo ahora con más palabras. Ya sabía… espera. No, no lo sabía. No sabía entonces por qué…

—¿Por qué la llevas? — le salió la voz débil, un hilillo tenue que apenas se oyó. Holanda de hecho no lo hizo.

—¿Qué?

—¿Por qué la llevas?, la bufanda. — Le miró a los ojos esta vez, profundamente, no curioso, no interesado y para nada tímido. Era muy importante para él ese asunto. Si Holanda no llevaba la bufanda por perdón, entonces había otro motivo detrás.

Holanda no le respondió en ese momento, ni en el minuto siguiente. Se quedó allí, quieto, delante de él, mirándolo, como si la respuesta estuviese escrita en la frente de España. Se oyeron voces en el pasillo. Holanda se movió entonces, sinuoso, esquivando ligeramente a España, rozándole el brazo sin querer con el suyo. Cerró la puerta antes de que nadie alcanzase a verlos. En todo ese instante, no habló, no dio muestras de pensar una respuesta. No necesitaba pensar una respuesta, llevaba sabiéndola siglos. España se ladeó para verlo, estaba esperando. No, no decía nada. Eso dolía. Pero había cerrado la puerta sin echarlo. Eso tenía que significar algo, ¿verdad?

¿Verdad?

—Te quiero… — fue un susurro, uno muy bajo. Uno tan bajo que más bien pareció la proyección de un pensamiento en lugar de palabras.

—¿Cómo dic…?

—Porque te quiero. — a la segunda vez lo dijo más alto. Nada más hacerlo apoyó la frente en la puerta, suspirando y queriendo maldecir a alguien. A Dinamarca, por ejemplo, por propiciar todo el encuentro. — Llevo la jodida bufanda porque te quiero y porque ni siquiera una guerra de ochenta años me hizo dejar de sentir eso.

¿Sabes?, -Holanda pensó el resto del discurso, sin decírselo-, siempre que se me rompía o estropeaba iba corriendo a que me hiciesen otra igual a la primera, así podía pensar que tenía algo de ti, algo bueno después de las batallas y los recuerdos sumergidos en sangre. No me importaba que ya no me mirases igual que antes, que me considerases un traidor. La bufanda representaba todo lo bueno que tuvimos y perdimos, el perdón que buscabas y el que yo no quería darte. Es difícil, claro que lo es, también lo fue para ti, ¿crees que no lo sé?

Su verborrea mental se detuvo en seco al oírlo. Se esperaba que todo hubiese acabado ahí mismo, con la más tonta declaración que había oído en su vida. Holanda siseó, sin darse la vuelta.

—¿Por qué no me lo dijiste antes? — oyó la voz apagada de España, amortiguada. No se movió.

—¿Para qué? No habría cambiado nada. — Mentira, era otra mentira. España mismo se lo rebatió enseguida, bufando como si el inteligente fuera él, aunque de hecho lo era.

— Claro que sí, lo habría cambiado todo. — Holanda se dio la vuelta y le miró, escéptico. No se lo creía. Nunca le creía. — ¿Qué? Es verdad…

Se calló al verle abrir la puerta. Vale, ahora sí iba a echarle. España se echó para atrás, como un niño caprichoso que no quiere salir del parque de juegos. Holanda suspiró, exasperado.

—Ya te he dicho lo que querías saber, ahora sí, lárgate y déjame tranquilo, ¿quieres?

España frunció el entrecejo también e hinchó las mejillas, retrocediendo unos cuantos pasos más.

— No, no quiero.

—Joder, que cabezota… — España tendría que haberse atado a algún sitio porque Holanda, de dos zancadas, le alcanzó, le sujetó del cuello de la camisa y le arrastró hasta el umbral, como quién arrastra sacos de plumas.

—¡Pero no quiero irme! — España se aferró al marco de la puerta y al brazo de Holanda antes de que le sacase por completo y cerrase la puerta.

—¡Mierda, Antonio, suelta!

—¡Que no!

—¡Repito que ya te dije todo, maldita sea, ¿por qué no?

—¡Por que yo también te quiero!

Cayeron al suelo. Holanda se había soltado de la puerta al mismo tiempo que lo hacía España del marco. El resultado fue una estrepitosa, tonta y nada honorable caída que una señora de la limpieza contempló por pura casualidad. España había terminado tendido de bruces, atravesando el pasillo y Holanda de rodillas junto a su puerta. Daba gracias de no haberse caído encima del idiota que ahora se disculpaba entre risas con la preocupada empleada. Mientras esto pasaba, él se metió discretamente a su habitación, olvidando deliberadamente cerrar la puerta. Tomó un cigarrillo y lo prendió, sentándose, pensativo, en el borde de la cama, chupando largamente una calada. Las cosas cambiaban así. Siempre pensó que no sería correspondido. Aunque no quería fiarse de su palabra, no del todo.

¿Y ahora qué? ¿Debería decir algo más? ¿Asentir, charlar, invitarle a cenar fuera? ¿Debería besarlo, llevárselo a la cama?

Uff.

—¿Holanda? ¿Puedo pasar? — Holanda levantó la vista y vio a España asomado por el quicio que había dejado abierto a propósito. Chasqueó la lengua, realmente España o era tonto o se lo hacía muy bien. Decidió no elegir ninguna de las dos opciones.

—Si no pudieras, habría cerrado y echado el pestillo, idiota.

Oyó la risita de España, sus pasos al acercarse, la puerta cerrándose. Ahora lo tenía más cerca aunque no era algo que le turbase realmente. Únicamente quedaba la cuestión que martilleaba en su cabeza. ¿Qué hacer?

—¿Y bien?

Hacía calor. ¿Por qué hacía tanto calor? Así no podía pensar bien.

—¿Bien qué?

España, sin mediar más palabra que ese "¿y bien?", se sentó en su regazo y le abrazó el cuello, acurrucándose como si lo llevase haciendo eso todos los días de su vida. Holanda se tensó.

—¿Qué mierda haces?

España ronroneó juguetón y rió, irguiéndose un poco y revolviéndole el pelo, haciendo un desastre.

—Venga, acabamos de confesarnos, déjame ser cariñoso contigo, ¿eh?

—Nunca dije que… — Holanda arrugó la nariz. — No asumas cosas por tu cuenta. No estamos saliendo. — se levantó, haciendo que España también lo hiciera contra su voluntad. No eran humanos normales, sus vidas no daban para eso.

—¿Qué? ¿Por qué no? — sonó más a protesta que a pregunta.

Durante los cinco minutos siguientes, Holanda se paseó por el cuarto, con España pisándole los talones, mientras le enumeraba las mil y una razones que tenía para no iniciar una relación seria con nadie y menos con otro país.

Holanda aplastó el tercer cigarrillo en el cenicero y se sentó de nuevo en el borde de la cama, cansado de todo. No había sido un día fácil, la verdad, y España no le estaba ayudando. No sabía que hacer. No sabía nada ya. Mientras pensaba eso, masajeándose la frente, notó de nuevo que España se acurrucaba en sus brazos, pero más calmado y silencioso. Esta vez Holanda no lo rechazó. Rodeó su espalda con un brazo y le acarició el pelo, callado. No recordaba que España fuera tan "pasivo" aunque teniendo en cuenta todo lo que le había pasado, lo consideraba ya un achaque al carácter que había desarrollado a lo largo de ese tiempo.

—¿Y ahora qué? — Holanda formuló la pregunta que llevaba todo ese tiempo rondando por su cabeza.

España le miró, y sonrió.

—Ahora… podemos quedarnos aquí hasta mañana. — Holanda pensó que exageraba, era todavía temprano por la tarde. — retozando como conejos en celo.

España se rió de su propio chiste, consiguiendo que Holanda bufara y se lo quitara de encima. España consiguió no tambalearse, aun riéndose. Se subió a la cama y se tumbó, estirando los brazos.

—Pasas demasiado tiempo con Francia, ¿lo sabías? — Holanda se levantó con algo de lentitud, desabotonándose de igual manera los botones de la camisa. Calor, mucho calor. Pero no había dicho que no.

—¿Tu crees?— España volvió a reír. — ¿Estás celoso de eso?

—No digas bobadas.

España se incorporó, quedando sentado, al ver que Holanda se terminaba de quitar la prenda superior. Pequeñas perlas de sudor se deslizaban por su cuello, también por la espalda. Le dieron enormes ganas de morderlo. Holanda se tomó su tiempo, dejando la camisa sobre el respaldo de una silla, reuniéndose con España incluso después de haber abierto la ventana de la terraza. Se oyó un silbido, el cual ignoró.

—Entonces, ¿recordamos los viejos tiempos? — preguntó España, esbozando una sonrisa traviesa.

Holanda, al lado, entreabrió los labios para replicar. Sin embargo, antes de hacerlo, le sujetó suavemente de la muñeca y le hizo echarse, colocándose sobre su cuerpo.

—No. — negó en voz baja, antes de robarle el primer beso de la tarde y la noche. Holanda se asombró por lo mal que recordaba como eran los labios de España. Anotó mentalmente solucionar ese detalle. — prefiero hacer otros nuevos.

—Es buena idea.

Y mientras Holanda comenzaba besándole el cuello, la bufanda, silenciosa como sólo podía ser una bufanda, reposaba sobre una silla lejana al otro lado de la habitación, testigo mudo del final de su propia historia.


Y he aquí el final. Sí, simple y tonto, hasta predecible diría yo. Pero mi cerebro no daba para idear una razón mejor aunque me han llegado a sugerir algunas muy buenas. Siento haber tardado tanto, uno ya sabe cómo son las fiestas navideñas, que no te dejan tiempo para nada.

No sé si terminó de quedar bien, ¿qué opinan?

Sam.w2.0: ewe, el autor hace lo que le sale de ahí, para eso es el autor 8D. Bueno, espero que te gustase el final entonces.

Un saludo~

Moonplata: No lo fue, ya ves XD. Gracias por el review. Un saludo~

B.: la bufanda en realidad podría salir de demasiados sitios, yo sólo le he dado un origen posible, teniendo en cuenta las circunstancias. Hehe, gracias, a decir verdad mi headcanon no suele coincidir con mucha gente, siendo que me baso en la historia pura y dura. Espero que te gustase el final de la historia.

Un saludo~

o-o-Nekoi-o-o : Pues, sí te digo que quiero escribir más fics de ellos… -aunque de momento lo voy a dejar aparcado, tengo otros pendientes-. Me alegro de que te gustara y te hiciera feliz leerlo. Sé que tardé mucho en actualizar, pero espero que la demora compense. Muchas gracias 3

Un saludo~

Suzume Mizuno: Yep, aquí dejé el segundo y último. Quise hacerlo así desde el principio, no podía ir empezando fics largos cada dos por tres, que ya tengo dos y… uff, mata XD. La historia de la bufanda era muy simple al final XD, no sé ni como nadie lo planteó. Gracias

Un saludo~

DarkCat14 : Muchas gracias 3 me alegro de que te gustase. Sí, a veces uno o estalla o… estalla XD. Un saludo~

Roronoa Yuria : ¿Sabes? Soy de esas fanfickers que saben que aunque el fic vaya de una pareja, eso no limita para que los personajes no interactúen con otros. Además, chibimano es amor, se mire por dónde se mire . Mi dominio de la historia se resume en leer libros y a veces Wikipedia, aunque no sea bueno hacer eso, sí ayuda a esbozar cosas. No es nada genial lo que hago XD cualquier lo puede hacer. Ya quisiera hacer AU de calidad como tú. Mi idea es, no atiborrar el fandom, pero si ir llenándolo poco a poco de fics buenos. Tenemos que esforzarnos todos en eso. Y te exijo que em digas las palabras que no entiendes XD a ver si hay alguien más pero es tímido y se lo calla. Lo de Cuba fue una mención, realmente tendría que mirarlo.

Ay, espero que te gustase el final. Un saludo~

kukiol : Miraré eso que dices. Realmente, si soy sincera y todo el rollo, aun no he encontrado una forma que me guste para escribir. Llevo como año y medio probando diferentes formas y estilos y todavía ando perdidita XD. Pero se agradecen los comentarios con disgustos y fallos, me ayudan a mejorar. Ale, ya me dirás qué te pareció el final ^^

Un saludo~